El paquetaxo del braguetazo

por luciayciula

 

 

 Pues si te queda el saco…

¿Qué saco?

 

¿Se puede hablar de las relaciones humanas sin caer en el juego del juicio? Se puede intentar. ¿Se puede hablar de otra cosa que no sea el amor? El matrimonio es esa movida, y ha sido siempre, que provee seguridad a las personas, dejando muchas veces, tantas veces, casi siempre, al amor, en segundo, último o en ningún plano. So sad but so true, so sad because is so true. Aquí también podríamos referirnos a la pirámide de Maslow de las necesidades, donde lo primero que busca el ser humano es sentirse seguro. Ojalá, pudiéramos hacerle caso a la invitación de los yoguis-hippies-new-age-budda-lovers de andar por la vida siendo amor, ojalá: entregándonos al amor. La realidad es que buscamos seguridad, y el amor lo guardamos en el cofre donde quedan nuestras fantasías, siempre anheladas nunca obtenidas, pero con las cuales nos gusta alucinar en nuestros momentos de ocio.

Por lo que si matrimonio es igual a seguridad, no sorprende que dentro de sus formas se presente la modalidad: braguetazo. El paquetaxo braguetazo. Jaque mate. El término de por sí genera un juicio, y para mi sorpresa, está incluido dentro del diccionario de la Lengua Española, el cual lo define como “casarse por interés con una mujer rica”. Muchas mujeres se casan con hombres que, o bien han heredado una riqueza o han trabajado tanto como para obtenerla, a estas las llaman gold diggers. Lo curioso es la referencia a las gold diggers no genera ningún “rencor” social, no pasa de haber algunos comentarios al respecto y nada más.

Pero quienes mencionan a los propulsores del braguetazo, lo dicen con desprecio o repulsión. Recordemos que somos una sociedad machista, que el gran dios macho mexicano observa y regula nuestras actitudes y comportamientos, y esta sombra atmosférica no está muy de acuerdo con dicha movida, no en nuestra sociedad. Si el hombre es el protector y el del poder ¿Por qué se vuelve objeto de sumisión frente a otro hombre? Porque eso es lo que pasa. No es que se haya casado con una mujer rica, como lo dice el diccionario, sino que va más allá, se casa con la familia, y con el generador de ese imperio monetario, el protector de ese núcleo familiar, que es el papá.

Anunciamos… el braguetazo, y con esto, aplausos por un lado, y abucheos por el otro. Hay quienes se esfuerzan por alcanzar dicho puesto, sabiendo que toda una vida de trabajo nunca los llevará a lograr tanta riqueza (o eso es lo que piensan), por lo que prefieren concentrarse en las acciones de conquista de una mujer que es la heredera, haciéndolos acreedores de dicha posibilidad. Otros más no tienen las ganas ni la energía ni les parece tan importante, tal vez porque simplemente entrar en el reino del suegro puede significar la rendición total de otros impulsos, olvidarse de su libertad. El braguetazo es un acuerdo. Tanto del padre, como de la hija, como del yerno.

Imaginémonos la escena en la cual el caballero acude al castillo para salvar a la princesa pero antes tiene que matar al dragón. El dragón puede ser el padre, ese padre protector que no permitido que la princesa vea más allá de lo que muestra la pequeña ventana en la torre donde ella duerme, el dragón puede también ser el miedo de la propia princesa, el miedo que nunca la dejó buscar su propia libertad (para darle sentido a su existencia), y con esto tampoco se animó a enfrentarse a su papá. Cuando una mujer crece en estas condiciones, el machismo es un entorno aparentemente cómodo y hasta dulce, pero igual limita a la mujer ante la posibilidad de conocer el mundo desde el mundo, y la deja en una burbuja en donde no hay contacto con cualquier otra realidad, con ninguna otra, y entonces la princesa sigue albergando en su cabeza (y para siempre) una torre desde donde “conoce” la realidad sin conocerla.

El braguetazo no necesariamente tiene un final feliz, en realidad se vuelve el reto constante en el cual una mujer debe lograr “liberarse” de ese hombre, que no solo se metió con su familia sino que se convirtió en el “patán” que le pone el cuerno con cada “pueblerina” en su encuentro, pero en donde ella terminará desencadenándose para entonces sí conocer el mundo desde el mundo. Cuando la princesa finalmente se deshace de las cadenas, también libera al hombre, permitiéndole el reencuentro con su libertad. Pudiendo satisfacer sus impulsos de macho conquistador, sin tener que refugiarse dentro de la armadura de caballero que no se le acomoda y nada más le pesa.

El braguetazo puede tener un final feliz, cuando el hombre y la mujer ceden ante la entrega del “yo no sé nada, la vida está muy cabrona, hagamos equipo y no nos mandemos a la chingada”, para entonces terminar criando a hijos conscientes (que han sufrido los ires y venires de sus padres, pero se vuelven conscientes), en un ambiente de riqueza media, sin llegar a las excentricidad de la opulencia la cual despoja a cualquiera de la realidad real.

Porque sea como sea, me caso por amor o por desamor, por soledad o en busca de seguridad, el reto es darle la vuelta, la posibilidad que está al servicio del tiempo, de la eternidad de un quizás, de un yo no sé nada pero voy a intentar, donde el matrimonio puede ser el pretexto para la búsqueda del amor (del amor propio y hacia el otro). Porque si todos los caminos dan a Roma, entonces también, todos los caminos, incluso el del braguetazo, pueden dar hacia el amor.

Braguetazo gone bad, cuando el caballero descubre que el padre de la princesa no dará ni un peso ni un brazo a torcer para hacerlo partícipe de su reino, por lo que ahora así, las opciones son: o el caballero se amarra los huevos y trabaja y continúa con lo que es; o tira la toalla y busca una nueva conquista, mientras todavía es joven y bello.

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