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del uni-verso del yo al Universo del verso

gracias a los otros

“Yo soy una cosa que piensa, esto es, una cosa que duda, afirma, niega, que sabe poco e ignora mucho, que desea, que rechaza y aun que imagina y siente. Porque, en efecto, he comprobado que por más que lo que siento y lo que imagino no tenga quizás existencia fuera de mí, estoy seguro, de que esos modos de pensar que llamo sentimientos e imaginaciones, existen en mí en tanto son solamente modos de pensar.” 
-Descartes 

 

I. La salida sin puerto. Salí del trabajo pensando que quiero que la vida me pegue, me volteé, me aviente. Cuando no quiero pasa, y cuando pasa, no quiero. Insisto quiero dejar de pensar. Así andaba porque así ando desde que me despierto y me doy cuenta de que estoy despierta. Pero esta vez estaba saliendo del trabajo, iba en el carro, hice una llamada sin usar audífonos, lo dejé en alta voz, comencé a discutir con la persona con la que hablaba, un policía me vio hablando y me detuvo, colgué, abrí la ventana, negué tres veces que venía hablando, estaba muy enojada y él se enojaba más porque le negaba en su cara lo que había visto, insistió pidiéndome los documentos, insistí que no venía haciendo nada, repitió que todo lo que yo decía podía resolverlo frente al juez calificador, repetí que se trataba de mi tiempo. Cuando el poli estaba comenzando a llenar la multa con mis datos, le dije que esa mañana había visto el titular del periódico anunciando más inseguridad y delitos, “pero por supuesto lo importante es detener a una persona que posiblemente venía hablando por el celular”, el oficial me regresó mi licencia. Oh. Gané pero perdí. Lo vi en su cara y lo sentí en la mía. Avancé hasta adentrarme al estacionamiento del supermercado, me quedé pensando ¿Usé mi creatividad para convertirla en arrogancia para humillar al otro para defender mi estupidez? Eso hice. Eso fue lo que hice.

Por la ruta de la intolerancia hacia mí misma usé el conocimiento como un arma “a favor de mí” pero en su contra, gané pero perdí. Gané arrogancia, perdí humildad. Perdí la oportunidad de mostrarle que somos iguales, que somos lo mismo y que ese día buscaba un poco de compasión. Ganó la ignorancia, avanzó el cuadrito negro, y el berrinche me llevó a un socavón. Confirmo que creamos socavones con nuestra estupidez.

Llegar a las cosas por medio de lo que crees de las cosas y nada de lo que es. Menos yo. Este pastiche que llamo yo es todo lo que cubre lo que sí soy, eso que tengo miedo de descubrir, que mientras descubro no tengo nada que decir menos que hacer. El apego más grande que existe es el apego al yo. Creyendo que soy eso que digo ser me imposibilito a ser lo que verdaderamente soy. Fin. Game over. Mejor siempre no.

Stendhal o Flaubert estarían completamente agradecidos por estar en el lugar en el que estoy, conociendo este alrededor, a las personas en el camino, hubieran creado otra novela perfecta como Rojo y Negro o Madame Bovary. Serían capaces de ver a los personajes siendo personas. ¿Cómo sentir la poesía y la verdad de la realidad? ¿Cómo soltar? ¿Encontrar qué? ¿Cómo te sales de tu propio personaje para verlo todo? ¿Cómo transformas un chisme en historia? ¿Cómo lo aceptas todo tal y como es? ¿Cómo ver a través de lo que no es? Las cosas como son.

II. La llegada a un desconocido puerto. Hace una semana (ahora se hicieron dos) conocí a Fili, el guardia que custodiaba la puerta de una cervecería de esta ciudad de cielo y polvo. Vestido con el uniforme, pantalón negro, camisa roja de manga larga, gorra negra, botas y un cinto que compartía con el guardia del primer turno de ese mismo puesto. Fili, de cabeza redonda, panza abultada, nariz grande, piel rosada y ojos azules. Caminaba con calma desde la esquina de esa cuadra hasta alcanzar la puerta donde hacían el cambio de cinturón. Su compañero siempre se preguntaba una hora antes de la llegada de Fili si éste iba a llegar, Fili siempre llegaba, ocupando el puesto media hora antes. Ambos cubrían el día entero, cada uno 12 horas, me parece que ganaban 200 pesos al día, no estoy segura. Fili tenía un mes trabajando sin un día de descanso, decía que no tenía caso descansar pues terminaba por gastarse el poco dinero que ganaba. Anteriormente había sido albañil y le gustaba tomar, pero ya tenía tiempo que no se le antojaba, desde que se había convertido en guardia, decía que la esposa del jefe, y no el jefe, era la brava. Fili y yo estuvimos dos días en la misma puerta ¿Viendo lo mismo? Me contó que por fin había pedido un día de descanso pero no lo podían resolver nada, que nunca había faltado, se le ocurrió querer un día de descanso, y luego se le cruzó por la cabeza ir visitar a su mamá en ese día libre, me preguntó qué calle daba directo desde la puerta de la cervecería hasta la Plaza Cachanilla, le contesté que no sabía pero luego busqué en mi celular y le mostré el mapa, contó las cuadras varias veces, lo repitió hasta imaginárselo con claridad. Me vio tomarle varias fotos al edificio de enfrente, antes de que comenzaran a llegar los clientes, después de varios intentos me dijo que si qué tanta foto tomaba. Le dije que me gustaba el edificio destruido porque se podía ver a través de las paredes. “Los detalles”, dijo él. Por momentos Fili hacía mi trabajo de hostess y recibía a los clientes diciéndoles buenas tardes o noches con más ánimo del que yo mostraba, me quedaba callada y solo sonreía al gesto. ¿Dónde estaba Stendhal o Flaubert para volver a Fili un héroe de sus historias? Sin modificarle nada, ya era un personaje completo. Contó varias veces cómo es que había logrado captar a una pareja de clientes que habían metido botes de cerveza y él se los había confiscado. También me platicó de la vez que uno de sus compas con los que trabajaba en la construcción se le quiso acercar insinuándole querer algo más, me lo platicó después de haber visto una mesa con un grupo de gays, porque yo andaba buscando a uno para entregarle su tarjeta de crédito, “¿al de los shortcitos remangados?”, me preguntó Fili. Ése mero. Y finalmente cuando llegó uno de los clientes vestido con camisa roja de manga larga y pantalón negro, y volteamos los dos para verlo caminar desde la esquina hasta la puerta, Fili me dijo “ahí viene mi relevo”.

III. Karma police arrest (myself). Lo que pienso es tan real como lo que veo, porque toda habita mi imaginación. Toque lo que toco, tocar significa que sigue en mí la capacidad de sentir, y luego digo que son texturas, pero no porque lo sean sino porque así me han dicho que las llame, y ya las llamo así porque existen en ese momento como un llamado en relación con mi sentir, una necesidad de comprobarlo. El policía me dejó ir, “anda pinche loca ve y busca y  a ver si encuentras”. Y Fili me recibió del otro lado de la angustia. Gracias a los otros: chinga tu madre yo.

