Domingo de resurrección: dos poemas

Estos poemas van para quien los ¿Inspiró?

La textura de mis sueños

Pájaros en el pecho,

peces en el vientre,

se me salen las hormigas de las manos.

Una culebra repta desde las nalgas,

avanza por la espalda,

lento, recto…





Los pájaros ascienden hasta la garganta.

Un panal de abejas cae desde la cabeza:

las abejas como flecha

y me las trago

vuelan susurrando entre los pájaros:

parecen hojas y polvo

dibujando el viento.

No por mucho trabajar amanece más temprano.

La miel se escurre de los lagrimales.

La azúcar de un dolor de parto.





El cuerpo es un ecosistema

donde conviven los animales del mar,

y de la tierra.





En una noche como ésta

la creación vuelve a suceder

una y otra vez y todo el tiempo.





Caminos de piel

te estrellas y dejas

piedras como deseos.





La reconciliación de las horas:

son horas de aguardar.





La luz al final del túnel

hacia un querer ser

el regreso al cuerpo.





Despuntando el alba:

soplo la vela que ardía en mi sexo.





Eres el olor de la textura de los sueños

eres el dolor

con el que convivo todo el tiempo.

El descenso

Hubo un descenso. El volcán implotó.

Sobrevivir cargando esta ignorancia, y eso da miedo.

Amar no duele. Duele el resto de las emociones que no son amar.

Como no puedo explicarlo, escribo. Me arrastro de letra en letra. Pasos de palabra en palabra. Brinco de párrafo en párrafo.

Amar no duele. ¿Soberbia?

Si me rompiera de una vez por todas. Pero de verdad. Sin tanto ensayar.

Pequeñas explosiones en el estómago. Fuegos artificiales que se formaron con el fuego de las venas.

Vientre, no estómago.

Es la palabra que él me recordó.

Y así quedó guardado (él) en mi vientre.

Es curioso sentir tanto y no hacer nada.

Es curioso sentir tanto y quedarse callada.

Ni siquiera esperando.

¿A quién quiero engañar?

Estas palabras son la espera.

Y con ellas me quiero engañar.

Recorriendo el cuerpo en busca de los huesos de las sensaciones muertas.

No había huesos y sí hierba.

Agua. Son las instantáneas del inconsciente como cascada buscando ser.

De regreso a la textura de mis sueños.

Desde ayer un hoy(o) en la madrugada, es posible que nunca me fui. Renací en el destello de un agujero negro.

¿Sabes qué pasa si volteas un agujero negro? Te encuentras con el sol, con el sol que llevas dentro.

La tercera es la vencida: un poema en busca de la empatía perdida

SOBRE LAS HORAS

Hay una hora del domingo 
en donde cada minuto atraviesa el cuerpo
como lo hicieron las flechas a San Sebastián

Se van apagando las luces de la sala de la ciudad
se prenden las lámparas de las mesitas de noche
del inconsciente y del nunca más

Dan ganas de huir 
o de que nadie se mueva
que el mundo aguante la respiración

Duelen las voces de los otros
el cruce de los carros
las miradas acumuladas en mi sombra: 
toda evidencia de esta soledad

Pero aguanto

Viva la libertad de la mujer siglo XXI 
viva la libertad de romperse en mil pedazos
viva la libertad de coleccionarse a sí misma en frascos

Avanzo pisando los sueños
entre las jacarandas caídas
volviendo hacia cualquier lugar
que he imaginado como mi hogar
hacia una cama invisible
y a la espera de un quiero posible

(La esperanza caduca y no para de rimar)

La imaginación es injusta
la realidad
con sus colores pidiendo todo el día  
una sonrisa, una mirada en paz y un lento caminar

La felicidad pasa en familia
se lleva el aire 
lo convierte en helado de vainilla
para mis ganas diabéticas
y mi boca eructando
una indigestión de palabras imprecisas
o pensamientos como pescados 
muertos a la orilla del mar
 
No es ninguna maldición
es un hecho
un helecho 
              creciendo 
regado con mis suspiros
suspiro 
suspiro
y no dejo de suspirar
esperando 
(en ti)
volverme a encontrar

Hacerle justicia a la desesperación

Me subo a un Volkswagen Vento negro, son las 2:43 de la mañana, Manuel es el nombre del conductor. Es Uber, estoy segura, pero me pasa (siempre) por la cabeza que pudiera pasarme algo. Tal vez porque es hombre, o por la hora, porque he salido de casa de una amiga que vive en la colonia Doctores y porque me he tomado unas cervezas.

Para relajar mi tensión le pregunto a Manuel por las muletas que lleva recargadas en su asiento:

—¿Tuviste un accidente?

—Sí, ¿tú crees?

—¿Qué pasó?

—Choqué en una moto.

—¿Fue un esguince?

—Me la amputaron ¿Tú crees?

Se hace un silencio, dentro de mí, se hace un silencio. Después pienso que puede estar mintiendo, luego le creo y, para no hacerlo sentir mi tensión, continúo:

—¿Hace mucho?

—Tres años.

No sé si él me salvó, o yo me agarré con las uñitas de cualquier otro tema. Pero hablamos sobre la tranquilidad de la noche, sobre el clima, y las jacarandas. Cambiamos la conversación. Cuando llegamos a la calle de mi depa, imaginé que me bajaba y abría la puerta de su lado, para comprobar que tenía amputada la pierna. Pero no, solo me despedí, le di las gracias y caminé hasta entrar al edificio.

Esta desconfianza es muy incómoda. Me dicen que no debo confiar en nadie, y hasta cierto punto lo creo, pero luego pienso en que eso es lo que puede cambiar este momento. Que en lugar de señalar al otro, es mejor confiar. Confiar en los otros.

*

—No era necesario que escribieras su nombre.

—No, no era.

—¿Para qué lo hiciste?

—Quería comprobar que su dolor era menor al mío, que su desesperanza apenas y pinta.

Nada es necesario. Menos los nombres.

*

Soñé que le decía a mi madre, jugando, que tal vez no nos íbamos a volver a ver. Mi madre me contestaba, en un tono serio, sabiendo que con mi tono la estaba retando: entonces no nos volvamos a ver nunca. Yo lloraba desesperadamente, como imagino que lloran los animales cuando son desollados de su piel. Le decía que estaba jugando, que no era en serio, que las palabras me usan y no al revés. Dudaba de que mi mamá fuera a perdonarme la broma. En el mismo sueño, mi padre me decía que lo que estaba haciendo no era suficiente.

Desperté en domingo.

*

Hay que renunciar al nombre. Hay que tener otros nombres: Aurora, Inés, Josefina. Si me llamara Aurora trataría de ser silenciosa y sonriente. Si me llamara Inés trataría de ser precisa. Si me llamara Josefina trabajaría solo por el equilibrio. Pero me llamo Lucía, lo cual puede significar luz, o puede decir un querer lucirse, entonces sale la sombra.

*

¿Qué tan cierto es que las palabras me usan? ¿Cómo fue que hice lo que aseguraba que no era justo hacer? Dije que jamás escribiría sobre alguien sin hacerle justicia. Pero terminé buscando hacerle justicia a mi desesperación y el resultado, como sucede en estos casos, fue un aislamiento mayor.

*

A este mundo llegas con una sensación. De este mundo te vas con otra.

*

Estás con esa frase con la que has estado bailando y dices la voy a mostrar: la vida es bella, es justa y todo lo agradezco. Es uno de esos días que lo sientes. Entras al espacio público virtual y, antes de continuar con lo que ibas sintiendo, lees: AMLO se está volviendo loco. Chumel Torres ha perdido su creatividad. La violaron. La insultaron. La humillaron. El diputado asegura que fuimos conquistados por la peor raza.

Lo que iba a ser: la vida es bella, es justa, todo lo que he vivido lo agradezco, ya no es.

Te unes: la bella pérdida de la creatividad de Chumel Torres para ver si así le baja de huevos; agradecer la estupidez de los gobernantes para acusarlos; la locura de AMLO que es tan justa ¿O no fue el mismo hombre que ansió ese poder durante veinte años?

*

No pude tocar el pene de plástico. No lo vi bien. Creo que era negro. Estábamos a oscuras. Ella dijo que era un juguete nuevo. Le confesé que era virgen de strap on’s. No pude decirle que no a una mujer que quería cogerme con un pene de plástico. Tampoco me pudo coger con él.

