estonoespapel

del uni-verso del yo al Universo del verso

y la tristeza

Este es el tercer escrito que hago sobre la tristeza. ¿Cómo atrapar el viento? Quiero ser honesta pero no puedo. Mi ego se ríe de mí. Quiero matarlo.

Lunes en la mañana, iba a escribir sobre tema 1, me escucho y digo no es cierto, no es lo que siento. Iba a escribir sobre tema 2 pero tuve una entrevista de trabajo por skype, tuve que irme al trabajo, se descompuso el aire acondicionado, llegaron los técnicos, y después ni pensé y ya estaba corriendo, sudando, me bañé, me quedé leyendo un texto hasta terminarlo, y me marcaron para ir a comer, es martes, miércoles. ¿Jueves? Me quedo pensando en la propuesta de trabajo, esclava por amor al arte, sonrío en silencio para decirles que los idiotas son los otros, para esconder que no soy yo. Jueves, volviendo al tema 2 decidí que escribiría del 1 hasta que me cogió la tristeza. Me jaló de la silla, me aventó sobre la barra de la cocina, empujando la computadora y el cuaderno, que se cayó al suelo, y sin acariciarme, sin darme un beso, sin verme a los ojos, la tristeza comenzó a cogerme. Ella encima de mí, ella detrás de mí, ella jalándome del cabello mientras me penetraba cada vez más fuerte y más adentro. Nada, no podía pensar en nada. Solo sentí lo que sentía hasta que me solté llorando. Dejarme coger hasta correrme, hasta terminar llorándolo todo. Lo lindo y no tan lindo… Se quedó conmigo hasta después de haberme cogido. Quise comer algo, quise terminarme el café, pero dejé todo ahí y comencé a escribir lo que sentía, queriéndomela coger yo a ella.

Descartes escribió que decidió estar solo y en reposo para lo que llamó la destrucción sistémica de sus opiniones. ¿Será eso el carnaval de esto? Sobre el escenario de las avenidas imaginarias de mi ser veo a mis emociones, sentimientos y pensamientos cruzarse, mientras se pican la panza, se sacan el dedo, se saludan o se ignoran, se dan un zape, se sonríen o se gritan. Los pensamientos son los más trolleados, las emociones son las bullys de este teatro.

Cuando estudiaba la maestría, Gabriel nos habló de que los estoicos consideraban que la tristeza era la única emoción que no podía ‘controlarse’ ni evitarse, nos dijo que antes se creía que era una enfermedad que se segregaba en el bazo, la llamaban melancolía, y se curaba recetándole paseos y dietas especiales a quienes sufrían de ella.

La tristeza no llega sola, viene con coraje o con angustia, con una entrega desmedida (desesperación), con ironía o con risas. Platicando con J, le conté que había tenido un periodo de tristeza prolongada, en donde visité a terapeutas y hasta algún chamán, buscando una ‘salida’ a esa tormenta que me arrastraba o yo arrastraba. “Uh, pensé que eras una mujer fuerte”, me dijo J. Un putazo en la cara, se lo di en mi imaginación, mientras le sonreía pensando cuéntame qué es eso de ser fuerte, idiota. Aunque tampoco puedo decir que la tristeza se tenga que vivir de alguna manera. Que si algunos lloran y otros no, no significa que estén negando estar tristes. ¿Qué es eso de ser fuerte? He decidido no enfilarme para el casting de los malabares que fingen estabilidad, tranquilidad y serenidad. A la chingada con eso de aparentar. ¿La serenidad? No quiero aparentar nada. Si acepto lo que siento puedo transformarlo hasta llegar a esa susodicha serenidad. Aún en la tristeza se puede crear un puente con los pedazos que ahí quedaron de la revolución que se gestó dentro. Para mí los débiles son lo que no quieren sentir lo que sienten, ni ser las personas que son; los que se la pasan negándose y negándolo todo.

Estoy escribiendo sobre el cadáver de una sensación. Porque el día siempre comienza y luego termina, y las sensaciones también. ¿Cómo atrapar el viento? Era lunes, fue martes, se convirtió en miércoles, y llegó el jueves. Es viernes. Me quedé con unos cuantos souvenirs de estos vientos fantasmas:

Como la imagen de los gatos salvajes (papá e hijos) que viven en el jardín de la casa de mi mamá, que se la pasan dormidos sobre la tierra mojada.

