desde el extranjero / en el silencio y la soledad

por luciayciula

IMG_6432

No quiere anotar recuerdos. Diario: retener lo que no es. Lo que es, es que está acostada, molesta, no se puede dormir, estos minutos de vida le sobran.

Escucha los martillazos en el piso de abajo, intentan hacer algo con ese café, se han decidido a remodelarlo. Observa el techo, hastío, estúpida vida, calla cabeza. Brinca, sale a tocarles, en piyama, señora de vecindario, se cubre los pechos con las manos, pregunta, “cuánto más van a seguir taladrando”. Evaden su mirada contestan que ya fue. Sube. Escucha tres golpes más, golpea el suelo con el tobillo. Enojada. Lleva una eternidad cambiando su vida para seguir sintiéndola la misma, para seguir sintiendo que necesita cambiar su vida. Lee libros que le anuncian: tu vida no es. 

El final

Despierta muda del hartazgo, encerrada en el cuarto, la buscan, está enferma, loca, ha perdido.

Los hijos de su hermano platicarán de la tía Lucía, aquella que una mañana amaneció muda (y loca). La abuela Lucía, porque madre e hija son Lucía, viaja al DF junto al ex esposo y padre de Lucía, con el abuelo Alejandro, para que ambos conozcan la situación. La situación: su hija Lucía se ha vuelto muda (y loca). Los ve a los ojos: recto, fijo y no responde. No habla, ni hablará.

¿La tía Lucía, come? No. Va al baño, toma agua y se lava los dientes. Los padres de Lucía la observan muda viéndose al espejo mostrándose los dientes.

El encierro en una clínica. ¿Podrá escribir? No debe. Estarán sobre ella, intentando leer lo que no habla. Aunque escriba historias de otras, de otras Lucías que nada tienen que ver con ella.

El indicio

Alguna vez, cuando era más joven, la tía Lucía se encerró un fin de semana. Con nada en el refrigerador, comía sólo un plato hondo de arroz blanco a las 5:00 de la tarde. El encierro comenzó el viernes por la mañana. Sólo recuerda lo que hizo el sábado. Un sábado de 72 horas. Se levantó y limpió el departamento a detalle. Un departamento chico: cuarto, baño, cocineta y estancia. Después se sentó, pensó, prendió música y bailó. Vestía una bata negra de algodón. Internet desconectado, celular en off, persianas abajo. En el encierro autoimpuesto, nunca sintió desesperación. Aquí la (¿primera?) señal de una posible futura y permanente mudez.

El ser humano es el animal que habla. Conoce y habla, cree y habla, aprende y habla, escucha y habla, no escucha y continúa hablando. Así el humano menos solo, menos vacío, disipa (o incrementa) la bruma.

El comienzo

¿Qué la animó a hablar por primera vez? ¿Por qué pronunció (eructó) la primera palabra? ¿Imitó a su madre, quiso jugar con ella? Sin saber las dos, porque entonces ninguna sabía, que al final, la condición de su hija Lucía es el silencio.

Las palabras caen a la calle, circulan en el siento, se encharcan. Palabras incrustadas en las espaldas de los viejos, paseando a los niños de la mano. Frases mutiladas u obesas, que definen lo opuesto. La concreta doble negación que se impone, semillero de excusas ¿Quién puede asegurar que sabe lo que dice?

La búsqueda: La religión de la mudez, la práctica consciente y constante del silencio. Si en la oficina te encuentran seco de sonidos, te reconocen fiel creyente de la mudez.

¿Cuál será su última palabra? ¿Cuáles son las más pronunciadas palabras en los últimos momentos de vida de los humanos? ¿Mencionan a Dios, se refieren al tiempo, al amor, o a la misma muerte? Se habrá preguntado alguien antes de morir ¿Por qué no guardé todo en el silencio?

Los paisajes más vivos que se han visto: bosques azulados, playas hirviendo, desiertos lineares, ciudades brillantes, la prueba, no tienen a ningún ser humano por ahí balbuceando.