Con ese silencio: silentro

Debería dejar de leer ese libro rojo con negro que, casual o no tan casualmente, está en los colores de huelga. —Si sigo leyendo a Vivian voy a renunciar [a mi trabajo]. Pero renuncié a volver un tuit de esta frase.

¿Cómo es que todo incita hacia otra cosa?

Incluso el deseo más pequeño: te tomas un helado, después querrás agua, tomarás agua, buscarás un baño, después del baño, querrás esa cerveza, después de la cerveza te darán ganas de bailar, terminarás en el cine, reirás o llorarás y saldrás intentando pretender una continua realidad de pantalla, de conformarte con lo que es, mientras las voces. Las voces. Las voces.

¿Las voces?

Las voces no son otra cosa que eso que te susurra lo que no eres, lo que no es. Por lo tanto, estás en lo que eres, en lo que es, y eres exactamente eso que no está contribuyendo hacia otra cosa. Y lo sabes. Y lo ves todo el tiempo. Y lo sientes. Y no lo puedes dejar de sentir.

Por ejemplo, otra vez el helado, antes de la botella con agua, sentada en el cuadrito de concreto que está sobre Reforma, a la altura de la Diana Cazadora en la atesorada Ciudad de México, observando al hombre de uniforme neón que barre —es domingo— y levanta polvo y parece que el hombre no ve otra cosa que el suelo, y la pareja sentada enfrente levanta la tapa de cartón para sacar otro pedazo de pizza, ahí están en sus respectivos cuadros de concreto ¿La pizza con polvo? Se adereza. Al igual que mi helado. Pienso en que ese hombre merece mi helado, y pienso en su reacción: gracias, señorita. O no gracias, señorita ¿Y luego que hago con el segundo helado? ¿Me lo como a huevo por tener esta idea infantil idealista? Tragarme mi idealismo de caricatura. Y si el hombre me dice que gracias por el helado, ¿qué? ¿Ahora soy una regala helados? ¿Una payasa del gesto compartir al otro?

Aborté el ciclo del pensamiento, entré a la sala del cine. La realidad exige, exige y no deja de exigir tu contribución o tu indiferencia o tu destrucción.

Las voces me dicen que me calle mientras dentro de mí solo sigo hablando. Me dicen que todo bien, que hasta aquí se puede, que todo será, que esto también antes no estaba, que antes era otra cosa. Que ahí va la cosa. Las voces van componiendo una cumbia en tono superacional. Paso a pasito. Callo.

Silencio, la poeta decidió titular su poemario Silencio y luego lo lleno con palabras.

Las expectativas de aquello que no es, la otra cosa, la imaginación, cómo es que rápidamente llena el es… Versus ¿Quién eres? ¿Cómo vas a contribuir? ¿Qué estás haciendo al respecto? Preguntas como fantasmas, son los sueños (sí, los sueños nocturnos; no el tener un sueño, no tengo quince años, aunque, a veces, sí).

El deseo. El de se o. El de se o. El deseo es el otro. De ser otro, quizá, tal vez… etc. Son los otros y la imposibilidad de alcanzarlos. De serlos. Quedarte en desearlos.

Dos niños compartiéndose sus paletas, son muy pequeños, ella le ofrece paleta a él y él la chupa, y al revés, él extiende su manita para que la niña chupe también de la paleta de él.

Una Lisístrata que recluta a mujeres para que por medio del sexo liberen a los hombres de su instinto violento. Que se los cojan y destruyan ese impulso de destrucción, que los lleve a una aceptación de quienes son, del presente y la entrega.

Hasta que se dejan de drogar, por ejemplo. Tampoco me la creo, que los hombre duros se drogan. Al revés, siento que sienten tanto que imploran dejar de sentir. Que se cortan los cables que conectan dentro del cuerpo. Y se llenan la cabeza con las historias que ya produjeron otros hombres duros. Y así repiten en su tiempo. Verdaderos fantasmas de cuerpo y mente.

Entonces, tal vez, sí, tengo quince años.

Y me gustan más enumerar todas las historias posibles que desarrollar una. Y me gusta más imaginar todas las experiencias posibles que ser parte de una. Y me gusta más probar todas las sensaciones posibles que hundirme en una.

También tendría que dejar de leer “En el mundo occidental, ciertos artistas y atletas, hasta ahora, han sido los únicos en reconocer la naturaleza debilitante de la eyaculación masculina. En su autobiografía, Charlie Chaplin, escribió ‘como Balzac, quien creía que una noche de sexo significaba la pérdida de una página de su novela, también yo creía que eso se traducía en la pérdida de un buen día de trabajo en el estudio’. En una nota más contemporánea, hay una entrevista con el músico de jazz, Miles Davis, que apareció en una edición de 1975 de Playboy […]”. Parafraseándolo, mejor, dice Davis que no puede eyacular y luego pelear o tocar [en una presentación, en un gig]. Que si le preguntas, a su vez, a Muhammad Ali, dice Ali que si eyacula, no dura ni dos minutos peleando. El entrevistador le pregunta a Miles Davis que si pelearía en contra de Muhammad Ali en estas condiciones. Y Davis dice que por supuesto que sí lo pelearía. El caso es que el libro continúa obviando la naturaleza de la potencia sexual en las mujeres a diferencia de la de los hombres, y va definiendo las posibilidades de equilibrar una relación sexual entre ambos.

Más allá de que todo lo anterior me parezca interesante, lo mismo que me pasa con Vivian Abenshushan en Permanente obra negra, igual que me pasa con casi todo maldito libro al que llego por curiosidad es que ¿Ahora qué hago con esta información? ¿Comienzo a predicarle a un hombre con el que posiblemente me voy a acostar que estaría bueno que aceptara su condición sexual inferior para desde ahí pudiéramos tener una relación sexual en donde si llegamos al orgasmo no termine nadie perdiendo? ¿O voy al trabajo y le digo a Cris, la señora de la limpieza, que de ahora en adelante vamos a hacerle un plan de crecimiento que incluya no nada más un pago pero que tal vez aprenda inglés o incluso algo de lo que hacemos en la editorial, o que nos diga qué le gustaría aprender? Y así, un sinnúmero de necesidades que aparecen a raíz de algo que antes era nada más continuar y ya, sin sentir el tener que hacer algo más. Ahora toda la información es un cable que se suelta dentro del cuerpo, causando una explosión, y se siente y se siente y se siente el: no estás haciendo nada al respecto.

He visto a las mejores mentes de mi generación utilizar esta pinche frase hasta la extenuación.

Estoy hasta la madre de escribir sin escribir, como lo hago ahora, como sé que lo hago casi todo el tiempo: comienzo a sospechar de estas feministas (algunas) ¿que disfrutan este momento? Caminan por la alfombra roja de la realidad vestidas en sus mejores palabras, pronunciando discursos políticamente incorrectos pero bien maquillados y sonrientes. La causa es ya un espectáculo, un número de stand up, es la comidilla de todas las redes. Es el lugar común en donde se han acomodado. Como si la lucha estuviese por terminar. Es cierto que algunas hemos llegado tarde, y no, no necesariamente. O, tal vez, solo en nuestra vida real [y, apenas, vamos empezando]. Pero, por ejemplo, échate una abuela matriarca feminista, un tanto castradora, para ver si no repiensas qué significa pronunciarte, cómo lo haces, a quién dañas y a quién beneficias, o cuál es tu lugar en todo movimiento que está, o debería de estar, en continua transformación. Como tú, como yo, como todas las personas ¿no deberíamos aceptar estar en continua transformación? ¿O van a comenzar su marca al respecto? ¿Suvenires? ¿Tazas y llaveros con su carita exigiendo justicia?

La escena es la siguiente: impartiendo un taller de creación literaria, en Mexicali, una de las únicas personas que fue parte de ese público fue mi abuela, hace algunos años y antes de que ella muriera. La premisa para el ejercicio dentro del taller era utilizar algo de tu vida personal que lo hubieras visto desde una perspectiva y que con el paso del tiempo hubiera cambiado. Llevando al personaje a cambiar en la narración. La historia de mi abuela, de este icono feminista en la ciudad fronteriza donde crecí, fue la siguiente:

Veo a una mujer de la tercera edad, de clase media alta, demasiado cómoda, usa perlas y un ajuar color rosa pastel, se presenta en los eventos con el gobernador, es fotografiada, defiende la causa de las mujeres que han sido violentadas, ha apoyado a cientos de ellas, la causa cumple treinta y tres años, pero ella presiente, esta mujer, que es algo que le fue fácil hacer. Nunca se le desacomodó ni un cabello en treinta y tres años.

Mi abuela me lo dijo de muchas formas aunque sin decírmelo: no te la tragues toda, no así como viene (la realidad, las palabras, ‘las causas justas’), aunque sepan tan bien, aunque te adornen perfectamente; cuestiona y haz-la-tuya. Toda causa, toda realidad. ¿O son solo mis palabras en un momento de este sentir? Seguro son. Ahora ya no tengo de otra, en mis sueños [nocturnos] mi abuela nunca me contesta.

