estonoespapel

del uni-verso del yo al Universo del verso

Viva México: la utopía

 

en este país no matan periodistas

tampoco roban los políticos

los pobres no son tan pobres

los ricos no son tan ricos

 

no matan a los estudiantes

no matan a las mujeres

nada queda impune

después de un crimen cometido

 

intentando escarbar en el lodo

peleando con los fantasmas en el vacío

resbalándome y atascándome

veo cómo se juntan de sangre los ríos

 

deberían seguir vivos

porque es la sangre de aquellos que

deberían seguir vivos

 

el grito para limpiar la tierra

que viva México pero si sobrevivo

que viva México

que ni yo me la creo que siga vivo

 

cuando matan a una mujer

nos matan a todas un poquito

y a todos también

quién quieres seguir entre tanto miedo

 

riéndome para no llorar

sí se puede, oigo dicen

sí se puede, intento y lo repito

pero sí se puede qué, interrumpo

y si se puede cómo, exijo

si no se puede revivir a los muertos

si no se puede seguir cargando a los hijos desaparecidos

si no se puede seguir caminando

cuando crecen las ramas de la impotencia

si no se puede llenar este silencio violento

con palabras cuando todo va perdiendo sentido

 

quién se atreve a defender este país lleno de muertos

muertos de corazón que ocupan los altos puestos

muertos de mente que dirigen el país

como máquinas tragamonedas acumulando para despilfarrar

cerdos

bañándose en el rojo lodazal

 

que la cultura

que no hay machismo

que son los roles de género

que no es cierto

que no pasa

que más bien nadie quiere hablar de esto

 

pero se volvió tan común

que hasta tuvimos que nombrarlo

FEMINICIDIO

dos puntos igual a México

 

en este país matan a los periodistas

matan a los estudiantes

roban los políticos

los pobres son cada vez más pobres

los ricos cada vez más ricos

nos matan a las mujeres

tenemos que lanzar campañas para seguir vivos

 

así a la otra que quieras gritar viva México

pregúntate si realmente lo sientes vivo

 

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osmosis is somos !

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¿Qué es esto que no veo?

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Hola, otro. ¿A poco eres tan igual a mí? ¡Y tan diferente! O cambias tú o cambio yo, o cambiamos los dos al mismo tiempo… ¡Tiempo?

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Derechita y firmes. Intentando pasar desapercibida —petrificada— y ya no vuelvo a hablar de nosotros. Ni tampoco de los otros.

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El salto cuántico fuera de la órbita donde mi giraba mi propio átomo.

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Hola, doble negación. Escucho en el silencio la verdad de lo que no creo.

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Tómame Universo, tú, que desco y reconozco…

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¿Qué haría yo sin ti? En el minúsculo universo del yo. Olvidando. Esperando. Desesperando. Perdida en el vacío del yoooOOOOooo.

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¿Todos somos uno? Dime cómo recordarlo. En la aceptación como en la negación. En la violencia como en la libertad. En el deseo y el miedo ¿En el amor? ¿Cómo continuar?

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Hacia la luz, hacia la oscuridad. Todos somos todo.

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A saltar fuera de mí para reencontrarme contigo y con el Todo.

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Respirar. Reír, llorar, probar, dudar, jurar, creer, crear, amar. Todas las velocidades de salto en salto.

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El choque de dos partículas en la eternidad, suspendidos, en el infinito del todos somos TODO. Por osmosis y a la inversa, tú y yo SOMOS.

Trabajar por ser, para ser, para amar, para ser amor.

es necesario

es necesario que veas lo distintos que somos

ves!

a ti te gusta el mar,

a mí también, pero no sé si te amo

es necesario que notes lo distantes que estamos

tú te sientas en el extremo de allá

y aunque nos vemos de frente

no nos vemos

(te exijo) que reconozcas que no sentimos el sol igual

a ti te quema y te vas

a mí me abraza y me produce llanto

y es tan extraña y real tu forma de abrazar

que no sé si eres un hombre de piedra

o con el viento de tu recuerdo me he petrificado

me tienes todo el día pensando

que si es o no necesario explicar

que tú eres fuego, yo viento

que no inventes: no te puedo avivar!

tú vives en la orilla de la realidad

mientras sobrevivo en este agujero

al que llamo soledad

de aquí no salgo

¿me ves rodeada por los demás?

es un tablero de ajedrez imaginario

con piezas de tamaño humano

no ando entre escenarios

los paisajes me dan igual

viajo solo en el tiempo

en el trino de los pájaros

por los cables de luz

entre los sueños

me detengo en el alto de mis pensamientos

y acelero de nuevo a toda velocidad

por la vía de mis sensaciones y sentimientos

firma aquí de enterado

en el espacio en blanco

en el silencio de lo que no dices

y tampoco quiero escuchar;

mis ilusiones son deudas con la realidad

las estoy pagando a crédito

veo en el espejo que me cobran cada vez más

me he de disolver como siempre lo hago

en el intento, en el sol y en un orgasmo solitario

en el mantra que repito pues no puedo estar

para alejarme y dejarte en paz

cada quien hasta el fondo de su encierro cerebral

¿ya firmaste?

no hay nada que celebrar

pues solo estamos cumpliendo con lo necesario

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devenir o destino

El desierto crecía, pero crecía poblándose cada vez más.
– Deleuze

 

Estamos en medio, siempre en medio, entre el destino social y el devenir individual. Entre el sentido social e individual. Entre lo que murmura el inconsciente colectivo que hacemos consciente, y a lo que nos aferramos como no: ¿Quién soy? ¿Quién me niego a ser? Quien termino siendo y no puedo parar de ser.

