desde el extranjero / tú me dices que esto no es felicidad

por luciayciula

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Es el segundo viernes que llega al departamento versión avestruz: sumiendo la cabeza en alguna alcantarilla del DF, el fracaso es latente: hoy la corrieron: tiene un mes para encontrar otro trabajo.

El problema, según el jefe, y ella coincido, es que es una inadaptada. Así es, no va a las comidas del trabajo, ni a las fiestas con los de la oficina, ni ve los partidos del mundial en la sala de juntas. A la salida corre al departamento para llegar a escribir. Según el jefe: la literatura es una pendejada. ¡Bien, boss! Le quiere decir a su jefe que le ha llamado pendejo a Octavio Paz, a Hemingway y hasta a Sor Juana.

Le marca a una de sus mejores amigas para platicarle, le consuela diciendo “al rato nos vamos a comer”. Hablo con su madre, le confirma que está de la chingada.

Vuelve al depa, se encierra a escribir, y hasta que el hambre es brutal, la amiga nunca le marca y termina por comerse todo los brownies que le regaló otra de sus amigas el día anterior. No hay mejor forma de celebrar el fracaso que con chocolate.

El jefe habla en representación de una mayoría: ¿Quién putas cree en la Literatura? Y no digan que el hijo de Enrique Krauze ¿Quién está dispuesto a creer cuando se va perdiendo “todo”?

Hace años, antes de comenzar a escribir, cayó en uno de esos hoyos negros de la realidad y el tiempo. No conocía la ansiedad ocasionada por la esclavitud del deber de todos los días: dinero y supervivencia. Antes de este agujero su molestia se reducía a relaciones rotas, como el divorcio de los papás. Su familia la apoyaba económicamente y le daban libertad. Nunca hubo un intento por exigirle que trabajara en los negocios familiares, una posible forma de dependencia y restricción de la libertad, tampoco la obligaron a casarse y tener hijos, y tener ese vida normal. “Haz lo que quieras, Lucía”. Y lo hizo, estudió una carrera, se divertió, viajó, salió, conoció gente y lugares; y lo mismo sucedió durante la maestría. Desde hace meses su familia me dijo basta. Si vas a ser una mujer libre, independiente y solitaria: vas a serlo (y hacerlo) sola.

También es parte de la tercera generación de los Treviño, entonces le tocó el derrumbe del pequeño imperio de sus abuelos. Así que… a trabajar. Buscó hasta obsesionarse por un trabajo, le dieron uno y entonces entró a la celda de la rutina, amarrada a una cadena que pesa 8 horas diarias, o más.

Cuando entró a ese primer trabajo pensó: libertad, divino tesoro. Era el mejor trabajo del mundo. Hasta que se dio cuenta: el jefe siempre tiene la razón, tú estás mal, piensas las cosas poco, incluso tu vida y percepción no tienen lógica. El jefe le pregunta “¿Por qué eres tan rara?”. Para él, el empleado debe dedicarle 24 horas al día, de lunes a viernes, al trabajo. Aunque no estés en la oficina, siempre debes pensar en el trabajo. Y si quieres salir a tu hora para escribir entonces no será nunca acreedora de uno de los viajes que rifa, esos cinco días al año en Nueva York con gente del trabajo y con él, ¿Qué tan detestable no suena eso?. Finalmente el jefe continúa exigiendo compromiso con frases como: “paso más tiempo aquí que con mi esposa”. Traducción: claro que se va a meter en la vida personal de sus empleados, porque él pareciera no tener.

La vida de su jefe le es detestable, al igula que su éxito. Aún con 700 pesos en la cuenta, comidas diarias basadas en porciones de atún en lata, la misma ropa con más pelusa, ella no desea ser él, en ninguna parte del mundo. Nueva York o Berlín o en el D.F.

Es parte de la clase media baja en la gran ciudad, estudió, tiene (tenía) un trabajo, no muere de hambre ni pasa frío, pero la misma clase media no acepta que la felicidad no es la misma para todos, es tan subjetiva que hay una versión de felicidad por persona en el mundo, 7 billones de felicidades en el planeta.

El jefe no le desea el mal a nadie, ni busca que el otro sufra, al contrario, su problema es que le desea el bien a todos, quiere que los demás sean felices. Pero felices con su concepto de felicidad. Para él, el éxito es viajar a Nueva York para comer en tal restaurante, tener ropa de marca, que los hijos estudien en tal escuela. Ve a una mujer de 30 años, que come atún todos los días y no está obsesionada con tener más dinero para comprarse cosas chingonas, entonces piensa: “Una fracasada y todavía ¡Le dedica su tiempo a la literatura! Una loca”

Cuando estaba en la prepa, en Mexicali, era parte del grupo de las chicas populares, lo cual significaba: ser aceptada por la mayoría. Estaban sus compañeros inadaptados que tenían máximo dos amigos, nunca deseé ser ellos. Por supuesto que el jefe y todos en su trabajo tampoco desean ser ella.