El personaje te defiende

Te dejé la mesa puesta, lista para los putazos, mi única forma de entender (en este momento) es pelear, es como si solo así sintiera lo que siento. Pudiste haber dicho tantas cosas. Por ejemplo:

“Desde el principio supe que estaba loca. Me mandó un mensaje cuando apenas nos estábamos conociendo: vete a la verga, me escribió. Después un largo correo disculpándose por sus palabras.”

“Se contradecía todo el tiempo.”

“Le horrorizaba la fiesta, pero le gustaba salir, pero no lo quería hacer ni que yo lo hiciera. Quería vivir encerrada.”

“Se quejaba de no poder dormir conmigo. No dormía.”

“Esperaba a que pasaran las cosas, usaba el material para escribir en su blog y hasta que la enfrentaba y le decía: lo admitía.”

“Me mandaba fotos desnuda. Publicaba sus fotos desnuda.”

“Un día cortó la relación, después quiso que nos siguiéramos viendo.”

“Me hacía sentir que estaba conmigo. Me hacía sentir que no la iba a tener nunca.”

“Me ignoraba cuando viajaba.”

“Inventaba historias de celos.”

“Se enojaba con mis deudas, pero también me dejaba pagar todo. Ella no tenía dinero nunca.”

“Me odiaba por no resolverle la vida. Económica, profesional, espiritual, etc.”

“Me amaba solo cuando cogíamos.”

“Me lanzaba sus hipótesis jugando a ser la terapeuta, dando rasgos hirientes de mi personalidad y mi vida.”

“Usaba su observación en mi contra.”

Pero no dijiste nada. Supongo que mi soledad me hace querer pelear. Supongo que mi feminismo no es el más ortodoxo. Supongo tantas cosas que prefiero acostarme temprano para cambiar las llaves: del consciente al inconsciente. Del agua fría al agua caliente, pero sin que me dé cuenta que el cuerpo se quema.

Quisiera salir a ver la luna y sigo aquí encerrada, en una historia que no es, en un texto que no fue. En una soledad a la que me aferro para imaginarme acompañada.

Me peleo para comprobar que me entrenamiento en el que estoy, en este luchar por mí, termina dando frutos. Frutos brutos.

Me hubiese gustado que me conocieras antes, como esa que alguna vez fui, sin tanto odio, y sin miedo, sonriendo y ligera, aunque no tenía idea de nada. Esa yo no ha vuelto a pasar por mi cuerpo. No te tocó y, a veces, creo que a mí tampoco, que es un producto de mi imaginación para consolarme.

Crónica de un camino de desamor escrita con sangre

Me he preguntado si las grandes historias de amor no son, en realidad, historias de desamor. Me pregunto si el eterno retorno no sucede, en el ser humano, como la búsqueda perpetua para llegar hacia sí mismo, a volver a sentir ese amor hacia la vida, a crear una vida con amor, a esas ganas que hierven en cada célula del cuerpo por ser parte del mundo, pulsiones hacia una entrega continua, con tanta esperanza que hasta aseguras que pudieras cambiarlo ¿No eran estos nuestros sueños de niños?

Según nosotros, una vez elegido el camino, íbamos a transformar al mundo: como actrices, como doctoras, cantantes, maestros, escritoras, arquitectos e ingenieras; gracias a nuestro trabajo iba a ser un mundo mejor.

El impulso se fue apagando, mientras crecíamos, cada célula se fue secando.

Escribo esto como una carta hacia la realidad desde la desesperación que viaja silenciosamente por mis venas, en donde solo he terminado por ser y existir en palabras que no logro expresar. Cadáveres de insectos de un mar que se evaporó hace cientos de años, esperando volverme a formar con la lluvia de las lágrimas de mi dolor.

Hace siete años perdí las ganas de amar. De vivir y de amar. Quedó una flama que se no se consume, que me molesta porque no se termina por apagar y que, entre tanta oscuridad, sigo cuidando para no tropezar. Sobrevivo. En murmuraciones se va mi voluntad, tengo miedo de mi propia voz que me devela, a cada rato, que sigo viva, pero sin querer vivir.

Hace seis años conocí a un escritor publicado, y lo conocí muy bien. En ese momento, desde mi lugar anímico y físico, sentí que él era mi salvación. Que me rescataba de la realidad que se robaba mi impulso de vida, él me recordaba que había una vida a la que podía volver, pero que nunca había sentido como mía. Un hombre sexagenario, adicto a alguna sustancia, quien luchó por ingresar al sellado culo del círculo literario. Era de admirarse. La voluntad con la que él se entregó a la literatura la sentía dentro de mí. El mito que generé de nosotros es que éramos Henry Miller y Anaïs Nin. Pero no teníamos que coger. No cogíamos. Sin embargo, yo me desvivía por la atención que me daba, por esa fuerza que me transmitía solo al conversar con él, por el viaje hacia el inconsciente que ambos emprendíamos en noches eternas de fiesta en donde me quedaba claro que había un mundo más vasto (dentro de mí). Hasta que me di cuenta que, en él, ya no quedaba ese impulso de vida, que necesitaba de estímulos externos, y de otras personas, donde absorbía lo necesario y, entonces, se fugaba a su soledad, a recordar lo que era vivir, dejándolo por sentado en sus palabras. Alguna vez, él mismo, se describió como un godín-escritor, quien entregaba sus textos mientras esperaba la hora de salir (de morir). Escritos repetitivos, aburridos, casi siempre, con una ausencia de sustancia. Como le pasa a una mayoría que desea hacer de la escritura su profesión, al alcanzarlo, llevan la carga entre los dedos y a la espalda ¿Quién puede sostener esta quimera? Su última novela fue buena, sin embargo, la mayoría de sus textos evidencian que ha perdido sus ganas de vivir o de escribir. Porque para una persona que escribe: vivir y escribir significan lo mismo.

Sigo viajando en un barco que se está hundiendo en mar abierto, no hago nada más que observar, desde la cubierta, la tierra donde nací. Un puerto que pulsa dentro de mi pecho.

Hace tres años volví a un oasis en el desierto de Mexicali, a la abandonada casa de mi madre, en donde estuve viviendo por dos años. Juré que, en dicho aislamiento, me iba a comprobar lo que tanta tranquilidad me daba, al mismo tiempo que me la arrancaba: ser o no ser una persona que escribe. Juré que, desde ahí, no iba buscar a un hombre que me develara mi propia vulnerabilidad, mi falsa fuerza, que esta vez no encontraría a alguien que me llevaría a mis propias ganas de autodestruirme, tal como me había pasado con el escritor. Pero me pasó. Di con un músico extremadamente talentoso, y extremadamente adicto a una sustancia. Cogimos una noche tres veces, y no volvimos a coger. Era la evidencia de su propia potencia. Y como yo no sabía qué hacer conmigo en ese estado fantasmal en el cual me encontraba, y como tengo una compulsión a la creación de historias fantásticas con el material que de la realidad se me presenta, imaginé que yo era la mártir que se iba a sacrificar por el músico hasta que él recuperara el camino en su carrera. Éramos Johnny and June. Hoy no sé nada de él. Nadie sabe nada de él. Algo supe de su método rehabilitación-recaída, el cual le funcionaba para mantenerse vivo, consumiéndose, pero viviendo, sedando su dolor que iba en aumento. Yo creí que él había elegido la música sobre la droga: la creación por encima de la destrucción. Pero, sin saberlo, desde el principio había elegido la sustancia, desde un inicio, sus canciones —sus éxitos—, trataban sobre su adicción. La historia que me fabriqué por un tiempo, justificando mi propia entrega hacia él y con ello mi propia autodestrucción, era que, en el fondo, sin que él lo supiera, la música era su verdadera droga.