 

y la tristeza

Este es el tercer escrito que hago sobre la tristeza. ¿Cómo atrapar el viento? Quiero ser honesta pero no puedo. Mi ego se ríe de mí. Quiero matarlo.

Lunes en la mañana, iba a escribir sobre tema 1, me escucho y digo no es cierto, no es lo que siento. Iba a escribir sobre tema 2 pero tuve una entrevista de trabajo por skype, tuve que irme al trabajo, se descompuso el aire acondicionado, llegaron los técnicos, y después ni pensé y ya estaba corriendo, sudando, me bañé, me quedé leyendo un texto hasta terminarlo, y me marcaron para ir a comer, es martes, miércoles. ¿Jueves? Me quedo pensando en la propuesta de trabajo, esclava por amor al arte, sonrío en silencio para decirles que los idiotas son los otros, para esconder que no soy yo. Jueves, volviendo al tema 2 decidí que escribiría del 1 hasta que me cogió la tristeza. Me jaló de la silla, me aventó sobre la barra de la cocina, empujando la computadora y el cuaderno, que se cayó al suelo, y sin acariciarme, sin darme un beso, sin verme a los ojos, la tristeza comenzó a cogerme. Ella encima de mí, ella detrás de mí, ella jalándome del cabello mientras me penetraba cada vez más fuerte y más adentro. Nada, no podía pensar en nada. Solo sentí lo que sentía hasta que me solté llorando. Dejarme coger hasta correrme, hasta terminar llorándolo todo. Lo lindo y no tan lindo… Se quedó conmigo hasta después de haberme cogido. Quise comer algo, quise terminarme el café, pero dejé todo ahí y comencé a escribir lo que sentía, queriéndomela coger yo a ella.

Descartes escribió que decidió estar solo y en reposo para lo que llamó la destrucción sistémica de sus opiniones. ¿Será eso el carnaval de esto? Sobre el escenario de las avenidas imaginarias de mi ser veo a mis emociones, sentimientos y pensamientos cruzarse, mientras se pican la panza, se sacan el dedo, se saludan o se ignoran, se dan un zape, se sonríen o se gritan. Los pensamientos son los más trolleados, las emociones son las bullys de este teatro.

Cuando estudiaba la maestría, Gabriel nos habló de que los estoicos consideraban que la tristeza era la única emoción que no podía ‘controlarse’ ni evitarse, nos dijo que antes se creía que era una enfermedad que se segregaba en el bazo, la llamaban melancolía, y se curaba recetándole paseos y dietas especiales a quienes sufrían de ella.

La tristeza no llega sola, viene con coraje o con angustia, con una entrega desmedida (desesperación), con ironía o con risas. Platicando con J, le conté que había tenido un periodo de tristeza prolongada, en donde visité a terapeutas y hasta algún chamán, buscando una ‘salida’ a esa tormenta que me arrastraba o yo arrastraba. “Uh, pensé que eras una mujer fuerte”, me dijo J. Un putazo en la cara, se lo di en mi imaginación, mientras le sonreía pensando cuéntame qué es eso de ser fuerte, idiota. Aunque tampoco puedo decir que la tristeza se tenga que vivir de alguna manera. Que si algunos lloran y otros no, no significa que estén negando estar tristes. ¿Qué es eso de ser fuerte? He decidido no enfilarme para el casting de los malabares que fingen estabilidad, tranquilidad y serenidad. A la chingada con eso de aparentar. ¿La serenidad? No quiero aparentar nada. Si acepto lo que siento puedo transformarlo hasta llegar a esa susodicha serenidad. Aún en la tristeza se puede crear un puente con los pedazos que ahí quedaron de la revolución que se gestó dentro. Para mí los débiles son lo que no quieren sentir lo que sienten, ni ser las personas que son; los que se la pasan negándose y negándolo todo.

Estoy escribiendo sobre el cadáver de una sensación. Porque el día siempre comienza y luego termina, y las sensaciones también. ¿Cómo atrapar el viento? Era lunes, fue martes, se convirtió en miércoles, y llegó el jueves. Es viernes. Me quedé con unos cuantos souvenirs de estos vientos fantasmas:

Como la imagen de los gatos salvajes (papá e hijos) que viven en el jardín de la casa de mi mamá, que se la pasan dormidos sobre la tierra mojada.

La mirada de la adolescente del orfanato que me dijo que la felicitara por su cumpleaños, y a la que le contesté como una idiota “espero que lo disfrutes”, mientras ella sonrió de vuelta.

Madre e hija paradas afuera del oxxo, una en una esquina, la otra recargada en el vidrio, las dos entrando a canjear los cupones “rasca y gana”, la madre diciendo con los labios torcidos “no me hiciste ganar nada”, usando un vestido de lycra rojo, con el cuerpo abultado y el cabello desteñido, rascando cupón tras cupón, con lentes oscuros. La hija delgadita esperando, su cuerpo sobre el mostrador, con los dedos de un pie afuera de la chancla, tres uñas pintadas de naranja, acomodándose el short que le quedaba grande, cubriéndose la mirada con el cabello, terminando de pagar más cupones.

La cajera del oxxo señalándome que sigo mientras veo entrar a una niña muy alta a la tienda, repitiendo frases en voz alta, con la cabeza deforme, con unos pants negros que dejaban ver sus tobillos, el padre detrás de ella siguiéndola.

Salí de la tienda y dos hombres sentados sobre sus bicicletas debajo de la sombra, los dos con camisa de cuadros, gorra y jeans, uno sin dientes diciéndole al otro “no le dijeron nada… porque viste que no le dijeron nada… nada”.

Y desde la ventana del carro la niña detrás del cristal con tres paquetes de galletas en los brazos y un bote de leche con chocolate, sosteniéndolo todo como si fueran muñecos de peluche, acercándose a las revistas, tomando una de ellas para enseñársela al papá, el papá hojeándola.

Di reversa y comencé a avanzar, jueves o lunes o viernes. ¿Cómo se atrapa el viento? ¿Cómo se atrapa lo que siento?

El agua inmóvil de un charco en la sombra que refleja las hojas de las palmeras que se mueven con el viento ligero del otro lado de la calle.

Las pecas de las manos de una terapeuta que sigue trabajando a sus 75 años.

Los ojos de J cuando comienzan a achinarse porque está a punto de reírse.

El olor de los espárragos  que venden en los cruceros de esta ciudad, aunque la temperatura alcance los 47 grados. La jovencita que hace malabares en ese crucero que ya ni pide a los automóviles dinero, que no deja de sudar.

