otra casa tomada

por luciayciula

pa el alex

 

“La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan, por la decisión de viejos que se conocen y se odian pero no se matan”
—Erich Hartmann

 

Se lo dijo, “somos fantasmas”, lo pronunció en su lenguaje de fantasmas y a él no le molestó. Después ella repitió lo mucho que lo quería, él la vio a los ojos como diciendo que eso exactamente es lo que no hace un fantasma. Un bien asumido fantasma no pide, ni disimulada ni abiertamente, así que no le podía exigir que le dijera lo que no le decía.

Se habían encontrado en el mismo punto en el que estuvieron juntos hace años; es posible que nunca se hubiesen ido de ahí, mas ahora también su conciencia lo habitaba; después llegaron sus cuerpos, sus formas humanas que inútilmente pensaban, y se veían a los ojos. Eran desertores, participaron en guerras extranjeras y durante mucho tiempo creyeron que eso los hacía sentir vivos y pertenecer a la humanidad. Hasta que un día cualquiera de guerra comenzaron a ver los cuerpos que caían, que caían y no caían, pero que iban perdiendo lo único real: el alma. Esas guerras dejaron de tener sentido, ¿no estaban luchando exactamente por la liberación del…?

Ella se dio de baja definitivamente después de seis años de haber peleado; su mamá se le apareció en un sueño y le dijo desde el espejo que le quedaba poco tiempo: apenas y conservaba un pedacititito de alma. A pesar de que todos los días se decía a sí misma que tenía que seguir, que ya se había acostumbrado, reconoció que su madre tenía razón y volvió a casa.

El hermano no ha dicho nada acerca de su lucha ni de su regreso. Se sabe que se encontraba en un espacio muy alejado a las orillas del Universo en donde aparentemente no pasaba nada, en donde esa nada era lo que le succionaba el alma. Fue cuando emprendió su viaje de retorno y confundido dio mil vueltas hasta que escuchó la risa de su hermana, una risa que más bien le dolía, pero entonces pudo entrar por la puerta principal.

Una vez juntos la casa se hizo de espejos, reflejos distorsionados, cóncavos, convexos, y luego también esos mismos espejos hechos pedazos. Agua. Los dos ahora refugiados la pasaban trabajando a deshoras, pues la recuperación del alma necesitaba de todo el tiempo. Excavaciones profundas, tiendas de acampar alrededor de la hoguera para vigilar la entrada de invasores, levitaciones para ver el terreno, la voz de la madre el viento.

Cuando la noche acababa y el día no había comenzado la hermana suele bajar a la cueva, sumergiéndose en la arena del tiempo; ahí es donde ejecuta los jeroglíficos, permanece ahí la eternidad de un instante intentando descifrar lo que ha hecho, porque es ella y no es ella la que dibuja esos símbolos; se ha vuelto más primitiva, sus manos son de tierra firme más no sabe si fértil. Sin embargo, para un fantasma todo aquello está bien porque al menos puede sostener las herramientas para continuar trabajando.

Una mañana ella despertó antes del amanecer, se encontró con los sueños de su hermano flotando en el techo; vio ese territorio en donde él había estado, las calles heladas, solas y a oscuras; vio cómo recordaba su hermano cuando iba perdiendo el alma por entumecimiento. Él despertó, entraron los rayos del sol y ella no dijo nada ni volvió a pensar en lo que había visto, pues él podía reconocerlo.

Como ambos habían aprendido sus propias tácticas de resistencia no lograban unir fuerzas, dibujaron cada uno su estrategia en una parte del espacio. La casa se volvió una estructura que contenía objetos en movimiento, ruidos orquestándose, ni una sola voz, una coreografía a dos solos en escenarios intermitentes. Todo era dirigido, también las pausas, el cruce de las miradas para que el hermano girara hacia un lado y ella hacia otro, pequeños remolinos de tierra.

Por las noches a ella le gustaba encerrarse en una burbuja desvaneciéndose entre los muebles para observarlo. Por las mañanas él pasaba montado en una serie de nubes cúmulo dejando una brisa que asentaba la tierra.

Un tipo de camuflaje se había popularizado desde que cada uno estuvo fuera, se trataba de la conversión a fantasma, pero ninguno había podido realizarlo. Cuando ella volvió lo practicó por más de un año hasta lograrlo. Él apenas tenía unos meses ensayándolo, pero sus avances eran cada vez más rápidos. Después desarrollaron la telepatía, y aunque al principio tuvieron problemas con la transmisión por los sentimientos, pasadas unas horas de silencio continuo sucedía el ajuste automático del sistema y podían continuar conversando. La voz de ella nunca ha alcanzado la claridad, son muchas voces, su lenguaje está contado; la telepatía era lo mejor que le podía pasar para comunicarse. Él era un practicante del silencio, desde pequeño lo había dominado, pero solo por cumplir con las órdenes de aquella primera guerra en la que participó aprendió las palabras. En el discurso telepático ella le informar sus avances al hermano, él le pide que no le diga todo pero que sepa reaccionar. Ella ha visto a su hermano llegar lastimado a la guarida pero no se atreve a cruzar la línea para ayudarlo; siente que en cualquier momento terminaría diciéndole que no cree en la guerra, que no cree en ninguna guerra más que la sucede dentro de sí, muy dentro, pero ella no puede decirle que debe emprender ese viaje hacia su centro porque no sabe si él lograría sobrevivirlo. La hermana también guarda voces en una botella que lanza hacia un mar sideral, queriendo entrar en contacto con un escuadrón que se dedica a cultivar la valentía y no la violencia, que es parte de la guerra sin hacer guerra. Ella cree que el escuadrón sí existe pero no ha podido comprobarlo.