Cuando, finalmente, terminé escribiendo como escribo. Con esta voz. Fue al elaborar una larga crónica autobiográfica en la cual relato mi llegada a la Ciudad de México ocho años atrás, en los cuales tuve una trayectoria pendular, no podía sostener mi fragilidad ni mi simulado valor. Es lo más honesto que he escrito. Son más de 160 páginas (que van en aumento). Palabra tras palabra que se enfila hacia derivar el por qué no he logrado anclarme en ningún puerto. La escribí durante cuatro meses con un impulso desesperado, tal vez como lo hizo Kerouac con On the road, pero, en mi caso, con cierta lucidez y un exceso de sobriedad. Después de haber escrito tres novelas fallidas, diarios, poemas, algunos relatos, me aboqué en este texto. Fue hacia el final de estos dos últimos años en los que había estado en Mexicali, pensando en que mi única forma de saber si quería volver a la Ciudad de México iba a ser reconociendo lo que había pasado en esos seis años. Pensé que así extirparía mi necedad de continuar en este absurdo eterno retorno.

El puerto es definirme. Decirlo. Salir del clóset: escribo. Soy una escritora. Porque guardo silencio ante las experiencias que me van agujerando, me trago mi realidad para vivir en una fantasía, deseando (en pensamientos) que las cosas sean algo más, mientras mis circunstancias son una constante que me orillan a la desesperación, y que me llevan directo a la huida. Quiero ser distinta o que la realidad cambie. Como si una u otra fuéramos una maldición o una enfermedad. Duele porque no me acepto: le apuesto mi vida completa a las palabras para quedarme en silencio, esperando a que por medio de la fe, de la fe al dolor, la realidad, en su compasión, se transforme.

La última relación que tuve fue con un editor, el mismo que elogió mi crónica, el mismo que viajó cinco veces para encontrarme en el oasis desértico, el que no dejó lugar a dudas de que lo que yo había escrito era algo singular. Sin embargo, su editorial no la podía publicar porque sus socios no iban a estar de acuerdo, porque no iban a publicar a una mujer con la que él había empezado una relación, porque ¿Cómo va a publicar a una mujer como yo: que no se valora?

La etapa de los tres tristes tigres, así le llamo a esta época en la cual estuve con el escritor, el músico y el editor. Intentando hacer de cada uno, en su momento, a un león. Entregándoles toda mi fuerza para que lo fueran, mientras se tragaron todo el trigo de mi trigal.

Los últimos escritos que publiqué en este blog fueron expresiones de mi imposibilidad de decirle al editor lo que sentía. Esa desesperación de no poder alcanzar la seguridad y libertad que tanto me había prometido yo misma. Esa desesperación que creció cuando lo escuchaba halagarme con sus palabras, para que luego continuara con su vida y su realidad indiferente a lo que yo le pedía. Él sabía de mi entrega a la escritura. Terminé cerrando este blog.

Aunque no todo fue así. Me apoyó empujando algunas colaboraciones que hice para un par de revistas. Le envió mi crónica a una editora de una editorial independiente. Pero, más bien, cuando reconoció mi vulnerabilidad, y cuando yo comencé a comprobar la suya, ambos emprendimos una guerra de resistencia, evitando entregarle al otro la única fuerza que nos quedaba. (Olvidé decir que cogíamos hasta la extenuación, como peleándonos, como demostrándonos uno al otro nuestra fuerza. Quedábamos drenados, más que compartir nuestra energía o potencia). Una vez más, yo me estaba desmorando con esa vida fantasmal que llevaba, él me dio algunas moronas, se alejó, y a los cuatro meses encontró a mi sustituta: another one bites the dust.

He pensando que, algunas mujeres, tenemos que acudir a ese rompimiento con el otro para entonces volver hacia nosotras mismas. Sin embargo, casi siempre, quedas tan deshecha, que solo con las palabras vas recuperando las piezas de tu cuerpo, de tu mente, de esa entrega. Y las acciones se vuelven en el imposible de alcanzar.

El editor hizo una crítica a la campaña de concientización feminista de la marca Gillette. El editor quiere ser creador, pero no tiene los huevos para buscar dentro de sí mismo, y con un par de sensaciones que ha tenido su cerebro rehúye del dolor que ahí está (e incluso, creciendo). Culón y culero. El editor lanzó una propuesta editorial al estilo Gillette, en donde se invitó a una serie de escritoras a participar con sus historias de mujer, las palabras de estos textos son genuinas, el trabajo a cargo de la editora también. Pero la idea y el impulso fue un acierto comercial al estilo Gillette, y fue de él.

Dejé de escribir en este blog para no molestarlo, para obtener un poco de su caridad y la del medio literario que a él lo rodea. La última vez que lo vi, después de pronunciar la pregunta dirigida a mí: ¿cómo estás?, se dio la media vuelta y caminó, como escabulléndose con el pene (doblado hacia atrás y) entre las patas, refugiándose entre el tumulto de las personas, sus amigos y familiares, que conocen de cerca su fragilidad y su historia. No lo culpo. Él no me debe nada, yo le estaba pidiendo una honestidad que no tiene ni consigo mismo. Que en el polvo con la señorita con la cual me ha sustituido se le logre olvidar: yo, mi carga y mis palabras. La fantasía que con él forjé, estúpidamente, y hasta le llegué a confesar fue que seríamos como Joan Didion y John Dunne. Hasta la crónica que yo había escrito había sido propulsada por un texto de esta escritora americana. Pero, si me hubiese quedado ahí, seguramente, hubiéramos terminado, más bien, como algo tipo Courtney Love y Kurt Cobain. Donde, también, él tiene esta compulsión por buscar la fiesta, el alcohol, las drogas, etc.

No pienso que las drogas y el alcohol sean equivalentes a destrucción, pero si diría: dime para qué te drogas y te diré quién eres. Si estás buscando una huida, si estás huyendo de enfrentar una realidad que te duele (que, por cierto, a todos nos duele), ese terminará por ser la continua salida de emergencia.

En el caso de los tres tristes tigres parece ser que, los tres, tuvieron un padre castrador, hasta ahora veo que a los tres les estaba pidiendo un valor (de valentía) que no les había sido inculcado. Y los tres aprendieron a huir de alguna forma. No lo vi antes. FUE MI CULPA. Ningún triste tigre tiene la obligación de cambiar, menos si no ha tenido la fuerza de un león para valerse por sí mismo, para enfrentar la realidad: hijo de tigre, pintinto.

Jamás he pedido una beca para escribir, aunque sea lo único que hago, pero como había tenido el apoyo de mi familia, me sentía culpable de usar un incentivo que alguien pudiera necesitar con mayor urgencia. Jamás he valorado mi escritura. Hace tiempo que mi familia dejó de apoyarme económicamente. Sin embargo, sigo creyendo que no soy merecedora de una beca para escribir. Por eso escribo esto, como una salida del clóset del autosabotaje, para enfrentarme a mi propia inseguridad, para aceptarme escribiendo, estando sola, apoyada por mis amigas que conocen mi vulnerabilidad, mi falsa fuerza, para así continuar.

Le agradezco al editor su paso por mi vida, el que me haya recordado mi fragilidad, mi ingenuidad y mi angustia y, sobre todo, mi necesidad por ya valerme por mí sola. Escribo esto, hoy, como un acto de expresión del amor que intento cultivar por la vida misma. Sin necesidad de que alguien o algo más me convenza. Del valor que me exijo con urgencia, hasta abrirme una vereda entre la maleza de la selva para salir de donde habitan los tres tristes tigres, y volver al camino que me permite amar. Como un primer intento de amar. Ya no me quiero regalar. No tengo nada más que a mí misma. Todavía en palabras, como mujer en busca del amor, como mujer que evitando otra guerra contra el hombre que no es capaz de amar, dejando de violentar al otro con insinuaciones, sobre todo, buscando ser franca conmigo misma.