*

En mis momentos suicidas imagino que, para materializar lo que siento, me lanzo a una jaula de leones para que me devoren hasta despedazarme mientras sigo viva. Aunque estoy más que nunca segura que no habré de suicidarme, también pienso que si alguno de mis actos inconscientes o contradictorios me llevan a la humillación quizá termine levantando la mano sobre mí misma. El tiempo me conocer mejor que yo.

*

Estuve pensando que era el día de su cumpleaños, todo el día lo pensé y no me atreví a felicitarlo, ni en mi cabeza. Lo había traicionado por mí, y lo tuve que disolver de mis pensamientos en aras de soportar la confusión y el aislamiento.

*

Remo la misma ciudad, pero en los fines de semana se me seca. Tengo que inventarme una vida humana, no de máquina que pretendo y aprieto los dientes. Intento. En el recuerdo creo haberlo logrado.

Siento el estado de un río que recorro, y a veces es lago, y otras es mar. Desayuno siempre lo mismo, voy por las mismas calles, leo los mismos libros, trabajo los mismos textos. (Hasta que me termine la fruta que compré, hasta que finalice un libro o un texto). Mi tristeza, mi ánimo, mi coraje, mi desesperación o mi desidia vuelven diferente cada momento, y me la creo. Creo que estoy comiendo un mango distinto, recorriendo otra calle, leyendo un libro nuevo, trabajando en algo más. Avanzando. O retrocediendo.

*

¿Realmente es necesario un pene? ¿Por qué las mujeres que nunca han buscado a un hombre quieren, en algún momento, usar, tener o sentir un pene? ¿Somos mujeres jugando a ser hombres? ¿Pene incluido?

“La mujer, según definición de los clásicos, es un varón mutilado. […] no ha habido mujer que haya desperdiciado la oportunidad de contemplar su imagen reflejada en cuantos espejos le depara su suerte. Y cuando el cristal de las aguas se enturbia y los ojos del hombre enamorado se cierran y las letanías de los poetas se agotan y la lira enmudece, aún queda un recurso: construir la imagen propia, autorretratarse, redactar el alegato de la defensa, exhibir la prueba de descargo, hacer un testamento a la posteridad (para darle lo que se tuvo pero ante todo para hacer constar aquello de lo que se careció), evocar su vida.”

*

Pido que, al morir, mi cuerpo sea donado a un zoológico para que los leones se lo devoren, pero que antes le saquen los órganos, si es que todavía sirven.

No es drama, es la imagen ¿O será, otra vez, el nombre?

*

—¿Tú crees que estuvo bien haber escrito lo que escribiste?

Me tragué mis escritos y los disolví con el estómago vacío. Vomité mis palabras. No, no sé si estuvo bien.

*

¿Dónde está la tienda de certezas? Llevo años buscando su ubicación en el mapa de mi cuerpo. Mis pensamientos son precipicio.

*

No se puede lastimar a otra persona sin lastimarte. No lo digo yo, lo dice Gandhi.

*

El ego es como un globo que cuando lo inflas de más se te explota en la cara y duele.

¿En qué momento creí que mi desesperación era más importante que la desesperación de una persona a la que conocí?

¿De qué lado estoy?

¿Por qué tengo que escoger?

¿Cómo se le hace justicia a la desesperación? Supongo que, si es momentánea, supongo que se trata de seguir viviendo.

La lucha una a uno

Escribo desde la atracción y para las seductoras, las jóvenes, las delicadas, las que se mojan, las que cogen cabrón, las que quieren coger todo el tiempo, las alivianadas, las inteligentes, todas las incluidas en el gran mercado de la dizque chica cool. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: me disculpo de mi inconsciencia y de mis estúpidas fantasías. Estoy mal-parafraseando a Despentes y, tal vez, pudiera llamar a este texto Teoría Kate Moss, pero tampoco soy tan estúpida. Si quisiera aferrarme a mi poder, el poder que consiste en seducir, no escribiría esto, pues es la evidencia del por qué seduciendo no me permito verme completa en el espejo de las otras (mujeres).

Desde los 14 años de edad tengo el cuerpo de una mujer. Desde entonces he sido acosada por mis compañeros y amigos. He sido su cómplice, porque no quería caerles mal, entonces les sonreía y disimulaba darme cuenta de sus gestos. Pasado el susto de saber que tenía un cuerpo como arma comencé a usarlo “a mi favor”. Quiero aclarar que no me vanaglorio de mi físico: soy una copia física de mi madre. Y, además, tengo el carácter similar a mi tía Grace. Una mujer desenvuelta, segura de sí misma y aguerrida. Con esta combinación me he presentado al mundo con muchos ovarios hasta que, después de tantos tropiezos, arrastrándome, he querido lanzarme de un precipicio. Cuando no compartes tu poder con el mundo, y lo usas para posicionarte encima del mundo, nunca el poder se queda de tu lado.

Tengo varias versiones de feminismo en mi familia. Mi abuela paterna, quien estuvo casada toda su vida con mi abuelo, fundó una asociación en Mexicali para mujeres que sufren de violencia doméstica, a la que se dedicó por más de treinta años. Hace poco di un taller de escritura y ella lo tomó, y el texto que mi abuela leyó hablaba de una mujer de la tercera edad que limpió su culpa de ser privilegiada destinando su energía hacia la causa feminista. A sus 82 años, mi abuela, quebraba la solidez de la figura que había pulido durante treinta años cuestionándose. Mi madre es otro caso de feminismo. La misma tía Grace, y así como mi tía Laura, todas han buscado la libertad a su manera.

Hace algunos años, se me ocurrió poner en tela de juicio a estas mujeres a mi alrededor. Me sentía amenazada por mi confusión, y me dediqué a tomar nota de los detalles del carácter de cada una. Me pasó, también, con mis mejores amigas, y con mi compañera de casa. Pero como la verdad está más allá de las conjeturas que suceden dentro de la cabeza, por mucho que quería justificar mis juicios con referencias filosóficas terminé resintiendo mi soberbia. Sola, aislada, frustrada, enojada y deprimida, reconocí que yo no era ni más consciente, ni una mejor versión de mujer, ni que estaba luchando con más fuerza en ser libre. No más que las mujeres que estaban a mi alrededor.

Desde hace unos cinco años he querido compartir lo que escribo y he querido publicar. Para trabajar en lo que, de todos modos, hago y voy a seguir haciendo. Lo he dicho antes: para mí escribir es vivir, vivir es trabajar, trabajar es disfrutar, pero también duele. Todo se me mezcla. Por lo que, para relacionarme dentro del mundillo literario, tuve diferentes experiencias, desde cuando todavía no escribía con soltura, e incluso no podía ni sentarme a hacerlo, porque sentía demasiada energía y la sensación me llevaba a desistir. Hasta, más adelante, al haber tenido algunos acercamientos con editores y escritores, como besando sapos para encontrar a mi valedor literario. Y otra vez mi complicidad mi saboteaba. Siempre esperé a que valoraran mi trabajo, pero mi actitud coqueta, ligera, cínica e infantil decía, claramente, que no valía la pena que se tomaran el tiempo.

De una a uno

Siento que las luchas, aunque se dan en grupo, sobre todo se pelea de una a uno. Así fue como tuve un par de relaciones amorosas con personas del gremio. ¿Es como si te cogieras al cura del pueblo? Me preguntaron. Ojalá, contesté. Porque no, lo que me pasaba es que me enamoraba del cura, y además le exigía que cambiara sus hábitos para que verdaderamente fuéramos una pareja.

La primera vez fue con Guillermo Fadanelli. La segunda con Eduardo Rabasa.

