(del pasado) lunes de desasosiego obligado / M, F y el sexo en la oficina

por luciayciula

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M es directivo en la compañía donde trabajo, F es subgerente del área comercial. M y F tienen una relación desde hace seis años. M está casado desde hace 15 años y tiene 3 hijas. F es soltera y tiene 35 años. M es alto, delgado, de cabello castaño y piel bronceada. F es una mujer muy alta, muy delgada, de pelo negro, ojos grandes y facciones toscas.

Hace unos días me enteré que antes de F había otra mujer con la cual M mantenía una relación extra-laboral, ‘hasta compartieron departamento’, agregan. También dicen que F es muy torpe con los proyectos que le han asignado, un directivo no dudó en correrla hasta que M tomó la decisión de acogerla (cogerla y cogérsela) para darle orientación (entre sus piernas).

A las 8:00 en punto encuentras a M en su oficina y a F circulando por los pasillos. F entra y sale del lugar de M, y éste también la busca con frecuencia en su pequeño cubículo. Salen a comer tarde pero no ansiosos como el resto que aquí estamos. Se puede pensar que ambos disfrutan su trabajo y que su relación es destino, o que es un verdadero estímulo en su día a día laboral.

Después de cubrir con las actividades de mi puesto, e inventar algunas para deshacerme de tiempos muertos, o mi yo muerto. Descubro que lo que tienen M y F es un aliciente profesional, más si se trata de una compañía conservadora chapada a la antigua donde el único incentivo es, soportando, escalar de puesto y mejorar el sueldo.

Ahora imagino ser la pareja de algún compañero (ninguno en concreto). Un X con el que intercambie correos electrónicos en outlook, salga por un café (de verdad, no el de esta máquina que destruye al estómago, paladar y el recuerdo de una taza humeante). Imagino caminar tomada de la mano de X una vez estando lejos de las puertas de la oficina, explorando dónde comer. Contenta de compartir con mi novio y compañero de trabajo: besos, plática, chistes, chismes y sexo. Tal vez así mi lugar no fuera tan gris, tuviera una foto o algún recadito de su parte. Imagino alguna discusión con X que me lleva a enviarle correos y mensajes por el celular distrayéndome del sopor de esos otros correos falsamente amigables, buscándonos en la terraza para arreglar las cosas, y regresar a encontrarme con un chocolate. Imagino el momento en el que nos atrevemos a manosearnos cuando nadie nos ve con la posibilidad de que todos nos vean. Hasta imagino el día en el que X está cargado de trabajo y yo le hago compañía mientras me distraigo con cualquier pendiente, nos escondemos entre lo vacío de los pasillos para fajar y coger, nos reímos nerviosos al vestirnos entre archivos.

X y yo nos prometemos estar juntos para siempre, una relación verdadera que termine por formar una familia.

Imagino ser una godínez que no despierta en su soledad, cruza las puertas de vidrio a las 8:00 y dice ‘buenos días’ a cualquier otro godínez del que sólo conoce su nombre o puesto o el suéter verde que repite. Olvidar las conversaciones a la hora de la comida sobre el clima, las marchas o el mentir sobre las actividades del fin de semana (no vayan a pensar que soy la alcohólica y obsesiva que soy), para salir a las 6:00 de la tarde sola, llegar a casa con un deseo que se agiganta de no volver (nunca), y caer rendida. Para al día siguiente levantarme a fingir un papel sabiendo que la silla giratoria de mi cubículo cuenta con más vida. Olvidarme del autómata que resuelve problemas creados de una compañía inventada por necesidades imaginarias. Autómatas como masa dispuesta al vender-vender. Mientras el ser humano que la conforma está por desaparecer su ser en el transcurso de días idénticos que devuelven el propósito de su existencia en una dotación –siempre e insuficiente– de dinero.

Porque mientras escribo esto, mi compañero a la derecha crea una fórmula en un sistema para encontrar posibles clientes (víctimas) de membresías para vacacionar, y mi compañero detrás captura a más de 800 nuevos contactos que serán acosados vía telefónica y electrónica para venderles lo que se dejen vender, y el compañero a la izquierda canaliza los contra cargos que fueron hechos durante el mes. Esto lo harán durante ocho horas hasta ‘nos vemos mañana, descansa’ y el caminar hasta la estación de metro a quince minutos, cambiar de línea, y 20 minutos más hasta llegar a casa y ser recibidos por su hermana, madre o esposa. Tirarse frente a la televisión sin ganas pero intentando obtener energía para ayudar al hijo con la tarea, a la hermana a recoger la cocina, o satisfacer sexualmente a la esposa y terminar por cerrar los ojos vencidos, y despertarse en la oscuridad de una mañana igual a la anterior.

M y F salen tarde de la oficina, pasan por algo de cenar y llegan juntos a una habitación. M y F platican sobre alguna alianza que puede funcionarle a la organización. Se olvidan de la mesa de la sala de juntas mientras F se recuesta sobre la cama, ambos se desvisten, se besan y acarician. Ahora M la coge F por detrás, F toma a M y se monta sobre él. M y F cambian posiciones hasta quedar entrelazados de piernas, uno dentro de la otra, así suceden los minutos y movimientos: ma-fe-ma-fe-ma-fe-ma-fe-ma-más-fe-ma-fe-fuerte-ma-más-ma-ma-fe-fe-fuerte-fe-maaaa-aaa-aaa-feeee-eee-eee-aaaaaaeeee llegando al clímax de ese encuentro final del día. Acostados y abrazados alguno agrega una idea sobre aquella nueva propuesta a presentar. M se levanta, se lava y viste, le sonríe a F y sale del cuarto murmurando un ‘nos vemos mañana, descansa’. F observa el techo por un minuto piensa en la propuesta, en las manos de M y en el regreso a casa. Se levanta desnuda y camina hacia el baño. F sale de la habitación y camina ligera por el pasillo hasta la salida del hotel. A la mañana siguiente sus tacones ingresan, con esa misma liviandad que la caracteriza, por los pasillos de la oficina.

“El amor es la más carnal de las ilusiones. Escucha: amar es poseer. ¿Y qué posee quien ama? ¿El cuerpo? Para poseerlo sería necesario hacer nuestra su materia, comer, incluirlo en nosotros…”.- F. Pessoa, entrada 363, página 372 Del libro del desasosiego