en torno al sui

por luciayciula

 

L.- ¿Cómo le llamarías?

C.- Un impulso. Es un impulso de muerte.

L.- ¿Por qué le dices sui?

C.- Hace algún tiempo un amigo me escribió un correo, y lo describió así “estoy al borde del sui”, yo sabía que era cierto, que así estaba y lo escribió así porque eso pasa, ponerlo en palabras es evidenciar lo absurdo, lo vano, da risa, también dan ganas de llorar, una mezcla de sentimientos crudos y reales.

L.- ¿Tú lo has sentido? ¿Has estado al borde del sui?

C.- Lo siento todo el tiempo, ahora sé que no lo voy a hacer, por lo menos no en este momento (risas) pero también sé que no lo voy a dejar de sentir.

L.- ¿Por qué no lo vas a hacer?

C.- Porque lo decidí. Me he dedicado a cultivar una sensación contraria, un impulso de vida, muy parecida a la que recuerdo que se desarrolló cuando era una niña, una adolescente. En mi niñez sentía más vida que muerte, aunque desde que estaba chica llegué a tener ganas de un escape “permanente”.

L.- ¿Y luego cambió?

C.- Sí, con el paso del tiempo la sensación se volvió más muerte que vida.

L.- ¿Por qué?

C.- Tengo la hipótesis de que me adelantaba a todo. Trataba de entender antes que vivir. Era buena para escuchar pero después también me puse a leer y a crear mis propios conceptos y quería imponerlos como una verdad. Como si quisiera quitarle la palabra a la vida. Me confundía, me desilusionaba, me enojaba, me deprimía, me cansaba, me desesperaba tanto conmigo misma, me cansaba tanto de mis pensamientos que quería desconectarme (para siempre).

L.- ¿Y cómo cambió?

C.- (suspira) Comencé a detenerme en todo lo que se me presentaba. Lo que se me cruzara. Me forcé a ver las cosas de manera distinta. Primero fue a la fuerza, después fui cooperando y soltando, que se me mostraran tal y como son, sin mi control, sin adelantarme, sin sugestionarlas. Sin miedo. Una frase, una persona, una situación, un paisaje. Escuchar, escuchar, escuchar. Y callar, callar, callar, callar a esa voz que se adelanta, que además estaba, y sigue estando llena de miedo. Es contradictorio pero el miedo a la muerte era lo que más me empujaba a desearla.

L.- ¿Tú voz está llena de miedo?

C.- Sí. Estaba y todavía está. Lo que me pasó es que acumulé tanta información de todo el alrededor que sentí que ya sabía todo. No lo decía, al contrario, estaba muy calladita, pero  si una persona me saludaba, ya tenía una explicación de su gesto, de la manera en la cual iba vestida, de lo que me platicaba acerca de ella, y todo lo tomaba a la defensiva, según yo esa persona, su saludo, su forma de vestir eran un ataque hacia mí.

L.- Pero, ¿cómo cambió?

C.- Aterrizaje forzado. Cambié de lugar, estuve mucho tiempo sola, y estando sola me escuché, me di cuenta que era yo, que los demás, contrario a lo que yo creía, me hacían bien. Cuando comencé a reconocerlo fue súper difícil porque era como estar saliendo de un agujero lleno animales que me mordían pero en donde yo era incapaz de verlos porque todo estaba oscuro. Escarbaba con las uñas sin saber hacia dónde iba hasta que vi un destello. En el encierro comencé a quedarme callada y a escucharme. Hasta que me salía intentando escuchar el alrededor. Ir y venir, ir y venir, haciendo el esfuerzo todo el tiempo.

L.- Te diste cuenta que eras tú.

C.- Me di cuenta que el mundo no quería que me matara —me da risa la frase porque parece salida de una tragicomedia—  yo era la que inventaba todo ese discurso. Ahora no pienso tanto, pienso que aquí estoy, que aquí estamos todos y andamos en lo mismo. Escuché como todos palpitamos igual, no solo los seres humanos, sino todo lo que vive. Y sentí, sentí esas ganas de seguir así como estoy, viva.

L.- ¿Qué tan cerca estuviste de hacerlo?

C.- Muy cerca. Esta última vez, porque he tenido otros arranques, verdaderamente sentía una fuerza por hacerlo, una fuerza que salía de mi control. Por semanas subía a la azotea de un edificio de siete pisos, me paraba en el borde, veía el estacionamiento, todo a oscuras iluminado por un faro amarillo, y decía ya, pero no lo hacía, y otra vez ya, y nada. Después comencé a subir en la mañana, cuando recién me levantaba, y como tampoco me aventaba me ponía a tomar fotos. Seguramente me ponía a tomar fotos en un intento por volver el asunto hacia algo superficial, no sé.

L.- Entonces tú sabías que no lo ibas a hacer…

C.- No, no sabía. Subía y esperaba a que el impulso me llevara al sí o al no. Había un momento, un momentito en el que sentía toda la fuerza del sí, todo el peso, era también cuando me llegaban recuerdos, o pensaba en algunas personas, o imaginaba mi cuerpo en el piso, al vecino que se lo iba a encontrar, la idea de que mi mamá iba a recibir una noticia así, todo eso, todo eso también me ayudaba a sentir que no. La culpa. Porque si el suicidio son una ganas de desaparecer para no sufrir y no molestar, pues estás causando sufrimiento con esa forma de desaparecer. Así que terminaba tomando una foto del paisaje y volviendo a casa con toda la ansiedad del mundo a comenzar con el día, o a intentar dormir, si era de noche.

L.- ¿Y ya no te pasa?

C.- Claro que me pasa, me pasa todo el tiempo, si lo pienso ahorita, si lo hago consciente, me pasa, nada más que ya no me dejo llevar, lo dejo pasar; o lo agarro y lo volteo… lo aviento para el otro lado, escuchando el alrededor, a las personas, moviéndome, meditando, caminando, leyendo… el agujero vuelve a aparecerse en el camino pero esta vez lo brinco, y vuelve a aparecerse y lo brinco y vuelve a aparecerse y lo brinco.

L.- ¿Cómo?

C.- Así, asumiendo la idea de que así como eres muerte eres vida, así como todo el tiempo estamos a punto de morir, estamos a punto de vivir todo el tiempo. Así.

 

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