Y la tristeza ahí, fantasma pero despierta. Rumiando la realidad, sosteniéndose de una nube, de una mirada, de un edificio que se cae o de la sombra. Disolviéndose, transformándose, convirtiéndose en la realidad.

escrivo

‘No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.’ W. S.

 

No escribo para nadie ni siquiera para mí. Me gustaría decir que escribo por algo, me he inventado pretextos totalizadores, como por ejemplo que es para entender a la humanidad, para reconocer la condición humana en todos y en mí. También digo que quiero viajar al futuro, volver al pasado, vivir el presente, deshacerme del tiempo, del día, y crear el hoy. Sentir el instante. Y el amor, el maldito bendito putito amor. O atacar el desamor. El miedo y el odio.

Escribo para no masturbarme, para no tener hambre, ni cogerme a cualquiera, o porque estoy demasiado llena; para soportar mis excesos y mis carencias, y porque a veces todo, mi vida, y la de los demás, me importa muy poco, o la vuelvo mi todo o no me importa nada.

Escribo para huir, para encontrarme conmigo, y luego correr. Para no saber de nadie, para llegar a la nada, para tocar lo que existe. Para no sentir miedo, y sí esperanzas, para poder amar, y decir que soy luz y esas mamadas que quiero creer pero no creo.

Escribo para no dar explicaciones, para inventar teorías, para poder vivir y porque no sé nada, sobre todo porque no sé nada pero no dejo de sentir y de pensar y sigo siendo. Y soy, cada vez más cada vez menos. Rayo hasta que se me entumece el codo y se me acalambra la mano. Hasta que me quedo sin palabras, sin aire, seca, pero no tranquila y sí cansada. Y porque sigo siendo una niña que no quiere dejar de serlo, una niña que juega con el lodo de la jardinera hasta convertirse en una adolescente, que vomita porque tiene bulimia porque quería ser bailarina pero sus papás se odiaban y se puso a “resolverlo”, (como si pudiera devolverle el amor a todos), y porque un día se dio cuenta que su mamá no fue feliz por mucho tiempo, y su papá estuvo ausente (y tal vez con mucho miedo), y su hermano creció sintiéndolo todo pero se refugió debajo de una piedra de silencio. Porque me hice adicta a la soledad hasta hartarme y dudar si quería seguir viva.

Escribo como una mujer que grita que no está loca, revolcándome en el piso, y me da risa y lloro. Como una persona que busca y no encuentra y que encuentra pero no se da cuenta. Como acercándome los dedos a la nariz para ver si sigo respirando, si tengo aliento, si se me infla el pecho. Porque fantaseo con ir a Nepal, y tener una hija que se llame Pascal, y vivir en el campo, y dar talleres a niñas, a los adictos para que se deshagan de la malilla, y enseñar a los que no saben leer ni escribir.

Escribo para aceptarme y no hacerla de pedo. Escribo y no dejo de escribir, sin darme cuenta o haciendo un esfuerzo, sobreviviendo, intentando llegar a casa cansada para poder dormir, para dejar de pensar, para salir de la cárcel del tiempo pero sobre todo de mí.

Para ver si es cierto que siento.

Para jugar que soy otra, como que soy una puta de revista a la que no tocan o una puta que no cobra, o una monja como Sor Juana o como la madre Carmela amargada. Porque imagino que soy mamá y dejo de sentir culpa por haber abortado. Para ser una mujer muy gorda que no deja a su esposo y prefiere el refugio de la comida antes que tener que dejarlo. Para no abrirme el cuerpo sintiendo que por ahí saco lo que siento. Para que después de cortar la fruta pueda lavar, secar y acomodar los cuchillos sin pensar en otras cosas.

Escribo para creerme una persona, para ver si logro quererme como me quiere mi mamá. O para sentir que no estoy tonta, como cuando me tomé un bote de pastillas porque era la primera vez dando clases y me sentía tan estúpida aunque los alumnos no se quejaban. Y porque desperté después de las pastillas y seguía viva. Para no ser tan ingenua, y no darme por vencida por esos miedos tan pendejos, porque de todos modos me voy a morir.

Para ver si la sal sabe a sal, y el polvo se siente como polvo. Para detener la sensación del infinito y de la muerte. Para poder despertarme de mis sueños, que aunque me dan miedo, me hacen sentir que estoy mejor ahí que aquí.

Sobre todo para llegar al silencio.

Para inventarme un reino, transformarlo del no nunca jamás a tal vez poquito a poco. Por una pulsión y también por desesperada. Por escritora precoz que eyacula toda las palabras sin pensarlas. Para llamar la atención y no volverme a desnudar en las calles. Para comportarme. Para destruirlo todo. Y volverlo a crear de cero. Para no perder la fe. Para sentir a Dios. Para llegar a ese lugar en donde todo es más que esto que escribo, a donde con palabras nunca voy a alcanzar.

Porque soy una mujer que se entrega a cualquiera que le da un poquito de su esencia, porque no soporto la conciencia, porque ya no aguanto dejarme inconsciente. Porque no quiero terminar abandonada como mi abuela materna, tampoco como Ana Varela que a sus cincuenta años le marcaba a mi abuela paterna para decir que ya se había puesto la piyama y que se iba a dormir, hasta que se murió. Ana Varela que había sido tan inteligente, que trabajó en las galerías de la Ciudad de México. Porque no quiero terminar loca, porque para mí no es un chiste, pero no puedo ser normal, porque ni siquiera sé qué significa esa palabra ni estas palabras. Porque no quiero pingas, ni psiquiatras, ni psicólogos ni más ayahuasca. Porque ya encontré a Buda pero no sé cómo matarlo ni quiero, porque ya perdí a Buda y no lo voy a volver a buscar. Porque grito desde este silencio, acaricio con los ojos y con los ojos muerdo. Porque no te quiero cerca y por eso ni me acerco. Porque te juzgo y te pido perdón. Porque te siento y te digo que somos lo mismo mientras espero a ver si sí es cierto. Porque estoy segura que si lo invento, si lo puedo imaginar, si lo provoco, va a aparecer todo, la vida, la muerte, va a desaparecer el tiempo, y vamos a vivir el infinito. Escribo para recordar lo único que he conocido y he sido, para transformar, aceptar y ser… de eso que hablamos, callamos y vivimos todos mientras vivimos. Escribo que vivo que no puedo dejar de vivir y escribir porque vivo y sigo viviendo escribiendo.

