estonoespapel

esto no es papel, pero como si lo fuera

la esquina de la esculturas en esta ciudad del desierto

desde el infinito 1

a ver, trata de vivir con todo esto

-Alberta Nosestain

 

No es momento de dudar. He puesto el primer pie fuera mientras sigo adentro, susurro: aquí estoy. Escribo y soy ésta. Me he quedado sola, otra vez, sola y sin mí. Me adelanto a mis palabras para ver si la realidad cobra vida, pero así voy llegando desde antes al vacío, sin darme cuenta. Siempre sin darme cuenta. Soy muy ingenua, por eso escribo. Dedico esto que escribo a nadie, sobre todo a nadie porque pensé en dedicárselo a mi mamá pero ella merece mucho más que esto, también pensé en mi hermano, en mi papá, en todos ellos que son esa mejor parte de mí, pero tal vez y solo por eso no podría dedicarles algo que nada tiene que ver con la belleza, ¿o sí? Algo en mí quiere creerlo, por eso digo que soy ingenua, porque quiero creer todas las maravillas que me invento, y además, quiero que ustedes las crean. He escrito tanto como ha sido posible para darme cuenta que es imposible escribir. Me he aferrado a ello, llorando, sigo llorando, no paro de llorar, he sentido como esto no se acaba nunca, y la tortura es la imposibilidad. Lo imposible de poner el infinito en palabras. Por eso ahora me obligo a hacerlo. En automático. Si es verdad que estoy conectada a algo que me hace escribir esto que escribo en donde yo por fin ya no soy yo, entonces lo vierto (me vierto) en el infinito paralelo y decido dejarlo todo ahí, aquí. La aceptación es la renuncia. Abrazo el misterio de estar viva, de querer morir todo el tiempo, de continuar viviendo. No puedo callarme. Mis ojos hablan de más pero menos de lo que siento. Mi lengua se levanta. Una yegua que no será montada pero será. No puedo dejar de existir. Ahora sé que la muerte es también imposible por eso dudo en llorar, y vivo llorando o dudando. Lo malo ahora es que no quiero vivir porque quiero escribir, y lo mismo pasa que quiero vivir y dejar de escribir. Por eso no sé si escribir me hace sentir viva o muerta, si estoy viva o muerta mientras escribo. He pospuesto el amor, la felicidad y hasta la cordura con tal de crearme un espacio. Estoy acumulando el Universo de tiempo solo por respirar, para después ahogarme con el exceso de aire. He visto a los otros hacerse de una vida de sacrificio o de comodidad, de amor o de destrucción, de estupidez o conocimiento. Lo he visto todo y todo lo he querido, pero solo logro acumular más dosis de nada. Si tan solo pudiera hacer lo que quiero, eso me digo. Y tan pronto como puedo no sé cómo hacerlo porque tengo tanto miedo. Una vez que he comenzado no puedo detenerme pero tampoco logro hacer algo con ello. Ya lo he pensado antes, que el yo anterior a mí se suicidó y mi alma está aquí soportando sin decidirse a estar; no es de aquí, no es de allá. Si pudiera decirles lo que es el tiempo. Mi lenguaje son las sensaciones que inundan este vacío libertad. Lo siguiente que escribo es para ver si logro desescribirme. Así. Poquito a poco. No sé si lo que escribí anterior a esto tiene sentido. He escrito tanto, y en esa vastedad me encuentro con una sopa de letras que apenas y transmite lo mucho que aunque no dejo de sentir, siento. Alguna vez fui libre, eso es lo que recuerdo, que dentro de la cárcel de un programa que me había inventado lograba esconderme en la piel de Dios, escabullirme dentro de uno de sus poros, pero después de esa sensación, de un instante, todo lo que quedaba del tiempo se iba en recordar y revivir ese microsegundo. Me expongo públicamente como nunca lo hubiese creído que fuera a hacer. Nada más porque no tengo nada. Se los entrego todo. Una vez que entrego no puedo dejar de entregar, hasta deshacerme por completo de mí. Salgo, un pie fuera de la irrealidad, muero de miedo, que soy y no soy, que quiero y no puedo, que no sé quién soy pero no importa solo-estoy-haciendo-el-tiempo-que-tengo-que-hacer-para-terminar-con-todo-esto. Listo. Vámonos, para volver a comenzar. Dios me habló al oído y me dijo aguanta vara. ¿Varita mágica? Aguanta vara y deja de hacerte la chistosita. Se me llenan los ojos de lágrimas, no veo a mi alrededor. No es justo que no exista la muerte, no es justo que no acabe nunca este dolor. No es justo que aparte de ello no pase nada nunca nada y que de todos modos yo sienta todo. Y entonces me dijo que exactamente de eso se trataba, exactamente de eso, de deshacerme del yo. El yo que me tuerce el cuello, que me atraganta; de aire, de tierra, de fluidos, de todo lo que no veo. ¿Cuánto tengo que trabajar? Todo lo que sea necesario en el tiempo para deshacerte del tiempo. Déjame, infinito, por favor que ya no aguanto. Suplico diez veces más antes de irme a acostar. Déjame infinito por favor que ya no aguanto. Y todo vuelve todo el tiempo a comenzar. Por ejemplo aquí y ahora, quiero parar, detenerme, iniciar con las transacciones de la vida de los muertos (que nunca mueren pero que no han de saberlo), pero sigo y quiero segar pero sigo. Ganas de vomitar ¡Todo el tiempo! Me he atragantado tantas sensaciones en la vacuidad. No me doy cuenta de nada y continúo. Quiero parar, siempre quiero parar, me desbordo. No deberían dejar circular las palabras a esta velocidad, a parte de que ni siquiera son todas ni hay claridad. Tengo una masa atorada en el esófago, no puedo tragármelas. Que quiero que puedo que tengo que no puedo soltarlas. ¿Algún día y siempre podré ponerle fin a todo esto que no puedo y tengo? Siempre voy a soñar con lo que no sea esto. Y la importancia de un punto, una coma, un acento, un margen ¿Margen? ¡Que no entienden que hablo desde el infinito! Que no hay límite, ni contención, que no puedo parar. ¡Que no hay punto! ¿Cómo entonces me piden lo único que no tengo? Estoy hecha de agua, de nada, de no tengo. Se me derriten los ojos, babeo las palabras, se me escurren de las nasales. No quería abrirle a la llave pues sabía perfectamente que esto era lo que iba pasar. Libertad cero punto cero. Una vez que estás aquí ¿Cómo volver hacia allá? Y desde allá no puedo concebir que exista esto. Yo ni siquiera venía a escribir esto. Ni siquiera. Yo pensaba para dejar de pensar para escribir una cosa totalmente distinta, y ahora escribo esto, y no entiendo nada, como siempre nada, pero me hago la que entiendo. Pues he aprendido a disimularlo. Todo lo vivo fingiendo. Mujer holograma no digas más. Ya no quiero, no puedo, voy desbordándome más de lo que ni siquiera soy que nada tengo. Si este es el principio, no sé qué es el final. Pero claro, eso es exactamente lo que dicen, no puedes vivir pensando en la muerte, como tampoco puedes morir, ya se los dije. ¿La muerte? El puente para volver a comenzar. A ver, trata de vivir con todo esto.