Se supone que si un organismo logra dar un paso más allá de hasta donde, su especie, había llegado, entonces, libera a sus descendientes y hasta a sus antepasados de ese límite en donde estaban encerrados. Jamás pudiera decirle a una mujer cómo vivir su vida o su historia en esta realidad, pero tengo la esperanza de que si logro desencadenarme de mi propia angustia y de mi desesperación, y lo pongo en palabras, habrá otras que irán en busca de su propia verdad.

Aquí están escritas con sangre las primera líneas que develan mi incapacidad de amar, y de amarme, que sirva como un manifiesto de la búsqueda del amor, de regreso a esa capacidad de entrega con la que llegué a este mundo, de liberación de culpa, de necesidad de libertad. Nunca me había sentido tan viva y, al mismo tiempo, tan dispuesta a morir por seguir viviendo.

Libertad. En el diccionario de María Moliner.

adiós

“Yo formé cuerpo, desde siempre, con la pregunta y dejé que el libro me sostuviese.”

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“Yo he enfrentado la semejanza y asumido la subversión.”

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“Me he dedicado a circunscribir lo real y lo irreal; la ausencia y la presencia; la vida y la muerte, la palabra y el silencio.”

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TODO LIBRO SE ESCRIBE EN LA TRANSPARENCIA DE UN ADIÓS.

Edmond Jabés

Así habló Zaratustrana

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Para mi mamá. Para Linda y Ana Bárbara, para Deb. Para mi abuela Graciela, y para mi abuela Chita. Para mis tías Laura y Graciela. Y para mis tías Yoli, Lety y Lourdes. Para mis primas. Para mis amigas de toda la vida, las lafas. Para la Silvanna. Para mi exnovia. Para la Negra. Para la Nadia. Para todas mis exsuegras. Para mis excuñadas. Para mi cuñada Regina. Para Karla. Para Elma Correa. Para Jessica. Para Cecilia, la mamá de mis hermanos chicos. Para Tere. Para todas las nanas. Para mis compañeras de todos mis extrabajos. Para mi exjefa en la escuela. Para todas aquellas que nunca quisieron el encuentro. Para las que no les latió darme chamba. Para las que no paran de trabajar (en todos los aspectos de su vida, de su cuerpo, de su espíritu, y en la realidad). Para las escritoras de México, de Latinoamérica y del mundo. Para las poetas suicidas. Para las artistas, actrices, dramaturgas. Para las creadoras de este mundo. Para todas las mujeres que han existido, que existen y existirán (en un mundo de hombres).

 

Atravesando medio país, una vez más volvió Zaratustrana a la ciudad. Recordó su última huida, en busca en soledad y silencio. A su regreso pensó en las mujeres con las que alguna vez se había cruzado, a quienes había leído o escuchado, a quienes había visto llorar, reír, o entregarse al vacío. Las encontró de nuevo dudando. Algunas sometidas por la idea de ser fuertes y empoderadas; hablando de más para no escuchar su dolor en el silencio; creyéndose en pareja, y también confiando en la capacidad del él, y el derecho de él, más que tomándolo ellas. Otras con impulsos de ser hombres. Y unas más, contemplando de lejos, dedicadas al trabajo de entender la realidad, y de encontrar la verdad. Finalmente, las que buscan la liberación o su sanación, la dieta y el ejercicio, la acumulación de experiencias. Ésas que van apostándole a un hombre nuevo siempre, pero siendo las mismas. Viviendo la ilusión de un amor diferente. Algunas cuantas unidas para dialogar, discutir sus miedos, sus obsesiones, sus formas de estar, pero dudando, nunca dejan de dudar.

Entonces, Zaratustrana se paró frente a ellas, y a las personas que ahí estaban reunidas en plena avenida principal, y sin miedo, comenzó a hablar, diciéndoles:

“He visto a todas y a cada una de las mujeres a mi alrededor comprobando su existencia, a sí mismas. Primero con su belleza externa, admirándose al espejo. Después, haciendo surgir y crecer su energía. Apostando su valor. Algunas han decidido mostrar sus ideas, su intelecto, su humor y sus risas. Otras han ofrendado su trabajo. Y unas más muestran orgullo al sostener el mismo papel de cualquier mujer en el tiempo, pero con el discurso de que ahora, este presente, es mejor. Todas siempre buscando comprobarle al otro, al hombre, la existencia —existimos, gritan, con cada una de sus acciones—. Mientras siguen estando detrás de cada hombre de poder y de éxito, respaldándolos, respondiendo desde el silencio, desde su sexo, y su entrega.

“He visto que usan las drogas, el alcohol y cualquier exceso para reconocer sus sentidos, y para demostrar su resistencia. Son madres, son profesionistas, son creadoras, son maestras, son expresiones de libertad y de fuerza, y sobre todo, son una bandera de esperanza. ¿De esperanza o de seguir esperando? Esperando el reconocimiento de nuestra propia fuerza, porque antes de que llegue el súper hombre, hay una súper mujer que está pasando desapercibida. Que, a pesar de todo el dolor con el que carga, cree, y decide crear. Se vuelve madre, se vuelve esclava. Y no de un hombre, sino de una sociedad violenta, agresiva, y mutiladora, en donde ella debe ser la responsable de alentar la esperanza en aquello que de su cuerpo brota. La consciencia más alta surge de la que ha creado vida, y que la acepta. Mientras que en el hombre es todo destrucción, poder, y un constante miedo a perder. A perder el poder como si fuera la vida. No siempre, no todos, pero la mayoría sigue formado parte del sistema que se aprovecha, que quiebra, que explota, que hiere y que lastima. Que embarra con su poder diciendo que toda mujer es sustituible, y que te hará creer, a ti mujer, que aquella por la cual “has sido sustituida” es tu enemiga. Y aquel que no puede hacerle frente a otro hombre para defender tu existencia: estás sola. También hay mujeres que para soportar su dolor y su levedad, en hombres-mujer con poder, se convierten. La esperanza muere en el último momento, cuando se piensa que en la siguiente (¿vida u oportunidad?), se podrá transgredir el miedo y crear, amar la realidad  —¿No es acaso una verdadera figura de poder y de fuerza, aquella que, a pesar de todo el miedo que siente, del dolor y la tristeza, decide amar?—. Conocer a la otra, al otro, y continuar. Caminar, a pesar de la violación y del abandono, de la injusticia y del silenciamiento, de la indiferencia y del olvido.

“Todas aquí hemos tenido un padre. Un padre ausente, un padre falso, un padre violento, un padre poderoso, un padre muerto, un padre ciego, un padre incestuoso, un padre muerto de miedo. Todas aquí hemos tenido una madre. Una madre trabajadora, una madre amargada, una madre agresiva, una madre amorosa y hasta posesiva, una madre deprimida, una madre intentando, una madre buscando, una madre sanando, una madre resistiendo, una madre sobreviviendo. Todas hemos tenido una hermana creyéndola enemiga. Una amiga a la que, de un día a otro, desconocemos. Una hija que nos hiere, que nos quiere matar, que nos lastima. Un hermano que llora, que suplica no ser como el padre, y ruega saber cómo aprender a amar. Una pareja que se aleja porque ya no soporta su incapacidad de amar.”.

Los hombres que con las mujeres se habían reunido, aquellos dispuestos a escuchar a Zaratustrana (la mayoría ni siquiera se había detenido por curiosidad a lo que ella decía) pero quienes sí lo hicieron, la miraban incrédulos, ¿de qué habla?, pensaban, pues en el mundo en el que ellos vivían sus palabras nada tenían que ver con lo que ellos experimentaban. Zaratustrana se lo imaginaba, como todas las mujeres que todo lo imaginan; la violencia y el miedo y la agresión y la sangre. Todo es imaginario, es lo que ellos dicen. Y luego, las mujeres tampoco estaban del todo convencidas. Dudaban. Los hombres que aman a los hombres no se sintieron aludidos, es cosa de ellas, dijeron. Las mujeres que se enamoran de las mujeres, aseguraron que lo que decía era tan obvio que perdían su tiempo escuchando esas palabras que sabían sólo en palabras quedarían.