El recomienzo parece un método para darle continuidad a la libertad. Sonrío pero ya no estoy sonriendo. Soy mientras dejo de ser. Comienzo a llorar para comprobar que hay algo que brota pero me detengo. El sufrimiento no existe. El existencialismo está a nuestro favor y no en contra. El cuestionamiento y la negación también. Incluso el capitalismo, tener para dejar de tener. Asegurar para dudar, y dudar para llegar a la certidumbre. Soy en lo que más desconozco. El misterio me envuelve y me despoja de él y me entrega una nueva yo, mucho gusto.

Sísifo no sufre, solo está siendo, en la constante transformación, en el no ser. Sube hasta la montaña y cuando tiene que volver no está derrotado, es un nuevo Sísifo; se va reconociendo.

El cuerpo no es el cuerpo, el cuerpo es la mente y la mente es el Cosmos. Si callamos los murmullos del inconsciente colectivo, llegamos hasta el silencio y la música, el arte, y la la creación del Universo que estamos formando. Nada está hecho. No hay comienzo ni fin. Mi vida no inició conmigo, y tampoco sucedió desde mis antepasados,  la vida son todas las vidas y están existiendo, encontrándose, transfigurándose; no existe la muerte, no existe el tiempo.

soy mujer pero dejo de serlo

soy hija pero dejo de serlo

soy originaria del norte pero no tengo origen

soy inestable hasta el equilibrio

soy dependiente de mi independencia

La Tierra es el Cielo. Todo lo posible y lo que surge de nuestra imaginación (lo imposible) nos arraiga: nuestros pies echan raíces sobre el suelo, y nuestra imaginación en el cielo.

estoy viviendo en el 2017 o en el 1917, y es como será en el 3017

estoy loca y cuerda

estoy en una intersección todo el tiempo, en el gran asterisco de la transición a punto de no ser yo pero siendo, siendo yo pero dejando a un lado la que soy

Las ilusiones ocupan la realidad, y la realidad revienta las ilusiones. Al nombrar la realidad se vuelve ilusión, al callarla se asienta como realidad. Mostrar para enfrentar y para romper. A veces es estallar y no solo estar. Muy bien. Listo. He comprobado que esto no existe que yo no soy yo que esto tampoco lo quiero que en esto no creo; aquí está la ligereza y la pesadez en un suspiro, en un cuerpo. En el pleno desencuentro de mí misma llegando al todo, digo esto también puedo llamarlo vida, también, y si después no es, no es. Es belleza, y es terrible y es miedo, es muerte y es azul, es soledad, es espera (sin esperanza). Es verdad, hasta que deja de serlo.

Acumulo palabras y pedazos de espejos rotos. El tiempo de los otros me fragmenta, pero busco usarlo a mi favor, también los deseos, los míos y de los otros, me pulverizan. Soy un pedazo de espejo roto, o una gota de agua cayendo.

A veces se me antoja morirme, así, como un antojo, luego se me quita. A veces me urge morir, pero también la urgencia se disipa. Entonces ya no es un antojo o un cóctel, ya no es una puerta de entrada o de salida. Es ella, la muerte, es ella, soy yo. Me acerco a la muerte-yo para conversar, para sentir, para acariciarla y sentarme de frente para discutir, hablamos de todo. Últimamente sobre el devenir, en donde dice que ella también ahí está, va abriéndose paso, porque no es la muerte total la que nos da, no así como la conocemos, no es la muerte que el inconsciente colectivo nos ha susurrado como el gran final, porque esa ni siquiera existe, o al menos es lo que la muerte-ella me ha confesado. Estamos hechos de pequeñas muertes, de decisiones que no tomamos, de lo que soltamos para aferrarnos a otro yo, y también sís, de yos que se duermen pensando en no, y despiertan en sí, Lucía deviniendo en Lucía-muerta, Lucía deviniendo en Lucía-viva. Así que mi destino son múltiples devenires, y no un destino, puede ser, le digo a la muerte-ella, de pronto tiene sentido.

cuarto

gracias a los otros

“Yo soy una cosa que piensa, esto es, una cosa que duda, afirma, niega, que sabe poco e ignora mucho, que desea, que rechaza y aun que imagina y siente. Porque, en efecto, he comprobado que por más que lo que siento y lo que imagino no tenga quizás existencia fuera de mí, estoy seguro, de que esos modos de pensar que llamo sentimientos e imaginaciones, existen en mí en tanto son solamente modos de pensar.” 
-Descartes 

 

I. La salida sin puerto. Salí del trabajo pensando que quiero que la vida me pegue, me volteé, me aviente. Cuando no quiero pasa, y cuando pasa, no quiero. Insisto quiero dejar de pensar. Así andaba porque así ando desde que me despierto y me doy cuenta de que estoy despierta. Pero esta vez estaba saliendo del trabajo, iba en el carro, hice una llamada sin usar audífonos, lo dejé en alta voz, comencé a discutir con la persona con la que hablaba, un policía me vio hablando y me detuvo, colgué, abrí la ventana, negué tres veces que venía hablando, estaba muy enojada y él se enojaba más porque le negaba en su cara lo que había visto, insistió pidiéndome los documentos, insistí que no venía haciendo nada, repitió que todo lo que yo decía podía resolverlo frente al juez calificador, repetí que se trataba de mi tiempo. Cuando el poli estaba comenzando a llenar la multa con mis datos, le dije que esa mañana había visto el titular del periódico anunciando más inseguridad y delitos, “pero por supuesto lo importante es detener a una persona que posiblemente venía hablando por el celular”, el oficial me regresó mi licencia. Oh. Gané pero perdí. Lo vi en su cara y lo sentí en la mía. Avancé hasta adentrarme al estacionamiento del supermercado, me quedé pensando ¿Usé mi creatividad para convertirla en arrogancia para humillar al otro para defender mi estupidez? Eso hice. Eso fue lo que hice.