Conocí a Guillermo cuando tenía 29 años, después de una gran decepción amorosa y de haber escrito mi primera novela en Mexicali. Fue cuando volví al entonces DF, y estuve trabajando en un corporativo de hoteles, donde la pasé siempre ansiosa y muy deprimida. Guillermo y yo comenzamos a frecuentarnos y, más bien, yo tomé lugar en sus dinámicas sociales. Nuestra relación duró alrededor de dos años. Y era una relación, más bien, platónica; ni física ni muy real. Cuando eres una persona fantasiosa puedes fantasear en el papel o en la realidad, sin lograr, bien a bien, reconocer la diferencia. Así que me imaginé que éramos como Henry Miller y Anaïs Nin, e imaginé que Guillermo me iba a ayudar a publicar, o por lo menos, me llevaría a escribir mejor. Se lo dije: quiero ser tu discípula. Pero él, más bien, quería que fuera como Marie de Gournay, una mujer que aunque muy inteligente y que también escribía, solo pasó a la Historia como la amante de Montaigne. Guillermo es un hombre duro, egoísta, que se ufana de sus contradicciones, quien se ha aferrado a un personaje (que le sale muy bien) y con quien aprendí mucho, pero a la mala. Varias veces me dijo que me iba a presentar con una editorial u otra, pero jamás me introdujo bien con nadie. Forjó mi carácter como lo haría un padre cruel. Y le seguí el paso esperando a que algún día cumpliera con su palabra. Me iba de fiesta, tomaba alcohol en exceso y me desvelaba por tres días seguidos. Como soy muy sensible le sacaba la vuelta a la coca, pero al final de esos dos años con él ya lo estaba haciendo sin darme cuenta. Dependía de los ansiolíticos para conciliar el sueño y pensaba con recurrencia en suicidarme. No estoy diciendo que él me obligó a estar así, pero sí que había un sometimiento invisible reforzado por mi fantasía: algún día él me ayudará. Me quedé esperando. Mientras tanto, Guillermo continuaba con su vida, si no estaba yo, estaba otra mujer, o la mujer que siempre ha estado con él. Hasta que dejé la Ciudad de México y regresé a Mexicali.

Estuve dos años en Mexicali. Aislada, viviendo sola en casa de mi madre. Usé mis ahorros para dedicarme, solamente, a escribir, y como no era tanto dinero me forcé a hacerlo por meses durante ocho horas diarias. La pasé muy mal hasta terminar una mala novela. Me fui un mes a Guadalajara, a donde vivía mi madre, retrabajé mi primera novela, que tampoco era buena, y después me fui a San Cristóbal por tres semanas, a continuar en lo mismo de editar esa primera novela, hasta que logré desecharla. Estaba muy deprimida, y los impulsos de irme hacia cualquier ciudad eran mi intento por salir de dicho estado (geográfico y emocional). Porque, en realidad, no tenía dinero para viajar.

Cuando regresé a Mexicali, comencé a dar clases en la universidad, y después trabajé en la asociación de mujeres de mi abuela. Estos dos años han sido los más difíciles que he vivido. Mi obsesión hacia comprobarme a mí misma que yo podía escribir una buena novela me llevaron a no hacer nada más que eso: escribir, y sentir la locura. Tuve todo tipo de ataques. De ansiedad y de insomnio, y una tristeza que me derrotaba. Además, intentaba soportarlo sin hablar de ello, porque era mi propia lucha.

Trabajando en la asociación nos invitaron a dar una plática sobre feminismo en la universidad, y se me ocurrió escribir acerca de mi personalidad extrañamente feminista; pues esta complicidad que genero con los hombres para autosabotearme es parte de mí. Y aquí es donde digo que intento luchar una a uno porque busco a figuras machistas para seducirlas y para, según yo, quitarles un poco de su poder: conquistar es someter. Sin embargo, obviamente, siempre pierdo. El texto, como era autobiográfico, no le pareció a mi abuela, me dijo que ella deseaba que yo me casara y que nadie en Mexicali supiera de estas revelaciones, porque eran detalles demasiado íntimos sobre su nieta.

Me decepcioné, me sentí traicionada, renuncié a la asociación, y decidí viajar a la Ciudad de México a buscar a personas del mundo editorial que pudieran publicarme. Como tenía varios escritos confiaba en que esto podía resultar con algo de lo que había trabajado.

Le había mandado mi última novela, por Twitter, a Eduardo Rabasa, acordamos en conocernos una vez que yo estuviera en la Ciudad de México. Él llevaba más de medio año con mi texto, y aunque le dije que no había prisa, de pronto necesité saber si era buena. Pero pasó lo que suele pasarme, se interesó por mí y no por mi novela. Cuando nos sentamos a platicar, debido a mi inseguridad y al no saber qué hacer, le entregué dos borradores de dos diferentes novelas. Un dictaminador que trabaja para su editorial iba a leer solo una de ellas, y me decidí por una que Fadanelli había dicho que era buena, pero el dictaminador dijo que no estaba lo suficientemente trabajada para que lo fuera. Cuando supe del veredicto yo ya estaba involucrada con Eduardo, me sentía culpable de no haberme mantenido, profesionalmente, a la altura de lo que yo estaba pidiendo. Lo que continuó fue conocernos como pareja. Yo estaba finalizando la escritura de una larga crónica sobre los años que había vivido en la Ciudad de México, quería deshacerme de dicha ilusión de volver a la ciudad a vivir, y creía que escribiendo de ello me liberaría de la idea de regresar. Cuando terminé el escrito se lo mandé a Eduardo, unas semanas después él viajó a Mexicali, aunque ya lo había hecho antes para visitarme. En algún momento, durante su estancia, me habló de lo increíble y publicable que era mi texto. Pero noté, sin que me lo aclarara, que él no lo iba a publicar porque ya habíamos comenzado a relacionarnos íntimamente. Recuerdo que pensé que esto no importaba porque valía la pena lo que estaba pasando entre nosotros y que, además, él me iba a ayudar a publicar ese texto en cualquier otra editorial, porque parecía estar muy seguro de ello, incluso más que yo.

Regresé a vivir a la Ciudad de México envalentonada por lo que había escrito y animada por mi relación con él. Mi ingenuidad, otra vez, me hizo pensar en nosotros como una pareja literaria, esta vez se me metió a la cabeza: Joan Didion y John Dunne. Después, todo cambió. O, por fin, me encontré con la realidad. De alguna manera, Eduardo, también, estaba viendo por su supervivencia, y no quería que su vida cambiara en nada, él podía estar perfectamente con una mujer u otra acompañándolo, pero no con una tan obsesiva como yo. Porque, después de haber pasado por el aislamiento al que solita me había impuesto en esos dos años, mi disciplina estaba encaminada solo a escribir y no podía disfrutar hacer nada más.

Eduardo me ayudó a mover algunos ensayos que escribí, publicó un poema en su revista (que hablaba de él), y le pasó la crónica que yo había escrito a un par de editoriales. En algún momento, me pidió el texto feminista que yo había completado para la universidad en Mexicali, y me dijo que podía ser considerado para el libro que estaban haciendo en su editorial. Me presioné dos días trabajando lo más que pude para presentárselo mejor escrito aunque, en el fondo, sabía que no iba a suceder nada con ese texto. Y así fue. Al final, dijo que a la editora responsable no le parecía que yo publicara siendo su novia: ¿Ni aunque les pareciera un buen texto? Ni aunque les pareciera un buen texto. ¿Ni aunque alguna vez hubiese publicado a uno de sus amigos? Ni aunque alguna vez hubiese publicado a uno de sus amigos. ¿Me diría de frente que no? No, no me diría de frente que no. No falta decir que desde que ya no estoy con él no puedo mover mis textos como cuando aparecía su nombre, pero ya qué.

Comencé a usar mi blog para externar toda esta frustración que estaba sintiendo, y logré que Eduardo se sintiera mal. Lo terminé alejando, obviamente. En algún momento, lo enfrenté diciéndole todo lo que sentía. Lloró con desesperación. Creo que lloró al darse cuenta de su inconsciencia, porque no era como que planeaba las maneras en las que me respondía, solo reaccionaba. No es una mala persona, es un hombre inconsciente, inconsciente del poder que tiene, tal vez no es tanto, pero tiene poder. Alguna vez, el mismo Eduardo me dijo que le hubiese encantado que nos hubiéramos conocido desde un lugar distinto. A mí también me hubiese encantado.

Ahora que escribo esto pienso si no estoy usando, nuevamente, mi poder en su contra. Porque intento ser lo más honesta posible, hablando de mis sentimientos, de mi inseguridad, de mi dolor, de mi complicidad y de las circunstancias que he vivido, pero porque puedo hacerlo. En cambio, sé que Eduardo tiene miedo de ello, de ponerse a hurgar en sí mismo, de entrarle a lo que siente y de, además, escribirlo y hacerlo público. Porque en el mundo de los hombres esto, normalmente, no se hace. Porque es una traición para el resto de la estirpe. O si se hace tiene que haber una historia de súper hombre, del gran macho, pero escurridizo, resistente e insensible, pero que sufre, como sucede en el caso de Fadanelli. Porque tienen miedo a sentir lo que verdaderamente sienten y luego revelárselo al mundo, porque ¿Qué pasaría si, de pronto, la realidad que conocen y donde tienen una posición de poder cambiara por completo?

