estonoespapel

del uni-verso del yo al Universo del verso

el (maldito) poder del acoso sexual

“De día, mi pensamiento se fatiga en meditaciones extrañas, mientras mis ojos vagan al azar por el espacio, y de noche no puedo conciliar el sueño. ¿En qué momento debo entonces dormir?”
Lautréamont

 

Fue hace un año y medio cuando todavía me encontraba en la Ciudad de México trabajando y viviendo, todavía se llamaba DF. A las tres de la mañana me lancé al Sanatorio Durango en la colonia Roma, llevaba dos días con insomnio. Llevaba meses mal, dormía un día sí, otro no. Creo que nunca había estado tan mal. Pensaba obsesiva y cíclicamente en todo hasta vaciarme de sentido. También pensaba mucho en el suicidio. Todo sucedía de manera pasivamente agresiva, porque pasaba en mi cabeza y no en la realidad.

En aquel entonces estaba intentando hacer todo lo que quería hacer. Trabajaba, iba al gimnasio, me cocinaba, leía y estaba escribiendo un texto que me hacía sentir mucho, de más. El texto se trataba de una descripción de las sensaciones provocadas por el deseo sexual que te llevan al desasosiego, con un tono tipo Cantos de Maldoror. Con la exploración brotaban escenarios y emociones que me dejaban vacía y mareada, pero no quise parar hasta terminarlo. En la agencia en la que estaba trabajando me sentía muy confundida con mis tareas, además, no podía ser yo con mi jefe, disimulaba ser otra persona. Me sentía muy autopresionada. Quería seguir viviendo en la Ciudad de México porque eso había estado intentando desde hace seis años, pero el sueldo, la soledad y la falta de disciplina me llevaban a zigzaguear entre las decisión de “vivir al máximo” o en el encierro. Hasta ahora tengo un poco claro que eso estaba pasando.

Así que adentrándome a lo que parecía una segunda noche consecutiva de insomnio, cuando el reloj marcaba las tres de la mañana, después de haber efectuado los artilugios para conciliar el sueño: irme al sillón de la sala, quitarle la batería al reloj, poner un audio con música de relajación, meditar y volverme a acostar, enviar mensajes a una amiga y otra, hablarme a mi mamá (no obtuve respuesta de nadie), finalmente pedí un uber y llegué al Sanatorio Durango, que era el hospital al que había recurrido meses antes para que me dieran unas puntadas en la rodilla porque una bici se estrelló con la mía cuando volvía del Centro.

Pasa que cuando estás en ese estado, entre nervioso por la hipersensibilidad y muerto por la falta de energía, ves la realidad distorsionada, fluctúas de un extremo emocional a otro aunque estés parada en un mismo punto sin hacer nada y tienes el semblante gris. Creía que quien estuviera enfrente de mí se daría cuenta, pero después reconocí que nadie estaba sintiendo nada de lo que yo sentía. Así que solo contestaba con monosílabos a la mujer que tomaba mis datos para que pudiera pasar con el doctor. Cuando el médico salió a preguntarme qué me pasaba, le dije que era mi segunda noche seguida de insomnio, que me sentía muy mal, que mi cabeza no paraba, que tenía ganas de morirme con tal de dormir. No estaba exagerando. No me acuerdo qué me dijo pero volvió a su consultorio. La señorita que escribía mi nombre, mi edad, y toda esa información, era una mujer similar a cualquier objeto sobre su escritorio, indiferente, tenía sobrepeso, una botella de coca cola a medio tomar y pensé que posiblemente también dormía poco.

Cuando entré al consultorio, el doctor me pasó al cuarto donde estaba la camilla para revisarme, ambos espacios se conectaban por una puerta que mantuvo abierta. Me checó las pupilas, la presión, me hizo algunas preguntas, después me explicó que me daría algo para que durmiera, le dije que lo que quería era una pastilla o una receta para que pudiera comprarlas, me dijo que la receta me la daría después pero por como me veía necesitaba inyectarme. “¿Inyectarme?”. Me explicó que era lo mejor por como me veía. Se fue hacia el cuarto contiguo donde estaba el escritorio y una computadora, le habló por teléfono a la enfermera para pedirle la inyección (mientras escribo esta parte mi estómago es un pozole podrido hirviendo). Me quedé acostada, viendo hacia la luz blanca, con el cuerpo inmóvil y en completo silencio. Pero no dejaba de pensar. Después empecé a escuchar un sonido, era el único sonido del lugar, intenté imaginar qué era, era como si alguien estuviera tallando algo, el sonido tomó toda mi atención, sacándome de mis pensamientos. Pasaron unos minutos, me levanté rápido pero hice ruido con el movimiento, me acerqué a la puerta y caché al doctor acomodándose algo entre las piernas, debajo del escritorio. Se tardó en acomodarse y después subió las manos, me acerqué más, buscó el mouse con la mano derecha y dio varios clics. Se estaba masturbando, podría asegurarlo. Volví en mí y le dije que no quería la inyección. No pude enfrentarlo ni decirle que me había dado cuenta de lo que estaba haciendo. Mi mente me insistía que yo no había visto nada entonces no podía decírselo. Pero la inyección, pensaba otra parte de mí. ¿Por qué me está queriendo dar una inyección? Le dije que no me gustaban las agujas (era mentira, pero, ¿por qué lo estaba protegiendo?). Cuando la enfermera entró, el doctor le canceló la inyección y ella salió del cuarto. Le pedí mi receta y aguanté el resto del protocolo sin decir nada: pasé otra vez con la señora cero empatía, fui hacia la caja a pagar, y solo ahí, en una lista en donde debía firmar mi nombre a un costado del nombre del doctor, escribí “es un enfermo”. En ese momento no pude decirle nada a nadie. Sentí que todas las enfermeras y el personal de ese hospital sabían lo que él hacía, que era un ritual al que estaba acostumbrados y que lo ayudaban a prepararlo. Pagué la maldita consulta, esperé como unos 15 eternos minutos para que me entregaran mi identificación y salí del hospital. Pasé a la farmacia, mi mamá me llamó pero no le dije nada, le colgué porque estaba con el farmacéutico (o eso fue lo me dije a mí solita), cuando vi la receta me di cuenta que me había prescrito valeriana. ¿Valeriana? Para eso no se necesita receta. Primero el doctor había querido inyectarme una solución para dormirme y después terminó por recetarme valeriana. No tenía sentido. Esa noche no dormí. Al día siguiente tenía junta en Santa Fe y cuando mi jefe me preguntó que si qué me había pasado, pues mis ojos estaban notablemente hinchados, le dije que nada.

