estonoespapel

del uni-verso del yo al Universo del verso

Kakistocracia

K

para mi pa, siempre presente

 

De las pocas palabras que vinieron a mi mente con k: ketamina, ketorolaco, vitamina K, Kerouac, kiosco, Kant, káiser, kéfir, kilómetro, kurdo, kilo. Mi padre, quien está constantemente consternado por la situación política de nuestro país (y del mundo), me envió la definición de Kakistocracia:

Del griego Kákistos (pésimo, el peor de todos) y krátos (fuerza, poder). Neologismo. A diferencia de la aristocracia, palabra que teóricamente quiere decir gobierno de los mejores, la Kakistocracia quiere decir gobierno de o por los peores.

La Kakistocracia significa contar con todo el poder, el dinero y los recursos, pero poca voluntad para mejorar, o evolucionar políticamente; al contrario, lo empeora todo. Un tipo de gobierno plutocrático-demagógico-autoritario, basado principalmente en la idiotización mediática de grandes masas electorales.

Democracia hecha caquita, decía mi mente haciendo un juego de palabras. También pensé en la moda que arrasó por un tiempo con la forma de escribir de algunas personas, las cuales sustituían la q por la k: “hey ke onda, ke vas a hacer hoy? Ke plan?” Como si pudiendo escribir bien, a huevo quisieran estropearlo. Y finalmente se me vino la asociación de cuando alguien se “ríe” en un chat de whatsapp y escribe “kakakakakaka”, lo cual me refiere a una risa violenta, una risa que no da risa, una risa que da miedo.

Sin saber de política y sin querer enterarme —tal vez por miedo a lo ignorante que soy— me di cuenta que con solo existir te enteras de la realidad, y cuando la realidad se agita políticamente es inevitable ser parte de la sacudida. Caminas entre las calles y te enteras de las campañas, escuchas las pláticas de conocidos o de extraños y te enteras de los candidatos, estas en twitter o facebook y te enteras de las promesas, ves los titulares de los periódicos y te enteras de las encuestas: Andrés Manuel va a la alza, Anaya promete subir el salario mínimo, Meade no trae nada, Margarita menos, y el Bronco colado, y el Bronco corrupto, y el Bronco haciendo espectáculo.

¿Qué nuevas? Hay que elegir entre el menos peor de los candidatos. Y quienes estén satisfechos con la vida que tienen elegirán a aquel que supone el menor de los cambios. Y quienes estemos totalmente insatisfechos elegiremos a aquel candidato que suponga algún cambio, aunque vayamos hacia algo peor.

Nos vamos a convertir en Venezuela, profetizan los trágicos. Aquí nada va a cambiar aunque todo cambie, dicen los estoicos. Qué frustración es resolver la ecuación de aquello que a todos nos afecta. Y entre más te enteras menos, pues saber todo lo que pasa y ha pasado políticamente en nuestro país no te asegura absolutamente nada.

La política nunca ha sido política en este país: es poder: poder y más poder para aquellos que están en el poder. Y todo aquel que se levante al sonoro rugir de un cañón quiere poder: Slim quiere (más) poder, los medios quieren poder, los partidos continúan dispersándose porque no quieren dividirse entre ellos el poder, y las alianzas suceden cuando están a punto de perder el poder.

Siempre he pensado en la revolución. Soy pesimista y romántica, esta es mi contradicción. Lo que me salva de mi pesimismo es imaginar que abruptamente podemos llegar al cambio, que es mejor pelear e incluso llegar a la destrucción con tal de transformarnos. Esta es la manera en la que como individuo funciono: para mis gracias y mi desgracia. También acudo al pesimismo porque así reconozco la realidad. Pero para no hundirme en las sensaciones que producen la falta de fe, y la desesperación, antes imagino:

Dejar de pagar impuestos, dejar de usar los servicios de un banco, dejar de ir a trabajar (o dejar de buscar trabajo), dejar la escuela. Hacer una huelga que produzca la inmovilización económica de nuestro país. Hasta que se sienta que el poder nos pertenece a nosotros. Hasta que se kaguen los políticos. Por algo no hablo de política, porque mi simple ensoñación es más distópica que utópica. Venezuela kítate que ahí te voy: y biba Méxiko, kabrones—dejando atrás mi estúpida tendencia al caos y a la fantasía— la pregunta se resume en: ¿votar o no votar? Esta es la única respuesta que me queda, ejercer o no ejercer mi participación.

Sé que soy parte de la generación del abstencionismo: el desencanto nos ha llevado a que otros participen en la elección, en donde después estaremos continuamente quejándonos de aquello que no es. Así que por lo menos tendría que votar para poder quejarme en un futuro.