Por la ruta de la intolerancia hacia mí misma usé el conocimiento como un arma “a favor de mí” pero en su contra, gané pero perdí. Gané arrogancia, perdí humildad. Perdí la oportunidad de mostrarle que somos iguales, que somos lo mismo y que ese día buscaba un poco de compasión. Ganó la ignorancia, avanzó el cuadrito negro, y el berrinche me llevó a un socavón. Confirmo que creamos socavones con nuestra estupidez.

Llegar a las cosas por medio de lo que crees de las cosas y nada de lo que es. Menos yo. Este pastiche que llamo yo es todo lo que cubre lo que sí soy, eso que tengo miedo de descubrir, que mientras descubro no tengo nada que decir menos que hacer. El apego más grande que existe es el apego al yo. Creyendo que soy eso que digo ser me imposibilito a ser lo que verdaderamente soy. Fin. Game over. Mejor siempre no.

Stendhal o Flaubert estarían completamente agradecidos por estar en el lugar en el que estoy, conociendo este alrededor, a las personas en el camino, hubieran creado otra novela perfecta como Rojo y Negro o Madame Bovary. Serían capaces de ver a los personajes siendo personas. ¿Cómo sentir la poesía y la verdad de la realidad? ¿Cómo soltar? ¿Encontrar qué? ¿Cómo te sales de tu propio personaje para verlo todo? ¿Cómo transformas un chisme en historia? ¿Cómo lo aceptas todo tal y como es? ¿Cómo ver a través de lo que no es? Las cosas como son.

II. La llegada a un desconocido puerto. Hace una semana (ahora se hicieron dos) conocí a Fili, el guardia que custodiaba la puerta de una cervecería de esta ciudad de cielo y polvo. Vestido con el uniforme, pantalón negro, camisa roja de manga larga, gorra negra, botas y un cinto que compartía con el guardia del primer turno de ese mismo puesto. Fili, de cabeza redonda, panza abultada, nariz grande, piel rosada y ojos azules. Caminaba con calma desde la esquina de esa cuadra hasta alcanzar la puerta donde hacían el cambio de cinturón. Su compañero siempre se preguntaba una hora antes de la llegada de Fili si éste iba a llegar, Fili siempre llegaba, ocupando el puesto media hora antes. Ambos cubrían el día entero, cada uno 12 horas, me parece que ganaban 200 pesos al día, no estoy segura. Fili tenía un mes trabajando sin un día de descanso, decía que no tenía caso descansar pues terminaba por gastarse el poco dinero que ganaba. Anteriormente había sido albañil y le gustaba tomar, pero ya tenía tiempo que no se le antojaba, desde que se había convertido en guardia, decía que la esposa del jefe, y no el jefe, era la brava. Fili y yo estuvimos dos días en la misma puerta ¿Viendo lo mismo? Me contó que por fin había pedido un día de descanso pero no lo podían resolver nada, que nunca había faltado, se le ocurrió querer un día de descanso, y luego se le cruzó por la cabeza ir visitar a su mamá en ese día libre, me preguntó qué calle daba directo desde la puerta de la cervecería hasta la Plaza Cachanilla, le contesté que no sabía pero luego busqué en mi celular y le mostré el mapa, contó las cuadras varias veces, lo repitió hasta imaginárselo con claridad. Me vio tomarle varias fotos al edificio de enfrente, antes de que comenzaran a llegar los clientes, después de varios intentos me dijo que si qué tanta foto tomaba. Le dije que me gustaba el edificio destruido porque se podía ver a través de las paredes. “Los detalles”, dijo él. Por momentos Fili hacía mi trabajo de hostess y recibía a los clientes diciéndoles buenas tardes o noches con más ánimo del que yo mostraba, me quedaba callada y solo sonreía al gesto. ¿Dónde estaba Stendhal o Flaubert para volver a Fili un héroe de sus historias? Sin modificarle nada, ya era un personaje completo. Contó varias veces cómo es que había logrado captar a una pareja de clientes que habían metido botes de cerveza y él se los había confiscado. También me platicó de la vez que uno de sus compas con los que trabajaba en la construcción se le quiso acercar insinuándole querer algo más, me lo platicó después de haber visto una mesa con un grupo de gays, porque yo andaba buscando a uno para entregarle su tarjeta de crédito, “¿al de los shortcitos remangados?”, me preguntó Fili. Ése mero. Y finalmente cuando llegó uno de los clientes vestido con camisa roja de manga larga y pantalón negro, y volteamos los dos para verlo caminar desde la esquina hasta la puerta, Fili me dijo “ahí viene mi relevo”.

