estonoespapel

esto no es papel, pero como si lo fuera

el imposible: la serie

todo comenzó en enero del año 2016, aunque no sé realmente qué pasó

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respira

¿desde cero? ¿qué siento que siento? ¿eso es… ?

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hola,

¿se oye como un…? el discurso es el mismo

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reset

otra vez?

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‘como un animalito’

la prehistoria de mi historia

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a rastras

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disimulo

 

los diez mandamientos para Ser

i. ser todo lo que se cree ser y creerlo

ii. sentir, ver, oler, probar, oír

iii. intuir

iv. lo que niegas y es, volverá

v. aceptar los instintos, buscar su (alegre?) transformación

vi. aceptar al otro como la confirmación y la negación del propio ser

vii. aceptar la realidad como uno de los planos de la Realidad

viii. aceptar la vida para aprenderla (aprehenderla?) a vivir

ix. aceptar el acuerdo con la vida para llegar a la muerte natural (en paz? oj alá)

x. el infinito existe

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entre uno y otro

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¿hay más?

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el riesgo

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hay más

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más

en el año más imposible de mi vida tuve que volver a empezar con todo otra vez

ahora sé que así fue

 

 

‘Everything that we know and we’re not thinking of at the moment, everything of which we were once conscious but have now forgotten, everything perceived by the senses and not noted by the mind, everything involuntary that we feel, think, remember, want and do, all future business that is taking shape and will sometime come to consciousness, all is the content of the unconscious’.
—Carl G. Jung

otra casa tomada

pa el alex

 

“La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan, por la decisión de viejos que se conocen y se odian pero no se matan”
—Erich Hartmann

 

Se lo dijo, “somos fantasmas”, lo pronunció en su lenguaje de fantasmas y a él no le molestó. Después ella repitió lo mucho que lo quería, él la vio a los ojos como diciendo que eso exactamente es lo que no hace un fantasma. Un bien asumido fantasma no pide, ni disimuladamente ni abiertamente, así que no le podía pedir que le dijera lo que él no le decía.

Se habían encontrado en el mismo punto en el que estuvieron juntos hace años, es posible que nunca se hubiesen ido de ahí pero ahora también su conciencia lo habitaba, después llegaron sus cuerpos, sus formas humanas que pensaban, inútilmente pensaban, se veían uno al otro a los ojos. Eran refugiados, participaron en guerras extranjeras donde por mucho tiempo creyeron que eso los hacía sentir vivos y pertenecer a la humanidad. Hasta que un día cualquiera de guerra comenzaron a ver a los cuerpos que caían, que caían y no caían, pero que iban perdiendo lo único real: el alma. Esas guerras dejaron de tener sentido, ¿no estaban luchando exactamente por la liberación del…?

Ella se dio de baja definitivamente después de seis años de haber peleado, su mamá se le apareció en un sueño le dijo desde el espejo que le quedaba poco tiempo, apenas y conservaba un pedacititito de alma. A pesar de que todos los días se decía a sí misma que tenía que seguir, que ya se había acostumbrado, reconoció que su madre tenía razón y volvió a casa.

El hermano no ha dicho nada acerca de su lucha ni de su regreso. Se sabe que estaba en un espacio muy alejado a las orillas del Universo, en donde aparentemente no pasaba nada, en donde esa nada era lo que le succionaba el alma. Fue cuando emprendió su viaje de retorno, confundido dio mil vueltas hasta que escuchó la risa de su hermana, que no le dio risa, y entonces entró por la puerta principal.

Juntos la casa se hizo de espejos, reflejos distorsionados, cóncavos, convexos, y luego también hechos pedazos. Agua. Los dos refugiados la pasaban trabajando a deshoras, pues la recuperación del alma necesitaba de todo el tiempo. Excavaciones profundas, tiendas de acampar alrededor de la hoguera para vigilar la entrada de invasores, levitaciones para ver el terreno, la voz de la madre el viento.

Cuando la noche acaba y el día no ha comenzado la hermana baja a una cueva sumergiéndose en la arena del tiempo, ahí ejecuta los jeroglíficos, permanece la eternidad de un instante intentando descifrar lo que ha hecho, porque es ella y no es ella la que los hace, se ha vuelto más primitiva, sus manos son de tierra firme más no sabe si fértil, pero para un fantasma todo eso está bien porque por lo menos puede sostener las herramientas.

Una mañana ella despertó antes del amanecer, se encontró con los sueños de su hermano flotando en el techo, vio ese territorio en donde él había estado, las calles heladas, solas, a oscuras, vio cómo recordaba su hermano cuando iba perdiendo el alma por entumecimiento, él despertó, entraron los rayos del sol, y ella no dijo nada ni volvió a pensar en lo que había visto.