Hace unos meses comencé a leer Así habló Zaratustra, me aventé al ruedo con el machito genio creador de la teoría del eterno retorno, a quien agradezco infinitamente la claridad de esta suposición, sobre todo cuando por lo menos en la imaginación es posible hacerle frente: no acudiré de nuevo a donde tantas veces he vuelto: esto es lo que imagino y no dejo de imaginar.

En el último texto que leí, titulado “Del país de la cultura”, Nietzsche describe: “Ajenos me son, y una burla, los hombres (y las mujeres) del presente, hacia quienes no hace mucho me empujaba el corazón; y desterrado estoy del país de mis padres y de mis madres. Por ello amo yo tan sólo el país de mis hijos, el no descubierto, en el mar remoto: que lo busquen incesantemente ordeno yo a mis velas. En mis hijos quiero reparar el ser hijo de mis padres: ¡y en todo futuro —este presente!”.

Recuerdo tener alrededor de unos quince años de edad y estar escuchando a mi papá hablar sobre la situación política y económica del país, pensando sobre todo que cuando yo fuera grande las cosas iban a ser distintas, pues veía a mis compañeros en la escuela, y pensaba en mis amigos y en mis amigas, y decidía que claro que todo iba a ser mejor.

Pero también hace poco, para contrarrestar el efecto Nietzscheano en toda su potencia de verdad, he leído otras cosas, entre ellas a una budista que se llama Pema Chödrön, When things fall apart, en donde en el capítulo siete “Hopelessness and death” me pareció más realista que lo que plantea Nietzsche en esta última lectura que hice del filósofo.

La budista defiende la capacidad de perder la esperanza a la par del constante reconocimiento de la muerte. Pema Chödrön estipula que una vez que has perdido toda esperanza comienzas a vivir el presente en su totalidad. Como la realidad, y nosotros mismos, estamos en continuo cambio, no hay lugar para la seguridad de nada, todo está a expensas de la transformación de las circunstancias y del alrededor y de nuestras sensaciones y sentimientos. Por lo que perder la esperanza es exactamente la posición que nos lleva a experimentar la claridad que brinda el presente. Perder la esperanza nos posiciona con la verdad a la que nos hemos acostumbrado a asimilar con palabras pero no a abrazar con nuestro ser: nos vamos a morir, estamos siempre viviendo para morirnos, perder la esperanza de que vamos a vivir para siempre nos deja viviendo —de alguna manera— tranquilos y en el presente.

¿Así que perdiendo la esperanza y sin hacerme güey iré a votar? Sin esperar a que mi voto sea el cambio de la realidad, sino a que mi participación sea el comienzo de una actitud que cuestiona activamente el poder. Y no sólo desde mis ensoñaciones y desde mis quejas y desde mi cuenta en twitter. Sabiendo que nada va a cambiar pero por lo menos siendo parte: estando presente. Porque al final suena estúpido y un poco esperanzador pero pareciera que lo que necesita nuestro país es que estemos, a pesar del kagadero que terminen por hacer los poderosos.

el juego que todos jugamos

j

El juego. Bajo las reglas del capitalismo: estar jodido, continuar jodido y ser un jodido por el resto de tus días es la gran muestra de humildad. Jitomate. Pero no te vuelvas un mendigo, porque serás una carga para todos. El truco es arreglártelas lo mejor posible para no estorbar al otro, pero seguir según esa perspectiva jodida en la cual te tiene el otro. Invisible y jodido.

El jugo. Si tienes dinero para comer y dormir, bien. Para una casa, un carro y algunas comidas fuera de casa, experiencias no tan pequeñas pero accesibles, bien, pero no tanto. Si tienes la oportunidad de vivir el entretenimiento más exclusivo, entonces se levantan las sospechas: ¿quién eres? ¿qué haces? ¿cómo lo haces? Si tienes lana para viajar, para comprarte ajuares de tu propio estilo (y no ropa de maquiladora), si puedes tomar café orgánico importado de África y extrañas verduras que quién sabe dónde se siembran, entonces no: ¿quién chingados crees que eres y qué estás pretendiendo? Eres un ser humano superficial, banal, eres un cartón con leche que seguro se está pudriendo, pretencioso y vacío.

Jodido. Hay que estar jodido y mantenerse jodido y seguir jodido, y desde esa jodidez implorar por ayuda, evidenciar la fragilidad pero tampoco volverse una carga para nadie. Arreglártelas solo pero continuar jodido.

Jauría. Lo que menos soporto de los chilangos, de los que viven en la Ciudad de México y se enganchan con la mierda de sobresalir y ser alguien y tener cada vez más: es su puta incapacidad por alegrarse por el otro. Aunque creo que la empatía es imposible, el que no te cale no lo es.

Si es un extraño: algo habrá hecho porque en realidad es un pendejo que nada merece y seguro consigue lo que consigue sólo con influencias.

Si es un conocido: sentimientos encontrados: pues algo sabes que su camino está plagado de cierto dolor y angustia, entonces ya le tocaba, pero no estás tan seguro o segura de que te da gusto.

