(del pasado) lunes de desasosiego obligado / resquicio de luz o agujero

por luciayciula

ImageHoy encontré un resquicio de luz –y sin el farol literario– hoy descubrí un agujero. Pequeño y luminoso.

El lunes volví de Mexicali, del desierto, de mi cuna; de la casa de mi madre y su refri grande, de los tacos de carne asada con tortillas de harina de verdad y muchas salsas (y ricas, con pedazos de aguacate); de andar en carro, de cruzar a los Yunaited por las rebajas; de la plática a monosílabos con mi hermano, digresiones con mi papá, de las risas en casa de mi abuela, de mis amigas idénticas. De la nostalgia pues. Cuando me fui Mexicali Rose good bye, tres horas más tarde aterricé triste en el DF. Desanimada.

Muy enojada con tres kilos arriba pedaleé hasta la oficina. Qué hueva. Y no es qué hueva me quiero quedar acostada, sino a dónde aviento tanta energía (¿solar?) que recargué allá. ¿A los zombis que me rodean en la oficina? ¿A los histéricos del tráfico? ¿A todo ser humano que me evade y evado? ¿A la rutina circular que nomás está excavando un hoyo?

Hace unas semanas escribí sobre mis 30, sobre la desnudez y la libertad y esas cursi-chingaderas que hoy no siento. Un discurso de autoayuda que –sí sentí en el momento– pero duró sólo ese día y se prolongó con las cervezas, los mezcales de la noche, le gâteau du chocolat au mota. Y en la cruda pacheca sutil amistosa, más otro porro y buena compañía, mi ánimo seguía invencible.

Hasta que pasaron los días.

Hasta que sigo en esta empresa y en esta oficina.

Ahora mi cuerpo como terreno para la revolución de las hormonas, jamás aliadas siempre enemigas, empeora la perspectiva. ¿Cuándo encontraré la tregua? Ese pan o chocolate infinito y sin calorías, para comprarlo por 200 kilos y atragantarme hasta acabar con él y pedir otra dosis para el siguiente periodo (o para dentro de dos horas).

Mi sonrisa es una mueca de ‘te voy a morder si das un paso más’, me gustaría que fuera un gesto de ‘me importa y me importas’. Pero no. Quiero ser la persona que abraza la realidad –cualquiera que sea, fracasos y sopor, o alegrías y sonrisas– pero no. Encontrar maravilloso el absurdo. Pero no, y no sé cómo. Por supuesto que no. Dependo de la realidad, y quiero que ella sea coherente conmigo y lo que siento.

También me gusta imaginar el montón de posibilidades –según yo alcanzables– que le dibujo a mis sueños, cuando se las dibujo; pero luego llego al muro y jamás. Jamás.

Me caga. Me repito: aunque me manden al carajo todos y no se cumpla lo que más quiero, de todos modos estoy bien y estoy en paz. Pues no. Me mandan al carajo y desde el carajo escribo esto.

Hoy mandé mi currículo por 230,221,887 vez. Preparada para el no nunca, obtuve respuesta y cita para una entrevista. Mierda. Ahora, qué hago. ¿Extrañaré ser godín de Godínez? (me acabo de comprar unos pantaloncitos godinezcos fabulosos, son aguados y  soy una señora al espejo, son cómodos y adecuados para la etiqueta que me exigen, y esta estupidez me hace feliz). Entonces ¿Qué?

Salgo sola a la 1:30 a comer y deambular por los caminos de Godilandia. Observo suficientes mocasines como para llenar un almacén. También tantos tacones tambaleantes para erigir un nuevo rascacielos en Reforma. Encuentro a todo godín absorto en su móvil y redes sociales imaginando que su vida sucede porque obtiene alguna interacción por ahí en su alter-niego. Los tacos, las tortas y la fruta con el aura en chantillí. Los gafetes bailando al ritmo de las caderas de mujeres y hombres, en dockers, falda o traje sastre. La plática sobre el nuevo lugar de garnachas ‘éstas sí son las más grasientas del oeste de la ciudad’ o el repetir la lista de todo lo que adquirieron en el buen fin de su quincena.

Me siento a leer un libro adquirido en Sanborns hace tres minutos, lugar que se ha vuelto mi paraíso de posibilidades. Asco. Con permiso, y pasa el godín con su promoción de nutrisa o su frappé personalizado. De haber tenido cara de dona hubiese obtenido más miradas. Cigarros y coca cola light a mi alrededor. No, no voy a extrañar esta dimensión de donde cuelgan corbatas, maletines y bolsas gigantescas con chicles, paletas, pastillas para el dolor de cabeza y más cigarros para la ansiedad.

Mi terror es odiar lo que viene, si es que viene, porque no soy capaz de vivir la realidad. ¿Algún día? Imagino que lo siguiente me genera una sonrisa que no es falsa o no de lunes a jueves. Que tal vez ni escribo porque observo y estoy en paz y abrazo lo que tengo y lo que viene y no necesito gritar que estoy inconforme. Para entonces y seguramente tendría que estar muerta. Mientras tanto: mientras tanto.

‘[…] de vez en cuando, levanto los ojos del libro donde estoy sintiendo verdaderamente, y veo, con ojos de extranjero, el paisaje que huye–campos, ciudades, hombres y mujeres, afectos y saudades– […]’ F. Pessoa del Libro del desasosiego