Notita en la que me obligo a explicar, que hace unos días di de alta varios textos pasados en el blog. Si a caso alguien está suscrito, le pido una disculpa ya que fue en un rush de conciencia/inconsciente en donde buscaba rescatar esa sensación de no sentir culpa por escribir desde hace mucho tiempo, (por escribir a veces tan mal, pero no dejar de hacerlo) por haberlos borrado en un golpe de inseguridad. Y porque ya estoy contratando a una editora, o sea, estoy intentando que mi esquizofrenia aplicada me lleve a conseguir una editora de mí que no sea tan torpe como yo, a ver si lo logro.

aquel día nunca (más)

tyl

2012

Esta foto es mentira. Desde que la publiqué sabía que estaba evidenciando mi necesidad por fantasear, una vez más. Públicamente. Una vez más. Cada vez que paso por el tablero que está colgado en la pared de la cocina leo la frase de unos boletos de una rifa que le regalaron a mi mamá, dicen ¡Aquí la honestidad rifa! Se los dieron después haber consumido tantos litros de gasolina, esa frase es el eslogan de la gasolinera que está cerca de la casa. Veo los boletos, me llama la frase, la repito en mi cabeza, camino por la casa, salgo a la calle y repaso las acciones de mis días. Del pasado y de mis pensamientos. ¿Aquí la honestidad rifa? Me pregunto. ¿Dentro de mi cabeza está rifando la honestidad?

Cada domingo, no sé por qué, ya no cuestiono por qué hago lo que hago, he estado publicando fotos en las que aparezco desnuda, semidesnuda. Intuyo que se trata de un proceso —inventado o real (¿no es lo mismo?)— de desnudez. De honestidad. Esta foto en la que aparezco con el único hombre con el cual he vivido aunque solo lo hubiésemos logrado por cuatro meses es mentira, porque si bien es cierto que estuve así de contenta como aparezco en la fotografía por unos instantes estuve muy nerviosa, loca, obsesiva y extraña el resto del tiempo con él. Un día antes de partir hacia Zipolite…

 

¿por qué no hiciste nada? ¿por qué lo hiciste tú?

Las siguientes son una serie de anécdotas y textos, que me hicieron llegar tres mujeres, y a quienes les agradezco la confianza, y sobre todo, el riesgo. No todas las mujeres se animan a hablar del acoso que han vivido, la mayoría no quiere recordar ¿Para qué van a revivir instantes en los cuales fueron vulnerables y lastimadas? Sí, ¿para qué? Pero entonces ¿Cómo cambiará el contexto para que sus hijas, nietas y otras mujeres puedan vivir más libres? Las que deciden transformar el presente se van a sentir incómodas, van a ser criticadas, les va a doler, tal vez más que a las demás, pero no solo estarán haciendo algo por ellas mismas y por su alrededor, sino también por las generaciones que vienen. Por eso gracias a estas mujeres, que decidieron alzar la voz para contar un poco de una realidad tan incómoda como indiferente, tan frustrante como frecuente, tan triste como real.

“Cuando tenía 18 años, formé parte de varios grupos religiosos, y me fui de misiones. En una de ellas, el sacerdote responsable de nuestro equipo de jóvenes durmió con nosotros, éramos doce en el cuarto, pero se acostó a mi lado. A media noche sentí que empezó a tocarme la espalda y el pelo. Recuerdo que me quedé inmóvil y asustada. Como no dije nada, empezó a hablarme y a decirme que no pasaba nada, quería que compartiéramos el sleeping bag. Me tapé con la bolsa de dormir hasta la cabeza aunque hacía calor, aún habiéndome tapado, el sacerdote siguió insistiendo, hasta que se cansó. Me quedé congelada y me dio coraje no haber reaccionado en ese momento, todavía me da coraje, pero cuando lo recuerdo, pienso que entré en un estado de shock en donde no sabía qué hacer. Al volver a Monterrey, les hablé a mis papás sobre el incidente, y me apoyaron para denunciarlo ante las autoridades eclesiásticas correspondientes. Me acompañó mi mamá, denunciamos, y al denunciar yo, también lo hicieron otras tres chavas (por el comportamiento de ese padre). Las autoridades de la iglesia dijeron que se encargarían, pero lo único que hicieron fue moverlo de parroquia. Solo eso. Diez años después lo vi en la Universidad en la que hice mis estudios, cuando cruzamos miradas me acuerdo que me puse pálida, me dio mucho coraje porque lo único que pude hacer fue quedarme como piedra. Soy católica y no dejaré de serlo por esto que me pasó, pero algo en mí cambió y desde entonces estoy más alerta en cualquier situación.

También estando en la Universidad, en uno de esos viajes que haces con amigos, terminamos compartiendo la habitación dos amigas, un amigo y yo. A la mitad de la noche me despertó un sonido, el amigo se estaba masturbando junto a nosotras. No me vio, así que me hice la dormida y nunca hablamos del tema.

Cuando fui a París, en medio la plaza me metieron la mano entre las piernas y me tocaron la vagina, volteé asustada, se rieron y salieron corriendo.

Al estar escribiendo todo esto me dan ganas de llorar de coraje, de impotencia, sabiéndome incapaz de reaccionar ante estos ataques.”

–Mujer regiomontana, 33 años

El texto que sigue es una carta que le hace una mamá a su hija. Ahora que es mamá esta joven piensa que lo que menos quiere es que se repitan los sucesos por los que ella pasó y la lastimaron, en especial cuando a sus diez años la tocó un hombre sin que ella lo quisiera.

Querida bebé,

 Ahora que naciste he pensando mucho en lo que me pasó a mí mientras crecía, porque desde que llegaste he sentido una gran responsabilidad, quiero que tengas una vida mejor que la mía, que sufras menos, quiero llenarte de amor y protegerte, eres tan chiquita, estás muy viva y hermosa.

Por lo que te escribo, para que no te sorprendan las personas, que sin saber por qué, lastiman a otras personas. Espero nunca te pase, espero de verdad siempre estar ahí para evitar cualquier acercamiento que te haga sentir incómoda, pero de todos modos te voy a contar porque cuando te llega un ataque como este, de verdad que ni lo esperas y ni te lo imaginas.

Cuando yo tenía diez años, me senté a ver la televisión e invité al hombre que estaba ahí a sentarse y verla también, me quedé dormida, lo que me despertó fue sentir que me estaba tocando el cuerpo, su mano pasaba por encima de la ropa, después se fue por debajo de la ropa y de mi corpiño. En aquel entonces usaba corpiño. Me acuerdo que me quedé sin respirar, que dejé de sentir. Me quedé paralizada. Esos minutos se me hicieron eternos. Hice un movimiento y él dejó de tocarme, lo sentí asustado, pero me volví a quedar inmóvil así que su mano pasó por mi vagina y luego por mis nalgas. El hombre se dio cuenta de lo que estaba haciendo y de que yo me estaba dando cuenta, así que dejó de tocarme y por fin salió del cuarto.

