(del pasado) lunes de desasosiego / después de la renuncia

por luciayciula

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En dos días vuelvo al DF. Este escrito lo comencé hace dos semanas, días después de haber renunciado. Hoy lo leo y será que soy otra (¿en dos semanas cambié?), pero lo leo y leo y no coincido entonces: select all + delete.

Añoraba la libertad y la sentí el último día de trabajo. También los días siguientes. Estaba emocionada, volví a correr, sonreía la mayor parte del tiempo, no me paraba la boca. Sentí que zarpaba dentro de un barco que va directo a encontrarse con el sol mientras está atardeciendo. Ahora me doy cuenta que sigo parada en el puerto, que el barco lo observo de lejos.

Mis días en la oficina fueron siempre frustración no porque la oficina fuera un infierno –aunque yo la sentía así– pero sufrí porque desde el día uno me imaginé otras cosas. Me imaginé que podía dedicarme 8 o 9 horas a estar dentro de ese edificio, para llegar al departamento a hacer lo que me gusta: leer y escribir. Fueron pocas las veces que pude sentarme a escribir, y menos las que escribí y casi ninguna en las que escribí algo que me gustó.

Siempre me propuse a volver a intentarlo. Fueron seis meses continuos en los que dije mañana sí voy a llegar a escribir, y sí voy a escribir algo y sí me voy a concentrar  y… al cruzar la puerta sentía que mi cuerpo flotaba por un aire denso y  lo único (verdaderamente) atractivo era la cama. Siempre me negué a acostarme hasta que fuera el momento de dormir.

Lo que más me desesperó no fue el haber sido una godín, fue el no haber podido lograr ese papel para después forjar mi oficio de escribir. Desde hace meses leo a Pessoa. Y Pessoa tuvo un trabajo de oficinista en Lisboa mientras desarrollaba el Libro del desasosiego. Todos los días pensé en Pessoa. Pensé si él puede hacerlo yo también. Y cada día que pasaba me frustraba más. Lo leí más y más claro me era lo lejos que estaba de ser un Bernardo Soares (personaje del Libro del desasosiego). Pero sí conocí a uno. Lo conocí poco y ya he escrito antes sobre él. Se llama Iván.

Yo me sentaba en el mismo pasillo que él, de espaldas. Iván siempre llega a las 8:00 de la mañana en punto y sale a las 7:00 o 7:30 pm para recorrer más de una hora de camino hasta llegar a su casa. Come en 60 minutos. Siempre lleva dos topers pequeños con su comida. En las primeras cinco horas de trabajo se levanta de su lugar una o dos veces, cuando su jefa le llama o para ir al baño. Rara vez lo ves comiendo algo en esas cinco horas (al menos que le ofrezcas una galleta que siempre te va a aceptar, lo único que no le gusta es el chocolate), se toma una taza de café y dos o tres vasos con agua. Su complexión es delgada, usa lentes, camina viendo al piso, tiene el cabello negro y la piel morena clara. Usa pantalón negro, camisa, zapatos y un suéter. Durante las ocho horas de trabajo, escucha la radio, el fútbol o se mantiene con los audífonos puestos. Todo el tiempo que está sentado frente a la computadora está trabajando. Yo lo vi. Su puesto es capturista. Digita dentro de un excel los datos de posibles clientes. Nombre, apellido, edad, puesto, correo electrónico, ciudad de residencia, teléfono y domicilio. Captura desde 800 hasta 1000 contactos al día. Cuando se junta el trabajo, Iván acude también los sábados. Rara vez trae dinero, sólo unos pesos para el viaje en metro, ida y vuelta. Dicen (no me consta) que Iván le entrega completa la quincena a su esposa y que ella administra las cuentas. Iván vive con su esposa y el hijo de su mujer. En fin de semana a veces va al cine o los lleva a comer, o eso me platicó alguna vez. También me dijo que por las noches le leía a su niño. Desde mi entrada al corporativo supe que la esposa de Iván estaba embarazada de él y que él quería que fuera niña. Hace unas semanas me mandó una foto de su hija recién nacida. Me escribió ‘no sabía que podía ser tan feliz’. Iván está desarrollando una novela, no sé cuánto lleva escribiéndola y si realmente tiene la intención de volverse escritor o si es buena. En los meses que lo conocí lo vi cargando tres libros distintos: La divina comedia, Así habló Zaratustra y El ser y la nada. También supe que en ocasiones se desvelaba jugando Xbox hasta que algo le pasó al aparato y no lo podía arreglar por falta de lana. Cuando había discusiones entre los compañeros Iván lanzaba la frase ‘esto es con tranquilidad’, no se metía con los demás y era bueno escuchando.

Ahora pienso en él porque tal vez no pude ser el personaje redondo del Libro del desasosiego, sin embargo, creo que tuve la oportunidad de conocerlo.

‘El que está a disgusto con la estrechez de la vida se siente encadenado en una celda amplia’.- F. Pessoa del Libro del desasosiego, entrada 381, pág. 391