Nada puede ser. Ni una idea, no por mucho tiempo, y esa es la única naturaleza que no acepto, pero intento, más bien, resignada. Dejar escapar eso que se define; sobre todo, al espejo.

Los niños de las paletas crecen, años después, acostados en una cama, después de coger, él le dice a ella que siente como su vulva, más bien, aprieta hasta ahogar su pene. Ella lo observa, lo quiere querer, no tiene un instructivo de cómo, se calla y se levanta y sonríe y se viste y se va. Y espera, con esa esperanza fingida, no tener que explicar nada con palabras. Ni siquiera a sí misma ¿Qué más se va a inventar con lo que es?

Silencio, así me encantaría titular esta forma de no escribir. Silencio para después atiborrar la hoja (realidad) con negro (ruido), con balas, con ausencia de silencio, con palabras.

“El silencio de un árbol puede suceder debido a una enfermedad seria o, tal vez, de su falta de conexión bacteriana, lo que lo dejaría, al árbol, completamente fuera de las últimas noticias. El árbol ya no registra el desastre que se aproxima, y las puertas se quedan abiertas para el buffet de los insectos y las orugas. Los árboles solitarios son igualmente susceptibles—pueden parecer saludables, pero no tienen idea de lo que está pasando alrededor.”

no hay foto, hay olor; y del dolor no sabemos tanto

El retiro budista en la montaña: crónica de una primera experiencia

1. El retiro

En la montaña de un pedazo del terreno llamado Chino Valley, en Arizona, cerca del poblado de Prescott, a dos horas de Phoenix, se encuentra un instituto budista con un templo que le fue donado al maestro Garchen Rinpoche. Todos los años, en este lugar, alrededor de noviembre, se organiza un retiro intensivo a partir de la invocación y los rezos al buda Vajrakilaya. Para fines del retiro un mantra debe repetirse sin detenimiento dentro del templo, durante todo el día, durante nueve días. Este 2019 fueron alrededor de doscientas personas las cuales se hospedaron o acamparon en el instituto, al mismo tiempo que hacían servicio y trabajo de cualquier tipo (la limpieza, cocinar, ordenar) y se turnaban los horarios, que la misma administración del templo (ayudada por los monjes budistas), habían acordado para mantener suficientes personas dentro del recinto para realizar los rezos durante todo el día, durante todos los días.

Chino Valley, Arizona

Así fui parte del retiro budista que sucedió en este instituto el año pasado: “Vajrakilaya empowrement and drubchen”, un intensivo empoderamiento a partir de la deidad Vajrakilaya. ¿Empoderamiento de qué? ¿Quién es Vajrakilaya? ¿Intensivo cómo? Si tuviera que explicarlo en términos muy generales, y con mi nulo conocimiento del budismo, diría que es un campamento de alto rendimiento, con ejercicios muy demandantes señalados por una guía muy poderosa, pero en lugar de que vayan dirigidos a los músculos del cuerpo, son ejercicios que van directo al alma, o que limpian aquello que está entre el cuerpo y el alma, o el cuerpo y el espíritu. El alma no necesita ejercitarse ni limpiarse, tampoco el espíritu, pero sí los pensamientos, esos con los que nos describimos a nosotros, con los cuales percibimos el mundo y nos expresamos sobre él, o sobre los otros seres humanos.

Vajrakilaya [tomada de la web]

Me di cuenta que el lugar dentro del templo, tu espacio para sentarte (en un zafu) sobre el piso, te lo ganabas, que entre más cerca te tocara de Garchen Rinpoche, el maestro, era mejor. La energía con la cual te presentabas, la energía que estabas trabajando, tu karma y tu carácter, el permiso que te concedían las mismas organizadoras (unas americanas y chinas bastante neuróticas, pero también muy trabajadas), te asignaban dicho espacio; porque eras tú, por medio de los otros, quien te abrías o te cerrabas el paso.

Mi lugar se mantuvo casi el mismo: tenía una vista directa hacia el frente y al maestro, pero muy atrás en el fondo, cercana a la salida donde “estorbaba” al paso de los otros; era la primera vez que el templo recibía a tantas personas para el retiro. En los últimos días, ya que se habían ido algunas personas, tuve un espacio en el cual dejé de obstruir, con una pequeña mesa para mis textos y escritos, y con dos personas muy tolerantes y compasivas a mis costados; una mujer rapada, blanca, de unos cincuenta años acomodada a mi izquierda y un hombre blanco, canoso, de unos sesenta años, a mi derecha. De ninguno supe nada, ni sus nombres, pero los sentí como mis padres budistas de dicha experiencia. En una ocasión, hacia el quinto o sexto día, en donde yo no podía detener mi llanto, en plena meditación —porque emociones fuertes te van tomando en el proceso, como la marea sube su intensidad— ambos me pasaron un pañuelo al mismo tiempo, esto me cortó el llanto y hasta me dio risa.

Fui con un grupo de compañeros de terapia, nuestro caso fue distinto, nos hospedamos en un Airbnb en Prescott, a cuarenta minutos del templo, éramos siete personas, más nuestro maestro quien se quedó en un hotel junto con su pareja. Nuestro maestro se llama Juan Mendoza, ha tenido diferentes tipos de entrenamientos como terapeuta, como chamán y como guía. Y es alguien a quien he seguido por casi dos años, ya que su premisa es no casarse con una sola disciplina espiritual; es lo que, a su vez, le ha enseñado uno de sus principales maestros (Carlos de León quien tiene un centro en Canadá)— se trata de “tomar lo mejor de cada doctrina”. Así que nuestra experiencia tuvo sus particularidades, siendo un grupo que nos conocíamos poco, ya que no sabíamos casi nada de nuestras vidas mundanas, pero sí algo de nuestro carácter y ciertas situaciones que hemos tratado en terapia, esto nos dio una dosis de intensidad, al mismo tiempo que un tipo de pertenencia.

2. La pregunta

¿Algo cambió? He estado tentada a decir que nada y, luego, a decir que todo. Por ejemplo, al comenzar con este escrito lo hubiera hecho tomándome una cerveza o un vino, concentrándome más en el vacío del vaso, que en lo que voy registrando en la hoja blanca, pero lo hice con un té caliente, pensando en desistir aún antes de empezar, sintiendo que no importaba si esto quedaba por escrito, y que lo significativo era lo que se había inscrito en mi cuerpo; reconociendo, sobre todo, que no necesariamente iba a poder describir algo con claridad.

Mientras duró el retiro no tuve una sensación de bienestar, pues casi siempre me sentí incómoda, confundida, con el cuerpo dilatado, como si se relajaran membranas que antes nunca había sentido, pero que entorpecían el movimiento de mis pensamientos y acciones. Esos pensamientos que generan una realidad acartonada, como tener pesadas cobijas abultadas entre el cuerpo. Después, empecé a reaccionar de diversas formas. Y era como si otra mujer, una que se parece a mí, estuviera haciendo eso que hacía, mientras yo iba registrando posibilidades inmediatas y distintas de reaccionar; intentando reconocer cuál era la que beneficiaba al entorno y no solo a mí. Vi con lupa esas acciones que podía, o no, realizar y que me entregaban a la realidad —sucediendo para el bien común desde donde estaba—; y debido a una ausencia de expectativa, como querer reconocimiento o algún tipo de recompensa, me dejaba más ligera.

[Ya no sé cuáles de las fotos que tengo son mías o de mis compañeros de viaje]

La consigna de ser mejor persona, en mi cabeza, se asimilaba, en su sensación, a una condena y, al mismo tiempo y poco a poco, a la única salvación. Ahora hablo como Jesucristo en Evangelio, y parece que me burlo y, quizá, me burlo; pero porque continúa habiendo una híper-consciencia que me devela todas las reacciones internas que hay con cada expresión que realizo. Me siento obligada a estar alerta a lo que estoy haciendo y diciendo, al mismo tiempo de que existe un recordatorio de separarme de ello para solo observar, responder o no responder e intentar soltar. Y da miedo. El rechazo, la posibilidad de un aislamiento total y la muerte de mi yo por completo como lo conozco, es lo que permea. Porque es mentira cuando digo que no tengo idea de quién soy, esta frase filosófica es el lugar común de los escudos y del desentendimiento, porque, en realidad, tengo una idea fija de la que soy y es esa la que actúa, empero, ahora (después del retiro y habiendo visto otras posibilidades) sé que no actúo siempre desde el corazón y sé que eso puedo estarlo cambiando (milimétricamente) siempre, entonces ¿Qué quedará de mí? ¿A dónde perteneceré? ¿Cómo seré parte? ¿Me tendría que volver una monja budista?

Selfie con el maestro Garchen Rinpoche

Mi experiencia comenzó desde antes, en terapia individual con Juan y, también, en el primer taller de Fundamentos de espiritualidad y de conciencia que se organizó con él como maestro; en donde empecé a sentir esto, que no había escapatoria, o al revés, que se trataba de la única forma: la verdadera posibilidad de existencia. Para definir ciertos elementos que han determinado mis decisiones y formado un “carácter”: soy una mujer muy contradictoria —me permito serlo—, lo mismo puedo estar en el extremo de una emoción y, en poco tiempo, volcarme a su opuesto, y así reacciono; también, y por el otro lado, me cuesta trabajo aceptar que existo, que soy una persona que vale, como cualquier otra, y que puedo decidir sobre mi forma de vivir y actuar y estar.

