(del pasado) desde el extranjero / Traveler soy yo

por luciayciula

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‘¿Te vas a ir en el puente?’ / ‘No’ / ‘¿Tú?’ / ‘Sí’ / ‘¡Qué buena onda!’

Y lo que sigue es preguntar a dónde, con quién, cuánto tiempo… No te importa pero sustituye al cómo estás, cómo ves el clima, viste la película tal y así. Esto sucede todos los puentes.

Sientes ansiedad unos días antes del fin de semana largo. Buscas vuelos a cualquier lugar, o boleto y destino en camión a donde sea, con quien sea. Para decidir que no. Nunca tienes suficiente dinero, nunca el plan vale tanto la pena, y convivir por más de 24 horas con una persona, o dos, o seis con las que no pasas esa cantidad de tiempo te provoca el doble de ansiedad que quedarte en casa, en la misma ciudad, realizando las mismas cosas. Ahora sí me pondré a escribir, a leer, saldré a correr, iré al museo. Te das unas palmaditas imaginarias en las espalda creyéndote todo tu cuento.

Piensas en viajar, en escribir, en el silencio y la soledad. Piensas. No viajas, no escribes, no estás en silencio ni sola. Esperas. Esperas a que algún viaje o escrito resulte. Pospones el silencio y la soledad para otro día.

Hace años leíste y releíste Rayuela de Cortázar. Hasta te nombraste la Maga, al ser locutora del 98.3 FM, una estación de radio en Mexicali, con la antena entre las montañas de la Rumorosa. Varios creían que ibas hasta allá a trabajar. A decir cualquier cosa mientras te escudabas en el sobrenombre del personaje de una novela. Querías ser como la Lucía de Cortázar. Encontraste algún parecido con ella, su ingenuidad y estupidez, ingenuidad y estupidez embellecidas, entonces te autonombraste. Tocaban el sonido de una varita mágica cada vez que se mencionaba tu apodo. Los radio-escuchas te pedían trucos. Nunca les explicaste que los magos te parecen patéticos, que jamás tomarías La Maga con la intención de ser la maga de la radio, que se desaparece o aparece conejos. Lo máximo que lograste ‘mágicamente’ fue cambiar el ‘playlist’ que te había asignado tu jefe, con el cual discutías al hacerlo. Tocabas lo que te pedían y lo que se te antojaba. El único conejo que sacaste del sombrero fue White Rabbit, de Jefferson Airplane, el cual tampoco formaba parte de la lista en aquella ocasión.

Hoy piensas en Traveler, el personaje ‘principal’ de la segunda parte de Rayuela, si la lees de corrido comenzando en la primera página. Eres Traveler. Piensas en Nueva York, en Buenos Aires, en Playa del Carmen, en Moscú, Seattle, y Río de Janeiro. Todas las ciudades del mundo de las que escuchas algo concreto. Una anécdota, una noticia, un personaje interesante que nació, creció o vivió ahí. Algún conocido que se acaba de mudar a ese lugar. Piensas cuándo me tocará a mí. No haces absolutamente nada para viajar. Renuente a que es posible. Con la idea de que nunca tienes el dinero para hacerlo, dinero que te gastas en una comida-borrachera-transporte hasta la otra fiesta-after-desayuno al día siguiente con unas cheves. Y así vas todos los puentes de tu vida.

Incluso trabajaste en el corporativo de la empresa hotelera más grande de México. Nunca preguntaste cómo era posible obtener un descuento o en qué ciudades se encontraban los hoteles. Viste a tus compañeros y a tu jefe partir para Los Cabos, Cancún y Orlando. Cuando volvían con su bronceado te limitaste a preguntar ‘qué tal te fue’, sonreíste, te diste la vuelta y seguiste en la computadora trabajando.