III. Karma police arrest (myself). Lo que pienso es tan real como lo que veo, porque toda habita mi imaginación. Toque lo que toco, tocar significa que sigue en mí la capacidad de sentir, y luego digo que son texturas, pero no porque lo sean sino porque así me han dicho que las llame, y ya las llamo así porque existen en ese momento como un llamado en relación con mi sentir, una necesidad de comprobarlo. El policía me dejó ir, “anda pinche loca ve y busca y  a ver si encuentras”. Y Fili me recibió del otro lado de la angustia. Gracias a los otros: chinga tu madre yo.

y la tristeza

Este es el tercer escrito que hago sobre la tristeza. ¿Cómo atrapar el viento? Quiero ser honesta pero no puedo. Mi ego se ríe de mí. Quiero matarlo.

Lunes en la mañana, iba a escribir sobre tema 1, me escucho y digo no es cierto, no es lo que siento. Iba a escribir sobre tema 2 pero tuve una entrevista de trabajo por skype, tuve que irme al trabajo, se descompuso el aire acondicionado, llegaron los técnicos, y después ni pensé y ya estaba corriendo, sudando, me bañé, me quedé leyendo un texto hasta terminarlo, y me marcaron para ir a comer, es martes, miércoles. ¿Jueves? Me quedo pensando en la propuesta de trabajo, esclava por amor al arte, sonrío en silencio para decirles que los idiotas son los otros, para esconder que no soy yo. Jueves, volviendo al tema 2 decidí que escribiría del 1 hasta que me cogió la tristeza. Me jaló de la silla, me aventó sobre la barra de la cocina, empujando la computadora y el cuaderno, que se cayó al suelo, y sin acariciarme, sin darme un beso, sin verme a los ojos, la tristeza comenzó a cogerme. Ella encima de mí, ella detrás de mí, ella jalándome del cabello mientras me penetraba cada vez más fuerte y más adentro. Nada, no podía pensar en nada. Solo sentí lo que sentía hasta que me solté llorando. Dejarme coger hasta correrme, hasta terminar llorándolo todo. Lo lindo y no tan lindo… Se quedó conmigo hasta después de haberme cogido. Quise comer algo, quise terminarme el café, pero dejé todo ahí y comencé a escribir lo que sentía, queriéndomela coger yo a ella.

Descartes escribió que decidió estar solo y en reposo para lo que llamó la destrucción sistémica de sus opiniones. ¿Será eso el carnaval de esto? Sobre el escenario de las avenidas imaginarias de mi ser veo a mis emociones, sentimientos y pensamientos cruzarse, mientras se pican la panza, se sacan el dedo, se saludan o se ignoran, se dan un zape, se sonríen o se gritan. Los pensamientos son los más trolleados, las emociones son las bullys de este teatro.

Cuando estudiaba la maestría, Gabriel nos habló de que los estoicos consideraban que la tristeza era la única emoción que no podía ‘controlarse’ ni evitarse, nos dijo que antes se creía que era una enfermedad que se segregaba en el bazo, la llamaban melancolía, y se curaba recetándole paseos y dietas especiales a quienes sufrían de ella.

La tristeza no llega sola, viene con coraje o con angustia, con una entrega desmedida (desesperación), con ironía o con risas. Platicando con J, le conté que había tenido un periodo de tristeza prolongada, en donde visité a terapeutas y hasta algún chamán, buscando una ‘salida’ a esa tormenta que me arrastraba o yo arrastraba. “Uh, pensé que eras una mujer fuerte”, me dijo J. Un putazo en la cara, se lo di en mi imaginación, mientras le sonreía pensando cuéntame qué es eso de ser fuerte, idiota. Aunque tampoco puedo decir que la tristeza se tenga que vivir de alguna manera. Que si algunos lloran y otros no, no significa que estén negando estar tristes. ¿Qué es eso de ser fuerte? He decidido no enfilarme para el casting de los malabares que fingen estabilidad, tranquilidad y serenidad. A la chingada con eso de aparentar. ¿La serenidad? No quiero aparentar nada. Si acepto lo que siento puedo transformarlo hasta llegar a esa susodicha serenidad. Aún en la tristeza se puede crear un puente con los pedazos que ahí quedaron de la revolución que se gestó dentro. Para mí los débiles son lo que no quieren sentir lo que sienten, ni ser las personas que son; los que se la pasan negándose y negándolo todo.

Estoy escribiendo sobre el cadáver de una sensación. Porque el día siempre comienza y luego termina, y las sensaciones también. ¿Cómo atrapar el viento? Era lunes, fue martes, se convirtió en miércoles, y llegó el jueves. Es viernes. Me quedé con unos cuantos souvenirs de estos vientos fantasmas:

Como la imagen de los gatos salvajes (papá e hijos) que viven en el jardín de la casa de mi mamá, que se la pasan dormidos sobre la tierra mojada.

La mirada de la adolescente del orfanato que me dijo que la felicitara por su cumpleaños, y a la que le contesté como una idiota “espero que lo disfrutes”, mientras ella sonrió de vuelta.

Madre e hija paradas afuera del oxxo, una en una esquina, la otra recargada en el vidrio, las dos entrando a canjear los cupones “rasca y gana”, la madre diciendo con los labios torcidos “no me hiciste ganar nada”, usando un vestido de lycra rojo, con el cuerpo abultado y el cabello desteñido, rascando cupón tras cupón, con lentes oscuros. La hija delgadita esperando, su cuerpo sobre el mostrador, con los dedos de un pie afuera de la chancla, tres uñas pintadas de naranja, acomodándose el short que le quedaba grande, cubriéndose la mirada con el cabello, terminando de pagar más cupones.