Entre la aceptación y la negación: la decepción

Toda aceptación y toda negación trae consigo una dosis de decepción. Si lo aceptas lo limitas. Es lo que es. Lo encajonas. Lo encajuelas. Te decepcionas porque ya no logró ser más, ahí se quedó (por lo pronto). Y si lo niegas le das la libertad para que sea todo aquello que puede ser. Lo cual termina en nada, una nada que te llena las manos y la voz. Con la negación te niegas. No alcanzas el entendimiento, sientes miedo, prefieres alejarte de eso que te exige. De nuevo caes en una sensación de decepción pero porque a lo que le sacas la vuelta no es solo algo que no puedes definir sino a ti mismx.

Volví a Mexicali intentando recuperarme, llevaba meses perdida y no me daba cuenta. Parecía que en la Ciudad de México trataba de ser alguien, y con ser alguien me refiero solo a sobrevivir. Se necesita decir esta soy, esto hago y de esto vivo. En mi caso me pasaba que ese alguien que era se transformaba rápidamente en lo que se le cruzaba en mi camino, habiendo una constante negación de la esencia, de esa que he sido siempre. Me entregaba a todo para ver si todo me devolvía una identidad. No sé, no soy, no hay límite, me desbordo en lo que no es ni soy pero puede ser.

Trabajando en la última agencia de redes sociales del DF, me encontré con un hombre que me atraía —nunca lo acepté, ni a mí misma— y cuando ese hombre supo que yo tenía un blog y me lo hizo saber, lo cerré. Me avergonzaba ser la que era, y lo que escribía era la prueba. Qué miedo. Primero negarme que aceptar lo que soy.

El regreso a Mexicali significó volver a los espejos familiares. Vi a mi abuela, a mi papá, a mis tías, tíos, a mi mamá, a mi hermano, a mi abuelo. Todos me eran ajenos. Pensaba que ellos no eran ellos, no podían ser ellos, eso que era su vida no era su vida. Por meses no los pude escuchar ni ver, pero tampoco podía dormir. Me acostaba sintiendo que alguien estaba en la casa, me levantaba para encontrar al intruso; asustada creía que alguien me perseguía (era yo misma pidiendo mi propia aceptación). Hasta que recurría a mi familia, a las únicas personas que tenían el mapa para volver a mí. Buscaba a mi familia para mantenerme lejos de mí y fue con ellos con los que me terminé encontrando.

Cada asesinato en México me recuerdan las ganas de morir. Cada quien tiene su relación con la muerte. Algunos la buscan, otros le huyen. Cada asesinato me recuerda el instante en el que el vacío te penetra por los ojos y vas directo hacia el infinito, pero no viajas en velero o en un avión, estás amarrado con cadenas a la cajuela de un carro que te arrastra entre las piedras a la velocidad negra de la oscuridad del vacío, llevándote hacia donde tu cuerpo se convierte en pavimento. Si de por sí vivir es un acto suicida. Vivir mientras sientes el instinto asesino de aquellos seres humanos que no saben cómo lidiar consigo mismos y entonces matan, mata un poco de ti. Su vida consiste en una continua cancelación de la vida del otro. En México se mata a la verdad negándola. Así el país se va llenando de una profunda decepción, que ojalá pudiéramos verla. Pero ¡Como la humedad! Se mete por los poros llegando hasta la médula espinal del alma. Cuando estamos de partir al viaje hacia los sueños, nos vamos volviendo uno solo, y sentimos ese infierno que somos, ese cielo que no podemos ser. Los asesinatos se han vuelto el lenguaje de la supervivencia de su propio miedo de ser. Si vivir es un acto suicida, vivir buscando la verdad, es estar todo el tiempo al borde del precipicio.

Suspendida en el puente que une la negación con la aceptación se me ocurre que solo aceptando se puede transformar lo que es. Que negando no se convierte nada. Ni yo misma, ni mis palabras, ni lo que siento, ni lo que pasa. Si estamos en el eterno retorno de nuestro yo, de nuestro país y nuestra relación con el mundo, aceptar lo que es: el yo, el país, el mundo, nos permite transformarlo. Y si nos vuelve a asaltar la duda volver a intentarlo y si nos vuelve, volver a intentar y si y si y si… ¿y si no? No queda la duda de que lo intentamos. ¿No es ese nuestro verdadero trabajo?

Alguna vez un amigo, el Soul, me dijo que puede ser que no estemos en un círculo que recorremos una y otra vez, que no es un mismo ciclo sino una espiral que con cada circunferencia hacia fuera va formando parte del todo. Tardamos más en dar la vuelta para llegar hacia las mismas sensaciones y los mismos comportamientos. O hacia dentro, pensé. Acercándonos a la posibilidad de llegar hacia el centro, hacia lo que verdaderamente somos, para después ser parte de lo que nos rodea jalándolo hacia nosotros. Todo el Universo entero hacia dentro.

Entre la aceptación y la negación lo único que desgarra el puente es la traición. Cuando sabes que has aceptado una y otra vez lo que eres, lo que está pasando, lo que debes hacer, lo que ya no puedes permitir que siga sucediendo y de todos modos lo niegas: te traicionas, traicionas lo que ya has aceptado, con esto no solo te decepcionas sino que te destruyes, destrozando aquello que por fin habías creado.