Yo salí desde mi ciudad para llegar a esta ciudad. Decidida. Busqué hasta encontrarme con mi madre en el espejo. Busqué hasta odiar a mi padre, quise matar a un hombre creyendo que era él, y después corrí, alejándome. Logré perdonar a mi padre. Y finalmente, perdonarme. Creí que la idea de la súper mujer era en el poder, ¡cuando es en el amor!, y la capacidad de transformar la realidad con esa entrega amorosa. Soy mi madre, mi hermana, mi hija, y la señora con la que me cruzo en la puerta. Soy mi nana. Soy mi abuela, mi tía, mi suegra y mi sobrina. Soy todas las mujeres, y el rechazo a ser mujer en un mundo hombres, y soy la única que puede aceptar mi existencia, demostrándola con todo mi dolor y mi desesperación. Con mis acciones, con mi observación, con mi silencio, y dándole vida a la palabras. Soy la creación de la súper mujer en su capacidad de amar, de aceptar la realidad, y transformarla. Soy parte de las mujeres con esta potencia creadora, con esta energía y sensibilidad, con todo lo que no se ve pero que se siente. Existimos. Con esta constante transformación que apenas comienza.

Somos mujeres en un mundo de hombres, y de frente nos dirán, nos dicen:

“Ése es su problema. Adelante, inténtelo, intervengan. Háganoslo saber, digan que existen, escríbanlo, bailen, desnúdense, defiéndanse, griten, luchen, sean más que un cuerpo, más que sus palabras, más que su silencio, más que su resistencia, sean más que nosotros los hombres, los que por años y desde la eternidad llevamos al mundo: porque somos el mundo. Aunque entre nosotros nos peleemos, eso es también una farsa, nuestras discusiones son para publicitar nuestro poder. Y obtener más atención. Es un acto. Pero ahora, y si lo quieren, se los entregamos, responsabilícense, créansela, a ver si lo logran…”

Esas fueron palabras de mi padre antes de morir. Yo soy hija de Zaratustra. Soy sobrina de la hermana que lo traicionó siendo también la mujer que más lo quería. Soy quien lo traspasa con su aceptación y mi capacidad de amar. Soy yo también la que alienta a que seamos súper mujeres, porque el súper hombre ya no llegará; la espera ha sido suficiente. Soy Zaratustrana. Nuestra fuerza está en nuestra aceptación y en la aceptación de TODA mujer. El nuevo hombre ahora de nosotras tendrá que aprender.

y…

Y

¿Llegará esta carta hasta a ti? La he aventado al mar con la esperanza que mide su misma profundidad. Tiempos de guerra y silencio. Me preguntaste por qué me dolía tanto seguir, vivir en un mundo de hombres, y sonreír.

Cada palabra es un augurio, cada idea nace para crecer o para morir. El mito comenzó sucediendo como una verdad: nosotras las mujeres conscientes, feministas pero no con ganas de matar a nadie, incluso cuando nos han matado, salimos de la ciudad buscando un refugio para reinventar nuestra existencia. En tiempos de guerra cuidamos las palabras, porque se vuelven misiles, estallan, y queman. Llegamos un poco esperanzadas de poder fundar una zona de silencio. Ahora sólo cultivamos dudas.

Comenzó con la elección. Electo el nuevo presidente no parecía que las cosas seguirían igual. Después la ola de desesperación. Todo tomaba demasiado tiempo y luego pasaba de un día para otro, y después no pasaba nada. El alrededor igual. Pero me acuerdo que me detuve para ver los detalles. Tal vez era un día cualquiera, un metrobús había chocado en la esquina contra una pipa de metal (la llevaba otro remolque en una de sus cajas, se atravesó por la ventana del conductor). Parecía una simulación, como en los parques temáticos que tienen los estadunidenses para representar sus películas. Continué recorriendo las calles en todas había embotellamiento, pero las personas no pitaban, no avanzaban y no dejaban de ver hacia sus celulares. Desde ahí la realidad comenzó a desarrollarse con lo que la parálisis dictaba. Lo que pasaba era como si no pasaba, la realidad un basurero que acumulaba más y más desastre, choques, muertes; destrucción en silencio, un campo de batalla, un fantasma esquizofrénico cubriendo por completo la ciudad.

Para cuando llegamos aquí, al refugio, nos acomodamos debajo de un volcán, ya estábamos muy lejos de la ciudad, decidimos deshacernos de nuestros celulares, y de toda simulación. Juramos recomenzar. Me traje los dos libros que me diste, el de poemas, y aquel que decías me iba a dar la guía para encontrar mi lugar en el mundo. Releo la parte en donde aparecen las palabras de una mujer describiendo su enamoramiento, pienso en ti, nada más de tener el libro en las manos siento las tuyas, esas palabras van abriendo pequeños arroyos, ríos, van formando un mar.

Se transforma la realidad en un bosque.

Y las calles se vuelven ríos, y las personas salen de sus autos, y el agua inunda la ciudad para dejarla como una Atlántida siglo XXI. Y todos alcanzamos lo alto de un edificio, de una montaña, de algún lugar en donde podemos resguardarnos, para ver los pedazos que han quedado de aquello que fue dicha parálisis, las pruebas de la destrucción se van por la gran coladera. Y el territorio vuelve a su verde, y a sus praderas, y este bosque se va extendiendo, y tenemos las ganas de volver a empezar. Y todos somos líderes y todos somos seguidores y todos vamos a favor de la humanidad. Y nos detenemos a reconocer el eterno, quise escribir el entorno, pero el eterno, en cada una de nuestras acciones. Y a las mujeres no se nos ve un cuerpo de deseo sino uno de creación. Y los hombres no sucumben y destruyen por miedo, sino que su fuerza es también crear, transformarse, enfrentándose a ese miedo. Y es un continuo sí sí sí. Y cada nueva palabra es una célula más creando esta realidad con toda la esperanza. Y es vivir creando, y es crear viviendo, y somos una comunidad. Y claro que hemos vuelto y estamos más animadas que nunca porque nuestra fuerza es esa posibilidad de imaginar. Y de hacer real lo que imaginamos. Y tal vez, cuando nos reencontremos nosotros, tú y yo, seamos capaces, también, de imaginarnos como creadores eternos de instantes, de belleza, transformadores de la realidad. Y… todo se une en algún momento del camino, y se separa un poco después, pero para continuar tejiendo esta gran tela de dimensiones, de tantas posibilidades, encrucijada uniéndose a otra encrucijada, y… y toda transformación va sucediendo, la hemos nombrado, estamos trabajando por ella, y ella nos toma nos sumerge en su profundidad de aire, de fuego, de agua y tierra, de inmensa belleza.

He decidido no volver a huir nunca más. Y si algún día quieres buscarme, sabrás dónde estoy…

Tuya,

Banana Yonder (personaje)

 

 

 

 

x en el mapa

x
(ya ni siquiera soy ésta, pero equis)

“¿Nuestro porvenir no será acaso el estrechar manos sucesivamente?” —Edmond Jabès

A.

No creas que no me doy cuenta —nada más sonrío, mientras aviento mis pensamientos desde el precipicio de mi cerebro—, pero sonrío.

B.

También recuerdo. No creas que no me acuerdo, de casi todo, de eso que me encajaste con tu deseo. Fui tu presa, querías —eso— cazarme. Y como siempre pasa con los de tu especie, ya que me tenías, ¿amarrada? No, yo quería, pero no ¿Amordazada? Tampoco ¿De cabeza? Gimiendo, al mismo tiempo que gorgoteando mi semen de mujer (así he sido siempre), como una fuente tomando la realidad, desbordando con mi desesperación, y mis cascadas de tristeza… decidiste irte, me abandonaste. Eso sentí.

C.

Somos dos bandos de enemigas, hay más (escuadrones, contingentes, equipos), pero la guerra directa es entre nosotras y ellas, entre sirenas viejas y nuevas, una guerra fallida. Somos las mismas pero usamos máscaras distintas.