La mirada de la adolescente del orfanato que me dijo que la felicitara por su cumpleaños, y a la que le contesté como una idiota “espero que lo disfrutes”, mientras ella sonrió de vuelta.

Madre e hija paradas afuera del oxxo, una en una esquina, la otra recargada en el vidrio, las dos entrando a canjear los cupones “rasca y gana”, la madre diciendo con los labios torcidos “no me hiciste ganar nada”, usando un vestido de lycra rojo, con el cuerpo abultado y el cabello desteñido, rascando cupón tras cupón, con lentes oscuros. La hija delgadita esperando, su cuerpo sobre el mostrador, con los dedos de un pie afuera de la chancla, tres uñas pintadas de naranja, acomodándose el short que le quedaba grande, cubriéndose la mirada con el cabello, terminando de pagar más cupones.

La cajera del oxxo señalándome que sigo mientras veo entrar a una niña muy alta a la tienda, repitiendo frases en voz alta, con la cabeza deforme, con unos pants negros que dejaban ver sus tobillos, el padre detrás de ella siguiéndola.

Salí de la tienda y dos hombres sentados sobre sus bicicletas debajo de la sombra, los dos con camisa de cuadros, gorra y jeans, uno sin dientes diciéndole al otro “no le dijeron nada… porque viste que no le dijeron nada… nada”.

Y desde la ventana del carro la niña detrás del cristal con tres paquetes de galletas en los brazos y un bote de leche con chocolate, sosteniéndolo todo como si fueran muñecos de peluche, acercándose a las revistas, tomando una de ellas para enseñársela al papá, el papá hojeándola.

Di reversa y comencé a avanzar, jueves o lunes o viernes. ¿Cómo se atrapa el viento? ¿Cómo se atrapa lo que siento?

El agua inmóvil de un charco en la sombra que refleja las hojas de las palmeras que se mueven con el viento ligero del otro lado de la calle.

Las pecas de las manos de una terapeuta que sigue trabajando a sus 75 años.

Los ojos de J cuando comienzan a achinarse porque está a punto de reírse.

El olor de los espárragos  que venden en los cruceros de esta ciudad, aunque la temperatura alcance los 47 grados. La jovencita que hace malabares en ese crucero que ya ni pide a los automóviles dinero, que no deja de sudar.

Y la tristeza ahí, fantasma pero despierta. Rumiando la realidad, sosteniéndose de una nube, de una mirada, de un edificio que se cae o de la sombra. Disolviéndose, transformándose, convirtiéndose en la realidad.

escrivo

‘No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.’ W. S.

 

No escribo para nadie ni siquiera para mí. Me gustaría decir que escribo por algo, me he inventado pretextos totalizadores, como por ejemplo que es para entender a la humanidad, para reconocer la condición humana en todos y en mí. También digo que quiero viajar al futuro, volver al pasado, vivir el presente, deshacerme del tiempo, del día, y crear el hoy. Sentir el instante. Y el amor, el maldito bendito putito amor. O atacar el desamor. El miedo y el odio.

Escribo para no masturbarme, para no tener hambre, ni cogerme a cualquiera, o porque estoy demasiado llena; para soportar mis excesos y mis carencias, y porque a veces todo, mi vida, y la de los demás, me importa muy poco, o la vuelvo mi todo o no me importa nada.

Escribo para huir, para encontrarme conmigo, y luego correr. Para no saber de nadie, para llegar a la nada, para tocar lo que existe. Para no sentir miedo, y sí esperanzas, para poder amar, y decir que soy luz y esas mamadas que quiero creer pero no creo.

Escribo para no dar explicaciones, para inventar teorías, para poder vivir y porque no sé nada, sobre todo porque no sé nada pero no dejo de sentir y de pensar y sigo siendo. Y soy, cada vez más cada vez menos. Rayo hasta que se me entumece el codo y se me acalambra la mano. Hasta que me quedo sin palabras, sin aire, seca, pero no tranquila y sí cansada. Y porque sigo siendo una niña que no quiere dejar de serlo, una niña que juega con el lodo de la jardinera hasta convertirse en una adolescente, que vomita porque tiene bulimia porque quería ser bailarina pero sus papás se odiaban y se puso a “resolverlo”, (como si pudiera devolverle el amor a todos), y porque un día se dio cuenta que su mamá no fue feliz por mucho tiempo, y su papá estuvo ausente (y tal vez con mucho miedo), y su hermano creció sintiéndolo todo pero se refugió debajo de una piedra de silencio. Porque me hice adicta a la soledad hasta hartarme y dudar si quería seguir viva.