Si es un amigo o una amiga: tu éxito es su éxito. Júbilo. Tal vez algo te beneficiará su nueva situación económica, política o social. O no, no te da gusto porque realmente no son tus amigos o tus amigos. (O estás pasando por una crisis en donde no puedes sentir alegría). O se te cae la torre del Jenga, y te sientas quedándote atrás: que lo que a ellos les beneficia, a ti te perjudica.

Jelengue. Las sospechas en cuanto al otro, tu miedo a la fragilidad y a ser humillado (¿no te estás humillando con tus pensamientos de mierda deseándole el fracaso a tus amigos o amigas o a quienes alguna vez lo fueron?, esto lo suscita Nietzsche).

No jalar. Les gustaría no darse cuenta, pero los supera el morbo, sienten amenazado su camino a sobresalir, porque han hecho las cosas distintas. ¿Y quién no? Y no, no es una características sólo del chilango, pero acá ese detalle del carácter nos arrasa a todos. Somos tantos los que vivimos en esta ciudad, que intentamos (una y otra vez putas intentamos a la verga vivir en esta ciudad), que se enreda la supuesta evidencia de que alguien nos quiere chingar con su felicidad o sus intentos de ser (¿¿¿¿¿¿??????).

Jaripeo. Para desenredar el maldito nudo en el estómago, el engrudo, me aguanto las ganas de sonreír, de no ver a nadie a los ojos, de gritar, de reaccionar. La autoasumida pendejez, y la sumisión, el traje de mártir antes que de Adelita: no tener nada, no querer tener nada, pero putas, callar las pinches voces de imaginar todos los sueños del mundo (Pessoa dixit). No andar volando con los ojos, no darle rienda suelta a la risa, o encerrarme de vuelta en una jaula.

Jaula. Soy una pesimista enjaulada, llevo la boca tapada con cinta aislante —que me aísla la desesperación y la angustia, yo estoy sintiendo el todos pero a la verga, no quiero nada—. Porque me da por quererme escapar de la jaula, arrancarme la cinta, morder los barrotes con mis dientes (aunque no sean de Hannibal), para ver si los pierdo, y quedo como la estúpida ilusa que intenta, o logro hacerme un hueco y salir: y gritar. Porque tengo la tendencia estúpida de aceptarlo todo como es hasta que me atraviesa.

El jale. (Los que más rechazan son los más intolerantes al rechazo: el verdadero jale de estar existiendo).

Júpiter. Hoy no estoy en ninguna parte, más que en el charco de un malestar que dejé crecer: por hacerme la juerte, estúpida: mente.

Jeta. Pero no quiero ni escaparme de la puta jaula, porque no creo que asumiéndome pesimista pueda sobrevivirme. Otros sí: no se cansan de repetirlo. Amargas uvas, leche caduca.

Jiji. Espero que nunca me venga el bien y termine sonriéndolo, que a todos les continúe dando gusto mi inmovilidad y mi incapacidad de hacer otra cosa que darme cuenta de lo que siento.

¿Justicia? ¿A quién le va lo suficientemente bien como para sentirse viviendo en un mundo justo?

Jiribilla. Prefiero callarme, aunque escriba, dejo ir estas palabras por lo pronto, aunque regresen, mientras tanto se van y caen al vacío (pero lejos).

Jabalí. “Mas, semejante al hocico del jabalí, mis palabras debe desgarrar el fondo de vuestras almas, reja de arado quiero ser para vosotros. Todos los secretos de vuestro fondo deben salir a la luz; y cuando vosotros yazgáis al sol hozados y destrozados, entonces también vuestra mentiras estará separada de vuestra verdad.” (Nietzsche). OJ Alá el puto hocico del jabalí de lo que leo termine guiándome por la verdad.

El prólogo (subrayado) de Un soplo de vida de Lispector

La obsesión por la voz de Lispector me llevó a transcribir el prólogo de la novela Un soplo de vida, y también a subrayar algunas de sus frases. Aunque en realidad todo el texto debería de estar en amarillo, si me limité fue porque así lo quise. (Los extractos los convertí en diez imágenes).

1

1esto no es una lamentación

esto no es una lamentación

2

2nunca la vida ha sido tan actual como hoy

nunca la vida ha sido tan actual como hoy

3

3no quiero competir en una carrera conmigo misma

no quiero competir en una carrera conmigo misma

4

4estoy oyendo música

estoy oyendo música

5

5siento que no estoy escribiendo todavía

siento que no estoy escribiendo todavía

6

6sí

7

7a veces la sensación de premeditar es agónica

a veces la sensación de premeditar es agónica

8

8el resultado de todo eso es que tendré que crear un personaje

el resultado de todo eso es que tendré que crear un personaje

9

9mi vida está hecha de fragmentos

mi vida está hecha de fragmentos

10

99ya he leído este libro hasta el final

ya he leído este libro hasta el final

 

999Lispector

toda letra del abecedario contiene una i

I

Toda letra contiene una i, y todo tiene un inicio. Aunque no siempre sucede al comienzo. Todo instante es la continuidad de otro instante y de otro, y otro, y otro. Despertamos los inicios y forzamos los finales.