Ambos aprendieron sus propias tácticas de resistencia pero no lograban unir fuerzas, dibujaron cada uno su estrategia en una parte del espacio. La casa se volvió una estructura que contenía objetos en movimiento, ruidos orquestándose, ni una sola voz, una coreografía a dos solos en escenarios intermitentes. Todo era dirigido, también las pausas, el cruce de las miradas para que el hermano girara hacia un lado y ella hacia otro, pequeños remolinos de tierra. Por las noches a ella le gustaba encerrarse en una burbuja desvaneciéndose entre los muebles para observarlo. Por las mañanas él pasaba montado en una serie de nubes cúmulo dejando una brisa que asentaba la tierra.

 Un tipo de camuflaje se había popularizado desde que cada uno estuvo fuera, se trataba de la conversión a fantasma, pero ninguno había podido realizarlo. Cuando ella volvió lo practicó por más de un año hasta lograrlo, él apenas tenía unos meses ensayándolo, pero sus avances eran rápidos. Después desarrollaron la telepatía, aunque al principio tuvieron problemas con la transmisión por los sentimientos, pasadas unas horas de silencio continuo sucedía el ajuste automático del sistema y podían continuar conversando. La voz de ella nunca ha alcanzado la claridad, son muchas voces, su lenguaje está contado; la telepatía era lo mejor que le podía pasar para comunicarse. Él era un practicante del silencio, desde pequeño lo había dominado, pero solo por cumplir con las órdenes de aquella primera guerra en la que participó aprendió las palabras. En el discurso telepático ella le informa sus avances al hermano, él le pide que no le diga todo pero que sepa reaccionar. Ella ha visto a su hermano llegar lastimado a la guarida pero no se atreve a cruzar la línea para ayudarlo, siente que en cualquier momento terminaría diciéndole que no cree en la guerra, que no cree en ninguna guerra más que la sucede adentro, muy dentro, pero ella no pudiera decirle que debe emprender ese viaje hacia su centro porque no sabe si él lo sobreviviría. La hermana también guarda voces en una botella que lanza hacia un mar sideral, queriendo entrar en contacto con un escuadrón que cultiva la valentía no la violencia, que es parte de la guerra sin hacer guerra, cree que el escuadrón sí existe pero no podido comprobarlo.

“El año en que morí no estaba mi hermano, no me hubiera dejado morir… recuerdo que atravesando el desierto del yo llegué a una pequeña colina, me senté debajo de un mezquite, me di cuenta que me había quedado sin agua, no supe qué hacer, seguí caminando, me quedé sin aire, me desnudé, me tiré en la tierra y me dejé morir. En un segundo soñé todos los sueños de mi vida. No sé cuánto tiempo pasó pero un día desperté, había llegado al mismo lugar del cual había partido pero ya estaba del otro lado”.

Ella, una bestia recién nacida fantasma se fue colando por la estructura que parecía ser la casa que había abandonado, la bestia se hizo cuerpo, muy primitiva en sus formas succionó todo aquello a lo que llamó coherencia. Pero su mirada no termina de ser, se dispara hacia la luz, se pierde en el orgasmo luminoso. El jardín de esa casa fue la orilla a la cual llegó después de haber sobrevivido la eternidad del yo, ahora es un oasis donde logra mantener sus pensamientos quietos para soltarlos fuera de las palabras y que vuelen lejos.

Hay tantas guerras en este momento de la historia que es muy difícil mantener un espacio sin ser atacado. Los hermanos salen de la guarida para que no sea vulnerada por el armamento tóxico del materialismo que busca terreno fértil. En la calle ella usa su traje humano, maquillaje de gesto social, improvisa, es la armadura que confeccionó durante todos esos años antes de ser fantasma. A veces olvida que lleva esa otra forma, que debe articular respuestas con una voz, aceptar la ilusión del mundo material, decir lo correcto, sin absorberlo todo sino quiere volver a la casa infestándola de algún virus disfrazado.

Desde que eran niños el hermano sintió que debía irse a la guerra, y se fue, llegó a esa primera guerra paredes dentro de esa primera casa que ahí mismo se perdió. Ella emprendió la huida, él se quedó peleando, la esperó debajo del sol, ella no regresó, su madre y el hermano partieron hacia la nueva casa para dejar esa primera guerra atrás. Cuando ella volvió no supo dónde había quedado todo, pedía las ruinas, aunque fueran las ruinas, pero era lo único que conocía. El hermano y la madre le insistieron que ya no quedaba nada, que ella debía acostumbrarse al nuevo espacio.