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una mujer fue hallada muerta

Eso decían varios de los titulares sobre el asesinato de Lesvy. Reconozco que cuando sé de los sucesos violentos que hay en mi país siento muchas cosas, no sé cómo definirlas, qué hacer con ellas, ni si quiera sé bien qué es lo que siento. Entre impotencia y desesperación, entre desamparo y coraje. También estoy harta de culpar al estado, siento que llevamos años diciendo fue el Estado, fue Peña Nieto, fue tal gobernador o presidente, fueron los elementos de la policía, o la procuraduría de Justicia que no procura justicia. Es el poder, es el miedo, es el miedo a perder el poder. Al final me siento culpable por ingenua, por creer las autoridades van a responder. No puedo decir que tenemos que dejar de exigir que se cumpla la ley, de pedir explicaciones, de recordar que esto ya ha pasado y sigue pasando. Sin embargo, como mujer mexicana, me puse en el lugar de Lesvy imaginando, ¿cómo se termina en una situación así? No me queda duda que todas somos posibles víctimas. Así que intentando pensar en todos esos momentos en donde te acercas hasta que entrando por el hocico del lobo me decidí a recordar uno en específico, el cual en su momento quise descartar cuando me di cuenta que había alcanzado a salir ‘a tiempo’.

Conocí al ‘Papi’ un diciembre del 2013, estaba estudiando la maestría en la Ciudad de México pero en las navidades me regresaba a Mexicali a convivir con la familia. Ese diciembre me lancé unos días a la playa y allá lo conocí. El Papi estudiaba el segundo semestre de su carrera, era más chico que yo; alto, fuerte, con la mirada triste, muy bueno en los deportes. Nos presentó un amigo en común. Esa noche platicamos, tomamos vino, fuimos a una reunión en la playa, nos caímos bien, nos gustamos. Días después regresé a Mexicali para volver a la CDMX, unos meses después seguíamos hablando hasta que nos olvidamos uno del otro.

Lo volví a ver en el verano del siguiente año, solo por unos días, y de nuevo regresé a Mexicali y después a la Ciudad de México. Nunca pregunto mucho acerca de la vida de mis conocidos, normalmente lo que sé me lo platica la persona directamente, así que lo que sabía del Papi era lo que él me había contado. Llegó diciembre de ese año, estaba de nuevo en Mexicali, la mayoría de mis casadas, no tenía nuevos amigo, así que le mandé un par de mensajes al Papi preguntándole si podía caerle para año nuevo, y me dijo que sí. Empaqué mis cosas para quedarme máximo cuatro noches en su casa, tomé carretera hasta llegar. Me recibió afuera, nos saludamos, cargó mi maleta, entramos a su depa, me ofreció agua, platicamos un poquito hasta que le pregunté sobre año nuevo, me dijo que no le importaba, y se le notaba. Le sugerí ir a comprar cosas para hacer de cenar, el insistió que le daba igual, pero me acompañó al mercado y después volvimos a su departamento. El Papi estaba agripado, llevaba días tomando medicamento, así que me tomé unas cervezas sola mientras platicábamos por segunda vez. Me acuerdo que estaba sentada frente a él, que me vio directito a los ojos y me dijo que había pasado algo. O que había hecho algo malo. La verdad es que no me acuerdo. Él se quedó en silencio. Los dos nos quedamos en silencio. Me dijo que yo no le podía decir a nadie, pero a nadie. Le dije que no, no tenía ni idea de lo que me iba a decir, pero le aseguré que no iba a contarle a nadie. Me confesó que había matado a alguien, me dijo que tuvo que hacerlo. Me quedé callada. Cuando alguien te hace una confesión así piensas en qué pensabas que esa persona podía llegar a hacer algo así. Su mirada era directa, no pensé que estuviera bromeando, me contó poquitos detalles de cómo había pasado y la historia parecía muy creíble. Acababa de suceder. De pronto entendí su actitud pues desde que había llegado era como si él no estuviera ahí. Después sentí que me había platicado una película, que no se trataba de algo que él hubiera hecho. Me dijo que se iba a acostar porque se sentía muy cansado por los efectos del antibiótico. Se durmió mientras yo me quedé en la sala leyendo. Nunca me sentía amenazada, ni pensé que me podía pasar algo porque ahora yo era ‘cómplice’, después abrí el libro que llevaba y creí haber olvidado el asunto. Curiosamente en aquel tiempo estaba leyendo 2666 de Bolaño, iba como en la tercera parte de la narración sobre los feminicidios. Recuerdo que lo hojeaba contando lo que me faltaba para terminar esa parte, se me estaba haciendo larguísima y pesada. Había leído varios libros de Bolaño, entonces sabía que eso estaba ahí por algo, pero al mismo tiempo no entendía. En eso recibí el mensaje de un amigo chileno que andaba en San Cristóbal, decidí llamarlo. Le dije que estaba fuera de la Ciudad de México, pero que justamente en ese momento leía 2666, y necesitaba que me explicara el gesto de Bolaño, él, a quien considero como al lector de lectores, me dijo que ni preguntara, que siguiera, que lo leyera todo. Si el lector de los lectores me lo decía, es que eso era lo que tenía que hacer. Después le dije ‘me acaba de pasar algo raro’, empezamos a perder la señal y colgamos. Nos mandamos mensajes de despedida pero ya no le dije nada, al final nos deseamos ‘feliz año 2666’. En aquel momento seguía pensando en la cena que yo quería preparar al siguiente día, en la posible fiesta que me había comentado, de pronto me llegaban las palabras de la confesión del Papi, pero como no sabía dónde ponerlas, las dejaba pasar. Cerré el libro, me fui a acostar a un lado de él, me quedé dormida. A las dos horas el Papi se levantó, sacó una pistola del cajón que estaba a su izquierda y caminó hacia la puerta, cuando regresó me dijo algo así como que todo podía pasar, que estaba arrepentido de que yo estuviera ahí, que la había regado, que todo estaba muy reciente, que algo me podía pasar a mí, le dije que se tranquilizara, que en ese momento yo no me iba a ir a ninguna parte, que no estaba pasando nada y que no iba a pasar nada, que al día siguiente veíamos si yo le marcaba a una amiga que vivía en esa ciudad y me iba, pero que se acostara y se durmiera. Eso hizo. Una vez más, no me sentí amenazada. Al día siguiente me levanté y el Papi se estaba bañando, aproveché para acercarme al cajón, lo abrí y vi la pistola, era automática y grande, tal vez era una escuadra pues parecía pero no sé de pistolas, no me acuerdo si la toqué, tal vez lo hice, pues si no se ha notado hasta ahorita mi ingenuidad o estupidez, es momento de resaltarla. Cuando salió de bañarse, me levanté a hacer desayuno, desayunamos, le leí un pedazo de 2666, le platiqué la historia y me dijo que no tenía por qué leer esas cosas, que buscara algo más tranqui. No era la primera vez que el Papi se involucraba en un suceso así, nunca había matado a nadie, pero alguna vez estuvo traficando carros y otras cosas, la pandilla con la que se había metido sí estaba relacionada con todo tipo de negocios, no me quiso platicar más, me dijo que era mejor que me fuera, porque si alguno de ellos se enteraba de lo que había hecho el Papi podía ir a su departamento y amenazarlo con tal de sacarle dinero, o de jugar con él, ‘no tienes idea de lo que le hicieron a la ruca de un bato’, después me terminó diciendo que le habían metido cosas por el ano, que la habían violado. Mientras escribo todo esto no sé por qué todo lo que me decía no era suficiente para que yo agarrara mis cosas y me fuera. Una parte de mí no lo creía del todo, otra parte quería saber más. Acompañé al Papi a hacer unos mandados, fuimos a la playa, visitamos a uno de sus compas y después volvimos al departamento. Vimos una película rarísima, me metí a bañar, al salir le sugerí que hiciéramos de cenar. Le propuse lo siguiente: yo me quedaría esa última noche y al día siguiente me regresaría a Mexicali, para que se quedara tranquilo. Él estuvo de acuerdo. Preparé la ensalada, después hice una pasta, abrí una botella de vino que me tomé sola, él puso música. Él nunca estuvo ahí. Era como un holograma, mientras yo entablaba un monólogo acerca de lo último que había vivido en México. Le pregunté por el libro que le había regalado en verano, El karma de vivir al Norte de Velázquez. Recuerdo que se lo di porque recién lo había terminado. Claro que yo sabía perfectamente que al Papi le llamaba la atención todo ese desmadre, por algo le había regalado ese libro que nunca leyó. Claro que él sabía perfectamente que yo andaba cazando historias, por algo me había confesado lo que me confesó. Nos sentamos a cenar pero todo fue muy rápido, disperso, extraño. Cuando terminamos de lavar los platos, yo andaba medio borracha y él me comenzó a insistir que le marcara a mi amiga, que no me podía quedar esa noche, que no estaba tranquilo; con todo y mi borrachera podía ver que estaba cada vez más ansioso, así que le llamé a mi amiga y ella rápido me pasó la dirección de su casa. Terminé de guardar las poquitas cosas que había sacado de la maleta, me despedí del Papi y me fui. Cuando llegué con mi amiga le dije que al bato se le había pirateado y prefirió quedarse solo. Ella contestó con un típico ‘pinches batos’, y nos fuimos a la fiesta de sus amigos. Nunca le dije nada a nadie. Al día siguiente volví a Mexicali, muy cruda, muy sacada de onda, y muy negada ante la idea de que pudiera haber estado en peligro. A las semanas regresé a la Ciudad de México y olvidé el incidente. Hasta ahora lo recordé. Me pregunté por las personas que llegan a estar en contacto con ese instinto asesino. ¿Qué pasa cuando se mata una vez? ¿Se vuelve a matar? ¿Se sienten ganas de destruirlo todo? ¿Y cuando lo confiesan? ¿Y cuando se arrepiente de haberlo confesado? ‘Destruir’ toda evidencia, ¿es un pretexto para volver a matar? Hasta después pensé que al Papi tal vez no le daba tanto miedo que llegaran los de la pandilla a su departamento, que más bien sentía todavía el instinto, que tenía miedo de volver a hacerlo, y que yo estaba ahí jugando a la idiota para cumplir con el papel de víctima cerrando el caso. No lo sé. Una tía que fue maestra de estadística en la Universidad me dijo cuando daba clases el ejemplo que ponía para decirle a los alumnos si existía un porcentaje elevado era preguntar, ¿cuántas personas cercanas habían estado involucradas en un suceso? Por el ejemplo un caso de violencia o de acoso, un roce con el narcotráfico, con el dealer, con el yonqui.

