doña Coqui

por luciayciula

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Hace unos meses estuve en la ciudad de San Cristóbal de las Casas, llegué ahí por intuición, recién había terminado de leer Balún Canán de Rosario Castellanos, era la ciudad favorita de un exnovio al que había querido mucho, y mi presupuesto era poco; en ese momento estaba en Guadalajara de donde había vuelo directo a Tuxtla. Me fui sin un plan, sin haber investigado nada, tenía solo la reservación del hostal en donde me iba a quedar. Conocí a María, una mujer joven que me recordaba a la Mary de la película de Ben Stiller, esa de la escena famosa en la que aparece con el fleco tieso, pero me recordaba a ese personaje porque le gustaba a todo mundo. En donde dormiría era un cuartitito al que me acostumbré rápidamente, por encima de las ventanas alargadas se colaban las flores de una nochebuena que estaba plantada afuera; no sabía que las nochebuenas pudieran crecer tanto. No recuerdo si ese mismo día que llegué conocí a Doña Coqui o fue hasta el otro, tampoco sé en qué momento la empecé a conocer de verdad, a veces esperaba el momento para escucharla, me encantaba que por ejemplo dijera “señorita Lucía me salieron alas”, eso quería decir que había salido de su casa con prisa, que ni siquiera había alcanzado a desayunar.

Después de haber estado tres semanas en el Hostal Amatzolli, (María me dijo que Amatzolli significaba mujer trabajadora), le pedí una entrevista a Doña Coqui. Solo así pude realmente conocer algo de esa tierra tan abundante y misteriosa, a través de una mujer que se abría totalmente a compartir algunas de sus experiencias, que ha vivido toda su vida en San Cristóbal.

¿Qué día nació, dónde y qué sabe de su nacimiento?

Nací el 26 de octubre de 1960 en San Cristóbal de las Casas en el barrio de mexicanos, la partera empírica fue doña Dominga.

¿Cuáles son sus recuerdos de infancia?

Fui muy inquieta, muy traviesa, hacía lo que hace un hombre, subirme a los árboles, a los techos como araña, a las casas, es lo que recuerdo. Jugaba yo mucho canicas, en antes eran canicas, en lugar de jugar muñecas jugaba yo canicas. Cuando me crecí más y mi mamá me quité eso de jugar canicas porque pensaba que era para los hombres, empecé a jugar a la muñeca pero no me gustaba la muñeca, me gustaba jugar más de que me casaba, que me pusieran un velo, y agarraba un chal viejo y lo añadía con otro porque quería tener la cola más larga (risas). Todas decían que querían ser la novia y yo les decía si quieren que yo juegue yo voy a ser la novia, porque yo me voy a casar cuando sea grande, y me voy a casar y voy a arrastrar la cola muy grande. De mi niñez es lo que recuerdo.

¿Qué era lo que más disfrutaba cuando era niña?

Lo que más disfrutaba era la navidad, porque decía que existía Santa Clos y que me iba a traer muchos regalos. Era el 24 de diciembre porque el 25 eran muchos regalos. Y después de diciembre escuchaba un avión y yo pedía a mi hermanito, que lo iba a traer en avión, que lo iba a traer la cigüeña. Todos los niños en esa época que yo nací decían que los niños los traía la cigüeña o los traía un avión, es lo que recuerdo que quería mucho a mi hermanito y la navidad.

¿Tiene hermanos o hermanas?

No tengo hermanas ni hermanos, soy hija única.

¿Cómo se lleva con sus papás; cómo se ha llevado con ellos a lo largo del tiempo?

Desde la niñez, que yo recuerde, muy bien con mi mamá, con mi papá no, porque él fue un carácter muy fuerte, muy de insultos, de golpes. Ya después cuando me fui creciendo, a mis 15 años, él dejó de esa etapa, él vio que ya era yo una persona grande, una señorita, entonces él ya cambió conmigo, pero cuando fui niña él no, fue muy autoritario conmigo porque tuvo muchas parejas desde esa época, desde que tengo uso de razón, de mis cinco o seis años hasta los catorce años él tuvo muchísimas parejas entonces era muy autoritario conmigo.