El primer día

Lo que sí puedo asegurar es que mi cuerpo había estado implorando volver a su naturaleza (en palabras de Juan), y lo puedo definir por el aumento de bienestar general en mi vida. Este bienestar no iba sucediendo como una recompensa inmediata después de cada cambio que intentaba, al contrario, estuve meses en un continuo de resistencia, confusión y limbo, y hasta después lo reconocí al hacer un balance general. Tengo más energía, mis decisiones, más bien, me dejan tranquila, al mismo tiempo que las dejo pasar, no me quedo (ya casi no) en eso que hago vanagloriándome o culpándome. A la par, y esto es lo que más me ha costado, pero aún así lo siento una posibilidad real, hay una mayor ligereza: en el cuerpo, en la mente, en mi desenvolvimiento. Recuerdo que solía sentirme mal con frecuencia, en una semana eran tres o cuatro los días que me embargaba una tristeza o rabia o desesperación, donde no podía dormir, y “tampoco podía detenerme” en lo que estaba haciendo, y en donde siempre quedaba confundida. Llorar era consecuencia de mis acciones; todo estaba determinado por la idea de que yo no valía y que, al intentar “hacerme valer” (existir), mis acciones lastimaban a otros, o destruían y cancelaban el alrededor.

Ahora sé que la sensación de ligereza viene de vivir en una constante entrega, sin esperar nada a cambio, por ello se me ha dificultado; por el apego (un concepto muy recurrente entre los budistas). Hacerle entender esto a mi cabeza, que estoy aquí para que mi vida se convierta en un flujo constante de entrega hacia la vida y para los demás, es más complejo por diferentes cuestiones que intuyo, más no puedo asegurar.

Socialmente existe esta creencia general de que hay que recibir siempre algo a cambio de todo lo que hacemos y damos. Incluso, se asegura que las personas buscan sobrevivir o vivir pasando por encima de otras personas. Esta segunda premisa es no tenerle fe a nadie y tampoco a ti misma, pues si estás esperando a que la otra persona “te chingue”, la falta de fe es en ti, creyendo que tú harías eso que estás esperando que suceda. Seré leída como una ingenua entusiasta que, además, usa la palabra fe (me doy cuenta), una loca que se volcó hacia algún tipo de religión, o de prácticas, porque no podía con su locura; mi manera de reaccionar necesitaba de una serie de doctrinas para mantenerme en mis cabales. Desde ahí diré que sí, que me leerán así; por otro lado, confieso que nunca había vivido mi “locura” con tanta naturalidad, que me he reprimido poco (o lo mismo que antes) pero que, ahora, es rara la culpa que me retiene con respecto a mis decisiones, acciones y opiniones, y que por esto comparto la experiencia. Como una sorpresa. Es difícil registrar lo que he vivido, ya que sucedió a partir de una lucha constante por llegar hacia algún equilibrio, entonces decirlo sin que parezca una profeta de ello, vanagloriándome o culpándome, cayendo, tal cual, en lo que dije antes que ya no me pasaba, es complicado. Sé usar las palabras pero, por lo mismo, me he tardado en aterrizar lo que he vivido durante casi dos años habiendo alcanzando algún tipo de clímax durante el retiro.

3. Monja no

Los primeros tres días en la montaña me parece que fui la que más se quedó dentro del templo. Buscaba entregarme totalmente a lo que, además, me había costado en todos los aspectos (me había gastado una buena parte del dinero que no tengo). Recuerdo que tuve esta conversación con Juan, en el comedor del instituto, al darme cuenta que era más fácil permanecer en el templo (para siempre), que volver a lo que conocía como mi vida. Que, de hecho, los mismos budistas en su descripción de las 37 prácticas en el camino de Bodhisattva era lo que decían: que te desligaras de tu familia debido a las emociones de apego, que te alejaras de aquellos círculos que te generaban emociones confusas o incómodas, que meditaras día y noche, que te alejaras del placer (porque es como tomar agua salada y solo te dará más sed), que siempre hablaras bien de las personas aunque éstas hablaran mal de ti. Esto no se puede hacer al menos que te aísles, le aseguraba a Juan. Me explicó que sí, que la reclusión era el camino más directo y sencillo hacia la liberación de las emociones perturbadoras, pero que había que ver tu lugar en el mundo, lo que te ha tocado vivir, y que, aunque es lo más difícil que puede haber, también es lo más valioso que puedes hacer: actuar con el corazón desde donde estás, e intentar realizar todas estas prácticas pero desde tu lugar por convicción, y no por miedo. Al cuarto día, más o menos, comencé a ser más natural.

(Ahora recuerdo los episodios como fotografías o secuencias. En alguna estoy acostada en un jardín en donde los budistas tienen escrito en lápidas de piedra las 37 prácticas, y más que un cuerpo descansando, parece que estoy muerta entre las lápidas.

Otra secuencia que se me viene a la mente es estar caminando alrededor de la Stupa, una edificación particular que eleva los rezos, y a la cual las personas acuden a continuar con la repetición de algún mantra pero estando en movimiento; normalmente camino con cierta rapidez pero, en ese momento, mis pasos fueron lentos, como de agua templada).

Los días siempre tuvieron un clima distinto: estuvo soleado, hizo un frío seco, hubo viento, bruma, estuvo nublado, llovió, nevó, volvió a estar soleado, apareció un arcoíris. Así, también, iban cambiando las sensaciones en el cuerpo, las emociones y las reacciones ante lo que se iba presentando, mi idea de la relaciones que tengo con los otros.

Las personas no estamos acostumbradas a atender las sensaciones y emociones de nuestro cuerpo, esto es algo que aprendí, más bien, en el taller de Fundamentos, que queremos controlar y castigar al cuerpo por “desviarse en la reacción que no está teniendo”, porque creemos que responderá como nuestra cabeza lo dicta. Incluso en sus reacciones más básicas, como en el cansancio, como cuando tiene sueño y quiere dormir; o al revés, cuando se levanta demasiado temprano, o cuando aún no quiere cerrar los ojos. Comer, ir al baño, dolores en el pecho, en la cabeza, en las articulaciones, en la espalda; no advertimos las señales, y es hasta que “nos molesta” que lo “corregimos”; tomamos pastillas para que se detenga en eso que no queremos sentir, fumamos para cortarle la respiración o, simplemente, dejamos de respirar o lo hacemos precipitadamente, lo llenamos de alcohol o de alimentos para abotagarlo y enterrarlo y no escuchar lo que nos comunica, menos aún cuando nos está gritando; lo hacemos culpable de nuestro dolor y lo cancelamos, en lugar de detenernos a sentir ese dolor (que nosotros mismos le hemos ocasionado) y aliviarlo, liberarlo.

4. Resonancia y espejos

Todo lo que estoy escribiendo aquí es el resultado de meses de trabajo con Juan, lo estoy parafraseando y dilucidando desde mi propia experiencia, pero el discurso base viene de él y, al mismo tiempo, sus palabras vienen de otros maestros, y así sucesivamente. El retiro fue el pico de dos años de enseñanzas. Durante este tiempo, también, leí varios libros sobre el carácter, el comportamiento y la energía; a Alexander Lowen, a Castaneda, Freud, al mismo Carlos de León, a la de los Chakras, El TAO de la salud y el sexo y la longevidad; antes había leído a la de Manos que curan y, también me eché todo el Curso de milagros. Con esto mi percepción ha estado muy atenta a la resonancia, a la energía, a la atracción y a reconocer el efecto espejo. Tiendo a hacer asociaciones, no muy pensadas, más bien intuitivas, y sin tanta información a la mano, de las personas que se acompañan, de la atracción que se ejerce entre los individuos y por los lugares. Y, con ello, el desenvolvimiento de las relaciones, y de mis relaciones.

Dentro del grupo que viajamos pude reconocer lo siguiente con cada persona con la que compartí cada momento. Por ejemplo, realicé el viaje desde México con Natalia, que es una mujer muy distinta a mí, sobre todo, en complexión, y nos hemos convertido en amigas por una especie de complemento que somos la una para la otra. Siendo que ella fue con la que más compartí también fue con la que más tuve confrontaciones (conmigo misma, pues no se las dije). Recuerdo que hubo gestos que ella hacía que me molestaban, en uno recordé a mi madre; un gesto en donde se toca el cuerpo al caminar, como de una sensualidad despreocupada. Luego, una noche, en la cual todos estábamos platicando sobre nuestras experiencias con drogas, me fastidiaba que Natalia hablara, no quería que tuviera la atención, ni que hiciera reír a los demás. Después, me molestó ver el desayuno que ella se preparaba solo para ella, mientras que cuando yo cocinaba era “para todos”, a tal grado que un día dejé de desayunar; porque lo que realmente me incomodaba era que (yo) tuviera que cocinar para todos, algo que me había impuesto sola y no podía cumplirlo honestamente. Finalmente, más que me incomodara Natalia, era mi propia reacción hacia ella la que me inquietaba ¿Por qué me irritaba su desenvolvimiento? Porque así era como yo quería actuar en ciertos momentos, con la naturalidad que ella lo hacía.