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En este país cualquier mujer puede ser hallada muerta, sobre todo cuando piensas que no te va a pasar, cuando la violencia es parte de la realidad que duele aceptarse como realidad, cuando vives en un país en donde se mata, se olvida, se vuelve a matar, se vuelve a olvidar, cuando el miedo es el que ejerce el poder y alimenta la impunidad.

#SiMeMatan fue un gesto que evidenció que en este país no existe la libertad para las mujeres, que existir significa darse por muerta.

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desde el comienzo

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2011

¿Cuándo empezó?

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2011

La destrucción del amor

“Sangre o sol que se funden en el feroz encuentro, cuando el amor destella a un choque silencioso, cuando amar es luchar con una forma impura, un duro acero vivo que nos refleja siempre.” – Vicente Aleixandre

 

Soñé con mi destrucción. Alguien me encajaba un hacha al centro de mi cabeza, justo donde me hago el partido del peinado, sangraba pero no me moría, sufría pero seguía viva, esperaba a morirme y no me moría. Fui con la tía Grace y con la abuela, ellas me llevaron a curarme. Sola no podía salvarme ni tampoco lograba morirme por mucho que me lastimara.

Antes del sueño. Estábamos en el rancho del Valle de Guadalupe. Acostada, cerré los ojos, vi mis pensamientos desfilar por la oscuridad de mi conciencia, me dormí, me desperté al grito desesperado y horrible de una mujer, abrí los ojos asustada pero tranquila, dudando dónde sucedió, ¿en el sueño o en la realidad? Estuve a punto de marcarle al cuidador del rancho, pedirle que se diera una vuelta, que buscara a una mujer que estaba sufriendo. Después me convencí que había sido yo. Que yo era la mujer que había dado ese grito sin saberlo, o que en mi mente estaba esa mujer (aún) gritando, pero que ya no la escuchaba.

No me hagan hablar del amor. Es quebrar todos los espejos a mi encuentro, es ir perdiendo el lenguaje y hasta la respiración. Todo el tiempo quiero describirlo, quiero ponerlo en palabras, para ver si así logro abrazar el sentimiento. Dudo, sé que he amado todo, pero eso fue hace tanto tiempo que es como el recuerdo de otra vida en la que ya no estoy.

