no sé si cortarme los hilos o dejarlos crecer

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Es mentira que si no das cuatrocientas piruetas no vives. Que si no vas y te buscas una rutina que consista en más de veinte actividades al día no estás viviendo. ¿Has intentado no hacer nada? Sentarte en una silla, ver hacia la misma ventana de donde surge el paisaje que crees que has visto toda tu vida, y no hacer nada: nada. No escuchar música, no ver una película, no tomar agua, no hacerte un café, no comer algo, no bailar, ni hablar sola, no ver el teléfono celular. Te darías cuenta de que las cuatrocientas piruetas de todos modos suceden. Y creerías que son los espíritus los que te atormentan, que quizás te estás enfermando, que no te gusta pensar, que qué miedo sentir, que para qué chingados estamos aquí si de todos modos nos vamos a morir, que tú no pediste estar vivo, que la neta sabes que no vas a resolver nada, que no quieres nada, que juras por tu vida que no sabes nada, que no eres nadie, y fuck, sólo estás sentado en una puta silla. ¿Por qué la haces de pedo? ¿Por qué no puedes? ¿Por qué no crees? ¿Por qué sigues preguntándote por qué? Y quieres las cuatrocientas piruetas para distraerte de la no vida que parece que va a matarte de tanto no hacer nada pero que sientes un chingo. No puedes tener nada más un cuerpo y decir que es el cuerpo, no puedes nada más tener una mente y cargarle todo a la mente, ¿y el alma? ¿y la espiritualidad y el alma?

Le estuve dando vueltas a esa nada: creando toda una colcha con la tela de este desierto, para tejer una posible teoría de cómo buscar esa puta espiritualidad, cuando te queda tan poca alma —a los cinco años de edad, quizás—. En la reunión de ayer donde estábamos parte de la familia en casa de la abuela: mi papá, mi hermanito Max, Cecy, mi abuela, la hermana de mi abuela, mi tía Laura y mi primo Julián, mi tío Andrés y su esposa Yolanda, mi primo Amadeo, después llegó mi tía Grace y su hija Laura Elena. Todos reunidos recibíamos a Diego, mi tío, y a sus hijos el Sebas y la Vale, llegaban a pasar la Semana Santa en Mexicali. La plática de los adultos se dio en la sala después de haber comido tacos de chicharrón en salsa verde, de machaca y de rajas. Hablamos de las noticias, de las películas, de algunas series y de la tecnología. No nos dio tiempo de llegar hasta los chismes, porque como dijeron en una película “si juegas con la mierda te salpicas de mierda”.

En la mesa de la cocina me puse a pintar mandalas con mis primos Vale y Sebas, y con mi hermanito Max. La Vale y el Max tienen 8 años. El Sebas tiene 5 años. Como casi nunca nos vemos porque Vale y Sebas viven en Cabo San Lucas, el Sebas me preguntó si era cierto que Max y yo éramos medios hermanos. Me veía a mí, casi de la edad de su mamá y veía al Max de la edad de su hermana Vale: ¿Cómo era posible? Le dije que compartíamos el mismo papá pero que nuestra mamá era distinta. El Sebas lo repitió varias veces: “Entonces tienen el mismo papá pero otra mamá”. Sí, le contesté. “Entonces tienen el mismo papá pero la mamá es diferente”. Sí, exactamente, le dije. “Entonces no es la misma mamá”, dijo el Sebas. Su hermana Vale dijo que ya lo había dicho muchas veces. “Más de cuatrocientas”, la secundó el Max. Todavía no tantas, dije yo. “Sí, lo dije muchas veces”, dijo el Sebas. Le dije que a veces repetíamos las cosas hasta entenderlas. Después hablamos de la reencarnación. Porque alguien mencionó de una película de perros en donde el perro cambia de cuerpo, y experimenta siendo de otras razas de perro, pero es el mismo perro. Les dije que había una religión que creía en la reencarnación, que creer en la reencarnación consiste en creer que en lugar de morir, vuelves a vivir, pero en un cuerpo distinto. El Sebas se río soltando una carcajada de niño de 5 de años, pero como si descubriera una verdad que le hubiesen escondido y por fin tuviese acceso a ella. Inmediatamente se quedó pensativo y siguió pintando: “qué raro”, dijo, “volver a nacer pero con otro cuerpo”. Le dije que no lo era tanto porque para cuando sucediera, creerías que ese es el cuerpo que te ha tocado desde siempre. Seguimos coloreando en silencio. El Max y la Vale firmaron su dibujo y luego los tres se levantaron para irse a jugar al patio. Yo me paré a hacerme un café, y mientras me puse a guardar los colores.

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