En la última salida que hizo ella de la casa se le presentó un augurio que la llevaría a la verdad, no a toda, solo a la necesaria en este caso. Vio el vuelo de una parvada de cientos de pájaros blancos que daba giros creando figuras entrópicas, esculturas de libertad que después de tanto movimiento llegaron hacia otra dimensión a donde su vista ya no alcanzó. Las aves la hicieron desviarse hacia el laberinto que una vez al año se yergue en la plaza al centro del Universo, caminó hasta el final de un callejón sin salida, volvió y se fue por otro lado, perdiéndose hasta encontrarse con la develación que había pedido (que ya había olvidado que había pedido). El canto de una fuente de voces muy tiernas hablaban sobre la naturaleza de su encuentro como hermanos fantasmas, se escuchaban los sonidos de la guerra a la par de los golpes del cincel sobre la piedra, la melodía formaba una espiral sostenida en el espacio. La fuente se apagó, el sol salió de entre las nubes para mostrarle el rumbo fuera del laberinto. El camino cielo se fue del naranja al rosa y después al violeta, mientras del otro lado el gran ojo blanco iba levantándose en lo alto. Llegó a casa. Antes de entrar al lugar de los silencios ocultos, pasó a saludar al olivo en el jardín, se confesó con él, le dijo que ya había escuchado a la fuente de la verdad de ese instante, que supo que tenía que seguir apostándole a la imaginación, a la fantasía, a la irrealidad. El olivo se comenzó a reír con el aire, le dijo que eso era obvio, le preguntó qué le iba a decir a su hermano, ella dijo que nada, que esta vez se esforzaría por ni siquiera hablarle con su silencio, él le deseó suerte.

Ella entró a casa vio a su hermano interpretando un baile alrededor de la hoguera invisible de su fuego, impulsivamente ella cantó para acompañarlo, él se detuvo, ella se calló, llegó el verdadero silencio, la inmovilidad, se apagó la hoguera, se detuvo el tiempo, se abrió el techo y cayeron las estrellas. Los hermanos se sentaron juntos a observar el cielo, de adentro hacia fuera, de allá hasta acá, espejo que refleja a otro espejo que refleja un destello y otro destello desde la oscuridad hasta la luz, desde el instante hasta el infinito, mientras el ojo blanco observaba el juego sonriendo.

 

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Doña Coqui

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Hace unos meses estuve en la ciudad de San Cristóbal de las Casas, llegué ahí por intuición, recién había terminado de leer Balún Canán de Rosario Castellanos, era la ciudad favorita de un exnovio al que había querido mucho, y mi presupuesto era poco; en ese momento estaba en Guadalajara de donde había vuelo directo a Tuxtla. Me fui sin un plan, sin haber investigado nada, tenía solo la reservación del hostal en donde me iba a quedar. Conocí a María, una mujer joven que me recordaba a la Mary de la película de Ben Stiller, esa de la escena famosa en la que aparece con el fleco tieso, pero me recordaba a ese personaje porque le gustaba a todo mundo. En donde dormiría era un cuartitito al que me acostumbré rápidamente, por encima de las ventanas alargadas se colaban las flores de una nochebuena que estaba plantada afuera; no sabía que las nochebuenas pudieran crecer tanto. No recuerdo si ese mismo día que llegué conocí a Doña Coqui o fue hasta el otro, tampoco sé en qué momento la empecé a conocer de verdad, a veces esperaba el momento para escucharla, me encantaba que por ejemplo dijera “señorita Lucía me salieron alas”, eso quería decir que había salido de su casa con prisa, que ni siquiera había alcanzado a desayunar.

Después de haber estado tres semanas en el Hostal Amatzolli, (María me dijo que Amatzolli significaba mujer trabajadora), le pedí una entrevista a Doña Coqui. Solo así pude realmente conocer algo de esa tierra tan abundante y misteriosa, a través de una mujer que se abría totalmente a compartir algunas de sus experiencias, que ha vivido toda su vida en San Cristóbal.

¿Qué día nació, dónde y qué sabe de su nacimiento?

Nací el 26 de octubre de 1960 en San Cristóbal de las Casas en el barrio de mexicanos, la partera empírica fue doña Dominga.

¿Cuáles son sus recuerdos de infancia?

Fui muy inquieta, muy traviesa, hacía lo que hace un hombre, subirme a los árboles, a los techos como araña, a las casas, es lo que recuerdo. Jugaba yo mucho canicas, en antes eran canicas, en lugar de jugar muñecas jugaba yo canicas. Cuando me crecí más y mi mamá me quité eso de jugar canicas porque pensaba que era para los hombres, empecé a jugar a la muñeca pero no me gustaba la muñeca, me gustaba jugar más de que me casaba, que me pusieran un velo, y agarraba un chal viejo y lo añadía con otro porque quería tener la cola más larga (risas). Todas decían que querían ser la novia y yo les decía si quieren que yo juegue yo voy a ser la novia, porque yo me voy a casar cuando sea grande, y me voy a casar y voy a arrastrar la cola muy grande. De mi niñez es lo que recuerdo.

¿Qué era lo que más disfrutaba cuando era niña?

Lo que más disfrutaba era la navidad, porque decía que existía Santa Clos y que me iba a traer muchos regalos. Era el 24 de diciembre porque el 25 eran muchos regalos. Y después de diciembre escuchaba un avión y yo pedía a mi hermanito, que lo iba a traer en avión, que lo iba a traer la cigüeña. Todos los niños en esa época que yo nací decían que los niños los traía la cigüeña o los traía un avión, es lo que recuerdo que quería mucho a mi hermanito y la navidad.