Me hubiera aguantado los mecos en la boca

Me hubiera aguantado los mecos en la boca, en lugar de tragármelos, para después escupírselos en la cara. Esto fue lo que pensé mientras estaba en la sesión de un masaje sanador que me habían recomendado. En un pequeño departamento en Azcapotzalco, detrás de una cortina que era una sábana, una mujer eructa mientras con sus manos va recorriendo mi cuerpo. Es, sobre todo, mientras masajea mi cabeza en donde eructa sin detenerse. Pienso ¿Así de mal estoy? ¿O es normal? ¿O es normal estar así de mal? Y, ¿dónde habrán quedado esos calzones negros?

También, pasa por mi cabeza que, en lugar de haber gemido mientras cogía con él, debí de haber eructado. Porque no podía dejar de sentir que, aunque él me gustara tanto, su cuerpo contenía una cantidad de emociones de las que le urgía deshacerse.

Voy a inventar una terapia en donde, cada vez que te coges a la otra persona, eructas para sanarle el cuerpo, y en el orgasmo la persona termina recuperando algo de sí misma que había perdido.

Hay una historia sobre una buda que así liberaba a los hombres. La historia dice que mientras la buda caminaba en un bosque, aparentando ser una mujer común, siendo ya de noche, una emboscada de hombres la rodeó, y todos la violaron, pero antes del orgasmo, los hombres, se daban cuenta que era una buda, y se sentían culpables de estarla violando y de todos los males que habían causado a lo largo de sus vidas, entonces al llegar al orgasmo se liberaban.

*

A la mañana siguiente de haber cogido con él amanecí para ver, desde la ventana de la cocina, el camión gigantesco de la marca Yoplait despachando en el Superama, la imagen adherida a la caja anunciaba los postres, y en letras muy grandes el eslogan decía: Placer.

Está bien, prefiero tragarme sus mecos en lugar de pasar, otra vez, por un aborto, ya que si nada más estamos cogiendo por coger… por puro placer…

¿Me gustó? Sí. No. No lo sé. Es la primera vez que me siento vencida por el rival en el acto. Es lo que pienso y es una estupidez, y me quedo dudando ¿Estaba cogiendo por coger? ¿Por puro placer? ¿O nuevamente estaba cogiendo creyendo que así voy a tener un verdadero encuentro?

*

Hace unos días acudí a la marcha del 8 de marzo, celebrando el día de la mujer, apoyando el derecho al aborto. Tengo años tratando de escribir algo sobre ser mujer. He escrito algo. He escrito mucho. Pero nada me convence. Tengo años sintiendo una serie de emociones que parece que, más bien, se agarran entre ellas a putazos.

No estoy del todo convencida de un discurso que pudiera proferir de mi boca ¿Será porque es la misma boca que se tragaron los mecos? Pues por más que leo y leo y leo y leo y leo acerca del feminismo, y del heteropatriarcado (algún día podré decir esta palabra sin trabarme), acerca de la libertad y de nuestros derechos, me siento lejos de entender algo. Lo que entiendo es que el aborto es un derecho que todas debemos tener. Que no hay nadie más que deba elegir por el cuerpo de una persona que esa misma persona. Sé de las mujeres asesinadas y violadas en nuestro país, un agujero negro de nuestra realidad y cultura, y con esto me doy por vencida pensando que no sé nada, y que no sé qué más hacer.

Antes de haber llegado al punto de encuentro de la marcha, al monumento del Ángel de la Independencia en Reforma, me encontré, en la calle, con la ex de mi ex, nos saludamos, y por un instante pensé en decirle que pudiéramos irnos juntas porque ella también iba a la marcha. Por un instante me hago estas historias (¿románticas?), en donde, por ejemplo, creo que ella y yo nos podemos entender mejor, de lo que mi ex y yo nos llegamos a comprender. Pero no se lo dije; en la marcha solo la volví a ver, pero de lejos.

Veía a las mujeres en grupos, en contingentes, veía ríos de mujeres llenando la arteria principal de la capital de este país. La aorta. Me gustaba la idea de que fuera una ciudad de mujeres. Me gustaba como idea romántica, otra vez. Empecé a tomar fotos, les pedía a las mujeres permiso de tomarles esas fotos, y cuando nos veíamos a los ojos había un reconocimiento.

Me han pasado varias cosas a lo largo de este año, desde mi cuarto regreso a la Ciudad de México. Me he preguntado ¿Quién soy yo siendo mujer? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué no estoy haciendo? ¿Por qué no puedo decir exactamente lo que pienso? ¿Por qué no lo tengo ni siquiera claro para mí?

Por eso me cuesta ver a las mujeres en este movimiento, porque no sé qué estoy dejando de hacer. Me intimida la seguridad de algunas, mientras yo solo tengo dudas. Repito, entiendo que el aborto es un derecho necesario para todas las mujeres. Soy de la frontera, allá el aborto solo existe para las mujeres que pueden ir a Estados Unidos a abortar, así le hice yo. Entiendo que no hay nadie más que deba elegir por el cuerpo de una mujer que esa misma mujer. Sé de los asesinatos y de las violaciones de mujeres que ocurren en nuestro país. Pero lo único que logro es esforzarme por reconocer, milimétricamente, mi comportamiento para saber si desde ahí no estoy, yo también, saboteando el avance hacia una sociedad más igualitaria y justa. Y no, no lo sé.

*

Hace poco dejé el departamento donde solía vivir, el espacio era de una mujer a la que le rentaba un cuarto. Después de dos años de estar juntas, no seguidos, ella quiso volver a vivir sola. Siento que lo que nos dividió no tuvo que ver con que somos mujeres luchando, porque ambas compartimos, creo, los mismos ideales, y buscamos: la libertad y la independencia que te da el obtener un sustento económico, intentar disfrutar, en la medida de lo posible, lo que hacemos para ganar dinero, conocer a alguien o enamorarnos, y estar tranquilas. Pero parecía que era necesario que fuera o de su manera o de la mía. Que debía de haber una relación de poder en donde alguien dirigiera el camino, y la otra lo acatara.

Esto es lo que me pasa con las figuras feministas, siento que necesitan “seguidoras” de su persona, necesitan el protagonismo en donde no, necesariamente, están dispuestas a escuchar a todas las mujeres: ellas son las que saben, ellas son las que han sufrido, ellas son las que se saben el camino. Entonces las demás debemos seguirlas porque ya está todo dicho.

Me cacho diciéndoles, en mi cabeza, “no quiero ver otra selfie tuya”, cuando me encuentro con sus publicaciones en redes sociales. Y, luego, pienso que en las selfies lo que pasa es que se trabaja por una continua aceptación de una misma. Yo lo he hecho para verme a mí misma: ah mira esta es mi cara, ah mira esta es la emoción de este momento. Entonces, también hay una evidencia de la vulnerabilidad viviéndose con dicho impulso. Es como una confesión de dicha vulnerabilidad disfrazada de seguridad.

Lo que me queda claro es que cada expresión de lo que está sucediendo con cada una de las mujeres es necesaria, pero cuestionar cada una de las expresiones no es necesario.

*

Este año, también, me reencontré con mis amigas de la Ciudad de México que, en realidad, son todas norteñas. De Ciudad Juárez, de Mazatlán, de Mexicali. Nuestro carácter es similar, estamos en lo mismo: norteñas de provincia intentando la vida de ciudad. Nos expresamos parecido y, más o menos, con el mismo carácter nos enfrentamos a la ciudad. Somos alivianadas, contamos con una potencia de 300 caballos de fuerza, y hasta parecemos batos por momentos; pero hay una sensibilidad que siempre estamos protegiendo. Por ejemplo, una de ellas es la cabeza de su familia, le ha pagado la escuela a su hermana, las operaciones médicas a sus padres, el carro, la renta de la casa, y casi nunca habla de ello, podría ser el caso de la mujer más silenciosamente feminista que he conocido. Las cuatro hicimos trizas el rol que nos tocaba, y nos lo cuestionamos todo el tiempo, con cada cafecito, que nunca es cafecito y sí unos mezcales, cheves o vinos: ¿qué tanto quiero ser una mujer independiente y sola, o sumisa y acompañada? ¿Por qué nos vamos de un extremo a otro? ¿Dónde está el punto medio? ¿Cómo te quedas en el punto medio si es que lo encuentras en algún momento?

