Entre la aceptación y la negación: la decepción

por luciayciula

Toda aceptación y toda negación trae consigo una dosis de decepción. Si lo aceptas lo limitas. Es lo que es. Lo encajonas. Lo encajuelas. Te decepcionas porque ya no logró ser más, ahí se quedó (por lo pronto). Y si lo niegas le das la libertad para que sea todo aquello que puede ser. Lo cual termina en nada, una nada que te llena las manos y la voz. Con la negación te niegas. No alcanzas el entendimiento, sientes miedo, prefieres alejarte de eso que te exige. De nuevo caes en una sensación de decepción pero porque a lo que le sacas la vuelta no es solo algo que no puedes definir sino a ti mismx.

Volví a Mexicali intentando recuperarme, llevaba meses perdida y no me daba cuenta. Parecía que en la Ciudad de México trataba de ser alguien, y con ser alguien me refiero solo a sobrevivir. Se necesita decir esta soy, esto hago y de esto vivo. En mi caso me pasaba que ese alguien que era se transformaba rápidamente en lo que se le cruzaba en mi camino, habiendo una constante negación de la esencia, de esa que he sido siempre. Me entregaba a todo para ver si todo me devolvía una identidad. No sé, no soy, no hay límite, me desbordo en lo que no es ni soy pero puede ser.

Trabajando en la última agencia de redes sociales del DF, me encontré con un hombre que me atraía —nunca lo acepté, ni a mí misma— y cuando ese hombre supo que yo tenía un blog y me lo hizo saber, lo cerré. Me avergonzaba ser la que era, y lo que escribía era la prueba. Qué miedo. Primero negarme que aceptar lo que soy.

El regreso a Mexicali significó volver a los espejos familiares. Vi a mi abuela, a mi papá, a mis tías, tíos, a mi mamá, a mi hermano, a mi abuelo. Todos me eran ajenos. Pensaba que ellos no eran ellos, no podían ser ellos, eso que era su vida no era su vida. Por meses no los pude escuchar ni ver, pero tampoco podía dormir. Me acostaba sintiendo que alguien estaba en la casa, me levantaba para encontrar al intruso; asustada creía que alguien me perseguía (era yo misma pidiendo mi propia aceptación). Hasta que recurría a mi familia, a las únicas personas que tenían el mapa para volver a mí. Buscaba a mi familia para mantenerme lejos de mí y fue con ellos con los que me terminé encontrando.

Cada asesinato en México me recuerdan las ganas de morir. Cada quien tiene su relación con la muerte. Algunos la buscan, otros le huyen. Cada asesinato me recuerda el instante en el que el vacío te penetra por los ojos y vas directo hacia el infinito, pero no viajas en velero o en un avión, estás amarrado con cadenas a la cajuela de un carro que te arrastra entre las piedras a la velocidad negra de la oscuridad del vacío, llevándote hacia donde tu cuerpo se convierte en pavimento. Si de por sí vivir es un acto suicida. Vivir mientras sientes el instinto asesino de aquellos seres humanos que no saben cómo lidiar consigo mismos y entonces matan, mata un poco de ti. Su vida consiste en una continua cancelación de la vida del otro. En México se mata a la verdad negándola. Así el país se va llenando de una profunda decepción, que ojalá pudiéramos verla. Pero ¡Como la humedad! Se mete por los poros llegando hasta la médula espinal del alma. Cuando estamos de partir al viaje hacia los sueños, nos vamos volviendo uno solo, y sentimos ese infierno que somos, ese cielo que no podemos ser. Los asesinatos se han vuelto el lenguaje de la supervivencia de su propio miedo de ser. Si vivir es un acto suicida, vivir buscando la verdad, es estar todo el tiempo al borde del precipicio.

Suspendida en el puente que une la negación con la aceptación se me ocurre que solo aceptando se puede transformar lo que es. Que negando no se convierte nada. Ni yo misma, ni mis palabras, ni lo que siento, ni lo que pasa. Si estamos en el eterno retorno de nuestro yo, de nuestro país y nuestra relación con el mundo, aceptar lo que es: el yo, el país, el mundo, nos permite transformarlo. Y si nos vuelve a asaltar la duda volver a intentarlo y si nos vuelve, volver a intentar y si y si y si… ¿y si no? No queda la duda de que lo intentamos. ¿No es ese nuestro verdadero trabajo?

Alguna vez un amigo, el Soul, me dijo que puede ser que no estemos en un círculo que recorremos una y otra vez, que no es un mismo ciclo sino una espiral que con cada circunferencia hacia fuera va formando parte del todo. Tardamos más en dar la vuelta para llegar hacia las mismas sensaciones y los mismos comportamientos. O hacia dentro, pensé. Acercándonos a la posibilidad de llegar hacia el centro, hacia lo que verdaderamente somos, para después ser parte de lo que nos rodea jalándolo hacia nosotros. Todo el Universo entero hacia dentro.

Entre la aceptación y la negación lo único que desgarra el puente es la traición. Cuando sabes que has aceptado una y otra vez lo que eres, lo que está pasando, lo que debes hacer, lo que ya no puedes permitir que siga sucediendo y de todos modos lo niegas: te traicionas, traicionas lo que ya has aceptado, con esto no solo te decepcionas sino que te destruyes, destrozando aquello que por fin habías creado.

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