¿Tiene hermanos o hermanas?

No tengo hermanas ni hermanos, soy hija única.

¿Cómo se lleva con sus papás; cómo se ha llevado con ellos a lo largo del tiempo?

Desde la niñez, que yo recuerde, muy bien con mi mamá, con mi papá no, porque él fue un carácter muy fuerte, muy de insultos, de golpes. Ya después cuando me fui creciendo, a mis 15 años, él dejó de esa etapa, él vio que ya era yo una persona grande, una señorita, entonces él ya cambió conmigo, pero cuando fui niña él no, fue muy autoritario conmigo porque tuvo muchas parejas desde esa época, desde que tengo uso de razón, de mis cinco o seis años hasta los catorce años él tuvo muchísimas parejas entonces era muy autoritario conmigo.

¿Qué sabores, olores, colores recuerda más de su niñez?

De mi niñez donde me crecí con mi abuela materna, la fruta que me gustaba muchísimo que ahorita ya no hay, se llama albaricoque, era una fruta parecida al durazno, chiquita pero era muy rojita, y era la fruta que más me gustaba, y lo identificaba el olor con los ojos cerrados. Y era la fruta que más me gustaba más más más más. Y el jardín de mi abuelita, porque mi casa de donde me fui de vivir no teníamos jardín, hasta la fecha es muy chiquito, pero la casa de mis abuelitos era con jardín y bien grande. A parte del jardín atrás con elote, con haba, tenían huerto muy grande, con todo, pero la fruta que recuerdo es el albaricoque, ahorita ya no hay aquí, ya no, es una fruta como de 1800 esa fruta que vino de lejos y lo sembraron y se crecía como el árbol de durazno, igual, igual, pero era muy rico.

¿De la escuela qué recuerda? ¿Estuvo en la escuela?

Sí estuve, estuve en la primaria, en antes, había como el kínder, bueno, yo entré como a los cuatro años en la primaria de parulito, y tuve dos años de parulito, pero en ese entonces en esa etapa no me gustaba, yo me escapaba de la escuela siendo una niñita chiquitita me escapaba, y ya después terminé el quinto año en una primaria y el sexto lo terminé en la noche, en la mañana trabajaba con mi mamá. Trabajaba en la panadería, hacía pan, hacía tortillas a mano en la mañana, y en la tarde ya estudiaba el último año de la primaria.

¿Cuándo se enamoró por primera vez?

Uhh. (Risas, más risas). Me enamoré por primera vez a los 18 años y el joven ya falleció, se llamaba Javier. Ya falleció. Después no me he vuelto a enamorar. (¡¿No?!) No. (Risas ¿nerviosas?). No, ¿le digo la verdad? No.

¿Cuáles han sido los momentos más felices de su adolescencia o juventud?

El primer momento fue cuando me enamoré de aquel joven, yo no sabía qué era el amor, entonces nos separamos y cuando yo lo vi yo sentía mariposas en el estómago, ahí comprendí yo que yo estaba enamorada, con mi gran ignorancia. Cuando yo conocí a través del tiempo las cosas de Dios entonces ahí me volví a enamorar. Ahí volví a sentir otras cosas muy diferentes como sobrenatural, de Dios, espiritualmente hablando.

¿Algún momento en el que usted recuerde haber sentido mucha felicidad?

Una experiencia cuando yo me fui a Boca del Cielo y ahí estaba con toda mi familia y ahí miraba el mar que se perdía con el cielo, de repente fue algo sobrenatural para mí porque me vi alejada con una vara, escribiendo unas letras como de un metro puse con la mano derecha “Dios nos ama”, en el momento en el que escribí esas palabras como que estaba en otro nivel, sobrenatural, espiritualmente hablando, cuando yo escribí eso veía el mar y decía que Dios lo hizo todo, cuando yo volteé a ver estaba como a unos 100 metros de distancia de mi familia, yo los veía muy felices disfrutando del mar, entonces yo tuve una experiencia de que pasaba un joven corriendo y como que no existía yo, entonces siento que Dios me habló pero me alejó de mi parentela, de mi familia hacia otro lugar.

¿Qué es lo más difícil que ha vivido? Si quiere contarlo.

Lo más difícil, bueno desde mi infancia fue… la pobreza (se le quiebra la voz) muy fuerte.

Doña Coqui se suelta llorando, le digo que si quiere dejar de hablar que no pasa nada, que no tiene que contarlo, pero ella sigue.