Una noche, como el Airbnb tenía jacuzzi, decidimos meternos en calzones y top, porque no llevábamos traje de baño, y tomamos vino; aunque no todo el grupo se metió. Pero Andrea traía puesta una tanga, y yo no podía dejar de verle el cuerpo cuando medio se salía del agua, y no sabía si ella me atraía, o envidiaba su cuerpo; pero sentía mi propio cuerpo abotargado y descuidado. También, al ver a Andrea a lo lejos en el templo, observaba su gesto, la veía manteniendo los ojos cerrados mientras meditaba con una ligera sonrisa, y pensaba que, o yo me había amargado y no podía sostener lo que notaba que en ella aparecía con normalidad, o simplemente era que yo era varios años mayor y había vivido más y era más realista.

Se me hacía fácil evadir a Judith, una mujer demasiado expresiva, que parece que usa su expresión para ocultar sus verdaderas emociones. Y, sin embargo, un momento en el que me sentí muy feliz (uno de los pocos) y que fue el día que comenzó a nevar, lo compartí con Judith, pues nos encontramos y nos tomamos fotos y nos reímos. Por otro lado, reconocía las ganas de Judith de controlar y manipular al grupo, pero no es que fuera verdaderamente manipuladora, simplemente, a ella, no le importaba pedir y pedir. A mí no me molestaba que lo hiciera hasta que comenzó a definir que yo fuera la que contratara el Uber para hacer unos viajes, mientras que yo no sabía si, al final, sería justa la manera en la cual repartiríamos los gastos (hubo un Uber que costó casi 300 dólares), pero yo decía que sí sabiendo que después iba a averiguar el resultado. (Al final las cuentas siempre fueron justas, incluso algunos en el grupo invitaron ciertas cenas).

Estaciones, emociones.

Entonces, claro, en las relaciones con los otros siempre hay momentos decisivos de lo que puedas dar o de aceptación de aquello que te dan.

Ana se refugió en Judith, como buscando a una madre, como evidenciando que su carácter es más maduro, aunque tuviera una edad más cercana al resto del grupo que a la de Judith. Y a mí me gustaba eso, sentir el alejamiento de las personas para que cada quien resolviera lo necesario sin yo ser testigo o herramienta. Con Ana me reconocía en su tristeza, muy seguido la vi llorar, y lloré muy seguido.

El último día estuve llorando casi las seis horas dentro el templo. Creo que tenía que ver con el apego (exactamente lo que no debía de sentir) hacia lo que no creía que me iba a acostumbrar, que era estar en el templo; meditar, rezar, observar. Además, significaba la materialización de la responsabilidad que sentía al continuar con todo lo que se me había mostrado pero en la vida real. Este mismo día, como para consolarme, o yo que sé, intenté acercarme al maestro para que me bendijera un mala (rosario budista), y al no conseguirlo porque decidí no interrumpir su meditación, me di cuenta que esa es la forma con la cual me relaciono con el amor incondicional (porque Garchen Rinpoche es puro amor). Pero me fue claro, siento que no me merezco ser amada y, luego, para qué, entonces, trato de amar; me doy por vencida antes de intentarlo.

Ernesto fue una persona con la que me identifiqué inmediatamente, se la pasaba haciendo chistes, que daban mucha risa. Me daba cuenta que yo hago eso, buscar la broma para no tomar en serio lo que sea que estoy sintiendo o viviendo. Al final dijo que el retiro, para él, había sido “probar nuevas cosas”, y lo sentí torpe, por haber equiparado la experiencia a una primera clase de cocina o algo por el estilo. Pero luego me daba cuenta que lo que él estaba sintiendo también lo sobrepasaba, sus silencios estaban muy cargados y se veían en su gesto. La misma noche del jacuzzi, Ernesto se quedó afuera de su cuarto cuando todo mundo ya se había ido a acostar (yo dormía en el sillón de la sala, el resto en los cuartos), en algún momento se acercó y se sentó en el sillón donde yo ya estaba acostada, se acurrucó conmigo y me empezó a tocar debajo de la ropa. Mi respuesta fue sí, mientras dudaba en si yo quería o no tocarlo y que me tocara (¿en pleno retiro budista?), después nos dimos un casi beso, hasta que comencé a opinar sobre su pareja (yo no sabía nada de él, solo sabía que recién había terminado una relación), en ese momento se detuvo y se levantó y me pidió que no lo terapiara, y se fue a dormir. Por una parte, creo, logré que se detuviera en algo en lo que yo no estaba segura de querer hacer. Al día siguiente, en el templo, me enojaba que Ernesto hubiese llegado conmigo de esa forma, pensaba que mi estúpido carácter de querer agradar a las personas me ha llevado a que, incluso, me relacione íntimamente con personas con las cuales no lo hiciera, pero lo hago solo para ser aceptada. Y que hay algo de vanidad y superioridad en querer ser un objeto de deseo, algo que, sin duda —después lo entendería— te deja más vacía que completa.

En la Stupa y no, no estoy posando; no me di cuenta de cuando tomaron la foto.

Gabriel es una persona que me hace sentir segura, por medio de su presencia y su aprobación. Al mismo tiempo, cuando me equivocaba y estaba su participación involucrada me desconcertaba. Por ejemplo, la primera vez que él manejó (la van que habíamos rentado) desde Prescott hasta el templo yo tomé el lugar del copiloto, también era la primera vez que yo me acomodaba ahí; y como no sabía leer el mapa para dirigirlo, durante los primeros diez minutos solo estuve diciendo: no sé, no sé, no sé. Mientras que él se desesperaba, pero no decía nada, y veía que sujetaba más fuerte el volante; llenando el silencio con desaprobación. Pero, después, de pronto, al ser Gabriel uno de los menos expresivos del grupo, lo veía reaccionando, platicando y compartiendo muy animado sus sensaciones, y era como si lo conociera por primera vez.

Valentina estuvo pocos días, pero la recuerdo llorando, con cierta intensidad, desde su lugar en el templo y, creo que, con ella reconozco esta parte sumisa que tengo, de hacerme menos para no molestar a los demás (porque cualquier expresión que pueda hacer será una molestia para los otros). Y ese sufrimiento sucede a partir, según yo, de unas ganas de merecer estar y ser.

Finalmente, sentía que todo el trabajo lo estaba haciendo para que Elías lo viera —y me lo reconociera—, luego me molestaba la atención que le prestaba a mis cuestionamientos. Y a ratos me reconocía en su soberbia, en este continuo querer dar una respuesta a todo, y luego me vi en su curiosidad y ganas de conocimiento. Algo que me sorprendió fue una humildad que no le había visto antes y que, quizá, en mí tampoco es evidente.

5. El regreso

Al volver a Phoenix para viajar a la Ciudad de México me enteré que mi abuela había muerto esa misma tarde; como Mexicali, mi ciudad de origen, está más cerca de Phoenix que de la Ciudad de México, decidí perder el vuelo y tomar un camión hacia la frontera. La vida (la muerte) me acosaba al minuto uno de mi regreso.

A la mañana siguiente, habiendo dormido poco y antes de salir desde Phoenix hacia Calexico, fui a desayunar al restorán del hotel, llevaba mi cuaderno, y en esa sentada le escribí un poema a mi abuela. Me asombró porque juré que mis ganas de escribir —debido al retiro— se habían apagado. Pedí el Uber y con la conductora, una joven americana hija de mexicanos, platiqué durante el trayecto sobre la muerte de su esposo debido al cáncer, sobre que iba a mi pueblo natal al funeral de mi abuela, sobre su idea de montar un salón de belleza (iba muy arreglada y era temprano por la mañana), sobre que las mujeres tenemos que salir adelante solas. Mi abuela fue una figura feminista importante en mi ciudad natal, pero esto no se lo dije, aunque pensé que mi abuela me estaba hablando a través de ella. Fui al sepelio, acompañé a mi familia, regresé en la madrugada a la CDMX solo para dar la última clase del semestre en la universidad, empacar y viajar hacia Guadalajara, para reunirme con la editorial donde trabajo, para el comienzo de la Feria del Libro —hacia el más samsárico de los retiros que puede haber en el círculo donde me muevo—.

Pudiera decir que la templanza y la claridad se acabó en ese viaje a Guadalajara, porque aunque había dejado de tomar, volví a tomar y hasta fumé marihuana, porque no había estado con nadie (sexualmente) en seis meses y estuve con alguien una noche (monja no, eso seguro). Porque me veía intentando encajar en el mundito literario y editorial, al mismo tiempo que lo peleaba y rechazaba hacia mis adentros, porque sobreviví y viví, creo, exactamente lo que quise vivir. Entonces no se había acabado nada. Estaba solo empezando. El banderazo ya se había dado, y era como el primer tramo del camino.