Me costó trabajo volver a respirar y pensar en mi cuerpo, me dejó tan confundida. Sentí que mi inocencia se acabó ahí, que mi corazón se corrompió, que mi cuerpo se apagó, y mis manos se volvieron frías y dejaron de ser mías. Fue tan extraño, como si estuviera estado soñando, o tal vez yo quería que hubiera sido un sueño, pero fue real, no sabía ni cómo moverme. Cuando salí del cuarto le dije a mi mamá y no hizo nada. Me dijo que me fuera a dormir que después lo platicábamos. Desde ese momento dejé de sentir todo. Dejé de sentir y sigo sin poder sentir. Todo lo que yo era se fue hacia al fondo. Dejé de sentir. Sin darme cuenta comencé a deprimirme y me perdí. Después mi mamá quiso que me comportara como si nada con ese hombre, como si nunca hubiera pasado, como si yo pudiera hacer eso. Me quedé tan triste.

Pero cuando tú llegaste volví a sentir. No quiero sentir miedo ni que nada te pase. Voy hacer todo lo posible por estar alerta para cuidarte, pero quiero decirte que si en algún momento te sientes extraña, invadida, y sabes que una persona está haciendo algo en contra de lo que sientes, grita, corre, defiéndete, llámame. Si me pasó a mí, te puede pasar a ti, aunque yo haré todo lo posible porque no te suceda.

 Te quiero mucho,

Tu mamá

–Joven mexicalense de 27 años que le escribe a su bebé de dos meses

Y finalmente dos anécdotas de otra mujer.

“Yo tuve que aprender a defenderme y contestar los albures de los albañiles, me costó muchos tropiezos y burlas, porque tenía 23 años y andaba en el camión de redilas con trabajadores de la construcción.

Después cuando estuve embarazada de Abril (mi primera hija), tuve que acudir al IMSS porque me lo pidieron en el trabajo, me acuerdo que desde que llegué el médico me observó de pies a cabeza, y me dijo que si iba como todas las “fresitas reinis” a llenar el requisito, le contesté que “si fuera fresa-reini no tendría que estar trabajando”. Después me ordenó “trépate a la mesa”. Le pregunté que si tenía un banquito o un escalón porque no podía subirme en mi estado”, él me respondió “¿cuál estado? ¿Baja California?”. Me acercó una silla y me dijo “ahora sí, trépate”. Ya estando en la mesa, me dijo que le enseñara la panza para que me la midiera. Me descubrí, sentí que me vio raro, y después me la comenzó a aplastar horrible. Lloré, le quité la mano y le dije “me está lastimando”, quitó su mano de rebote y cayó en mi pubis alcanzándome a tocar. Me bajé de la mesa de un brinco, indignada, llorando, entre muda y encabronada. Me preguntó que si a dónde iba, que no habíamos terminado, que qué delicadita. No me salía la voz. Como cuando en tus sueños no te responden las piernas o no te sale la voz. Le dije que yo ya había terminado. Me fui pero antes vi su nombre en el escritorio. Recuerdo que fui directo a casa de mis papás a desahogarme. Me había dejado moretones en la panza. Redacté una carta describiendo lo ocurrido y la presenté en la delegación. No obtuve respuesta. Fui a preguntar por el seguimiento y hasta dos meses después me respondió el delegado de entonces (2001), diciéndome que habían leído mi queja y visto mis fotografías, pero que no podían hacer nada más que ofrecerme una disculpa, y que entendían que por mi estado quizás me sentía más perturbada y sensible. No pasó nada, no hicieron nada, pero logré decirles lo que había pasado.”

—Mujer mexicalense, 40 años

¿Por qué no hiciste nada? Es la pregunta que todo mundo le hace a las mujeres que hemos pasado por una situación así. Nosotras también nos quedamos pensando en eso, cuando todo el incidente ha pasado, y cada vez que lo recordamos y lo volvemos a recordar, pensamos pero ¿Por qué no hice nada? A la única respuesta a la que llego es que NUNCA PENSAMOS QUE ALGO NOS IBA A PASAR, y segundo, ¿Qué fue lo que pasó? Para cuando te estás dando cuenta que estás siendo acosada, ya está terminando todo, y tú solo estás conectando los hechos. Y, finalmente, nuestra cultura nos ha dicho que eso pasa y ya. “Pues porque así fue, porque así son los hombres, porque así es y ni modo, no podemos hacer nada, mejor olvidarlo aunque no se nos olvide nunca, negar que pasó aunque nos lo recuerde cualquier otro acoso, si sigue pasando ni modo, a cualquiera le pasa, no va a dejar de pasar. Que flojera que sepan que yo pasé por eso, no quiero que me tengan lástima, no quiero aceptar que he sido humillada, van a pensar que estoy inventando, que estoy exagerando cuando digo que me han tocado cuando no quise que me tocaran, que se me han masturbado enfrente de mí cuando no tenían por qué hacerlo, que han pensado en violarme, me lo hacen sentir a cada rato, me quieren usar para deshacerse de su instinto sexual, con tal de desahogarse o sentirse más fuertes… o yo qué sé”, NINGUNA LO SABEMOS ¿Por qué lo hacen ustedes, hombres? Antes de preguntarnos por qué no hacemos nada, habría que preguntarles a los hombres ¿Por qué acosan a una mujer? El acoso sexual tiene que ver con los instintos más primitivos, con la búsqueda de satisfacción por medio de un poder que se ejerce a la fuerza y sin miedo a hacerlo. ¿Y si le pasa a sus hijas, a sus hermanas, a su esposa, a su novia, o a su mamá? ¿No importa? ¿También ellas se lo han inventado?

Si no fuera por las mujeres que hablan, esta realidad se mantendría invisible. En un tema como este, considerado un tabú social, primero se debe expresar que esto sucede, para entonces crear consciencia, para entonces tomar acciones y medidas al respecto, para entonces crear un cambio, un cambio constante que mantenga conscientes a hombres y mujeres, que le dan fuerza a las mujeres para defenderse y HACER ALGO, para sentirse seguras en un mundo de hombres, con reglas de hombres, con beneficios para los hombres, con explicaciones de hombres, con cultura de hombres, con las necesidades de hombres, con satisfacciones de hombres; con miedo, poder, deseos e instintos que puede ser libres para los hombres pero no para las mujeres. Antes de preguntar por qué no hicimos nada, habría que preguntarle al hombre y por qué lo hiciste tú.

pedacitos de mí (pedacitos que fui) vs. torititita toda

el (maldito) poder del acoso sexual

“De día, mi pensamiento se fatiga en meditaciones extrañas, mientras mis ojos vagan al azar por el espacio, y de noche no puedo conciliar el sueño. ¿En qué momento debo entonces dormir?”
Lautréamont

 

Fue hace un año y medio cuando todavía me encontraba en la Ciudad de México trabajando y viviendo, todavía se llamaba DF. A las tres de la mañana me lancé al Sanatorio Durango en la colonia Roma, llevaba dos días con insomnio. Llevaba meses mal, dormía un día sí, otro no. Creo que nunca había estado tan mal. Pensaba obsesiva y cíclicamente en todo hasta vaciarme de sentido. También pensaba mucho en el suicidio. Todo sucedía de manera pasivamente agresiva, porque pasaba en mi cabeza y no en la realidad.