La cajera del oxxo señalándome que sigo mientras veo entrar a una niña muy alta a la tienda, repitiendo frases en voz alta, con la cabeza deforme, con unos pants negros que dejaban ver sus tobillos, el padre detrás de ella siguiéndola.

Salí de la tienda y dos hombres sentados sobre sus bicicletas debajo de la sombra, los dos con camisa de cuadros, gorra y jeans, uno sin dientes diciéndole al otro “no le dijeron nada… porque viste que no le dijeron nada… nada”.

Y desde la ventana del carro la niña detrás del cristal con tres paquetes de galletas en los brazos y un bote de leche con chocolate, sosteniéndolo todo como si fueran muñecos de peluche, acercándose a las revistas, tomando una de ellas para enseñársela al papá, el papá hojeándola.

Di reversa y comencé a avanzar, jueves o lunes o viernes. ¿Cómo se atrapa el viento? ¿Cómo se atrapa lo que siento?

El agua inmóvil de un charco en la sombra que refleja las hojas de las palmeras que se mueven con el viento ligero del otro lado de la calle.

Las pecas de las manos de una terapeuta que sigue trabajando a sus 75 años.

Los ojos de J cuando comienzan a achinarse porque está a punto de reírse.

El olor de los espárragos  que venden en los cruceros de esta ciudad, aunque la temperatura alcance los 47 grados. La jovencita que hace malabares en ese crucero que ya ni pide a los automóviles dinero, que no deja de sudar.

Y la tristeza ahí, fantasma pero despierta. Rumiando la realidad, sosteniéndose de una nube, de una mirada, de un edificio que se cae o de la sombra. Disolviéndose, transformándose, convirtiéndose en la realidad.

escrivo

‘No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.’ W. S.

 

No escribo para nadie ni siquiera para mí. Me gustaría decir que escribo por algo, me he inventado pretextos totalizadores, como por ejemplo que es para entender a la humanidad, para reconocer la condición humana en todos y en mí. También digo que quiero viajar al futuro, volver al pasado, vivir el presente, deshacerme del tiempo, del día, y crear el hoy. Sentir el instante. Y el amor, el maldito bendito putito amor. O atacar el desamor. El miedo y el odio.

Escribo para no masturbarme, para no tener hambre, ni cogerme a cualquiera, o porque estoy demasiado llena; para soportar mis excesos y mis carencias, y porque a veces todo, mi vida, y la de los demás, me importa muy poco, o la vuelvo mi todo o no me importa nada.

Escribo para huir, para encontrarme conmigo, y luego correr. Para no saber de nadie, para llegar a la nada, para tocar lo que existe. Para no sentir miedo, y sí esperanzas, para poder amar, y decir que soy luz y esas mamadas que quiero creer pero no creo.

Escribo para no dar explicaciones, para inventar teorías, para poder vivir y porque no sé nada, sobre todo porque no sé nada pero no dejo de sentir y de pensar y sigo siendo. Y soy, cada vez más cada vez menos. Rayo hasta que se me entumece el codo y se me acalambra la mano. Hasta que me quedo sin palabras, sin aire, seca, pero no tranquila y sí cansada. Y porque sigo siendo una niña que no quiere dejar de serlo, una niña que juega con el lodo de la jardinera hasta convertirse en una adolescente, que vomita porque tiene bulimia porque quería ser bailarina pero sus papás se odiaban y se puso a “resolverlo”, (como si pudiera devolverle el amor a todos), y porque un día se dio cuenta que su mamá no fue feliz por mucho tiempo, y su papá estuvo ausente (y tal vez con mucho miedo), y su hermano creció sintiéndolo todo pero se refugió debajo de una piedra de silencio. Porque me hice adicta a la soledad hasta hartarme y dudar si quería seguir viva.

Escribo como una mujer que grita que no está loca, revolcándome en el piso, y me da risa y lloro. Como una persona que busca y no encuentra y que encuentra pero no se da cuenta. Como acercándome los dedos a la nariz para ver si sigo respirando, si tengo aliento, si se me infla el pecho. Porque fantaseo con ir a Nepal, y tener una hija que se llame Pascal, y vivir en el campo, y dar talleres a niñas, a los adictos para que se deshagan de la malilla, y enseñar a los que no saben leer ni escribir.

Escribo para aceptarme y no hacerla de pedo. Escribo y no dejo de escribir, sin darme cuenta o haciendo un esfuerzo, sobreviviendo, intentando llegar a casa cansada para poder dormir, para dejar de pensar, para salir de la cárcel del tiempo pero sobre todo de mí.

Para ver si es cierto que siento.

Para jugar que soy otra, como que soy una puta de revista a la que no tocan o una puta que no cobra, o una monja como Sor Juana o como la madre Carmela amargada. Porque imagino que soy mamá y dejo de sentir culpa por haber abortado. Para ser una mujer muy gorda que no deja a su esposo y prefiere el refugio de la comida antes que tener que dejarlo. Para no abrirme el cuerpo sintiendo que por ahí saco lo que siento. Para que después de cortar la fruta pueda lavar, secar y acomodar los cuchillos sin pensar en otras cosas.