Escribo como una mujer que grita que no está loca, revolcándome en el piso, y me da risa y lloro. Como una persona que busca y no encuentra y que encuentra pero no se da cuenta. Como acercándome los dedos a la nariz para ver si sigo respirando, si tengo aliento, si se me infla el pecho. Porque fantaseo con ir a Nepal, y tener una hija que se llame Pascal, y vivir en el campo, y dar talleres a niñas, a los adictos para que se deshagan de la malilla, y enseñar a los que no saben leer ni escribir.

Escribo para aceptarme y no hacerla de pedo. Escribo y no dejo de escribir, sin darme cuenta o haciendo un esfuerzo, sobreviviendo, intentando llegar a casa cansada para poder dormir, para dejar de pensar, para salir de la cárcel del tiempo pero sobre todo de mí.

Para ver si es cierto que siento.

Para jugar que soy otra, como que soy una puta de revista a la que no tocan o una puta que no cobra, o una monja como Sor Juana o como la madre Carmela amargada. Porque imagino que soy mamá y dejo de sentir culpa por haber abortado. Para ser una mujer muy gorda que no deja a su esposo y prefiere el refugio de la comida antes que tener que dejarlo. Para no abrirme el cuerpo sintiendo que por ahí saco lo que siento. Para que después de cortar la fruta pueda lavar, secar y acomodar los cuchillos sin pensar en otras cosas.

Escribo para creerme una persona, para ver si logro quererme como me quiere mi mamá. O para sentir que no estoy tonta, como cuando me tomé un bote de pastillas porque era la primera vez dando clases y me sentía tan estúpida aunque los alumnos no se quejaban. Y porque desperté después de las pastillas y seguía viva. Para no ser tan ingenua, y no darme por vencida por esos miedos tan pendejos, porque de todos modos me voy a morir.

Para ver si la sal sabe a sal, y el polvo se siente como polvo. Para detener la sensación del infinito y de la muerte. Para poder despertarme de mis sueños, que aunque me dan miedo, me hacen sentir que estoy mejor ahí que aquí.

Sobre todo para llegar al silencio.

Para inventarme un reino, transformarlo del no nunca jamás a tal vez poquito a poco. Por una pulsión y también por desesperada. Por escritora precoz que eyacula toda las palabras sin pensarlas. Para llamar la atención y no volverme a desnudar en las calles. Para comportarme. Para destruirlo todo. Y volverlo a crear de cero. Para no perder la fe. Para sentir a Dios. Para llegar a ese lugar en donde todo es más que esto que escribo, a donde con palabras nunca voy a alcanzar.

Porque soy una mujer que se entrega a cualquiera que le da un poquito de su esencia, porque no soporto la conciencia, porque ya no aguanto dejarme inconsciente. Porque no quiero terminar abandonada como mi abuela materna, tampoco como Ana Varela que a sus cincuenta años le marcaba a mi abuela paterna para decir que ya se había puesto la piyama y que se iba a dormir, hasta que se murió. Ana Varela que había sido tan inteligente, que trabajó en las galerías de la Ciudad de México. Porque no quiero terminar loca, porque para mí no es un chiste, pero no puedo ser normal, porque ni siquiera sé qué significa esa palabra ni estas palabras. Porque no quiero pingas, ni psiquiatras, ni psicólogos ni más ayahuasca. Porque ya encontré a Buda pero no sé cómo matarlo ni quiero, porque ya perdí a Buda y no lo voy a volver a buscar. Porque grito desde este silencio, acaricio con los ojos y con los ojos muerdo. Porque no te quiero cerca y por eso ni me acerco. Porque te juzgo y te pido perdón. Porque te siento y te digo que somos lo mismo mientras espero a ver si sí es cierto. Porque estoy segura que si lo invento, si lo puedo imaginar, si lo provoco, va a aparecer todo, la vida, la muerte, va a desaparecer el tiempo, y vamos a vivir el infinito. Escribo para recordar lo único que he conocido y he sido, para transformar, aceptar y ser… de eso que hablamos, callamos y vivimos todos mientras vivimos. Escribo que vivo que no puedo dejar de vivir y escribir porque vivo y sigo viviendo escribiendo.