De mi infancia fue la pobreza, y después cuando me casé, no me casé enamorada, entonces siento que todo ese tiempo no he sido feliz, y quizás eso ha repercutido en mi manera de vivir, en antes era muy amargada, yo no lloraba, no contaba nada con nadie, era muy deprimida, apartada, entonces cuando yo conocí las cosas de Dios, él me cambió, él me hizo de que yo aprendiera a perdonar y a llorar, porque yo no podía llorar, muchas cosas estaban adentro guardadas en mi corazón y parte de eso era la amargura, la desesperación, el odio, el rencor; aprendí a perdonar, realmente perdonar, no de boca, de corazón. Mucho tiempo visité psicólogos y psicólogas, no me cobraban nada, era de parte del gobierno, pero era como quien tiene un vicio porque sentía que volvía a recaer en mi carácter, en esa amargura, en esa desesperación, quería arreglar la vida de mi esposo, de mis hijos, pero no arreglaba antes la mía. Por mi gran ignorancia y quizás por mi falta de amor de mis padres, ellos no tenían tiempo para mí, pues mi mamá se lo vivía trabajando y peleando con las parejas de mi papá, y buscando otros caminos para tenerlo atrapado, entonces no tuve esa infancia, ese amor, ese apapacho, un beso, un abrazo. Entonces lo que uno no recibe no es fácil darlo, con los hijos yo me ha costado mucho, pero digo ahora es tiempo de que estoy viva y voy a aprender a dar lo que yo no viví. Y la felicidad más grande es cuando uno da a luz, es una gran bendición tenerlo, es un anhelo, poder tener al hijo en los brazos, y después ser abuela.

¿De qué está agradecida?

Primeramente con Dios, y también de haber estado en el vientre de mi madre, porque ella estuvo paralizada entonces no se meneaba, pero su vientre sí se meneaba a los ocho meses. Entonces le doy gracias a Dios por mis papás porque sin ellos no estuviera aquí en la Tierra. Con mi gran ignorancia pienso que es un agradecimiento grande eso de haber vivido en la Tierra, y de todo ese tiempo que uno está aquí en la Tierra aprende uno a valorar a las personas y a valorar la vida que Dios nos dio, y a madurar. A diario aprende uno de los demás, y necesitamos uno del otro.

¿Cuál cree que es su don?

Yo siento que Dios no me lo ha dado, no sé para qué me va a llamar, yo siento que sí, que sí hay algo pues, como un tesoro que no se ha hallado, como algo que no se ha descubierto, pero yo esperaré pacientemente en Dios.

¿Qué más me iba a preguntar? Ya ve, ya me hizo llorar pero yo soy muy llorona, en antes yo no lloraba. Hoy en día siempre lloro, de felicidad, de alegría, pero cuando recuerda uno la infancia es como volver a sentir eso fuerte.

Me tardé en volver a escuchar la grabación de la entrevista que le hice a Doña Coqui, hasta ahorita que estoy de vacaciones me di el tiempo de escucharla, recordarla, de volver a San Cristóbal, a ese cielo, a esos cerros, a esas miradas profundas que se preguntan cómo es que viviendo en una tierra tan abundante tienen las manos vacías. La risa de Doña Coqui, su ánimo, y también su dolor. Lo que me impresionó de la entrevista es que ella nunca le echó la culpa a nadie; ni de su tristeza, ni de su amargura, ni de las dificultades por las que pasó. Su esposo era alcohólico, dos de sus hijos iban y venían entre el vicio y la sobriedad, su padre también había sido alcohólico. Pero doña Coqui admiraba a su esposo, lo respetaba a pesar de las circunstancias en las que se ponía, presumía que su esposo sabía lenguas, además entendía su dolor, ese que a él lo consumía en alcohol. Algo en ella había entendido que el problema de su familia no era el alcohol, sino que creían que todo pasaba fuera de ellos.

Para mí su fe no era solamente en Dios, sino en la humanidad; su apertura, generosidad y humildad invocaban en el otro la búsqueda hacia dentro, esa de donde ella venía ahora, donde había terminado por construir un hogar con amor, y mucho trabajo.

 

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Doña Coqui

casa tomada

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“Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar”.  [J.C.]

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Todo lo que escribo es ficción, hasta esas ideas por las que apuesto la vida; sobre todo esas ideas. Pero me convierto en actriz, me repito el guión fantasma, actúo y me la creo. Sé que no solamente lo hago yo, sino la mayoría de los seres humanos. Hay quienes se repiten la misma ficción todos los días de su vida hasta la muerte. Se dedican a perfeccionar una historia recurrente. Este soy yo, se dicen. Mientras van recopilando todos los elementos para adornar ese yo, que es uno solo y que no se sale de los límites de los mismos pensamientos que han tenido por años.

