No compartirás

por luciayciula

Te voy a mandar un video buenísimo sobre cómo debemos educar a nuestros hijos, aunque son cinco minutos, de verdad valen la pena, otro sobre los pensamientos negativos y positivos, está medio raro porque sale la imagen azulada de un viejo indio cherokee con una musiquita de flautas, ya sé que el diseño ni al caso pero te lo juro que te va a servir, y  ya que estoy en esto, de una vez te hago llegar el de unos chavos que avanzan hacia la cámara en algo que parece una moto aunque realmente es una bici, pero como uno de ellos va tocando la trompeta ¡Está muy chistoso! ¿Ya viste el de la stripper que al colgarse del tubo abierta de piernas azota en el piso trayéndose un pedazo de techo? ¡El de la señora que llega a un restaurante y le da una golpiza a todos los de la mesa! ¿No? Pues te los voy a mandar todos ¿Por qué? No sé quizás creo que si te mando todo esto es porque tú también sientes lo que siento y de alguna forma terminaremos conectando ¿No?

Eso parece. Pareciera que con un clic vamos a ‘resolver’ el misterio de aquello que sentimos. Incluyendo todo. Cada contenido que sale a la luz digital nos arroja una sensación momentánea de responder lo que es el sentido de la existencia humana. Quizás no es para tanto, pero sí hay unas ganas de lidiar con esos instantes de imposibilidad. Lo imposible como lo describía Bataille, esa paz que no encontramos con lo que hacemos, tenemos y somos, que nos lleva a cuestionarlo todo y profundiza las sensaciones de tristeza y vacío; que nos hunde en el sinsentido. Pessoa lo llamaba desasosiego, Kundera levedad.

En todo contenido digital aparecen seres humanos que piensan, hablan o evidencian la condición humana, que reflexionan en torno a la existencia y las formas de relacionarnos. Cuando le pasamos el video al otro llegamos a creer que estamos compartiendo. Pero ¿Qué tanto queda de ello?

Las sensaciones de hartazgo, soledad y el reconocimiento del absurdo nos recuerdan que estamos de paso, y también, que seguimos vivos. De resolver algo en un solo clic ¿Volverían las mismas preguntas y sensaciones todo el tiempo? Al final seguimos resignándonos a lo que hemos configurado como nuestra vida, mientras fantaseamos con otra posibilidad. Somos actores que respondemos compartiendo. Si lo comparto ayudo, si lo comparto soy, si lo comparto tengo, si lo comparto siento (o dejo de sentir), si lo comparto tal vez me transformo en eso que quiero, deseo, por favor, ojalá, lo suplico.

En la era del instante el instante ya terminó. Para cuando deseas recuperarlo caes en la bruma del dónde estoy, quién soy, a dónde voy, de dónde vengo y ¡Por qué he estado perdiendo tanto tiempo en algo que ni siquiera siento! Compartir todo contenido digital se ha vuelto la pastilla para enmendar el dolor humano, y así, su efecto es momentáneo, o peor, causa mayor dolor. ¡Ni con toda la información del mundo! Porque no hay una conexión entre lo que leemos, vemos y lo que vivimos. Antes el conocimiento se iba adquiriendo con la experiencia, ahora tenemos a la mano cientos de historias y pensamientos que no sabemos qué hacer con ellos. Lo que nos pasa lo dejamos pasar porque es doloroso, hasta que llega ese video que nos da una explicación y entonces lo ‘resolvemos’.

Lo impresionante es que cuando finalmente se han reunido un grupo de amigos que hace meses no se veían, la plática termina secuestrada por un video en donde un hombre se sube a un microbús a pegarle al chofer y todos nos estamos riendo.

La propuesta no es dejar de compartir ni de ser parte de la dinámica virtual que llegó para quedarse. Pero, ¿qué tanto queda de nuestra vida real? ¿Quiénes se siguen llamando por teléfono para reflexionar sobre sus vidas en lugar de enviarse reflexiones? ¿Quiénes logran mantener una conversación que hable de su propia condición humana en lugar de mostrarle al otro la vulnerabilidad de unos desconocidos?

Compartir nuestra sensación de imposibilidad haciéndola pasar por las mejores intenciones va engrosando el disfraz del “yo estoy bien, ya lo sé todo, puedo solito, es más, te mandaré algo al respecto para comprobártelo”, tan pronto como terminamos de enviarlo todo ese espectáculo se nos viene abajo, cuando nos tenemos que enfrentar de nuevo (y hasta la muerte) a nuestra vida real.

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Ilustración de Tallulah Fontaine