Notita en la que me obligo a explicar, que hace unos días di de alta varios textos pasados en el blog. Si a caso alguien está suscrito, le pido una disculpa ya que fue en un rush de conciencia/inconsciente en donde buscaba rescatar esa sensación de no sentir culpa por escribir desde hace mucho tiempo, (por escribir a veces tan mal, pero no dejar de hacerlo) por haberlos borrado en un golpe de inseguridad. Y porque ya estoy contratando a una editora, o sea, estoy intentando que mi esquizofrenia aplicada me lleve a conseguir una editora de mí que no sea tan torpe como yo, a ver si lo logro.

(del pasado) escribo de lo que leo / Zama de Antonio Di Benedetto

Di Benedetto: “Por este puma no visto medité en los juegos que fueron o pueden ser terribles, no en el momento en que se juegan, sino antes o después.”  (p.12)

Cuando el oráculo te previene: ese hombre que ves ahí no te querrá como tú quieres, ese hombre que ves ahí ya tiene una mujer, ese hombre que ves ahí, que no te vea. Sin embargo, caminas y cruzando su camino y haciéndole saber que existes.

Di Benedetto: “Busqué el reparo frondoso del arroyo y entre los primeros árboles debí quedarme, porque venían, libres y confiadas, voces de mujeres excitadas por el goce del agua.” (p. 12)

¿Acaso no somos todas las mujeres agua?

Di Benedetto: “Un resplandor de mi otra vida, que no alcanzaba a compensar el deslucimiento de la que en ese tiempo vivía.” (p. 20)

El juego: asegurar: “en mi otra vida”. En mi otra vida intentaré, en mi otra vida lo haré, en mi otra vida seré. ¿Y si esta vida que vivo hoy es el resultado de mi otra vida que antes siempre quise?

Di Benedetto: “Yo me hacía fiera violenta en la vacilación, hasta que llegó mi turno y me excusé.” (p. 26)

Es exactamente así como sucede y como sucede también que a una la llaman calientahuevos.

Di Benedetto: “Fue como si ella respondiera sin resistencia al llamado de algo nuevo y levemente extraño.” (p. 27)

La complicidad hecha con extraños. El one night stand. O el mero reconocimiento del otro que hasta entonces era un extraño más entre todos los demás.

Di Benedetto: “Ningún hombre -me dije- desdeña la perspectiva de un amor ilícito.” (p. 29)

Para el manual del femihumanismo (palabra tomada de los creadores del machohumanismo). Tomar la frase del personaje, convertirla en las palabras del autor, hacerlas del hombre, para volverla la frase de todos los hombres.

Di Benedetto: “Comenzaba la tarde, pero tanto mal me había dado aquel día que me espantaba continuarlo. Sin embargo, no se puede renunciar a vivir medio día: o el resto de la eternidad o nada.” (p. 53)

Eso.

Di Benedetto: “Nada me importaría mi propia muerte, creí también, y me acometieron unas ganas fuertes de no ocuparme ya de cosa alguna, de no retornar ni a mi cuarto ni a la calle, ardiente y polvorienta, de echarme allí mismo, aunque fuese en el suelo, y descansar, descansar.” (p. 53-54)

Antes que temer, antes que ansiar la muerte, antes de que me sea indiferente, lo deseado me es recibirla como he podido recibir ciertos momentos de vida, aunque no siempre.

Di Benedetto: “Pero era también una prisa de llegar como si necesitara darme de nuevo con la gente.” (p. 72)

Una fantasía, la necesidad social de quien se llena de energía porque acaba de experimentar vida. Como queriendo compartirla sin ser capaz de compartirla, jamás. La energía, también se crea entre dos: dialogar, discutir, coger, hacer el amor, bailar. Bailar.