Guardé la receta porque venía el nombre del doctor, hasta me había anotado su celular. A los días de haber pasado por el incidente le dije al Zorro, un amigo de Tijuana, que me ayudara, quería planear una “cita” para ver si lograba grabar algo para que le quitaran la cédula al doctor, necesitaba pruebas, pero seguía muy mal y no tuve la fuerza para hacerlo. A las semanas dejé la Ciudad de México, tiré la receta y logré “olvidarme” del suceso hasta que leí la historia de Violeta.

Es muy difícil escribir este tipo de anécdotas, primero porque no quieres aceptar que te pasó, segundo porque no quieres aceptar que hay personas, como el doctor, que se supone que te van a ayudar y son quienes se aprovechan de la vulnerabilidad, y luego porque no quieres que los demás se enteren, porque te van a hacer dudar sobre si tú fuiste la exagerada, porque no quieres decir nada cuando “no te pasó nada”. Como si solo en caso de violación pudieras comprobar que sí te sucedió algo y entonces tuvieras el derecho de hablar sobre ello. También te culpas, porque piensas soy yo la que me estoy haciendo esto, me lo merezco. En mi caso me culpaba por querer hacer todo lo que estaba haciendo sin poder con ello.

Pero aquí estoy escribiéndolo, con el afán de decirle a la persona que se haya sentido en riesgo, que el poder acoso sexual es muy fuerte, sobre todo cuando quien lo ejerce está en su territorio y reconoce que hay una persona vulnerable que fácilmente puede caer bajo su dominio, quien probablemente no tendrá las fuerzas para dar marcha atrás.

Saber de las situaciones de otras mujeres, de todas las personas que lo han sufrido, te ayuda a aceptar las señales para evitarlo, y las señales son más bien lo que sientes cuando, sin darte cuenta, te estás adentrando a la boca del lobo.

Mexicali en tiempos de resistencia

 

“The world had never been so close to her”.- Carson McCullers

 

No me imagino leyendo esto debajo del sol de las 12:00 de la tarde de Mexicali, ni siquiera en la sombra esperando el camión o esperando que pase el tiempo para que sea la hora de la salida y entonces llegar a cualquier lugar en donde te cubras de la intemperie que te achicharra todo tu ser.

El verano es la temporada en la que todos somos uno. Si en el Popol Vuh hubo seres de barro, imaginemos que en esta época los habitantes de esta ciudad estamos hechos de cera, como las alas de Ícaro, pero aquí no intentamos volar, ojalá pudiéramos levitar un poquito, nada más para no tocar el piso antes de derretirnos formando una plasta que se esparce entre las calles, donde solo recuperamos la figura del cuerpo (medio desfigurada) al arrastrar los pies hasta el carro (prender el A/C o acelerando para que entre el aire y entonces podamos respirar), correr hacia el refugio llámese casa o supermercado. En las casas en donde no es posible tener un aparato de refrigeración la palabra hogar se apropia de todo su significado hasta volverse hoguera.

El sol fulmina al ego. Nos recuerda que somos carne, que somos cuerpo, nos hace solo eso. Si en otras ciudades hay inseguridad o aguaceros, si en el campo hay sequías, en Mexicali el verano es la época que nos pone a prueba. Ejercer la resistencia. Desde a mediados de junio hasta las primeras semanas de septiembre; un ciclo que ha sucedido desde y para siempre. A todos se nos olvida, como se nos olvida la sensación de nada tiene sentido, la angustia o la tristeza, el coraje o la desesperación, y aunque te preguntes qué lo provocó y quieres encontrar al culpable, la verdad es que una ligereza que se esconde muy adentro. ¿Qué hacemos aquí? Nos preguntamos cada verano. Como si vivir no significara preguntarnos lo mismo todo el tiempo ¿Qué hacemos aquí?