Escribo para creerme una persona, para ver si logro quererme como me quiere mi mamá. O para sentir que no estoy tonta, como cuando me tomé un bote de pastillas porque era la primera vez dando clases y me sentía tan estúpida aunque los alumnos no se quejaban. Y porque desperté después de las pastillas y seguía viva. Para no ser tan ingenua, y no darme por vencida por esos miedos tan pendejos, porque de todos modos me voy a morir.

Para ver si la sal sabe a sal, y el polvo se siente como polvo. Para detener la sensación del infinito y de la muerte. Para poder despertarme de mis sueños, que aunque me dan miedo, me hacen sentir que estoy mejor ahí que aquí.

Sobre todo para llegar al silencio.

Para inventarme un reino, transformarlo del no nunca jamás a tal vez poquito a poco. Por una pulsión y también por desesperada. Por escritora precoz que eyacula toda las palabras sin pensarlas. Para llamar la atención y no volverme a desnudar en las calles. Para comportarme. Para destruirlo todo. Y volverlo a crear de cero. Para no perder la fe. Para sentir a Dios. Para llegar a ese lugar en donde todo es más que esto que escribo, a donde con palabras nunca voy a alcanzar.

Porque soy una mujer que se entrega a cualquiera que le da un poquito de su esencia, porque no soporto la conciencia, porque ya no aguanto dejarme inconsciente. Porque no quiero terminar abandonada como mi abuela materna, tampoco como Ana Varela que a sus cincuenta años le marcaba a mi abuela paterna para decir que ya se había puesto la piyama y que se iba a dormir, hasta que se murió. Ana Varela que había sido tan inteligente, que trabajó en las galerías de la Ciudad de México. Porque no quiero terminar loca, porque para mí no es un chiste, pero no puedo ser normal, porque ni siquiera sé qué significa esa palabra ni estas palabras. Porque no quiero pingas, ni psiquiatras, ni psicólogos ni más ayahuasca. Porque ya encontré a Buda pero no sé cómo matarlo ni quiero, porque ya perdí a Buda y no lo voy a volver a buscar. Porque grito desde este silencio, acaricio con los ojos y con los ojos muerdo. Porque no te quiero cerca y por eso ni me acerco. Porque te juzgo y te pido perdón. Porque te siento y te digo que somos lo mismo mientras espero a ver si sí es cierto. Porque estoy segura que si lo invento, si lo puedo imaginar, si lo provoco, va a aparecer todo, la vida, la muerte, va a desaparecer el tiempo, y vamos a vivir el infinito. Escribo para recordar lo único que he conocido y he sido, para transformar, aceptar y ser… de eso que hablamos, callamos y vivimos todos mientras vivimos. Escribo que vivo que no puedo dejar de vivir y escribir porque vivo y sigo viviendo escribiendo.

Notita en la que me obligo a explicar, que hace unos días di de alta varios textos pasados en el blog. Si a caso alguien está suscrito, le pido una disculpa ya que fue en un rush de conciencia/inconsciente en donde buscaba rescatar esa sensación de no sentir culpa por escribir desde hace mucho tiempo, (por escribir a veces tan mal, pero no dejar de hacerlo) por haberlos borrado en un golpe de inseguridad. Y porque ya estoy contratando a una editora, o sea, estoy intentando que mi esquizofrenia aplicada me lleve a conseguir una editora de mí que no sea tan torpe como yo, a ver si lo logro.

aquel día nunca (más)

tyl

2012

Esta foto es mentira. Desde que la publiqué sabía que estaba evidenciando mi necesidad por fantasear, una vez más. Públicamente. Una vez más. Cada vez que paso por el tablero que está colgado en la pared de la cocina leo la frase de unos boletos de una rifa que le regalaron a mi mamá, dicen ¡Aquí la honestidad rifa! Se los dieron después haber consumido tantos litros de gasolina, esa frase es el eslogan de la gasolinera que está cerca de la casa. Veo los boletos, me llama la frase, la repito en mi cabeza, camino por la casa, salgo a la calle y repaso las acciones de mis días. Del pasado y de mis pensamientos. ¿Aquí la honestidad rifa? Me pregunto. ¿Dentro de mi cabeza está rifando la honestidad?

Cada domingo, no sé por qué, ya no cuestiono por qué hago lo que hago, he estado publicando fotos en las que aparezco desnuda, semidesnuda. Intuyo que se trata de un proceso —inventado o real (¿no es lo mismo?)— de desnudez. De honestidad. Esta foto en la que aparezco con el único hombre con el cual he vivido aunque solo lo hubiésemos logrado por cuatro meses es mentira, porque si bien es cierto que estuve así de contenta como aparezco en la fotografía por unos instantes estuve muy nerviosa, loca, obsesiva y extraña el resto del tiempo con él. Un día antes de partir hacia Zipolite…

 

¿por qué no hiciste nada? ¿por qué lo hiciste tú?

Las siguientes son una serie de anécdotas y textos, que me hicieron llegar tres mujeres, y a quienes les agradezco la confianza, y sobre todo, el riesgo. No todas las mujeres se animan a hablar del acoso que han vivido, la mayoría no quiere recordar ¿Para qué van a revivir instantes en los cuales fueron vulnerables y lastimadas? Sí, ¿para qué? Pero entonces ¿Cómo cambiará el contexto para que sus hijas, nietas y otras mujeres puedan vivir más libres? Las que deciden transformar el presente se van a sentir incómodas, van a ser criticadas, les va a doler, tal vez más que a las demás, pero no solo estarán haciendo algo por ellas mismas y por su alrededor, sino también por las generaciones que vienen. Por eso gracias a estas mujeres, que decidieron alzar la voz para contar un poco de una realidad tan incómoda como indiferente, tan frustrante como frecuente, tan triste como real.

