oportunidad: ojo de agua

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Supongo que cada vez que abro los ojos es porque estoy pidiendo una oportunidad más, suena cursi, no crean que no me escucho, me escucho, pero no hay de otra, ¿no? Más que eso: seguir pidiendo oportunidades y seguir dándole chanza a los otros.

Estoy tomándome un café y la figura de la espuma forma un monstruo calvo con una boca muy grande abierta: ¿pidiendo una oportunidad? O tal vez es el hambre que tengo. El monstruo se desfigura y se vuelve una isla. Tal vez es Haití. Pido un bisquet con mermelada.

¿Qué chingados significa pedir otra oportunidad? ¿A quién se la estás pidiendo? Al extraño para pasar, al otro para trabajar, a ti mismo para no volverla a cagar. Y con cagar no me refiero a defecar las oportunidades que se te dan. Sino a lastimarte, y lastimar a los otros; porque tal vez el estropear las oportunidades que se te dan es para alcanzar esas otras que no se te habían ocurrido.

La isla no era Haití ¿Era el pueblo de Scalea? En la televisión del café se transmite una carrera de ciclistas que está sucediendo, o sucedió, en Scalea, es lo que se especifica en uno de los súpers, las letras que aparecen en el borde inferior de la pantalla. En una vista cenital, la figura que van formando los ciclistas parece un escuadrón de hormigas dopadas, o las palabras en masa pero ordenadas intentando llegar a una página, a ésta quizás.

Hola, qué tal, mi nombre es Lucía Treviño, estudié comunicación y una maestría en apreciación literaria, he trabajado en varias agencias de redes sociales, y creando contenido para diversas páginas web, también he sido maestra de humanidades, tanto en preparatoria como en Universidad; he dado un par de talleres de escritura. Les escribo porque me gustaría trabajar con ustedes.

En la radio suena una canción de Radiohead, una canción que reconozco pero no me sé el título ni tampoco la letra. Tengo una fijación con las palabras, pero no me aprendo las palabras de casi ninguna canción. Tal vez no era ni península ni isla lo que la escuadrilla de ciclista estaba formando, si no un montón de balas no tan perdidas que llegan desde el país del norte.

Hola, qué tal, te escribo porque hace dos años nos conocimos en una comida con Z, desde entonces tengo tu correo porque me enviaste un par de ediciones de la revista que ustedes editan, por lo que me gustaría presentarles un texto para ver si les interesa.

Acabo de ver pasar a un hombre que mordía un pan dulce, y en la otra mano llevaba un café. Igual que yo con mi bisquet, pero él iba caminando, y yo camino con estas palabras, quizás iba hacia su trabajo, quizás también está buscando trabajo. Desde hace tiempo tengo la impresión de atraer a personas que están en mi situación pero de otra forma. El sábado me encontré con una mujer que llegó al teatro sola, como yo. Ayer domingo iba en el camión con una mujer sola que llevaba a sus hijas a La Marquesa, cuando descendimos del camión, una de las niñas gritó: “¡mi primera vez en La Marquesa!”, y la mamá me volteó a ver, y les dije “la mía también”.

No estoy cansada de pedir oportunidades ni siquiera estoy cansada de no tener una rutina que me sea familiar, tampoco estoy cansada de moverme: he venido a la Ciudad de México por cuarta vez a buscar esas oportunidades, las que sean, pero lo que me da rabia es que soy muy exigente con la realidad: le exijo que me dé exactamente lo que le estoy pidiendo. Y de esto sí estoy cansada. Me canso de destrozar lo que puede ser por intentarlo encasillar con mi idea exacta de cómo deben de ser las cosas, porque entonces la decepción irrumpe de tal manera que de nuevo termino por desistir. Mi creatividad se va en contra de mí, porque en lugar de darle la vuelta a lo que voy encontrando, peleo y vuelvo a pelar y sigo peleando y no dejo de pelar, hasta terminar muy cansada de nada.

Me gustaría no ser la única en el café, siento la mirada del mesero, le calculo unos 21 años, viste jeans color guinda, camisa blanca, lentes circulares de armazón metálico negro. Es delgado y bajo de estatura. Ojos muy abiertos, entre sorprendidos, o asustados.

Una oportunidad se abre como un agujero a donde te caes, o te avientas, o es una puerta circular, a la que no puedes ver como una puerta porque tu imaginación se resiste: o las cosas son como te las imaginas o no son. Pero es una puerta, o si quieres es un agujero pero entonces sí eres Alicia y estás en el país de las maravillas que te despliega la realidad cuando la aceptas. Y te puedes conocer de una manera y de otra, y de todas las otras formas que nunca te habías conocido, si estás dispuesto a darte esa oportunidad.

El cocinero del café ha salido a revisar su bicicleta, la veo por primera vez, es blanca grisácea por el uso, está recargada en un tubo, las llantas son negras y delgadas, se parece mucho a la bicicleta que solía tener hace muchos años. Esa bicicleta blanca que me llevó a la escuela preparatoria en Mixcoac, en donde por un semestre fui maestra de tiempo completo. Mi imaginación me hace creer que es la misma bicicleta. Tuve la oportunidad de sobrevivir con un sueldo de maestra: drenada y exhausta, pero llena de energía y explotando. Tuve que actuar como maestra, fingir que creía en la escuela para convencer a los alumnos que eso que yo estaba diciendo era lo que les brindaría las oportunidades en un futuro: el conocimiento. Aunque fuera un constante miento y miento: porque no creo en la enseñanza prefabricada, porque siento el aula como una cárcel, y porque el programa que nos asignaron eran cadenas y no una fuente de exploración. Ningún ojo de agua. A la salida del instituto me iba de bajadita, porque sí: Sísifo: sí: de ida era una pendiente que pedaleaba hacia arriba, y de regreso un mega dejarme iiir, hasta que me encerraba en la cueva en donde me encadenaba para preparar lo que entendía por enseñanza.

Oh, puerta te me tienes que dar. Cuando tomé Ayahuasca: una puerta para volverme a sentir. Cuando regresé a Mexicali por tercera vez: una puerta para reencontrarme con mi familia y mis raíces y mis culpas y mis fantasmas y deshacerme de una vez por todas de todos los fantasmas y las malditas culpas, o casi. Cuando me fui a San Cristóbal: una puerta para aprender a meditar. Cuando conocí a Ed: una puerta para volver a amar. Cuando volví a esta ciudad: salir a la calle, abrir un libro, reencontrarme con mis amigos y mis amigas, y escuchar, sobre todo escuchar, al alrededor, a mí misma, a los demás, porque todo está esperando a que le des una oportunidad.

No señores de la mesa contigua en el café: no me voy a aliar con ustedes para trolear al mesero —me voltean a ver el señor y la señora, quienes  han llegado a sentarse a la mesa de mi derecha, buscando que con mi mirada repruebe al joven mesero al se le ha olvidado su jugo por segunda vez— los ignoro porque quisiera decirles que tal vez él también les esté mostrando algo, ¿como qué? Paciencia. El que paga no tiene la razón, sólo paga para tenerla, y muchas veces para seguir distanciándose de la oportunidad de aprender otras cosas.

(Aunque sí, en la imagen superior de este texto done aparece mi cuerpo como ‘o’, parece que me estoy cagando en las oportunidades, pero se los juro que no).

Un comentario sobre “oportunidad: ojo de agua

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