(del pasado) postales desde el extranjero / la soledad y los amigos

por luciayciula

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Hago planes para ver a una amiga, inmediatamente, imagino la plática que tendré con ella. Le hablaré del viaje que tuve, de mi lograda ‘estabilidad’ o trabajo, de la persona que quiero me hace ‘sufrir’. Para darme cuenta que esto mismo ya lo sabe. Si la vi hace una semana, parafrasearé mi anécdota, y ella encontrará (o no) algo nuevo en la historia. Si la vi hace un mes, le recordaré cómo soy, qué es lo que quiero y cómo actúo.

Por eso, tantas veces me detengo. No sé qué tanto lo hago por la otra persona. No me da hueva que la otra persona me cuente lo que me vaya a contar, que se resume en: así es esta persona, eso es lo que quiere, y así es cómo busca. Me da hueva escucharme. Saber aquí voy de nuevo con el párrafo cuatro de la página 49 del libro de mi vida. Cuando pienso, no me doy cuenta que me cuento lo mismo cada dos minutos o dos días. Que mis conclusiones son las mismas. Me distrae el alrededor, los otros, entonces mis pensamientos son un remix de tango electrónico, otros día de bachata, o un house tribal. Whatever that means. Sé que el otro funge como reflejo. A veces el otro es mi amiga de siempre, con la que (mentalmente) anoto en una columna coincidencias y en otra desacuerdos. Pero mi amiga también evidencia que mis días marchan como siempre, que soy la misma, que cada día caigo más en ese carácter adulto que me sumerge, y cada vez menos me sorprendo con quien soy. Es mentira. Me sorprendo muchas veces, pero son momentos que olvido. No les doy importancia.

Cuando viví con la única pareja con la que lo he hecho, era también evidente. Él me reflejaba exactamente los mismos vistazos (pincelazos) de aquello que me molestaba y gustaba de mí. Podría decir que era él, pero realmente él se volvía un bumerán de la que ansiaba y odiaba ser.