(del pasado) lunes de desasosiego obligado / diez rosarios, cero estrés

por luciayciula

viene con una secta

i got a feeling (to kill you now)

Cuando comencé a escribir estos textos decidí que era un proyecto para estar en paz con el mundo godín, y mi etapa Godínez. Etapa que me lleva a dedicar diez rosarios diarios a san Pessoa, san Miller, san Eliot, san todos-los-escritores-que-hayan-pasado-por-esto. Me encomiendo al olimpo literario hasta encontrar un resquicio hacia otra realidad profesional.

El lunes se volvió martes y es hoy. La pantalla de una computadora de escritorio me succiona como hoyo blanco mientras me decido por un tema: los directivos de las grandes godineras, las cotizadas garnachas, los sonidos recurrentes en un día godinezco. Ida, con la mente en negro más que en blanco comienza a todo volumen la canción “I got a feeling… that tonight’s gonna be a good night…” En unísono mi compañero a la izquierda y yo (con el que normalmente no comparto miradas) nos vemos a los ojos, giramos nuestras sillas para escuchar una bocina que grita ‘¡No, esto no es un simulacro! Levántense de sus lugares y vengan al pasillo, adiós estrés, cero preocupaciones’. Preocupados caminamos hasta observar a un hombre fornido, vestido en pantalón de licra y camiseta blanca entallada, con diadema micrófono, y sonrisa fluorescente. Un muñeco (Ken) accionado para no detenerse hasta el final de la melodía. Anima con los brazos al aire, baila, cambia su postura mientras a su alrededor mujeres que usan el mismo material deportivo atraen a las personas de sus lugares, aquellos que se hunden en las sillas giratorias renuentes al instante absurdo. Reímos incrédulos. Ningún directivo está ahí, se quedan en sus oficinas fingiendo una junta o llamada importante.

El trabajo, la oficina, los corporativos, jefes y empleados, y las diarias transacciones de dinero, se constituyen de una serie de eventos de lo mismo. El empleado trabaja, los clientes consumen, el empleado es remunerado y ahora consume para generar el sueldo de otros mientras se desenvuelve como un rollo de papel de baño el ideal capitalista. Un esquema definido por necesidades creadas, inevitables desperdicios, acumulación que cae en una red deshilachada, basura sobre basura. Entonces todo lo que constituye una oficina es acartonado: programas para disminuir el estrés, o bajar de peso, las fundaciones de beneficencia, las acciones a favor de los desastres, las dinámicas de compañerismo, las celebraciones de cumpleaños (estoy aterrorizada, falta un mes para el mío).

Seres alejados de una búsqueda de libertad e individualidad –y en este instante mi compañero a la izquierda se empina una bolsa de palomitas con queso; acomodo mi computadora de manera diagonal para no observarlo– estos seres únicos ahora reunidos (masificados) y secuestrados (enlatados) por el consciente colectivo que se rige por las leyes del poder y del dinero, del ‘deber’.

Cada peso que se genera en masa y se otorga a cada uno exigiéndole reconocer el objetivo de generar; vender, venderse, comprar, comprarse. Entre menos libertad hay más acumulación de capas edificando una realidad de circo, maroma y madrazos. Porque más bien es un camino hecho de débiles plafones el cual andas entumecido, y si caes, el plafón se deshace, y de pronto como una luz: la realidad. Aquella que normalmente evades mientras flotas en una ola de sopor hasta entrar en tu cajón.

Después del madrazo te levantas y caminas para encontrar tu reflejo en el vidrio del edificio al que acudes siempre, tu imagen aparece como sombra de una película quemada, y tal vez entonces te preguntas si es posible otra forma de vida.

O no, y sólo cruzas las puertas de vidrio olvidando el madrazo y tu reflejo, caminas hasta insertarte en tu cuadrado gris de trabajo a observar indefinidamente una pantalla que no te observa.

“Todo en mí es tendencia para ser a continuación otra cosa; una impaciencia del alma consigo misma, como un niño inoportuno; un desasosiego siempre creciente y siempre igual.” – F. Pessoa, número 10, página 26, Libro del desasosiego