Un joven de veinticuatro años ingresó a una maquiladora de una ciudad de frontera, lo hizo antes de terminar la carrera pensando que lo haría “por mientras”; mientras conseguía otro trabajo, mientras iba definiendo lo que verdaderamente le interesaba, mientras conocía todas las posibilidades que tenía a su alcance. Terminó su carrera, lo ascendieron de puesto, entonces comenzó a estudiar una maestría relacionada con ese trabajo, además de que en la Universidad le ofrecieron beca. No importaba si la maestría le gustaba o no. Cursó la maestría y siguió trabajando pensando que lo haría por mientras. Una vez más. Mientras algo más atractivo se le presentara, mientras definía para qué era bueno, mientras se decidía a buscar otra cosa. Así pasaron los años. Diez años. Ahora es directivo de esa empresa y aunque ha pensado que pudiera ser algo más permanece en la misma rutina que ha elaborado durante esos años. No es que no haya cambiado nada,  ha incluido una serie de actividades, modificado otras. Se repite, los demás también se lo dicen, que tiene un muy buen puesto, que ninguna empresa le ofrecerá algo mejor, que su conocimiento se ha especializado en eso que esa maquiladora necesita. A sus treinta tres años llegó al puesto más alto de su área. Su estacionamiento tiene un letrero con su nombre y apellido. Ese joven que se ha vuelto un hombre se ha repetido el mismo guión en esos diez años, se ha dicho que su vida es así, que no pudiera ser de otra manera, que es buena y ahora incluye la palabra éxito para referirse a ella.

Como él todos estamos en esa constante elaboración de nuestro discurso acerca de quiénes somos. Esto me gusta, decimos. En esto trabajo. Esta soy. De esta persona me he enamorado. Esto me importa. En esto creo. No me atrevo a decirle a nadie que se trata de una ficción intercambiable por cualquier otra, pero lo pienso. Soy una espía de la realidad que usa la fantasía para sembrar dudas, para reconocer eso que aseguran con sus palabras, más no sé si es parte de su silencio. Se estacionan en este soy, esto quiero, esto puedo. Mienten.

Ahora que soy adulta, que tengo que serlo a pesar de que no puedo ni quiero, reconozco que existen cientos de caminos que se bifurcan para la búsqueda de quiénes somos. También hay varias salidas de emergencia aunque llevemos miles de kilómetros recorridos en una carretera. Cada vez es más difícil pedir un tiempo fuera para pensar, o no pensar, para dejar de ser parte de una sociedad que silenciosamente grita exigiendo un deber ser. No me sorprenden las murallas que van construyendo los individuos, las parejas, las familias, los círculos sociales. Todo se va volviendo una piedra más en ese muro fantasmal. El trabajo, la rutina, el régimen alimenticio, las creencias. Eso mismo se va dividiendo en objetos, viajes, actividades, rituales, decisiones; el ahogo del tiempo libre porque el ser humano adulto ha dejado de serlo.

En toda crisis que he pasado envidio a aquellos que siguen puliendo una misma historia, mientras que en mi caso tengo que acordarme en qué personaje estoy y qué hace. Dónde vivo, qué hago, quién soy y qué estoy buscando. Si pudiera ponerlo en un guión tendría que crear varios libretos distintos. Crisis como no puedo estar en un mismo lugar así que huyo, o no puedo parar de llorar y creo de verdad creo que no dejaré de hacerlo. Cuando la crisis pasa, de pronto me encuentro contemplando y sintiendo lo que sea que siento sin darle mucho peso, la buena pausa de la libertad me toma por completo. Esa que llena los pulmones del cosmos. Aunque no tengo un mismo guión todos los días me vuelco a perfeccionar el guión en turno porque en realidad no soy diferente al que trabaja un mismo libreto.

Alguna vez escuché el discurso de un escritor que proclamaba que todos deberíamos ejercer la resistencia desde nuestro lugar en el mundo. Usando la palabra resistencia como diciendo que no hay que dejarse llevar por el miedo y por aquello que no creemos. Recuerdo que levanté la mano, sin darme cuenta, para hacerle la siguiente pregunta “Usted que tiene la escritura como catarsis habla de resistencia, ¿qué sucede con el resto de las personas que no escriben o no pueden abocarse a la creación?”. El escritor se quedó un rato en silencio después dijo que haciendo lo que hacíamos podríamos ejercerla. Como si estuviéramos en una guerra constante con la realidad, pensé, soportando. Después me quedé pensando, dije no, no se trata de aguantar, sino más bien de soltar que eso que hacemos es lo que nos vuelve nosotros, que eso que decimos que somos nos crea una identidad inamovible, y que lo que imaginamos no es parte de nosotros. Por lo que rescato a aquel joven ahora adulto que seguramente fantasea en su silencio con ser otro.

Toda esa ficción que se queda en el aire, que quizás no logramos concretar pero nos lleva a continuar viviendo, que lleva también a ser parte de la experiencia humana, nos va generando una esperanza que nos permite, finalmente, ser. Nuestro límite como seres humanos no termina donde decimos que somos, también llega hasta eso otro que no podemos encasillar todavía en algo, eso que pensamos que podemos ser y que quizás algún día, a pesar de ser adultos, también intentaremos.

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La renuncia

Hace una semana los alumnos de uno de los salones del tercer semestre de comunicación de una Universidad en Mexicali, entregaron una tarea en la cual hablaban de una noticia que se había viralizado, junto con todas las expresiones mediáticas que surgieron en torno: comentarios en el portal del periódico, en facebook, twitter, en otros noticieros, artículos de opinión, memes, caricaturas, etc.

