c de cuerpo

c

para Sonia

me doy, desde la punta de los dedos de mi pie, los encojo porque los siento y te siento, recorro tu espalda con las yemas de esos dedos, son las manos deformes y alargadas que se enraízan a la Tierra

se me da fácil la carne, he sido vegetariana por la culpa o la idea de la culpa que no me da

en los tobillos comienzan o terminan las piernas, son la base de estos postes que intento que sean de seda, me pongo tres capas de crema corporal para impregnar a los fantasmas de las caricias pasadas

las pantorrillas son un par de bolillos de carne viva, rellenas de imprudencias, limitadas por los cascos de piedra: las rodillas: el engranaje para ensamblar un par de ballenas que nadan por las calles o recorren los cuartos vacíos de la casa de mi madre, los muslos no son ballenas asesinas, son alebrijes de ballenas con alas (que debido a la carga no pueden volar), cómplices, me llevan a avanzar kilómetros aún sabiendo que voy en busca de nada

esos muslos desembocan en la boca abierta de un dragón que no duerme, la caja de pandora con el fuego infinito, la vulva que pulsa mi malestar: el tobogán que me catapulta hacia la libertad hasta la extenuación: el motor de esta máquina deseante: un triángulo equilátero de barro (que sigue mojado, que no se seca): un trapo empapado: el corazón de una sirena que canta alojado entre los peñacos de mis caderas

detrás se alzan las nalgas, inconmensurables, carne sobre carne en pliegos, dos cerros prietos rellenos de algodón y de grasa, no acerquen el fuego que no sabemos qué es lo que pasa, no son perfectas, tienen marcas, no son de seda, van de picada con la gravedad, ya por fin del mito de ellas me voy a librar

una panza vacía de ningún engendro, mi carne no produce más carne, mi materia no se transforma, creando un pantano que huele a muerto olvidado

soñé una salamandra amarrada alrededor del ombligo, un anfibio de fuego tragándome las manos o brotándome de las manos, o brotándome de una mano mientras se tragaba la otra, la salamandra se encalló a este puerco hasta que se desvaneció con su inmovilidad

entre las costillas yace el desierto donde me crié, pequeño pero extenso, donde el viento de una mano ajena levanta una polvareda, recordándome que en esto terminará todo mi cuerpo

llevo una cruz entre las tetas, y no a la espalda, de tanto cargarla mis pechos caen como dos botas cuero cuyo vino nadie se ha de tomar, las jalan las estrujan, les muerden la boca, y detrás de esa cruz desdibujada guardo el cáliz con mis suspiros, los sueños perdidos, las ilusiones de piedra que al tragar por poco y me ahogo

que me encajen dos clavos a los extremos de mi clavícula, para amarrar las cuerdas de donde alguien vestido de dios pueda dirigirme

un par de brazos, que no uso para abrazar a nadie, y sí para alzar las brasas con las manos: la izquierda se me quema, la derecha es hábil con el taladro, le cuelga cuadros a la pared de mi ignorancia y sombrea mi locura a lápiz, hace un circo con las palabras, que desfilan como masa(cre) recién vomitada y también terminan por ser enmarcadas bajo un letrero que dice “sin título”, para explicar que no se trata de nada, siguiendo la técnica mixta de lo barroco y lo surreal

en la explanada de la espalda, se abre un campo traviesa, las sensaciones: se cruzan, se desplazan, convergen, beben, se enamoran y se dejan; torbellinos de tierra subiendo por la ruta de la columna y bajando por la médula espinal, plantando un bosque de pinos salados, una tormenta de nubes blancas, liberando a la una insaciable del marestar

en el terreno del cuello he querido plantar un jardín, levantar una casa (en alguna parte tendré que vivir), pero se me agujeran las ganas y succionan mi voz, no sé cantar, y hablo de más para disimularlo, son varias voces jugando a los encantados, son los gritos de una vieja que perdió su norte

desde el cerro de la barbilla se vislumbran un par de labios, pétalos marchitos que soplan el estertor de mi risa, que aguantan la impotencia, ¿ejerciendo resistencia?

en el surco nasolabial, se quedan las aguas que de mis ojos brotaron, se juntan con las que se escurren de la nariz formando un delta

mi nariz aparece respingada, como que me creo la muy muy, diría Amandititita, pero fue mi madre quien me la donó, y sin querer cumple con el patrón de las revistas, me es inservible cuando todo pasa y el aire nomás no entra

es cierto que por las donaciones de mi madre —estéticas y materiales— termino por no hacer nada

los ojos que me han de sacar, si cumplo con la profecía de Santa Lucía, pues soy mártir y a todos mi cuerpo les quiero entregar, pues no lo considero mío, aunque tampoco de los demás, me da lo mismo porque la Tierra que se lo ha de tragar

un cuerpo como jaula de mi alma, como el dueño acaricia a su perro sintiendo consuelo, y hasta amor

un cuerpo que a cada rato me ladra de hambre, porque quiere llamar la atención, o quiere aflojar la tensión de mis pensamientos: el circuito neuronal y nervioso donde al intentar razonar todos los focos se funden

brota de mi cabeza, cubriendo a la estupidez, la mata de pelo que quiero peinar, se me cae cabello tras cabello como cascada de mi imposibilidad, me pasa como a Britney, seguido me quiero rapar, pero no tengo los huevos para perder esta máscara de mujer

me doy, se me acaba o comienza este cuerpo, se me ha impuesto como una yegua salvaje desde la pubertad, como un puerco más que como un cuerpo, es el yugo del alma que es más que él

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