Son los tiempos del desasosiego. Un fuego que arde dentro pero que no alumbra hacia ninguna parte, un sol que quema afuera pero que distorsiona hasta el camino que nos sabemos de memoria. Por un momento el alrededor te entrega tu fragilidad en el todo, te hace voltear hacia el otro, verte en él y sentirlo. El hombre que se detiene en el alto se pasa una toalla por la frente para limpiarse el sudor, la señora que se cubre con una blusa el brazo izquierdo mientras maneja, las ventanas tapizadas de protectores de tela, las mujeres que van todas tapadas en la calle, manga larga, sombrero, lentes y sombrilla; que bien pudieran ser las mismas que caminan por el desierto de Tuareg. Quienes se mueven en bicicleta (¿Se les derretirán las llantas como se derriten las suelas de los tenis?). Los vagabundos de piel café rojiza, de piel café negruzca, las expresiones en la cara como cicatrices, las cuarteaduras que revelan todas las sensaciones y expresiones habidas y por haber. Todas las sombras ocupadas por las personas que se vuelven sombra. Silencio y soledad al mismo tiempo que solidaridad. Suero. Agitamos un papel a la altura del cuello, pegamos la cara hasta casi meternos por las rejillas de cualquier aire acondicionado. La cerveza fría entre las piernas, en la frente, en la mejilla. Si te diriges hacia el poniente mientras va cayendo la tarde manejas ciego, escondes los ojos con alguna parte del carro que te ayude a bloquear el reflejo, pero vas ciego ante un panorama que ha desaparecido, fulminado por el nubarrón de naranjas y amarillos.

20170511_10575520170511_105750

El verano nos obliga al encierro escuchando la intermitente respiración de una bestia artificial que cubre todo sonido real que viene de afuera, pero, ¿y si no? ¿Cómo soportarlo? Mientras veo por la ventana recuerdo cuando era niña y esperábamos a que atardeciera para salir a jugar, si había juegos de metal teníamos que primero tocarlos, nos costaba trabajo correr, nos movíamos entre el aire líquido y caliente de un sol recién apagado.

Hace poco me topé con las pinturas que hizo mi hermano cuando tenía cuatro o cinco años, si había dibujado un perro y un niño; o la portería, el balón, papá e hijo; o lluvia y nubes (aunque rara vez llueve en esta ciudad), siempre aparecía un solecito amarillo con sus rayos bien marcados.

En esta ciudad el sol es como Dios o nuestros demonios, como la fragilidad, como el enamoramiento, como la pasión y la desesperación, como el desasosiego y la resistencia, como la unión y la soledad. Es ese contra-agujero en el cielo que de tanta brillantez nos insiste violentamente que seguimos vivos.

 

el sol siempre presente el sol

primeros apuntes sobre la función del orgasmo

Imaginemos una cadenita de oro enredada, hecha toda nudo consigo misma, la cual está alrededor del clítoris de una mujer, o del punto g, de la punta del pene o de los testículos de un hombre. Ese nudo se llama miedo, se llama cultura, se llama mujer, se llama hombre, se llama padres o hijos, y también rechazo, primera masturbación, instinto sexual, primer contacto físico, primera excitación; se llama divorcio, se llama violencia, coger o hacer el amor, se llama“yo estoy bien cabrón para esto”, o “ése es un enfermo”, se llama “la tiene bien chiquita y ni la sabe mover”, o incluso, violación. Esa cadenita de oro no se va a desenredar ni dejará lucir ningún diamante que de ella cuelga si no ve que está enredada.

Wilhelm Reich fue uno de los discípulos de Freud, hasta que trazó su propio camino científico enfocándose en el descubrimiento del orgón y la función del orgasmo. Su objetivo fue reconocer “materialmente” las pulsiones que frustraban alcanzar el orgasmo, la cuales, inconscientemente, se convertían en neurosis, histeria, esquizofrenia, disfunción eréctil, angustia, depresión, ira, y otros trastornos más que afectaban a las personas. Reich dio a entender que en el psicoanálisis muchos de los elementos dependían de la interpretación del analista para poder “avanzar” hacia una resolución, y si el psicoanalista no lo lograba, el proceso se quedaba estancado indefinidamente.

Reich elaboró un método científico con el cual descubría aquello que imposibilitaba a sus pacientes a tener una vida sexual “plena”. Por ejemplo, dibujó un esquema del acto sexual en donde incluía: los preliminares de la excitación, la penetración, la fase de control voluntario de la excitación, y luego la excitación involuntaria (en donde, por cierto, resaltaba que no era recomendable detener el acto), la aceleración hacia el acmé y la llegada hacia el orgasmo, para después caer en las contracciones corporales involuntarias hasta alcanzar la relajación. Todo esto considerando “modos de conducta típicos y biológicamente determinados”. Describo lo anterior solo para puntualizar que sus observaciones fueron de una minuciosidad científica, con las cuales no dejaba lugar para la ficción. Con este tipo de esbozos detectaba cuando un paciente interrumpía el acto (según lo contara el paciente, no es que Reich estuviera presente), y generaba diversas hipótesis dejando alguna “tarea” para ver si alteraba los efectos de los trastornos, y entonces el paciente pudiera llegar felizmente al orgasmo. Curó a hombres impotentes, a mujeres esquizofrénicas, a locas, eyaculadores precoces, asmáticos, ninfómanas, enfermos sexuales, etc.