Hablaron sobre el atentado en Londres, sobre la caída de un helicóptero en el cerro del Centinela, sobre el intento de Trump por deshacerse del Obamacare, sobre el asalto en una ferretería a las afueras de Mexicali en donde murieron cinco personas, y sobre el video de la estudiante que hizo pública su renuncia al ‘sistema’ y a la escuela. De todas las anteriores, se abrió una discusión alrededor del video de la noticia de la estudiante, todos nos dejamos llevar hacia el por qué había ocasionado tanta polémica. Con el paso de los días el evento continuó propagándose.

A esto lo llamo: el fenómeno vacío mediático, algo que inesperadamente se vuelve noticia, y sigue popularizándose, más por el misterio de haberse vuelto noticia que por la noticia en sí (es un término inventado). Posiblemente esto pasaba desde que la televisión era la reina de todos los medios, o desde el boom de la radio, o en los tiempos de los periódicos, o antes, cuando trascendía un chisme entre las comunidades.

Cuando Trump fue candidato a la presidencia, y después presidente, nos dejó claro que lo que sea se torna material público, además de que cualquiera, sin tener la preparación académica, o una noción de ética y cultura, ni siquiera un discurso coherente, puede ser líder en el espectáculo de la mediática digital; con esto aparentar un verdadero liderazgo.

Hasta el periódico El País tenía en portada la imagen del video de la estudiante, con el gesto que me pareció una mirada de súplica, en donde más que renunciar al sistema caía en este otro sistema, el que hemos creado las masas por medio de las redes sociales y los noticieros al hacer público toda evento de la cotidianidad humana; así la Mars alcanzó la cúspide de la fama instantánea.

Estos actores responden al impulso sediento por llamar la atención, para convertirse en la comidilla de las redes sociales, y de todo el fenómeno vacío, que anuncia “se puede llegar hasta aquí sin tener nada que ofrecer”. Si en algún momento un Martin Luther King o un Gandhi llamaron a los seres humanos por su liderazgo, con discursos pensados, con una vida de trabajo, introspección, pasión por la verdad o por una simple elocuencia del sentido común, ahora quien sea lidera a la masa vacía. La cual está más ajena que nunca de la noción de sí misma. La masa no se reconoce como masa, escribió Freud, apoyándose de Le Bon, quien a su vez decía que las masas piden ilusiones y que dan siempre la preferencia a lo irreal sobre lo real, y lo irreal actúa sobre ellas con la misma fuerza que lo real, rematando con la frase: la multitud es un dócil rebaño incapaz de vivir sin amo. Y menos en las redes sociales, agregaría por mi parte.

Instantes después la masa abandonará a ese líder, asimilando al nuevo que lo surtirá de manifestaciones de la condición humana con otro tipo de espectáculo. Si en la televisión eran quince minutos de fama, en la redes sociales son quince segundos. Porque no es que sea Trump ni la Mars ni Lady Gaga los que tienen el poder, se trata de los miles de millones de personas que estamos dispuestas a no solo escuchar sino a promover el discurso que se nos está dando como pretexto para la reflexión. Respondemos ante un actor que a su vez acata un impulso que no puede sostener ni con acciones ni con palabras, ese mismo impulso que logró conectarse con algo inconsciente en nosotros.

Porque quizás los miles y millones de personas que vieron a la Mars en su intento de revolución, desde el cuarto de su casa frente a un celular, sí están inconformes con el sistema, con todos los sistemas, el político, el económico, el escolar, el cultural, el humano; pero la mayoría no sabemos cómo cuestionarlo, y cualquier intento público nos llevaría a terminar exactamente como la estudiante, sin poder ir más allá que el de sacar nuestra propia desesperación y frustración.

Hay algunos líderes de opinión que intentan expresar una hipótesis de la verdad, de lo que está sucediendo en el terreno de la humanidad como humanidad. Lo hacen con mayor elocuencia, análisis y estudio, y con menos ganas de llamar hacia el protagonismo. Pero no son escuchados por la mayoría, sus palabras pasan sordas o ciegas ante los ojos de aquellos que piden no respuestas sino escapes, catarsis, revelaciones de impulsos primitivos, o viscerales. Esta es nuestra época. Nuestros líderes, los que representan a la mayoría, aparecen y desaparecen ante el espectáculo de los impulsos, totalmente vacíos de fondo, totalmente confeccionados de forma; cada vez son más, convirtiéndose también, y poco a poco en una masa.

Lo único que pude hacer al respecto fue no ver el video de esta joven. Estuve a punto de hacerlo pero decidí que debía “renunciar a ello”. Además de que me lo habían platicado tantas veces que sentía que ya no tenía nada que ver, que ya lo había visto todo.

