el (maldito) poder del acoso sexual

por luciayciula

“De día, mi pensamiento se fatiga en meditaciones extrañas, mientras mis ojos vagan al azar por el espacio, y de noche no puedo conciliar el sueño. ¿En qué momento debo entonces dormir?”
Lautréamont

 

Fue hace un año y medio cuando todavía me encontraba en la Ciudad de México trabajando y viviendo, todavía se llamaba DF. A las tres de la mañana me lancé al Sanatorio Durango en la colonia Roma, llevaba dos días con insomnio. Llevaba meses mal, dormía un día sí, otro no. Creo que nunca había estado tan mal. Pensaba obsesiva y cíclicamente en todo hasta vaciarme de sentido. También pensaba mucho en el suicidio. Todo sucedía de manera pasivamente agresiva, porque pasaba en mi cabeza y no en la realidad.

En aquel entonces estaba intentando hacer todo lo que quería hacer. Trabajaba, iba al gimnasio, me cocinaba, leía y estaba escribiendo un texto que me hacía sentir mucho, de más. El texto se trataba de una descripción de las sensaciones provocadas por el deseo sexual que te llevan al desasosiego, con un tono tipo Cantos de Maldoror. Con la exploración brotaban escenarios y emociones que me dejaban vacía y mareada, pero no quise parar hasta terminarlo. En la agencia en la que estaba trabajando me sentía muy confundida con mis tareas, además, no podía ser yo con mi jefe, disimulaba ser otra persona. Me sentía muy autopresionada. Quería seguir viviendo en la Ciudad de México porque eso había estado intentando desde hace seis años, pero el sueldo, la soledad y la falta de disciplina me llevaban a zigzaguear entre las decisión de “vivir al máximo” o en el encierro. Hasta ahora tengo un poco claro que eso estaba pasando.

Así que adentrándome a lo que parecía una segunda noche consecutiva de insomnio, cuando el reloj marcaba las tres de la mañana, después de haber efectuado los artilugios para conciliar el sueño: irme al sillón de la sala, quitarle la batería al reloj, poner un audio con música de relajación, meditar y volverme a acostar, enviar mensajes a una amiga y otra, hablarme a mi mamá (no obtuve respuesta de nadie), finalmente pedí un uber y llegué al Sanatorio Durango, que era el hospital al que había recurrido meses antes para que me dieran unas puntadas en la rodilla porque una bici se estrelló con la mía cuando volvía del Centro.

Pasa que cuando estás en ese estado, entre nervioso por la hipersensibilidad y muerto por la falta de energía, ves la realidad distorsionada, fluctúas de un extremo emocional a otro aunque estés parada en un mismo punto sin hacer nada y tienes el semblante gris. Creía que quien estuviera enfrente de mí se daría cuenta, pero después reconocí que nadie estaba sintiendo nada de lo que yo sentía. Así que solo contestaba con monosílabos a la mujer que tomaba mis datos para que pudiera pasar con el doctor. Cuando el médico salió a preguntarme qué me pasaba, le dije que era mi segunda noche seguida de insomnio, que me sentía muy mal, que mi cabeza no paraba, que tenía ganas de morirme con tal de dormir. No estaba exagerando. No me acuerdo qué me dijo pero volvió a su consultorio. La señorita que escribía mi nombre, mi edad, y toda esa información, era una mujer similar a cualquier objeto sobre su escritorio, indiferente, tenía sobrepeso, una botella de coca cola a medio tomar y pensé que posiblemente también dormía poco.

