Continuación de ideas dispersas sobre tres novelas de César Aira

La realidad es una gran coincidencia.— C. A.

El mito que se ha creado alrededor del escritor César Aira (1949) comienza con los más de cien libros que el autor ha publicado. En su mayoría son novelas cortas a las cuales se les cataloga de “buena o mala”, en esa necesidad de clasificarlo aún con la más ambigua de las etiquetas en donde se anuncia un desconcierto generalizado ante lo que el autor está presentando con su narrativa: ejercicios de ficción de gran imaginería y arrebatada innovación, en donde la confusión pareciera residir en la pregunta “¿Para qué aparece una novelita más, casi idéntica y sumamente distinta de las otras noventa y tantas?”

Si estás dispuesto a entrarle al juego César Aira —a leer cada uno de sus libros— descubrirás el camino de uno de los fenómenos de la literatura contemporánea que está ocurriendo en esta época. Tanto así que es imposible distinguirlo, tanto así que el efecto causado en el lector suele ser el del rechazo a la lectura de sus subsecuentes novelas, un  hartazgo sembrado por no entender el experimento literario, aunque cada peldaño conste de unas escasas cien páginas.

Fue hasta la publicación del ensayo Continuación de ideas diversas en donde el escritor argentino realiza un manifiesto sobre su forma de pensar y escribir, planteando algunas reflexiones sobre las lecturas que ha hecho a lo largo de su vida en un lenguaje puntual y erudito, cuando termina por ser “acogido por los intelectuales”, en lo que podría inferirse: finalmente está hablando nuestro lenguaje, saliendo del clóset de su esnobismo y uniéndose a nosotros. Pues justo después de la circulación de este ensayo, aparecieron reseñas en las cuales —por fin— todas coinciden: “César Aira, proyecto interminable”, de Nora Catelli en El País; “(Breve) Introducción al método César Aira”, de Christopher Domínguez en su columna del Universal, o “¿Es César Aira mejor ensayista que novelista?” de Jorge Carrión, en New York Times en español.

¿Es necesario encasillar a la metamorfosis César Aira cuando continúa transformándose? Si críticos como Christopher Domínguez postulan que el escritor da el brinco de la lectura de las tiras cómicas a Borges, muchos lectores de esta generación hicimos lo mismo alcanzando las novelas de César Aira: nos fuimos desde Los Simpson (y una infinitud de fenómenos literarios y audiovisuales) a la continuidad pero de las novelas del originario de Coronel Pringles.

En mi caso cuando leí a César Aira por primera vez fue con El mármol, una novela que me desbocó la lectura desenfrenada, liberándome de otra necesidad más que la de leer la historia, renovando mi capacidad de sorprenderme. Es cierto que mi introducción al mundo de la literatura no devino de una familia de intelectuales, ni del estudio de letras clásicas, y más bien fue como la parada accidental y tardía en un puerto donde he terminado quemando las naves (para bien o para mal). Por lo que más que sentirme segura ante lo que puedan estipular los críticos literarios de lo que está haciendo César Aira, una lectora como yo se siente amenazada ante el muro de las categorizaciones. (No por nada estoy intentando ensayar una serie de ideas para un autor que no lo necesita, y quizás sí para una serie de lectores “incultos”, que estamos atestiguando la experimentación surgida de la voz airada). En las siguientes páginas describiré algunos de los rasgos de tres de sus novelas, que me renovaron el placer de la lectura a la par de sorprenderme, para materializar los delirantes efectos ocasionados por el registro de César Aira en dichas ficciones.

Al inicio de El mármol el protagonista-narrador describe sus genitales, piernas y muslos, una imagen que funciona como recordatorio de la aventura recientemente vivida dentro del supermercado chino, al cual acudió para comprar algunas cosas, y al momento de pagar, el total resultó en una cifra de centésimas de centavos. El chino que lo atendió le comunica en su “incipiente español” la falta de cambio, con lo que se sobreentiende, el protagonista debe elegir algunas de las baratijas exhibidas en caja, cada una de estas naderías funcionarán para resolver las complicaciones que se presentarán en el curso de los acontecimientos de la historia.

Para comenzar (y nunca terminar) con Aira, creo que lo más importante del trabajo de un escritor es el efecto que ocasiona en el lector. En El mármol el autor realiza un dominio magistral de las asociaciones creando una historia circular, en donde antes del cierre el lector es testigo de una escena comparable a la de una película futurista, ya que la narración sugiere una teoría de cuerdas tejida para la imaginación. Hacia el final de la fábula hay un regreso al cuerpo, intuyéndose que la parafernalia sucedió, más bien, al interior del mismo autor: “Y como mi brújula en el laberinto de los hechos, desde mi entrada al mundo de los supermercados chinos, había sido realidad, también en esta ocasión transformé la intuición en una apreciación realista de lo que está pasando.” (130, LBE, 2011). En esta novela se evidencia el vaivén entre la realidad y la fantasía; Aira se revienta y arrasa con el contexto, se desborda para dirigir el regreso a la contención, nuevamente sucumbe a la ruptura y vuelve a erigirse en la claridad de las explicaciones a cada cosa que sucede: causa y efecto. Por lo que la (inventada) fórmula para dicha narración pudiera quedar algo así:

Imagen del personaje en escena — “Cuando me bajé los pantalones incliné la cabeza y miré mis piernas, los genitales, los muslos, un conjunto tridimensional, sólido, algo levantado por presión de la superficie sobre la que estaba sentado. La visión tuvo algo de sorpresa, de gratificación.” (7, LBE, 2011)

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Reflexión y manifiesto de la teoría del personaje-narrador — “Fue como volver, inesperadamente, de lo abstracto a lo concreto, de lo exótico e inexplicable a lo más íntimo y cotidiano, y darse cuenta de que por lejos que vaya el pensamiento el cuerpo y sus atributos siguen ahí, donde estuvieron siempre.” (13, LBE, 2011)

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Acción que descompone lo real llevándolo a la reflexión de lo surreal  — “Tardé un momento en entender, pero no mucho porque ya me había pasado antes, y es parte del nuevo folklore que ha florecido al impulso de las dificultades que enfrenta el comercio minorista con la cuestión del cambio: se completan las pequeñas cantidades residuales con artículos de bajo precio.” (17, LBE, 2011)

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Meta-metaliteratura (reflexiones del autor disfrazado como narrador) que funcionan como red o puentes para hilar (y reactivar el pensamiento) — “(El verbo “redondear”, por lo visto, no figuraba en el vocabulario de este chino.)” (23, LBE, 2011)

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Acción narrativAira — “Metió la mano en una lata que tenía atrás de la caja y sacó un puñado de bolitas blancas. Ahí recordé: eran los glóbulos de mármol, con lo que terminaban de completar los restos de vuelto en los supermercados chinos.” (24, LBE, 2011). “Esa, y no otra, era la asociación con el mármol que yo había hecho.” (25, LBE, 2011).

Sobresale el carácter meticuloso con el cual te adentra hacia la divagación y a la profundización de la espiral de cualquier cuestionamiento, propiciando su transformación, hasta fragmentarlo en las partículas subatómicas de una teoría totalizadora, que en este caso pudiera ser un discurso sobre lo material y lo inmaterial, el cual además es narrado con ciertas aliteraciones creando un ritmo cadencioso. La gran conclusión, o el “aprendizaje” en esta novela, es que lo surreal vuelve palpable a la misma realidad, la lógica del absurdo y del breve instante, en donde todo puede ser literatura y tomar toda forma literaria, dependiendo de quién la cuente. Lo anterior provoca en el lector un impulso que lo lleva a su propia digresión sobre el tema, a su imaginación creando la historia con los detalles, y de vuelta hacia donde el autor lo está encaminando con sus ideas. O rechazo, rechazo, rechazo, del tipo: ¿qué me está queriendo decir con una historia así? ¿Se quiere reír de mí? ¿O conmigo?

Para cada novela de Aira pudiera haber una fórmula distinta, las intensidades en su narración, como las llamaría Gilles Deleuze, están a varios niveles. La fórmula es él mismo. El oficio de César Aira dentro de la novela es un método regido por la improvisación, su fuente de luz asocia lo indisociable y le permite cualquier autonomía en los hechos. Como si tuviera la imaginación de un niño súper dotado en matemáticas del lenguaje y lógica. El escritor argentino lo ha estipulado: el protagonista-narrador no tiene idea de lo que va a pasar hasta que está sucediendo. Aira no le tiene miedo a llevar el acto de la invención hasta aventarlo (aventarse) por el borde, a permitir el descarrío que lo dispara hacia la lucidez del absurdo, o a la claridad de sus pensamientos, porque siempre está a la caza de lo nuevo: “(…) en la literatura también voy al efecto, y me son indiferentes las apreciaciones sobre la calidad de la escritura. (Aun siendo un resultado mecánico, el efecto una vez producido es un fenómeno complejo, que depende de mil calidades sutilmente interconectadas.)” (12, Ediciones UDP, 2014).

El protagonista siempre es él, él como una princesa que viste de crinolina y vive en un castillo, él como César Aira después de haber cumplido los 50 años de edad pensando en la luna, él haciendo sus compras en el supermercado chino y sin poder concretar la cantidad exacta a pagar. Su presencia de autor-narrador-protagonista te introduce en todas las dimensiones narrativas, a la misma narración, a la metanarración y a la meta-metanarración, aunque en el ensayo Continuación de ideas diversas describe: “Deploro la “metaliteratura”, siempre sentí que era una traición a lo más vital de la literatura, a su apelación a lectores no literatos…” (17, Ediciones UDP, 2014). E inmediatamente, al final de ese mismo párrafo, asegura: “Es cierto que la muy buena literatura, aun cuando juegue para su propia clientela, “literaturiza” al lector menos literario.” (Ibídem).

Lo que pasa con Aira es que cada novela está tan viva que aunque pareciera que su estilo va alcanzando alguna madurez, la que se concreta “con el paso del tiempo”, en realidad se va rejuveneciendo, ya que abiertamente busca la novedad, imposibilitando al lector hacer una verdadera comparación. El escritor le cede el control a la narración misma, orquestando las olas que van surgiendo y haciendo que fluyan a lo largo de la narración. Un as tras otro as sacado de la manga de su pluma.

