desde el extranjero / la turista

por luciayciula

Punta de Mita

Entramos a Punta de Mita: un pueblo playero y pescador en Nayarit. Vamos detrás del pick up que lentamente se acomoda, queda la carga de papayas frente a la puerta principal. Sudo el sudor que no he gastado en todo el verano defeño, bajamos escurriendo, buscando mesa.

Desayunamos-comemos: cervezas, aguachile y tequilas. Familias en colores fluorescentes, cabellos trenzados y cuerpos rosáceos, o bien, morenos, o bien morenos. En una mesa se distingue a un hombre de camisa de rayas y pantalón claro, pelo negro engomado, maletín, y sus dos (asumo) guardaespaldas. En chaleco kaki, chícharo en la oreja y una mirada profunda (o vacía). Nosotras vestimos pequeños pedazos de tela que recortan la desnudez.

Se me ocurre una ley: se prohíbe la ropa en terreno playero.

Se acerca un viejo a vender una manta oaxaqueña, es ahí donde ha tejido mi sueño, “si al volver de las Islas, usted está aquí, y me queda efectivo, se la compro ¿Cómo se llama?”

Pedimos la cuenta y nos trepamos al Tiger Mita, con el niño José y el Güero como capitán. El Güero, que realmente es rojizo, tiene la mirada verde: ahí guarda un pedazo del paisaje de la carretera Jalisco-Nayarit. El niño José es muy moreno, “a mí también me dicen güero”, dice el niño José sin reírse, hasta que todos reímos.

Territorio Pato Bobo

Cuarenta minutos en el Tiger Mita hasta las Islas Marietas. El cielo y el mar confunden sus azules, el sol en el cenit y nuestras risas se proponen a alcanzarlo.

El Tiger Mita se detiene, el niño José pregunta si sabemos nadar. “Te juego unas carreritas hasta la entrada de la cueva”, reto al niño que me ignora. Nos clavamos al mar. Nadamos ahogándonos en euforia, con el visor empañado y la boca hecha sal. Somos parte de las densas olas, piedras lisas y verdes, el coral siempre vivo y los gritos de las aves que caen del cielo. Sumergirse: hasta que los oídos citadinos revienten.

Pasamos el primer arco, llegando al gran círculo. El dibujo de la circunferencia perfecta dentro de la gran roca, ahí, una pequeña playa; en las orillas, las entradas a un par de cuevas. El mar nos abraza y mece con la suavidad de una abuela. Flotamos, cae del techo de piedra, gota a gota, el océano, sobre el fondo azul turquesa. Estoy dentro del vaso de donde Dios toma agua.

El niño José tiene 17 años, es moreno (como ya describí), delgado, alto y nunca ha salido de Punta de Mita. Bromea en serio, nos toma fotos y se aleja esperando a que los turistas: nosotras: nos aburramos de tanta belleza.

El niño José y el Güero

Nadamos desde la cueva hacia el Tiger Mita, el niño José me recuerda el reto: ahora sí, unas carreritas hasta la lancha. Va, grito y nado con toda mi alma, que es pequeñita a un costado de la de José. Toco las escaleras del barco. “Ganaste”, me dice. No es cierto, le digo, te dejaste ganar, ¡confiesa!, le pido. “Ganaste”, repite. No te creo nada, le digo. El Güero se ríe. Hay una escuela de peces grises y grandes rodeando la lancha. Nos trepamos al barquito, el tobillo me sangra, lo mantengo fuera mientras recorremos las otras islas. “¿Qué era aquí, antes?”. Las islas eran de pescadores, el Güero platica. Y piratas, bromea el niño. Pero se acabaron los peces y ya no se pesca, determina el Güero. Las Islas son hogar del Pato Bobo, un pájaro de patas en colores azul, verde o amarillo, pasteles. Es un pájaro que trajeron de los Galápagos, comenta la Anabé. Vemos que el Pato Bobo convive con los grandes y abuelos cangrejos rojos, con los pequeños, negros y jóvenes cangrejos, con las gaviotas, y el pelícano que contempla o duerme. Terminamos de dibujar el recorrido, el Tiger Mita inicia el regreso, es el cuchillo que pasa ondeando la mantequilla de mesa.

La sinfonía mitense

Estoy en la punta del Tiger Mita, vuelvo a Punta de Mita. La piel con los poros abiertos, los vellos erizos, labios salados, las trenzas escurren en mi pecho del agua del vaso de Dios. Las voces del mar, la sinfonía se orquesta entre aires y silencios, el sol camina y se despide soltando pinceladas de plata, en las aguas de un azul cada vez más oscuro. Este el mar de Monet.

“Tierra”, grito. E imagino el grito de los navegantes que después de 70 días se encuentran con tierra de nuevo. Mis amigas se burlan y todas nos damos cuenta que nadie sabe cuánto duró el viaje de Colón a las Bahamas, hasta ahora que lo busco.

Punta de Mita crece, estamos cada vez más cerca, agotadas de la soleada felicidad. Bajamos de la lancha, nos despedimos del Güero y el niño José; y antes del segundo paso en la arena, me aborda Alfonso. El hombre de las mantas oaxaqueñas, con una bolsa de plástico azul en la mano, y mi manta en sueño tejida, en la otra. Alfonso penelopesco ha bordado y desbordado la manta hasta que mi pie pisa la arena de nuevo. Grito de emoción, abro la cartera y le entrego la cantidad exacta y la única que me queda. Alfonso me agradece, se retira, toma asiento en una silla de plástico sobre la arena, se levanta un poco la gorra negra con las letras NY inscritas, se seca el sudor y observa al sol apagando sus últimas llamas en las aguas del Pacífico. En el estacionamiento nosotras sacudimos la arena de los pies hinchados que hace tiempo no pasaban el día libres y desnudos.