El comienzo es como una semilla, una semilla que plantas, que debes regar, y poner al sol, y después a la sombra, donde siempre debes de estar al pendiente. Es un comienzo en donde esperas (suplicas y rezas) que de la semilla aparezca una pequeña hierba que puedas convertir en planta, árbol, flor y fruto, aunque ese fruto caerá, la planta permanecerá, pero no sin tu atención, sin tu cuidado, sin tu trabajo y sin tu entrega. Es una semilla que siembras al centro del pecho, en el corazón; donde esperas, suplicas, rezas porque tu trabajo se vuelva esa hierba convertirla en planta que crezca en la entrega viva hacia los demás y hacia el mundo.

Al regresar de Guadalajara, de la Feria del Libro, terminamos de negociar, con el autor y sus agentes, la publicación de un libro que, por primera vez, le presentaba a la editorial y el cual fue aceptado. Además, mi jefe me hizo la propuesta formal para la publicación de mi propio libro (algo que me tardé en trabajar, en entregar y que había estado esperando, pero que, nuevamente, me costaba trabajo aceptar que estaba sucediendo). Tuvimos una especie de celebración, más bien, charla y comida y cierre, contentos con lo logrado en los últimos meses del año. A los días viajé a Mexicali para pasar navidad con mi familia, en realidad, con la familia de mi hermano. Comí mucho, me la pasé conviviendo con mi sobrino; platiqué con mi papá, compartí con mis hermanos y tías y tíos, y primos, y no hice mucho más. Leí poco, repartí un par de libros de la editorial a un par de lectores y escritores que viven en Mexicali, y me obsesioné con hacer ejercicio; me metí al gimnasio durante doce días, yendo al spinning diario, para amortiguar tanto comer y tomar, algo que me dejó el cuerpo, más bien, adolorido e hinchado.

Pero por mucho que platicara sobre mi experiencia en el retiro, y discurriera sobre la conciencia, el apego, el deseo, o el amor incondicional, siempre quedaba en mí una sensación de haber tartamudeado, o de no haber dicho nada, una especie de zozobra. Sé que todavía no tengo nada, en cuanto a que no es lo mismo darte cuenta de lo que debes hacer a estarlo haciendo todo el tiempo.

Llevo cinco días de vuelta en la Ciudad de México, decidí pasar el año nuevo, como en otros años, sola y sin hacer nada. Me dormí temprano, comí uvas, brindé con agua de jamaica. Apagué el celular por esos cinco días, decidí hacer un ayuno, leer, meditar, ver películas, y hasta terminé coloreando.

Las posibilidades son infinitas, los caminos se bifurcan, se enlazan o la marea te lanza para cualquier rumbo. O te quedas inmóvil, como me ha pasado. Por mucho que me prepare, la realidad y mis pensamientos me irán dictando el paso; por mucho que planeé una forma de presentarme ante los sucesos, se trata, sobre todo, de estar alerta para luego desprenderte e ir improvisando.

Lucía María

5 de enero, 2020

Adiós

Continuación a la navidad

Esta es la foto familiar navidad 2019

mujer

36 años

soltera

sonríe para afuera

tampoco es que llore

ni cante

ni hable en serio

ni hacia afuera ni para sí misma

es como la vez número seiscientas que tiene ganas de ser otra

tampoco es que las cuente

la melatonina no le hace afecto

escribe: quiero ser otra

escribe: estoy harta de imaginarte

escribe: tal vez esa otra que quiero ser se acuerda de la que soy y ahora era

escribe: poema a los efectos de la melatonina con los ojos abiertos

escribe: escribo

pura imprudencia, garabatos, nada más porque ya no sabe cómo huir [de sí misma], y la poquita esperanza; se acuerda cuando las palabras eran esperanza

escribe: ¿escuchaste, Lacan? [la ataca otra cosa, una tos sin ser tos pero siendo presentimiento*] es mi primera navidad sin abuelos ¿se supone que si no hay nada para atrás comienza un para delante? Sí, mi hermano me pone el ejemplo, pero no hago nada; nomás me le quedo viendo; sigo sin entender cómo reaccionar ante lo que se supone es la vida, sigo sin vida, pues —ya tomen la pinche foto— [le da un trago a la cerveza, aunque dijo que no iba a tomar]

se ríe

en serio


*No se puede explicar; imagíneselo, si puede.

Continuación a la luna


5 de la mañana

antes

abro los ojos

el sueño y la víbora del sueño, el beso en el sueño
eso que viene

va
el poema me le-va-nta:

majestad obligación del alma

el tiempo es mío, dice el tiempo corriendo que ya se va

y antes de cualquier palabra

acá me vengo por acá
es otro cuaderno otro cuarto

las ganas de orinar

me enfoco en concluir la discusión sobre el suicidio:
los que se matan se entierran en la tierra solo para volver a brotar y volver a brotar y volver a brotar / a b r o t a r / ¿a b o r t a r

la misión de regresar?

amanecen azulados y sin nubes, sin cascos

juegan a arriesgarse una vez más

bruma, es broma
nubes los que se drogan

calles los que se huyen

corren hablando de más
los suicidas son los grandes entusiastas de la vida, no pueden parar de jugar
aquí tu niñera pantano de una misma soledad

allá los custodios de una falsa libertad
tejiendo un canto a oídos huecos

vasijas de barro abrazando el silencio

aislamiento avanzando en una cuatro por cuatro 

por todo el cuerpo
hay que cultivar en la taza de café

el silencio, los sueños, las protestas de esta retrasada mental

el corazón creciendo,

encajándose los barrotes de la realidad

cantar con la nariz,

gritar con los huellas dactilares

¿qué no sentiste nada, carajo! 

dejar escurrirse

líquida llanto, sueños, cuerpo

el otro en su negativo en blanco

dejar de escribir

o por lo menos empezar a llorar

poema que nunca f(u)e, cito 13/11/2019, CDMX

Amo lo que odio, odio lo que amo: el mundo editorial… and do you FIL me?

Una de las realidades más absurdas que puede haber, sobre todo para quienes aman leer, es la Feria del Libro de Guadalajara. Se monta una ciudad de plafones, carreteras de alfombra, sobrepoblación no necesariamente lectora, alimentos insípidos, pocos baños. Un clima frío y seco, una misma blanca iluminación de doce horas, voluntarios de carácter prepotente. Es como estar en Costco, pero con libros. Es como estar en un desolado magno corporativo, pero con egos artísticos entre multitudes. Aunque te vistas con tus mejores ropas no luces, eres parte de un aparador muerto estéril pero en ebullición.

Llevo seis meses trabajando para una editorial, lo he pensado: toda persona que quiera publicar debería de hacer su servicio social dentro de una editorial. Alguien me dijo “te imaginas a Fadanelli cargando cajas”, nos dio risa. Pero Fadanelli también tiene una editorial, luego parece que todo mundo tiene una editorial. Ahora, ¿una editorial que funcione, que venda sus libros? Que crezca en ventas, en catálogo, en calidad, que logre llegar a otros países, que encuentre nuevos lectores, eso ya es otra cosa.

Creo que hay una ceguera en cuanto al proceso editorial por parte de les autors. Cuando se trata de tomarlo en serio, y no solo como un hobbie o como una actividad snob y de culto. Y creo que también hay una ceguera en cuanto al proceso de creación de un libro, por parte de los editores. Todo editor debería intentar escribir un libro y otro y otro y otro. Si su pulsión es real logrará entrar en esta solidaridad silenciosa con la autora o el autor. Pues puede resultarle irracional el que un autor o una poeta discurra sobre la posición de una coma, no una ni diez sino cien veces.

Publicar un libro es materializarlo, hacerlo visible, mostrarlo, llevarlo a la realidad. Esto es una obviedad, pero a lo que me refiero es que el objeto se enfrenta a lo que se enfrenta cualquier objeto: valoración estética, comercial, necesidad, oferta y demanda.

Las editoriales independientes en México están en una suerte de navegación contra la corriente, otra obviedad; por eso es que es tan complejo que sobrevivan, por eso es casi imposible que crezcan, por eso es absurdo que compitan ¿Cuántas personas no quieren publicar? Sobran. Y me aventuraría a plantear que hasta hay buenos libros de más.

Lo que es un circo son los egos. Solo se está publicando un libro, no se está resolviendo el mundo. Tanto para el autor como para la editora, para el editor como para la escritora: no se está resolviendo nada. En la literatura el mundo se muestra, jamás se resuelve.

Hace algunos años creía que era importante conocer a alguien que hubiese publicado una de estas grandes muestras al mundo. Que era algo con lo cual podía sentirme halagada o entusiasmada. Después, me daba cuenta que aunque quienes reconocían las verdades más sutiles de la realidad, y el entorno, no eran mejores personas, de hecho, parecían, a veces, ser peores personas. Porque lograban la posibilidad de moverse entre las sutilezas que reconocen, sin hacer el esfuerzo de convivir, ni de ser honestas, ni cuestionarse, ni ser conscientes. Ya lo he pensando, una cosa es la inteligencia, otra cosa es la conciencia y una más es la voluntad.