En La Princesa Primavera, una novela anterior a El mármol, hay una mayor cautela en el artilugio de las conexiones, sin por ello ser menor, sólo distinta, en donde el simbolismo es más obvio. Aira toma el personaje de un cuento de hadas y lo ubica en una batalla utilizando símbolos como personajes, o personajes como símbolos, cuya  “ancla a la realidad” son detalles verosímiles que aguardan dichos personajes. En esta novela para que el personaje de la princesa pueda mantener los gastos del castillo, trabaja traduciendo libros de tipo best-seller, por lo que antes de comenzar con la acción del enfrentamiento, esboza una disertación sobre el acto de traducir haciendo una crítica a las novelas comerciales: (La princesa) “Tenía horror a la chapucería, aunque bien habría podido sospechar que eso no le importaba a nadie, dado el tipo de literatura barata y comercializada que pasaba por sus manos.” (12-13, ERA, 2003); “Se había hecho fama de traductora ‘de lujo’, y le importaba no desmentirla, aún con un producto de segunda.” (13, ERA, 2003); “Aquí el pensamiento que sostenía lo escrito era visible a simple vista, como que era programáticamente el pensamiento común de todo el mundo. En cierto modo era como si ya estuvieran traducidas.” (18, ERA, 2003). Después de dicha disertación, el autor rescata al público de estas historias describiendo: “A veces fantaseaba sobre la identidad y psicología de los lectores de esas novelas. En cierto sentido, eran ellos los que mostraban un amor más sincero por la lectura, ya que los que leían clásicos o buena literatura tenían en general un propósito ulterior, por ejemplo el de escribir o ser profesores o críticos o en todo caso gente culta.” (19, ERA, 2003). La princesa abandonará sus divagaciones para defender el castillo del ataque del General Invierno, quien se presenta por primera vez en la historia con un mensaje de luces que sólo la princesa puede traducir:“Te llegó la hora, putita. Estás perdida.” (33, ERA); en donde no puedes más que soltar la carcajada (si tienes el sentido del humor para ello). Porque el humor es otro de los elementos en la narrativa de Aira, que se muestra con las características de los personajes, con los diálogos entre ellos, y en las reflexiones que el narrador o los mismos personajes plantean. El final en La Princesa Primavera es una escena increíble y totalizadora, es el absurdo que se mantiene como una constante, pasando de la surrealidad a la normalidad para concluir en la belleza. Durante muchos años el escritor César Aira fue traductor, y esto lo llevó a tomar una doble conciencia en el acto de leer: “Lo que más extraño no son las facilidades del oficio sino sus dificultades, esas perplejidades puntuales que despertaban mi pensamiento por lo común adormecido.” (9, Ediciones UDP, 2014). Es también la razón por la cual dibuja perfectamente las reflexiones de la princesa en torno al oficio de traducir.

Una constatación de la complejidad que se va trenzando en cada novela de César Aira reside en que ni siquiera es posible recordar con exactitud lo que cuenta en las escasas cien páginas: la divagación de sus ideas y sus ramificaciones alteran de tal forma el curso del trayecto, que te pierdes en lo otro, en aquello que sugiere, el lector no sabe si lo que leyó se trataba de una princesa que terminó por defender el castillo en contra de un general, o si más bien era una acertada crítica hacia las novelas comerciales, porque la misma princesita funciona para ambas cuestiones.

La libertad de Aira le proporciona las licencias para combinar lo que vaya creando su mente y mostrarlo con destreza. El lector que no cede al airado juego y tiende a la resistencia, aunque haya pasado por apenas cien páginas, sucumbe al cansancio. Dejarse llevar es sentirse enfrentado y hasta timado, porque el autor te recuerda que estás siento testigo de una ficción, donde la viveza de la historia reside con la invocación de las líneas subsecuentes, posicionándote dentro de una resortera que jala para extraerte de la realidad aventándote a la imaginación, para después tomarte de la mano y devolverte. Porque es posible que sea también lo que el autor está experimentando con el acto de narrar, por lo cual terminas siendo el espectador de su mecanismo creativo en movimiento: “En la literatura sobre todo, lo bueno se identifica con lo nuevo; creo que en mis momentos más lúcidos yo no quería tanto escribir algo bueno como escribir algo nuevo, algo que nunca se hubiera escrito antes.” (60, ERA, 2012).

En Cumpleaños el autor deja atrás la internación hacia lo surreal para alcanzar una honestidad consigo mismo que plantea a modo de novela, se trata de una serie confesiones o meditaciones, ya que el tono de dichos pensamientos es de un tinte puro, informal, bromista al mismo tiempo que melancólico: “Por algún motivo, siempre viví rodeado de pedantes, sabelotodos, charlatanes, siempre dispuestos a darme lecciones; mi silencio rencoroso frente a ellos preservaba mi integridad mental, pero me obligaba a no creer nada de lo que oía.” (26, ERA, 2012).

La narración abre con una anécdota sobre el recuerdo de una conversación que el escritor tuvo con su esposa, en donde comprobó que ignoraba el que la luna estuviese iluminada por el reflejo del sol. Sea o no cierto, el pretexto funciona para cuestionar su conocimiento adquirido y las creencias reunidas a lo largo de su vida, realizando una serie de asociaciones que devienen enlazando las propiedades de: cumpleaños, ciclo, luna, existencia, cuestionamiento: “Un joven todavía tiene que empezar a vivir. Puede haber tenido todas las ideas, pero le falta revisarlas, corregirlas, invertirlas. Es para eso que necesita todos los años y las décadas que siguen.” (74, ERA, 2012).

En Cumpleaños el escritor se despoja de la máscara de la ficción para aproximarse a los pequeños “vacíos existenciales”, encontrándose con la decepción de ser él mismo, aceptando su muy particular estilo de escribir para distinguirse (porque según sus palabras no hubiese tenido ningún reconocimiento de no haberlo hecho así), hasta llegar a una de las revelaciones más solemnes, pero en una airada entonación que es la de la dificultad que le produce estar vivo: “Muchas veces me he preguntado en qué ocupa su tiempo la gente normal, cuando a mí el trabajo de seguir con vida me ocupa hasta el último minuto, y apenas si me alcanza.” (26, ERA, 2012). Una de las conclusiones que va esbozando es que no ha logrado vivir porque ha estado ocupado en lo otro, en la búsqueda del conocimiento, que terminó por ser cuestionado o insuficiente: “toda mi vida busqué el conocimiento, pero lo busqué fuera del tiempo, y el tiempo se tomó venganza sucediendo en otra parte.” (82, ERA, 2012). En Cumpleaños el personaje-narrador-mito revela su derrota, el hombre que piensa que la vida se fue con la juventud y la energía que allí residía, que termina conformándose con lo que es.

Finalmente, lo que todo escritor, poeta, filósofo o artista va descubriendo en el ejercicio de su oficio es el acuerdo que realiza con el infinito, con la capacidad de adentrarse en un tema, en un universo y en una forma de vivir, que reside en la vastedad de la imaginación para traducirlo en una realidad, del cielo o del infierno en la Tierra. Tomarse el riesgo de clavarse hasta el fondo, ahondando en lo imperceptible, para luego aspirar hacia las posibles dimensiones hacia fuera, divagando por la eternidad y el misterio del espacio.

Las narraciones de Aira contienen ecos de un modo borgeano pero llevados a la modernización y sin acudir, más que de pronto, a la historia de la literatura, y que más bien buscan interconectar esa realidad que se está mostrando, ya que cualquier detalle mencionado queda como cabo suelto para posteriormente ser vinculado. Borges lo hacía en sus cuentos, y más bien buscando la totalidad de un universo al acercarse apaciblemente al punto final. Mientras que Aira está en una operación constante de novela tras novela, mundo tras mundo, delirio tras delirio, ideas que reverberan y fecundan más ideas, esbozando una imaginería llena de verdad, donde la lucidez produce una alucinación, o al revés, una surrealidad transformándose en realidad, en donde la clasificación parece ser resultado del hartazgo producido a priori del fenómeno que está surgiendo, que limita lo que nadie puede alcanzar, ni con la lectura de lo que el escritor argentino está  anunciando, porque nadie puede mantenerle el paso ni reconocer en este momento el universo airado que se está fundando.

Bibliografía
Aira, César (2014) Continuación de ideas diversas. Ediciones Universidad Diego Portales. Chile: 1ª edición.
Aira, César (2011) El mármol. La Bestia Equilátera. Buenos Aires: 1ª edición.
Aira, César (2003) La princesa primavera. Ediciones Era. México: 1ª edición.
Aira, César (2012) Cumpleaños. Ediciones Era. México: 1ª edición.

NOTA I: Este ensayo se publicó en la última revista Tierra Adentro, en su versión impresa. Sin embargo, dicha edición, la 232, que correspondió a Enero-Febrero 2019, no tuvo una versión en línea; por esta razón hago la publicación del texto en este (mi humilde) portal. Para quienes estén interesadas e interesados en leer a César Aira, y porque realmente lo disfruté mucho en las novelas que cito.

NOTA II: También, quiero aprovechar y agradecer al Seba (Sebastián Gómez-Matus), ávido lector, y poeta, que me introdujo a César Aira.

NOTA III: Y, finalmente, compartir que el ensayo nació a raíz de un “reto” al que me alentó Heriberto Yépez, quien, a manera de broma o medio en serio, daba a entender que César Aira no era para tanto, mientras yo le aseguraba que sí, entonces me invitaba a escribir algo “en forma” al respecto. Y así fue como nació el impulso por escribir sobre él (sobre algunas de las novelas de Aira, más bien).

Veinte cartas pidiendo perdón y una real y verdadera

Querido Eduardo:

Te escribo desde mi blog para realizar una disculpa pública. Tal cual como lo hice cuando escribí sobre ti, sobre nosotros, justo en el momento que sucedía el #MeTooEscritores. “Pinche Lucía ¿Otra vez? ¿Por qué sigues haciéndolo todo público?”, puedo imaginar que esta sería tu reacción. Pero pensé que, primero, si cuando hablé de ti, de nuestra relación, lo hice públicamente ¿Por qué lo haría después en secretito? Y, antes, si desde el principio, cuando me conociste, leías mi blog, y me comentabas sobre lo que escribía que era sobre lo que estaba viviendo, sabiendo perfectamente que es algo que hago, o hacía, o estoy volviendo a hacer ¿Por qué te sorprendería? Odio la censura. Al final, tú sabes, perfectamente, lo que pienso, que cuando se habla de los otros hablas más de ti mismo o de ti misma, más que del otro.

            La última vez que quise disculparme por correo contigo por pelear públicamente, por poner tu nombre y tratar de hacerte el culpable de mis fracasos o angustia, fallé porque no lo sentía. Supongo que también así te puedes sentir superior, disculpándote así nada más, pero porque sabes que eso lo más civilizado que puedes hacer. Lo más maduro, compasivo y humano. Sobretodo si sabes usar las palabras.

            En fin, ahora sí lo siento. Y, de verdad, lo siento Eduardo. Y es que tanto que quiero insistir que todo es un mismo tiempo, que no hay presente, pasado ni futuro, pues ahorita que te escribo siento el pasado y el presente. Ahora no te odio y, de hecho, te recuerdo con gusto.

            Sabrás por el tiempo que estuvimos juntos, por lo que me conociste, que he estado muy sola, aislada, que así lo he querido y que no lo disfruto del todo. Que estoy cien por ciento segura de que me busqué estar en esta situación y, de pronto, esto extraño de ti. Con todo y que eres mucho más social, aparentemente, en esto había una identificación. Pero esta no es una carta de amor, ni de melancolía ni de extrañamiento. Es pedirte perdón de la manera más sincera que ahora sí puedo, y también reconocerte eso que no podía: me ayudaste. Y mucho.

En este último año me convertí en correctora de estilo (sé que no es gran cosa), pero con ello he ganado dinero, no suficiente, obviamente, pero cuando nos conocimos yo estaba aterrada, definitivamente mucho más aislada, deprimida y muy emputada. No conociste una versión tan fácil de mí y, sin embargo, creo que la atracción, de alguna forma, también fue por esto. Por lo que estabas pasando, por lo que sentías; mi enojo, mi tristeza, mi aislamiento, te parecían coherentes. Ahora me siento más segura de mí.