A: albergamos recuerdos, creyendo que eso fue lo que pasó: nuestro pasado. Un par de letras i que se inclinan, un par de inicios que apoyan sus cabezas y se estrechan la mano formando un puente: anunciamos algo, anunciamos lo que estamos buscando.

B: buscamos siempre, una i que se curva y otra, y las dos sosteniéndose de un poste, una i erecta que sostiene la bienvenida, y la belleza, y la belleza de no saber nada. De agachar la cabeza por no saber, de levantar los hombros, de curvear el camino.

C: curva, una i curveada, un inicio que no ocurre recto, que no cierra: en donde algo cae, resbala y salta.

D: dos, para ser dos. Una i curveada que se aferra a la recta, porque la curva necesita a la recta, porque la recta desea a la curva, porque somos dos. Son dos. Así nos hemos definido, así nos defendemos, así podemos extendernos.

E: extendiéndonos, como si la i alargara sus ramas creciéndose, volviéndose e, extendiéndose. Haciendo equilibrio, siendo ecuánime. Elucubrando y elaborando desde el inicio hasta el final.

F: fin, ¿cuál es el fin? La continua pregunta. Necesitamos un final, un objetivo. Fingimos que deseamos estar vivos. Porque hay una fuerza que interpretamos como que es mejor que todo se acabe, creyendo que así termina el dolor de estar vivos. Creyendo en ese puto final. Esa fiera fulminante que se siente al centro del pecho. Ese furor indomable. Esa fragilidad constante. Esa agilidad probable…

G: genio, el que lo logre. El que pueda dejarse caer como agua surcando la tierra. Gurú y guía. Una i que se gira tantito, que se vuelve espiral a medias, que detiene su infinitud. Todo inicio es infinito.

I: infinito, repito. Todo inicio puede comenzar en el medio, o en otro final, puede continuar paralelamente. Camino y otro camino y todos los caminos ¿En cuántas posibilidades estamos sucediendo? La i está al centro del camino, en el medio. El inicio está al centro del trayecto. Es otro inicio, siempre es otro inicio.

El eterno retorno no es sólo volver al pozo al que siempre nos tiramos, no es sólo terminar en el lodo. Ni otra vez quemar las naves, no es la angustia eterna y la desesperanza que nunca termina. Es también la sutil ignorancia que te lleva a creer, y creer y crear, a ignorar y por lo tanto a insistir: i de insistir, i de ignorancia, i de ignición, i de inicio, i de ilusión.

El eterno retorno es también la eterna ilusión de que es posible tener otro inicio y otro y otro y otro y otro, es la intención de todos los inicios, ¿hasta el final? (O hasta un inicio que desconocemos del todo).

no sé si cortarme los hilos o dejarlos crecer

h

Es mentira que si no das cuatrocientas piruetas no vives. Que si no vas y te buscas una rutina que consista en más de veinte actividades al día no estás viviendo. ¿Has intentado no hacer nada? Sentarte en una silla, ver hacia la misma ventana de donde surge el paisaje que crees que has visto toda tu vida, y no hacer nada: nada. No escuchar música, no ver una película, no tomar agua, no hacerte un café, no comer algo, no bailar, ni hablar sola, no ver el teléfono celular. Te darías cuenta de que las cuatrocientas piruetas de todos modos suceden. Y creerías que son los espíritus los que te atormentan, que quizás te estás enfermando, que no te gusta pensar, que qué miedo sentir, que para qué chingados estamos aquí si de todos modos nos vamos a morir, que tú no pediste estar vivo, que la neta sabes que no vas a resolver nada, que no quieres nada, que juras por tu vida que no sabes nada, que no eres nadie, y fuck, sólo estás sentado en una puta silla. ¿Por qué la haces de pedo? ¿Por qué no puedes? ¿Por qué no crees? ¿Por qué sigues preguntándote por qué? Y quieres las cuatrocientas piruetas para distraerte de la no vida que parece que va a matarte de tanto no hacer nada pero que sientes un chingo. No puedes tener nada más un cuerpo y decir que es el cuerpo, no puedes nada más tener una mente y cargarle todo a la mente, ¿y el alma? ¿y la espiritualidad y el alma?