¿Qué sabores, olores, colores recuerda más de su niñez?

De mi niñez donde me crecí con mi abuela materna, la fruta que me gustaba muchísimo que ahorita ya no hay, se llama albaricoque, era una fruta parecida al durazno, chiquita pero era muy rojita, y era la fruta que más me gustaba, y lo identificaba el olor con los ojos cerrados. Y era la fruta que más me gustaba más más más más. Y el jardín de mi abuelita, porque mi casa de donde me fui de vivir no teníamos jardín, hasta la fecha es muy chiquito, pero la casa de mis abuelitos era con jardín y bien grande. A parte del jardín atrás con elote, con haba, tenían huerto muy grande, con todo, pero la fruta que recuerdo es el albaricoque, ahorita ya no hay aquí, ya no, es una fruta como de 1800 esa fruta que vino de lejos y lo sembraron y se crecía como el árbol de durazno, igual, igual, pero era muy rico.

¿De la escuela qué recuerda? ¿Estuvo en la escuela?

Sí estuve, estuve en la primaria, en antes, había como el kínder, bueno, yo entré como a los cuatro años en la primaria de parulito, y tuve dos años de parulito, pero en ese entonces en esa etapa no me gustaba, yo me escapaba de la escuela siendo una niñita chiquitita me escapaba, y ya después terminé el quinto año en una primaria y el sexto lo terminé en la noche, en la mañana trabajaba con mi mamá. Trabajaba en la panadería, hacía pan, hacía tortillas a mano en la mañana, y en la tarde ya estudiaba el último año de la primaria.

¿Cuándo se enamoró por primera vez?

Uhh. (Risas, más risas). Me enamoré por primera vez a los 18 años y el joven ya falleció, se llamaba Javier. Ya falleció. Después no me he vuelto a enamorar. (¡¿No?!) No. (Risas ¿nerviosas?). No, ¿le digo la verdad? No.

¿Cuáles han sido los momentos más felices de su adolescencia o juventud?

El primer momento fue cuando me enamoré de aquel joven, yo no sabía qué era el amor, entonces nos separamos y cuando yo lo vi yo sentía mariposas en el estómago, ahí comprendí yo que yo estaba enamorada, con mi gran ignorancia. Cuando yo conocí a través del tiempo las cosas de Dios entonces ahí me volví a enamorar. Ahí volví a sentir otras cosas muy diferentes como sobrenatural, de Dios, espiritualmente hablando.

¿Algún momento en el que usted recuerde haber sentido mucha felicidad?

Una experiencia cuando yo me fui a Boca del Cielo y ahí estaba con toda mi familia y ahí miraba el mar que se perdía con el cielo, de repente fue algo sobrenatural para mí porque me vi alejada con una vara, escribiendo unas letras como de un metro puse con la mano derecha “Dios nos ama”, en el momento en el que escribí esas palabras como que estaba en otro nivel, sobrenatural, espiritualmente hablando, cuando yo escribí eso veía el mar y decía que Dios lo hizo todo, cuando yo volteé a ver estaba como a unos 100 metros de distancia de mi familia, yo los veía muy felices disfrutando del mar, entonces yo tuve una experiencia de que pasaba un joven corriendo y como que no existía yo, entonces siento que Dios me habló pero me alejó de mi parentela, de mi familia hacia otro lugar.

¿Qué es lo más difícil que ha vivido? Si quiere contarlo.

Lo más difícil, bueno desde mi infancia fue… la pobreza (se le quiebra la voz) muy fuerte.

Doña Coqui se suelta llorando, le digo que si quiere dejar de hablar que no pasa nada, que no tiene que contarlo, pero ella sigue.