            Lo otro es que todos los días desayuno lo que desayunaba en tu casa. Son pendejadas, dirás. Detalles estúpidos, digo yo. Pero me voy dando cuenta de esto que negaba. Para comenzar, volví, una vez más, a la Ciudad de México, algo que tanto quería y no tenía el valor para hacerlo, empecé a trabajar por mi cuenta, y también terminé por quitarle tanta importancia a esto del círculo literario. Nuestras ganas de que funcionara la relación, con lo tercos (¿e idealistas?) que somos los dos, y con todos nuestras aprehensiones (y traumas), nos llevó a estar constantemente en guerra. Pero me ayudaste, me apoyaste y me diste lo que pudiste. Además, siendo sincera no es como que en tu vida te la pasas siempre chingón. Te confundes, te sientes inseguro, eres vulnerable, eres contradictorio, ya te conocí, algo, o un poco, y sé que eres un ser humano. Y hoy acepto que lo que terminó por darme muchísimo coraje fue que me di cuenta, pero insistí en hacerme tonta y en jugar en que pasara lo que pasara nadie iba a salir lastimado. Sabía que tenía que abandonar la relación y hacer las cosas sola. Buscarle. Todo eso. Pero quería que tú lo resolvieras todo, insistía en ello y, además, te hacía sentir que no esperaba nada, cuando quería todo.

Y, bueno, lo que desbordó el vaso de rabia fue que explotó el movimiento del #MeToo y me uní. Desde el fondo de mi ser creo en toda expresión que pueda haber en cualquier persona, sin embargo, no creo que sea duradera toda expresión. A veces es el comienzo, o el final, o el punto intermedio. Son como aires, como vientos, a veces creando huracanes, a veces te dejan helada. A veces, vuelas. Yo también soy mujer y también me sentí muy frustrada, enojada, invisibilizada. Por ti como un fantasma de todos los hombres. Por todos los hombres. Y por la idea del ser hombre. O del “todos los hombres”. Porque yo no soy esa mujer de todas puedo y no tengo ni idea cómo empezar a serlo. Luego entendí que, desde que te das cuenta, debes enfrentar lo que estás viviendo y no aumentar el cargamento y mejorar la estrategia del ataque. No entiendo esta puta guerra de sexos. Y sí la entiendo. Porque también sentí poder cuando dije mi versión de nuestra historia sabiendo que tú no lo ibas a hacer. Y pensé en qué pasaría si siempre existe la posibilidad de decir (o hacer real) tu parte y ganar algo con ello: una sensación de libertad, por lo menos. Y eso es lo que le pasa a ustedes los hombres. No siempre. Porque también están sujetos a esos otros hombres que son más gandayas y crueles. Sobretodo, creo que la guerra es entre todos y todas, entre todas y todas, entre todos y todos, entre tanto maldito malentendido, y el miedo que tenemos a escucharnos. A darnos el tiempo de sentirnos, pero de verdad.

            Así que ahora sí me disculpo porque quise usar mi poder, pequeñito, diminuto, lo sé, pero lo hice para hacerte sentir menos y “ganar”. Gané más puntos a esta estúpida soledad. Dizque sometiéndote me sometí más a la ignorancia de lo que puedo ser. Porque sí se pierde mucha libertad en el dizque poder. Entonces entiendo que las cosas no estén de mi lado, porque pudiendo escoger las palabras para crear algo bello quise usarlas para deshacer cualquier posibilidad de algo.

Lo siento, Eduardo Emiliano.

Eres mucho más de lo que yo quise hacer de ti al no querer aceptar que (te) entiendo.

Atentamente,

Lucía María

Viaje a Ixtlán: citas

He leído tres libros de Carlos Castaneda: Las enseñanzas de Don Juan, El arte de ensoñar y Viaje a Ixtlán, en este orden. Con los primeros dos pensé: entiendo de qué va Castaneda, pero no es para mí. Con el tercero sentí, finalmente, la maestría de estos relatos. Y, como, creo, el libro, Viaje a Ixtlán, habla por sí mismo sin necesidad de ninguna otra explicación, o descripción, o narración, me dediqué a reescribir las citas que más me intrigaron de sus páginas. Un poco para que las palabras, verdaderamente, quedaran impregnadas en mi cuerpo, y otro más para compartir lo que sentí como un encuentro real con la descripción del viaje de un guerrero.

Completé trece páginas en un documento de word, a renglón sencillo, Times New Roman 12, solo con las citas que llamaron mi atención. Hubo una, en específico, que me voló la cabeza y es la única que dejo en mayúsculas, pero las mayúsculas son mías.

Por lo que, a quien le interese lo dejó por aquí mi selección.

Viaje al Ixtlán: lo que subrayé

PRIMERA PARTE: PARAR EL MUNDO

I. LAS REAFIRMACIONES DEL MUNDO QUE NOS RODEA

—Uno puede recibir acuerdos de todo lo que lo rodea. (29)

II. BORRAR LA HISTORIA PERSONAL

—Vale más borrar toda historia personal, por eso nos libera de la carga de los pensamientos ajenos. (35)

—No tomes las cosas por hechas. Debes empezar a borrarte. (37)

—Lo malo es que, una vez que te conocen, te dan por hecho, y desde ese momento no puedes ya romper el lazo de sus pensamientos. A mí en lo personal me gusta la libertad ilimitada de ser desconocido. (38)

—Cuando uno no tiene historia personal, nada de lo que dice puede tomarse como una mentira. Tu problema es que tienes que explicarle todo a todos, por obligación, y al mismo tiempo quieres conservar la frescura, la novedad de lo que haces. (39)

—[…] o tomamos todo por cierto, o no. (39)

III. PERDER LA IMPORTANCIA

[…] me enseñó una forma correcta de andar. Dijo que yo debía curvar suavemente los dedos mientras caminaba, para conservar la atención en el camino y los alrededores. Aseveró que mi forma ordinaria de andar debilitaba, y que nunca había que llevar nada en las manos. De ser necesario, debía usar una mochila o cualquier clase de red portadora o bolsa para los hombros. Su idea era que, obligando a las manos a adoptar una posición específica, uno era capaz de mayor energía y mayor lucidez. (42)

—Los cuervos que vuelan o graznan no son nunca un acuerdo. ¡Eso fue una señal! (43)

—Te tomas demasiado en serio. Te das demasiada importancia. ¡Eso hay que cambiarlo! Te sientes de lo más importante, y eso te da pretexto para molestarte con todo. Eres tan importante que puedes marcharte así nomás si las cosas no salen a tu modo. Sin duda piensas que con eso demuestras tener carácter. ¡Eres débil y arrogante! (45)

—El mundo que nos rodea es muy misterioso. No entrega fácilmente sus secretos. (47)

—Mientras te sientas lo más importante del mundo, no puedes apreciar en verdad el mundo que te rodea. (47)

—Y los hombres no son mejores que ninguna otra cosa. Si una plantita es generosa con nosotros, debemos darle las gracias, o quizá no nos deje ir. (50)

IV. LA MUERTE COMO CONSEJERA

—¿Cómo puede darse tanta importancia sabiendo que la muerte nos está acechando? (62)

—Cuando estés impaciente lo que debes hacer es voltear a la izquierda y pedir consejo a tu muerte. Una inmensa cantidad de mezquindad se pierde con solo que tu muerte te haga un gesto, o alcances a echarle un vistazo, o nada más con que tengas la sensación de que tu compañera está allí vigilándote. (62)

—La muerte es la única consejera sabia que tenemos. Cada vez que sientas, como siempre lo haces, que todo te está saliendo mal y que están a punto de ser aniquilado, vuélvete hacia tu muerte y pregúntale si es cierto. Tu muerte te dirá que te equivocas; que nada importa en realidad más que su toque. Tu muerte te dirá: Todavía no te he tocado. (63)

—Uno de nosotros tiene que pedir un consejo a la muerte y dejar la pinche mezquindad de los hombres que viven sus vidas como si la muerte nunca los fuera a tocar. (63)

V. HACERSE RESPONSABLE

—Digamos que yo conozco toda clase de cosas porque no tengo historia personal, y porque no me siento más importante que ninguna otra cosa, y porque mi muerte está sentada aquí conmigo. (66)

—Cuando un hombre decide hacer algo, debe ir hasta el fin, pero debe aceptar responsabilidad por lo que hace. Haga lo que haga, primero debe saber por qué lo hace, y luego seguir adelante con sus acciones sin tener dudas ni remordimientos acerca de ellas. (69)

—Yo no tengo duda ni remordimiento. Todo cuanto hago es mi decisión y mi responsabilidad. La cosa más simple que haga, llevarte a caminar en el desierto, por ejemplo, puede muy bien significar mi muerte. La muerte me acecha. Si tengo que morir como resultado de sacarte a caminar, entonces debo morir. (69)

—No hay tiempo para lamentos y dudas. Solo hay tiempo para decisiones. (70)

—Cuando te enojas siempre te crees en lo justo, ¿verdad? (72)

VI. VOLVERSE CAZADOR

—Nadie puede decirte lo que debes sentir. (85)

—Dijo que yo alcahueteaba para otros. Que no planeaba mis propias batallas, sino las batallas de unos desconocidos. Que no me interesaba aprender de plantas ni de cacería ni de nada. Y que su mundo de actos, sentimientos, y decisiones precisas era infinitamente más efectivo que la torpe idiotez que yo llamaba mi vida. (92)

VII. SER INACCESIBLE

—¿Por qué debería ser el mundo solo como tú crees que es? ¿Quién te dio la autoridad para decir eso? (95)

—[…] si vivieras aquí en el desierto sabrías que durante el crepúsculo el viento se transforma en poder. (102)

—Debes ponerte fuera del alcance. Debes rescatarte de en medio del camino. (104)

—Ésta es la ocasión en que debes olvidar tu idea de ser muy importante. (105)

—Ser inaccesible significa tocar lo menos posible el mundo que te rodea. (107)

—No usas ni exprimes a la gente hasta dejarla en nada, y menos a la gente que amas. (107)

—Ponerse fuera del alcance significa que evitas agotarte a ti mismo y a los otros. Significa que no estás hambriento y desesperado, como el pobre hijo de puta que  siente que no volverá a comer y devora toda la comida que puede. (107)

—Un cazador sabe que atraerá caza a sus trampas una y otra vez, así que no se preocupa. Preocuparse es ponerse al alcance, sin quererlo. Y una vez que te preocupas, te agarras a cualquier cosa por desesperación; y una vez que te aferras, forzosamente te agotas o agotas a la cosa o la persona de la que estás agarrado. (108)

—Es inaccesible porque no exprime ni deforma su mundo. Lo toca levemente, se queda cuando necesita quedarse, y luego se aleja raudo, casi sin dejar señal alguna. (108)

VIII. ROMPER LAS RUTINAS DE LA VIDA

—Un cazador digno de serlo no captura animales porque pone trampas, ni porque conoce las rutinas de su presa, sino porque él mismo no tiene rutinas. Ésa es su ventaja. […] es libre, fluido, imprevisible. (114)

—Todos nosotros nos portamos como la presa que perseguimos. Eso, por supuesto, nos hace ser la presa de algún otro. (115)

IX. LA ÚLTIMA BATALLA SOBRE LA TIERRA

—Por desdicha, los cambios son difíciles y ocurren muy despacio; a veces un hombre tarda años en convencerse de la necesidad de cambiar. Creo que para mí lo más difícil fue querer realmente cambiar. (119)

—Siempre te sientes obligado a explicar tus actos, como si fueras el único hombre que se equivoca en la tierra. Es tu viejo sentimiento de importancia. Tienes demasiada; también tienes demasiada historia personal. Por otra parte, no te haces responsable de tus actos; no usas tu muerte como consejera y, sobre todo, eres demasiado accesible. (121)