20170613_212525.jpg

“El miedo a la muerte y a morir es idéntico a la inconsciente angustia de orgasmo” decía Reich. ¿Y quién no ha sentido que se disuelve en el orgasmo? Te vuelves todo (o nada) con el Universo. Por lo que muchas personas sufren al momento de entregarse Totalmente. También decía que con el impulso sexual era posible notar el instinto asesino en algunos pacientes. “Un ser viviente desarrolla un impulso de destrucción cuando quiere destruir la fuente del peligro”. Si el ser humano cede a los impulsos sexuales para crear vida, es también posible que se resista a ceder y a sentirse vulnerable, por ese miedo a la muerte. “Destruimos en una situación de peligro porque queremos vivir y porque no queremos padecer angustia”.

Hace un año íbamos cinco amigas dentro de una camioneta hacia un restaurante de mariscos, dos de ellas eran pareja (son), y las tres restantes continuábamos solteras (continuamos). No recuerdo cómo llegamos al tema de lo que estábamos hablando pero una de ellas dijo que las mujeres teníamos dos agujeros —“¿Qué?”— reaccionamos tres de las cinco. “Sí, ¿no?”, secundó la otra. Así que tres de las cinco sabíamos que las mujeres teníamos tres orificios a la altura de nuestro sexo. Después alguna lo especificó: uno para la orina, otro para coger, que también es  por donde te baja, y el tercero donde sale la popo. Para dos de ellas era un descubrimiento. Todas rondábamos los 30 años de edad, todas habíamos cogido, algunas con mujeres y hombres, otras solo con hombres, y todas habíamos tenido algún orgasmo o varios en nuestra vida. Esto me sorprendió pero no me sorprendió. En general, la mujer mexicana explora poco su sexualidad, comenzando por no tener una idea sobre su cuerpo. Esta misma anécdota me llevó a recordar cuando escuché que la mayoría de mis amigas nunca se habían masturbado, habían tenido relaciones sexuales, después se convirtieron en madres, continuaron teniendo relaciones sexuales, y procreando más hijos, pero la masturbación es un tabú en sus vidas.

Descubrir la función del orgasmo, y no solo como teoría, es abrir una caja de Pandora (¿positiva? ¿inclinada hacia el ying?) tan íntima como genuina, tan sutil como infinita. Si eres capaz de desaparecer y volverte el Universo por un instante, y luego, mantenerlo, es que eres capaz de todo. Todo. Ahí está cifrada la naturaleza del ser humano, ahí está la vida y la muerte, las ganas de crear vida o de matar, dependiendo de la exploración que vayas realizando. Traspone lo material, pasa del cuerpo al alma, y del alma a cualquier tipo de creación, y no solo la procreación, entonces, funciona como vida generando todo tipo de vida.

La imposibilidad de alcanzar el orgasmo, o tener que llegar hacia él a rastras, con espasmos, pensamientos que encadenan, creando nudos y generando cortos circuitos, nos lleva a la sensación de inexistencia, de muerte y sinsentido, de destrucción y enfermedad, de vacío.

“Las reacciones de las mujeres a la angustia de orgasmo difieren individualmente. La mayoría mantiene el cuerpo quieto, con una vigilancia semiconsciente. Otras hacen movimientos violentos y forzados, porque los movimientos suaves ocasionan demasiada excitación. Las piernas se mantienen fuertemente apretadas y juntas, la pelvis se echa para atrás. Para dominar la sensación orgástica se retiene siempre la respiración en inspiración”.

Reich podía detectar los factores que propiciaban un asma, que develaban la esquizofrenia, la histeria, la locura, la compulsión (de cualquier tipo), disfunción eréctil, ninfomanía, depresión y demás, en una persona. Si se está negando la esencia, la cual está concretada en un instinto de supervivencia, como lo es el sexual, se desenvolverá como trastorno o enfermedad, y al revés. En la sexualidad de un individuo está alojada la complejidad de dicha persona. Su físico, su carácter, la forma en la que mueve su cuerpo o las ideas en su mente, su miedo y sus creencias, también la postura que toma dentro de su cultura. Su inteligencia y percepción, su violencia y su victimización, también desde ahí es donde es posible su “sanación” y su apertura hacia su propia plenitud. La función del orgasmo es la potencia de vida o la potencia de muerte. El instinto de vida o el instinto de muerte.

Ya para no alargarme tanto, nada más poquito, me acordé la susodicha pregunta a manera de small talk íntima “¿Cuándo perdiste tu virginidad?”. En una sociedad católica-cristiana esta respuesta funciona como el “inicio” de una vida sexual. Cuando podría cambiarse a ¿Cuándo tuviste tu primer orgasmo? ¿Cómo sucedió? ¿Masturbándote? ¿Con tu primera novia o novio? ¿Con una amiga o amigo? ¿En dónde? ¿Con un desconocido? ¿No te acuerdas? Y desde ahí rastrear la evolución obtenida desde ese punto ¿Cuándo mejoró tu orgasmo? ¿Cómo y con quién? ¿Haz tenido multiorgasmos? Y así sucesivamente.

