(del pasado) los lugares de Laura G.

por luciayciula

oficina, edificio, masa uniformada

Laura G. vive en cuatro lugares:

Entre las sábanas, tela de sus sueños, en esa otra realidad donde no puede verse, en esta realidad de sábanas y sueños anda por las calles de noche, no sabe a dónde se dirige o qué hará, y siempre al final de este plano en tela abre los ojos a un mismo día.

Entra a la nebulosa que la lleva de una tarea a otra: desde que abre los ojos todo se inunda un gel grisáceo y espeso. Cubierta de este gel se levanta para entrar en la regadera, siente el agua fría, y ya está preparando algo en un sartén,  y el cuchillo con el que corta es ahora un delineador y lo pasa por su ojo izquierdo, observa con atención su ojo en el diminuto espejo, ahora escucha los cláxones-el silencio-los comerciales-sus propios pensamientos-más cláxones-y más silencio, hasta que logra llegar al ritmo de alguna canción que tararea y entonces sale de su auto-nebulosa.

Ahora Laura se encuentra dentro de una caja de zapatos, una caja que no es de cartón, es de una tela gris con marcos de metal, sentada sobre una silla negra a la cual percibe más real que su piel y sus piernas. Los de afuera observamos una luz que surge de esta caja de zapatos, ella está frente a la luz que irradia un todo mientras ella nada irradia de vuelta. Laura martilla como un albañil sobre un rectángulo del tamaño de sus dos manos plagado de una especie de insectos cuadrados perfectos, cada insecto tiene un símbolo que lo identifica. Ella martilla con sus diez dedos, y suena un tec-tec-tec-tec-tac-tec-tac, a veces va al ritmo del segundero de su reloj, tec-tec-tec-tac-tac-tec-tec, a veces más rápido, hasta que un pensamiento la detiene, y ella lo apaga regresando al martilleo.

Alguien le llama: ‘Laura’, y ella detiene ipso-facto sus dedos levantándolos, busca la voz fuera de su caja de zapatos. Una voz que llega desde lejos, y ella busca, como buscase a alguien entre las dunas de un desierto y es ella en el desierto, cansada y seca, la voz insiste -se acerca y la sorprende- ‘Laura necesito esto’, entonces Laura sonríe como si fuera a recibir alguna recompensa, o agua en el desierto, la voz se marcha, y ella vuelve a la pantalla que la absorbe como sol que todo lo abrasa, hasta su alma.

Laura se enfrasca dentro de un contenedor de plástico cuadrado, se hunde entre el arroz rojo, una carne dura parecida a sus mejillas, con una salsa insípida que ella misma preparó. Como avalancha le caen sus pensamientos, aquellos que se habían agrupado en lo alto del clóset después de años de acumularlos. El sueño de una noche y las calles, el hombre en el desierto, y ella, la pantalla que irradia y absorbe, las ganas de tirar la carne a la cara de aquel que sonríe una sonrisa que no es de felicidad. La avalancha es del arroz rojo que la ahoga, inundando sus pensamientos en lo más adentro de ella, una manada de Lauras la empuja de regreso a la caja de zapatos.

El rectángulo, la pantalla, tec tec tec tec tec tec, pausa, tec tec tec tec tec tec tec. Apagar.

Laura sale de nuevo a la nebulosa, a ese espacio más grande donde contiene la esperanza: cambiar, ser, llegar, obtener, ser, ser, ser.

Y entre las sábanas de regreso. De vuelta a sus sueños. Al no espejo, al no reflejo. A la no ella. Para concluir con el sonido que la reingresa al mismo día.