Tengo un libro, por primera vez tengo de verdad un libro, anteriormente había escrito varios libros, siempre con premura, con una noción muy entre romántica y estúpida, como suele ser lo romántico, de lo que sucedía en el mundo editorial, y de lo que sucedía con mi libro. Solía escribir extasiada quedándome con esa potencia de creación, creyendo que verdaderamente alcanzaba a reflejarse en lo que escribía. En mi caso, no había nada más erróneo. Así, escribí un montón de cosas a las cuales llegué concretar bofeada y alucinada, pero les daba fin, y rápidamente las mandaba a un concurso o a una editorial. Si no ganaba o no me contestaban lo tomaba como un no, esperaba un poco, no mucho, y volvía a emprender un nuevo libro. Así terminé cuatro libros, tres novelas y un texto lleno de algo parecido a aforismos.

Después de seis meses de estar como editora (correctora, administradora, etc., de trabajar en una editorial independiente, pues) sé con certeza del síndrome que sufrí, de la ceguera necesaria a la cual incurrí porque si no hubiese desistido, no habría logrado generar nada pero también me di cuenta que mi perspectiva era todo menos real o lúcida en cuanto al cómo publicar.

Sin embargo y peor aún, en esta ceguera, creí que lo que necesitaba era hacerme de relaciones de poder para poder publicar alguno de mis libros. Y ahora que estoy del otro lado, ni tan otro, pero estoy, sé que el círculo literario tampoco es de relacionarte para publicarte, mucho tiene que ver con las relaciones de poder, pero llegado el momento de que tu libro se sostenga no hay poder que lo sostenga si el libro no termina de convencer.

Me ha resultado una sorpresa ver que quienes me parecían sumamente seguras y seguros en su proceso de escritura, de creación de sus libros, y con el hecho de publicar también se lo cuestionan todo, y todo el tiempo: si su libro es bueno, si verdaderamente es valioso, si no están solo ocupando el espacio en los estantes, si era mejor esperar más tiempo, si debió tener otro título, si la crítica lo tomará como… etcétera.

Sexto Piso vende un montón, pero gasta aún más; Almadía realiza un esfuerzo constante de venta y mercadotecnia y sus decisiones arriesgadas son pocas, Casa Impronta tiene un buen lector y una gran y romántica maquinaria, Antílope tiene tantos filtros, ya que son cuatro editoras y un editor (que es como pasar por una convocatoria con cada libro) así sus decisiones de publicación difícilmente son erradas, Atrasalante, Argonáutica están en Monterrey (ya sabemos que todo lo que esté fuera de la Ciudad de México te posiciona en desventaja), Matadero tiene el mejor lector y editor del mundo, y por lo tanto el mejor catálogo, pero sus esfuerzos se anulan hacia cualquier otra cosa más (ventas, publicidad, merca), Elefanta reconoce que el crecimiento es poco a poco, Minerva tiene la mesa puesta y por lo tanto es hiperconsciente en sus decisiones, Tumbona tiene a dos escritores como editores, escritores que sí escriben y mucho, Sur + es esporádica y espontánea, Dharma ha abierto tanto sus puertas a todo mundo que no hay un catálogo con identidad, pero se mueve y mucho; estas son mis impresiones, no conozco a todas las editoriales, ni siquiera sé si estas impresiones son atinadas, pero es lo que logro aterrizar después de estos meses.

Y tengo un libro, un libro que pienso y había pensado que pudiera publicarse, pero se me viene siempre a la cabeza, y no deja de venirse a mi cabeza, que debo mostrarlo digitalmente, sin una editorial, y que si el libro es bueno entonces desde ahí se le concederá su necesidad material y entonces toda la inseguridad que deviene se esfumará en lo evidente. El libro caerá o volará por su propia cuenta.

Trabajo en una editorial y tengo un libro y soy una desencantada, pero realizo un esfuerzo constante de cultivar el ánimo y termino siendo un personaje ridículo que reconoce las pulsiones humanas (el deseo) y trata de esquivarlas para no generar apegos y dejar que cada quien actúe y responda y crezca y solucione y se caiga y se levante. O es lo que quisiera pensar que estoy tratando.

Las relaciones de poder siguen sucediendo y no solo entre editora y autor, escritor y editor, lector y poeta, poeta y narrador, vendedor de libros y compradora, creador de FIL y voluntaria encabronada y cansada en la Sala de poesía; y son tan complejas porque aún siendo la víctima puedes desde tu postura de víctima terminar dando una estocada violenta, o el no hacer nada, y continuar oprimida y callada y esperando a que en la siguiente FIL no sea necesario tanto el desgaste… pues qué manera de querer vaciarte en ese pequeño Samsara.

En realidad, de nuevo, no estoy segura de cómo se hacen las cosas de la mejor manera… El círculo literario, el mundo literario, por algo es un mundo, es una pequeña muestra de lo que sucede en el universo, acción y reacción, energía, colisión y caos; no es una maqueta que se puede reajustar desde arriba, donde apenas se alcanzar a ver una parte; pero entiendo que se trata reconocer tu pequeño lugar en este mundo, como cuando ves, desde una vista cenital en un rascacielos, a las personas moverse entre la ciudad, para darte cuenta que eres igual de hormiga pero que tus decisiones son parte del todo.

Imagen tomada por Rodrigo — (enseñando los calzones) en la pecera de Dharma Books de la FIL

La Nancy en ti

x x x x x x Me quedé sin aire, quieta entre los quietos x x x x x x x y entré al silencio x x x x x x

Bruno lloret
  • Un frutero con fruta

La sonrisa guardada en una manzana. Un plátano de vida, un tomate más boca que tu boca. El maldito recuerdo de estar viva. El recordatorio de finalmente no estarse quejando por estar viva. O te pudres o disfrutas —¿Quién le entra?— dicen las uvas.

¿No son solo los niños, las niñas, la niñez, la que sigue creyendo que “son los papás” quienes TE-TRAEN al mundo? El aguinaldo, Santa Clos, el voto, los mensajes dentro de las galletas de la fortuna; leerse la mano o el aura. La pestaña caída entre el aire vuelto granja de centeno.

Paréntesis, solo habrá uno de los hermanos que descubrirá la poética del padre; ninguno la atravesará. Mar sin salida. La madre es el cielo. Nada que atravesar, es puro respirar hasta que no.

Posdata, es arcaico el lenguaje con el que nos descomunicamos. Ya ni podemos borrarnos.

  • LA ALARMA DE UN AUTO, el encendido de un auto

Se enciende la alarma de un auto ante la menor provocación; una motocicleta con su motor, el camión del gas con su peso moviendo estrujando el asfalto.

Hacerse escuchar, declarar la existencia; rugiendo en quedito. La petrificación ante el aullido. Ningún auto está siendo robando y el que sí no es el que suena.

Querida silueta: pasaste en un barco a las 20:20 horas, desde la orilla te vi hasta sonreías en tu lejanía (mis ojos telescópicos que bien conoces), movimos al mismo tiempo el brazo, aquí estoy, allá estás, aquí estamos; y mi esperanza de que saltaras al mar y nadaras hasta mi orilla. Volteé al cielo, el barco quedó reducido a un insecto volador suspendido sobre las olas; las nubes se desprendieron de mi suspiro, el atardecer me roció, me roseó, me rosó con su llanto húmedo. Las estrellas. La noche que se volvió el mar y al revés. Todos mezclándonos en el universo tan vivo.

Perdón, me rehúso a escribir y escribo.

Perdón, me rehúso a vivir y vivo.

Perdón, me rehúso a sentir y no puedo parar de sentirlo

TODO.

Otro auto, ese que de tan viejo no enciende, ese que va acumulando el polvo sobre la pila, ese que habría que incendiarlo para encenderlo.

  • EL AUMENTO DE LA CALIDAD DE VIDA (REAL)

El aumento de la calidad de vida no disminuye la posibilidad de muerte, solo aclarando; amanece. El estudio consistió en someter a un grupo de personas, alrededor mil, a que abandonaran sus redes sociales para así conocer los efectos, de ello, en su calidad de vida. Repercusiones o beneficios. Una solo persona aseguró que después de una semana aumentó su noción de vida, hemos equiparado la palabra noción con calidad; la manera de comprobarlo es que, según dijo, el desayuno le sabía a comida: sabores y olores, texturas, y no el estómago revuelto y la fatalidad junto a la superficialidad de las noticias. No el vacío, no el ácido, no la nada, no la soledad. Logró ordenar su departamento, y reconocerlo. Asearlo, y no solo esa esquina en donde se ubica el escritorio con la computadora encendida (también habría que encenderla, lo dijo medio en serio). No se ahogó ni una sola vez al tomar agua. Soñó y recordó sus sueños (dice que son mejores que las estampillas luminosas que llegó a recolectar en sus redes). Conoció a un par de personas, y cree que hasta a un posible amigo. Sin querer, ha visto a lo lejos (encontrado) un montón de conocidos, pero siempre los ve cabizbajos, como deprimidos, como jorobados, como alimentándose de las migajas de lo que llevan en su propia palma de la mano. Al resto del grupo de estudio, las 999 personas, les han asignado guías de realidad (algo así les terminó llamando el neurólogo que ha dirigido el experimento), y esto porque no se mueven en el mundo tridimensional; algunos de estos novecientos noventa y nueve dicen que es demasiada opaca —la realidad— o plana, o inflada, o creen que va demasiado rápida o lenta. El grupo se contradice y discute. Alguna cachetada. Se asustan con las texturas y el aire o las nubes que nublan el cielo. Ya les serán devueltos sus dispositivos (les llaman celulares) para que puedan detectar el alrededor, las calles, y que cada aplicación (nombre usado por los usuarios) les vaya dictando lo que está pasando: el clima, la ubicación, la hora, la persona en su encuentro, las necesidades y sus sueños. Sudan, a pesar del frío, desesperados.