“Cuando tenía 18 años, formé parte de varios grupos religiosos, y me fui de misiones. En una de ellas, el sacerdote responsable de nuestro equipo de jóvenes durmió con nosotros, éramos doce en el cuarto, pero se acostó a mi lado. A media noche sentí que empezó a tocarme la espalda y el pelo. Recuerdo que me quedé inmóvil y asustada. Como no dije nada, empezó a hablarme y a decirme que no pasaba nada, quería que compartiéramos el sleeping bag. Me tapé con la bolsa de dormir hasta la cabeza aunque hacía calor, aún habiéndome tapado, el sacerdote siguió insistiendo, hasta que se cansó. Me quedé congelada y me dio coraje no haber reaccionado en ese momento, todavía me da coraje, pero cuando lo recuerdo, pienso que entré en un estado de shock en donde no sabía qué hacer. Al volver a Monterrey, les hablé a mis papás sobre el incidente, y me apoyaron para denunciarlo ante las autoridades eclesiásticas correspondientes. Me acompañó mi mamá, denunciamos, y al denunciar yo, también lo hicieron otras tres chavas (por el comportamiento de ese padre). Las autoridades de la iglesia dijeron que se encargarían, pero lo único que hicieron fue moverlo de parroquia. Solo eso. Diez años después lo vi en la Universidad en la que hice mis estudios, cuando cruzamos miradas me acuerdo que me puse pálida, me dio mucho coraje porque lo único que pude hacer fue quedarme como piedra. Soy católica y no dejaré de serlo por esto que me pasó, pero algo en mí cambió y desde entonces estoy más alerta en cualquier situación.

También estando en la Universidad, en uno de esos viajes que haces con amigos, terminamos compartiendo la habitación dos amigas, un amigo y yo. A la mitad de la noche me despertó un sonido, el amigo se estaba masturbando junto a nosotras. No me vio, así que me hice la dormida y nunca hablamos del tema.

Cuando fui a París, en medio la plaza me metieron la mano entre las piernas y me tocaron la vagina, volteé asustada, se rieron y salieron corriendo.

Al estar escribiendo todo esto me dan ganas de llorar de coraje, de impotencia, sabiéndome incapaz de reaccionar ante estos ataques.”

–Mujer regiomontana, 33 años

El texto que sigue es una carta que le hace una mamá a su hija. Ahora que es mamá esta joven piensa que lo que menos quiere es que se repitan los sucesos por los que ella pasó y la lastimaron, en especial cuando a sus diez años la tocó un hombre sin que ella lo quisiera.

Querida bebé,

 Ahora que naciste he pensando mucho en lo que me pasó a mí mientras crecía, porque desde que llegaste he sentido una gran responsabilidad, quiero que tengas una vida mejor que la mía, que sufras menos, quiero llenarte de amor y protegerte, eres tan chiquita, estás muy viva y hermosa.

Por lo que te escribo, para que no te sorprendan las personas, que sin saber por qué, lastiman a otras personas. Espero nunca te pase, espero de verdad siempre estar ahí para evitar cualquier acercamiento que te haga sentir incómoda, pero de todos modos te voy a contar porque cuando te llega un ataque como este, de verdad que ni lo esperas y ni te lo imaginas.

Cuando yo tenía diez años, me senté a ver la televisión e invité al hombre que estaba ahí a sentarse y verla también, me quedé dormida, lo que me despertó fue sentir que me estaba tocando el cuerpo, su mano pasaba por encima de la ropa, después se fue por debajo de la ropa y de mi corpiño. En aquel entonces usaba corpiño. Me acuerdo que me quedé sin respirar, que dejé de sentir. Me quedé paralizada. Esos minutos se me hicieron eternos. Hice un movimiento y él dejó de tocarme, lo sentí asustado, pero me volví a quedar inmóvil así que su mano pasó por mi vagina y luego por mis nalgas. El hombre se dio cuenta de lo que estaba haciendo y de que yo me estaba dando cuenta, así que dejó de tocarme y por fin salió del cuarto.

Me costó trabajo volver a respirar y pensar en mi cuerpo, me dejó tan confundida. Sentí que mi inocencia se acabó ahí, que mi corazón se corrompió, que mi cuerpo se apagó, y mis manos se volvieron frías y dejaron de ser mías. Fue tan extraño, como si estuviera estado soñando, o tal vez yo quería que hubiera sido un sueño, pero fue real, no sabía ni cómo moverme. Cuando salí del cuarto le dije a mi mamá y no hizo nada. Me dijo que me fuera a dormir que después lo platicábamos. Desde ese momento dejé de sentir todo. Dejé de sentir y sigo sin poder sentir. Todo lo que yo era se fue hacia al fondo. Dejé de sentir. Sin darme cuenta comencé a deprimirme y me perdí. Después mi mamá quiso que me comportara como si nada con ese hombre, como si nunca hubiera pasado, como si yo pudiera hacer eso. Me quedé tan triste.