No he terminado de leer La función del orgasmo, pero me atrevo a decir que se puede hacer un texto, así de este tipo, por cada capítulo y subcapítulo. A Reich le tomó casi once años terminar de desarrollar su teoría, y en el proceso fue ninguneado por varios de los psicoanalistas importantes de esa época, ignorado hasta por el mismo Freud, a quien le había dedicado su estudio a manera de admiración, porque aunque se distanciaba del psicoanálisis, la realidad es que su trabajo no hubiera podido desenvolverse sin todo el trabajo de Freud.

Y pues en realidad todo comenzó con un orgasmo.

Reich, Wilhelm (2010) La función del orgasmo. Paidós: España.

del desierto del yo al desierto de cierto

 

Imágenes de las imágenes del desierto obtenidas del libro: “El desierto” editado por Life en español, México, D.F.:1962

 

El paquetaxo del braguetazo

 

 

 Pues si te queda el saco…

¿Qué saco?

 

¿Se puede hablar de las relaciones humanas sin caer en el juego del juicio? Se puede intentar. ¿Se puede hablar de otra cosa que no sea el amor? El matrimonio es esa movida, y ha sido siempre, que provee seguridad a las personas, dejando muchas veces, tantas veces, casi siempre, al amor, en segundo, último o en ningún plano. So sad but so true, so sad because is so true. Aquí también podríamos referirnos a la pirámide de Maslow de las necesidades, donde lo primero que busca el ser humano es sentirse seguro. Ojalá, pudiéramos hacerle caso a la invitación de los yoguis-hippies-new-age-budda-lovers de andar por la vida siendo amor, ojalá: entregándonos al amor. La realidad es que buscamos seguridad, y el amor lo guardamos en el cofre donde quedan nuestras fantasías, siempre anheladas nunca obtenidas, pero con las cuales nos gusta alucinar en nuestros momentos de ocio.

Por lo que si matrimonio es igual a seguridad, no sorprende que dentro de sus formas se presente la modalidad: braguetazo. El paquetaxo braguetazo. Jaque mate. El término de por sí genera un juicio, y para mi sorpresa, está incluido dentro del diccionario de la Lengua Española, el cual lo define como “casarse por interés con una mujer rica”. Muchas mujeres se casan con hombres que, o bien han heredado una riqueza o han trabajado tanto como para obtenerla, a estas las llaman gold diggers. Lo curioso es la referencia a las gold diggers no genera ningún “rencor” social, no pasa de haber algunos comentarios al respecto y nada más.

Pero quienes mencionan a los propulsores del braguetazo, lo dicen con desprecio o repulsión. Recordemos que somos una sociedad machista, que el gran dios macho mexicano observa y regula nuestras actitudes y comportamientos, y esta sombra atmosférica no está muy de acuerdo con dicha movida, no en nuestra sociedad. Si el hombre es el protector y el del poder ¿Por qué se vuelve objeto de sumisión frente a otro hombre? Porque eso es lo que pasa. No es que se haya casado con una mujer rica, como lo dice el diccionario, sino que va más allá, se casa con la familia, y con el generador de ese imperio monetario, el protector de ese núcleo familiar, que es el papá.

Anunciamos… el braguetazo, y con esto, aplausos por un lado, y abucheos por el otro. Hay quienes se esfuerzan por alcanzar dicho puesto, sabiendo que toda una vida de trabajo nunca los llevará a lograr tanta riqueza (o eso es lo que piensan), por lo que prefieren concentrarse en las acciones de conquista de una mujer que es la heredera, haciéndolos acreedores de dicha posibilidad. Otros más no tienen las ganas ni la energía ni les parece tan importante, tal vez porque simplemente entrar en el reino del suegro puede significar la rendición total de otros impulsos, olvidarse de su libertad. El braguetazo es un acuerdo. Tanto del padre, como de la hija, como del yerno.

Imaginémonos la escena en la cual el caballero acude al castillo para salvar a la princesa pero antes tiene que matar al dragón. El dragón puede ser el padre, ese padre protector que no permitido que la princesa vea más allá de lo que muestra la pequeña ventana en la torre donde ella duerme, el dragón puede también ser el miedo de la propia princesa, el miedo que nunca la dejó buscar su propia libertad (para darle sentido a su existencia), y con esto tampoco se animó a enfrentarse a su papá. Cuando una mujer crece en estas condiciones, el machismo es un entorno aparentemente cómodo y hasta dulce, pero igual limita a la mujer ante la posibilidad de conocer el mundo desde el mundo, y la deja en una burbuja en donde no hay contacto con cualquier otra realidad, con ninguna otra, y entonces la princesa sigue albergando en su cabeza (y para siempre) una torre desde donde “conoce” la realidad sin conocerla.