  • A CABALLO DESBOCADO SOLO SE LE VEN LOS DIENTES

El caballo corrió hasta la extenuación, y en el borde lo emboscaron. Caballo color caramelo, no demasiado alto, no demasiado fornido, joven, pero ya no un potro. Lo amarran con cuerdas y se alzó en las patas traseras mostrando los dientes, brillando. La belleza de la locura, viva, fluyendo. Se volvió a alzar, y de nuevo, y pretendió volar, o arrancarse el saco de su cuerpo de caballo, aventarse al precipicio arrasando con lo que haya arrasado. Los hombres se ríen, también muestran su dentadura, dientes falsos, dentistificados. Su maldad domestica al caballo a la tierra.

Las cuerdas, los mecates, las redes: el acto de domesticación. Encarcelamiento.

La muerte en vida; automatización del cumplimiento de los mandatos: ora tener miedo, ora obedecer, ora protestar, ora ser feliz.

La pieza musical que se toca desde la gran orquesta, la masificación; la huida pero hacia el grupo para SOVREBIBIR. Perdón, sobrevivir. La locura que se ancla a lo profundo y a la soledad. A LOS SUENNNOS, a lo hondo de un mismo mar nunca descubierto; y nunca más más. Incluso las rebeliones nacen muertas, pero son adornadas con el espectáculo.

  • LA MEDIA

¿Cuál es? ¿Cuál es la media? Quiénes son la mayoría, adultos, ¿los que tienen pareja o no tienen pareja? ¿Cuál es la soledad más llevadera? La que se pretende no ser soledad, o la que se fija como soledad en uno. O el sueño de los que tienen pareja y piensan que dejarán de tenerla y alcanzarán la libertad, o el sueño de los que no tenemos pareja y pensamos que alcanzaremos el amor, por lo tanto, la pareja y luego la libertad en pareja.

¿Es un caso de supervivencia? Entonces es más fácil sobrevivir entre dos, o ver por uno mismo, por una misma. O, en realidad, los suicidas ¿siguen teniendo la razón? ¿A pesar de tanta vida?

Y, luego, los hijos: condena o guía hacia la mejor de las supervivencias. Motivo, pretexto, ánimo. El hijo como paráfrasis materializada de un hacia el futuro. Pero, repito, ¿cuál es la media?

  • BASTA
  • QUE ME ESTOY QUEDANDO ARRIBA
  • DE TANTA (BUENA) POESÍA

hace tiempo que no me drogaba hasta el abismo de la belleza de las palabras.

Escribiendo con la mano en el cuerpo

Sonreía por haber encontrado el placer de escuchar y leer. Y nada más. Una actitud resignada como ofrenda y el silencio como oración hacia la realidad, consiguiendo la calma; un dormir sobre el mar.

Las palabras son transacciones. O acciones devaluadas dentro de una bolsa del lenguaje en la quiebra. Una bolsa que se rompió de tanto acumular carcasas. Palabras cadáveres.

Nos acostumbramos al ruido, a la basura, a la repetición y a las copias.

[Grabación número diecinueve mil] *Coloque aquí el discurso imperante del inconsciente colectivo* Agréguele: algún toque de ironía, o un sentido profundo y visceral, o hasta un dejo de crudeza; ládrele, grítele o báilele con los deditos agregando un sinnúmero de signos. Si tiene diarrea de risa, mejor.

Discursos políticamente incorrectos, pero perfectamente adecuados para sus seguidores. Discursos políticamente revolucionarios en un clic.

Palabras para fuera que no llegan ni a un —¿cómo era… de qué estaba hablando?—. De regreso al inicio. El inicio en el olvido, esquivando el dolor. Palabras publicidad. Palabras propaganda. Palabras de plástico (reciclables, reusables, biodegradables; eso sí).

La hija bien portada del círculo en itinerario, lamiendo una paleta de dulce soberbia, dejando caer la envoltura de papel —no reciclable—, sonriendo para atraer la atención a un punto fijo. A un agujero blanco. Su silencio en altivez. “Veánme, soy tan frágil, pero resisto”.

Los dos retratos de cartón tamaño persona; el séquito que está detrás y los detiene. Pero se caen los cartones humanos y los levantan, pero se vuelven a caer y los vuelven a levantar. Hay chamba de por vida hasta la muerte.

Avanza la ignorancia.

Súbele el volumen la mordaza, que esa sea tu canción, al ritmo de un pensamiento obsesivo. Aquí se trata de NO ESCUCHAR.

Para aquellos que se dan cuenta: saludos —desde la realidad, desde la injusticia, desde la contradicción—. Mejor tirarse al suelo, haciendo de su conciencia el muertito, flotando entre la basura que apesta, pero aseguran que no huele tan mal.

Otros, en la carrera rápida para ingresar al laberinto de la confusión, lanzando confetti de emoticones a su paso. Carita volteada, carita sonriendo, carita tapándose la boca. Un meme. Un sticker. Pura neurosis buena ondita. Hay que envolvernos en lo virtual del absurdo. En lo absurdo de lo virtual. “A gusto, bieeen conchita”, como decía el surfo.

Hay que gritar que queremos pasar desapercibidos. Y de pronto, ya estamos brincando muy alto porque alguien nos está llamando por nuestro avatar… ¡Existo pero no existo, me invade la ilusión de la emoción! (Sic, la emoción de la ilusión) (Sick)

Bendita posmodernidad. Se puede dormir bien cobijados de pensamientos basura (para que el frío de la realidad no entre). Bendita virtualidad, podemos dormir con los ojos abiertos, encandilados. Y podemos morir en el aburrimiento del tráfico de tanta información QUE NOS DA LO MISMO. Podemos sufrir por la causa de ocasión. O por un drama creado en la fantasía, nunca real, siempre inconscientemente otra cosa. Ese dolor que primero muerta que mío.

(Estamos hartos de estar vivos y lloramos del aburrimiento y del cansancio).

Podemos alimentarnos de estímulos huecos, hasta saciarnos de sopor y ego. Soñar con los ojos inyectados de sangre, pero evadiendo la sangre que sí huele a hierro, o esquivando la belleza o el movimiento. Canjear nuestra desesperación por unos cuantos vistazos, elogios, corazoncitos planos.

Podemos cambiar nuestra verdad por un lenguaje de aceptación y de obtención del reconocimiento.

Basura y cáncer. Mentira y acumulación.

Irrealidad brillando hasta quemarnos el cuerpo. Hasta volvernos polvo a la velocidad de una luz (artificial). Pura metáfora en la política de la comunicación. Más política que literatura en la literatura. ¡Defenderé la literatura como una perra! [Diarrea de risa o jajajajajaja]

Ahora es necesario no hacer nada. Hablar de ello y no hacer nada. Contribuyendo al basurero: solo así obtendrás un lugar. Ser comprometido con la causa, pero un día sí y un día no. Depende el ánimo. Reciclen sus emociones. #Hoytristes. #Mañanafelices. Pero #ElViernesEsViernes. La unificación de la nada, ser uno con la nada, este es nuestro lema. Después, tiempo libre para adornar el perfil.

Ser parte y entregarse como producto de la maquila postrealidad.

Alguna vez fui yugularmente-parte, la parte por el todo: enferma y obsesiva. Isla de carne. Una fuente hirviendo en medio del desierto. Vacía como para llenar mi cuerpo con todos los cuerpos en el encuentro. Romántica, pero mordiendo con los ojos. Clavando las uñas de mis palabras. Hasta la caída, dentro de mi propio cuerpo. Me perdí y en el hallazgo: puros fantasmas. Mi cuerpo un congelador de FANTASMAS PUROS. Para liberarlos los ayudé a rasgarme con quejidos de piedra pómez, tallando fuerte las paredes piel adentro. ¿Sirvió?

Llevo mesesiglos limpiando con un cepillo de dientes de metal, en huesos de rodillas, cala, pero me gusta. Me volví adicta al dolor. Es la única medida que tengo para saber que estoy viva. ¿Las palabras? Entradas y salidas. Túneles por excavar, laberintos que dan a otros laberintos.

Desnuda, recolectándome. Como en el sueño. Desnuda reconociéndome, avergonzándome de la desnudez de mi ingenuidad. Intentando mantener la calma, normalizando la decepción.

Normalizando esta vida muerta. Esta escritura muerta. Estas relaciones muertas. Esperanza muerta. Mi único territorio es un cementerio vivo.