—No estamos hablando de lo mismo. Para ti el mundo es extraño porque cuando no te aburre estás enemistado con él. Para mí el mundo es extraño porque es estupendo, pavoroso, misterioso, impenetrable; mi interés ha sido convencerte de que debes hacerte responsable por estar aquí, en este maravilloso mundo, en este maravilloso desierto, en este maravilloso tiempo. Quise convencerte de que debes aprender a hacer que cada acto cuente, pues vas a estar aquí un corto rato, de hecho, muy corto para presenciar todas las maravillas que existen. (122)

—Esto, lo que estás haciendo ahora, puede ser tu último acto sobre la tierra. (123)

—El cambio del que hablo nunca sucede por grados; ocurre de golpe. Y tú no te estás preparando para ese acto repentino que producirá un cambio total. (124)

—No has cambiado en nada. Por eso crees estar cambiando poco a poco. Pero a lo mejor un día de éstos te sorprendes cambiando de repente y sin una sola advertencia. (124)

—Hay algunas personas que tienen mucho cuidado con la naturaleza de sus actos. Su felicidad es actuar con el conocimiento pleno de que no tienen tiempo; así, sus actos tienen un poder peculiar; sus actos tiene un sentido de… poder. (125)

—Hay una extraña felicidad ardiente en actuar con el pleno conocimiento de que lo que uno está haciendo puede muy bien ser su último acto sobre la tierra. (125)

—No tienes tiempo. Ésa es la desgracia de los seres humanos. (126)

—Pon tu atención en el lazo que te une con tu muerte, sin remordimiento ni tristeza ni preocupación. Por tu atención en el hecho de que no tienes tiempo, y deja que tus actos fluyan de acuerdo con eso. Que cada uno de tus actos sea tu última batalla sobre la tierra. (127)

—Si vas a morir no hay tiempo para la timidez, sencillamente porque la timidez te hace agarrarte de algo que solo existe en tus pensamientos. Te apacigua mientras todo está en calma, pero luego el mundo de pavor y misterio abre la boca para ti, como la abrirá para cada uno de nosotros, y entonces te da cuenta de que tus caminos seguros nada tenían de seguro. (127)

—La llamo batalla porque es una lucha. La mayoría de la gente pasa de acto a acto sin luchar ni pensar. (127)

—Un cazador da a su última batalla el respeto que merece. Es natural que su último acto sobre la tierra sea lo mejor de sí mismo. (128)

—Las fuerzas que guían a los hombres son imprevisibles, pavorosas, pero su esplendor es digno de verse. (128)

—Somos basuras en manos de esas fuerzas. Conque deja de darte importancia y usa este regalo como se debe. (131)

X. HACERSE ACCESIBLE AL PODER

—El poder era una fuerza devastadora que fácilmente podía conducir a la muerte, y había que tratarlo con enorme cuidado. Había que ponerse sistemáticamente al alcance del poder, pero siempre con gran cautela. (152)

—Un estallido controlado y una quietud controlada era la marca de un guerrero. (152)

XI. EL ÁNIMO DE UN GUERRERO

Me puse a pensar en mi vida y en mi historia personal y experimenté una familiar sensación de tristeza y remordimiento. Dije a don Juan que yo no merecía estar allí, que su mundo era fuerte y bello y yo era débil, y que mi espíritu había sido deformado por las circunstancias de mi vida.

Dijo que yo era un hombre. Y, como cualquier hombre, merecía todo lo que era la suerte de los hombres —alegría, dolor, tristeza y lucha—, y la naturaleza de nuestros actos carecía de importancia siempre y cuando actuáramos como guerreros.

Si, en verdad, sentí que mi espíritu estaba deformado, debía componerlo —purificarlo, hacerlo perfecto— porque en toda nuestra vida no había otra tarea digna de emprenderse. No arreglar es espíritu era buscar la muerte, y eso era igual que no buscar nada, pues la muerte nos iba a alcanzar de cualquier manera.

—Por mucho que te guste compadecerte a ti mismo, tienes que cambiar eso —dijo— no encaja con al vida de un guerrero.

—La pena no encaja con el poder. El ánimo de un guerrero implica que el guerrero se controla y al mismo tiempo se abandona.

—Enfocas tu mirada en tus manos, como punto de partida. Luego pasas la mirada a otras cosas y les echas vistazos cortos. Enfoca la mirada en tantas cosas como puedas. Recuerda que si solo miras un momento las imágenes no cambian. Luego regresas a tus manos.

—El siguiente paso para arreglar los sueños es aprender a viajar. Puedes moverte con la voluntad, ir a cualquier sitio. Primero tienes que determinar a dónde quieres ir. Escoge un lugar bien conocido. Tu escuela, un parque, o la casa de un amigo. Luego pon tu voluntad en ir allí.

—El miedo te metió en el ánimo de un guerrero, pero ahora que lo conoces, cualquier cosa puede servir para que te metas en él. (171)

—Es conveniente actuar siempre con ese ánimo. Acaba con la idiotez y lo deja a uno purificado. (172)

—Uno necesita el ánimo de un guerrero para cada uno de sus actos. No hay poder en una vida que carece de este ánimo. (172)

—Un guerrero es un cazador. Todo lo calcula. Eso es control. Pero una vez terminados sus cálculos, actúa. Se deja ir. Eso es abandono. Un guerrero no es una hora a merced del viento. Nadie lo empuja; nadie lo obliga a hacer cosas en contra de sí mismo o de lo que juzga correcto. Un guerrero están entonado para sobrevivir, y sobrevive del modo posible. (172)

—Un guerrero podría sufrir daño, pero no ofensa. Para un guerrero no hay nada ofensivo en los actos de sus semejantes mientras él mismo esté actuando dentro del ánimo correcto. (173)

—Considerar iguales al puma y a las ratas de agua y a nuestros semejantes es un acto magnífico del espíritu del guerrero. Se necesita poder para llevarlo a cabo. (173)

XII. UNA BATALLA DE PODER

—El poder es un asunto muy peculiar. No puedo decir con exactitud lo que realmente es. Es un sentimiento que uno tiene sobre ciertas cosas. (175)

—Así es el poder. Te manda, y sin embargo te obedece. (175)

—Un cazador de poder lo atrapa y luego lo guarda como su hallazgo personal. Así, el poder personal crece, y puede darse el caso de un guerrero que, de tanto poder personal que tiene, se hace hombre de conocimiento. (175)

—¿Cómo guarda uno el poder? Eso también es un sentimiento. Depende de la clase de persona que sea el guerrero. Mi benefactor era un hombre de naturaleza violenta. Guardaba poder a través de ese sentimiento. Todo cuanto hacía era fuerte y directo. Dejaba la impresión de algo que pasaba aplastando las cosas. Y todo cuanto le ocurrió tuvo lugar de ese modo.

—Soy tan joven como quiero. Esto también es cosa de poder personal. Si vas juntando poder, tu cuerpo puede realizar hazañas increíbles. En cambio si disipas el poder, te pones viejo y gordo de la noche a la mañana. (178)

—Mira sin parpadear hasta que veas. (180)

Dijo que, al actuar de mala gana, estaba yo tratando con descuido el poder, y que, si no ponía un alto, el poder se volvería contra nosotros y jamás saldríamos con vida de aquellos montes desolados. (187)

—Un cazador de poder vigila todo. Y cada cosa le dice algún secreto. (188)

—Tú solo te estás consumiendo ahora, con tus ideas y tus dudas estúpidas. Ésa es tu manera de entregarte y sucumbir. (191)

—La muerte siempre está esperando, y cuando el poder del guerrero mengua, la muerte simplemente lo toca. Por eso, aventurarse a lo desconocido sin ningún poder es estúpido. Solo se encuentra la muerte. (192)

—No te esfuerces queriendo resolverlo. El mundo es un misterio. (192)

—Poder suficiente para ver y para parar el mundo. (193)

—Una de las artes del guerrero es derribar el mundo por una razón específica y luego restaurarlo para seguir viviendo. (193)

Dijo que la batalla de poder todavía no terminaba, y que yo debía enseñar a mi espíritu a ser impasible. Nada de lo que hiciera debería revelar lo que en realidad sentía, a menos que deseara quedarme atrapado. (195)

Dijo que yo debía actuar como si no hubiese nada fuera de lo común, porque los sitios de poder, como ése en el que estábamos, tenían la propiedad de absorber a quien se hallaba inquieto. (195)

XIII. LA ÚLTIMA PARADA DE UN GUERRERO

Dijo que lo que hacíamos no era una prueba, que estábamos esperando una señal, y si la señal no llegaba la conclusión sería que yo no había tenido éxito en mi cacería de poder, en cuyo caso me vería libre de cualquier imposición futura y podría ser todo lo estúpido que me viniese en gana. (200)

Dijo que, si yo caminaba sobre sus huellas, el poder que él disipaba al andar se me transmitiría. (200)

Con mucha gentileza me hizo girar para que mirara el este y dijo que no había necesidad de mi condenado reloj, que estábamos en una hora mágica y que íbamos a saber con seguridad si era yo capaz o no de perseguir el poder. (203)

—Tienes que tener una cautela infinita. Cuando uno maneja poder, hay que ser perfecto. Los errores son mortales. (208)

—Tú y yo somos muy distintos. Tú eres más criatura de la noche. Yo prefiero el brillo joven de la mañana. (214)

—El conocimiento es poder. Toma mucho tiempo juntar el poder suficiente incluso para hablar de él. (214)

—Y luego tú tendrás que venir solo hasta que estés saturado de él, hasta que el cerro te rezume. Sabrás la hora en que estés lleno de él. Este cerro, como es ahora, será entonces el sitio de tu última danza. (216)

—Y, por fin, un día que su tiempo en la tierra ha terminado y siente el toque de la muerte en el hombro izquierdo, su espíritu, que siempre está listo, vuela al sitio de su predilección y allí el guerrero baila ante su muerte. Cada guerrero tiene una forma específica, una determinada postura de poder, que desarrolla a lo largo de su vida. Es una especie de danza. Un movimiento que él hace bajo la influencia de su poder personal. (216-217)

—Así que, hablando con propiedad, la postura, la forma de un guerrero, es la historia de su vida, una danza que crece conforme él crece en poder personal. (217)

—Un guerrero no es más que un hombre. Un hombre humilde. No puede cambiar los designios de su muerte. Pero su espíritu impecable, que ha juntado poder tras penalidades enormes, puede ciertamente detener a su muerte un momento, un momento lo bastante largo para permitirle regocijarse por última vez en el recuerdo de su poder. (218)

—Morir es algo monumental. (218)

—Tu danza hablará de los secretos y las maravillas que has atesorado. (218)

XIV. LA MARCHA DE PODER

—Un hombre de conocimiento sabe que la muerte es el último testigo porque la ve. (219)

—La muerte no es como una persona. Es, más bien, una presencia. Pero también podría uno decir que no es nada y sin embargo es todo. Uno tendría razón en todos los aspectos. La muerte es cualquier cosa que uno desee. (220)

—[…] un pájaro, una luz, una persona, una mata, una piedrita, un trozo de niebla, o una presencia desconocida. (220)

—No importa cómo lo hayan criado a uno. Lo que determina el modo en que uno hace cualquier cosa es el poder personal. (221)

