una mujer fue hallada muerta

por luciayciula

Eso decían varios de los titulares sobre el asesinato de Lesvy. Reconozco que cuando sé de los sucesos violentos que hay en mi país siento muchas cosas, no sé cómo definirlas, qué hacer con ellas, ni si quiera sé bien qué es lo que siento. Entre impotencia y desesperación, entre desamparo y coraje. También estoy harta de culpar al estado, siento que llevamos años diciendo fue el Estado, fue Peña Nieto, fue tal gobernador o presidente, fueron los elementos de la policía, o la procuraduría de Justicia que no procura justicia. Es el poder, es el miedo, es el miedo a perder el poder. Al final me siento culpable por ingenua, por creer las autoridades van a responder. No puedo decir que tenemos que dejar de exigir que se cumpla la ley, de pedir explicaciones, de recordar que esto ya ha pasado y sigue pasando. Sin embargo, como mujer mexicana, me puse en el lugar de Lesvy imaginando, ¿cómo se termina en una situación así? No me queda duda que todas somos posibles víctimas. Así que intentando pensar en todos esos momentos en donde te acercas hasta que entrando por el hocico del lobo me decidí a recordar uno en específico, el cual en su momento quise descartar cuando me di cuenta que había alcanzado a salir ‘a tiempo’.

Conocí al ‘Papi’ un diciembre del 2013, estaba estudiando la maestría en la Ciudad de México pero en las navidades me regresaba a Mexicali a convivir con la familia. Ese diciembre me lancé unos días a la playa y allá lo conocí. El Papi estudiaba el segundo semestre de su carrera, era más chico que yo; alto, fuerte, con la mirada triste, muy bueno en los deportes. Nos presentó un amigo en común. Esa noche platicamos, tomamos vino, fuimos a una reunión en la playa, nos caímos bien, nos gustamos. Días después regresé a Mexicali para volver a la CDMX, unos meses después seguíamos hablando hasta que nos olvidamos uno del otro.

