la galería de los gemidos inconscientes

g

“qué ganas de ir a juego / con el legrado del cielo / a las siete / de la tarde  /
—piensa Leigh Bowery / frente a una cubeta /  de pintura”
—Antonio León

 

Qué ganas de que todo acabe (o empiece) de una sola voz. Que el gusto sea una garantía, y no el gemido de un gato que te despierta a sabiendas que has vuelto a esta tierra como una guitarra desafinada gritando de horror. Y la Gioconda de espaldas fingiendo que no se tragó el guisante, ese con el cual comprobaba que era una obra maestra.

Qué ganas de olvidarse de la grandeza insaciable. O del guión de la normalidad. Mejor: ser una goma envuelta en un glaciar a punto de extinguirse, sin que nadie la haga de pedo, menos la goma.

Pero llega la góndola y te recoge y te lleva de vuelta a la puta galería, en donde expones el sinsentido de lo que es estar viva —te prometen una galaxia, y por eso terminas montada en la góndola—.

Y ya que estás dentro, no hay escape: la Gestapo funge como guardia, y cualquier gruñido lo toman guturalmente. Aunque gires y gires, no crearás ninguna geometría que te salve, ni por muy gentil que hagas sus esquinas. Para ellos eres un gusano guarro que desea la gloria y se roba al galán de la novela, ese del genital funcional, no el del más grande, pero sí un genio que te lleva a tu propia genialidad, y convierte en agua tus ganas —tus ganas desegúntúdenada—.

Finalmente, vas con los germinados en las manos para plantar tu gestión de ser humano, en donde ningún gerundio te salvará.

Te quedarás sin usar la girándula que brotó en Getsemaní, y recordarás al gorila que no tuviste, entre las garras que te sostuvieron al sobrepasarte de intraducible. Por geniecilla, según tú. Por Gargantúa. Por girasol (mientras sabes que eres sólo las semillas empaquetadas en bolsa) y ninguna flor. Por gaznate.

Porque en la maldita galería de los gemidos inconscientes, que está ubicada al sur del desierto más al norte de este país, abren sólo por las noches, todos los días, sólo las noches, de 10:00 pm a 3:00 de la mañana.

Un espacio vivo en donde caminas no por el suelo ni por la alfombra de una sala, y más bien, sobre los cuerpos de una mujer y un hombre desnudos en donde vemos cuadros de sus gemidos que no dicen mucho. Que no dicen nada. En donde los espectadores han terminado decepcionados, pero que se han conformado con observar las piezas para saber que no hay nada que hacer, y toman fotos de los gemidos, imágenes que envían por sus chats de whatsapp: “aquí yacen dos cuerpos gimiendo”. Hasta que alguno acaba diciendo un chiste, que es un chisme, y expresa que ningún texto metafórico tiene un final…

Porque en gesta ocasión toda galabra tenía ge: gla gobsesión: gen gesta gocasión goda galabra genía ge: galgo gasí ghasta que el gabecé degó y degó y dejó de tener sentido.

Para llegar al punto g se hace el camino con puro gemido, así, hasta el final.

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