Escribiendo con la mano en el cuerpo, reviviendo. ¿Cuánto va a durar el creer estar viva? ¿Habría que tomarle una instantánea a la sensación? Publicarlo. Tagear a todas las partes del cuerpo para que lo retuiteen de la emoción. ¡A la mente no! Bloquea a la mente, te va a decir que hoy no, que la causa es otra, que es día #DeEstarTristes #TristezaParaMorirEnPaz #SolidaridadConLaAngustiaMedia. La mente te arranca la patria potestad de tu cuerpo. Lo inunda con su basura, miedo, ruido y apeste. Una caca grande que no se va por el desagüe. Es la piedra de Sísifo atorada en la garganta.

Es la que te manda a entretenerte, la mente… ella está al comando de la operación matar al cuerpo.

Y le haces caso, como una niña terminas decorando el perfil de la red antisocial, como si fuera el arbolito de navidad de cada día. De esos días en los que guardas la cabeza en tu cabeza, eres un metaflamingo.

¿Y la verdad cielo? Ya no volteas para arriba.

¿Y la honestidad tierra? Caminas flotando.

La soberbia ignorancia vuelve a avanzar —y no para—. Veneno de mundo que nos engolosina; enfermos diabéticos queremos más, insatisfechos, sudamos en ironía. Basura de palabras también materializada, con la cual deconstruimos la deconstrucción del mismísimo mundo, continuamos, sonreímos diciendo que resplandece. La literatura virtual se ahoga en su propio pantano de palabras huecas. #HoyDecepcionados, pero #MañanaEsViernes.

(es de getty images)

Nota: este texto fue escrito en un momento al margen, observaciones que pueden calar, pero porque también soy parte de lo describo. Todo el tiempo soy parte de todo lo que escribo. Si lo “critico” es porque lo padezco, porque me siento atrapada en ello, pero también porque no sabría cómo contribuir o estar de otra manera. Mientras tanto, voy dejando algún registro.

Sin tanto placer, sin tanto dolor

“Esto es un ciclo: nos disolvemos en lo primordial
Y cada noche devela una iniciación”
—Enrique Urbina
No debería forzarme a llenar la página en blanco
No debería forzarme a llenar la página en blanco
No debería forzarme a llenar la página en blanco
Ni a dejarla en blanco

Ni a llenarme el plato Ni aguantarme el hambre
¿Y aguantarme al hombre?
El hambre —concéntrate—
El hambre de un desayuno que me devora
El hambre de ser otra
El hambre de, por lo menos, buscar ese otro destino-sentido

Hacer una disertación de una sola palabra

Solo una,
¿para comenzar?
Y para terminar
y hacerla en silencio: una clara disertación en silencio de una sola palabra

Patíbulo
Patíbulo dos puntos

En domingo solo me lavo los pies
En domingo sola me lavo los pies
es mi baño pero antes barro el espacio (con los pies)

Me desacostumbré a usar un refrigerador: lonoto, lo anoto
Compro guardar, abro su puerta, reviso la temperatura, me obsesiono con el termómetro: me obsesiono con lo que parece vivo dentro de mi departamento
La promesa de la caja fría que detiene el tiempo de vida, aversiescierto
Voy a meter un jueves de la semana junto con una de las clases que no he planeado, mi útero también, aversiescierto

Me visto de verde limón
mi cara al espejo es como un recorte sobre una post-it gigante
¿una cerveza?, el portazo me levanta de mis huesos, (ya no) pienso

Pienso luego escribo
(para que no me descartes)

Soy una posibilidad entre todas
una que juega a los dedos de Mallarmé
digo a los dados, los dedos los dados
¿Cuántos tengo en esta mano?

Cuento: el dinero que no tengo, ese también voy a guardarlo en los planes que no hago
Con el cuento del nunca acabar, por ejemplo

Dije que no iba a llenar la hoja
Y la hora ya está eructando
Típico: escribo hora y era hoja, escribo dedos y era dados, escribo quiero y me corta, la hora, la hoja, los dedos
Me quitan los dados-los dedos

En este pequeño papel fluorescente del color de mi vestido cabe mi discurso sobre la palabra patíbulo (imagíneselo en silencio, pero por favor)
Del lat. patibŭlum.
1.m. Tablado o lugar en que se ejecuta la pena de muerte

¡Muerte! ¿Escucharon? Muerte merezcan los días que lleno por llenar, por puro placer o porque duele (o no) duele demasiado.

Por otra parte, no hay nadie detrás del cilindo rotoplas, revisa
Por otra parte, continúa la lluvia de plumas de pájaro
Por otra parte, mi cuerpo ya se fue por partes, pero regresa el corazón a la espera del eterno silencio.

Apología al desencanto

la oscuridad [no] solo dura una noche
el organillero [y la compra del fierro viejo] solo dura una vida

Citando [y agregándole] a Montalbetti

La velocidad con la cual ocurren los días se arrebata lo que pudo ser (escrito). La velocidad son muchos días en un día. Un conglomerado de sucesos abarcando desde el rincón todo el espacio. Los días son obesos.

Estoy esclavizada ante la noción de la que tengo que ser, de las que tengo que ser. Como son varias, he dejado de dormir para suceder en cada una de ellas. Incluso cuando “quiero” o ¿quiero? o quiero hacer algo.

Una noche sin dormir se vuelven dos. Dos noches sin dormir es volverse la noche. Ser oscuridad, silencio, estrella muerta destellando en el invento. Todo va quedando en duda; lo que antes estaba acomodado en un anaquel dentro mi cabeza, se cae. Se rompe, o hay que limpiar, tirar esto y aquello y eso también, modificar el arreglo. Moldear lo que se mantiene para que sobreviva a su conservación.

Decido poco, solo hago. Reacciono. No disfruto menos, antes tampoco disfrutaba. Se trata de una larga temporada en el invierno de lo que no soy y no puedo ser: nada me lo creo.

“Sería tan feliz si me la creyera”, me desperté cantando después de la última noche que dormí. (La canción no existe la inventó mi inconsciente o algo así).

En la nada nado sobreviviendo. Tomo aire cuando no pienso y con ese aire me muevo. Soy movimiento. Me miento, digo que quiero algo, lo que sea: un cuarto de uvas, terminar ese libro, probar la cerveza con jamaica. El deseo se esfuma nada más toca el cuerpo. Mato las cosas en mi cuerpo. Mi cuerpo se ha vuelto un cementerio de mis deseos. Etcétera.

Sola, siempre sola y no es que quiera estar con alguien, y menos en alguna otra parte (pues si la ecuación dice que no logro disfrutar ni una uva ¿Una ilusión más compleja y elaborada surtiría efecto?).

Pero mi compañía me decepciona. Me entristece y no tengo el ánimo para llorar. No voy a gastar mi energía lamentándome por la que no soy. Soy ésta por el momento. No hay de otra y he decidido seguir, a pesar del desencanto. De la absurda necesidad de vivir que, finalmente, he hecho mía. Realizando minúsculas inversiones para ser otra. [Me río sola].

Hasta la neurosis ha logrado sucumbir al sueño. Todo en mí sueña, menos yo.

Este cansancio, dice mi imaginación, se parece a la tranquilidad de saberse muriendo. La pequeña nada que es todo instalada en el cuerpo sucediendo como hierba. El silencio multiplicándola. El silencio que me guiña el ojo desde la otra mesa. El amor como prueba de que no existe. Dios. La contemplación del único recuerdo que no recuerdo pero me cuentan que he vivido. El café frío. Nadie en la cama, ni mi cuerpo ni ningún otro ¿Cuál cama? No hay cama, tengo meses durmiendo sentada, si es que duermo.

ADAN

La ciencia me enseñó que el sol no es el centro del universo; el sol me enseñó que la ciencia tampoco.

Alberto Blanco

(También, recuerdo con frecuencia lo que un día Robin Myers puso en una red social, lo escribió así: I still love my other lives)
¿Por qué digo que no siento nada?
Quiero esconderme en esta palabra: nada
Para llegar a casa y ah ah ah ah

Balbucear lo que no dije
lo que no puedo dejar de sentir
ahí mismo, aquí mismo: ahorita, ahora
vivir mi otra vida y otra
en un instante suspirado (los suspiros ¿no son palpitaciones transformadas en aire?)

En un casi algo más ¿como guardar los platos limpios?
¿Sentarme a no hacer nada?

ah ah ah

Nada: esa palabra que excava arrancando el alrededor,
metiéndolo en el pecho

a ver siaguantas, dice la nada

Nada, pero con estas ganas de deshacerme en agua

Los mocos: palabras volviéndose a su estado animal de estanque paleolítico

¿No que nada?
¿Nada de nada?
¡Nada de qué?

nada:

y la escoba que me observa sin verme
y la ciudad más poblada de este país disimulando su presencia
y el cielo que se mete al cuarto
y yo soplando para que la ausencia me deje en paz

¿quién soy yo ahora?

¿yo?, qué risa

la palabra más diminutamente nada

¿se fijan como la o absorbe la y en succión?
un agujero negro en dos pasos: y o

a buena hora se me ocurrió llegar a casa
a buena hora se me ocurrió volverme otra
a buena hora me convertí en la nada

(la realidad me enseñó que el yo no es centro del universo,
el yo me enseñó que la realidad se construye en su ausencia,
la nada me enseñó a escuchar sin tener que ser yo)