Di Benedetto: “Ya la noche estaba demasiado densa, pesado el cielo, con esa gravidez que precede a la diafanidad, cuando está por subir la Luna. No podía distinguir a cuál de las mujeres seguía. No me importaba.” (p. 75)

Para el manual del femihumanismo. Aunque no, menos, si es de situarnos en lo necesario. ¿Cuántas veces no he seguido a un hombre, o la mujer con la que este hombre camina acompañado?

Di Benedetto: “Después de este razonamiento me tomaba la duda de que no fuese algo meramente de orden moral y sospechaba que si yo hubiese sabido pronunciarme, escoger, antes, no en el momento mismo del acto tentador, sino en la etapa de sus orígenes, podría haberme salvado. Al llegar a este punto, también tachaba la reflexión formulada, convencido de que igualmente en el momento último se puede elegir.” (p. 87)

Cancelación inmediata.

Di Benedetto: “Aquel me apaciguó; más un vaso de agua no sacia la sed de toda la vida.” (p. 88)

Momento versus infinito.

Di Benedetto: “Era mayor que la mía su necesidad de revolver en la llaga.” (p. 89)

Cuando el otro se sobre pone: sí o sí.

Di Benedetto: “Grávida de humedad, posesiva, la atmósfera había suspendido la vida. Surto en las aguas iguales, sostenía el barco una quietud sin memoria.” (p. 128)

Ver la grieta del cuarto, antes no estaba, ahora está, mañana será más grande. Ver las ropas colgadas, quietas, observarlas detenidamente, en cualquier momento se moverán, en cualquier momento se mueven. Las ropas conservan su calma, su inmovilidad, hasta que yo me acerco y tomo una, sacudiendo un poco a las demás.

Di Benedetto: “Yo veía todo ordenado, posible, realizado o realizable. Sin embargo, era como si yo, yo mismo, pudiera generar el fracaso. Y he aquí que al mismo tiempo me juzgaba inculpable de ese probable fracaso, como si mis culpas fueran heredadas y no importaba demasiado: disponía como de una resignación previa, porque percibía que, en el fondo, todo es factible, pero agotable.” (p. 129)

¿Está, Di Benedetto, hablando del amor? Sí y no. De la liberación del ese amor antes de haber sido consumado. De la vuelta al orden, o al supuesto orden. Y el miedo al autosabotaje. El único que me interesa. Ya estoy a punto de, casi casi y de pronto. Es dejar un enunciado sin punto porque algo más sucederá y no sucede porque

(del pasado) desde mi estupidez / lo único que quiero es bailar y una ensalada

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Los finales felices son una canción de pop, un one-hit wonder. Eres feliz e inmediatamente dejas de serlo.

El viernes narré mi tragedia, hablé sobre mi jefe injusto, mis ganas de ser alguien, mis circunstancias actuales y la historia de mi familia. El relato no fue bueno, los comentarios que recibí me lo mostraron. Incluso hice de mí la imagen de una drogadicta después de algunos brownies.

Ni pedo.

Hoy mi situación es distinta, acabo de encontrar un nuevo trabajo, platiqué con mi jefe, nos sonreímos sinceramente, y nos deseamos lo mejor.

Cansada, regreso a mi depa, entre entrevistas y la meesma rutina en la oficina, me arrastro como una lata más por las calles de esta ciudad, pero contenta. Lo único que quiero es bailar y una ensalada. Pienso en bailar: pura nostalgia. Como el que jugó básquet de niño, como la que fue la gran gimnasta a los 10. Yo no fui una gran bailarina pero bailaba bien, ahora me avergüenzo de mis movimientos. Cargar con un letrero cada vez que bailo: me hubieras visto bailar cuando era niña. Y pienso en una ensalada. Porque son lujos para una bailarina cenar cualquier cosa en lugar de nada. Pero la verdad: no quiero más. No quiero escribir. Quiero leer pero tampoco quiero. Pudiera escribirle a mi madre el correo que le debo, pero tampoco me sale. Ya me terminé la ensalada, no me quiero ir a acostar y en mi cabeza sólo maquilo una canción de pop:

no soy ni una más en esta ciudad

camino siempre de la z a la

impulso más impulso más impulso

me la creo que estoy por avanzar

y caigo que caigo

en un tobogán, me lleva y

llego al comienzo del gran final

lo único único que quiero es bailar

lo único único que puedo es hablar

hablar por hablar

me preparo una ensalada

me encierro en mi cuarto

y comienzo a bailar

lo único que quiero

es dejar de pensar

entonces

bailo por bailar

bailo por bailar

y bailo por bailar

Desde mi país, no alcanzo a ver el alrededor, dicen que el extranjero es bonito, pero también dicen que en algunas partes, allá afuera, está cabrón. Desde mi país me siento contenta pero sospecho que no soy. Todo lo desconocido siempre-siempre parece mejor.