—Necesitas creer que el poder personal puede usarse y que es posible guardarlo, pero hasta ahora no te has convencido. (221)

—Pero estar convencido significa que puedes actuar por ti mismo. Todavía te costará una gran cantidad de esfuerzo el hacerlo. (221)

—Un hombre de conocimiento es alguien que ha seguido, de verdad, las penurias del aprendizaje. Un hombre que, sin apurarse ni desfallecer, ha llegado lo más lejos que puede en desentrañar los secretos del poder personal. (222)

—No hago nada. Mi cuerpo se siente perfectamente, eso es todo. Me trato muy bien; por eso no tengo motivo para sentirme cansado o incómodo. El secreto no está en lo que tú mismo te haces, sino más bien en lo que no haces. (225)

—Supongo que puedes decir que fue mi poder, aunque eso no es realmente exacto. El poder no pertenece a nadie. Algunos de nosotros podemos guardarlo, y luego se le podría dar directamente a otra persona. (230)

—Todo lo que hace un hombre gira sobre su poder personal. Así pues, para quien no tiene, los hechos de un hombre poderoso son increíbles. Se necesita poder hasta para concebir lo que es el poder. (230)

—Un guerrero es impecable cuando confía en su poder personal, sin importar que sea pequeño o enorme. (235)

—La marcha de poder es para correr de noche. (236)

Dijo que la clave era dejar al poder personal fluir libremente, para que se mezclara con el poder de la noche; una vez que ese poder tomaba las riendas no había posibilidad de resbalar. (237)

—El poder tiene la peculiaridad de que no se nota cuando se lo está guardando. (248)

—Toda tu vida le has llevado la corriente a todo el mundo y eso, claro, te coloca automáticamente por encima de todos y de todo. Pero tú sabes que eso no puede ser.  Eres solo un hombre, y tu vida es demasiado breve para abarcar todas las maravillas y todos los horrores de este mundo prodigioso. Por eso, tu manera de darle cuerda a la gente es una cosa asquerosa que te hace quedar muy mal. (249)

—Por ejemplo, tu cuerpo necesita sustos. Le gustan. Tu cuerpo necesita la oscuridad y el viento. Tu cuerpo conoce ya la marcha de poder y arde en deseos de probarlo. Tu cuerpo necesita poder personal y arde en deseos de tenerlo. (250)

XV. NO HACER

Dijo estar cansado de que yo actuara como un ser de importancia suprema, a quien una y otra vez había que dar pruebas de que el mundo es desconocido y prodigioso. (254)

Dijo que lo único que yo sabía buscar era un sentimiento de desorientación, malestar y confusión.

Rio con burla y me aseguró que, para lograr la hazaña de sentirme desdichado, yo debía trabajar en forma muy intensa, y que era absurdo el que nunca me hubiera dado cuenta de que lo mismo podía trabajar para sentirme completo y fuerte.

—El chiste está en lo que uno recalca. O nos hacemos infelices o nos hacemos fuertes. La cantidad de trabajo es la misma. (256)

—Hacer es lo que hace esa rosa esa roca y esa mata una mata. Hacer es lo que te hace ser tú y a mí ser yo. Eso es lo malo de hablar. Siempre lleva a confundir las cosas. Si uno se pone a hablar de hacer, siempre termina hablando de algo más. Lo mejor es no decir nada y nomás actuar. (262)

—Tú haces de esto una piedra porque conoces el hacer necesario para eso. Ahora, si quieres parar el mundo, debes parar de hacer. (263)

—LA PARTE MÁS DIFÍCIL DEL CAMINO DEL GUERRERO ES DARSE CUENTA DE QUE EL MUNDO ES UN SENTIR. (268)

—No-hacer es muy sencillo pero muy difícil. No es cosa de entenderlo, sino de dominarlo. Ver, por supuesto, es la hazaña final de un hombre de conocimiento, y solo se logra ver cuando uno ha parado el mundo a través de la técnica de no-hacer. (269)

—Una vez alcanzado cierto nivel de poder personal, se hacía innecesario el ejercicio o cualquier entrenamiento de ese tipo, ya que, para hallarse en forma impecable, la única práctica necesaria era la de “no-hacer”. (270)

—Las sombras son como puertas, las puertas de no-hacer. Un hombre de conocimiento, por ejemplo, puede penetrar los sentimientos íntimos de la gente mirando sus sombras. (271)

Clarificó sus instrucciones diciendo que, al buscar un sitio de reposo, había que mirar sin enfocar, pero al observar sombras había que bizquear y, al mismo tiempo, conservar enfocada una imagen clara. (272)

La afirmación de que yo había agrandado el mundo al reducirlo me intrigó sobremanera. (274)

—Verás: soñar es el no-hacer de los sueños, y conforme progreses en el no-hacer progresarás en el soñar. (275)

— […] un guerrero no necesita creer, porque mientras continúe actuando sin creer está no-haciendo. (275)

— […] lo único real es el ser que hay en ti y que va a morir. Llegar a ese ser, al ser que va a morir es el no-hacer de la persona. (277)

XVI. EL ANILLO DE PODER

—Todo cuanto hacemos, como ya te dije, es asunto de hacer. (291)

—Digamos que, cuando nacemos, traemos un anillo de poder. (291)

—Tu dificultad es que todavía no desarrollas tu otro anillo de poder y tu cuerpo no sabe no-hacer. (293)

—A todos nosotros nos han enseñado a estar de acuerdo en hacer. No tienes idea del poder que ese acuerdo implica. Pero, por fortuna, no-hacer es igual de milagroso y poderoso. (293)

—Tienen que pasarte cosas muy drásticas para que permitas a tu cuerpo aprovechar lo que has aprendido. (294)

—Un guerrero es como un pirata que no tiene escrúpulos en tomar y usar cualquier cosa que desee, solo que el guerrero no se aflige ni se ofende cuando lo usan y lo toman a él. (295)

XVII. UN ADVERSARIO QUE VALE LA PENA

—Cuando un guerrero se encuentra con su adversario, y el adversario no es un ser humano ordinario, tiene que plantarse. Eso es lo único que lo hace invulnerable. (310)

—Un guerrero vive su vida estratégicamente. (312)

—Por lo pronto tu única defensa es plantarte y bailar tu danza. (313)

SEGUNDA PARTE: EL VIAJE A IXTLÁN

XVIII. EL ANILLO DE PODER DEL BRUJO

—La suerte, la buena fortuna, el poder personal, o como lo quieras llamar, es un estado peculiar de cosas. Es como un palito que sale frente a nosotros y nos invita a arrancarlo. (323)

—Un guerrero, en cambio, siempre está alerta y duro y tiene la elasticidad, el donaire necesario para agarrarlo. (323)

Declaró hallarse seguro de que yo sabía exactamente lo que pasaba, pero fingía no saberlo y lo que me enojaba era el acto de fingir. (328)

XIX. PARAR EL MUNDO

—No hay enfermedades. Solo hay idioteces. Y tú te haces el idiota al tratar de explicarlo todo. Las explicaciones ya no son necesarias en tu caso. (338)

—Eres muy listo, regresas a donde siempre has estado. Pero esta vez se te acabó el juego. No tienes a dónde regresar. Ya no voy a explicarte nada. Que tu cuerpo decida qué es qué. (339)

—Ya no hay tiempo para lo que hacíamos antes. Ahora debes emplear todo el no-hacer que te he enseñado, y parar el mundo. (339)

El escarabajo y yo estábamos a la par. Ninguno era mejor que el otro. Nuestra muerte nos igualaba. (342)

Yo vivía en un mundo lleno de misterio y, como todos los demás, era un ser lleno de misterio, y sin embargo no tenía más importancia que un escarabajo. (343)

—Lo que se paró ayer dentro de ti es lo que la gente te ha estado diciendo que es le mundo. (347)

— […] distraer tus pensamientos y permitir que tu cuerpo viera. (350)

—Lo de verdad es cuando el cuerpo se da cuenta de que puede ver. (350)

—Para ver hay que aprender la forma en que los brujos miran el mundo; por eso hay que llamar al aliado, y una vez que se llama, viene. (350)

—Para ver hay que aprender a mirar al mundo en alguna otra forma, y la única otra forma que conozco es la del brujo. (350)

XX. EL VIAJE A IXTLÁN

—A propósito, ésa es siempre la señal de que uno está listo; digo, cuando el cuello se pone duro. (353)

— […] la posición correcta: el cuerpo ligeramente doblado en las rodillas, los brazos colgando a los lados con los dedos curvados suavemente. (353)

—Todo lo que tienes que hacer es plantarte con firmeza para soportar el impacto. (354)

Ni siquiera encuentro los sitios que conocía. Nada es ya lo mismo. (361)

—Tus sentimientos y tu ansiedad son los de la gente. (361)

—Lo que dejaste allí está perdido para siempre. (362)

—[…] lo importante para todos nosotros es el hecho de que todo cuando amamos, odiamos, o deseamos ha quedado atrás. Pero los sentimientos del hombre no mueren ni cambian, y el brujo inicia su camino a casa sabiendo que nunca llegará, sabiendo que ningún poder sobre la tierra, así sea tu misma muerte, lo conducirá al sitio, las cosas, la gente que amaba. (362)

—Tu aliado te llevará, a ti solo, a mundos desconocidos. (363)

—Solo como guerrero se puede sobrevivir en el camino del conocimiento. Porque el arte del guerrero es equilibrar el terror de ser hombre con el prodigio de ser hombre. (365)

Vi la soledad humana como una ola gigantesca congelada frente a mí, detenida por el muro invisible de una metáfora. (365)

—Si quieres sobrevivir, debes ser claro como el cristal y estar mortalmente seguro de ti mismo. (365)

Castaneda, Carlos. (1975). Viaje a Ixtlán. Fondo de Cultura Económica. México: 1ª edición.

Díganme que estoy cambiando

“However the Encounter comes, one thing is clear:
change is not something you tell goverments
or other people todo;
yo have to undergo change
to make space for the world to enter.”

Charlotte Du Cann

Si mi expresión corporal trajera una pancarta anunciando mis intentos, llevaría escrita: “díganme que estoy cambiando”.

La visita de mi madre, los nervios y el ánimo, el miedo y la ternura, cedieron a dos noches en las que, antes de acostarme, me soltaba llorando. Fue un gesto de ella, de mi mamá —el mismo gesto de siempre—. En su cara veía, por primera vez, el dolor. Mi mamá nunca me ha hablado de su dolor, ni de su infancia ni del abandono que sintió de niña. Mis berrinches, siendo (yo) niña, buscaban extraerle estas respuestas.

Considerando que la última vez que estuvimos juntas, por más de tres días, terminé azotando de desesperación mi cabeza contra la pared, ahora, estos días que estuvimos juntas me susurraron que algo cambió. Ya no necesito que me explique nada; por lo menos esto, pienso, por lo menos esto cambió.

Con mucha ansiedad e insistencia, estoy buscando por todas partes, por todas partes, señales y palabras que me digan que estoy cambiando. La rabia, el aislamiento, la confusión y lo que, alguna vez, fueron deseos suicidas habían sido cultivados, con mucha determinación en que debía resistir hasta que el mundo cambiara, y no yo.