“El año en que morí no estaba mi hermano, no me hubiera dejado morir… recuerdo que atravesando el desierto del yo llegué a una colina, me senté debajo de un mezquite, me di cuenta que me había quedado sin agua; no supe qué hacer, seguí caminando, me quedé sin aire, me desnudé, me tiré en la tierra y me dejé morir. En un segundo soñé todos los sueños de mi vida. No sé cuánto tiempo pasó pero un día desperté, había llegado al mismo lugar del cual había partido pero ya estaba del otro lado”.

Ella, una bestia recién nacida fantasma se fue colando por la estructura que parecía ser la casa que había abandonado, la bestia se hizo cuerpo, muy primitiva en sus formas succionó todo aquello a lo que llamó coherencia. Pero su mirada no ha terminado de ser, se dispara hacia la luz, se pierde en el orgasmo luminoso. El jardín de esa casa fue la orilla a la cual llegó después de haber sobrevivido la eternidad del yo, ahora es un oasis donde logra mantener sus pensamientos quietos para soltarlos fuera de las palabras y que vuelen lejos.

Hay tantas guerras en este momento de la historia que es muy difícil mantener un espacio sin ser atacado. Los hermanos salen de la guarida para que no sea vulnerada por el armamento tóxico del materialismo que busca terreno fértil. En la calle ella usa su traje humano, maquillaje de gesto social, improvisa, es la armadura que confeccionó durante todos esos años antes de ser fantasma. A veces olvida que lleva esa otra forma, que debe articular respuestas con una voz, aceptar la ilusión del mundo material, decir lo correcto, sin absorberlo todo sino quiere volver a la casa infestándola de algún virus disfrazado.

Desde que eran niños el hermano aceptó el llamado a la guerra. Llegó a esa primera guerra, paredes dentro de esa primera casa. Ella emprendió la huida, él se quedó peleando, la esperó debajo del sol, ella no regresó. El hermano permaneció ahí hasta que la casa se perdió, después partió junto con la madre hacia la nueva casa dejando los gritos de esa primera guerra atrás. Cuando ella volvió no supo dónde había quedado todo, pedía las ruinas, aunque fueran las ruinas, pero era lo único que conocía. El hermano y la madre le aclararon que ya no quedaba nada, que ella debía acostumbrarse al nuevo espacio.

En la última salida que hizo ella se le presentó un augurio que la llevaría a la verdad, no a toda, solo a la necesaria en ese caso. Vio el vuelo de una parvada de cientos de pájaros blancos que daba giros creando figuras entrópicas, esculturas de libertad que después de tanto movimiento llegaron hacia otra dimensión a donde su vista ya no alcanzó. Las aves la hicieron desviarse hacia el laberinto que una vez al año se yergue en la plaza al centro del Universo, caminó hasta el final de un callejón sin salida, volvió y se fue por otro lado, perdiéndose hasta encontrarse con la develación que había pedido (que ya había olvidado que había pedido). El canto de una fuente de voces muy tiernas hablaban sobre la naturaleza de su encuentro como hermanos fantasmas, con los sonidos de la guerra a la par de los golpes del cincel sobre la piedra, la melodía formaba una espiral sostenida en el espacio. La fuente se apagó, el sol salió de entre las nubes para mostrarle el rumbo fuera del laberinto. El camino cielo se fue del naranja al rosa y después al violeta, mientras del otro lado el gran ojo blanco iba levantándose en lo alto. Llegó a casa. Antes de entrar al lugar de los silencios ocultos, pasó a saludar al olivo en el jardín, se confesó con él, le dijo que ya había escuchado a la fuente de la verdad de ese momento, que supo que tenía que seguir apostándole a la imaginación, a la fantasía, a la irrealidad. El olivo se comenzó a reír con el aire, le dijo que eso era obvio, le preguntó qué le iba a decir a su hermano, ella dijo que nada, que esta vez se esforzaría por ni siquiera hablarle con su silencio, él olivo no pudo más que desearle suerte.

Ella entró a casa vio a su hermano interpretando un baile alrededor de la hoguera invisible de su fuego, impulsivamente ella cantó para acompañarlo, él se detuvo, ella se calló, llegó el verdadero silencio, la inmovilidad, se apagó la hoguera, se detuvo el tiempo, se abrió el techo y cayeron las estrellas. Los hermanos se sentaron juntos a observar el cielo, de adentro hacia fuera, espejo que refleja a otro espejo que refleja un destello y otro destello desde la oscuridad en lo más hondo hasta la velocidad de la luz, desde el instante hasta el infinito, todo, mientras el ojo blanco observaba el juego sonriendo.

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