El braguetazo no necesariamente tiene un final feliz, en realidad se vuelve el reto constante en el cual una mujer debe lograr “liberarse” de ese hombre, que no solo se metió con su familia sino que se convirtió en el “patán” que le pone el cuerno con cada “pueblerina” en su encuentro, pero en donde ella terminará desencadenándose para entonces sí conocer el mundo desde el mundo. Cuando la princesa finalmente se deshace de las cadenas, también libera al hombre, permitiéndole el reencuentro con su libertad. Pudiendo satisfacer sus impulsos de macho conquistador, sin tener que refugiarse dentro de la armadura de caballero que no se le acomoda y nada más le pesa.

El braguetazo puede tener un final feliz, cuando el hombre y la mujer ceden ante la entrega del “yo no sé nada, la vida está muy cabrona, hagamos equipo y no nos mandemos a la chingada”, para entonces terminar criando a hijos conscientes (que han sufrido los ires y venires de sus padres, pero se vuelven conscientes), en un ambiente de riqueza media, sin llegar a las excentricidad de la opulencia la cual despoja a cualquiera de la realidad real.

Porque sea como sea, me caso por amor o por desamor, por soledad o en busca de seguridad, el reto es darle la vuelta, la posibilidad que está al servicio del tiempo, de la eternidad de un quizás, de un yo no sé nada pero voy a intentar, donde el matrimonio puede ser el pretexto para la búsqueda del amor (del amor propio y hacia el otro). Porque si todos los caminos dan a Roma, entonces también, todos los caminos, incluso el del braguetazo, pueden dar hacia el amor.

Braguetazo gone bad, cuando el caballero descubre que el padre de la princesa no dará ni un peso ni un brazo a torcer para hacerlo partícipe de su reino, por lo que ahora así, las opciones son: o el caballero se amarra los huevos y trabaja y continúa con lo que es; o tira la toalla y busca una nueva conquista, mientras todavía es joven y bello.

el vestitziar.jpg

formas

pielcurvamontaña

¿A quién quieres engañar?

 

Para ti, a quien nunca más quiero engañar.
-Serie El engaño

 

 

¿A quién quiero engañar? A mí, a nadie más que a mí. Las palabras deberían liberarlo todo. Cuando digo me desahogué, es porque he dicho todo lo que tenía que decir. ¿A quién quiero engañar? A mí, por supuesto que a mí. Comencé a escribir desde que tenía doce o trece años, recuerdo que fue cuando mi mamá me regaló un cuaderno, el primero que no tenía una portada de Libreta Universitaria o Scribe, no tenía márgenes, ni era de cuadros grandes o rayas, no me hacía pensar en las tareas de mate ni en los apuntes de ninguna materia. Las hojas eran suaves y gruesas, y yo podía hacer lo que quisiera con él. Lo pude haber usado para dibujar, y a veces lo hacía, pero lo usé para escribir, para escribirme, comencé un diario hasta terminar de ocupar todas sus hojas. Los siguientes que vinieron, porque mi mamá se dio cuenta que mi intensidad se volvió tinta, también me los regaló ella, todavía guardo dos grandototes que me compró en Marshalls (la tienda gringa para chacharear en dólares), esos cuadernos venían envueltos en un plástico, sus portadas eran gruesas y llevaban un diseño que aludía a la cultura francesa. También esos dos me los acabé rápido pues podía escribirlo todo, a veces con culpa porque sido educada en escuela de monjas, así que no debía sentir emociones que me llegaban, pero las sentía y las registraba porque creía que era lo que tenía que hacer para liberarlas. Describía las peleas de mis papás, hablaba de mis amigas, de todos los niños que me gustaban, de mis sueños, también cuando odiaba a mi mamá, las peleas con mi hermano, todo lo que no entendía, mis ataques compulsivos, mi frustración por no haberme arriesgado a dedicar al baile. ¿A quién quería engañar? A mí, solo a mí.

En mi casa mi papá había sido lector. Tenía varias ediciones del Quijote, estaba un poco obsesionado con su figura, tenía también algunos libros de Carl Sagan, casi todos los de Stephen King, algunos de Ibargüengoitia, una amplia colección de Rius, y muchos otros, a los que nunca me acerqué porque vivimos juntos hasta que cumplí los dieciséis años. Lo que sí leía y repasaba eran sus revistas National Geographic, que él coleccionaba y que ingenuamente recorté para hacer algunos collages, también la Time y la Playboy. Yo no crecí siendo lectora. Llegué a leer algunos libros, pero casi por accidente, varios de Julio Verne, por ejemplo. Recuerdo que mi mamá me obligó a terminar El diario de Ana Frank, y no me gustaba. Mientras lo leía pensaba ¿por qué tengo que saber de la vida de esta niña que habla con palabras como “sostén”? Seguramente era una traducción muy española, y con ello no me daba cuenta de la historia que se estaba narrando. Hasta ahorita que intento poner en palabras lo que fue para mí el primer encuentro con las palabras han surgido todos los recuerdos anteriores. Seguido me pasa, vengo a escribir una cosa, o tengo el escrito a mi lado en un cuaderno, y en lugar de traspasarlo o de escribir sobre la idea con la que venía, termino escribiendo algo más.