(Como si estuviera llenando un balance general, una de esas hojas contables, pienso en el hombre que me gusta. No sé si es un hombre imaginario*. No sé si creo que me gusta, o me gusta. La cabeza, la cabeza, la cabeza. Me confunde mi cabeza. Me confundo. Rayo un palito, en la hoja en blanco, por cada vez que odio pensar en él, y otro cuando muero por verlo. Pierdo la cuenta, me confundo de lado. ¿Estoy sintiendo esto porque muero por verlo, pero porque lo odio y quiero comprobarlo? O no sé cómo querer y solo (me) odio, pero deseo descubrirlo, y muero en la desesperación del intento que se deshace en el silencio**.)

Un pedazo de tierra entre un lago y un cerro, cortado al centro por una carretera. Las montañas se pintan de un amarillo intenso cuando están secas, como si estuvieran hechas de sol. A las primeras lluvias reverdecen inundando el paisaje con su hierba. Mi madre es la montaña, mi madre es el lago, mi madre es la carretera. Mi madre vive en este pueblo.

Mientras voy acumulado todos los ruidos de la ciudad inacabable que es el centro de este país, y sin moverme: soy la contingencia, el mendigo con sus gritos y sus costras, la señora de las Lomas que ha desaparecido su esencia con ese perfume dulzón y caro, soy esta expresión de ausencia, estos miles de cientos de toneladas de concreto en donde me pierdo.

Y en concreto: aunque he cambiado soy la misma, pero en cautiverio.

Me canso de leer, veo hacia la sombra de la mesa dividida en dos, la parte que está en lo alto: el reflejo del cristal en el techo, ovalado, brillante, una sombra de luz; mientras las patas de herrería aparecen en el tapete rojo, en el piso, dibujándole unas costuras negras curvas a ese tapete.

Me aviento un clavado hacia mi propia sombra, y siento el mundo, como una reverberación bella, estridente, neurótica. Azoto de nuevo, pero sin cuerpo. Azoto hasta volverme la mesa, la ventana, hasta lo profundo del silencio. Me rompo en mi cuerpo. Vuelvo, ausente de mí, y busco la coherencia y te busco. ¿Brújula o estrella polar? El norte que soy y no soy, y todo lo que siento y no siento que siento.

*No, no es imaginario.
**Hasta que salgo de dicho silencio: escribiéndole (o balbuceando) lo que siento, escribiendo por todos lados, escribiendo aquí, simulando soltarlo (el silencio y el sentimiento).

Sobre La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez

Algunas anotaciones en torno

“Explicar no alcanza, tampoco tranquiliza. Hay que buscar otra función a la palabra y a la interpretación de los signos para remapear nuestro presente.”
—R.S.

Riga Segato plantea que hay dos realidades:

LA VISIBLE: donde estamos la mayoría de las personas que somos parte de las rutinas visibles y materiales. Hechas con papel, con dinero, con objetos. Donde se encuentran las empresas, los ciudadanos que pagamos impuestos, y las empresas que ayudan a estas empresas a volverse cada vez más imprescindibles. El dinero es lo que inculca esta realidad y la mantiene. Generando una fuerza de poder extremadamente sólida como para ir en contra de ella, al menos que operes bajo la segunda realidad.

Lo áspero de esta realidad, y esto ya no lo dice Segato así tal cual, es que en el esquema de las empresas establecidas no existe una noción de comunidad, solo es fuerza laboral dirigida hacia la acumulación de capital, y no de una mejor calidad de vida para todas las personas.

Mientras que, LA REALIDAD INVISIBLE, pero que permea la realidad visible: es donde se encuentran las personas realizando todo tipo de acuerdos, negocios y transacciones en donde se utiliza la violencia. La sangre. El miedo. Aunque el dinero deriva después de la realización de distintas operaciones, como la venta de droga, la trata, el tráfico de armas, en realidad lo que se “mueve” es la sangre.

También, Rita Segato, habla de dos estados: el primer estado y el segundo estado.

El primer estado son los dirigentes que conocemos. El presidente, los directores elegidos para cada institución, los diputados, senadoras, etcétera. Aunque parece que el presidente decide algo, cualquier cosa. Es solo espectáculo y reacción a las mismas operaciones que siguen sucediendo por inercia de lo YA EXISTENTE, fuerzas que han creado esta realidad y continúan y, finalmente, el presidente y sus secuaces, son el principal protector y asegurador del segundo estado.

Porque el presidente, y demás personas en el poder NECESITAN del segundo estado para ser necesitados por los ciudadanos. Pues con la eterna promesa de que seremos PROTEGIDOS Y LIBERADOS ES COMO, EL PRIMER ESTADO, SE VALE DEL SEGUNDO ESTADO. Y EN REALIDAD, NINGUNO TIENE QUE HACER ALGO DISTINTO MÁS QUE LO QUE YA HACE.

Cuando la segunda realidad y el segundo estado permea hacia la primera realidad, el primer estado PROMETE A LA CIUDADANÍA QUE SE ENCARGARÁ de encontrar a los culpables. LOS CULPABLES QUE SEÑALA LA PRENSA NUNCA SON LOS CULPABLES: los culpables siempre han sido los mismos, LA MISMA MAFIA, y entre menos sepamos todos, incluyendo al mismo presidente, y este primer estado y la primera realidad, mejor. Existe una estructura propia dentro de la segunda realidad que intenta no participar en la primera realidad más que para lo necesario. Generar esa dosis de terror que la mantiene y punto.

Aquí lo más notorio es que valiéndose de este ESQUEMA que plantea Rita Segato: JAMÁS CAMBIARÁ ABSOLUTAMENTE NADA Y POR ESTO NO HA CAMBIADO NADA. Por eso no hay respuestas a los asesinatos de cientos de mujeres, por eso existen descabezados, o el misterio de los 43 estudiantes, por eso la violencia es, en realidad, un estanque que se mantiene. Y seguirá.

La utopía que propone la misma Segato, que es la más deseable, en realidad, la MÁS DESEABLE, son fuerzas comunitarias desligadas de cualquier institución o estado. Lo difícil es convencernos entre nosotros y nosotras que DESEAMOS HACER COMUNIDAD, que apoyamos las fuerzas de trabajo, las propuestas y la búsqueda de una realidad independiente del estado. Que nos escuchamos y nos buscamos. Y digo que es una utopía porque si no podemos ni comunicarnos, si existe un continuo ataque entre las personas que estamos dentro de una misma realidad y ni siquiera somos enemigos: no podemos serlo. El enemigo es quien nos mata. Nosotros, todos y todas, somos sobrevivientes y los sobrevivientes estamos del mismo lado.

Sin embargo, poco a poco, y esto es tal vez un golpe de esperanza, siento que las mismas redes sociales que nos sorprenden por nuestra falta de empatía (no a todos les sorprende, y no todas las personas son capaces de reconocerse como parte) tienen que llegar hacia una curva de ascenso o descenso, esto es, que se acaben las redes sociales o que verdaderamente funcionen como lo dice su nombre: como redes sociales. REDES QUE CREAN COMUNIDAD. AQUÍ es donde está lo que a mí se me ocurre puede suceder: una mejor utilización de nuestra apertura para encontrarnos como seres compartiendo una misma realidad, personas que estamos del mismo lado.

Segato, Rita Laura (2013). La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Tinta Limón ediciones: Argentina.

Todo es agua (un poema)

para los invisibles

El alma en extinción
el cuerpo, la esponja
absorbe todas las gotas de agua
                                                        (de un mismo dolor)

Las gotas que le inflaron el tobillo a la vieja,
esa que se sienta a reposar en la jardinera:
                            ¿Por qué sigue caminando?
                           ¿Por qué se va, vuelve y llega hasta acá?
                          ¿Qué es lo que está buscando?
 
La mirada perdida de mi mejor amiga,
                           esperando un mensaje de su bato.
El rímel corrido de la otra después de doce horas de trabajo
                            (y sin un solo pago).
Los tres meses que la tercera (de mis amigas)
                                                    tiene que esperar para saber si,
                                                    de verdad, es un embarazo,
                                                     y su cuerpo, solito, no va a abortar.
 
La camiseta de Paulina, la mujer de casi 60 años que limpia el departamento:
                      su cuerpo delgado en extremo,
                      su metro y medio de estatura,
                      su cara infantil arrugada.
El mensaje en la blusa: heart breaker, las letras rosas con diamantina:
             sus movimientos rápidos
             el hijo adicto
             la escuela cara de la hija
             su no puede por faltar. 
 
Las revelaciones de Rita Segato:
             las pesadillas arrojando
             la obviedad que no podemos aceptar:
                                 ES EL ESTADO EL QUE ESTÁ ALIADO A LOS ASESINATOS.

Los cuerpos de las mujeres en este país,
volvemos atrás,
sacrificio para los dioses:
                                pero esta vez para el dios Capital.
 
Las ganas de llorar en el cajón del silencio,
                                          el cajón que alguien dejó abierto
                                          el llanto como cascada...
La esponja (que es el cuerpo) que se vuelve un erizo que se vuelve un coral,
                                         el alma en extinción, enjaulada, queriendo gritar.
 
El alma enviando postales desde los sueños:
pintando acuarelas con las gotas de agua,
           el alma de mar
           todo sabe a sal.
 
Todo es agua.

Todo se mete por los ojos
           a veces, no deja ver
            las voces, no dejan estar
 
El ahogo, no se puede respirar.
 
La voz silenciada
           hasta que los ojos se derriten junto con la lluvia que cae.
 
Aquí está tu sauce de cristal, tu chopo de agua
tu alto surtidor que el viento arqueó
tu caminar de río que no se curva
sino que el cuerpo en dios me partió
                    junto con tu nunca volver a estar…

En realidad, no es papel

La textura de mis sueños

Pájaros (MUERTOS) en el pecho,

peces en el vientre NO,

peces no: pescados

lo único que acumulo son hormigas

un hormiguero ahora este cuarto

la culebra fue deseada, imaginaria

nada avanza ni siquiera lento

los pájaros (sin alas) se acumulan en la garganta

el panal de abejas crece desmedidamente en la cabeza

los pedazos caen

como mierda de perro en las banquetas

soy hojas y polvo

Y SÍ:

No por mucho trabajar amanece más temprano

la miel se escurre de los lagrimales

azúcar del dolor de un parto

la cría se ha ahogado en su propio cordón umbilical

El cuerpo NO es un ecosistema

el cuerpo es una morgue guardando los cadáveres de cientos de ilusiones

No es AZAR

No hay CREACIÓN

es destrucción: una y otra vez y todo el siento

Caminos de piel

mi cuerpo se vuelve el desierto donde crecí

los deseos siguen siendo piedras

No hay reconciliación cuando dos QUIEREN MATAR

eres el dolor

me dejo matar

El descenso

Hubo un descenso. El volcán implotó. Sobrevivir cargando esta ignorancia. Amar no duele. Duelen los restos. Como no puedo explicarlo, escribo. Me arrastro de letra en letra.

¿Soberana soberbia?

Si me rompiera de una vez por todas. Sin tanto ensayar.

Pequeñas explosiones en el estómago. Fuegos artificiales que se formaron con el fuego que circuló desde las venas.

Él NO EXISTE. NUNCA EXISTIÓ. Es curioso sentir tanto y no hacer nada. Es curioso sentir tanto y quedarse callada. Me engaño 120 caracteres. 200 palabras. Mil doscientas vueltas alrededor de un mismo pensamiento. Corriendo, bailando, riendo. Me engaño comiéndome un plátano.

