Venezuela, verdad y vida

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“It was the time between the lights when colours undergo their intensification and purples and golds burn in window-panes like the beat of an excitable heart; when for some reason the beauty of the world revealed and yet soon to perish, the beauty of the world which is so soon to perish, has two edges, one of laughter, one of anguish, cutting the heart asunder.”
—Virginia Woolf

 

I.

Esta estúpida alucinación de que nos volveremos Venezuela sólo porque se ha elegido a AMLO como presidente. Porque en la imaginación de los privilegiados el cambio significa crisis, o la muerte. Ojalá se mueran pronto todos los privilegios de todos. Esta estúpida comodidad incómoda que nos tiene esperando a ver si los otros, a ver si la realidad, a ver si se mueven las cosas, si suceden por arte de magia, o de suerte, a ver si a ver.

Sólo eso nos faltaba que los privilegiados se robaran el papel de víctima. Ojalá hubiese un borrón y cuenta nueva, para vernos en el espejo: todos iguales a todos. Todos hacemos con nuestra ansiedad lo que podemos. Los privilegiados están drogados de martirización, porque lo que podían era lograr el privilegio (bravo). Pero el privilegio se acaba y la ansiedad no: esta angustia al continuar existiendo apenas va comenzando.

Ojalá se nos olvidara todo lo que hemos leído. Ojalá sólo nos quedara una vaga memoria de una gran acumulación de experiencias pero sin poder pronunciar palabra… He visto a las bocas más elocuentes de mi generación dispararle a otras bocas, por haberse pronunciado desde su realidad y sus emociones: ¿Quién no está tratando de entender lo que pasa afuera y lo que siente adentro? En el fondo lo que expresa es con toda esta intención. He visto a las bocas más elocuentes de mi generación atragantarse de dudas y escupir lo que sale, nada más por callar a los demás, atragantándose de poder, de likes y de aplausos, dominando el escenario con su verdad, arrastrando al resto a la hoguera del silencio, para que se les quiten las ganas de hablar.

II.

¿Es un toro el que se droga? ¿Es una bestia la que soporta diez mil cargas de estimulación? Un equilibrista con 200 toneladas en la espalda caminando por la cuerda floja sobre el vacío de la realidad. Una acróbata haciendo un triple mortal en el aire para caer parada. Un malabarista de navajas recién afiladas. Una domadora de leonas hambrientas. Un entrenador de elefantes. Hipnotizadora de serpientes. Un contorsionista de sus emociones. Un payaso que hace reír por no ponerse a llorar.

Qué puta envidia le tengo a los y las que se drogan. Qué coraje, qué impresión, y qué admiración. Qué desesperación y qué tristeza. Soy una yonki de yonkis. Como no me puedo drogar me enamoro de los y las que se drogan (y cuando cogemos quedo puesta). Me posesiono del cuerpo y avanzo a velocidad de la luz por la terracería, o hundiéndome en el mar, me meto hasta el alma que se dispara en el vuelo, o al espíritu revoloteando en tormenta, y (creo que) lo siento todo. La euforia, la adrenalina, el vértigo, la desesperación, el amor, la angustia y hasta la muerte. Cero y van tres. Cuatro. Le alego al terapeuta —telepáticamente—: si no me puedo drogar déjame querer al yonki, deja que me zangolotee con su alma, que no ves que sí sabe lo que hace, que no ves que sólo quiere sentir lo que no reconoce que está sintiendo. Este pinche agujero que se abre a cada rato. A cada instante. A cada muerte, desaparición, nacimiento, encuentro y desesperación. Amor. Seguimos vivos.

III.

La verdad es que todos estamos a punto de tomar a la oportunidad por los cuernos. Animarnos a torearla sin salir corneados, a hacer las cosas distinto: si ganó López Obrador o si perdió la Selección. Si tengo 200 pesos en la cuenta, si todos los días pienso en otro lugar, si la gente no para de pitar, si mi mejor amiga llora sin decir nada, si mi madre trae otra vez migraña, si con mis amigas ya no puedo hablar, si no puedo escribir porque estoy aterrada, si otra escritora se suicida, si asesinaron a otro alcalde después de las elecciones, si Neymar golea y se tira a llorar. ¿Qué queremos de una realidad que siempre cambia pero que no podemos notar? A la que no podemos sentir que sentimos. Que nos deja helados en pleno sol o lluvia. Inundados con nuestra propia carga y levedad. Decimos que cuando cambien las cosas cosas cambiaremos. Que algún día nos decidiremos. El cambio cae como un tsunami, y todo lo que podemos hacer es aferrarnos a nuestros viejos hábitos, porque si no el tsunami del cambio nos va a matar. Así que los días en su intención de ser otros vuelven a ser los mismos, y le llamamos destino, maldición, mala suerte, el absurdo, y todo está de la chingada. Pero esa es la realidad, mientras nosotros jugamos a que estamos bien. Con la ansiedad a tope. Coronada con la verdad paseándose Miss Venezuela por la vida, queriendo ayudar a los otros: esos que sí están de la chingada—pues mira—ellos y ellas SE DROGAN; o peor aún: no entienden nada porque no han leído. Y otra vez, sin que empiece nada: me doy por vencida.

IV.

La voz de la esperanza: la agarró llorando y le dijo que no llorara, que no llorara por un hombre, por un nombre, por un país. Ella lloraba por todos los hombres y las mujeres y por sí misma y por esa voz que no alcanza, por tanto tratar de amar, o por lo menos intentar aceptar a la realidad. Lloraba porque veía muriéndose otro instante y otro, y otra oportunidad. Otro día de estar drogada con sus fantasías de ser otra, de crear algo, de ayudar a los demás y de sentirse parte. Y ahora la voz de la esperanza lloraba, y la mujer la veía (ahora sin llorar). La voz de la esperanza le habló de sus tiempos de soledad, de cinco hijos que dependían de ella, de sus dos trabajos: la limpieza en el metro y luego en el biblioteca. De hacerle sopa a sus hijos cuando llegaba en las noches. De no saber leer y escribir y haber aprendido de “pura práctica”, le dijo, después de años de trabajar en la biblioteca. Y todos los hijos y las hijas se volvieron profesionistas gracias a ella. Y los ojos se le fueron limpiando, y ya ninguna lloraba y las dos se reconocían. Y la realidad era la misma, pero con los ojos limpios se veía que, poco a poco, se transformaba.

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