¿a quién quieres engañar?

por luciayciula

 Para ti, a quien nunca más quiero engañar.
-Serie El engaño

 

 

¿A quién quiero engañar? A mí, a nadie más que a mí. Las palabras deberían liberarlo todo. Cuando digo me desahogué, es porque he dicho todo lo que tenía que decir. ¿A quién quiero engañar? A mí, por supuesto que a mí. Comencé a escribir desde que tenía doce o trece años, recuerdo que fue cuando mi mamá me regaló un cuaderno, el primero que no tenía una portada de Libreta Universitaria o Scribe, no tenía márgenes, ni era de cuadros grandes o rayas, no me hacía pensar en las tareas de mate ni en los apuntes de ninguna materia. Las hojas eran suaves y gruesas, y yo podía hacer lo que quisiera con él. Lo pude haber usado para dibujar, y a veces lo hacía, pero lo usé para escribir, para escribirme, comencé un diario hasta terminar de ocupar todas sus hojas. Los siguientes que vinieron, porque mi mamá se dio cuenta que mi intensidad se volvió tinta, también me los regaló ella, todavía guardo dos grandototes que me compró en Marshalls (la tienda gringa para chacharear en dólares), esos cuadernos venían envueltos en un plástico, sus portadas eran gruesas y llevaban un diseño que aludía a la cultura francesa. También esos dos me los acabé rápido pues podía escribirlo todo, a veces con culpa porque sido educada en escuela de monjas, así que no debía sentir emociones que me llegaban, pero las sentía y las registraba porque creía que era lo que tenía que hacer para liberarlas. Describía las peleas de mis papás, hablaba de mis amigas, de todos los niños que me gustaban, de mis sueños, también cuando odiaba a mi mamá, las peleas con mi hermano, todo lo que no entendía, mis ataques compulsivos, mi frustración por no haberme arriesgado a dedicar al baile. ¿A quién quería engañar? A mí, solo a mí.

En mi casa mi papá había sido lector. Tenía varias ediciones del Quijote, estaba un poco obsesionado con su figura, tenía también algunos libros de Carl Sagan, casi todos los de Stephen King, algunos de Ibargüengoitia, una amplia colección de Rius, y muchos otros, a los que nunca me acerqué porque vivimos juntos hasta que cumplí los dieciséis años. Lo que sí leía y repasaba eran sus revistas National Geographic, que él coleccionaba y que ingenuamente recorté para hacer algunos collages, también la Time y la Playboy. Yo no crecí siendo lectora. Llegué a leer algunos libros, pero casi por accidente, varios de Julio Verne, por ejemplo. Recuerdo que mi mamá me obligó a terminar El diario de Ana Frank, y no me gustaba. Mientras lo leía pensaba ¿por qué tengo que saber de la vida de esta niña que habla con palabras como “sostén”? Seguramente era una traducción muy española, y con ello no me daba cuenta de la historia que se estaba narrando. Hasta ahorita que intento poner en palabras lo que fue para mí el primer encuentro con las palabras han surgido todos los recuerdos anteriores. Seguido me pasa, vengo a escribir una cosa, o tengo el escrito a mi lado en un cuaderno, y en lugar de traspasarlo o de escribir sobre la idea con la que venía, termino escribiendo algo más.

Hace unos años terminé mi primera novela, cuando la escribí no sabía qué era lo que estaba haciendo, parecía que continuaba con los diarios de niña pero usando algunos artilugios que había aprendido al volverme lectora, porque me convertí en lectora, en los últimos seis años he intentado leer y no dejar de leer, me dan ganas de leerlo todo, pero todavía me cuesta trabajo. Porque se trata de una sustancia que me desborda y siento una terrible necesidad de hacer algo con lo que leo. De vivir, de gritar, de escribir, de coger, de todo. Pero no voy a engañar a nadie, siendo niña, adolescente y joven no buscaba en los libros, cuando llegué a leer “El amor en tiempos del cólera” o “Pedro Páramo”, me volaron la cabeza, pero pasaba un tiempo antes de que volviera a leer algo más. En la Universidad tuve un mayor acercamiento porque aunque me había decidido por estudiar comunicación tomé varias materias de literatura. Recuerdo que leí “El reino de este mundo”, de Carpentier y me trastornó, me hizo sentir mucho aunque no había entendido nada. Después escuché el análisis de la maestra Julieta Leo, y me dio cierta tranquilidad. Pero no sabía leer, hasta en el mismo examen que nos había hecho la maestra me dio por desarrollar un fragmento “de lo que pudo haber escrito Carpentier”, en lugar de anotar los elementos que nos pedía.

Nunca dejé de escribir, pero como no sabía leer buscaba más en la realidad, en las historias que se me presentaban mientras vivía, y en las que yo también me volvía, la mayor parte del tiempo, un personaje. Cuando conocí a varios escritores, y a muchas personas en la Ciudad de México que habían leído y crecido leyendo, me sentí amenazada, me daba miedo que descubrieran que mi realidad había sido distinta, sentía que me iban a decir que yo no podía seguir leyendo, que ni me atreviera a escribir, y que ya no era una persona digna con quien conversar. Era el rechazo de mí hacia mí. La Lucía que se había convertido en lectora rechazaba a la niña-adolescente-joven que nunca lo había sido.

Ahora me pasa que mi conciencia me dicta todo el tiempo lo que es la realidad, se adelanta y supone, se adelanta y decide, se adelanta y encasilla. Y pienso, qué buena onda que lo sé todo, pero ¿A quién quiero engañar? Otra vez, a mí, a ninguna otra persona más que a mí. Las palabras son mi herramienta para manipular aquello que me desborda o me frustra, lo que me causa tristeza o ansiedad, lo que se siente bien pero que quiero que se sienta mejor. Pero no me interesa el control, aunque pueda sedarme de la realidad. Quiero llegar a la verdad. Algo me dice que está por ahí entre todo lo que digo y entre todo lo que escribo, entre todo lo que leo, siento y vivo. Algo me dice que es la suspensión de la escritura, y de la lectura, está más allá de las palabras, que la verdad se aloja en el silencio y que de pronto se presenta y se despliega con una elegancia efímera pero infinita.

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