Aquí algún extracto del capítulo 37 de Rayuela:

‘Le daba rabia llamarse Traveler, él que nunca se había movido de la Argentina como no fuera para cruzar a Montevideo y una vez a Asunción del Paraguay, metrópolis recordadas con soberana indiferencia. A los cuarenta años seguía adherido a la calle Cachimayo, y el hecho de trabajar como gestor y un poco de todo en el circo “Las Estrellas” no le daba la menor esperanza de recorrer los caminos del mundo more Barnum; la zona de operaciones del circo se extendía de Santa Fe a Carmen de Patagones, con largas recaladas en la capital federal, La Plata y Rosario. Cuando Talita, lectora de enciclopedias, se interesaba por los pueblos nómadas y las culturas trashumantes, Traveler gruñía y hacía un elogio insincero del patio con geranios, el catre y el no te salgás del rincón donde empezó tu existencia. Entre mate y mate sacaba a relucir una sapiencia que impresionaba a su mujer, pero se lo veía demasiado dispuesto a persuadir. Dormido se le escapaban algunas veces vocablos de destierro, de desarraigo, de tránsitos ultramarinos, de pasos aduaneros y alidadas imprecisas. Si Talita se burlaba de él al despertar, empezaba por darle de chirlos en la cola, y después se reían como locos y hasta parecía como si la autotraición de Traveler les hiciera bien a los dos. Una cosa había que reconocer y era que, a diferencia de casi todos sus amigos, Traveler no le echaba la culpa a la vida o a la suerte por no haber podido viajar a gusto. Simplemente se bebía una ginebra de un trago, y se trataba a sí mismo de cretinacho.’ Cortázar, Rayuela, cap. 37.

Alguna vez fue diferente. Viajaste en camión a Oaxaca, después a Puerto Escondido, te fuiste a Ciudad Guzmán, a Comala, a Tepic, a Yerbabuena. Conociste Todos Santos, La Paz, San José, Puerto Vallarta, Mazatlán, Tepoztlán, San Cristobal, Monterrey, Real de Catorce, Xilitla, Guadalajara, la Llorona, Mazunte, Ensenada, San Diego, Austin, Los Ángeles. No podías parar de hacerlo. Irte a cualquier lugar. Inclusive conociste Tlaxcala. Y hasta pasaste sola uno de tus cumpleaños en el centro de Puebla, sin dormir, escuchando el repicar de las 365 campanas que suenan todos los domingos.

¿Qué te lleva a un lugar? ¿Cómo llegaste al DF? ¿Cuánto tiempo tardas en estar en el otro lugar? Al llegar o hasta que reconoces lo que forma parte del alrededor y tu inclusión. Cuando todo deja de ser un set acartonado sin fondo y toma alguna dimensión.

¿Es posible viajar en el tiempo? No solamente regresar a aquel lugar donde sucedió algo volviendo a ese algo. Encontrarte con una persona que te lleva a recordar lo que existió hace tiempo. Una amistad, una forma de ser tuya y del otro.

Y por ejemplo te es imposible sentir celos cuando el otro te dice que ha estado en tal lugar, que deseas conocer, imaginas la vida de esa persona en ese lugar que tanto añoras y te da lo mismo. Esa persona es quien es en cualquier lugar. Como tú lo eres y serás.

Te atreves a sentenciar que la idea del cambio no puede surgir a partir de viajes y experiencias internacionales. Aceptas que hay posibilidad de obtener un lenguaje más amplio de referencias. Inclusive se puede crear una basta cantidad de metáforas, partiendo de una misma idea, exponiendo algo particular de una cultura.

Quizá eres Traveler y no la Maga, y qué bueno, siempre te pareció el tipo más coherente en la novela, aunque claro es posible que nadie lo recuerde.

‘El quietismo es la actitud de la gente que dice: los demás pueden hacer lo que yo no puedo hacer. La doctrina que yo les presento es justamente la opuesta al quietismo, porque declara: sólo hay realidad en la acción; y va más lejos todavía, porque agrega: el hombre no es nada más que en la medida en que se realiza; por lo tanto, no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida.’.- Sartre, ‘El existencialismo se opone al quietismo’ de El existencialismo es un humanismo.