A veces soy una mujer sumisa, si tuviera que llamarle a ese tipo de entrega de alguna forma, y lo disfruto. Porque creo que puedo encargarme de un bato que no tiene ni puta idea del desmadre que tiene. Me gusta creer que le voy a resolver la vida. Que yo puedo. Que soy yo la que va a poner orden y que me lo va a agradecer, que así yo seré especial para él. Lo cual, obviamente, me termina frustrando, puedo hasta sentir rencor por ello, explotando en un: hijo de tu puta madre ¿por qué chingados no te das cuenta de lo que te estoy dando?

Luego, está esta otra parte en donde, para no terminar en el escenario anterior, lo que hago es continuar (muy) sola, y a la chingada. Pero en esta soledad lo que sí me pasa es que caigo en una continua elaboración de fantasía tras fantasía de que alguien, verdaderamente, va a querer estar conmigo, verdaderamente, repito, pero porque entendemos que estamos mejor acompañados que solos, y porque logramos compartir dentro de todo este caos.

Entonces voy de un extremo a otro. Lanzándome a la realidad, para después regresar corriendo, en chinga, a mi puta soledad. A esa soledad que, por lo menos, me deja dormir en las noches. Porque, de pronto, mi entrega es tan total que paso una noche entera de insomnio intentando descifrar qué es lo que siento, porque me pasa que siento tanto que no puedo dejar de pensar.

*

—¿A qué saben los mecos?

—No tienen sabor.

—Saben como saladitos… a sal, pues, pero con esa consistencia más espesa.

—¿Es cierto que son buenos para la piel?

—Yo leí que era un mito, lo busqué y dice que pueden causar diarrea, que te caen pesaditos al estómago, pero que es puro pedo que son buenos para algo…

—A mí sí me cae mamársela al bato y que se venga en mi boca, hasta se lo pido.

—A mí también, pero los escupo, no me los trago.

—Me la pude haber ahorrado.

—¿Qué?

—¿Los mecos?

—No es para tanto…

—No, las pinches fantasías que me hago después, porque es como si me hiciera una fantasía por cada meco que me tragué…

—Ah… es que también eres muy romántica.

—¿Por qué somos así las mujeres?

—No todas.

—No sabemos…

*

Al día siguiente del encuentro traje los mismos calzones negros durante todo el día, cuando me metí a bañar, perdí los putos calzones. Los busqué en el cuarto, en el baño, pensando en que quizá me había regresado al departamento sin calzones, pero recordaba que no, que los llevaba puestos.

*

Cuando terminó el masaje, sintiendo el cuerpo liviano y pesado a la vez, vi los calzones negros tirados en el suelo. Traía otros calzones puestos, unos azules. Y veía los calzones que había perdido en el suelo del departamento de Azcapotzalco. De alguna forma, la maldita sobada me los había regresado, se habían quedado entre los pantalones, y cuando me vestí ni cuenta me di que ahí estaban guardados. Regresaba mi fuerza, las dudas, los recuerdos, y las pinches fantasías de mierda, o de mecos.

Claro, todo te lo puedes ahorrar: ser un pez en una pecera, sin lanzarte ni una sola vez a ese mar, porque eso seguramente significaría tragarte un poco de agua salada, o mucha, dependiendo de la cantidad de intentos.


El personaje te defiende

Te dejé la mesa puesta, lista para los putazos, mi única forma de entender (en este momento) es pelear, es como si solo así sintiera lo que siento. Pudiste haber dicho tantas cosas. Por ejemplo:

“Desde el principio supe que estaba loca. Me mandó un mensaje cuando apenas nos estábamos conociendo: vete a la verga, me escribió. Después un largo correo disculpándose por sus palabras.”

“Se contradecía todo el tiempo.”

“Le horrorizaba la fiesta, pero le gustaba salir, pero no lo quería hacer ni que yo lo hiciera. Quería vivir encerrada.”

“Se quejaba de no poder dormir conmigo. No dormía.”

“Esperaba a que pasaran las cosas, usaba el material para escribir en su blog y hasta que la enfrentaba y le decía: lo admitía.”

“Me mandaba fotos desnuda. Publicaba sus fotos desnuda.”

“Un día cortó la relación, después quiso que nos siguiéramos viendo.”

“Me hacía sentir que estaba conmigo. Me hacía sentir que no la iba a tener nunca.”

“Me ignoraba cuando viajaba.”

“Inventaba historias de celos.”

“Se enojaba con mis deudas, pero también me dejaba pagar todo. Ella no tenía dinero nunca.”

“Me odiaba por no resolverle la vida. Económica, profesional, espiritual, etc.”

“Me amaba solo cuando cogíamos.”

“Me lanzaba sus hipótesis jugando a ser la terapeuta, dando rasgos hirientes de mi personalidad y mi vida.”

“Usaba su observación en mi contra.”

Pero no dijiste nada. Supongo que mi soledad me hace querer pelear. Supongo que mi feminismo no es el más ortodoxo. Supongo tantas cosas que prefiero acostarme temprano para cambiar las llaves: del consciente al inconsciente. Del agua fría al agua caliente, pero sin que me dé cuenta que el cuerpo se quema.

Quisiera salir a ver la luna y sigo aquí encerrada, en una historia que no es, en un texto que no fue. En una soledad a la que me aferro para imaginarme acompañada.

Me peleo para comprobar que me entrenamiento en el que estoy, en este luchar por mí, termina dando frutos. Frutos brutos.

Me hubiese gustado que me conocieras antes, como esa que alguna vez fui, sin tanto odio, y sin miedo, sonriendo y ligera, aunque no tenía idea de nada. Esa yo no ha vuelto a pasar por mi cuerpo. No te tocó y, a veces, creo que a mí tampoco, que es un producto de mi imaginación para consolarme.

Crónica de un camino de desamor escrita con sangre

Me he preguntado si las grandes historias de amor no son, en realidad, historias de desamor. Me pregunto si el eterno retorno no sucede, en el ser humano, como la búsqueda perpetua para llegar hacia sí mismo, a volver a sentir ese amor hacia la vida, a crear una vida con amor, a esas ganas que hierven en cada célula del cuerpo por ser parte del mundo, pulsiones hacia una entrega continua, con tanta esperanza que hasta aseguras que pudieras cambiarlo ¿No eran estos nuestros sueños de niños?

Según nosotros, una vez elegido el camino, íbamos a transformar al mundo: como actrices, como doctoras, cantantes, maestros, escritoras, arquitectos e ingenieras; gracias a nuestro trabajo iba a ser un mundo mejor.

El impulso se fue apagando, mientras crecíamos, cada célula se fue secando.

Escribo esto como una carta hacia la realidad desde la desesperación que viaja silenciosamente por mis venas, en donde solo he terminado por ser y existir en palabras que no logro expresar. Cadáveres de insectos de un mar que se evaporó hace cientos de años, esperando volverme a formar con la lluvia de las lágrimas de mi dolor.

Hace siete años perdí las ganas de amar. De vivir y de amar. Quedó una flama que se no se consume, que me molesta porque no se termina por apagar y que, entre tanta oscuridad, sigo cuidando para no tropezar. Sobrevivo. En murmuraciones se va mi voluntad, tengo miedo de mi propia voz que me devela, a cada rato, que sigo viva, pero sin querer vivir.

Hace seis años conocí a un escritor publicado, y lo conocí muy bien. En ese momento, desde mi lugar anímico y físico, sentí que él era mi salvación. Que me rescataba de la realidad que se robaba mi impulso de vida, él me recordaba que había una vida a la que podía volver, pero que nunca había sentido como mía. Un hombre sexagenario, adicto a alguna sustancia, quien luchó por ingresar al sellado culo del círculo literario. Era de admirarse. La voluntad con la que él se entregó a la literatura la sentía dentro de mí. El mito que generé de nosotros es que éramos Henry Miller y Anaïs Nin. Pero no teníamos que coger. No cogíamos. Sin embargo, yo me desvivía por la atención que me daba, por esa fuerza que me transmitía solo al conversar con él, por el viaje hacia el inconsciente que ambos emprendíamos en noches eternas de fiesta en donde me quedaba claro que había un mundo más vasto (dentro de mí). Hasta que me di cuenta que, en él, ya no quedaba ese impulso de vida, que necesitaba de estímulos externos, y de otras personas, donde absorbía lo necesario y, entonces, se fugaba a su soledad, a recordar lo que era vivir, dejándolo por sentado en sus palabras. Alguna vez, él mismo, se describió como un godín-escritor, quien entregaba sus textos mientras esperaba la hora de salir (de morir). Escritos repetitivos, aburridos, casi siempre, con una ausencia de sustancia. Como le pasa a una mayoría que desea hacer de la escritura su profesión, al alcanzarlo, llevan la carga entre los dedos y a la espalda ¿Quién puede sostener esta quimera? Su última novela fue buena, sin embargo, la mayoría de sus textos evidencian que ha perdido sus ganas de vivir o de escribir. Porque para una persona que escribe: vivir y escribir significan lo mismo.