Mi madre me dice que me ha hecho daño que soy una persona difícil, extraña y lastimada ¿Cómo explicarle que desde mi país es lo único que se conoce y que claro y por su puesto siempre desearía estar mejor?

(del pasado) altazor no es esto / palas al viento o a un agujero

(imagen creada por ti)

I

Un par de palas

percudidas en desuso

que no se gasten

que no se quemen

que no se raspen

dice mi madre

que las cuide

que no las use

repite, mi madre

mi madre medusa

mi madre me usa

mi madre me musa

¡Mesero! Más musas para el poeta

II

Las palas caminan por la banqueta

se avientan

al aire y al viento

vientaire envuelve el solvento

solvento sollozo

sollozo lamento

lamento de Palas herida al suelo

palas que corren hasta flotar

10 metros sobre el nivel del mar

III

Esto no es el nif

aunque todos vamos a freír

en el aceite de la monotonía

del tic tac pulsante

insonoro desgaste

autos, penas y olvido

Introduzca aquí: palas y cuerpo

Dentro del cubo metálico 2012 con quemacocos

escarba las capas

volverte una con la tierra

caída en espiral directo al infierno

el cuervo lanza el graznido

shh

no grites no pites no agites

estamos en guerra

bala vs. bala

bala vs. cuerpo

cuerpo vs. suelo

Esto no es el nif

¿Cuántas veces lo voy a escribir?

Ellos no buscan el fin

Sólo buscan

 quieren, piden y dan

piden pan y no les dan

piden queso y les dan poesía

al otro día van a matar

será villamelón, será tu día

será la guerra de cada tía

IV

El 2012 no se acabó

hoy lees hoy

no somos los protagonistas de la Odisea

ni parte de la trilogía en construcción

¿Dios?

dios está muerto y nunca nació

dios está vivo, nunca llegó

dios impuntual, no resucitó

no somos los dinosaurios de esta era

no estaremos para nuestra extinción

moriremos la muerte sola del alma

el nif de una res: el fin de un ser

V

Las palas se detienen

no son alas

ni piernas

no son carne ni cuerpo

no son aves ni cantan

las alas no son almas

las almas no son alas

presta atención

a las piernas

alas piernas

piernas alas

piernalas

palas

Palas al fin

sobre la tierra

la tierra redonda te alza y te lanza

la tierra agujero que a ti te succiona

hoyo agujero

hasta el fin del no

nunca jamás

reflejo azul microscópico de aquel alfiler

que hoy el camello logró cruzar

(del pasado) postales desde el extranjero / la soledad y los amigos

Imagen

Hago planes para ver a una amiga, inmediatamente, imagino la plática que tendré con ella. Le hablaré del viaje que tuve, de mi lograda ‘estabilidad’ o trabajo, de la persona que quiero me hace ‘sufrir’. Para darme cuenta que esto mismo ya lo sabe. Si la vi hace una semana, parafrasearé mi anécdota, y ella encontrará (o no) algo nuevo en la historia. Si la vi hace un mes, le recordaré cómo soy, qué es lo que quiero y cómo actúo.

Por eso, tantas veces me detengo. No sé qué tanto lo hago por la otra persona. No me da hueva que la otra persona me cuente lo que me vaya a contar, que se resume en: así es esta persona, eso es lo que quiere, y así es cómo busca. Me da hueva escucharme. Saber aquí voy de nuevo con el párrafo cuatro de la página 49 del libro de mi vida. Cuando pienso, no me doy cuenta que me cuento lo mismo cada dos minutos o dos días. Que mis conclusiones son las mismas. Me distrae el alrededor, los otros, entonces mis pensamientos son un remix de tango electrónico, otros día de bachata, o un house tribal. Whatever that means. Sé que el otro funge como reflejo. A veces el otro es mi amiga de siempre, con la que (mentalmente) anoto en una columna coincidencias y en otra desacuerdos. Pero mi amiga también evidencia que mis días marchan como siempre, que soy la misma, que cada día caigo más en ese carácter adulto que me sumerge, y cada vez menos me sorprendo con quien soy. Es mentira. Me sorprendo muchas veces, pero son momentos que olvido. No les doy importancia.