Apuntes sobre la decepción. Terminé el primer ensayo de Lipovetsky incluido en La Sociedad de la Decepción. Cuando comencé a leerlo avanzaba con tanta emoción creyendo reconocer lo que en este tiempo significaba existir, este presente que a muchos nos desborda (o a todos, pero a pocos conscientemente); demasiada información, pocas respuestas. Después vi cómo se agotaban las explicaciones mientras que las sensaciones de ansiedad, desolación, y claro, decepción, aumentaban. Leí un ensayo sobre la sociedad de la decepción y quedé decepcionada. No porque no fuera claro, era clarísimo, pero eso no evitaba que la decepción renunciara a la realidad. Saber no te hace menos infeliz, solo te explica tu infelicidad. ¿Gracias?

Qué mal está el otro. A me contó que sigue de novia con el tipo que no le hace bien, un narco que se la lleva a viaje y además la jala de fiesta donde termina metiéndose coca, en guerra consigo misma. Después vi a T con su familia, evadiendo estar mientras simulaba estar, desesperándose al verse en sus hijos, le molesta su mujer, se pone borracho en la comida, solo piensa en dormir y ver televisión. He estado escuchando a H azotar todos los días la puerta, abriendo la llave dejando salir todo el chorro de agua, obsesionado con sus comidas, con lo que cree es la disciplina, lo escuché decir que todos somos unos pendejos, para después encerrarse por horas a matar a los enemigos de un videojuego. Vi a G llenándose de pingas, pastillas para el ánimo, para el dolor, para dormir, para despertar, para concentrarse, para relajarse. A, T, H, G. Todos están muy mal.

Interrupción de la fantasía de la perfección. Escuché con morbo sus aventuras de destrucción, desilusión y fracaso. Triunfando en la comparación con el otro decidí celebrarlo emborrachándome de sueños de poder sobre el mundo, sobre mi pequeño mundo que soy yo; encantadora de serpientes, al final me tragué todo el veneno. Cuando desperté desee no haber despertado, quería dejar de existir. Después de haberme deshecho histéricamente en las fauces de la ignorancia de mis propios miedos, se me anunció que llevaba una vida de reclusión estúpidamente soberbia. Me busqué al narco para meterme coca para que me maltratara para que me hiciera sentir. Dejé a mi familia, me refugié no en la televisión pero sí en la imaginación del todo lo sé, y las ideas que leo son la prueba, odiando a los demás por idiotas para después buscarlos cuando estaba al borde de la ansiedad de tanta soledad que me ahogaba. No aventé ninguna puerta pero la atravesó mi espíritu hecho pedazos, mi alma cenizas, mi ego derritiéndose volviéndose la cera que dejaba el mensaje “ya entendí”. Al final me metí una pinga para deshacerme de mí, y mi sombra fue la que siguió hasta volver a la realidad que ahora dolía más.

Yo soy los otros.

Por fin el diálogo. Solo pude llegar hasta la Lucía que escucha a partir de la destrucción. Fue entonces cuando dejó de hablar, de imponer, de aceptar que sabía, y escuchó. Conversamos con los otros. Telepáticamente les pidió perdón. Me aceptó que no sabía, me aceptó que nada estaba bajo control, me aceptó que continúa esperando algo, que no sabe qué es, pero algo. Me aceptó que no puede acercarse a los demás, porque se tiene mucho miedo. Todo lo que yo había intuido. Hablamos de la culpa, de las sensaciones después de la destrucción. Vimos al ego sentadito a nuestro lado, tomándonos la mano, suplicando también mientras se volvía un espectro. Lucía me preguntó que si solo en la autodestrucción era posible ‘conocerse’, y no solo pretender conocerse, le dije que no sabía, que yo tampoco iba a pretender tener una respuesta, pero que esperaba —porque a mí también me dolía— que no.

La autodecepción. En la fórmula: ser + destrucción – sueños + realidad – ideas + diálogo apareció la pregunta ¿La más grande (auto) decepción es darnos cuenta que no podemos todo el tiempo amar? Como no sirvo para amar, y es para lo único que soy, entonces me destruyo. Me decepciono de mi propia incapacidad y me destruyo. ¡Viva el miedo! ¡Viva la culpa! ¡Viva la imposibilidad! Entonces vuelve la soberbia vuelta humildad. No soy nadie, no quiero ser nadie, solo logro destruirme pero tampoco me puedo matar.

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vida de trabajo

Le llaman trabajar a la serie de acciones que crean un sustento económico con el cual se materializa ese trabajo. Pero es más que eso. Es la transformación que sucede dentro, con cada decisión que vamos haciendo. Con cada compromiso, con cada cambio y cuestionamiento. Reafirmación, conversión. Entrega y decisión. Sensaciones, emociones, ideas, que van surgiendo.

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Trabajé envolviendo regalos, cuando terminé la prepa fui reportera del periódico local, fui mesera en un café, trabajé en un par de corporativos en Monterrey, en una ong, estuve como columnista del periódico local por casi tres años (aunque no me pagaban, ¿cuenta como trabajo?), trabajé en una casa productora, después en la radio, en una institución de gobierno de la cdmx, en dos agencias de mercadotecnia digital, en un hotelito de Tulum, en diversos proyectos editoriales freelance, en otro corporativo de la cdmx, dando clases en dos prepas, dando clases en Universidad.

En algún momento creí que significaron lo que había ganado en ese tiempo, o lo que había entendido y aprendido a hacer, y sí eran eso, pero sobre estaba sucediendo una deconstrucción y reconstrucción hacia dentro. Una intensificación de las sensaciones de seguridad y miedo, tolerancia y desesperación, soberbia y humildad, transformación e inmovilidad, entrega y succión. Personaje y persona. Creación o repetición.

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¿Quién soy? ¿Dónde me busco, dentro de mí muy al fondo? ¿Fuera de mí a lo lejos? ¿Soy la que puedo llegar a ser? ¿Soy la que soy cuando no pienso?

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Me reconozco en el otro entonces soy. Me desconozco en el otro y luego no soy. ¿Soy el trance entre el otro y la que soy? ¿Soy un puente?

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Cuando dejo de ser consciente que soy, soy parte del Universo y siento.

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Al compararme con el otro hay una doble negación. Pero si me entrego a escucharlo, escucho el silencio de la verdad. La entrega hacia lo que desconozco.

