Kakistocracia

K

para mi pa, siempre presente

 

De las pocas palabras que vinieron a mi mente con k: ketamina, ketorolaco, vitamina K, Kerouac, kiosco, Kant, káiser, kéfir, kilómetro, kurdo, kilo. Mi padre, quien está constantemente consternado por la situación política de nuestro país (y del mundo), me envió la definición de Kakistocracia:

Del griego Kákistos (pésimo, el peor de todos) y krátos (fuerza, poder). Neologismo. A diferencia de la aristocracia, palabra que teóricamente quiere decir gobierno de los mejores, la Kakistocracia quiere decir gobierno de o por los peores.

La Kakistocracia significa contar con todo el poder, el dinero y los recursos, pero poca voluntad para mejorar, o evolucionar políticamente; al contrario, lo empeora todo. Un tipo de gobierno plutocrático-demagógico-autoritario, basado principalmente en la idiotización mediática de grandes masas electorales.

Democracia hecha caquita, decía mi mente haciendo un juego de palabras. También pensé en la moda que arrasó por un tiempo con la forma de escribir de algunas personas, las cuales sustituían la q por la k: “hey ke onda, ke vas a hacer hoy? Ke plan?” Como si pudiendo escribir bien, a huevo quisieran estropearlo. Y finalmente se me vino la asociación de cuando alguien se “ríe” en un chat de whatsapp y escribe “kakakakakaka”, lo cual me refiere a una risa violenta, una risa que no da risa, una risa que da miedo.

Sin saber de política y sin querer enterarme —tal vez por miedo a lo ignorante que soy— me di cuenta que con solo existir te enteras de la realidad, y cuando la realidad se agita políticamente es inevitable ser parte de la sacudida. Caminas entre las calles y te enteras de las campañas, escuchas las pláticas de conocidos o de extraños y te enteras de los candidatos, estas en twitter o facebook y te enteras de las promesas, ves los titulares de los periódicos y te enteras de las encuestas: Andrés Manuel va a la alza, Anaya promete subir el salario mínimo, Meade no trae nada, Margarita menos, y el Bronco colado, y el Bronco corrupto, y el Bronco haciendo espectáculo.

¿Qué nuevas? Hay que elegir entre el menos peor de los candidatos. Y quienes estén satisfechos con la vida que tienen elegirán a aquel que supone el menor de los cambios. Y quienes estemos totalmente insatisfechos elegiremos a aquel candidato que suponga algún cambio, aunque vayamos hacia algo peor.

Nos vamos a convertir en Venezuela, profetizan los trágicos. Aquí nada va a cambiar aunque todo cambie, dicen los estoicos. Qué frustración es resolver la ecuación de aquello que a todos nos afecta. Y entre más te enteras menos, pues saber todo lo que pasa y ha pasado políticamente en nuestro país no te asegura absolutamente nada.

La política nunca ha sido política en este país: es poder: poder y más poder para aquellos que están en el poder. Y todo aquel que se levante al sonoro rugir de un cañón quiere poder: Slim quiere (más) poder, los medios quieren poder, los partidos continúan dispersándose porque no quieren dividirse entre ellos el poder, y las alianzas suceden cuando están a punto de perder el poder.

Siempre he pensado en la revolución. Soy pesimista y romántica, esta es mi contradicción. Lo que me salva de mi pesimismo es imaginar que abruptamente podemos llegar al cambio, que es mejor pelear e incluso llegar a la destrucción con tal de transformarnos. Esta es la manera en la que como individuo funciono: para mis gracias y mi desgracia. También acudo al pesimismo porque así reconozco la realidad. Pero para no hundirme en las sensaciones que producen la falta de fe, y la desesperación, antes imagino:

Dejar de pagar impuestos, dejar de usar los servicios de un banco, dejar de ir a trabajar (o dejar de buscar trabajo), dejar la escuela. Hacer una huelga que produzca la inmovilización económica de nuestro país. Hasta que se sienta que el poder nos pertenece a nosotros. Hasta que se kaguen los políticos. Por algo no hablo de política, porque mi simple ensoñación es más distópica que utópica. Venezuela kítate que ahí te voy: y biba Méxiko, kabrones—dejando atrás mi estúpida tendencia al caos y a la fantasía— la pregunta se resume en: ¿votar o no votar? Esta es la única respuesta que me queda, ejercer o no ejercer mi participación.

