Mexicali en tiempos de resistencia

por luciayciula

 

“The world had never been so close to her”.- Carson McCullers

 

No me imagino leyendo esto debajo del sol de las 12:00 de la tarde de Mexicali, ni siquiera en la sombra esperando el camión o esperando que pase el tiempo para que sea la hora de la salida y entonces llegar a cualquier lugar en donde te cubras de la intemperie que te achicharra todo tu ser.

El verano es la temporada en la que todos somos uno. Si en el Popol Vuh hubo seres de barro, imaginemos que en esta época los habitantes de esta ciudad estamos hechos de cera, como las alas de Ícaro, pero aquí no intentamos volar, ojalá pudiéramos levitar un poquito, nada más para no tocar el piso antes de derretirnos formando una plasta que se esparce entre las calles, donde solo recuperamos la figura del cuerpo (medio desfigurada) al arrastrar los pies hasta el carro (prender el A/C o acelerando para que entre el aire y entonces podamos respirar), correr hacia el refugio llámese casa o supermercado. En las casas en donde no es posible tener un aparato de refrigeración la palabra hogar se apropia de todo su significado hasta volverse hoguera.

El sol fulmina al ego. Nos recuerda que somos carne, que somos cuerpo, nos hace solo eso. Si en otras ciudades hay inseguridad o aguaceros, si en el campo hay sequías, en Mexicali el verano es la época que nos pone a prueba. Ejercer la resistencia. Desde a mediados de junio hasta las primeras semanas de septiembre; un ciclo que ha sucedido desde y para siempre. A todos se nos olvida, como se nos olvida la sensación de nada tiene sentido, la angustia o la tristeza, el coraje o la desesperación, y aunque te preguntes qué lo provocó y quieres encontrar al culpable, la verdad es que una ligereza que se esconde muy adentro. ¿Qué hacemos aquí? Nos preguntamos cada verano. Como si vivir no significara preguntarnos lo mismo todo el tiempo ¿Qué hacemos aquí?

Son los tiempos del desasosiego. Un fuego que arde dentro pero que no alumbra hacia ninguna parte, un sol que quema afuera pero que distorsiona hasta el camino que nos sabemos de memoria. Por un momento el alrededor te entrega tu fragilidad en el todo, te hace voltear hacia el otro, verte en él y sentirlo. El hombre que se detiene en el alto se pasa una toalla por la frente para limpiarse el sudor, la señora que se cubre con una blusa el brazo izquierdo mientras maneja, las ventanas tapizadas de protectores de tela, las mujeres que van todas tapadas en la calle, manga larga, sombrero, lentes y sombrilla; que bien pudieran ser las mismas que caminan por el desierto de Tuareg. Quienes se mueven en bicicleta (¿Se les derretirán las llantas como se derriten las suelas de los tenis?). Los vagabundos de piel café rojiza, de piel café negruzca, las expresiones en la cara como cicatrices, las cuarteaduras que revelan todas las sensaciones y expresiones habidas y por haber. Todas las sombras ocupadas por las personas que se vuelven sombra. Silencio y soledad al mismo tiempo que solidaridad. Suero. Agitamos un papel a la altura del cuello, pegamos la cara hasta casi meternos por las rejillas de cualquier aire acondicionado. La cerveza fría entre las piernas, en la frente, en la mejilla. Si te diriges hacia el poniente mientras va cayendo la tarde manejas ciego, escondes los ojos con alguna parte del carro que te ayude a bloquear el reflejo, pero vas ciego ante un panorama que ha desaparecido, fulminado por el nubarrón de naranjas y amarillos.

20170511_10575520170511_105750

El verano nos obliga al encierro escuchando la intermitente respiración de una bestia artificial que cubre todo sonido real que viene de afuera, pero, ¿y si no? ¿Cómo soportarlo? Mientras veo por la ventana recuerdo cuando era niña y esperábamos a que atardeciera para salir a jugar, si había juegos de metal teníamos que primero tocarlos, nos costaba trabajo correr, nos movíamos entre el aire líquido y caliente de un sol recién apagado.

Hace poco me topé con las pinturas que hizo mi hermano cuando tenía cuatro o cinco años, si había dibujado un perro y un niño; o la portería, el balón, papá e hijo; o lluvia y nubes (aunque rara vez llueve en esta ciudad), siempre aparecía un solecito amarillo con sus rayos bien marcados.

En esta ciudad el sol es como Dios o nuestros demonios, como la fragilidad, como el enamoramiento, como la pasión y la desesperación, como el desasosiego y la resistencia, como la unión y la soledad. Es ese contra-agujero en el cielo que de tanta brillantez nos insiste violentamente que seguimos vivos.