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El salto cuántico fuera de la órbita de tu propio átomo.

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¿Qué haría yo sin ti? En el minúsculo universo del yo. Olvidando. Esperando. Desesperando. Perdida en el vacío del yo.

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¿Todos somos uno? Ayúdame a recordarlo. En la aceptación como en la negación. En la violencia como en la libertad. En el deseo y el miedo, o en el amor. Ayúdame a continuar.

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Hacia la luz, hacia la oscuridad. Todos somos todo.

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A saltar fuera de mí para reencontrarme contigo y con el Todo.

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Ayúdame a respirar. A reír, a llorar, a probar, a dudar, a jurar, a crear, a creer, a amar. A vivir transformando.

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A ser esa partícula de eternidad que soy suspendida en el infinito del somos.

Trabajar por ser, para ser, para amar, para ser amor.

el mercado de las ilusiones

 

‘Que a través de otras pasiones el hombre pueda relativizar el mundo consumista, que la adquisición de bienes y de marcas no aparezca como el alfa y el omega de la vida’.
—Lipovetsky

 

Pásele, pásele. Esta usted en el Mercado Universal de las Ilusiones en donde puede emocionarse con todo. Todo, todo y mucho más. Grandes, pequeñas, tangibles ilusiones, efímeras, alcanzables o dizque imposibles. Tan falsamente verdaderas. Honestamente invisibles. Lo único que tiene que hacer es dar de alta su perfil, platicarnos de dónde viene, hasta dónde cree que puede llegar, y listo ¡Ahí está! Póngase creativa, alucine un poco, imagínese genio, única y especial, el gran conquistador y conquistadora del mundo desde ya. El límite es la surrealidad.

Pásele, pásele. Por aquí  puede adquirir la idea de volverse emprendedor o empresaria, con una microempresa, o más facilito, qué le parece una startup. En un clic se la montamos. Con el producto o servicio que lo llevará a la imagen desea proyectar. Como la persona suspicaz que supo explotar la oportunidad del momento, o aquella que hace negocio con creatividad y conciencia, llegando a obtener seguidores de calidad.

Pásele, pásele. Tenemos a la venta nuevas relaciones en pareja, pasajeras o supuestamente eternas, complicadas, aburridas, o alguna por curiosidad. Aquí mismo tenemos la idea del divorcio, que viene en un paquete junto con la sensación del regreso a la soltería, el sentimiento de libertad para después abrirse a toda posibilidad de nueva conquista. Incluye, si usted desea, la fantasía de formar una familia, de llegar a ser mamá o papá, de vivir el verdadero compromiso, o si lo prefiere, de volverse solo el objeto de atención de alguien más.

Pásele, pásele ¿Quiere aspirar a ser un intelectual? Se lo hacemos realidad.  Empiece a soñar con hacer una maestría en el extranjero, o en una de esas prestigiosas Universidades a las que nadie puede llegar. ¡Suéñele alto, alcance a sobrevolar sobre los demás! ¿A caso no está harto de trabajar sintiéndose una rata más del gran laboratorio social? Esta misma ilusión puede alimentar la idea de alcanzar un mejor trabajo, un aumento en el sueldo, ser investigador o tener un puesto gerencial donde está. Se creerá más preparado y además lo proyectará.

Pásele, pásele ¿Qué anda buscando, damita? Aquí yo le explico cómo está todo el acomodo. En esa sección está lo material que al obtenerlo rápidamente genera la sensación de querer algo más. Si se compra una bolsa de marca, un carro o un kilo de mangos, da igual. De este lado está lo intelectual cultural y enfrentito tiene la vanidad, donde va encontrar todo eso que se puede hacer con el cuerpo con y sin esfuerzo. Verse como una súper estrella, un modelo o una dama de la realeza; no se preocupe, entre más imposible lo crea, la ilusión más choncha estará, eso sí le va a costar más. Ya después si se sigue derecho por ese pasillo hasta el fondo, va encontrar lo místico espiritual: toda una ideología que dice que usted su alma puede sanar, que ser humano significa ser amor, que todo está dentro y que hay que reconectar. Hasta un nuevo sistema de creencias te venden, o si lo prefieres te actualizan la versión del que ya tiene. La ilusión incluye experiencias que la inflan comunidades enteras abrazándose en su dolor, llorando de verdad, siendo toda esa luz como ellos lo han de llamar.

Pásele, pásele ¿Qué le damos joven, qué le vamos a dar? ¡Cómo! Shhh, véngase para acá, no ande gritando, si usted busca… El mercado negro de la ilusión del poder… yo le digo por dónde está, pero no ande así nomás preguntando que luego un susto le van a sacar. Saliendo de esta carpa va a ver al fondo un telón negro, lo levanta poquito, y sin miedo se mete, avanza con seguridad porque luego como que no le creen y nomás le van a quitar lo que ni tiene. Ahí encuentra de todo, la ilusión del dinero fácil, las relaciones extraoficiales, el nepotismo a la sorda, las redes de redes que esconden asesinatos, lavado de dinero y hasta puestos políticos e un instante, o conectes dentro de cualquier gremio en cualquier institución social. Eso sí, hay que tener con qué comprar porque luego se nota quien anda nomás por morbo o por probar. Ah, si no va a adquirir nada cuide sus pertenencias, no le vayan a quitar un pedazo de integridad y para recuperarla pues ya ni le cuento. Buena suerte, joven. Que no pierda todo lo que es.

Pásele, pásele, también le concedemos la ilusión de volver al pasado a remediar alguna culpa, o a rejuntarse con quien nunca se debió haber separado, a sentir que dijo adiós del que nunca se despidió; la ilusión de que pasó lo que tenía que pasar, de que todo pasa por algo, de que nada es en vano, que hay un Dios que todo lo ve y que hará que paguen los que tengan que pagar.

Si no tiene una idea de lo que puede ilusionarlo aquí tiene un folleto universal sobre la vida de los otros, puede configurarlo para que sea del contexto al suyo similar, y entonces las ilusiones se vuelvan imaginariamente alcanzables. Verá cómo la gente cambia después de un viaje, de una maestría, de un ascenso, de una dieta o una operación estética, verá que todo se mueve con la ilusión de vivir cada vez mejor y más. También están los precios, pues usted paga con la profundidad de una decepción después de que la ilusión ha de pasar. Con angustia, depresión o una buena dosis de estrés y ansiedad. En el mercado negro del poder solo aceptan billetes grandes de miedo e inconmensurable paranoia. Todo el mercado está abierto durante toda la eternidad. Puede pedir un crédito pues entre más se le invierte  más hay por explorar.

