(del pasado) lunes de desasosiego / el cambio literal

por luciayciula

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Extraño mi trabajo. Extraño levantarme a las 5:30 de la mañana, esa oscuridad. Ponerme el pantalón de pinzas, la blusa de botones y los flats. Meter topers, chamarra, cartera y celular en el gran bolso. Subirme a la bicicleta, rebotar en cada bache. Cerrar los ojos en los cruces de las avenidas grandes. Sudar a cada subida. Entrar a la oficina para caminar entre las miradas indiferentes y aburridas hasta los plafones grises bajo el letrero de mi nombre. Por supuesto que lo anterior no es verdad. Si en algo me considero buena es en dejar atrás mis ex trabajos. Ojalá me sucediera lo mismo con el dinero que ya gasté, relaciones que tuve y objetos (con valor sentimental) que perdí.

Me quedaron dudas o sensaciones que expondré aun cuando ya no formo parte de la experiencia godín mientras lo que viene comienza a sobreponerse.

De mis días de godín me sorprendieron los encuentros con los compañeros fuera de la oficina. Una sorpresa mala -o no mala- pero incómoda. Las preguntas en ambos eran ¿A dónde va? ¿Qué está comiendo o con quién? ¿Lo saludo o me hago güey? ¿Me quedo platicando o me sigo de largo porque tengo que ir a hacer aquello que voy a inventar en este momento?

Salir de la oficina implica exponerse a la realidad que no es en la que te encuentras (siempre) con tus compañeros. Y reconocer ciertos detalles que no ves. Como también sucede al acercarte al escritorio de tu compañero. Pocas veces acudí al lugar de una de mis mejores amigas dentro de la oficina. Con la que comía diario. Conocí algo de su vida personal, pero al acercarme a su escritorio me embobaba con todo aquello que nunca hubiese imaginado ahí. Notitas, una barrita de fresa a la mitad, un café frío, pintura de uñas, plumas, cuadernos abiertos, cargador para el celular, volantes y brochures de algún producto de la empresa y varias (muchas) cosas más. Ni hablar de aquellos que tenían años trabajando ahí, para transportar cada objeto que ahora formaba parte de su escritorio tendrían que invertir en una mudanza. Yo nunca me animé a poner algo. Sólo una taza (que me regalaron en el curso de inducción) con dos plumas y dos lápices. Intuía que mi estancia ahí iba a ser pasajera. Cuando pensé en colgar una foto o alguna frase inmediatamente lo descarté.

No brinco de la emoción por la libertad de hoy, como lo hice en los primeros días fuera. Sigo tranquila, menos insoportable (¿verdad roomie?) y hasta contenta. Sorprendida porque he tenido algunas propuestas de trabajo (económicamente accesibles para los que las ofrecen y  subjetivamente buenas, para mí). Abrirte a cualquier posibilidad es lanzarte al mar sólo sabiendo nadar. Pero sin imaginarte qué tipo de pez puedes encontrarte y lo que te tomará pescarlo.

Ahora también vuelvo a ser maestra. Preparatorianos a las 7:00 de la mañana, la experiencia. Espero sean un desmadre, que mi problema estribe en tranquilizarlos y no en despertarlos. También espero no desalentarlos con mis ideas de adulta. Hace poco me preguntó el Yuyo, un amigo, que si creía que el mundo estaba peor o mejor que antes. Sin ninguna investigación a fondo (como solemos hacerle las mujeres seudo-educadas del norte) le aseguré que mejor. Es algo que aboga mi papá y ahora secundo. Estamos más comunicados, informados y expuestos por eso hay una distintiva claridad en los sucesos, la cual también denota que todo se está yendo a la chingada. Pero antes si en alguna parte del mundo sucedía alguna injusticia, la otra parte del mundo seguía disfrutando campante de la premier en taquilla. Sé que aún existen lugares incomunicados donde ocurren muertes que pudieran evitarse, donde hay reales víctimas de la miseria. Pero creo que vamos encaminados hacia algún tipo de progreso, donde los planes y sueños individuales se vuelven más accesibles, y también los que se piensan en comunidad o pareja. Tal vez traigo esta idea de que todo es posible porque aun no he intentado algo en el 2014. Dejé mi trabajo en el 2013. No he comenzado clases. No he concretado ni se ha caído la posibilidad de que yo participe en uno de los proyectos que me ofrecen. No me queda de otra que decir que lo que viene es mejor. Hoy no tengo nada. Bueno, terminé mi primera novela. O eso creo. O eso quiero creer sin darle la lectura #8374. Novela que he decidido sirva sólo para graduarme de la maestría que cursé por dos años para volverme escritora. Y darme cuenta, un día después del primer día de clases, que no necesariamente. Entonces escribí la novela en tres meses. O vomité tres meses lo que ingerí literariamente en dos años y medio. Para cocinarlo (de nuevo) en un año, corrigiendo todo aquello que había escupido. Me di cuenta que es posible que así termine escribiendo. Escribiendo y reescribiendo sin cesar. Esta novela será entregada a la escuela, la leerán dos maestros para decir que ya puedo pagar 6 mil pesos y obtener el título de la maestría. Guardarán ese texto en la biblioteca y nadie nunca más sabrá de ella. Mejor. Es cuestión de genios que un primer libro se vuelva un gran libro. O de mucho más trabajo. O de verdaderos escritores. O me puedo justificar para siempre. Pero ahora decidí abandonar el texto (dicen que Borges decía que los textos no se terminan más bien se abandonan) por lo que (los paréntesis siempre interrumpiendo) ya quiero trabajar en lo que sigue. Que venga la nueva novela (o mi primer guión de cine). Que venga el nuevo trabajo. Que venga el nuevo departamento (por si alguien sabe de algo). Que venga el ser maestra otra vez. Que venga el 2014. Que venga el cambio. Y esto es tomar la idea del cambio en serio.

‘Nada era definido, ni siquiera lo indefinido. Por eso apetecía llamar humo a la niebla, porque no parecía niebla, o preguntar si era niebla o humo, por no poderse apreciar en absoluto lo que pudiera ser.’ F. Pessoa del Libro del desasosiego, entrada 385, página 393.

Nota extra: lo que más me gusta es buscar la frase en el libro de Pessoa que carga alguna referencia con el texto que escribí. Por su atención, gracias.