postales desde el extranjero / leo luego me masturbo

por luciayciula

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La primera vez que me masturbé, consciente del acto de masturbación, fue a los 21 años. Vivía en Monterrey con una amiga y su hermana. Un par de chicas conservadoras de Ciudad Victoria, Tamaulipas. Al día de hoy, el padre de ambas cree que se casaron vírgenes, y quizá así fue. Yo tenía novio, lo quería un chingo, cogíamos seguido y me gustaba el sexo con él. ¿Por qué me masturbé? No fue falta de sexo.

Más de una de mis amigas me ha hecho la confesión: nunca me he masturbado. Nunca. Las mujeres mexicanas son parte de una cultura sexualmente confundida, pseudo-liberal, de facha conservadora, por lo que: la mujer no se masturba. Na-ah. A la mujer mexicana se la cogen. Soy de una ciudad pequeña, de clase media alta venida a menos, educada por obligación, lectora por ocio y ahora obsesión, liberada por curiosidad.

Siento el aire caliente de las carcajadas, similar al que se siente por detrás del aparato de aire acondicionado, es la risa de las mujeres del DF con características similares a las mías, se ríen mientras preguntan ‘¿Es neta? ¿Hasta los 21 años te masturbaste?’ Y mi jeta asintiendo: es neta.

Estoy en el departamento de Monterrey, tengo 21 años, estoy en mi cuarto, mi novio timbra, le abro, cierro la puerta tras de mí y sonrío, estoy sonrojada, traigo la ‘cara de cogida’, mi novio me pregunta ‘qué onda (con mi sonrisa)’, le confieso: me acabo de masturbar (por primera vez) ‘Ah, ¿sí?’ Vuelvo a sonreír, le cuento algo del cómo, salimos de mi cuarto, saludamos a las hermanas, dejamos mi departamento. Olvidamos la confesión.

Antes del timbre: Estoy acostada en mi cama, leyendo.

¿Qué leía? No sabía nada de literatura; creo que leía Pedro Páramo, quizás Noticias del Imperio o Mundo Alucinante. Esto lo deduzco porque mientras estudié mi licenciatura tomé una (o dos o tres) clases de literatura y leí a Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Fernando del Paso, Reinaldo Arenas.

Leo acostada en mi cama, con una mano sujeto el libro de Juan Rulfo, leo la escena de Susana San Juan; Susana San Juan me atrae y me desespera, siento empatía y desesperación (otra vez). Acaricio mi abdomen, meto un dedo dentro de los jeans, el comienzo de los calzones, avanzo bajo esa delgada tela, llego a los labios externos, los siento. Juego. Labios internos y humedad. Ya no estoy leyendo. El libro está sobre la cama. Juego y siento y me gusta. Sigo hasta entrar, entrar y salir y entrar y salir y llegar hasta donde siento más, quiero más, entro más, siento más… con la otra mano siento mis senos, los aprieto, fuerte, suave, más fuerte hasta que me duele. Acaricio mi pezón. Me meto más en mí… entro-salgo-entro-salgo-entro:        me vengo. Soy la mujer más chingona, pienso. Antes de traducir la sensación en pensamiento, se me va. Se me fue. Mi novio toca el timbre y ya saben lo demás.

Desde entonces practico la masturbación. Entrenamiento, terapia, deporte, religión. Pasé todas las etapas. ¿Hubo alguna relación con leer? No sé. Hoy leo y me duermo, leo y salgo, leo y escribo. El sexo ha pasado a ser eso que puede ser pero que también puede no ser. Es el porro que me puedo fumar o no. La cerveza que me puedo tomar o no. Es el orgasmo que puedo tener o no. Se me antoja un café y para cuando me lo estoy tomando se me antoja algo más. O en lugar de un café me puedo tomar un té, y si tomo suficiente agua, el antojo se me pasa.

Sé que prefiero la masturbación al sexo casual, que no es casual. Es una odisea tantas veces fallida. Utilizar el aparato del hombre como nave (dirigir el mástil) al puerto, mientras finges que todos los detalles no te marean y te dan ganas de vomitar. Que disfrutas el ir y venir de las olas, aunque lo único que deseas es venirte.

Muchas mujeres han sido cogidas antes de cogerse a sí mismas, no busco incentivar la masturbación o hacer una campaña. Pero vislumbro el cuerpo de la mujer y una  necedad de aparentar. Una mujer bella y completa por fuera, pero, extraña por dentro. Conociendo mejor la textura de un filete de pescado que su yo interior. Que su vagina, pues. Abandonada y huida de sí misma. Lista para que otros, los otros, la succionen y disequen. Lista para el extraño y extraña de sí misma. Leer, jugar, sexo casual, masturbación, ocio… Quizás la masturbación nos volverá más libres… O ceder a la inminente y repetitiva curiosidad… Quizás, quizás.

“Susana San Juan oye el golpe del viento contra la ventana cerrada. Está acostada con los brazos detrás de la cabeza, pensando, oyendo los ruidos de la noche; cómo la noche va y viene arrastrada por el soplo del viento sin quietud. Luego el seco detenerse.

Han abierto la puerta Una racha de aire apaga la lámpara. Ve la oscuridad y entonces deja de pensar. Siente pequeños susurros. En seguida oye el percutir de su corazón en la palpitaciones desiguales. A través de sus párpados cerrados entrevé la llama de la luz.

No abre los ojos. El cabello está derramado sobre su cara. La luz enciende gotas de sudor en sus labios.”

-Fragmento de Pedro Páramo, novela de Juan Rulfo