En aquel entonces estaba intentando hacer todo lo que quería hacer. Trabajaba, iba al gimnasio, me cocinaba, leía y estaba escribiendo un texto que me hacía sentir mucho, de más. El texto se trataba de una descripción de las sensaciones provocadas por el deseo sexual que te llevan al desasosiego, con un tono tipo Cantos de Maldoror. Con la exploración brotaban escenarios y emociones que me dejaban vacía y mareada, pero no quise parar hasta terminarlo. En la agencia en la que estaba trabajando me sentía muy confundida con mis tareas, además, no podía ser yo con mi jefe, disimulaba ser otra persona. Me sentía muy autopresionada. Quería seguir viviendo en la Ciudad de México porque eso había estado intentando desde hace seis años, pero el sueldo, la soledad y la falta de disciplina me llevaban a zigzaguear entre las decisión de “vivir al máximo” o en el encierro. Hasta ahora tengo un poco claro que eso estaba pasando.

Así que adentrándome a lo que parecía una segunda noche consecutiva de insomnio, cuando el reloj marcaba las tres de la mañana, después de haber efectuado los artilugios para conciliar el sueño: irme al sillón de la sala, quitarle la batería al reloj, poner un audio con música de relajación, meditar y volverme a acostar, enviar mensajes a una amiga y otra, hablarme a mi mamá (no obtuve respuesta de nadie), finalmente pedí un uber y llegué al Sanatorio Durango, que era el hospital al que había recurrido meses antes para que me dieran unas puntadas en la rodilla porque una bici se estrelló con la mía cuando volvía del Centro.

Pasa que cuando estás en ese estado, entre nervioso por la hipersensibilidad y muerto por la falta de energía, ves la realidad distorsionada, fluctúas de un extremo emocional a otro aunque estés parada en un mismo punto sin hacer nada y tienes el semblante gris. Creía que quien estuviera enfrente de mí se daría cuenta, pero después reconocí que nadie estaba sintiendo nada de lo que yo sentía. Así que solo contestaba con monosílabos a la mujer que tomaba mis datos para que pudiera pasar con el doctor. Cuando el médico salió a preguntarme qué me pasaba, le dije que era mi segunda noche seguida de insomnio, que me sentía muy mal, que mi cabeza no paraba, que tenía ganas de morirme con tal de dormir. No estaba exagerando. No me acuerdo qué me dijo pero volvió a su consultorio. La señorita que escribía mi nombre, mi edad, y toda esa información, era una mujer similar a cualquier objeto sobre su escritorio, indiferente, tenía sobrepeso, una botella de coca cola a medio tomar y pensé que posiblemente también dormía poco.

Cuando entré al consultorio, el doctor me pasó al cuarto donde estaba la camilla para revisarme, ambos espacios se conectaban por una puerta que mantuvo abierta. Me checó las pupilas, la presión, me hizo algunas preguntas, después me explicó que me daría algo para que durmiera, le dije que lo que quería era una pastilla o una receta para que pudiera comprarlas, me dijo que la receta me la daría después pero por como me veía necesitaba inyectarme. “¿Inyectarme?”. Me explicó que era lo mejor por como me veía. Se fue hacia el cuarto contiguo donde estaba el escritorio y una computadora, le habló por teléfono a la enfermera para pedirle la inyección (mientras escribo esta parte mi estómago es un pozole podrido hirviendo). Me quedé acostada, viendo hacia la luz blanca, con el cuerpo inmóvil y en completo silencio. Pero no dejaba de pensar. Después empecé a escuchar un sonido, era el único sonido del lugar, intenté imaginar qué era, era como si alguien estuviera tallando algo, el sonido tomó toda mi atención, sacándome de mis pensamientos. Pasaron unos minutos, me levanté rápido pero hice ruido con el movimiento, me acerqué a la puerta y caché al doctor acomodándose algo entre las piernas, debajo del escritorio. Se tardó en acomodarse y después subió las manos, me acerqué más, buscó el mouse con la mano derecha y dio varios clics. Se estaba masturbando, podría asegurarlo. Volví en mí y le dije que no quería la inyección. No pude enfrentarlo ni decirle que me había dado cuenta de lo que estaba haciendo. Mi mente me insistía que yo no había visto nada entonces no podía decírselo. Pero la inyección, pensaba otra parte de mí. ¿Por qué me está queriendo dar una inyección? Le dije que no me gustaban las agujas (era mentira, pero, ¿por qué lo estaba protegiendo?). Cuando la enfermera entró, el doctor le canceló la inyección y ella salió del cuarto. Le pedí mi receta y aguanté el resto del protocolo sin decir nada: pasé otra vez con la señora cero empatía, fui hacia la caja a pagar, y solo ahí, en una lista en donde debía firmar mi nombre a un costado del nombre del doctor, escribí “es un enfermo”. En ese momento no pude decirle nada a nadie. Sentí que todas las enfermeras y el personal de ese hospital sabían lo que él hacía, que era un ritual al que estaba acostumbrados y que lo ayudaban a prepararlo. Pagué la maldita consulta, esperé como unos 15 eternos minutos para que me entregaran mi identificación y salí del hospital. Pasé a la farmacia, mi mamá me llamó pero no le dije nada, le colgué porque estaba con el farmacéutico (o eso fue lo me dije a mí solita), cuando vi la receta me di cuenta que me había prescrito valeriana. ¿Valeriana? Para eso no se necesita receta. Primero el doctor había querido inyectarme una solución para dormirme y después terminó por recetarme valeriana. No tenía sentido. Esa noche no dormí. Al día siguiente tenía junta en Santa Fe y cuando mi jefe me preguntó que si qué me había pasado, pues mis ojos estaban notablemente hinchados, le dije que nada.

Guardé la receta porque venía el nombre del doctor, hasta me había anotado su celular. A los días de haber pasado por el incidente le dije al Zorro, un amigo de Tijuana, que me ayudara, quería planear una “cita” para ver si lograba grabar algo para que le quitaran la cédula al doctor, necesitaba pruebas, pero seguía muy mal y no tuve la fuerza para hacerlo. A las semanas dejé la Ciudad de México, tiré la receta y logré “olvidarme” del suceso hasta que leí la historia de Violeta.

Es muy difícil escribir este tipo de anécdotas, primero porque no quieres aceptar que te pasó, segundo porque no quieres aceptar que hay personas, como el doctor, que se supone que te van a ayudar y son quienes se aprovechan de la vulnerabilidad, y luego porque no quieres que los demás se enteren, porque te van a hacer dudar sobre si tú fuiste la exagerada, porque no quieres decir nada cuando “no te pasó nada”. Como si solo en caso de violación pudieras comprobar que sí te sucedió algo y entonces tuvieras el derecho de hablar sobre ello. También te culpas, porque piensas soy yo la que me estoy haciendo esto, me lo merezco. En mi caso me culpaba por querer hacer todo lo que estaba haciendo sin poder con ello.