D.

El cuarto se secó y se hizo de arena, de tierra seca. Desierto.

E.

Entonces, tendría que confesarme yo, para no hablar de ti, pero para creer que lucho por mí, y mi supervivencia, y la de mi especie.

F.

No soporto la idea de tu traición, de tu traición hacia ti, ¿en el fango de tu desesperación? Yo no podría decirlo así. Me preguntas por qué: porque es exactamente lo que hago yo. Igualito.

Entonces al quererme conquistar a mí, te has querido conquistar a ti, y te has decepcionado de ti a través de mí.

G.

Ustedes Los Borges. Los grandilocuentes. Los dueños de las becas, de los premios, del sistema. Del círculo.

H.

La figura de Miss San Luis Potosí, la pendeja de Miss San Luis, la cabeza y líder de las enemigas, de las sirenas nuevas. Una de las mujeres más bellas de este lugar y tiempo. Labios carnosos, suficiente cabello como perderte en su bosque, piernas como una carretera para recorrer de ida y de vuelta. Pero la sonrisa de idiota —es la vanidad— esa máscara con la que manipula. Y unos ojos vacíos como el fondo de su mar. Sirena que nos traiciona a las sirenas viejas. Toda placer, toda bendita. Jovencitita, apenas los 19 años cumplidos. Y se ríe. Y su risa es, tal vez, su canto de sirena traicionándonos. Es mi antítesis. Es mi odio.

I.

A ti, y a todos les entrego mi culo. Encubierta, me visto como lo hacen las seguidoras de Miss San Luis. Sonrío. Hago un esfuerzo sobre natural para encarnar mi yo pasado, porque ya no me sale natural. Ya no tengo 19 años.

J.

Juntémonos, me dijo a la cara. Así somos más, y somos más fuertes. Jajaja, me reí, muerta de miedo.

K.

Yo soy el símbolo del contingente X —ké kerías?— me preguntó de nuevo, por whatsapp.

L.

Soy el punto g, y en el punto g me entrego. Loca. A veces sí, a veces no, soy como tú, y luego, uso las mismas tácticas de Miss San Luis y me interno con el enemigo. Contigo. Con el resto del poder. Con los Borges y con ellas.

M.

TE JURO QUE NO SÉ SI ESTOY HABLANDO DE TI O DE MÍ, SI ESTA VOZ QUE SE ESCUCHA SOY YO O ES DE ALGUIEN MÁS. De algún muerto.

N.

En el fondo, ¿qué queremos en el fondo? Por favor, no digas mentiras, por favor, no digas que nada. Que no quieres nada, que no es cierto.

O.

He creado el contingente X. Nos instalaremos en un territorio fantasma. Nos reconstruiremos, creceremos como la hierba.

Dicen que será como la ciudad que Osho logró, pero que las X no invadirán a nadie, y algo han hecho con el paisaje que aunque pasen por encima de ellas nadie las ve y nadie, tampoco, las lastima.

P.

Solía ser igualita a Miss San Luis Potosí, pero me pasó lo que le pasa a todas las mujeres: envejecí, y se acabó. Punto.

Q.

A estudiar los astros, a estudiar los números, a estudiar el cambio climático, y sobre todo, a someterme a las palabras. Perdí mi ser. Se me quebró el espejo.

R.

El verdadero enemigo eres tú, cara de papa negra. Ojos cubiertos con un antifaz negro, liderando al resto. A los Borges. Usando la palabra masculina y mayúscula. Tan poderosos si hicieron que ni cuenta se dieron. La rabia y el miedo los llevó a serlo. Tomaron el universo de las letras e impusieron su cagadero. CA-GA-DE-RO. Escribiendo estupideces para controlar ese universo, para modificarlo a su manera, para deshacerse de nosotras. Nos volvieron fantasmas, hijos de puta, ¡felicidades! Ojalá se les quiebre el pito de tanto usarlo con su poder.

S.

—Sí, amigue, necesitamos más montañas de mármol fino, pero hecho polvo. Más tinacos de combustible. Más mujeres del contingente de Miss San Luis Potosí. Necesitamos más poder, y reunir a más hombres.

Este mensaje fue repetido un millón doscientas cincuenta y cuatro mil quinientas veintidós veces. Hasta que tomaron toda la realidad del universo de las letras. Se quedaron con los premios, con las becas, con el sistema, con todo.

T.

Todo suyo, gracias a la insistencia, a su puta rabia de mierda, que todo se lo carcomió. Todo. Dicen que usaron la frase de Gertrude Stein, esa que dice que para hacer algo importante habría que repetirlo hasta el cansancio. Lo lograron.

U.

En estos tiempos hay un saqueo incontrolable de la sabiduría, ya nadie se roba un objeto, aunque todos creen que sí. Es una ilusión. La materialidad y el dizque robo de las cosas sirve como una cortina de humo.

V.

Volveré a mi contingente y pronunciaré: féminas, aquí está todo por lo que hemos luchado, en sus caras lo hemos robado, y más bien, nos lo han devuelto. La guerra entre ellos es más violenta y visceral, saben que terminarán destruyéndolo todo. Destruyéndose.

W.

Vamos a nuestra tierra. Nos estamos pronunciando al universo. A la chingada, señoritas San Luis. A la chingada, el sistema de los Borges.

Hemos decidido dejar de escribir, dejar de hacer la historia con palabras. Que hablen nuestras acciones. Lo único que haremos es firmar con una x a favor de nuestro universo. Como nos pide el mundo que no nos considera. Leemos, pensamos, meditamos, caminamos, construimos, y no dejamos de leer. Menos de sentir. Todo lo escribimos con nuestras acciones. Toda nuestra existencia es. Hemos desistido de la guerra, hemos regresado al silencio, hemos encarnado el aire, hemos soltado todo.

Caminamos en ‘w’. Ni la que fuimos, ni la que seremos volverá a perturbarnos nunca más.

X.

Le he escrito a Miss San Luis Potosí. En contra de nuestra regla plasmada con sangre en el manifiesto, la número uno, la de no escribir. He dibujado un mapa, he marcado con una x nuestra posición y postura. Le he enviado el mapa a Miss San Luis: es una invitación a que hagan de este lugar un territorio también suyo.

(Y.) (Todavía no, ya sé, pero tampoco sé esperar. Ni modo).

Y a ti te he encontrado. Que no te odio y menos te aborrezco. Siento tu dolor. Sé que has traicionado a los Borges a favor de tu supervivencia. Sé que has traicionado a tu familia por encontrarte a ti. Ya no te pido nada, es más, por ti desaparezco.

(…)

La x en el mapa era de agua, era una fuente, hecha con las aguas de las creaciones de las sirenas viejas que aprendieron a cantar con su silencio. El agua se fue expandiendo por el terreno: “Nunca la abundancia de agua hizo retroceder al desierto”. Los ríos, se volvieron lagunas, y éstas se volvieron mares y los mares se voltearon de cabeza, creándose cielos. El agua llegó hasta el sistema, a la tierra de los Borges, tenían sed, y la sintieron tocando sus pies, pero ninguno, todavía, ha tomado.

 

 

 

 

 

Woergas: el espectáculo de la vagina que canta

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1

Llegó el circo al pueblo de Jocotepec. Recorriendo todo el país tenían el hábito de detenerse sólo en los poblados pequeños. Se llamaba Rivera, era un circo de calidad decente pero con algunos numeritos perversos. A los niños no les daban permiso de acudir porque decían que la dueña era una loca con ideas siniestras. Pero los acróbatas estaban muy cabrones, volaban ligeros como pelícanos, giraban como nubes en tormenta. El circo venía de algún lugar de la costa de Veracruz, un pueblititito que nadie conocía y al que nadie quería volver. El padre de la dueña, don Rufino Rivera, murió de un ataque al corazón a los cuarenta y tantos años. Y Rivera, como ella se hizo llamar, quedó a cargo del circo a los 23.