De mi infancia fue la pobreza, y después cuando me casé, no me casé enamorada, entonces siento que todo ese tiempo no he sido feliz, y quizás eso ha repercutido en mi manera de vivir, en antes era muy amargada, yo no lloraba, no contaba nada con nadie, era muy deprimida, apartada, entonces cuando yo conocí las cosas de Dios, él me cambió, él me hizo de que yo aprendiera a perdonar y a llorar, porque yo no podía llorar, muchas cosas estaban adentro guardadas en mi corazón y parte de eso era la amargura, la desesperación, el odio, el rencor; aprendí a perdonar, realmente perdonar, no de boca, de corazón. Mucho tiempo visité psicólogos y psicólogas, no me cobraban nada, era de parte del gobierno, pero era como quien tiene un vicio porque sentía que volvía a recaer en mi carácter, en esa amargura, en esa desesperación, quería arreglar la vida de mi esposo, de mis hijos, pero no arreglaba antes la mía. Por mi gran ignorancia y quizás por mi falta de amor de mis padres, ellos no tenían tiempo para mí, pues mi mamá se lo vivía trabajando y peleando con las parejas de mi papá, y buscando otros caminos para tenerlo atrapado, entonces no tuve esa infancia, ese amor, ese apapacho, un beso, un abrazo. Entonces lo que uno no recibe no es fácil darlo, con los hijos yo me ha costado mucho, pero digo ahora es tiempo de que estoy viva y voy a aprender a dar lo que yo no viví. Y la felicidad más grande es cuando uno da a luz, es una gran bendición tenerlo, es un anhelo, poder tener al hijo en los brazos, y después ser abuela.

¿De qué está agradecida?

Primeramente con Dios, y también de haber estado en el vientre de mi madre, porque ella estuvo paralizada entonces no se meneaba, pero su vientre sí se meneaba a los ocho meses. Entonces le doy gracias a Dios por mis papás porque sin ellos no estuviera aquí en la Tierra. Con mi gran ignorancia pienso que es un agradecimiento grande eso de haber vivido en la Tierra, y de todo ese tiempo que uno está aquí en la Tierra aprende uno a valorar a las personas y a valorar la vida que Dios nos dio, y a madurar. A diario aprende uno de los demás, y necesitamos uno del otro.

¿Cuál cree que es su don?

Yo siento que Dios no me lo ha dado, no sé para qué me va a llamar, yo siento que sí, que sí hay algo pues, como un tesoro que no se ha hallado, como algo que no se ha descubierto, pero yo esperaré pacientemente en Dios.

¿Qué más me iba a preguntar? Ya ve, ya me hizo llorar pero yo soy muy llorona, en antes yo no lloraba. Hoy en día siempre lloro, de felicidad, de alegría, pero cuando recuerda uno la infancia es como volver a sentir eso fuerte.

Me tardé en volver a escuchar la grabación de la entrevista que le hice a Doña Coqui, hasta ahorita que estoy de vacaciones me di el tiempo de escucharla, recordarla, de volver a San Cristóbal, a ese cielo, a esos cerros, a esas miradas profundas que se preguntan cómo es que viviendo en una tierra tan abundante tienen las manos vacías. La risa de Doña Coqui, su ánimo, y también su dolor. Lo que me impresionó de la entrevista es que ella nunca le echó la culpa a nadie; ni de su tristeza, ni de su amargura, ni de las dificultades por las que pasó. Su esposo era alcohólico, dos de sus hijos iban y venían entre el vicio y la sobriedad, su padre también había sido alcohólico. Pero doña Coqui admiraba a su esposo, lo respetaba a pesar de las circunstancias en las que se ponía, presumía que su esposo sabía lenguas, además entendía su dolor, ese que a él lo consumía en alcohol. Algo en ella había entendido que el problema de su familia no era el alcohol, sino que creían que todo pasaba fuera de ellos.

Para mí su fe no era solamente en Dios, sino en la humanidad; su apertura, generosidad y humildad invocaban en el otro la búsqueda hacia dentro, esa de donde ella venía ahora, donde había terminado por construir un hogar con amor, y mucho trabajo.

 

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Doña Coqui