Le estuve dando vueltas a esa nada: creando toda una colcha con la tela de este desierto, para tejer una posible teoría de cómo buscar esa puta espiritualidad, cuando te queda tan poca alma —a los cinco años de edad, quizás—. En la reunión de ayer donde estábamos parte de la familia en casa de la abuela: mi papá, mi hermanito Max, Cecy, mi abuela, la hermana de mi abuela, mi tía Laura y mi primo Julián, mi tío Andrés y su esposa Yolanda, mi primo Amadeo, después llegó mi tía Grace y su hija Laura Elena. Todos reunidos recibíamos a Diego, mi tío, y a sus hijos el Sebas y la Vale, llegaban a pasar la Semana Santa en Mexicali. La plática de los adultos se dio en la sala después de haber comido tacos de chicharrón en salsa verde, de machaca y de rajas. Hablamos de las noticias, de las películas, de algunas series y de la tecnología. No nos dio tiempo de llegar hasta los chismes, porque como dijeron en una película “si juegas con la mierda te salpicas de mierda”.

En la mesa de la cocina me puse a pintar mandalas con mis primos Vale y Sebas, y con mi hermanito Max. La Vale y el Max tienen 8 años. El Sebas tiene 5 años. Como casi nunca nos vemos porque Vale y Sebas viven en Cabo San Lucas, el Sebas me preguntó si era cierto que Max y yo éramos medios hermanos. Me veía a mí, casi de la edad de su mamá y veía al Max de la edad de su hermana Vale: ¿Cómo era posible? Le dije que compartíamos el mismo papá pero que nuestra mamá era distinta. El Sebas lo repitió varias veces: “Entonces tienen el mismo papá pero otra mamá”. Sí, le contesté. “Entonces tienen el mismo papá pero la mamá es diferente”. Sí, exactamente, le dije. “Entonces no es la misma mamá”, dijo el Sebas. Su hermana Vale dijo que ya lo había dicho muchas veces. “Más de cuatrocientas”, la secundó el Max. Todavía no tantas, dije yo. “Sí, lo dije muchas veces”, dijo el Sebas. Le dije que a veces repetíamos las cosas hasta entenderlas. Después hablamos de la reencarnación. Porque alguien mencionó de una película de perros en donde el perro cambia de cuerpo, y experimenta siendo de otras razas de perro, pero es el mismo perro. Les dije que había una religión que creía en la reencarnación, que creer en la reencarnación consiste en creer que en lugar de morir, vuelves a vivir, pero en un cuerpo distinto. El Sebas se río soltando una carcajada de niño de 5 de años, pero como si descubriera una verdad que le hubiesen escondido y por fin tuviese acceso a ella. Inmediatamente se quedó pensativo y siguió pintando: “qué raro”, dijo, “volver a nacer pero con otro cuerpo”. Le dije que no lo era tanto porque para cuando sucediera, creerías que ese es el cuerpo que te ha tocado desde siempre. Seguimos coloreando en silencio. El Max y la Vale firmaron su dibujo y luego los tres se levantaron para irse a jugar al patio. Yo me paré a hacerme un café, y mientras me puse a guardar los colores.

la galería de los gemidos inconscientes

g

“qué ganas de ir a juego / con el legrado del cielo / a las siete / de la tarde  /
—piensa Leigh Bowery / frente a una cubeta /  de pintura”
—Antonio León

 

Qué ganas de que todo acabe (o empiece) de una sola voz. Que el gusto sea una garantía, y no el gemido de un gato que te despierta a sabiendas que has vuelto a esta tierra como una guitarra desafinada gritando de horror. Y la Gioconda de espaldas fingiendo que no se tragó el guisante, ese con el cual comprobaba que era una obra maestra.

Qué ganas de olvidarse de la grandeza insaciable. O del guión de la normalidad. Mejor: ser una goma envuelta en un glaciar a punto de extinguirse, sin que nadie la haga de pedo, menos la goma.

Pero llega la góndola y te recoge y te lleva de vuelta a la puta galería, en donde expones el sinsentido de lo que es estar viva —te prometen una galaxia, y por eso terminas montada en la góndola—.

Y ya que estás dentro, no hay escape: la Gestapo funge como guardia, y cualquier gruñido lo toman guturalmente. Aunque gires y gires, no crearás ninguna geometría que te salve, ni por muy gentil que hagas sus esquinas. Para ellos eres un gusano guarro que desea la gloria y se roba al galán de la novela, ese del genital funcional, no el del más grande, pero sí un genio que te lleva a tu propia genialidad, y convierte en agua tus ganas —tus ganas desegúntúdenada—.

Finalmente, vas con los germinados en las manos para plantar tu gestión de ser humano, en donde ningún gerundio te salvará.

Te quedarás sin usar la girándula que brotó en Getsemaní, y recordarás al gorila que no tuviste, entre las garras que te sostuvieron al sobrepasarte de intraducible. Por geniecilla, según tú. Por Gargantúa. Por girasol (mientras sabes que eres sólo las semillas empaquetadas en bolsa) y ninguna flor. Por gaznate.

