El rechazo os hará libres

por luciayciula

Desde niña aprendí a caerle bien a las personas. Crecí en una familia aparentemente normal, aunque naturalmente disfuncional, como creo que son la mayoría, pero no lo aceptaba. Tuve todo lo que podía tener una familia de clase media-media de una ciudad de provincia en frontera. Con este escenario armado le entré al juego. Le gusté a los niños cuando me gustaron, pasé las clases sin estudiar y llegué a la prepa haciéndome acreedora del premio silente pero obvio de la aceptación de casi todos. Si mis treinta tres años pudieran ser medidos en términos del susodicho éxito, a mis 16 yo ya lo había probado. Mi ingenuidad y mi ignorancia tuvieron un papel importante: dejaron que negara todo lo demás que también era parte. (Que sí había dolor, y sobre todo, un mundo allá afuera de mi círculo social).

Es cierto que pasé por sucesos aislados que me revelaban que no todo estaba bien. Las peleas constantes entre mis papás, el silencio de mi hermano, mis ganas de cortarme hasta ver sangre, mis ganas de masturbarme hasta hacerme daño, la relación de mis padres con sus padres, la triste muerte de mi abuela abandonada, la pérdida del negocio de mi papá, y así sucesivamente. Algo en mí sospechaba que no todo lo ‘bueno’ era todo. Pero estaba acostumbrada a aceptar las apariencias, y tenía miedo de ver la verdad de frente. Hasta que en efecto dominó las burbujas se fueron explotando. Se pudiera decir que a los 19 yo ya había experimentado el fracaso. De ahí en adelante me trepé a la montaña de Sísifo, ir y venir, dependiendo de algo fuera de mí para acreditarme algo dentro. Tenía que renovar mis tácticas para jugar el juego porque las reglas habían cambiado. Sentí todo lo que se siente con el rechazo (y el autorechazo); la soledad, la vergüenza, el no poder parar de llorar, la autodestrucción, las crecientes ganas de estar muerta. Me volví adicta a la tragedia, prefería sentir que todo estaba mal antes de volver a caer en las apariencias de que todo estaba bien. Quise llegar al fondo del fondo para después reírme del personaje que había creado, para luego encontrarme perdida en el desierto de mis pensamientos sin reconocer mis propias manos ni pies ni hacia dónde tenía qué caminar.

Montaba un melodrama para sentir el abandono de las personas que más me querían. Amigas, papás, hermano, novios, yo misma. Estaba muy enojada, me sentía traicionada, pero por mí misma pues siempre supe lo que estaba pasando pero nunca me animé a aceptarlo hasta que la situación se fue desmoronando. También me molestaban mis papás, por ser actores del mismo teatro. Pero después vi que cada uno andaba igual, dándose cuenta de la verdad, enfrentándose a ella pero como individuos sin poder dar explicaciones porque también lo estaban entendiendo. Desde entonces voy y vengo entre el rechazo y la aceptación de los demás, que es el rechazo y la aceptación de la que soy, de la que creo que soy y la que no puedo dejar de ser.

Pasados los años he visto cómo la mayoría de mis compañeros que eran los populares en la preparatoria montan el espectáculo de la pretensión —especialmente en las redes sociales— mientras parecen dudosos de los que son. Están esperando a que algo suceda pero no saben qué. No pueden creer que su vida es así pero actúan como si se la creyeran. También he visto como algunos de los que eran los ignorados y víctimas del bullying han asumido talentos que desde la prepa habían surgidos, talentos especiales que volvieron su forma de vida. Caricaturistas, programadores, empresarios, etc. Pareciera que el rechazo los apartó de la masa para que se encontraran consigo mismos. Les dio esa libertad que aparece cuando no tienes nada entonces no hay nada que perder. Mientras que cuando tienes ‘todo’, sientes una presión porque ese todo funcione y continúe sucediendo, sin saber si hay tan solo una partecita de tu esencia que tiene que ver con ello. El sistema social funciona con base a las ilusiones del éxito y el fracaso, ese sol y esa nube tan borrosos como el absurdo sonido de dichas palabras; tener o no tener, ser parte o no ser parte. Resistirse a ello para indagar en el quién soy se vuelve un imposible, así que lo dejas pasar y lo dejas pasar y lo dejas pasar hasta que de pronto tu vida es esa que nunca imaginaste, que incluso rechazabas, y que ahora sientes que debes corresponder a ella mientras te sigue carcomiendo la sensación de no formar parte ni siquiera de ti mismo.

Alejada, enclaustrada, con una vida milimétrica, un calificativo que usaba Pessoa, viviendo en pleno silencio, mientras camino sobre las estructuras derrumbadas de aquel pasado ilusorio, agradezco que así sea este momento, que se me ofrezcan los múltiples rechazos para continuar indagando qué significa ser libre, y qué hacer con esa libertad.

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