Cuando viví con la única pareja con la que lo he hecho, era también evidente. Él me reflejaba exactamente los mismos vistazos (pincelazos) de aquello que me molestaba y gustaba de mí. Podría decir que era él, pero realmente él se volvía un bumerán de la que ansiaba y odiaba ser.

aquel día nunca (más)

tyl

2012

Esta foto es mentira. Desde que la publiqué sabía que estaba evidenciando mi necesidad por fantasear, una vez más. Públicamente. Una vez más. Cada vez que paso por el tablero que está colgado en la pared de la cocina leo la frase de unos boletos de una rifa que le regalaron a mi mamá, dicen ¡Aquí la honestidad rifa! Se los dieron después haber consumido tantos litros de gasolina, esa frase es el eslogan de la gasolinera que está cerca de la casa. Veo los boletos, me llama la frase, la repito en mi cabeza, camino por la casa, salgo a la calle y repaso las acciones de mis días. Del pasado y de mis pensamientos. ¿Aquí la honestidad rifa? Me pregunto. ¿Dentro de mi cabeza está rifando la honestidad?

Cada domingo, no sé por qué, ya no cuestiono por qué hago lo que hago, he estado publicando fotos en las que aparezco desnuda, semidesnuda. Intuyo que se trata de un proceso —inventado o real (¿no es lo mismo?)— de desnudez. De honestidad. Esta foto en la que aparezco con el único hombre con el cual he vivido aunque solo lo hubiésemos logrado por cuatro meses es mentira, porque si bien es cierto que estuve así de contenta como aparezco en la fotografía por unos instantes estuve muy nerviosa, loca, obsesiva y extraña el resto del tiempo con él. Un día antes de partir hacia Zipolite…

 

hay que olvidarse de uno para ser otro

(aquella vez que cerré el blog) mudanza y hasta luego

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(del pasado) cuento / la sala de espera