SECA. Necesito agua: las instantáneas del inconsciente como cascada ahogando.

Soy un agujero negro. Así me he criado.

La tercera es la vencida: un poema en busca de la empatía perdida

SOBRE LAS HORAS

Hay una hora del domingo 
en donde cada minuto atraviesa el cuerpo
como lo hicieron las flechas a San Sebastián

Se van apagando las luces de la sala de la ciudad
se prenden las lámparas de las mesitas de noche
del inconsciente y del nunca más

Dan ganas de huir 
o de que nadie se mueva
que el mundo aguante la respiración

Duelen las voces de los otros
el cruce de los carros
las miradas acumuladas en mi sombra: 
toda evidencia de esta soledad

Pero aguanto

Viva la libertad de la mujer siglo XXI 
viva la libertad de romperse en mil pedazos
viva la libertad de coleccionarse a sí misma en frascos

Avanzo pisando los sueños
entre las jacarandas caídas
volviendo hacia cualquier lugar
que he imaginado como mi hogar
hacia una cama invisible
y a la espera de un quiero posible

(La esperanza caduca y no para de rimar)

La imaginación es injusta
la realidad
con sus colores pidiendo todo el día  
una sonrisa, una mirada en paz y un lento caminar

La felicidad pasa en familia
se lleva el aire 
lo convierte en helado de vainilla
para mis ganas diabéticas
y mi boca eructando
una indigestión de palabras imprecisas
o pensamientos como pescados 
muertos a la orilla del mar
 
No es ninguna maldición
es un hecho
un helecho 
              creciendo 
regado con mis suspiros
suspiro 
suspiro
y no dejo de suspirar
esperando 
(en ti)
volverme a encontrar

Hacerle justicia a la desesperación

Me subo a un Volkswagen Vento negro, son las 2:43 de la mañana, Manuel es el nombre del conductor. Es Uber, estoy segura, pero me pasa (siempre) por la cabeza que pudiera pasarme algo. Tal vez porque es hombre, o por la hora, porque he salido de casa de una amiga que vive en la colonia Doctores y porque me he tomado unas cervezas.

Para relajar mi tensión le pregunto a Manuel por las muletas que lleva recargadas en su asiento:

—¿Tuviste un accidente?

—Sí, ¿tú crees?

—¿Qué pasó?

—Choqué en una moto.

—¿Fue un esguince?

—Me la amputaron ¿Tú crees?

Se hace un silencio, dentro de mí, se hace un silencio. Después pienso que puede estar mintiendo, luego le creo y, para no hacerlo sentir mi tensión, continúo:

—¿Hace mucho?

—Tres años.

No sé si él me salvó, o yo me agarré con las uñitas de cualquier otro tema. Pero hablamos sobre la tranquilidad de la noche, sobre el clima, y las jacarandas. Cambiamos la conversación. Cuando llegamos a la calle de mi depa, imaginé que me bajaba y abría la puerta de su lado, para comprobar que tenía amputada la pierna. Pero no, solo me despedí, le di las gracias y caminé hasta entrar al edificio.

Esta desconfianza es muy incómoda. Me dicen que no debo confiar en nadie, y hasta cierto punto lo creo, pero luego pienso en que eso es lo que puede cambiar este momento. Que en lugar de señalar al otro, es mejor confiar. Confiar en los otros.

*

—No era necesario que escribieras su nombre.

—No, no era.

—¿Para qué lo hiciste?

—Quería comprobar que su dolor era menor al mío, que su desesperanza apenas y pinta.

Nada es necesario. Menos los nombres.

*

Soñé que le decía a mi madre, jugando, que tal vez no nos íbamos a volver a ver. Mi madre me contestaba, en un tono serio, sabiendo que con mi tono la estaba retando: entonces no nos volvamos a ver nunca. Yo lloraba desesperadamente, como imagino que lloran los animales cuando son desollados de su piel. Le decía que estaba jugando, que no era en serio, que las palabras me usan y no al revés. Dudaba de que mi mamá fuera a perdonarme la broma. En el mismo sueño, mi padre me decía que lo que estaba haciendo no era suficiente.

Desperté en domingo.

*

Hay que renunciar al nombre. Hay que tener otros nombres: Aurora, Inés, Josefina. Si me llamara Aurora trataría de ser silenciosa y sonriente. Si me llamara Inés trataría de ser precisa. Si me llamara Josefina trabajaría solo por el equilibrio. Pero me llamo Lucía, lo cual puede significar luz, o puede decir un querer lucirse, entonces sale la sombra.

*

¿Qué tan cierto es que las palabras me usan? ¿Cómo fue que hice lo que aseguraba que no era justo hacer? Dije que jamás escribiría sobre alguien sin hacerle justicia. Pero terminé buscando hacerle justicia a mi desesperación y el resultado, como sucede en estos casos, fue un aislamiento mayor.

*

A este mundo llegas con una sensación. De este mundo te vas con otra.

*

Estás con esa frase con la que has estado bailando y dices la voy a mostrar: la vida es bella, es justa y todo lo agradezco. Es uno de esos días que lo sientes. Entras al espacio público virtual y, antes de continuar con lo que ibas sintiendo, lees: AMLO se está volviendo loco. Chumel Torres ha perdido su creatividad. La violaron. La insultaron. La humillaron. El diputado asegura que fuimos conquistados por la peor raza.

Lo que iba a ser: la vida es bella, es justa, todo lo que he vivido lo agradezco, ya no es.

Te unes: la bella pérdida de la creatividad de Chumel Torres para ver si así le baja de huevos; agradecer la estupidez de los gobernantes para acusarlos; la locura de AMLO que es tan justa ¿O no fue el mismo hombre que ansió ese poder durante veinte años?

*

No pude tocar el pene de plástico. No lo vi bien. Creo que era negro. Estábamos a oscuras. Ella dijo que era un juguete nuevo. Le confesé que era virgen de strap on’s. No pude decirle que no a una mujer que quería cogerme con un pene de plástico. Tampoco me pudo coger con él.

*

En mis momentos suicidas imagino que, para materializar lo que siento, me lanzo a una jaula de leones para que me devoren hasta despedazarme mientras sigo viva. Aunque estoy más que nunca segura que no habré de suicidarme, también pienso que si alguno de mis actos inconscientes o contradictorios me llevan a la humillación quizá termine levantando la mano sobre mí misma. El tiempo me conocer mejor que yo.

*

Estuve pensando que era el día de su cumpleaños, todo el día lo pensé y no me atreví a felicitarlo, ni en mi cabeza. Lo había traicionado por mí, y lo tuve que disolver de mis pensamientos en aras de soportar la confusión y el aislamiento.

*

Remo la misma ciudad, pero en los fines de semana se me seca. Tengo que inventarme una vida humana, no de máquina que pretendo y aprieto los dientes. Intento. En el recuerdo creo haberlo logrado.

Siento el estado de un río que recorro, y a veces es lago, y otras es mar. Desayuno siempre lo mismo, voy por las mismas calles, leo los mismos libros, trabajo los mismos textos. (Hasta que me termine la fruta que compré, hasta que finalice un libro o un texto). Mi tristeza, mi ánimo, mi coraje, mi desesperación o mi desidia vuelven diferente cada momento, y me la creo. Creo que estoy comiendo un mango distinto, recorriendo otra calle, leyendo un libro nuevo, trabajando en algo más. Avanzando. O retrocediendo.

*

¿Realmente es necesario un pene? ¿Por qué las mujeres que nunca han buscado a un hombre quieren, en algún momento, usar, tener o sentir un pene? ¿Somos mujeres jugando a ser hombres? ¿Pene incluido?

“La mujer, según definición de los clásicos, es un varón mutilado. […] no ha habido mujer que haya desperdiciado la oportunidad de contemplar su imagen reflejada en cuantos espejos le depara su suerte. Y cuando el cristal de las aguas se enturbia y los ojos del hombre enamorado se cierran y las letanías de los poetas se agotan y la lira enmudece, aún queda un recurso: construir la imagen propia, autorretratarse, redactar el alegato de la defensa, exhibir la prueba de descargo, hacer un testamento a la posteridad (para darle lo que se tuvo pero ante todo para hacer constar aquello de lo que se careció), evocar su vida.”

*

Pido que, al morir, mi cuerpo sea donado a un zoológico para que los leones se lo devoren, pero que antes le saquen los órganos, si es que todavía sirven.

No es drama, es la imagen ¿O será, otra vez, el nombre?

*

—¿Tú crees que estuvo bien haber escrito lo que escribiste?

Me tragué mis escritos y los disolví con el estómago vacío. Vomité mis palabras. No, no sé si estuvo bien.

*

¿Dónde está la tienda de certezas? Llevo años buscando su ubicación en el mapa de mi cuerpo. Mis pensamientos son precipicio.

*

No se puede lastimar a otra persona sin lastimarte. No lo digo yo, lo dice Gandhi.

*

El ego es como un globo que cuando lo inflas de más se te explota en la cara y duele.

¿En qué momento creí que mi desesperación era más importante que la desesperación de una persona a la que conocí?

¿De qué lado estoy?

¿Por qué tengo que escoger?

¿Cómo se le hace justicia a la desesperación? Supongo que, si es momentánea, supongo que se trata de seguir viviendo.

La lucha una a uno

Escribo desde la atracción y para las seductoras, las jóvenes, las delicadas, las que se mojan, las que cogen cabrón, las que quieren coger todo el tiempo, las alivianadas, las inteligentes, todas las incluidas en el gran mercado de la dizque chica cool. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: me disculpo de mi inconsciencia y de mis estúpidas fantasías. Estoy mal-parafraseando a Despentes y, tal vez, pudiera llamar a este texto Teoría Kate Moss, pero tampoco soy tan estúpida. Si quisiera aferrarme a mi poder, el poder que consiste en seducir, no escribiría esto, pues es la evidencia del por qué seduciendo no me permito verme completa en el espejo de las otras (mujeres).

Desde los 14 años de edad tengo el cuerpo de una mujer. Desde entonces he sido acosada por mis compañeros y amigos. He sido su cómplice, porque no quería caerles mal, entonces les sonreía y disimulaba darme cuenta de sus gestos. Pasado el susto de saber que tenía un cuerpo como arma comencé a usarlo “a mi favor”. Quiero aclarar que no me vanaglorio de mi físico: soy una copia física de mi madre. Y, además, tengo el carácter similar a mi tía Grace. Una mujer desenvuelta, segura de sí misma y aguerrida. Con esta combinación me he presentado al mundo con muchos ovarios hasta que, después de tantos tropiezos, arrastrándome, he querido lanzarme de un precipicio. Cuando no compartes tu poder con el mundo, y lo usas para posicionarte encima del mundo, nunca el poder se queda de tu lado.

Tengo varias versiones de feminismo en mi familia. Mi abuela paterna, quien estuvo casada toda su vida con mi abuelo, fundó una asociación en Mexicali para mujeres que sufren de violencia doméstica, a la que se dedicó por más de treinta años. Hace poco di un taller de escritura y ella lo tomó, y el texto que mi abuela leyó hablaba de una mujer de la tercera edad que limpió su culpa de ser privilegiada destinando su energía hacia la causa feminista. A sus 82 años, mi abuela, quebraba la solidez de la figura que había pulido durante treinta años cuestionándose. Mi madre es otro caso de feminismo. La misma tía Grace, y así como mi tía Laura, todas han buscado la libertad a su manera.

