estaciona/miento

por luciayciula

Todo lo que escribo es ficción, hasta esas ideas por las que apuesto la vida; sobre todo esas ideas. Pero me convierto en actriz, me repito el guión fantasma, actúo y me la creo. Sé que no solamente lo hago yo, sino la mayoría de los seres humanos. Hay quienes se repiten la misma ficción todos los días de su vida hasta la muerte. Se dedican a perfeccionar una historia recurrente. Este soy yo, se dicen. Mientras van recopilando todos los elementos para adornar ese yo, que es uno solo y que no se sale de los límites de los mismos pensamientos que han tenido por años.

Un joven de veinticuatro años ingresó a una maquiladora de una ciudad de frontera, lo hizo antes de terminar la carrera pensando que lo haría “por mientras”; mientras conseguía otro trabajo, mientras iba definiendo lo que verdaderamente le interesaba, mientras conocía todas las posibilidades que tenía a su alcance. Terminó su carrera, lo ascendieron de puesto, entonces comenzó a estudiar una maestría relacionada con ese trabajo, además de que en la Universidad le ofrecieron beca. No importaba si la maestría le gustaba o no. Cursó la maestría y siguió trabajando pensando que lo haría por mientras. Una vez más. Mientras algo más atractivo se le presentara, mientras definía para qué era bueno, mientras se decidía a buscar otra cosa. Así pasaron los años. Diez años. Ahora es directivo de esa empresa y aunque ha pensado que pudiera ser algo más permanece en la misma rutina que ha elaborado durante esos años. No es que no haya cambiado nada,  ha incluido una serie de actividades, modificado otras. Se repite, los demás también se lo dicen, que tiene un muy buen puesto, que ninguna empresa le ofrecerá algo mejor, que su conocimiento se ha especializado en eso que esa maquiladora necesita. A sus treinta tres años llegó al puesto más alto de su área. Su estacionamiento tiene un letrero con su nombre y apellido. Ese joven que se ha vuelto un hombre se ha repetido el mismo guión en esos diez años, se ha dicho que su vida es así, que no pudiera ser de otra manera, que es buena y ahora incluye la palabra éxito para referirse a ella.

Como él todos estamos en esa constante elaboración de nuestro discurso acerca de quiénes somos. Esto me gusta, decimos. En esto trabajo. Esta soy. De esta persona me he enamorado. Esto me importa. En esto creo. No me atrevo a decirle a nadie que se trata de una ficción intercambiable por cualquier otra, pero lo pienso. Soy una espía de la realidad que usa la fantasía para sembrar dudas, para reconocer eso que aseguran con sus palabras, más no sé si es parte de su silencio. Se estacionan en este soy, esto quiero, esto puedo. Mienten.

Ahora que soy adulta, que tengo que serlo a pesar de que no puedo ni quiero, reconozco que existen cientos de caminos que se bifurcan para la búsqueda de quiénes somos. También hay varias salidas de emergencia aunque llevemos miles de kilómetros recorridos en una carretera. Cada vez es más difícil pedir un tiempo fuera para pensar, o no pensar, para dejar de ser parte de una sociedad que silenciosamente grita exigiendo un deber ser. No me sorprenden las murallas que van construyendo los individuos, las parejas, las familias, los círculos sociales. Todo se va volviendo una piedra más en ese muro fantasmal. El trabajo, la rutina, el régimen alimenticio, las creencias. Eso mismo se va dividiendo en objetos, viajes, actividades, rituales, decisiones; el ahogo del tiempo libre porque el ser humano adulto ha dejado de serlo.

En toda crisis que he pasado envidio a aquellos que siguen puliendo una misma historia, mientras que en mi caso tengo que acordarme en qué personaje estoy y qué hace. Dónde vivo, qué hago, quién soy y qué estoy buscando. Si pudiera ponerlo en un guión tendría que crear varios libretos distintos. Crisis como no puedo estar en un mismo lugar así que huyo, o no puedo parar de llorar y creo de verdad creo que no dejaré de hacerlo. Cuando la crisis pasa, de pronto me encuentro contemplando y sintiendo lo que sea que siento sin darle mucho peso, la buena pausa de la libertad me toma por completo. Esa que llena los pulmones del cosmos. Aunque no tengo un mismo guión todos los días me vuelco a perfeccionar el guión en turno porque en realidad no soy diferente al que trabaja un mismo libreto.

Alguna vez escuché el discurso de un escritor que proclamaba que todos deberíamos ejercer la resistencia desde nuestro lugar en el mundo. Usando la palabra resistencia como diciendo que no hay que dejarse llevar por el miedo y por aquello que no creemos. Recuerdo que levanté la mano, sin darme cuenta, para hacerle la siguiente pregunta “Usted que tiene la escritura como catarsis habla de resistencia, ¿qué sucede con el resto de las personas que no escriben o no pueden abocarse a la creación?”. El escritor se quedó un rato en silencio después dijo que haciendo lo que hacíamos podríamos ejercerla. Como si estuviéramos en una guerra constante con la realidad, pensé, soportando. Después me quedé pensando, dije no, no se trata de aguantar, sino más bien de soltar que eso que hacemos es lo que nos vuelve nosotros, que eso que decimos que somos nos crea una identidad inamovible, y que lo que imaginamos no es parte de nosotros. Por lo que rescato a aquel joven ahora adulto que seguramente fantasea en su silencio con ser otro.

Toda esa ficción que se queda en el aire, que quizás no logramos concretar pero nos lleva a continuar viviendo, que lleva también a ser parte de la experiencia humana, nos va generando una esperanza que nos permite, finalmente, ser. Nuestro límite como seres humanos no termina donde decimos que somos, también llega hasta eso otro que no podemos encasillar todavía en algo, eso que pensamos que podemos ser y que quizás algún día, a pesar de ser adultos, también intentaremos.

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