Pero aquí estoy escribiéndolo, con el afán de decirle a la persona que se haya sentido en riesgo, que el poder acoso sexual es muy fuerte, sobre todo cuando quien lo ejerce está en su territorio y reconoce que hay una persona vulnerable que fácilmente puede caer bajo su dominio, quien probablemente no tendrá las fuerzas para dar marcha atrás.

Saber de las situaciones de otras mujeres, de todas las personas que lo han sufrido, te ayuda a aceptar las señales para evitarlo, y las señales son más bien lo que sientes cuando, sin darte cuenta, te estás adentrando a la boca del lobo.

Mexicali en tiempos de resistencia

 

“The world had never been so close to her”.- Carson McCullers

 

No me imagino leyendo esto debajo del sol de las 12:00 de la tarde de Mexicali, ni siquiera en la sombra esperando el camión o esperando que pase el tiempo para que sea la hora de la salida y entonces llegar a cualquier lugar en donde te cubras de la intemperie que te achicharra todo tu ser.

El verano es la temporada en la que todos somos uno. Si en el Popol Vuh hubo seres de barro, imaginemos que en esta época los habitantes de esta ciudad estamos hechos de cera, como las alas de Ícaro, pero aquí no intentamos volar, ojalá pudiéramos levitar un poquito, nada más para no tocar el piso antes de derretirnos formando una plasta que se esparce entre las calles, donde solo recuperamos la figura del cuerpo (medio desfigurada) al arrastrar los pies hasta el carro (prender el A/C o acelerando para que entre el aire y entonces podamos respirar), correr hacia el refugio llámese casa o supermercado. En las casas en donde no es posible tener un aparato de refrigeración la palabra hogar se apropia de todo su significado hasta volverse hoguera.

El sol fulmina al ego. Nos recuerda que somos carne, que somos cuerpo, nos hace solo eso. Si en otras ciudades hay inseguridad o aguaceros, si en el campo hay sequías, en Mexicali el verano es la época que nos pone a prueba. Ejercer la resistencia. Desde a mediados de junio hasta las primeras semanas de septiembre; un ciclo que ha sucedido desde y para siempre. A todos se nos olvida, como se nos olvida la sensación de nada tiene sentido, la angustia o la tristeza, el coraje o la desesperación, y aunque te preguntes qué lo provocó y quieres encontrar al culpable, la verdad es que una ligereza que se esconde muy adentro. ¿Qué hacemos aquí? Nos preguntamos cada verano. Como si vivir no significara preguntarnos lo mismo todo el tiempo ¿Qué hacemos aquí?

Son los tiempos del desasosiego. Un fuego que arde dentro pero que no alumbra hacia ninguna parte, un sol que quema afuera pero que distorsiona hasta el camino que nos sabemos de memoria. Por un momento el alrededor te entrega tu fragilidad en el todo, te hace voltear hacia el otro, verte en él y sentirlo. El hombre que se detiene en el alto se pasa una toalla por la frente para limpiarse el sudor, la señora que se cubre con una blusa el brazo izquierdo mientras maneja, las ventanas tapizadas de protectores de tela, las mujeres que van todas tapadas en la calle, manga larga, sombrero, lentes y sombrilla; que bien pudieran ser las mismas que caminan por el desierto de Tuareg. Quienes se mueven en bicicleta (¿Se les derretirán las llantas como se derriten las suelas de los tenis?). Los vagabundos de piel café rojiza, de piel café negruzca, las expresiones en la cara como cicatrices, las cuarteaduras que revelan todas las sensaciones y expresiones habidas y por haber. Todas las sombras ocupadas por las personas que se vuelven sombra. Silencio y soledad al mismo tiempo que solidaridad. Suero. Agitamos un papel a la altura del cuello, pegamos la cara hasta casi meternos por las rejillas de cualquier aire acondicionado. La cerveza fría entre las piernas, en la frente, en la mejilla. Si te diriges hacia el poniente mientras va cayendo la tarde manejas ciego, escondes los ojos con alguna parte del carro que te ayude a bloquear el reflejo, pero vas ciego ante un panorama que ha desaparecido, fulminado por el nubarrón de naranjas y amarillos.

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El verano nos obliga al encierro escuchando la intermitente respiración de una bestia artificial que cubre todo sonido real que viene de afuera, pero, ¿y si no? ¿Cómo soportarlo? Mientras veo por la ventana recuerdo cuando era niña y esperábamos a que atardeciera para salir a jugar, si había juegos de metal teníamos que primero tocarlos, nos costaba trabajo correr, nos movíamos entre el aire líquido y caliente de un sol recién apagado.

Hace poco me topé con las pinturas que hizo mi hermano cuando tenía cuatro o cinco años, si había dibujado un perro y un niño; o la portería, el balón, papá e hijo; o lluvia y nubes (aunque rara vez llueve en esta ciudad), siempre aparecía un solecito amarillo con sus rayos bien marcados.

En esta ciudad el sol es como Dios o nuestros demonios, como la fragilidad, como el enamoramiento, como la pasión y la desesperación, como el desasosiego y la resistencia, como la unión y la soledad. Es ese contra-agujero en el cielo que de tanta brillantez nos insiste violentamente que seguimos vivos.

 

el sol siempre presente el sol

primeros apuntes sobre la función del orgasmo

Imaginemos una cadenita de oro enredada, hecha toda nudo consigo misma, la cual está alrededor del clítoris de una mujer, o del punto g, de la punta del pene o de los testículos de un hombre. Ese nudo se llama miedo, se llama cultura, se llama mujer, se llama hombre, se llama padres o hijos, y también rechazo, primera masturbación, instinto sexual, primer contacto físico, primera excitación; se llama divorcio, se llama violencia, coger o hacer el amor, se llama“yo estoy bien cabrón para esto”, o “ése es un enfermo”, se llama “la tiene bien chiquita y ni la sabe mover”, o incluso, violación. Esa cadenita de oro no se va a desenredar ni dejará lucir ningún diamante que de ella cuelga si no ve que está enredada.

Wilhelm Reich fue uno de los discípulos de Freud, hasta que trazó su propio camino científico enfocándose en el descubrimiento del orgón y la función del orgasmo. Su objetivo fue reconocer “materialmente” las pulsiones que frustraban alcanzar el orgasmo, la cuales, inconscientemente, se convertían en neurosis, histeria, esquizofrenia, disfunción eréctil, angustia, depresión, ira, y otros trastornos más que afectaban a las personas. Reich dio a entender que en el psicoanálisis muchos de los elementos dependían de la interpretación del analista para poder “avanzar” hacia una resolución, y si el psicoanalista no lo lograba, el proceso se quedaba estancado indefinidamente.