Cuando entré al consultorio, el doctor me pasó al cuarto donde estaba la camilla para revisarme, ambos espacios se conectaban por una puerta que mantuvo abierta. Me checó las pupilas, la presión, me hizo algunas preguntas, después me explicó que me daría algo para que durmiera, le dije que lo que quería era una pastilla o una receta para que pudiera comprarlas, me dijo que la receta me la daría después pero por como me veía necesitaba inyectarme. “¿Inyectarme?”. Me explicó que era lo mejor por como me veía. Se fue hacia el cuarto contiguo donde estaba el escritorio y una computadora, le habló por teléfono a la enfermera para pedirle la inyección (mientras escribo esta parte mi estómago es un pozole podrido hirviendo). Me quedé acostada, viendo hacia la luz blanca, con el cuerpo inmóvil y en completo silencio. Pero no dejaba de pensar. Después empecé a escuchar un sonido, era el único sonido del lugar, intenté imaginar qué era, era como si alguien estuviera tallando algo, el sonido tomó toda mi atención, sacándome de mis pensamientos. Pasaron unos minutos, me levanté rápido pero hice ruido con el movimiento, me acerqué a la puerta y caché al doctor acomodándose algo entre las piernas, debajo del escritorio. Se tardó en acomodarse y después subió las manos, me acerqué más, buscó el mouse con la mano derecha y dio varios clics. Se estaba masturbando, podría asegurarlo. Volví en mí y le dije que no quería la inyección. No pude enfrentarlo ni decirle que me había dado cuenta de lo que estaba haciendo. Mi mente me insistía que yo no había visto nada entonces no podía decírselo. Pero la inyección, pensaba otra parte de mí. ¿Por qué me está queriendo dar una inyección? Le dije que no me gustaban las agujas (era mentira, pero, ¿por qué lo estaba protegiendo?). Cuando la enfermera entró, el doctor le canceló la inyección y ella salió del cuarto. Le pedí mi receta y aguanté el resto del protocolo sin decir nada: pasé otra vez con la señora cero empatía, fui hacia la caja a pagar, y solo ahí, en una lista en donde debía firmar mi nombre a un costado del nombre del doctor, escribí “es un enfermo”. En ese momento no pude decirle nada a nadie. Sentí que todas las enfermeras y el personal de ese hospital sabían lo que él hacía, que era un ritual al que estaba acostumbrados y que lo ayudaban a prepararlo. Pagué la maldita consulta, esperé como unos 15 eternos minutos para que me entregaran mi identificación y salí del hospital. Pasé a la farmacia, mi mamá me llamó pero no le dije nada, le colgué porque estaba con el farmacéutico (o eso fue lo me dije a mí solita), cuando vi la receta me di cuenta que me había prescrito valeriana. ¿Valeriana? Para eso no se necesita receta. Primero el doctor había querido inyectarme una solución para dormirme y después terminó por recetarme valeriana. No tenía sentido. Esa noche no dormí. Al día siguiente tenía junta en Santa Fe y cuando mi jefe me preguntó que si qué me había pasado, pues mis ojos estaban notablemente hinchados, le dije que nada.

Guardé la receta porque venía el nombre del doctor, hasta me había anotado su celular. A los días de haber pasado por el incidente le dije al Zorro, un amigo de Tijuana, que me ayudara, quería planear una “cita” para ver si lograba grabar algo para que le quitaran la cédula al doctor, necesitaba pruebas, pero seguía muy mal y no tuve la fuerza para hacerlo. A las semanas dejé la Ciudad de México, tiré la receta y logré “olvidarme” del suceso hasta que leí la historia de Violeta.

Es muy difícil escribir este tipo de anécdotas, primero porque no quieres aceptar que te pasó, segundo porque no quieres aceptar que hay personas, como el doctor, que se supone que te van a ayudar y son quienes se aprovechan de la vulnerabilidad, y luego porque no quieres que los demás se enteren, porque te van a hacer dudar sobre si tú fuiste la exagerada, porque no quieres decir nada cuando “no te pasó nada”. Como si solo en caso de violación pudieras comprobar que sí te sucedió algo y entonces tuvieras el derecho de hablar sobre ello. También te culpas, porque piensas soy yo la que me estoy haciendo esto, me lo merezco. En mi caso me culpaba por querer hacer todo lo que estaba haciendo sin poder con ello.

Pero aquí estoy escribiéndolo, con el afán de decirle a la persona que se haya sentido en riesgo, que el poder acoso sexual es muy fuerte, sobre todo cuando quien lo ejerce está en su territorio y reconoce que hay una persona vulnerable que fácilmente puede caer bajo su dominio, quien probablemente no tendrá las fuerzas para dar marcha atrás.

Saber de las situaciones de otras mujeres, de todas las personas que lo han sufrido, te ayuda a aceptar las señales para evitarlo, y las señales son más bien lo que sientes cuando, sin darte cuenta, te estás adentrando a la boca del lobo.