 

2

—Jefa, se me hace que la Vagina se enfermó.

—¿De qué, Chucho?

—Pues no deja de toser.

—Pero no le afecta para el show, ¿o sí?

—Lo que pasa es que hasta se anda convulsionando con tanta tosedera.

—Que la sustituya otra, la Tabla o la Negra.

—Ninguna quiere, la Tabla dice que ni de chiste le sale, a la Negra le caga ese numerito.

—A ninguna le estamos preguntando, que hagan un volado, es más, dile que la que lo logre se va de vacaciones un mes, y muy bien pagadas.

—¿Y qué hacemos con la Vagina?

—Llévatela al doctor, usa la troca del Fuerte, o que los lleve él, o vayan por algún doctor de alguna ciudad y tráiganselo, lo que sea que cueste, porque si es neumonía o una chingadera de esas… pregúntale a la Vagina si está como para andar en carretera, si no, te vas a la ciudad, a Guadalajara, ahí gugleas un buen doctor o doctora, y te la traes por lo que pida.

 

3

Rivera, cuyo verdadero nombre es Diamela, creció en el circo. Tuvo una nana que era su mamá, porque su madre, una chilena, huyó a los pocos años de su nacimiento. Tara Trapecio, así le decían a su mamá, aunque se llamaba Soledad, y era un as en el trapecio, y también una contorsionista increíble, tenía el cuerpo fuertísimo, las piernas largas, y una risa que retumbaba al universo, o así es como don Rufino la describía. Se cogía a todo el circo, mujeres y hombres, pero eso a don Rufino le daba lo mismo; es más, pensaba que hasta mejor, que así se le iba curtiendo el sexo a su mujer, esa niña que encontró abandonada en un burdel de Veracruz. Tara Trapecio terminó huyendo, dicen que se recorrió varios pueblos hasta dar con el paisaje con el que tanto soñaba, porque de verdad que soñaba con unas montañas, y un lago, y un precipicio, para entonces lograr su cometido, ese de matarse. Se supone que Tara Trapecio se lanzó de un acantilado, se ahogó y después apareció la nota en internet, que por alguna razón le llegó a don Rufino. Bueno, también porque montó a un escuadrón de mimos a buscarla y sondearla por la web hasta que dieron con esa nota, y sin dudarlo, don Rufino aceptó su muerte; al poco tiempo se deprimió y después se murió de un ataque. Dicen que de tristeza.

4

—Nos mandó la jefa.

—Ni se acerquen que ando con calentura.

—Mira, Tabla, la Vagina con calentura.

La Tabla se quiso reír, pero la Vagina comenzó con un ataque de tos. Se hizo un silencio incómodo. Las tres sabían que la Vagina se había contagiado de algo que la tenía al borde.

—¿Qué quieren?

—Tienes que explicarnos tu numerito hediondo.

—¿A las dos?

—Mira, ninguna queremos hacerlo, nadie en su puta vida quiere ser una puta vagina que canta, pero tenemos que hacerlo, y nos vamos a turnar para después podernos ir a la chingada de aquí.

—Ya se lo saben.

—Yo tengo años sin verte, la neta me da un poco de asco.

—¿Asco? Pero si eres bien lencha, Tabla. Todo el circo sabe que te la pasas viendo porno lésbico. Que estás enamorada de la Negra.

—Ya cállate, Vagina, explícanos y ya.

La Vagina comienza a otro ataque de tos que dura un par de minutos. Las otras dos la observan, y luego la Negra recorre la carpa, ve los diferentes labiales sobre el tocador, las pastillas, un cuaderno, una foto de la Vagina de niña con un perro.

—Lo primero que tienen que hacer —dijo la Vagina— es agarrar un espejo, abrirse de piernas y verse en él. Rasurarse toda la pucha. Al menos que quieran cambiar el numerito a la Vagina barbuda… (se ríe pero termina tosiendo) ¿Es cierto que tienes la vagina güera? —le preguntó directo a la Negra.

—¿Quién te dijo?

—El Fuerte.

—No mames que te estás cogiendo al Fuerte.

—Cállate, Tabla. Tengo vitíligo, aunque no se nota. Tengo vitíligo en la vagina.

La Tabla y la Vagina se carcajearon hasta que la Vagina comenzó a toser, y cada vez más fuerte.

—Vergas, Vagina, te vas a morir.

—¡Cállate!

—Bueno, ya, tampoco es para tanto, van a traer a un doc, tu jaino el Fuerte fue por él… El caso es que se van maquillar como puedan, como quieran, hagan su personaje, que les quede bien chula su condenada vagina… ¿Saben cantar? ¿Negra?

—Sí, más o menos, en inglés me sale mejor.

—¿Tabla?

—No, pero me dijo la jefa que podía recitar mis poemas.

—Vergas, ¿escribes poemas?

—Cállate, Negra.

—Si tienen brillitos que no les afecten a la piel se llenan de brillos, o agarren esos botecitos que están ahí… colores rosas fluorescentes en toda la piel, un delineador negro que no se corra, que sea contra agua. Alrededor de los labios vaginales con el puro delineador rojo, o rosa fucsia, se marcan bien la pucha. Después se hacen unas chapitas redondas, y arribita, se pintan de negro un par de cejas, delgaditas, al estilo de los años 20, con algún lunar debajo.

La Vagina se suelta tosiendo, la Tabla y la Negra comentan sobre el maquillaje. La Vagina aclara la garganta.

—Ahí en esa mesita, en el cajón, adentro, hay unas hojas en donde tengo escrito un guión. Antes lo seguía con punto y coma, pero después empecé a improvisar. Pero es como la historia de donde viene la Vagina, cómo fue su infancia, sobre el placer y el sexo, la sonrisa vertical, pendejadas, etcétera. Como están tapadas de la cintura para arriba, la neta no da tanta pena, ni al principio, sólo se siente un aire como metiéndose entre la vagina y el culo. El Fuerte es el que pone la música, normalmente son como 15 minutos de introducción, en lo que el público, que la neta son puros batos, medio se calma porque están viendo a una vagina hablarles y los calienta y los hace cagarse de risa. Pero después comienza la música, y son otros veinte minutos cantando, con un par de descansos. Si quieren escuchar antes la música pues ahí está, si quieren usar otras canciones pues arréglenselas, si quieren inventar su propio numerito pues mejor, háganlo, mucha suerte.

—No puedo creer que voy a hacer esto.

—Ni yo.

—No es para tanto, la neta se van a cagar cuando vean las propinas, neta. El bato más humilde te lo da todo con tal de seguir viendo a la puta vagina en acción.

La Vagina se suelta tosiendo, la Negra y la Tabla se despiden de lejecitos, y salen de la carpa con las hojas, un par de labiales rojos y dos botecitos de brillos.

5

Habría que decir lo obvio, aunque sea parte del cuento. Desde que la Vagina se enfermó, su numerito Woergas quedó amenazado, era el más popular del circo, y lo titularon así cuando escucharon a un joven del público decir “woergas”, cuando vio a la Vagina aparecer y cantar, porque imagínense, una mujer de la cintura para abajo expuesta, con un spot de luz directo a la pucha, con la vagina maquillada para decir unas cuantas palabras sobre el sexo, el amor, el placer y la obsesión, y después para todavía terminar cantando bien vergas: “qué hiciste del amor que me juraste, y qué has hecho de los besos que te di, y qué excusa puedes darme si fallaste y mataste la esperanza que hubo en mí… y qué ingrato es el destino que me hiere… y qué absurda la razón de mi pasión, y qué necio es este amor que no se muere y prefiere perdonarte tu traición…”. Por eso y desde entonces lo titularon Woergas: el espectáculo de la vagina que canta. Rivera mandó a hacer un letrero en luces neón para colgarlo al fondo, el cual prendía y apagaba, y en donde el público, en su mayoría hombres, gritaban a coro “woergas”.