Sigo viajando en un barco que se está hundiendo en mar abierto, no hago nada más que observar, desde la cubierta, la tierra donde nací. Un puerto que pulsa dentro de mi pecho.

Hace tres años volví a un oasis en el desierto de Mexicali, a la abandonada casa de mi madre, en donde estuve viviendo por dos años. Juré que, en dicho aislamiento, me iba a comprobar lo que tanta tranquilidad me daba, al mismo tiempo que me la arrancaba: ser o no ser una persona que escribe. Juré que, desde ahí, no iba buscar a un hombre que me develara mi propia vulnerabilidad, mi falsa fuerza, que esta vez no encontraría a alguien que me llevaría a mis propias ganas de autodestruirme, tal como me había pasado con el escritor. Pero me pasó. Di con un músico extremadamente talentoso, y extremadamente adicto a una sustancia. Cogimos una noche tres veces, y no volvimos a coger. Era la evidencia de su propia potencia. Y como yo no sabía qué hacer conmigo en ese estado fantasmal en el cual me encontraba, y como tengo una compulsión a la creación de historias fantásticas con el material que de la realidad se me presenta, imaginé que yo era la mártir que se iba a sacrificar por el músico hasta que él recuperara el camino en su carrera. Éramos Johnny and June. Hoy no sé nada de él. Nadie sabe nada de él. Algo supe de su método rehabilitación-recaída, el cual le funcionaba para mantenerse vivo, consumiéndose, pero viviendo, sedando su dolor que iba en aumento. Yo creí que él había elegido la música sobre la droga: la creación por encima de la destrucción. Pero, sin saberlo, desde el principio había elegido la sustancia, desde un inicio, sus canciones —sus éxitos—, trataban sobre su adicción. La historia que me fabriqué por un tiempo, justificando mi propia entrega hacia él y con ello mi propia autodestrucción, era que, en el fondo, sin que él lo supiera, la música era su verdadera droga.

Cuando, finalmente, terminé escribiendo como escribo. Con esta voz. Fue al elaborar una larga crónica autobiográfica en la cual relato mi llegada a la Ciudad de México ocho años atrás, en los cuales tuve una trayectoria pendular, no podía sostener mi fragilidad ni mi simulado valor. Es lo más honesto que he escrito. Son más de 160 páginas (que van en aumento). Palabra tras palabra que se enfila hacia derivar el por qué no he logrado anclarme en ningún puerto. La escribí durante cuatro meses con un impulso desesperado, tal vez como lo hizo Kerouac con On the road, pero, en mi caso, con cierta lucidez y un exceso de sobriedad. Después de haber escrito tres novelas fallidas, diarios, poemas, algunos relatos, me aboqué en este texto. Fue hacia el final de estos dos últimos años en los que había estado en Mexicali, pensando en que mi única forma de saber si quería volver a la Ciudad de México iba a ser reconociendo lo que había pasado en esos seis años. Pensé que así extirparía mi necedad de continuar en este absurdo eterno retorno.

El puerto es definirme. Decirlo. Salir del clóset: escribo. Soy una escritora. Porque guardo silencio ante las experiencias que me van agujerando, me trago mi realidad para vivir en una fantasía, deseando (en pensamientos) que las cosas sean algo más, mientras mis circunstancias son una constante que me orillan a la desesperación, y que me llevan directo a la huida. Quiero ser distinta o que la realidad cambie. Como si una u otra fuéramos una maldición o una enfermedad. Duele porque no me acepto: le apuesto mi vida completa a las palabras para quedarme en silencio, esperando a que por medio de la fe, de la fe al dolor, la realidad, en su compasión, se transforme.

La última relación que tuve fue con un editor, el mismo que elogió mi crónica, el mismo que viajó cinco veces para encontrarme en el oasis desértico, el que no dejó lugar a dudas de que lo que yo había escrito era algo singular. Sin embargo, su editorial no la podía publicar porque sus socios no iban a estar de acuerdo, porque no iban a publicar a una mujer con la que él había empezado una relación, porque ¿Cómo va a publicar a una mujer como yo: que no se valora?

La etapa de los tres tristes tigres, así le llamo a esta época en la cual estuve con el escritor, el músico y el editor. Intentando hacer de cada uno, en su momento, a un león. Entregándoles toda mi fuerza para que lo fueran, mientras se tragaron todo el trigo de mi trigal.

Los últimos escritos que publiqué en este blog fueron expresiones de mi imposibilidad de decirle al editor lo que sentía. Esa desesperación de no poder alcanzar la seguridad y libertad que tanto me había prometido yo misma. Esa desesperación que creció cuando lo escuchaba halagarme con sus palabras, para que luego continuara con su vida y su realidad indiferente a lo que yo le pedía. Él sabía de mi entrega a la escritura. Terminé cerrando este blog.

Aunque no todo fue así. Me apoyó empujando algunas colaboraciones que hice para un par de revistas. Le envió mi crónica a una editora de una editorial independiente. Pero, más bien, cuando reconoció mi vulnerabilidad, y cuando yo comencé a comprobar la suya, ambos emprendimos una guerra de resistencia, evitando entregarle al otro la única fuerza que nos quedaba. (Olvidé decir que cogíamos hasta la extenuación, como peleándonos, como demostrándonos uno al otro nuestra fuerza. Quedábamos drenados, más que compartir nuestra energía o potencia). Una vez más, yo me estaba desmorando con esa vida fantasmal que llevaba, él me dio algunas moronas, se alejó, y a los cuatro meses encontró a mi sustituta: another one bites the dust.

He pensando que, algunas mujeres, tenemos que acudir a ese rompimiento con el otro para entonces volver hacia nosotras mismas. Sin embargo, casi siempre, quedas tan deshecha, que solo con las palabras vas recuperando las piezas de tu cuerpo, de tu mente, de esa entrega. Y las acciones se vuelven en el imposible de alcanzar.

El editor hizo una crítica a la campaña de concientización feminista de la marca Gillette. El editor quiere ser creador, pero no tiene los huevos para buscar dentro de sí mismo, y con un par de sensaciones que ha tenido su cerebro rehúye del dolor que ahí está (e incluso, creciendo). Culón y culero. El editor lanzó una propuesta editorial al estilo Gillette, en donde se invitó a una serie de escritoras a participar con sus historias de mujer, las palabras de estos textos son genuinas, el trabajo a cargo de la editora también. Pero la idea y el impulso fue un acierto comercial al estilo Gillette, y fue de él.

Dejé de escribir en este blog para no molestarlo, para obtener un poco de su caridad y la del medio literario que a él lo rodea. La última vez que lo vi, después de pronunciar la pregunta dirigida a mí: ¿cómo estás?, se dio la media vuelta y caminó, como escabulléndose con el pene (doblado hacia atrás y) entre las patas, refugiándose entre el tumulto de las personas, sus amigos y familiares, que conocen de cerca su fragilidad y su historia. No lo culpo. Él no me debe nada, yo le estaba pidiendo una honestidad que no tiene ni consigo mismo. Que en el polvo con la señorita con la cual me ha sustituido se le logre olvidar: yo, mi carga y mis palabras. La fantasía que con él forjé, estúpidamente, y hasta le llegué a confesar fue que seríamos como Joan Didion y John Dunne. Hasta la crónica que yo había escrito había sido propulsada por un texto de esta escritora americana. Pero, si me hubiese quedado ahí, seguramente, hubiéramos terminado, más bien, como algo tipo Courtney Love y Kurt Cobain. Donde, también, él tiene esta compulsión por buscar la fiesta, el alcohol, las drogas, etc.

No pienso que las drogas y el alcohol sean equivalentes a destrucción, pero si diría: dime para qué te drogas y te diré quién eres. Si estás buscando una huida, si estás huyendo de enfrentar una realidad que te duele (que, por cierto, a todos nos duele), ese terminará por ser la continua salida de emergencia.

