La destrucción del amor

por luciayciula

“Sangre o sol que se funden en el feroz encuentro, cuando el amor destella a un choque silencioso, cuando amar es luchar con una forma impura, un duro acero vivo que nos refleja siempre.” – Vicente Aleixandre

 

Soñé con mi destrucción. Alguien me encajaba un hacha al centro de mi cabeza, justo donde me hago el partido del peinado, sangraba pero no me moría, sufría pero seguía viva, esperaba a morirme y no me moría. Fui con la tía Grace y con la abuela, ellas me llevaron a curarme. Sola no podía salvarme ni tampoco lograba morirme por mucho que me lastimara.

Antes del sueño. Estábamos en el rancho del Valle de Guadalupe. Acostada, cerré los ojos, vi mis pensamientos desfilar por la oscuridad de mi conciencia, me dormí, me desperté al grito desesperado y horrible de una mujer, abrí los ojos asustada pero tranquila, dudando dónde sucedió, ¿en el sueño o en la realidad? Estuve a punto de marcarle al cuidador del rancho, pedirle que se diera una vuelta, que buscara a una mujer que estaba sufriendo. Después me convencí que había sido yo. Que yo era la mujer que había dado ese grito sin saberlo, o que en mi mente estaba esa mujer (aún) gritando, pero que ya no la escuchaba.

No me hagan hablar del amor. Es quebrar todos los espejos a mi encuentro, es ir perdiendo el lenguaje y hasta la respiración. Todo el tiempo quiero describirlo, quiero ponerlo en palabras, para ver si así logro abrazar el sentimiento. Dudo, sé que he amado todo, pero eso fue hace tanto tiempo que es como el recuerdo de otra vida en la que ya no estoy.

Apuntes sobre la decepción. Terminé el primer ensayo de Lipovetsky incluido en La Sociedad de la Decepción. Cuando comencé a leerlo avanzaba con tanta emoción creyendo reconocer lo que en este tiempo significaba existir, este presente que a muchos nos desborda (o a todos, pero a pocos conscientemente); demasiada información, pocas respuestas. Después vi cómo se agotaban las explicaciones mientras que las sensaciones de ansiedad, desolación, y claro, decepción, aumentaban. Leí un ensayo sobre la sociedad de la decepción y quedé decepcionada. No porque no fuera claro, era clarísimo, pero eso no evitaba que la decepción renunciara a la realidad. Saber no te hace menos infeliz, solo te explica tu infelicidad. ¿Gracias?

Qué mal está el otro. A me contó que sigue de novia con el tipo que no le hace bien, un narco que se la lleva a viaje y además la jala de fiesta donde termina metiéndose coca, en guerra consigo misma. Después vi a T con su familia, evadiendo estar mientras simulaba estar, desesperándose al verse en sus hijos, le molesta su mujer, se pone borracho en la comida, solo piensa en dormir y ver televisión. He estado escuchando a H azotar todos los días la puerta, abriendo la llave dejando salir todo el chorro de agua, obsesionado con sus comidas, con lo que cree es la disciplina, lo escuché decir que todos somos unos pendejos, para después encerrarse por horas a matar a los enemigos de un videojuego. Vi a G llenándose de pingas, pastillas para el ánimo, para el dolor, para dormir, para despertar, para concentrarse, para relajarse. A, T, H, G. Todos están muy mal.

Interrupción de la fantasía de la perfección. Escuché con morbo sus aventuras de destrucción, desilusión y fracaso. Triunfando en la comparación con el otro decidí celebrarlo emborrachándome de sueños de poder sobre el mundo, sobre mi pequeño mundo que soy yo; encantadora de serpientes, al final me tragué todo el veneno. Cuando desperté desee no haber despertado, quería dejar de existir. Después de haberme deshecho histéricamente en las fauces de la ignorancia de mis propios miedos, se me anunció que llevaba una vida de reclusión estúpidamente soberbia. Me busqué al narco para meterme coca para que me maltratara para que me hiciera sentir. Dejé a mi familia, me refugié no en la televisión pero sí en la imaginación del todo lo sé, y las ideas que leo son la prueba, odiando a los demás por idiotas para después buscarlos cuando estaba al borde de la ansiedad de tanta soledad que me ahogaba. No aventé ninguna puerta pero la atravesó mi espíritu hecho pedazos, mi alma cenizas, mi ego derritiéndose volviéndose la cera que dejaba el mensaje “ya entendí”. Al final me metí una pinga para deshacerme de mí, y mi sombra fue la que siguió hasta volver a la realidad que ahora dolía más.

Yo soy los otros.

Por fin el diálogo. Solo pude llegar hasta la Lucía que escucha a partir de la destrucción. Fue entonces cuando dejó de hablar, de imponer, de aceptar que sabía, y escuchó. Conversamos con los otros. Telepáticamente les pidió perdón. Me aceptó que no sabía, me aceptó que nada estaba bajo control, me aceptó que continúa esperando algo, que no sabe qué es, pero algo. Me aceptó que no puede acercarse a los demás, porque se tiene mucho miedo. Todo lo que yo había intuido. Hablamos de la culpa, de las sensaciones después de la destrucción. Vimos al ego sentadito a nuestro lado, tomándonos la mano, suplicando también mientras se volvía un espectro. Lucía me preguntó que si solo en la autodestrucción era posible ‘conocerse’, y no solo pretender conocerse, le dije que no sabía, que yo tampoco iba a pretender tener una respuesta, pero que esperaba —porque a mí también me dolía— que no.

La autodecepción. En la fórmula: ser + destrucción – sueños + realidad – ideas + diálogo apareció la pregunta ¿La más grande (auto) decepción es darnos cuenta que no podemos todo el tiempo amar? Como no sirvo para amar, y es para lo único que soy, entonces me destruyo. Me decepciono de mi propia incapacidad y me destruyo. ¡Viva el miedo! ¡Viva la culpa! ¡Viva la imposibilidad! Entonces vuelve la soberbia vuelta humildad. No soy nadie, no quiero ser nadie, solo logro destruirme pero tampoco me puedo matar.

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