Porque en la maldita galería de los gemidos inconscientes, que está ubicada al sur del desierto más al norte de este país, abren sólo por las noches, todos los días, sólo las noches, de 10:00 pm a 3:00 de la mañana.

Un espacio vivo en donde caminas no por el suelo ni por la alfombra de una sala, y más bien, sobre los cuerpos de una mujer y un hombre desnudos en donde vemos cuadros de sus gemidos que no dicen mucho. Que no dicen nada. En donde los espectadores han terminado decepcionados, pero que se han conformado con observar las piezas para saber que no hay nada que hacer, y toman fotos de los gemidos, imágenes que envían por sus chats de whatsapp: “aquí yacen dos cuerpos gimiendo”. Hasta que alguno acaba diciendo un chiste, que es un chisme, y expresa que ningún texto metafórico tiene un final…

Porque en gesta ocasión toda galabra tenía ge: gla gobsesión: gen gesta gocasión goda galabra genía ge: galgo gasí ghasta que el gabecé degó y degó y dejó de tener sentido.

Para llegar al punto g se hace el camino con puro gemido, así, hasta el final.

Salmo responsorial: oración a los infieles descubridores de la f funesta de felicidad, fuck off!

F

Funesta felicidad: fuck off

Todos: Funesta felicidad: fuck off

Me siento culpable de los instantes de felicidad que puedo alcanzar. Son como un botín que me he robado: lo que no me pertenece. Como si ese momento se lo estuviese quitando a alguien más. Como si cada quien no creara el camino hacia sus propios espacios y tiempos de felicidad.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

O como si fuera ese tipo de felicidad: un soliloquio egocéntrico. Una fuente de placer cuyo chorro pega directo al sexo, y ríes, y ríes y no puedes parar de reír, pero para ti nada más. ¿Y para el resto? Eres la loca que no se detiene, engolosinada con el aire de un viento fantasma.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

Me siento culpable de tener suerte. De disfrutar a cada una de las personas que me rodean. Tengo suerte de que mi abuela sea mi abuela, que mi abuelo sea mi abuelo, mi mamá sea mi mamá, mi papá mi papá, mi hermano mi hermano, mis hermanos mis hermanos, mis tías mis tías: ¿A quién se los quité? Y peor aún, ¿cuándo habré de devolverlos?

La felicidad que parece un cartón de leche materna a punto de caducar, de una madre recién muerta.

Un instante: duele: porque lo tengo y veo exactamente cómo lo voy perdiendo.

Es la droga que pone, y el tic tac que comienza a sonar, es la droga que quita. El bajón hasta la tabula rasa.

Es la carga de un chingo de sueños para despertar al inicio de la montaña.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

Me siento culpable de aceptar las cosas como son, porque entonces soy una inconsciente hija de puta que no se da cuenta. Que no se involucra, que no sabe de la ignorancia del poder, de la banalidad del espectáculo, del espejismo del triunfo. Que vive en su inmundo. Que pega una calcomanía en la defensa de su carro que dice Todo está bien. Pero es lo que siento. Siento que todo es como lo hemos elegido que sea, entonces lo acepto, y me siento culpable.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

Me siento culpable de amar las diferencias, y la contradicción, de aceptarme así, simple, torpe e ingenua. Así he logrado conciliar el sueño. Y he soñado que todo tiene arreglo, que el cambio es mejor, que voy siendo lo que he trabajado.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

Siento culpa por mis puñetas mentales. Siento culpa, y desde niña la he sentido, porque no he sufrido más, al reconocer las condiciones de los otros, (también porque sé que no necesariamente hay más que pudiera soportar). Y me siento culpable por creer que no he dañado a nadie, que he aprendido a escuchar un poco, y hasta agradezco que me falta por aprender.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

No sé si la culpa viene de mis once años de escuela de monja en donde me lo recalcaron. Debía sentirme culpable: por existir. Por ser una niña, y jugar en la tierra, vistiendo de falda, y al darme maromas se me veían los calzones sin querer. Y a veces queriendo. Queriendo existir.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

O porque empecé a cuestionar a mis papás, haciéndolos culpables a ellos. Esa culpa de la ignorancia. O de la soberbia, cuando no acepto que no sé. Porque me harto y me canso de buscar dentro de mi angosta cabeza. Entonces pretendo saber. Y uso las palabras para decir que sé. Y por la boca muero de ser. Caigo. Alcanzo esa soledad que me la devela, que arde, que es fuego, que es una flama que da directo al sexo, en donde no nadie se ríe, o nerviosa me río yo pero mientras me quemo.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

Agradezco al abanico que sucede desde mi abuelo C hasta mi hermanito Max. Desde los 82 hasta los 8, hay un pasado que me recuerda y hay un futuro que me despierta, y todo es. El instante del siempre, que cambia a cada rato, esa funesta felicidad que te embriaga con lo que es, tentación de la que no hay manera de decirle fuck off.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

Funesta felicidad: fuck off. Porque en lo que llegas, te vas, porque en lo que empiezas te estoy perdiendo, y en un instante, después de años de haber estado trabajando por algo, otra vez tengo que volver a empezar.