En el caso de los tres tristes tigres parece ser que, los tres, tuvieron un padre castrador, hasta ahora veo que a los tres les estaba pidiendo un valor (de valentía) que no les había sido inculcado. Y los tres aprendieron a huir de alguna forma. No lo vi antes. FUE MI CULPA. Ningún triste tigre tiene la obligación de cambiar, menos si no ha tenido la fuerza de un león para valerse por sí mismo, para enfrentar la realidad: hijo de tigre, pintinto.

Jamás he pedido una beca para escribir, aunque sea lo único que hago, pero como había tenido el apoyo de mi familia, me sentía culpable de usar un incentivo que alguien pudiera necesitar con mayor urgencia. Jamás he valorado mi escritura. Hace tiempo que mi familia dejó de apoyarme económicamente. Sin embargo, sigo creyendo que no soy merecedora de una beca para escribir. Por eso escribo esto, como una salida del clóset del autosabotaje, para enfrentarme a mi propia inseguridad, para aceptarme escribiendo, estando sola, apoyada por mis amigas que conocen mi vulnerabilidad, mi falsa fuerza, para así continuar.

Le agradezco al editor su paso por mi vida, el que me haya recordado mi fragilidad, mi ingenuidad y mi angustia y, sobre todo, mi necesidad por ya valerme por mí sola. Escribo esto, hoy, como un acto de expresión del amor que intento cultivar por la vida misma. Sin necesidad de que alguien o algo más me convenza. Del valor que me exijo con urgencia, hasta abrirme una vereda entre la maleza de la selva para salir de donde habitan los tres tristes tigres, y volver al camino que me permite amar. Como un primer intento de amar. Ya no me quiero regalar. No tengo nada más que a mí misma. Todavía en palabras, como mujer en busca del amor, como mujer que evitando otra guerra contra el hombre que no es capaz de amar, dejando de violentar al otro con insinuaciones, sobre todo, buscando ser franca conmigo misma.

Se supone que si un organismo logra dar un paso más allá de hasta donde, su especie, había llegado, entonces, libera a sus descendientes y hasta a sus antepasados de ese límite en donde estaban encerrados. Jamás pudiera decirle a una mujer cómo vivir su vida o su historia en esta realidad, pero tengo la esperanza de que si logro desencadenarme de mi propia angustia y de mi desesperación, y lo pongo en palabras, habrá otras que irán en busca de su propia verdad.

Aquí están escritas con sangre las primera líneas que develan mi incapacidad de amar, y de amarme, que sirva como un manifiesto de la búsqueda del amor, de regreso a esa capacidad de entrega con la que llegué a este mundo, de liberación de culpa, de necesidad de libertad. Nunca me había sentido tan viva y, al mismo tiempo, tan dispuesta a morir por seguir viviendo.

Libertad. En el diccionario de María Moliner.

adiós

“Yo formé cuerpo, desde siempre, con la pregunta y dejé que el libro me sostuviese.”

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“Yo he enfrentado la semejanza y asumido la subversión.”

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“Me he dedicado a circunscribir lo real y lo irreal; la ausencia y la presencia; la vida y la muerte, la palabra y el silencio.”

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TODO LIBRO SE ESCRIBE EN LA TRANSPARENCIA DE UN ADIÓS.

Edmond Jabés

Así habló Zaratustrana

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Para mi mamá. Para Linda y Ana Bárbara, para Deb. Para mi abuela Graciela, y para mi abuela Chita. Para mis tías Laura y Graciela. Y para mis tías Yoli, Lety y Lourdes. Para mis primas. Para mis amigas de toda la vida, las lafas. Para la Silvanna. Para mi exnovia. Para la Negra. Para la Nadia. Para todas mis exsuegras. Para mis excuñadas. Para mi cuñada Regina. Para Karla. Para Elma Correa. Para Jessica. Para Cecilia, la mamá de mis hermanos chicos. Para Tere. Para todas las nanas. Para mis compañeras de todos mis extrabajos. Para mi exjefa en la escuela. Para todas aquellas que nunca quisieron el encuentro. Para las que no les latió darme chamba. Para las que no paran de trabajar (en todos los aspectos de su vida, de su cuerpo, de su espíritu, y en la realidad). Para las escritoras de México, de Latinoamérica y del mundo. Para las poetas suicidas. Para las artistas, actrices, dramaturgas. Para las creadoras de este mundo. Para todas las mujeres que han existido, que existen y existirán (en un mundo de hombres).

 

Atravesando medio país, una vez más volvió Zaratustrana a la ciudad. Recordó su última huida, en busca en soledad y silencio. A su regreso pensó en las mujeres con las que alguna vez se había cruzado, a quienes había leído o escuchado, a quienes había visto llorar, reír, o entregarse al vacío. Las encontró de nuevo dudando. Algunas sometidas por la idea de ser fuertes y empoderadas; hablando de más para no escuchar su dolor en el silencio; creyéndose en pareja, y también confiando en la capacidad del él, y el derecho de él, más que tomándolo ellas. Otras con impulsos de ser hombres. Y unas más, contemplando de lejos, dedicadas al trabajo de entender la realidad, y de encontrar la verdad. Finalmente, las que buscan la liberación o su sanación, la dieta y el ejercicio, la acumulación de experiencias. Ésas que van apostándole a un hombre nuevo siempre, pero siendo las mismas. Viviendo la ilusión de un amor diferente. Algunas cuantas unidas para dialogar, discutir sus miedos, sus obsesiones, sus formas de estar, pero dudando, nunca dejan de dudar.

Entonces, Zaratustrana se paró frente a ellas, y a las personas que ahí estaban reunidas en plena avenida principal, y sin miedo, comenzó a hablar, diciéndoles:

“He visto a todas y a cada una de las mujeres a mi alrededor comprobando su existencia, a sí mismas. Primero con su belleza externa, admirándose al espejo. Después, haciendo surgir y crecer su energía. Apostando su valor. Algunas han decidido mostrar sus ideas, su intelecto, su humor y sus risas. Otras han ofrendado su trabajo. Y unas más muestran orgullo al sostener el mismo papel de cualquier mujer en el tiempo, pero con el discurso de que ahora, este presente, es mejor. Todas siempre buscando comprobarle al otro, al hombre, la existencia —existimos, gritan, con cada una de sus acciones—. Mientras siguen estando detrás de cada hombre de poder y de éxito, respaldándolos, respondiendo desde el silencio, desde su sexo, y su entrega.

“He visto que usan las drogas, el alcohol y cualquier exceso para reconocer sus sentidos, y para demostrar su resistencia. Son madres, son profesionistas, son creadoras, son maestras, son expresiones de libertad y de fuerza, y sobre todo, son una bandera de esperanza. ¿De esperanza o de seguir esperando? Esperando el reconocimiento de nuestra propia fuerza, porque antes de que llegue el súper hombre, hay una súper mujer que está pasando desapercibida. Que, a pesar de todo el dolor con el que carga, cree, y decide crear. Se vuelve madre, se vuelve esclava. Y no de un hombre, sino de una sociedad violenta, agresiva, y mutiladora, en donde ella debe ser la responsable de alentar la esperanza en aquello que de su cuerpo brota. La consciencia más alta surge de la que ha creado vida, y que la acepta. Mientras que en el hombre es todo destrucción, poder, y un constante miedo a perder. A perder el poder como si fuera la vida. No siempre, no todos, pero la mayoría sigue formado parte del sistema que se aprovecha, que quiebra, que explota, que hiere y que lastima. Que embarra con su poder diciendo que toda mujer es sustituible, y que te hará creer, a ti mujer, que aquella por la cual “has sido sustituida” es tu enemiga. Y aquel que no puede hacerle frente a otro hombre para defender tu existencia: estás sola. También hay mujeres que para soportar su dolor y su levedad, en hombres-mujer con poder, se convierten. La esperanza muere en el último momento, cuando se piensa que en la siguiente (¿vida u oportunidad?), se podrá transgredir el miedo y crear, amar la realidad  —¿No es acaso una verdadera figura de poder y de fuerza, aquella que, a pesar de todo el miedo que siente, del dolor y la tristeza, decide amar?—. Conocer a la otra, al otro, y continuar. Caminar, a pesar de la violación y del abandono, de la injusticia y del silenciamiento, de la indiferencia y del olvido.