Pásele, pásele. Yo también ya puse mi puesto, ando vendiendo la ilusión de que todas las ideas, los objetos y los caminos son solo ilusiones y nada más. Tampoco digo que me vengan a comprar retiros para vivir al margen, en la inacción o la holgazanería. Solo ofrezco un poco de descanso de la noción de que no tenemos nada, contemplación y sensaciones al bruto adquiridas al caminar, observar y caminar, el método de pago es una conversación de frente, viéndonos a los ojos, sin las ganas de obtener nada más.

Ah, me preguntaba usted por el amor pero es que andamos bien cortos de esa Ilusión, además todo mundo quiere pagar con monedas de soledad, melancolía o imposibilidad. Pero ahorita no tenemos amor, quizás en el pasillo de lo místico espiritual pueda usted encontrar algo de paz para reemplazar.

el imposible: la serie

todo comenzó en enero del año 2016, aunque no sé realmente qué pasó

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respira

¿desde cero? ¿qué siento que siento? ¿eso es… ?

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hola,

¿se oye como un…? el discurso es el mismo

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reset

otra vez?

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‘como un animalito’

la prehistoria de mi historia

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a rastras

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disimulo

 

los diez mandamientos para Ser

i. ser todo lo que se cree ser y creerlo

ii. sentir, ver, oler, probar, oír

iii. intuir

iv. lo que niegas y es, volverá

v. aceptar los instintos, buscar su (alegre?) transformación

vi. aceptar al otro como la confirmación y la negación del propio ser

vii. aceptar la realidad como uno de los planos de la Realidad

viii. aceptar la vida para aprenderla (aprehenderla?) a vivir

ix. aceptar el acuerdo con la vida para llegar a la muerte natural (en paz? oj alá)

x. el infinito existe

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entre uno y otro

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¿hay más?

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el riesgo

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hay más

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más

en el año más imposible de mi vida tuve que volver a empezar con todo otra vez

ahora sé que así fue

 

 

‘Everything that we know and we’re not thinking of at the moment, everything of which we were once conscious but have now forgotten, everything perceived by the senses and not noted by the mind, everything involuntary that we feel, think, remember, want and do, all future business that is taking shape and will sometime come to consciousness, all is the content of the unconscious’.
—Carl G. Jung

otra casa tomada

pa el alex

 

“La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan, por la decisión de viejos que se conocen y se odian pero no se matan”
—Erich Hartmann

 

Se lo dijo, “somos fantasmas”, lo pronunció en su lenguaje de fantasmas y a él no le molestó. Después ella repitió lo mucho que lo quería, él la vio a los ojos como diciendo que eso exactamente es lo que no hace un fantasma. Un bien asumido fantasma no pide, ni disimulada ni abiertamente, así que no le podía exigir que le dijera lo que no le decía.

Se habían encontrado en el mismo punto en el que estuvieron juntos hace años; es posible que nunca se hubiesen ido de ahí, mas ahora también su conciencia lo habitaba; después llegaron sus cuerpos, sus formas humanas que inútilmente pensaban, y se veían a los ojos. Eran desertores, participaron en guerras extranjeras y durante mucho tiempo creyeron que eso los hacía sentir vivos y pertenecer a la humanidad. Hasta que un día cualquiera de guerra comenzaron a ver los cuerpos que caían, que caían y no caían, pero que iban perdiendo lo único real: el alma. Esas guerras dejaron de tener sentido, ¿no estaban luchando exactamente por la liberación del…?

Ella se dio de baja definitivamente después de seis años de haber peleado; su mamá se le apareció en un sueño y le dijo desde el espejo que le quedaba poco tiempo: apenas y conservaba un pedacititito de alma. A pesar de que todos los días se decía a sí misma que tenía que seguir, que ya se había acostumbrado, reconoció que su madre tenía razón y volvió a casa.

El hermano no ha dicho nada acerca de su lucha ni de su regreso. Se sabe que se encontraba en un espacio muy alejado a las orillas del Universo en donde aparentemente no pasaba nada, en donde esa nada era lo que le succionaba el alma. Fue cuando emprendió su viaje de retorno y confundido dio mil vueltas hasta que escuchó la risa de su hermana, una risa que más bien le dolía, pero entonces pudo entrar por la puerta principal.

Una vez juntos la casa se hizo de espejos, reflejos distorsionados, cóncavos, convexos, y luego también esos mismos espejos hechos pedazos. Agua. Los dos ahora refugiados la pasaban trabajando a deshoras, pues la recuperación del alma necesitaba de todo el tiempo. Excavaciones profundas, tiendas de acampar alrededor de la hoguera para vigilar la entrada de invasores, levitaciones para ver el terreno, la voz de la madre el viento.

Cuando la noche acababa y el día no había comenzado la hermana suele bajar a la cueva, sumergiéndose en la arena del tiempo; ahí es donde ejecuta los jeroglíficos, permanece ahí la eternidad de un instante intentando descifrar lo que ha hecho, porque es ella y no es ella la que dibuja esos símbolos; se ha vuelto más primitiva, sus manos son de tierra firme más no sabe si fértil. Sin embargo, para un fantasma todo aquello está bien porque al menos puede sostener las herramientas para continuar trabajando.

Una mañana ella despertó antes del amanecer, se encontró con los sueños de su hermano flotando en el techo; vio ese territorio en donde él había estado, las calles heladas, solas y a oscuras; vio cómo recordaba su hermano cuando iba perdiendo el alma por entumecimiento. Él despertó, entraron los rayos del sol y ella no dijo nada ni volvió a pensar en lo que había visto, pues él podía reconocerlo.

Como ambos habían aprendido sus propias tácticas de resistencia no lograban unir fuerzas, dibujaron cada uno su estrategia en una parte del espacio. La casa se volvió una estructura que contenía objetos en movimiento, ruidos orquestándose, ni una sola voz, una coreografía a dos solos en escenarios intermitentes. Todo era dirigido, también las pausas, el cruce de las miradas para que el hermano girara hacia un lado y ella hacia otro, pequeños remolinos de tierra.