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Estás en la sala de espera, observas a un hombre con su hija en los brazos, el biberón en la mano izquierda y una revista doblada en la derecha. En la página 23 de esta revista se narra la historia de una mujer francesa, Celestine, quien se mudó a Puerto Príncipe después del terremoto del 2010. El artículo incluye una foto de Celestine, aparece en su estudio con varios libros de fondo y uno sobre la mesa. El libro es un registro de las expediciones al Polo Norte en 1900. En la portada del libro, aparece un hombre ruso acompañado de una familia de esquimales, a quienes conoció en su paso por Groenlandia. El ruso, trae varios mapas en el brazo, y un libro de Tolstoi. El libro de Tolstoi, hoy descontinuado, narra la historia de Masha, hija bastarda del zar Alejandro III de Rusia. Masha vive cerca de San Petersburgo con su tía. Durante un viaje, el zar sufre un atentado, escapa y llega a casa de Masha. El zar se recupera y a los dos días se marcha. La tía de Masha se enamora de un revolucionario, el revolucionario se reúne con su grupo en casa de Masha. A la semana, unos hombres (probablemente del ejército del zar) incendian la casa. La madruga siguiente al incendio Masha despierta con mucho frío sobre una colina. Busca refugio, duerme en un callejón de la plaza, y no sabe nada de su tía. Masha escribe en un cuaderno hasta que ya no tiene ni un espacio en blanco. Una noche llena sus ropas de gas y se prende fuego. El cuaderno sufre algunos daños pero no se destruye, el nombre de Alejandro está escrito unas 30 veces. Alejandro también está escrito en el boleto de avión que sostiene Elena, la esposa del segundo Alejandro de estar historia sentada a un costado del mostrador de la sala de espera. Elena tiene la barbilla recargada en el brazo, y una ipad en la otra mano. En la ipad sucede una película donde aparece una cincuentona que se enamora de su sobrina. La sobrina seduce a la tía y se desentiende del amorío. La tía se suicida (por otras razones), la sobrina se casa y años más tarde conoce a una niña de quien se enamora. En la escena actual, en la cual está detenida, vemos a la sobrina envejecida que se observa al espejo, en el reflejo aparece un cuadro imitación de Georgia O’Keeffe. Es la figura de una mujer desnuda con su vista al frente, viendo al pintor u observador. La mujer del cuadro no tiene labios ni nariz, sus ojos son dos manchas rojas púrpura desvanecidas. Elena piensa en sus días en Francia, cuando estudió pintura en un pueblo cercano a París, piensa en los viajes a París, en el maestro de su clase de pintura, en la noche que se perdió y despertó en una plaza sin recordar lo que había pasado. En esa misma plaza, se conocieron 30 años antes, la pareja de viejos que están al fondo, los que parecen hermanos pero son marido y mujer, llevan 53 años de casados. El viejo trae un cd player, escucha un audiolibro, la historia trata sobre la Tercera Guerra Mundial. La protagonista se llama André. André busca al único hombre de quien se enamoró en su vida, André cruza al continente americano y en su llegada descubre que la Tercera Guerra Mundial es un programa creado por Estados Unidos, un reality show, para reactivar la economía del país. El audiolibro es un regalo de la hija del viejo, la misma que le dio el libro grueso a Gloria, la esposa del viejo. Gloria juega con sus dedos mientras observa al joven de 35 y a su hija en brazos. Gloria les sonríe. Gloria abre la novela, quita el separador y continúa leyendo. La historia del libro grueso que lee Gloria, la esposa del viejo, al que conoció hace 55 años en la plaza de un pueblo cercano a París, trata sobre seis parejas en un crucero que se queda varado en alta mar. Las seis parejas apuestan dos mil dólares cada una a la pareja que permanezca el mayor tiempo posible despierta y tomando. Se pueden turnar para dormir, no tienen que estar ambos, y obligatoriamente mientras estén en la mesa deben estar tomando un trago. La esposa de uno confiesa que no ha tenido sexo desde hace siete años; el esposo de otra, habla sobre su consumo de morfina sin el conocimiento de su esposa; la tercera en la mesa, platica que de pequeña fue violada por un primo hermano, y su esposo no lo sabe. Comienzan a haber encuentros entre parejas contrarias, sincronizan los momentos de sueño y las horas despiertos. La vigilia y el alcohol los altera de tal forma que las parejas se intercalan, hasta que olvidan quién es la pareja real de quién. Gloria leyó este libro hace 10 años pero no recuerda el final, mientras lee sólo piensa en ¿Cómo terminaba la historia? Se distrae y observa a los que pasan frente a la sala: una mujer con su hijo adolescente vestido de shorts a la altura de las espinillas, audífonos grandes, gorra. Otra mujer de cabello blanco, aretes con brillantes grandes, vestida en pants y tenis. Joven que camina y cojea. Hombre que camina a su lado y empuja al cojo al pasar. Hombre con cara estirada, prominente papada, nariz pequeña que respira con la boca abierta y lleva una cajetilla de cigarros en la mano izquierda. Mujer levantando la mano, moviéndola, dando señas a su hijo que viene detrás. Papá e hijo caminando, ambos con camiseta azul, gorra y cangurera, ambos viendo al piso. Mujer con la blusa rosa chillón y la funda del celular del mismo color. Hombre que arrastra el bastón acompañado de su mujer en silla de ruedas. Tres o cuatro se cruzan hablando por el celular. Algunos llevan refrescos, chocolates, cafés, revistas. Observas a los demás, observas lo que ven, observas que te observan. Anuncian la salida del vuelo. Mochilas, etiquetas, maletas rodando. Aeromozas en uniforme y con exceso de maquillaje. Cierras el libro que nunca leíste mientras esperabas, lo guardas en tu mochila. Te levantas. Caminas en el tobogán que te lleva hacia la entrada del avión, o la casa de mujer con el cuadro de Georgia O’Keeffe a sus espaldas, o la Plaza de aquel pueblo cercano a París, o la Plaza en San Petersburgo, o al camarote de una de las seis parejas, o la Tercera Guerra Mundial, o a Groenlandia, o a la pantalla de tu computadora…