La Vagina original murió a las pocas semanas. El doctor de Guadalajara le dijo que tenía neumonía, que debía ser hospitalizada. Pero la Vagina no quiso hablar del diagnóstico, ni irse al hospital, ni salir del circo para tratarse nada. Le dijo mentiras al Fuerte, a la Rivera, al Chucho, a la Negra y a la Tabla. Estas últimas continuaron con el espectáculo, lógico, es más, hasta hicieron escenarios distintos para cada una. Porque a la Negra se le ocurrió que su vagina podía hacer un show de stand up, una idea que vio cuando estuvo de vacaciones en la Ciudad de México. La Tabla se fue por la declamación de poemas, y monólogos filosóficos, en donde, claro, estaba incluido una anécdota de la muerte de la Vagina, y era curioso, porque hablaba de la muerte de su compañera ligándola con la muerte de su propia vagina.

Dicen que vivir en el circo vuelve lo absurdo normal, y lo normal absurdo. Que hay una claridad que te dice que la muerte es lo más normal, y que la vida es lo más absurdo. Ahora la Rivera ha llegado hasta las ciudades, y es un verdadero exitazo. Hasta los padres de familia llevan a sus hijos, pues creen que deben acercarse desde pequeños a la naturaleza de todo tipo de realidades, y al disimulado absurdo.

Venezuela, verdad y vida

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“It was the time between the lights when colours undergo their intensification and purples and golds burn in window-panes like the beat of an excitable heart; when for some reason the beauty of the world revealed and yet soon to perish, the beauty of the world which is so soon to perish, has two edges, one of laughter, one of anguish, cutting the heart asunder.”
—Virginia Woolf

 

I.

Esta estúpida alucinación de que nos volveremos Venezuela sólo porque se ha elegido a AMLO como presidente. Porque en la imaginación de los privilegiados el cambio significa crisis, o la muerte. Ojalá se mueran pronto todos los privilegios de todos. Esta estúpida comodidad incómoda que nos tiene esperando a ver si los otros, a ver si la realidad, a ver si se mueven las cosas, si suceden por arte de magia, o de suerte, a ver si a ver.

Sólo eso nos faltaba que los privilegiados se robaran el papel de víctima. Ojalá hubiese un borrón y cuenta nueva, para vernos en el espejo: todos iguales a todos. Todos hacemos con nuestra ansiedad lo que podemos. Los privilegiados están drogados de martirización, porque lo que podían era lograr el privilegio (bravo). Pero el privilegio se acaba y la ansiedad no: esta angustia al continuar existiendo apenas va comenzando.

Ojalá se nos olvidara todo lo que hemos leído. Ojalá sólo nos quedara una vaga memoria de una gran acumulación de experiencias pero sin poder pronunciar palabra… He visto a las bocas más elocuentes de mi generación dispararle a otras bocas, por haberse pronunciado desde su realidad y sus emociones: ¿Quién no está tratando de entender lo que pasa afuera y lo que siente adentro? En el fondo lo que expresa es con toda esta intención. He visto a las bocas más elocuentes de mi generación atragantarse de dudas y escupir lo que sale, nada más por callar a los demás, atragantándose de poder, de likes y de aplausos, dominando el escenario con su verdad, arrastrando al resto a la hoguera del silencio, para que se les quiten las ganas de hablar.

II.

¿Es un toro el que se droga? ¿Es una bestia la que soporta diez mil cargas de estimulación? Un equilibrista con 200 toneladas en la espalda caminando por la cuerda floja sobre el vacío de la realidad. Una acróbata haciendo un triple mortal en el aire para caer parada. Un malabarista de navajas recién afiladas. Una domadora de leonas hambrientas. Un entrenador de elefantes. Hipnotizadora de serpientes. Un contorsionista de sus emociones. Un payaso que hace reír por no ponerse a llorar.

Qué puta envidia le tengo a los y las que se drogan. Qué coraje, qué impresión, y qué admiración. Qué desesperación y qué tristeza. Soy una yonki de yonkis. Como no me puedo drogar me enamoro de los y las que se drogan (y cuando cogemos quedo puesta). Me posesiono del cuerpo y avanzo a velocidad de la luz por la terracería, o hundiéndome en el mar, me meto hasta el alma que se dispara en el vuelo, o al espíritu revoloteando en tormenta, y (creo que) lo siento todo. La euforia, la adrenalina, el vértigo, la desesperación, el amor, la angustia y hasta la muerte. Cero y van tres. Cuatro. Le alego al terapeuta —telepáticamente—: si no me puedo drogar déjame querer al yonki, deja que me zangolotee con su alma, que no ves que sí sabe lo que hace, que no ves que sólo quiere sentir lo que no reconoce que está sintiendo. Este pinche agujero que se abre a cada rato. A cada instante. A cada muerte, desaparición, nacimiento, encuentro y desesperación. Amor. Seguimos vivos.

III.

La verdad es que todos estamos a punto de tomar a la oportunidad por los cuernos. Animarnos a torearla sin salir corneados, a hacer las cosas distinto: si ganó López Obrador o si perdió la Selección. Si tengo 200 pesos en la cuenta, si todos los días pienso en otro lugar, si la gente no para de pitar, si mi mejor amiga llora sin decir nada, si mi madre trae otra vez migraña, si con mis amigas ya no puedo hablar, si no puedo escribir porque estoy aterrada, si otra escritora se suicida, si asesinaron a otro alcalde después de las elecciones, si Neymar golea y se tira a llorar. ¿Qué queremos de una realidad que siempre cambia pero que no podemos notar? A la que no podemos sentir que sentimos. Que nos deja helados en pleno sol o lluvia. Inundados con nuestra propia carga y levedad. Decimos que cuando cambien las cosas cosas cambiaremos. Que algún día nos decidiremos. El cambio cae como un tsunami, y todo lo que podemos hacer es aferrarnos a nuestros viejos hábitos, porque si no el tsunami del cambio nos va a matar. Así que los días en su intención de ser otros vuelven a ser los mismos, y le llamamos destino, maldición, mala suerte, el absurdo, y todo está de la chingada. Pero esa es la realidad, mientras nosotros jugamos a que estamos bien. Con la ansiedad a tope. Coronada con la verdad paseándose Miss Venezuela por la vida, queriendo ayudar a los otros: esos que sí están de la chingada—pues mira—ellos y ellas SE DROGAN; o peor aún: no entienden nada porque no han leído. Y otra vez, sin que empiece nada: me doy por vencida.

IV.

La voz de la esperanza: la agarró llorando y le dijo que no llorara, que no llorara por un hombre, por un nombre, por un país. Ella lloraba por todos los hombres y las mujeres y por sí misma y por esa voz que no alcanza, por tanto tratar de amar, o por lo menos intentar aceptar a la realidad. Lloraba porque veía muriéndose otro instante y otro, y otra oportunidad. Otro día de estar drogada con sus fantasías de ser otra, de crear algo, de ayudar a los demás y de sentirse parte. Y ahora la voz de la esperanza lloraba, y la mujer la veía (ahora sin llorar). La voz de la esperanza le habló de sus tiempos de soledad, de cinco hijos que dependían de ella, de sus dos trabajos: la limpieza en el metro y luego en el biblioteca. De hacerle sopa a sus hijos cuando llegaba en las noches. De no saber leer y escribir y haber aprendido de “pura práctica”, le dijo, después de años de trabajar en la biblioteca. Y todos los hijos y las hijas se volvieron profesionistas gracias a ella. Y los ojos se le fueron limpiando, y ya ninguna lloraba y las dos se reconocían. Y la realidad era la misma, pero con los ojos limpios se veía que, poco a poco, se transformaba.

del universo del yo al universo del verso

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“[…] arrojado a través de ese campo de posibilidades efímeras, caigo de lo alto, desamparado, como un insecto dado vuelta.”

para mis papás

En el temblor del 4 de abril del 2010 en el Valle de la ciudad donde me crié, fueron destruidos varios ejidos. Familias enteras se quedaron sin casa, sin tierras y sin sus pertenencias. Vivían al día. Tenían poco. Y aún así lo perdieron todo. Excepto sus vidas. ¿Habrá otra forma de sentir tanto como cuando hemos perdido todo?

