a punto del temblor dentro

«Solo el acto de resistencia resiste a la muerte, o bajo la forma de obra de arte o bajo la forma de una lucha de los hombres.» —Deleuze

 

Después del temblor me puse a leerlos a todos, en sus redes sociales y en sus textos, en sus blogs, columnas de opinión, poemas y reflexiones; vi sus fotos, y también los escuché. Quería sentirme allá, y casi lo logro. También estuve a punto de tomar un vuelo hacia la Ciudad de México, Oaxaca o Morelos. Nunca había escuchado de Jojutla, pero quería estar en Jojutla, sentirme útil, ayudar. Quería sentirme viva.

Trabajo en una asociación donde apoyamos a las mujeres en situación de violencia familiar. Un lugar en donde “ya ayudamos”, y como en todo trabajo, cumplo con lo que tengo que hacer para entonces tener más tiempo para mí. Una de las frases de esta modern kind of life (hipercapitalista) que he hecho mías. Soy sumamente egoísta, aprendí a serlo. Incluso me volví ermitaña y antisocial solo por alcanzar los más altos grados de egoísmo. Poco a poco, y no sé ni cómo, he logrado rebelarme ante esto, pero casi como accidentes. Entonces cuando sucedió el temblor, y quise ir a ese lugar “necesitado”, me topé con vuelos caros y no fui. Después se abrieron las puertas de la razón y alcancé a sentir el aire del “puedes hacer mucho más donde estás”.

Me la paso leyendo para entender la realidad, pero no la quiero vivir. Que me cuenten los estudiosos, los escritores, los intelectuales con sus teorías rimbombantes, qué es eso de la condición humana, la existencia y la tristeza. Mientras todo mundo todo el tiempo lo estamos viviendo. Todos. Lo sé porque cuando me dejo sentir lo siento. Hay días en los que estoy viendo mi celular cada dos minutos. “Que me busquen, que me quieran, que se trata de mí”. Y también las noticias en cualquier parte del mundo, los logros de ciertas figura o personas, las vidas ‘televisadas’ de los otros. Mientras que a las personas que tengo enfrente les tengo miedo. Porque según yo hay algo más importante que atender, algo que no he descifrado, que es más, apuesto, a que nunca descifraré. No quiero saber de la persona a la que veo todos los días. No quiero involucrarme. No quiero escuchar lo que el otro me cuenta porque entonces haré un comentario cualquiera para que me deje de contar. Le tengo tanto miedo a la vida y a ser parte de los otros que es como si sintiera que puede volver a temblar, y esta vez todo se va quebrar, a romper y llegará el fin. Es un a punto del temblor pero adentro. Qué chistoso, ¿no? Tanto miedo a la vida que prefiero esperar sentada a la muerte. ¿Y si se rompe? ¿Y si me dan ganas de llorar? ¿Y si me enojo y me ven enojada? ¿Y si me gusta y me ven feliz? ¿Y se me da por abrazar? ¿O por gritar? ¿Por qué acumulo toda esta incapacidad de amar hasta llegar sola a estallar? Me quejo en mis pensamientos, y se los atribuyo a los otros: “es que él piensa”, “esa cree” y “aquel dijo”. Y para estar tranquila busco cansarme hasta llegar al aburrimiento.

Todos los días, desde que abro los ojos hasta que los cierro me encuentro con todo tipo de oportunidades de hacer las cosas distintas. Dejo pasar la mayoría. Pero cuando tomo una, se convierte en el día y van siendo los recuerdos de mi vida. Solo siendo con los otros es que me doy cuenta que soy. Sola, deambulando entre un cuarto y otro, leyendo, abriendo y cerrando el refrigerador, escribiendo, calentándome agua para un té… me voy borrando. Si algo me ha quedado del temblor y sus secuelas, ha sido que soy mejor siendo parte del todo y en donde estoy.

Por primera vez me fui al trabajo en bici, y solo en el camino de regreso, entre las calles, viendo las mismas escenas pero esta vez observando, me encontré con casas sin ventanas y sin techo, con lotes baldíos y vagabundos acampando. Escenarios que pudieron haber sido posteriores a un temblor. Seres humanos que nunca han tenido casa, que quién sabe qué comen ni dónde, que lo necesitan todo; y para empezar, ser tomados en cuenta por alguien.

Todos somos artistas de esta realidad. Pero solo en el desastre real sentimos la pulsión por responsabilizarnos. Porque queremos acomodar el cuadro de la normalidad, que vuelva a quedar intacto. Pero qué pasa cuando esa normalidad nomás nos está separando, ensimismándonos, haciéndonos creer que el otro no soy yo, y que yo siento otras cosas y que más vale que ni me lo encuentre. Es más difícil construir desde la normalidad porque entonces tienes que hacerlo con la hoja en blanco, donde ya no ves.

Reconstruir la realidad es querer encontrar sosiego en lo que era. Nos empeñamos en no ver, porque así duele menos la existencia. Pero cuando todo se nos cae encima, resurgimos desde lo hondo gritando, amando, armando un poema con nuestras palabras, acciones e impulsos que también incluyen a los otros. Todos somos creadores de la verdad, tanto el que grita que sí se puede, como el que dice que ya valió madre, como aquel que acepta que no sabe, como el que se deshace porque se siente mierda. Todos somos la realidad. ¿Por qué solo en el desastre nos sentimos comunidad?

Aunque todo lo material esté en su lugar y sin rasguños, la inmovilidad también grita con su silencio, pues no se trata de estar tranquilos, esa aparente tranquilidad, es que no ves, se ha vuelto normal, algo está pasando, nunca ha dejado de pasar pero tienes miedo de encontrarlo.

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2 comentarios sobre “a punto del temblor dentro

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