Hace algunos años, se me ocurrió poner en tela de juicio a estas mujeres a mi alrededor. Me sentía amenazada por mi confusión, y me dediqué a tomar nota de los detalles del carácter de cada una. Me pasó, también, con mis mejores amigas, y con mi compañera de casa. Pero como la verdad está más allá de las conjeturas que suceden dentro de la cabeza, por mucho que quería justificar mis juicios con referencias filosóficas terminé resintiendo mi soberbia. Sola, aislada, frustrada, enojada y deprimida, reconocí que yo no era ni más consciente, ni una mejor versión de mujer, ni que estaba luchando con más fuerza en ser libre. No más que las mujeres que estaban a mi alrededor.

Desde hace unos cinco años he querido compartir lo que escribo y he querido publicar. Para trabajar en lo que, de todos modos, hago y voy a seguir haciendo. Lo he dicho antes: para mí escribir es vivir, vivir es trabajar, trabajar es disfrutar, pero también duele. Todo se me mezcla. Por lo que, para relacionarme dentro del mundillo literario, tuve diferentes experiencias, desde cuando todavía no escribía con soltura, e incluso no podía ni sentarme a hacerlo, porque sentía demasiada energía y la sensación me llevaba a desistir. Hasta, más adelante, al haber tenido algunos acercamientos con editores y escritores, como besando sapos para encontrar a mi valedor literario. Y otra vez mi complicidad mi saboteaba. Siempre esperé a que valoraran mi trabajo, pero mi actitud coqueta, ligera, cínica e infantil decía, claramente, que no valía la pena que se tomaran el tiempo.

De una a uno

Siento que las luchas, aunque se dan en grupo, sobre todo se pelea de una a uno. Así fue como tuve un par de relaciones amorosas con personas del gremio. ¿Es como si te cogieras al cura del pueblo? Me preguntaron. Ojalá, contesté. Porque no, lo que me pasaba es que me enamoraba del cura, y además le exigía que cambiara sus hábitos para que verdaderamente fuéramos una pareja.

La primera vez fue con Guillermo Fadanelli. La segunda con Eduardo Rabasa.

Conocí a Guillermo cuando tenía 29 años, después de una gran decepción amorosa y de haber escrito mi primera novela en Mexicali. Fue cuando volví al entonces DF, y estuve trabajando en un corporativo de hoteles, donde la pasé siempre ansiosa y muy deprimida. Guillermo y yo comenzamos a frecuentarnos y, más bien, yo tomé lugar en sus dinámicas sociales. Nuestra relación duró alrededor de dos años. Y era una relación, más bien, platónica; ni física ni muy real. Cuando eres una persona fantasiosa puedes fantasear en el papel o en la realidad, sin lograr, bien a bien, reconocer la diferencia. Así que me imaginé que éramos como Henry Miller y Anaïs Nin, e imaginé que Guillermo me iba a ayudar a publicar, o por lo menos, me llevaría a escribir mejor. Se lo dije: quiero ser tu discípula. Pero él, más bien, quería que fuera como Marie de Gournay, una mujer que aunque muy inteligente y que también escribía, solo pasó a la Historia como la amante de Montaigne. Guillermo es un hombre duro, egoísta, que se ufana de sus contradicciones, quien se ha aferrado a un personaje (que le sale muy bien) y con quien aprendí mucho, pero a la mala. Varias veces me dijo que me iba a presentar con una editorial u otra, pero jamás me introdujo bien con nadie. Forjó mi carácter como lo haría un padre cruel. Y le seguí el paso esperando a que algún día cumpliera con su palabra. Me iba de fiesta, tomaba alcohol en exceso y me desvelaba por tres días seguidos. Como soy muy sensible le sacaba la vuelta a la coca, pero al final de esos dos años con él ya lo estaba haciendo sin darme cuenta. Dependía de los ansiolíticos para conciliar el sueño y pensaba con recurrencia en suicidarme. No estoy diciendo que él me obligó a estar así, pero sí que había un sometimiento invisible reforzado por mi fantasía: algún día él me ayudará. Me quedé esperando. Mientras tanto, Guillermo continuaba con su vida, si no estaba yo, estaba otra mujer, o la mujer que siempre ha estado con él. Hasta que dejé la Ciudad de México y regresé a Mexicali.

Estuve dos años en Mexicali. Aislada, viviendo sola en casa de mi madre. Usé mis ahorros para dedicarme, solamente, a escribir, y como no era tanto dinero me forcé a hacerlo por meses durante ocho horas diarias. La pasé muy mal hasta terminar una mala novela. Me fui un mes a Guadalajara, a donde vivía mi madre, retrabajé mi primera novela, que tampoco era buena, y después me fui a San Cristóbal por tres semanas, a continuar en lo mismo de editar esa primera novela, hasta que logré desecharla. Estaba muy deprimida, y los impulsos de irme hacia cualquier ciudad eran mi intento por salir de dicho estado (geográfico y emocional). Porque, en realidad, no tenía dinero para viajar.

Cuando regresé a Mexicali, comencé a dar clases en la universidad, y después trabajé en la asociación de mujeres de mi abuela. Estos dos años han sido los más difíciles que he vivido. Mi obsesión hacia comprobarme a mí misma que yo podía escribir una buena novela me llevaron a no hacer nada más que eso: escribir, y sentir la locura. Tuve todo tipo de ataques. De ansiedad y de insomnio, y una tristeza que me derrotaba. Además, intentaba soportarlo sin hablar de ello, porque era mi propia lucha.

Trabajando en la asociación nos invitaron a dar una plática sobre feminismo en la universidad, y se me ocurrió escribir acerca de mi personalidad extrañamente feminista; pues esta complicidad que genero con los hombres para autosabotearme es parte de mí. Y aquí es donde digo que intento luchar una a uno porque busco a figuras machistas para seducirlas y para, según yo, quitarles un poco de su poder: conquistar es someter. Sin embargo, obviamente, siempre pierdo. El texto, como era autobiográfico, no le pareció a mi abuela, me dijo que ella deseaba que yo me casara y que nadie en Mexicali supiera de estas revelaciones, porque eran detalles demasiado íntimos sobre su nieta.

Me decepcioné, me sentí traicionada, renuncié a la asociación, y decidí viajar a la Ciudad de México a buscar a personas del mundo editorial que pudieran publicarme. Como tenía varios escritos confiaba en que esto podía resultar con algo de lo que había trabajado.

Le había mandado mi última novela, por Twitter, a Eduardo Rabasa, acordamos en conocernos una vez que yo estuviera en la Ciudad de México. Él llevaba más de medio año con mi texto, y aunque le dije que no había prisa, de pronto necesité saber si era buena. Pero pasó lo que suele pasarme, se interesó por mí y no por mi novela. Cuando nos sentamos a platicar, debido a mi inseguridad y al no saber qué hacer, le entregué dos borradores de dos diferentes novelas. Un dictaminador que trabaja para su editorial iba a leer solo una de ellas, y me decidí por una que Fadanelli había dicho que era buena, pero el dictaminador dijo que no estaba lo suficientemente trabajada para que lo fuera. Cuando supe del veredicto yo ya estaba involucrada con Eduardo, me sentía culpable de no haberme mantenido, profesionalmente, a la altura de lo que yo estaba pidiendo. Lo que continuó fue conocernos como pareja. Yo estaba finalizando la escritura de una larga crónica sobre los años que había vivido en la Ciudad de México, quería deshacerme de dicha ilusión de volver a la ciudad a vivir, y creía que escribiendo de ello me liberaría de la idea de regresar. Cuando terminé el escrito se lo mandé a Eduardo, unas semanas después él viajó a Mexicali, aunque ya lo había hecho antes para visitarme. En algún momento, durante su estancia, me habló de lo increíble y publicable que era mi texto. Pero noté, sin que me lo aclarara, que él no lo iba a publicar porque ya habíamos comenzado a relacionarnos íntimamente. Recuerdo que pensé que esto no importaba porque valía la pena lo que estaba pasando entre nosotros y que, además, él me iba a ayudar a publicar ese texto en cualquier otra editorial, porque parecía estar muy seguro de ello, incluso más que yo.

Regresé a vivir a la Ciudad de México envalentonada por lo que había escrito y animada por mi relación con él. Mi ingenuidad, otra vez, me hizo pensar en nosotros como una pareja literaria, esta vez se me metió a la cabeza: Joan Didion y John Dunne. Después, todo cambió. O, por fin, me encontré con la realidad. De alguna manera, Eduardo, también, estaba viendo por su supervivencia, y no quería que su vida cambiara en nada, él podía estar perfectamente con una mujer u otra acompañándolo, pero no con una tan obsesiva como yo. Porque, después de haber pasado por el aislamiento al que solita me había impuesto en esos dos años, mi disciplina estaba encaminada solo a escribir y no podía disfrutar hacer nada más.

Eduardo me ayudó a mover algunos ensayos que escribí, publicó un poema en su revista (que hablaba de él), y le pasó la crónica que yo había escrito a un par de editoriales. En algún momento, me pidió el texto feminista que yo había completado para la universidad en Mexicali, y me dijo que podía ser considerado para el libro que estaban haciendo en su editorial. Me presioné dos días trabajando lo más que pude para presentárselo mejor escrito aunque, en el fondo, sabía que no iba a suceder nada con ese texto. Y así fue. Al final, dijo que a la editora responsable no le parecía que yo publicara siendo su novia: ¿Ni aunque les pareciera un buen texto? Ni aunque les pareciera un buen texto. ¿Ni aunque alguna vez hubiese publicado a uno de sus amigos? Ni aunque alguna vez hubiese publicado a uno de sus amigos. ¿Me diría de frente que no? No, no me diría de frente que no. No falta decir que desde que ya no estoy con él no puedo mover mis textos como cuando aparecía su nombre, pero ya qué.

Comencé a usar mi blog para externar toda esta frustración que estaba sintiendo, y logré que Eduardo se sintiera mal. Lo terminé alejando, obviamente. En algún momento, lo enfrenté diciéndole todo lo que sentía. Lloró con desesperación. Creo que lloró al darse cuenta de su inconsciencia, porque no era como que planeaba las maneras en las que me respondía, solo reaccionaba. No es una mala persona, es un hombre inconsciente, inconsciente del poder que tiene, tal vez no es tanto, pero tiene poder. Alguna vez, el mismo Eduardo me dijo que le hubiese encantado que nos hubiéramos conocido desde un lugar distinto. A mí también me hubiese encantado.

Ahora que escribo esto pienso si no estoy usando, nuevamente, mi poder en su contra. Porque intento ser lo más honesta posible, hablando de mis sentimientos, de mi inseguridad, de mi dolor, de mi complicidad y de las circunstancias que he vivido, pero porque puedo hacerlo. En cambio, sé que Eduardo tiene miedo de ello, de ponerse a hurgar en sí mismo, de entrarle a lo que siente y de, además, escribirlo y hacerlo público. Porque en el mundo de los hombres esto, normalmente, no se hace. Porque es una traición para el resto de la estirpe. O si se hace tiene que haber una historia de súper hombre, del gran macho, pero escurridizo, resistente e insensible, pero que sufre, como sucede en el caso de Fadanelli. Porque tienen miedo a sentir lo que verdaderamente sienten y luego revelárselo al mundo, porque ¿Qué pasaría si, de pronto, la realidad que conocen y donde tienen una posición de poder cambiara por completo?