Hace unos años terminé mi primera novela, cuando la escribí no sabía qué era lo que estaba haciendo, parecía que continuaba con los diarios de niña pero usando algunos artilugios que había aprendido al volverme lectora, porque me convertí en lectora, en los últimos seis años he intentado leer y no dejar de leer, me dan ganas de leerlo todo, pero todavía me cuesta trabajo. Porque se trata de una sustancia que me desborda y siento una terrible necesidad de hacer algo con lo que leo. De vivir, de gritar, de escribir, de coger, de todo. Pero no voy a engañar a nadie, siendo niña, adolescente y joven no buscaba en los libros, cuando llegué a leer “El amor en tiempos del cólera” o “Pedro Páramo”, me volaron la cabeza, pero pasaba un tiempo antes de que volviera a leer algo más. En la Universidad tuve un mayor acercamiento porque aunque me había decidido por estudiar comunicación tomé varias materias de literatura. Recuerdo que leí “El reino de este mundo”, de Carpentier y me trastornó, me hizo sentir mucho aunque no había entendido nada. Después escuché el análisis de la maestra Julieta Leo, y me dio cierta tranquilidad. Pero no sabía leer, hasta en el mismo examen que nos había hecho la maestra me dio por desarrollar un fragmento “de lo que pudo haber escrito Carpentier”, en lugar de anotar los elementos que nos pedía.

Nunca dejé de escribir, pero como no sabía leer buscaba más en la realidad, en las historias que se me presentaban mientras vivía, y en las que yo también me volvía, la mayor parte del tiempo, un personaje. Cuando conocí a varios escritores, y a muchas personas en la Ciudad de México que habían leído y crecido leyendo, me sentí amenazada, me daba miedo que descubrieran que mi realidad había sido distinta, sentía que me iban a decir que yo no podía seguir leyendo, que ni me atreviera a escribir, y que ya no era una persona digna con quien conversar. Era el rechazo de mí hacia mí. La Lucía que se había convertido en lectora rechazaba a la niña-adolescente-joven que nunca lo había sido.

Ahora me pasa que mi conciencia me dicta todo el tiempo lo que es la realidad, se adelanta y supone, se adelanta y decide, se adelanta y encasilla. Y pienso, qué buena onda que lo sé todo, pero ¿A quién quiero engañar? Otra vez, a mí, a ninguna otra persona más que a mí. Las palabras son mi herramienta para manipular aquello que me desborda o me frustra, lo que me causa tristeza o ansiedad, lo que se siente bien pero que quiero que se sienta mejor. Pero no me interesa el control, aunque pueda sedarme de la realidad. Quiero llegar a la verdad. Algo me dice que está por ahí entre todo lo que digo y entre todo lo que escribo, entre todo lo que leo, siento y vivo. Algo me dice que es la suspensión de la escritura, y de la lectura, está más allá de las palabras, que la verdad se aloja en el silencio y que de pronto se presenta y se despliega con una elegancia efímera pero infinita.

cuadernos.jpg

 

la esquina de la esculturas en esta ciudad del desierto

desde el infinito 1

a ver, trata de vivir con todo esto

-Alberta Nosestain

 