Por las noches a ella le gustaba encerrarse en una burbuja desvaneciéndose entre los muebles para observarlo. Por las mañanas él pasaba montado en una serie de nubes cúmulo dejando una brisa que asentaba la tierra.

Un tipo de camuflaje se había popularizado desde que cada uno estuvo fuera, se trataba de la conversión a fantasma, pero ninguno había podido realizarlo. Cuando ella volvió lo practicó por más de un año hasta lograrlo. Él apenas tenía unos meses ensayándolo, pero sus avances eran cada vez más rápidos. Después desarrollaron la telepatía, y aunque al principio tuvieron problemas con la transmisión por los sentimientos, pasadas unas horas de silencio continuo sucedía el ajuste automático del sistema y podían continuar conversando. La voz de ella nunca ha alcanzado la claridad, son muchas voces, su lenguaje está contado; la telepatía era lo mejor que le podía pasar para comunicarse. Él era un practicante del silencio, desde pequeño lo había dominado, pero solo por cumplir con las órdenes de aquella primera guerra en la que participó aprendió las palabras. En el discurso telepático ella le informar sus avances al hermano, él le pide que no le diga todo pero que sepa reaccionar. Ella ha visto a su hermano llegar lastimado a la guarida pero no se atreve a cruzar la línea para ayudarlo; siente que en cualquier momento terminaría diciéndole que no cree en la guerra, que no cree en ninguna guerra más que la sucede dentro de sí, muy dentro, pero ella no puede decirle que debe emprender ese viaje hacia su centro porque no sabe si él lograría sobrevivirlo. La hermana también guarda voces en una botella que lanza hacia un mar sideral, queriendo entrar en contacto con un escuadrón que se dedica a cultivar la valentía y no la violencia, que es parte de la guerra sin hacer guerra. Ella cree que el escuadrón sí existe pero no ha podido comprobarlo.

“El año en que morí no estaba mi hermano, no me hubiera dejado morir… recuerdo que atravesando el desierto del yo llegué a una colina, me senté debajo de un mezquite, me di cuenta que me había quedado sin agua; no supe qué hacer, seguí caminando, me quedé sin aire, me desnudé, me tiré en la tierra y me dejé morir. En un segundo soñé todos los sueños de mi vida. No sé cuánto tiempo pasó pero un día desperté, había llegado al mismo lugar del cual había partido pero ya estaba del otro lado”.

Ella, una bestia recién nacida fantasma se fue colando por la estructura que parecía ser la casa que había abandonado, la bestia se hizo cuerpo, muy primitiva en sus formas succionó todo aquello a lo que llamó coherencia. Pero su mirada no ha terminado de ser, se dispara hacia la luz, se pierde en el orgasmo luminoso. El jardín de esa casa fue la orilla a la cual llegó después de haber sobrevivido la eternidad del yo, ahora es un oasis donde logra mantener sus pensamientos quietos para soltarlos fuera de las palabras y que vuelen lejos.

Hay tantas guerras en este momento de la historia que es muy difícil mantener un espacio sin ser atacado. Los hermanos salen de la guarida para que no sea vulnerada por el armamento tóxico del materialismo que busca terreno fértil. En la calle ella usa su traje humano, maquillaje de gesto social, improvisa, es la armadura que confeccionó durante todos esos años antes de ser fantasma. A veces olvida que lleva esa otra forma, que debe articular respuestas con una voz, aceptar la ilusión del mundo material, decir lo correcto, sin absorberlo todo sino quiere volver a la casa infestándola de algún virus disfrazado.

Desde que eran niños el hermano aceptó el llamado a la guerra. Llegó a esa primera guerra, paredes dentro de esa primera casa. Ella emprendió la huida, él se quedó peleando, la esperó debajo del sol, ella no regresó. El hermano permaneció ahí hasta que la casa se perdió, después partió junto con la madre hacia la nueva casa dejando los gritos de esa primera guerra atrás. Cuando ella volvió no supo dónde había quedado todo, pedía las ruinas, aunque fueran las ruinas, pero era lo único que conocía. El hermano y la madre le aclararon que ya no quedaba nada, que ella debía acostumbrarse al nuevo espacio.

En la última salida que hizo ella se le presentó un augurio que la llevaría a la verdad, no a toda, solo a la necesaria en ese caso. Vio el vuelo de una parvada de cientos de pájaros blancos que daba giros creando figuras entrópicas, esculturas de libertad que después de tanto movimiento llegaron hacia otra dimensión a donde su vista ya no alcanzó. Las aves la hicieron desviarse hacia el laberinto que una vez al año se yergue en la plaza al centro del Universo, caminó hasta el final de un callejón sin salida, volvió y se fue por otro lado, perdiéndose hasta encontrarse con la develación que había pedido (que ya había olvidado que había pedido). El canto de una fuente de voces muy tiernas hablaban sobre la naturaleza de su encuentro como hermanos fantasmas, con los sonidos de la guerra a la par de los golpes del cincel sobre la piedra, la melodía formaba una espiral sostenida en el espacio. La fuente se apagó, el sol salió de entre las nubes para mostrarle el rumbo fuera del laberinto. El camino cielo se fue del naranja al rosa y después al violeta, mientras del otro lado el gran ojo blanco iba levantándose en lo alto. Llegó a casa. Antes de entrar al lugar de los silencios ocultos, pasó a saludar al olivo en el jardín, se confesó con él, le dijo que ya había escuchado a la fuente de la verdad de ese momento, que supo que tenía que seguir apostándole a la imaginación, a la fantasía, a la irrealidad. El olivo se comenzó a reír con el aire, le dijo que eso era obvio, le preguntó qué le iba a decir a su hermano, ella dijo que nada, que esta vez se esforzaría por ni siquiera hablarle con su silencio, él olivo no pudo más que desearle suerte.

Ella entró a casa vio a su hermano interpretando un baile alrededor de la hoguera invisible de su fuego, impulsivamente ella cantó para acompañarlo, él se detuvo, ella se calló, llegó el verdadero silencio, la inmovilidad, se apagó la hoguera, se detuvo el tiempo, se abrió el techo y cayeron las estrellas. Los hermanos se sentaron juntos a observar el cielo, de adentro hacia fuera, espejo que refleja a otro espejo que refleja un destello y otro destello desde la oscuridad en lo más hondo hasta la velocidad de la luz, desde el instante hasta el infinito, todo, mientras el ojo blanco observaba el juego sonriendo.

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