Reich elaboró un método científico con el cual descubría aquello que imposibilitaba a sus pacientes a tener una vida sexual “plena”. Por ejemplo, dibujó un esquema del acto sexual en donde incluía: los preliminares de la excitación, la penetración, la fase de control voluntario de la excitación, y luego la excitación involuntaria (en donde, por cierto, resaltaba que no era recomendable detener el acto), la aceleración hacia el acmé y la llegada hacia el orgasmo, para después caer en las contracciones corporales involuntarias hasta alcanzar la relajación. Todo esto considerando “modos de conducta típicos y biológicamente determinados”. Describo lo anterior solo para puntualizar que sus observaciones fueron de una minuciosidad científica, con las cuales no dejaba lugar para la ficción. Con este tipo de esbozos detectaba cuando un paciente interrumpía el acto (según lo contara el paciente, no es que Reich estuviera presente), y generaba diversas hipótesis dejando alguna “tarea” para ver si alteraba los efectos de los trastornos, y entonces el paciente pudiera llegar felizmente al orgasmo. Curó a hombres impotentes, a mujeres esquizofrénicas, a locas, eyaculadores precoces, asmáticos, ninfómanas, enfermos sexuales, etc.

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“El miedo a la muerte y a morir es idéntico a la inconsciente angustia de orgasmo” decía Reich. ¿Y quién no ha sentido que se disuelve en el orgasmo? Te vuelves todo (o nada) con el Universo. Por lo que muchas personas sufren al momento de entregarse Totalmente. También decía que con el impulso sexual era posible notar el instinto asesino en algunos pacientes. “Un ser viviente desarrolla un impulso de destrucción cuando quiere destruir la fuente del peligro”. Si el ser humano cede a los impulsos sexuales para crear vida, es también posible que se resista a ceder y a sentirse vulnerable, por ese miedo a la muerte. “Destruimos en una situación de peligro porque queremos vivir y porque no queremos padecer angustia”.

Hace un año íbamos cinco amigas dentro de una camioneta hacia un restaurante de mariscos, dos de ellas eran pareja (son), y las tres restantes continuábamos solteras (continuamos). No recuerdo cómo llegamos al tema de lo que estábamos hablando pero una de ellas dijo que las mujeres teníamos dos agujeros —“¿Qué?”— reaccionamos tres de las cinco. “Sí, ¿no?”, secundó la otra. Así que tres de las cinco sabíamos que las mujeres teníamos tres orificios a la altura de nuestro sexo. Después alguna lo especificó: uno para la orina, otro para coger, que también es  por donde te baja, y el tercero donde sale la popo. Para dos de ellas era un descubrimiento. Todas rondábamos los 30 años de edad, todas habíamos cogido, algunas con mujeres y hombres, otras solo con hombres, y todas habíamos tenido algún orgasmo o varios en nuestra vida. Esto me sorprendió pero no me sorprendió. En general, la mujer mexicana explora poco su sexualidad, comenzando por no tener una idea sobre su cuerpo. Esta misma anécdota me llevó a recordar cuando escuché que la mayoría de mis amigas nunca se habían masturbado, habían tenido relaciones sexuales, después se convirtieron en madres, continuaron teniendo relaciones sexuales, y procreando más hijos, pero la masturbación es un tabú en sus vidas.

Descubrir la función del orgasmo, y no solo como teoría, es abrir una caja de Pandora (¿positiva? ¿inclinada hacia el ying?) tan íntima como genuina, tan sutil como infinita. Si eres capaz de desaparecer y volverte el Universo por un instante, y luego, mantenerlo, es que eres capaz de todo. Todo. Ahí está cifrada la naturaleza del ser humano, ahí está la vida y la muerte, las ganas de crear vida o de matar, dependiendo de la exploración que vayas realizando. Traspone lo material, pasa del cuerpo al alma, y del alma a cualquier tipo de creación, y no solo la procreación, entonces, funciona como vida generando todo tipo de vida.

La imposibilidad de alcanzar el orgasmo, o tener que llegar hacia él a rastras, con espasmos, pensamientos que encadenan, creando nudos y generando cortos circuitos, nos lleva a la sensación de inexistencia, de muerte y sinsentido, de destrucción y enfermedad, de vacío.

“Las reacciones de las mujeres a la angustia de orgasmo difieren individualmente. La mayoría mantiene el cuerpo quieto, con una vigilancia semiconsciente. Otras hacen movimientos violentos y forzados, porque los movimientos suaves ocasionan demasiada excitación. Las piernas se mantienen fuertemente apretadas y juntas, la pelvis se echa para atrás. Para dominar la sensación orgástica se retiene siempre la respiración en inspiración”.

Reich podía detectar los factores que propiciaban un asma, que develaban la esquizofrenia, la histeria, la locura, la compulsión (de cualquier tipo), disfunción eréctil, ninfomanía, depresión y demás, en una persona. Si se está negando la esencia, la cual está concretada en un instinto de supervivencia, como lo es el sexual, se desenvolverá como trastorno o enfermedad, y al revés. En la sexualidad de un individuo está alojada la complejidad de dicha persona. Su físico, su carácter, la forma en la que mueve su cuerpo o las ideas en su mente, su miedo y sus creencias, también la postura que toma dentro de su cultura. Su inteligencia y percepción, su violencia y su victimización, también desde ahí es donde es posible su “sanación” y su apertura hacia su propia plenitud. La función del orgasmo es la potencia de vida o la potencia de muerte. El instinto de vida o el instinto de muerte.

Ya para no alargarme tanto, nada más poquito, me acordé la susodicha pregunta a manera de small talk íntima “¿Cuándo perdiste tu virginidad?”. En una sociedad católica-cristiana esta respuesta funciona como el “inicio” de una vida sexual. Cuando podría cambiarse a ¿Cuándo tuviste tu primer orgasmo? ¿Cómo sucedió? ¿Masturbándote? ¿Con tu primera novia o novio? ¿Con una amiga o amigo? ¿En dónde? ¿Con un desconocido? ¿No te acuerdas? Y desde ahí rastrear la evolución obtenida desde ese punto ¿Cuándo mejoró tu orgasmo? ¿Cómo y con quién? ¿Haz tenido multiorgasmos? Y así sucesivamente.

No he terminado de leer La función del orgasmo, pero me atrevo a decir que se puede hacer un texto, así de este tipo, por cada capítulo y subcapítulo. A Reich le tomó casi once años terminar de desarrollar su teoría, y en el proceso fue ninguneado por varios de los psicoanalistas importantes de esa época, ignorado hasta por el mismo Freud, a quien le había dedicado su estudio a manera de admiración, porque aunque se distanciaba del psicoanálisis, la realidad es que su trabajo no hubiera podido desenvolverse sin todo el trabajo de Freud.

Y pues en realidad todo comenzó con un orgasmo.

Reich, Wilhelm (2010) La función del orgasmo. Paidós: España.