Todos: Funesta felicidad: fuck off!

d de desierto

D

No existe la realidad, dicen los metafísicos. ¿Y qué es la metafísica? Pregunta la realidad, mientras se transforma en otra cosa, y no le da tiempo de escuchar una respuesta.

Pudiera asegurar que estuve con un hombre hace un momento, también de haber estado enamorada hace tres días de otro, o hace un año. Pudiera asegurar que soy este instante y cualquier otro recuerdo, alguno que no tiene nada que ver conmigo, pero que me grita y me reclama que soy yo.

No me muevo, así como la Tierra gira, voy girando.

Soy el espacio y digo estoy.

Soy el tiempo y pienso que soy, pero juro que no soy.

A los historiadores no les importan mis palabras ni mis pasos, ni tampoco a la Academia, menos a los editores.

Mi familia me escucha y después dicen que sólo está lloviendo, le tienen miedo a las goteras, aunque en el silencio nunca llueve ¿Escribí silencio? Quise poner desierto. ¿Quién iba a decirlo? El desierto “como el lugar propicio a la revelación divina”, “el dominio de la abstracción”, “abierto sólo a la trascendencia”, “la sequedad ardiente es el clima por excelencia de la espiritualidad pura y ascética, de la consunción del cuerpo para la salvación del alma”. ¿Escribí un hombre? Quise poner un nombre, ¿es demasiado pronto?

Existo gracias a la negación. Gracias a que me rechazo he comenzado a aceptarme. Mi única arma son las palabras —en contra y a favor de mí— [cómo repito esta frase, (quisiera que alguien limpiara la bodega de mi lenguaje)].

Toda frase está hecha balas, de balas que se quedan suspendidas ¿Arrancarán hasta estrellarse contra la realidad? ¿Hasta volverse la realidad? ¿Matarán a alguien? No, a nadie. Luego luego se vuelven arena y caen.

Se me pegan las frases como mosquitos en el parabrisas de un carro que va por la carretera cortando el aire, que se acerca al borde y se vuelve cuerpo.

No limpio nada, porque veo un cuadro interesante, no sé de arte, pero entre tu arte y mi arte, prefiero ni hablar arte.

Trabajo en una oficina, frente a una computadora, soy una computadora mientras trabajo: respondo al comando buenos-días, al algoritmo ya-te-pasé-la-presentación. La libertad consiste en deshacerme rápidamente del deber para entonces a ver qué se me ocurre. Ser. Esto. Lo otro. Eso, también.

Estoy enamorada de lo que no es, de lo que no puedo encasillar, me apasiona creer que puedo materializar lo que nunca voy a tener. Es una forma de volverme consciente de ser parte de este lugar al que  pertenezco.

Se supone que Nietzsche sí llegó, o desde allá parece que se oye su voz, él abre la ventana desde la casa ubicada en ese otro desierto paralelo a este, nos susurra lo que no terminó, el que lo lee lo puede escuchar, no en lo que lee, pero sí en lo que no está escrito.

Muy pronto, en el nombre del filósofo alemán, se va inaugurar una asociación para curar la angustia con más angustia, para profundizar la tragedia hasta llegar al meollo del absurdo. Vamos a formar grupos de apoyo en los cuales se proporcionarán las herramientas: aprender a reír con una risa esquizofrénica, tocar una sonata con los músculos de la lengua. Así es como te vuelves árbol, una nube o una piedra. Es la nueva felicidad. Una realidad metafísica. Formas que esconden una cascada, un volcán, un desierto o todo el sistema solar.

De cierto versus desierto. Desierto versus desertar todo el tiempo para poder estar.

“Pero en lo más solitario del desierto tiene lugar la segunda transformación: en león se transforma aquí el espíritu, quiere conquistar su libertad como se conquista una presa y ser señor en su propio desierto”. Así habló Zaratustra.

c de cuerpo

c

para Sonia

me doy, desde la punta de los dedos de mi pie, los encojo porque los siento y te siento, recorro tu espalda con las yemas de esos dedos, son las manos deformes y alargadas que se enraízan a la Tierra

se me da fácil la carne, he sido vegetariana por la culpa o la idea de la culpa que no me da

en los tobillos comienzan o terminan las piernas, son la base de estos postes que intento que sean de seda, me pongo tres capas de crema corporal para impregnar a los fantasmas de las caricias pasadas