En un ensayo de Bataille titulado “La voluntad de lo imposible”, describe que a través de la negación sucede la materialización del alma. Del dolor. De la existencia. Del Todo. (Hay quienes perdemos todo continuamente sólo para aferrarnos al todo). “No hay nada en nosotros que no esté constantemente en juego, que no esté abandonado”. El todo de Bataille prescinde de las formas y de las cosas. Y por medio de las palabras —de la negación del todo, porque con éstas no se alcanza a expresar el infinito— puede comenzar un juego consciente, al jugar con ellas para enfrentarse al Universo.

A veces el espíritu entra tumbando la puerta de la cabeza, la inunda con su presencia y con su silencio. A veces el alma se para a la orilla del cuerpo bromeando que va a arrojarse, a dejarnos con nuestra materialidad, volviendo al cuerpo un tambor que retumba con una cadencia tonta de cada paso al mismo lugar. Y el corazón va en una barca navegando con el sol y las estrellas, o en contra de la marea, del mar. Del amar.

La vida es lo imposible, el caballo desbocado, las inútiles ganas de amar o de explotarlo todo cuando no se logra llegar a ello, entonces: aventar al alma fuera del cuerpo con esa misma fuerza con la que se nos viene el universo encima.

Perderlo todo para sentir el todo. “Inserto en el orden de las cosas, tendría que justificar mi vida —en los planos confusos de la comedia, de la tragedia, de la utilidad”. Controlar es matar la realidad. Controlar al otro o controlarnos. En lugar de abrazarla hasta que nos succione y nos aviente de vuelta. Con o sin alma. Y con la esperanza de que vuelva.

El todo se nos da. El todo se nos quita. Instante tras instante. Quererlo retener es el hábito del miedo. Tenemos las manos llenas y caminamos cuidando que nada se nos caiga. Pero se nos cae. Tenemos las manos vacías, y cuando logramos avanzar, avanzamos ligeros, sintiendo nuestro peso, para llenarnos otras vez las manos en el encuentro.

En una de las imágenes tomadas siete años después del sismo de aquel 4 de abril, aparecen doña Paty y su nieta Avril, de siete años, quien nació en el albergue en donde su familia esperaba la entrega de la vivienda recién construida en un nuevo ejido. La llamaron Avril, en memoria de aquel momento en el cual la familia lo perdió todo.

– – –

Bataille, Georges (2008) La felicidad, el erotismo y la literatura. Ensayos 1944-1961. Adriana Hidalgo editora. Buenos Aires: 1a edición.

 

Tener pene

T

para nadie: porque, a veces, no le deseo a nadie lo que siento

Para escribir hay que tener pene. Para el éxito en los negocios. Para el reconocimiento en la cocina: ser chef. Para ser presidente, embajador, soldado del amor, y para la coronación como el más pendejo de la Tierra; pues este también tiene pene (don’t you, Trump?). Pene es igual a poder.

Escribo esto mientras estoy sentada con las piernas cruzadas frente al cuaderno, aplastándome lo que no tengo. Hay una ausencia. Mi presencia me devuelve lo que no soy.

(Había pensado en esperarme a describir lo que siento hasta después de la segunda sesión de terapia, pero siempre llego antes o más tarde: nunca a tiempo).

Desde ayer no dejo de odiar, ni de querer tener pene: que avale mi existencia en esta realidad. Tal vez por esto me gusta ser cogida tanto: la ilusión de un pene propio (como la habitación propia, de Virginia Woolf, así); algo de donde asirme. Un arma para protegerme.

En terapia me preguntaron que si estaba muy emputada por ser mujer. No se usó la palabra emputada, pero al darme cuenta, la uso y lo confirmo: estoy muy emputada por ser mujer, desde hace algunos años.

No siempre, no todo el tiempo.

A veces me sorprendo disfrutando. Fantaseando con alevosía y ventaja, llorando hasta la extenuación, sonriendo a toda belleza y encuentro, florece desde el pecho todo lo que siento al sentirme viva. Bailo sin miedo. Pero es esporádico. Y después de mucha producción: habiendo meditado, después de hacer ejercicio, de arreglarme el cabello, de haberme tocado y sentido. Me vuelvo a descubrir como mujer, y hago las paces con lo que siento y ya no duele tanto.

Un puto mundo de hombres, es lo que tenemos aquí. Tienen el poder en la verga y lo usan como pueden, como sale, como quieren. Avientan sus mecos y esperan a ver qué sucede, a ver qué han creado: caos o belleza, locura o miedo, ambición y desesperación. Movimiento. Destrucción hasta la recreación. Hasta tener que volver a empezar con todo.

Al hacerte a un lado —siendo mujer— se agarran entre batos, y se chingan, a ver quién domina a quién. La guerra, la violencia; la angustia es una pistola fría a punto de usarse todo el tiempo.

Las mujeres buscamos los penes: once mil vergas o más, las que se puedan. Para llegar al infinito y —a dónde crees que vas…— favor de no hacerse pendeja, es un puto escalón nada más, es un puesto, es una chingada oportunidad de trabajo, hazme el chingado favor, chingado. Que no es nada.

No esperaba convertirme en un bato para escribir, para existir, odiando a otros batos, peleándome, guardándome los mecos para aventarlos de regreso a la cara: toma tu angustia, que es tuya. Aunque en realidad es también producto de mi deseo.

No sabía que iba a terminar odiando tanto, esperando y odiando, dejando el miedo para al rato, para más tarde, para después, para… qué más da cuando pierdes y vuelves a perder y sigues perdiendo: qué más da cuando nunca has tenido nada por ti misma. Me acuerdo de ser niña disfrutando, y corte a ser mujer. (Ser mujer es sentir y aceptarlo todo, todo lo que se siente, la existencia y la levedad y lo imposible y la vida y la muerte y sin adornos).

De haber sido el objeto de deseo he pasado a desear, como un bato. A querer poseer. Y comienzo a apestarme, a pudrirme en la espera del cumplimiento de mis deseos. Buscando a la fuerza y dejándome coger sin duda, y las veces que sean. Porque el infinito es un instante con el otro, pero se acaba, y el otro, siempre el otro tiene la culpa. Mientras más hundo mi infinito dentro de mí, empujándolo con mi deseo, con todas las veces que soy cogida y no reviento.

¿Cómo amar? ¿Cómo volver a mi estado natural? ¿Cómo ser mujer sin miedo y sin odio?

Y en esta ocasión le traigo para usted que entre mujeres también nos estamos chingando, como batos. Poseemos lo que la otra quiere, le robamos su deseo. Nos odiamos y violentamos, y competimos por las vergas que no tenemos, y a ver quién es la que más aguanta. Nos decimos: nos faltan huevos. Para ser: Exitosas. Chingonas. Pero maquilladitas para disimularlo.

El poder que no termina por aceptar que no puede. El tener poder y la fuerza del deseo. Cogiéndotelo todo, creyéndolo tuyo, chingándote en la inconsciencia.

¿Cómo recuperar ser mujer y sin miedo?

Se me ocurren los siguientes escenarios, remedios caseros y profanos:

  1. Ser madre, sin pensarlo.
  2. Dejarte poseer enemil veces hasta la extinción de tu alma, hasta resucitar virgen.
  3. Verte en un espejo, admirarte hasta romperlo: para romper esa imagen tuya de no querer ser lo que ves, hasta sentir de nuevo.
  4. Destruirte y reconstruirte y destruir y reconstruir a tu alrededor. Aplicando una transfiguración activa y consciente. Dejar de desear. Y aceptando.