Pero heme aquí no solo dedicando esto en torno a aquello a lo cual había renunciado, sino que además aceptando que derivan de días de estarlo analizando, así que ¿Cuál renuncia?

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El rechazo os hará libres

Desde niña aprendí a caerle bien a las personas. Crecí en una familia aparentemente normal, aunque naturalmente disfuncional, como creo que son la mayoría, pero no lo aceptaba. Tuve todo lo que podía tener una familia de clase media-media de una ciudad de provincia en frontera. Con este escenario armado le entré al juego. Le gusté a los niños cuando me gustaron, pasé las clases sin estudiar y llegué a la prepa haciéndome acreedora del premio silente pero obvio de la aceptación de casi todos. Si mis treinta tres años pudieran ser medidos en términos del susodicho éxito, a mis 16 yo ya lo había probado. Mi ingenuidad y mi ignorancia tuvieron un papel importante: dejaron que negara todo lo demás que también era parte. (Que sí había dolor, y sobre todo, un mundo allá afuera de mi círculo social).

Es cierto que pasé por sucesos aislados que me revelaban que no todo estaba bien. Las peleas constantes entre mis papás, el silencio de mi hermano, mis ganas de cortarme hasta ver sangre, mis ganas de masturbarme hasta hacerme daño, la relación de mis padres con sus padres, la triste muerte de mi abuela abandonada, la pérdida del negocio de mi papá, y así sucesivamente. Algo en mí sospechaba que no todo lo ‘bueno’ era todo. Pero estaba acostumbrada a aceptar las apariencias, y tenía miedo de ver la verdad de frente. Hasta que en efecto dominó las burbujas se fueron explotando. Se pudiera decir que a los 19 yo ya había experimentado el fracaso. De ahí en adelante me trepé a la montaña de Sísifo, ir y venir, dependiendo de algo fuera de mí para acreditarme algo dentro. Tenía que renovar mis tácticas para jugar el juego porque las reglas habían cambiado. Sentí todo lo que se siente con el rechazo (y el autorechazo); la soledad, la vergüenza, el no poder parar de llorar, la autodestrucción, las crecientes ganas de estar muerta. Me volví adicta a la tragedia, prefería sentir que todo estaba mal antes de volver a caer en las apariencias de que todo estaba bien. Quise llegar al fondo del fondo para después reírme del personaje que había creado, para luego encontrarme perdida en el desierto de mis pensamientos sin reconocer mis propias manos ni pies ni hacia dónde tenía qué caminar.

Montaba un melodrama para sentir el abandono de las personas que más me querían. Amigas, papás, hermano, novios, yo misma. Estaba muy enojada, me sentía traicionada, pero por mí misma pues siempre supe lo que estaba pasando pero nunca me animé a aceptarlo hasta que la situación se fue desmoronando. También me molestaban mis papás, por ser actores del mismo teatro. Pero después vi que cada uno andaba igual, dándose cuenta de la verdad, enfrentándose a ella pero como individuos sin poder dar explicaciones porque también lo estaban entendiendo. Desde entonces voy y vengo entre el rechazo y la aceptación de los demás, que es el rechazo y la aceptación de la que soy, de la que creo que soy y la que no puedo dejar de ser.

Pasados los años he visto cómo la mayoría de mis compañeros que eran los populares en la preparatoria montan el espectáculo de la pretensión —especialmente en las redes sociales— mientras parecen dudosos de los que son. Están esperando a que algo suceda pero no saben qué. No pueden creer que su vida es así pero actúan como si se la creyeran. También he visto como algunos de los que eran los ignorados y víctimas del bullying han asumido talentos que desde la prepa habían surgidos, talentos especiales que volvieron su forma de vida. Caricaturistas, programadores, empresarios, etc. Pareciera que el rechazo los apartó de la masa para que se encontraran consigo mismos. Les dio esa libertad que aparece cuando no tienes nada entonces no hay nada que perder. Mientras que cuando tienes ‘todo’, sientes una presión porque ese todo funcione y continúe sucediendo, sin saber si hay tan solo una partecita de tu esencia que tiene que ver con ello. El sistema social funciona con base a las ilusiones del éxito y el fracaso, ese sol y esa nube tan borrosos como el absurdo sonido de dichas palabras; tener o no tener, ser parte o no ser parte. Resistirse a ello para indagar en el quién soy se vuelve un imposible, así que lo dejas pasar y lo dejas pasar y lo dejas pasar hasta que de pronto tu vida es esa que nunca imaginaste, que incluso rechazabas, y que ahora sientes que debes corresponder a ella mientras te sigue carcomiendo la sensación de no formar parte ni siquiera de ti mismo.

Alejada, enclaustrada, con una vida milimétrica, un calificativo que usaba Pessoa, viviendo en pleno silencio, mientras camino sobre las estructuras derrumbadas de aquel pasado ilusorio, agradezco que así sea este momento, que se me ofrezcan los múltiples rechazos para continuar indagando qué significa ser libre, y qué hacer con esa libertad.

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