Lo volví a ver en el verano del siguiente año, solo por unos días, y de nuevo regresé a Mexicali y después a la Ciudad de México. Nunca pregunto mucho acerca de la vida de mis conocidos, normalmente lo que sé me lo platica la persona directamente, así que lo que sabía del Papi era lo que él me había contado. Llegó diciembre de ese año, estaba de nuevo en Mexicali, la mayoría de mis casadas, no tenía nuevos amigo, así que le mandé un par de mensajes al Papi preguntándole si podía caerle para año nuevo, y me dijo que sí. Empaqué mis cosas para quedarme máximo cuatro noches en su casa, tomé carretera hasta llegar. Me recibió afuera, nos saludamos, cargó mi maleta, entramos a su depa, me ofreció agua, platicamos un poquito hasta que le pregunté sobre año nuevo, me dijo que no le importaba, y se le notaba. Le sugerí ir a comprar cosas para hacer de cenar, el insistió que le daba igual, pero me acompañó al mercado y después volvimos a su departamento. El Papi estaba agripado, llevaba días tomando medicamento, así que me tomé unas cervezas sola mientras platicábamos por segunda vez. Me acuerdo que estaba sentada frente a él, que me vio directito a los ojos y me dijo que había pasado algo. O que había hecho algo malo. La verdad es que no me acuerdo. Él se quedó en silencio. Los dos nos quedamos en silencio. Me dijo que yo no le podía decir a nadie, pero a nadie. Le dije que no, no tenía ni idea de lo que me iba a decir, pero le aseguré que no iba a contarle a nadie. Me confesó que había matado a alguien, me dijo que tuvo que hacerlo. Me quedé callada. Cuando alguien te hace una confesión así piensas en qué pensabas que esa persona podía llegar a hacer algo así. Su mirada era directa, no pensé que estuviera bromeando, me contó poquitos detalles de cómo había pasado y la historia parecía muy creíble. Acababa de suceder. De pronto entendí su actitud pues desde que había llegado era como si él no estuviera ahí. Después sentí que me había platicado una película, que no se trataba de algo que él hubiera hecho. Me dijo que se iba a acostar porque se sentía muy cansado por los efectos del antibiótico. Se durmió mientras yo me quedé en la sala leyendo. Nunca me sentía amenazada, ni pensé que me podía pasar algo porque ahora yo era ‘cómplice’, después abrí el libro que llevaba y creí haber olvidado el asunto. Curiosamente en aquel tiempo estaba leyendo 2666 de Bolaño, iba como en la tercera parte de la narración sobre los feminicidios. Recuerdo que lo hojeaba contando lo que me faltaba para terminar esa parte, se me estaba haciendo larguísima y pesada. Había leído varios libros de Bolaño, entonces sabía que eso estaba ahí por algo, pero al mismo tiempo no entendía. En eso recibí el mensaje de un amigo chileno que andaba en San Cristóbal, decidí llamarlo. Le dije que estaba fuera de la Ciudad de México, pero que justamente en ese momento leía 2666, y necesitaba que me explicara el gesto de Bolaño, él, a quien considero como al lector de lectores, me dijo que ni preguntara, que siguiera, que lo leyera todo. Si el lector de los lectores me lo decía, es que eso era lo que tenía que hacer. Después le dije ‘me acaba de pasar algo raro’, empezamos a perder la señal y colgamos. Nos mandamos mensajes de despedida pero ya no le dije nada, al final nos deseamos ‘feliz año 2666’. En aquel momento seguía pensando en la cena que yo quería preparar al siguiente día, en la posible fiesta que me había comentado, de pronto me llegaban las palabras de la confesión del Papi, pero como no sabía dónde ponerlas, las dejaba pasar. Cerré el libro, me fui a acostar a un lado de él, me quedé dormida. A las dos horas el Papi se levantó, sacó una pistola del cajón que estaba a su izquierda y caminó hacia la puerta, cuando regresó me dijo algo así como que todo podía pasar, que estaba arrepentido de que yo estuviera ahí, que la había regado, que todo estaba muy reciente, que algo me podía pasar a mí, le dije que se tranquilizara, que en ese momento yo no me iba a ir a ninguna parte, que no estaba pasando nada y que no iba a pasar nada, que al día siguiente veíamos si yo le marcaba a una amiga que vivía en esa ciudad y me iba, pero que se acostara y se durmiera. Eso hizo. Una vez más, no me sentí amenazada. Al día siguiente me levanté y el Papi se estaba bañando, aproveché para acercarme al cajón, lo abrí y vi la pistola, era automática y grande, tal vez era una escuadra pues parecía pero no sé de pistolas, no me acuerdo si la toqué, tal vez lo hice, pues si no se ha notado hasta ahorita mi ingenuidad o estupidez, es momento de resaltarla. Cuando salió de bañarse, me levanté a hacer desayuno, desayunamos, le leí un pedazo de 2666, le platiqué la historia y me dijo que no tenía por qué leer esas cosas, que buscara algo más tranqui. No era la primera vez que el Papi se involucraba en un suceso así, nunca había matado a nadie, pero alguna vez estuvo traficando carros y otras cosas, la pandilla con la que se había metido sí estaba relacionada con todo tipo de negocios, no me quiso platicar más, me dijo que era mejor que me fuera, porque si alguno de ellos se enteraba de lo que había hecho el Papi podía ir a su departamento y amenazarlo con tal de sacarle dinero, o de jugar con él, ‘no tienes idea de lo que le hicieron a la ruca de un bato’, después me terminó diciendo que le habían metido cosas por el ano, que la habían violado. Mientras escribo todo esto no sé por qué todo lo que me decía no era suficiente para que yo agarrara mis cosas y me fuera. Una parte de mí no lo creía del todo, otra parte quería saber más. Acompañé al Papi a hacer unos mandados, fuimos a la playa, visitamos a uno de sus compas y después volvimos al departamento. Vimos una película rarísima, me metí a bañar, al salir le sugerí que hiciéramos de cenar. Le propuse lo siguiente: yo me quedaría esa última noche y al día siguiente me regresaría a Mexicali, para que se quedara tranquilo. Él estuvo de acuerdo. Preparé la ensalada, después hice una pasta, abrí una botella de vino que me tomé sola, él puso música. Él nunca estuvo ahí. Era como un holograma, mientras yo entablaba un monólogo acerca de lo último que había vivido en México. Le pregunté por el libro que le había regalado en verano, El karma de vivir al Norte de Velázquez. Recuerdo que se lo di porque recién lo había terminado. Claro que yo sabía perfectamente que al Papi le llamaba la atención todo ese desmadre, por algo le había regalado ese libro que nunca leyó. Claro que él sabía perfectamente que yo andaba cazando historias, por algo me había confesado lo que me confesó. Nos sentamos a cenar pero todo fue muy rápido, disperso, extraño. Cuando terminamos de lavar los platos, yo andaba medio borracha y él me comenzó a insistir que le marcara a mi amiga, que no me podía quedar esa noche, que no estaba tranquilo; con todo y mi borrachera podía ver que estaba cada vez más ansioso, así que le llamé a mi amiga y ella rápido me pasó la dirección de su casa. Terminé de guardar las poquitas cosas que había sacado de la maleta, me despedí del Papi y me fui. Cuando llegué con mi amiga le dije que al bato se le había pirateado y prefirió quedarse solo. Ella contestó con un típico ‘pinches batos’, y nos fuimos a la fiesta de sus amigos. Nunca le dije nada a nadie. Al día siguiente volví a Mexicali, muy cruda, muy sacada de onda, y muy negada ante la idea de que pudiera haber estado en peligro. A las semanas regresé a la Ciudad de México y olvidé el incidente. Hasta ahora lo recordé. Me pregunté por las personas que llegan a estar en contacto con ese instinto asesino. ¿Qué pasa cuando se mata una vez? ¿Se vuelve a matar? ¿Se sienten ganas de destruirlo todo? ¿Y cuando lo confiesan? ¿Y cuando se arrepiente de haberlo confesado? ‘Destruir’ toda evidencia, ¿es un pretexto para volver a matar? Hasta después pensé que al Papi tal vez no le daba tanto miedo que llegaran los de la pandilla a su departamento, que más bien sentía todavía el instinto, que tenía miedo de volver a hacerlo, y que yo estaba ahí jugando a la idiota para cumplir con el papel de víctima cerrando el caso. No lo sé. Una tía que fue maestra de estadística en la Universidad me dijo cuando daba clases el ejemplo que ponía para decirle a los alumnos si existía un porcentaje elevado era preguntar, ¿cuántas personas cercanas habían estado involucradas en un suceso? Por el ejemplo un caso de violencia o de acoso, un roce con el narcotráfico, con el dealer, con el yonqui.

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En este país cualquier mujer puede ser hallada muerta, sobre todo cuando piensas que no te va a pasar, cuando la violencia es parte de la realidad que duele aceptarse como realidad, cuando vives en un país en donde se mata, se olvida, se vuelve a matar, se vuelve a olvidar, cuando el miedo es el que ejerce el poder y alimenta la impunidad.

#SiMeMatan fue un gesto que evidenció que en este país no existe la libertad para las mujeres, que existir significa darse por muerta.

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