No es momento de dudar. He puesto el primer pie fuera mientras sigo adentro, susurro: aquí estoy. Escribo y soy ésta. Me he quedado sola, otra vez, sola y sin mí. Me adelanto a mis palabras para ver si la realidad cobra vida, pero así voy llegando desde antes al vacío, sin darme cuenta. Siempre sin darme cuenta. Soy muy ingenua, por eso escribo. Dedico esto que escribo a nadie, sobre todo a nadie porque pensé en dedicárselo a mi mamá pero ella merece mucho más que esto, también pensé en mi hermano, en mi papá, en todos ellos que son esa mejor parte de mí, pero tal vez y solo por eso no podría dedicarles algo que nada tiene que ver con la belleza, ¿o sí? Algo en mí quiere creerlo, por eso digo que soy ingenua, porque quiero creer todas las maravillas que me invento, y además, quiero que ustedes las crean. He escrito tanto como ha sido posible para darme cuenta que es imposible escribir. Me he aferrado a ello, llorando, sigo llorando, no paro de llorar, he sentido como esto no se acaba nunca, y la tortura es la imposibilidad. Lo imposible de poner el infinito en palabras. Por eso ahora me obligo a hacerlo. En automático. Si es verdad que estoy conectada a algo que me hace escribir esto que escribo en donde yo por fin ya no soy yo, entonces lo vierto (me vierto) en el infinito paralelo y decido dejarlo todo ahí, aquí. La aceptación es la renuncia. Abrazo el misterio de estar viva, de querer morir todo el tiempo, de continuar viviendo. No puedo callarme. Mis ojos hablan de más pero menos de lo que siento. Mi lengua se levanta. Una yegua que no será montada pero será. No puedo dejar de existir. Ahora sé que la muerte es también imposible por eso dudo en llorar, y vivo llorando o dudando. Lo malo ahora es que no quiero vivir porque quiero escribir, y lo mismo pasa que quiero vivir y dejar de escribir. Por eso no sé si escribir me hace sentir viva o muerta, si estoy viva o muerta mientras escribo. He pospuesto el amor, la felicidad y hasta la cordura con tal de crearme un espacio. Estoy acumulando el Universo de tiempo solo por respirar, para después ahogarme con el exceso de aire. He visto a los otros hacerse de una vida de sacrificio o de comodidad, de amor o de destrucción, de estupidez o conocimiento. Lo he visto todo y todo lo he querido, pero solo logro acumular más dosis de nada. Si tan solo pudiera hacer lo que quiero, eso me digo. Y tan pronto como puedo no sé cómo hacerlo porque tengo tanto miedo. Una vez que he comenzado no puedo detenerme pero tampoco logro hacer algo con ello. Ya lo he pensado antes, que el yo anterior a mí se suicidó y mi alma está aquí soportando sin decidirse a estar; no es de aquí, no es de allá. Si pudiera decirles lo que es el tiempo. Mi lenguaje son las sensaciones que inundan este vacío libertad. Lo siguiente que escribo es para ver si logro desescribirme. Así. Poquito a poco. No sé si lo que escribí anterior a esto tiene sentido. He escrito tanto, y en esa vastedad me encuentro con una sopa de letras que apenas y transmite lo mucho que aunque no dejo de sentir, siento. Alguna vez fui libre, eso es lo que recuerdo, que dentro de la cárcel de un programa que me había inventado lograba esconderme en la piel de Dios, escabullirme dentro de uno de sus poros, pero después de esa sensación, de un instante, todo lo que quedaba del tiempo se iba en recordar y revivir ese microsegundo. Me expongo públicamente como nunca lo hubiese creído que fuera a hacer. Nada más porque no tengo nada. Se los entrego todo. Una vez que entrego no puedo dejar de entregar, hasta deshacerme por completo de mí. Salgo, un pie fuera de la irrealidad, muero de miedo, que soy y no soy, que quiero y no puedo, que no sé quién soy pero no importa solo-estoy-haciendo-el-tiempo-que-tengo-que-hacer-para-terminar-con-todo-esto. Listo. Vámonos, para volver a comenzar. Dios me habló al oído y me dijo aguanta vara. ¿Varita mágica? Aguanta vara y deja de hacerte la chistosita. Se me llenan los ojos de lágrimas, no veo a mi alrededor. No es justo que no exista la muerte, no es justo que no acabe nunca este dolor. No es justo que aparte de ello no pase nada nunca nada y que de todos modos yo sienta todo. Y entonces me dijo que exactamente de eso se trataba, exactamente de eso, de deshacerme del yo. El yo que me tuerce el cuello, que me atraganta; de aire, de tierra, de fluidos, de todo lo que no veo. ¿Cuánto tengo que trabajar? Todo lo que sea necesario en el tiempo para deshacerte del tiempo. Déjame, infinito, por favor que ya no aguanto. Suplico diez veces más antes de irme a acostar. Déjame infinito por favor que ya no aguanto. Y todo vuelve todo el tiempo a comenzar. Por ejemplo aquí y ahora, quiero parar, detenerme, iniciar con las transacciones de la vida de los muertos (que nunca mueren pero que no han de saberlo), pero sigo y quiero segar pero sigo. Ganas de vomitar ¡Todo el tiempo! Me he atragantado tantas sensaciones en la vacuidad. No me doy cuenta de nada y continúo. Quiero parar, siempre quiero parar, me desbordo. No deberían dejar circular las palabras a esta velocidad, a parte de que ni siquiera son todas ni hay claridad. Tengo una masa atorada en el esófago, no puedo tragármelas. Que quiero que puedo que tengo que no puedo soltarlas. ¿Algún día y siempre podré ponerle fin a todo esto que no puedo y tengo? Siempre voy a soñar con lo que no sea esto. Y la importancia de un punto, una coma, un acento, un margen ¿Margen? ¡Que no entienden que hablo desde el infinito! Que no hay límite, ni contención, que no puedo parar. ¡Que no hay punto! ¿Cómo entonces me piden lo único que no tengo? Estoy hecha de agua, de nada, de no tengo. Se me derriten los ojos, babeo las palabras, se me escurren de las nasales. No quería abrirle a la llave pues sabía perfectamente que esto era lo que iba pasar. Libertad cero punto cero. Una vez que estás aquí ¿Cómo volver hacia allá? Y desde allá no puedo concebir que exista esto. Yo ni siquiera venía a escribir esto. Ni siquiera. Yo pensaba para dejar de pensar para escribir una cosa totalmente distinta, y ahora escribo esto, y no entiendo nada, como siempre nada, pero me hago la que entiendo. Pues he aprendido a disimularlo. Todo lo vivo fingiendo. Mujer holograma no digas más. Ya no quiero, no puedo, voy desbordándome más de lo que ni siquiera soy que nada tengo. Si este es el principio, no sé qué es el final. Pero claro, eso es exactamente lo que dicen, no puedes vivir pensando en la muerte, como tampoco puedes morir, ya se los dije. ¿La muerte? El puente para volver a comenzar. A ver, trata de vivir con todo esto.