“Todas aquí hemos tenido un padre. Un padre ausente, un padre falso, un padre violento, un padre poderoso, un padre muerto, un padre ciego, un padre incestuoso, un padre muerto de miedo. Todas aquí hemos tenido una madre. Una madre trabajadora, una madre amargada, una madre agresiva, una madre amorosa y hasta posesiva, una madre deprimida, una madre intentando, una madre buscando, una madre sanando, una madre resistiendo, una madre sobreviviendo. Todas hemos tenido una hermana creyéndola enemiga. Una amiga a la que, de un día a otro, desconocemos. Una hija que nos hiere, que nos quiere matar, que nos lastima. Un hermano que llora, que suplica no ser como el padre, y ruega saber cómo aprender a amar. Una pareja que se aleja porque ya no soporta su incapacidad de amar.”.

Los hombres que con las mujeres se habían reunido, aquellos dispuestos a escuchar a Zaratustrana (la mayoría ni siquiera se había detenido por curiosidad a lo que ella decía) pero quienes sí lo hicieron, la miraban incrédulos, ¿de qué habla?, pensaban, pues en el mundo en el que ellos vivían sus palabras nada tenían que ver con lo que ellos experimentaban. Zaratustrana se lo imaginaba, como todas las mujeres que todo lo imaginan; la violencia y el miedo y la agresión y la sangre. Todo es imaginario, es lo que ellos dicen. Y luego, las mujeres tampoco estaban del todo convencidas. Dudaban. Los hombres que aman a los hombres no se sintieron aludidos, es cosa de ellas, dijeron. Las mujeres que se enamoran de las mujeres, aseguraron que lo que decía era tan obvio que perdían su tiempo escuchando esas palabras que sabían sólo en palabras quedarían.

Yo salí desde mi ciudad para llegar a esta ciudad. Decidida. Busqué hasta encontrarme con mi madre en el espejo. Busqué hasta odiar a mi padre, quise matar a un hombre creyendo que era él, y después corrí, alejándome. Logré perdonar a mi padre. Y finalmente, perdonarme. Creí que la idea de la súper mujer era en el poder, ¡cuando es en el amor!, y la capacidad de transformar la realidad con esa entrega amorosa. Soy mi madre, mi hermana, mi hija, y la señora con la que me cruzo en la puerta. Soy mi nana. Soy mi abuela, mi tía, mi suegra y mi sobrina. Soy todas las mujeres, y el rechazo a ser mujer en un mundo hombres, y soy la única que puede aceptar mi existencia, demostrándola con todo mi dolor y mi desesperación. Con mis acciones, con mi observación, con mi silencio, y dándole vida a la palabras. Soy la creación de la súper mujer en su capacidad de amar, de aceptar la realidad, y transformarla. Soy parte de las mujeres con esta potencia creadora, con esta energía y sensibilidad, con todo lo que no se ve pero que se siente. Existimos. Con esta constante transformación que apenas comienza.

Somos mujeres en un mundo de hombres, y de frente nos dirán, nos dicen:

“Ése es su problema. Adelante, inténtelo, intervengan. Háganoslo saber, digan que existen, escríbanlo, bailen, desnúdense, defiéndanse, griten, luchen, sean más que un cuerpo, más que sus palabras, más que su silencio, más que su resistencia, sean más que nosotros los hombres, los que por años y desde la eternidad llevamos al mundo: porque somos el mundo. Aunque entre nosotros nos peleemos, eso es también una farsa, nuestras discusiones son para publicitar nuestro poder. Y obtener más atención. Es un acto. Pero ahora, y si lo quieren, se los entregamos, responsabilícense, créansela, a ver si lo logran…”

Esas fueron palabras de mi padre antes de morir. Yo soy hija de Zaratustra. Soy sobrina de la hermana que lo traicionó siendo también la mujer que más lo quería. Soy quien lo traspasa con su aceptación y mi capacidad de amar. Soy yo también la que alienta a que seamos súper mujeres, porque el súper hombre ya no llegará; la espera ha sido suficiente. Soy Zaratustrana. Nuestra fuerza está en nuestra aceptación y en la aceptación de TODA mujer. El nuevo hombre ahora de nosotras tendrá que aprender.

y…

Y

¿Llegará esta carta hasta a ti? La he aventado al mar con la esperanza que mide su misma profundidad. Tiempos de guerra y silencio. Me preguntaste por qué me dolía tanto seguir, vivir en un mundo de hombres, y sonreír.

Cada palabra es un augurio, cada idea nace para crecer o para morir. El mito comenzó sucediendo como una verdad: nosotras las mujeres conscientes, feministas pero no con ganas de matar a nadie, incluso cuando nos han matado, salimos de la ciudad buscando un refugio para reinventar nuestra existencia. En tiempos de guerra cuidamos las palabras, porque se vuelven misiles, estallan, y queman. Llegamos un poco esperanzadas de poder fundar una zona de silencio. Ahora sólo cultivamos dudas.

Comenzó con la elección. Electo el nuevo presidente no parecía que las cosas seguirían igual. Después la ola de desesperación. Todo tomaba demasiado tiempo y luego pasaba de un día para otro, y después no pasaba nada. El alrededor igual. Pero me acuerdo que me detuve para ver los detalles. Tal vez era un día cualquiera, un metrobús había chocado en la esquina contra una pipa de metal (la llevaba otro remolque en una de sus cajas, se atravesó por la ventana del conductor). Parecía una simulación, como en los parques temáticos que tienen los estadunidenses para representar sus películas. Continué recorriendo las calles en todas había embotellamiento, pero las personas no pitaban, no avanzaban y no dejaban de ver hacia sus celulares. Desde ahí la realidad comenzó a desarrollarse con lo que la parálisis dictaba. Lo que pasaba era como si no pasaba, la realidad un basurero que acumulaba más y más desastre, choques, muertes; destrucción en silencio, un campo de batalla, un fantasma esquizofrénico cubriendo por completo la ciudad.

Para cuando llegamos aquí, al refugio, nos acomodamos debajo de un volcán, ya estábamos muy lejos de la ciudad, decidimos deshacernos de nuestros celulares, y de toda simulación. Juramos recomenzar. Me traje los dos libros que me diste, el de poemas, y aquel que decías me iba a dar la guía para encontrar mi lugar en el mundo. Releo la parte en donde aparecen las palabras de una mujer describiendo su enamoramiento, pienso en ti, nada más de tener el libro en las manos siento las tuyas, esas palabras van abriendo pequeños arroyos, ríos, van formando un mar.

Se transforma la realidad en un bosque.

Y las calles se vuelven ríos, y las personas salen de sus autos, y el agua inunda la ciudad para dejarla como una Atlántida siglo XXI. Y todos alcanzamos lo alto de un edificio, de una montaña, de algún lugar en donde podemos resguardarnos, para ver los pedazos que han quedado de aquello que fue dicha parálisis, las pruebas de la destrucción se van por la gran coladera. Y el territorio vuelve a su verde, y a sus praderas, y este bosque se va extendiendo, y tenemos las ganas de volver a empezar. Y todos somos líderes y todos somos seguidores y todos vamos a favor de la humanidad. Y nos detenemos a reconocer el eterno, quise escribir el entorno, pero el eterno, en cada una de nuestras acciones. Y a las mujeres no se nos ve un cuerpo de deseo sino uno de creación. Y los hombres no sucumben y destruyen por miedo, sino que su fuerza es también crear, transformarse, enfrentándose a ese miedo. Y es un continuo sí sí sí. Y cada nueva palabra es una célula más creando esta realidad con toda la esperanza. Y es vivir creando, y es crear viviendo, y somos una comunidad. Y claro que hemos vuelto y estamos más animadas que nunca porque nuestra fuerza es esa posibilidad de imaginar. Y de hacer real lo que imaginamos. Y tal vez, cuando nos reencontremos nosotros, tú y yo, seamos capaces, también, de imaginarnos como creadores eternos de instantes, de belleza, transformadores de la realidad. Y… todo se une en algún momento del camino, y se separa un poco después, pero para continuar tejiendo esta gran tela de dimensiones, de tantas posibilidades, encrucijada uniéndose a otra encrucijada, y… y toda transformación va sucediendo, la hemos nombrado, estamos trabajando por ella, y ella nos toma nos sumerge en su profundidad de aire, de fuego, de agua y tierra, de inmensa belleza.

He decidido no volver a huir nunca más. Y si algún día quieres buscarme, sabrás dónde estoy…

Tuya,

Banana Yonder (personaje)