Sé que soy parte de la generación del abstencionismo: el desencanto nos ha llevado a que otros participen en la elección, en donde después estaremos continuamente quejándonos de aquello que no es. Así que por lo menos tendría que votar para poder quejarme en un futuro.

Hace unos meses comencé a leer Así habló Zaratustra, me aventé al ruedo con el machito genio creador de la teoría del eterno retorno, a quien agradezco infinitamente la claridad de esta suposición, sobre todo cuando por lo menos en la imaginación es posible hacerle frente: no acudiré de nuevo a donde tantas veces he vuelto: esto es lo que imagino y no dejo de imaginar.

En el último texto que leí, titulado “Del país de la cultura”, Nietzsche describe: “Ajenos me son, y una burla, los hombres (y las mujeres) del presente, hacia quienes no hace mucho me empujaba el corazón; y desterrado estoy del país de mis padres y de mis madres. Por ello amo yo tan sólo el país de mis hijos, el no descubierto, en el mar remoto: que lo busquen incesantemente ordeno yo a mis velas. En mis hijos quiero reparar el ser hijo de mis padres: ¡y en todo futuro —este presente!”.

Recuerdo tener alrededor de unos quince años de edad y estar escuchando a mi papá hablar sobre la situación política y económica del país, pensando sobre todo que cuando yo fuera grande las cosas iban a ser distintas, pues veía a mis compañeros en la escuela, y pensaba en mis amigos y en mis amigas, y decidía que claro que todo iba a ser mejor.

Pero también hace poco, para contrarrestar el efecto Nietzscheano en toda su potencia de verdad, he leído otras cosas, entre ellas a una budista que se llama Pema Chödrön, When things fall apart, en donde en el capítulo siete “Hopelessness and death” me pareció más realista que lo que plantea Nietzsche en esta última lectura que hice del filósofo.

La budista defiende la capacidad de perder la esperanza a la par del constante reconocimiento de la muerte. Pema Chödrön estipula que una vez que has perdido toda esperanza comienzas a vivir el presente en su totalidad. Como la realidad, y nosotros mismos, estamos en continuo cambio, no hay lugar para la seguridad de nada, todo está a expensas de la transformación de las circunstancias y del alrededor y de nuestras sensaciones y sentimientos. Por lo que perder la esperanza es exactamente la posición que nos lleva a experimentar la claridad que brinda el presente. Perder la esperanza nos posiciona con la verdad a la que nos hemos acostumbrado a asimilar con palabras pero no a abrazar con nuestro ser: nos vamos a morir, estamos siempre viviendo para morirnos, perder la esperanza de que vamos a vivir para siempre nos deja viviendo —de alguna manera— tranquilos y en el presente.

¿Así que perdiendo la esperanza y sin hacerme güey iré a votar? Sin esperar a que mi voto sea el cambio de la realidad, sino a que mi participación sea el comienzo de una actitud que cuestiona activamente el poder. Y no sólo desde mis ensoñaciones y desde mis quejas y desde mi cuenta en twitter. Sabiendo que nada va a cambiar pero por lo menos siendo parte: estando presente. Porque al final suena estúpido y un poco esperanzador pero pareciera que lo que necesita nuestro país es que estemos, a pesar del kagadero que terminen por hacer los poderosos.

Un comentario sobre “Kakistocracia

  1. Me gustó mucho tu escrito; estoy muy de acuerdo contigo, y con Pema Chödrön: “Cuando dejas de vivir las expectativas de los demás, empiezas a aceptar las realidades que tú mismo construyes.” Besos…

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