las pantorrillas son un par de bolillos de carne viva, rellenas de imprudencias, limitadas por los cascos de piedra: las rodillas: el engranaje para ensamblar un par de ballenas que nadan por las calles o recorren los cuartos vacíos de la casa de mi madre, los muslos no son ballenas asesinas, son alebrijes de ballenas con alas (que debido a la carga no pueden volar), cómplices, me llevan a avanzar kilómetros aún sabiendo que voy en busca de nada

esos muslos desembocan en la boca abierta de un dragón que no duerme, la caja de pandora con el fuego infinito, la vulva que pulsa mi malestar: el tobogán que me catapulta hacia la libertad hasta la extenuación: el motor de esta máquina deseante: un triángulo equilátero de barro (que sigue mojado, que no se seca): un trapo empapado: el corazón de una sirena que canta alojado entre los peñacos de mis caderas

detrás se alzan las nalgas, inconmensurables, carne sobre carne en pliegos, dos cerros prietos rellenos de algodón y de grasa, no acerquen el fuego que no sabemos qué es lo que pasa, no son perfectas, tienen marcas, no son de seda, van de picada con la gravedad, ya por fin del mito de ellas me voy a librar

una panza vacía de ningún engendro, mi carne no produce más carne, mi materia no se transforma, creando un pantano que huele a muerto olvidado

soñé una salamandra amarrada alrededor del ombligo, un anfibio de fuego tragándome las manos o brotándome de las manos, o brotándome de una mano mientras se tragaba la otra, la salamandra se encalló a este puerco hasta que se desvaneció con su inmovilidad

entre las costillas yace el desierto donde me crié, pequeño pero extenso, donde el viento de una mano ajena levanta una polvareda, recordándome que en esto terminará todo mi cuerpo

llevo una cruz entre las tetas, y no a la espalda, de tanto cargarla mis pechos caen como dos botas cuero cuyo vino nadie se ha de tomar, las jalan las estrujan, les muerden la boca, y detrás de esa cruz desdibujada guardo el cáliz con mis suspiros, los sueños perdidos, las ilusiones de piedra que al tragar por poco y me ahogo

que me encajen dos clavos a los extremos de mi clavícula, para amarrar las cuerdas de donde alguien vestido de dios pueda dirigirme

un par de brazos, que no uso para abrazar a nadie, y sí para alzar las brasas con las manos: la izquierda se me quema, la derecha es hábil con el taladro, le cuelga cuadros a la pared de mi ignorancia y sombrea mi locura a lápiz, hace un circo con las palabras, que desfilan como masa(cre) recién vomitada y también terminan por ser enmarcadas bajo un letrero que dice “sin título”, para explicar que no se trata de nada, siguiendo la técnica mixta de lo barroco y lo surreal

en la explanada de la espalda, se abre un campo traviesa, las sensaciones: se cruzan, se desplazan, convergen, beben, se enamoran y se dejan; torbellinos de tierra subiendo por la ruta de la columna y bajando por la médula espinal, plantando un bosque de pinos salados, una tormenta de nubes blancas, liberando a la una insaciable del marestar

en el terreno del cuello he querido plantar un jardín, levantar una casa (en alguna parte tendré que vivir), pero se me agujeran las ganas y succionan mi voz, no sé cantar, y hablo de más para disimularlo, son varias voces jugando a los encantados, son los gritos de una vieja que perdió su norte

desde el cerro de la barbilla se vislumbran un par de labios, pétalos marchitos que soplan el estertor de mi risa, que aguantan la impotencia, ¿ejerciendo resistencia?

en el surco nasolabial, se quedan las aguas que de mis ojos brotaron, se juntan con las que se escurren de la nariz formando un delta

mi nariz aparece respingada, como que me creo la muy muy, diría Amandititita, pero fue mi madre quien me la donó, y sin querer cumple con el patrón de las revistas, me es inservible cuando todo pasa y el aire nomás no entra

es cierto que por las donaciones de mi madre —estéticas y materiales— termino por no hacer nada

los ojos que me han de sacar, si cumplo con la profecía de Santa Lucía, pues soy mártir y a todos mi cuerpo les quiero entregar, pues no lo considero mío, aunque tampoco de los demás, me da lo mismo porque la Tierra que se lo ha de tragar

un cuerpo como jaula de mi alma, como el dueño acaricia a su perro sintiendo consuelo, y hasta amor

un cuerpo que a cada rato me ladra de hambre, porque quiere llamar la atención, o quiere aflojar la tensión de mis pensamientos: el circuito neuronal y nervioso donde al intentar razonar todos los focos se funden

brota de mi cabeza, cubriendo a la estupidez, la mata de pelo que quiero peinar, se me cae cabello tras cabello como cascada de mi imposibilidad, me pasa como a Britney, seguido me quiero rapar, pero no tengo los huevos para perder esta máscara de mujer

me doy, se me acaba o comienza este cuerpo, se me ha impuesto como una yegua salvaje desde la pubertad, como un puerco más que como un cuerpo, es el yugo del alma que es más que él