Pero cuando tú llegaste volví a sentir. No quiero sentir miedo ni que nada te pase. Voy hacer todo lo posible por estar alerta para cuidarte, pero quiero decirte que si en algún momento te sientes extraña, invadida, y sabes que una persona está haciendo algo en contra de lo que sientes, grita, corre, defiéndete, llámame. Si me pasó a mí, te puede pasar a ti, aunque yo haré todo lo posible porque no te suceda.

 Te quiero mucho,

Tu mamá

–Joven mexicalense de 27 años que le escribe a su bebé de dos meses

Y finalmente dos anécdotas de otra mujer.

“Yo tuve que aprender a defenderme y contestar los albures de los albañiles, me costó muchos tropiezos y burlas, porque tenía 23 años y andaba en el camión de redilas con trabajadores de la construcción.

Después cuando estuve embarazada de Abril (mi primera hija), tuve que acudir al IMSS porque me lo pidieron en el trabajo, me acuerdo que desde que llegué el médico me observó de pies a cabeza, y me dijo que si iba como todas las “fresitas reinis” a llenar el requisito, le contesté que “si fuera fresa-reini no tendría que estar trabajando”. Después me ordenó “trépate a la mesa”. Le pregunté que si tenía un banquito o un escalón porque no podía subirme en mi estado”, él me respondió “¿cuál estado? ¿Baja California?”. Me acercó una silla y me dijo “ahora sí, trépate”. Ya estando en la mesa, me dijo que le enseñara la panza para que me la midiera. Me descubrí, sentí que me vio raro, y después me la comenzó a aplastar horrible. Lloré, le quité la mano y le dije “me está lastimando”, quitó su mano de rebote y cayó en mi pubis alcanzándome a tocar. Me bajé de la mesa de un brinco, indignada, llorando, entre muda y encabronada. Me preguntó que si a dónde iba, que no habíamos terminado, que qué delicadita. No me salía la voz. Como cuando en tus sueños no te responden las piernas o no te sale la voz. Le dije que yo ya había terminado. Me fui pero antes vi su nombre en el escritorio. Recuerdo que fui directo a casa de mis papás a desahogarme. Me había dejado moretones en la panza. Redacté una carta describiendo lo ocurrido y la presenté en la delegación. No obtuve respuesta. Fui a preguntar por el seguimiento y hasta dos meses después me respondió el delegado de entonces (2001), diciéndome que habían leído mi queja y visto mis fotografías, pero que no podían hacer nada más que ofrecerme una disculpa, y que entendían que por mi estado quizás me sentía más perturbada y sensible. No pasó nada, no hicieron nada, pero logré decirles lo que había pasado.”

—Mujer mexicalense, 40 años

¿Por qué no hiciste nada? Es la pregunta que todo mundo le hace a las mujeres que hemos pasado por una situación así. Nosotras también nos quedamos pensando en eso, cuando todo el incidente ha pasado, y cada vez que lo recordamos y lo volvemos a recordar, pensamos pero ¿Por qué no hice nada? A la única respuesta a la que llego es que NUNCA PENSAMOS QUE ALGO NOS IBA A PASAR, y segundo, ¿Qué fue lo que pasó? Para cuando te estás dando cuenta que estás siendo acosada, ya está terminando todo, y tú solo estás conectando los hechos. Y, finalmente, nuestra cultura nos ha dicho que eso pasa y ya. “Pues porque así fue, porque así son los hombres, porque así es y ni modo, no podemos hacer nada, mejor olvidarlo aunque no se nos olvide nunca, negar que pasó aunque nos lo recuerde cualquier otro acoso, si sigue pasando ni modo, a cualquiera le pasa, no va a dejar de pasar. Que flojera que sepan que yo pasé por eso, no quiero que me tengan lástima, no quiero aceptar que he sido humillada, van a pensar que estoy inventando, que estoy exagerando cuando digo que me han tocado cuando no quise que me tocaran, que se me han masturbado enfrente de mí cuando no tenían por qué hacerlo, que han pensado en violarme, me lo hacen sentir a cada rato, me quieren usar para deshacerse de su instinto sexual, con tal de desahogarse o sentirse más fuertes… o yo qué sé”, NINGUNA LO SABEMOS ¿Por qué lo hacen ustedes, hombres? Antes de preguntarnos por qué no hacemos nada, habría que preguntarles a los hombres ¿Por qué acosan a una mujer? El acoso sexual tiene que ver con los instintos más primitivos, con la búsqueda de satisfacción por medio de un poder que se ejerce a la fuerza y sin miedo a hacerlo. ¿Y si le pasa a sus hijas, a sus hermanas, a su esposa, a su novia, o a su mamá? ¿No importa? ¿También ellas se lo han inventado?

Si no fuera por las mujeres que hablan, esta realidad se mantendría invisible. En un tema como este, considerado un tabú social, primero se debe expresar que esto sucede, para entonces crear consciencia, para entonces tomar acciones y medidas al respecto, para entonces crear un cambio, un cambio constante que mantenga conscientes a hombres y mujeres, que le dan fuerza a las mujeres para defenderse y HACER ALGO, para sentirse seguras en un mundo de hombres, con reglas de hombres, con beneficios para los hombres, con explicaciones de hombres, con cultura de hombres, con las necesidades de hombres, con satisfacciones de hombres; con miedo, poder, deseos e instintos que puede ser libres para los hombres pero no para las mujeres. Antes de preguntar por qué no hicimos nada, habría que preguntarle al hombre y por qué lo hiciste tú.

pedacitos de mí (pedacitos que fui) vs. torititita toda