Así habló Zaratustrana

z

Para mi mamá. Para Linda y Ana Bárbara, para Deb. Para mi abuela Graciela, y para mi abuela Chita. Para mis tías Laura y Graciela. Y para mis tías Yoli, Lety y Lourdes. Para mis primas. Para mis amigas de toda la vida, las lafas. Para la Silvanna. Para mi exnovia. Para la Negra. Para la Nadia. Para todas mis exsuegras. Para mis excuñadas. Para mi cuñada Regina. Para Karla. Para Elma Correa. Para Jessica. Para Cecilia, la mamá de mis hermanos chicos. Para Tere. Para todas las nanas. Para mis compañeras de todos mis extrabajos. Para mi exjefa en la escuela. Para todas aquellas que nunca quisieron el encuentro. Para las que no les latió darme chamba. Para las que no paran de trabajar (en todos los aspectos de su vida, de su cuerpo, de su espíritu, y en la realidad). Para las escritoras de México, de Latinoamérica y del mundo. Para las poetas suicidas. Para las artistas, actrices, dramaturgas. Para las creadoras de este mundo. Para todas las mujeres que han existido, que existen y existirán (en un mundo de hombres).

 

Atravesando medio país, una vez más volvió Zaratustrana a la ciudad. Recordó su última huida, en busca en soledad y silencio. A su regreso pensó en las mujeres con las que alguna vez se había cruzado, a quienes había leído o escuchado, a quienes había visto llorar, reír, o entregarse al vacío. Las encontró de nuevo dudando. Algunas sometidas por la idea de ser fuertes y empoderadas; hablando de más para no escuchar su dolor en el silencio; creyéndose en pareja, y también confiando en la capacidad del él, y el derecho de él, más que tomándolo ellas. Otras con impulsos de ser hombres. Y unas más, contemplando de lejos, dedicadas al trabajo de entender la realidad, y de encontrar la verdad. Finalmente, las que buscan la liberación o su sanación, la dieta y el ejercicio, la acumulación de experiencias. Ésas que van apostándole a un hombre nuevo siempre, pero siendo las mismas. Viviendo la ilusión de un amor diferente. Algunas cuantas unidas para dialogar, discutir sus miedos, sus obsesiones, sus formas de estar, pero dudando, nunca dejan de dudar.

Entonces, Zaratustrana se paró frente a ellas, y a las personas que ahí estaban reunidas en plena avenida principal, y sin miedo, comenzó a hablar, diciéndoles:

“He visto a todas y a cada una de las mujeres a mi alrededor comprobando su existencia, a sí mismas. Primero con su belleza externa, admirándose al espejo. Después, haciendo surgir y crecer su energía. Apostando su valor. Algunas han decidido mostrar sus ideas, su intelecto, su humor y sus risas. Otras han ofrendado su trabajo. Y unas más muestran orgullo al sostener el mismo papel de cualquier mujer en el tiempo, pero con el discurso de que ahora, este presente, es mejor. Todas siempre buscando comprobarle al otro, al hombre, la existencia —existimos, gritan, con cada una de sus acciones—. Mientras siguen estando detrás de cada hombre de poder y de éxito, respaldándolos, respondiendo desde el silencio, desde su sexo, y su entrega.

“He visto que usan las drogas, el alcohol y cualquier exceso para reconocer sus sentidos, y para demostrar su resistencia. Son madres, son profesionistas, son creadoras, son maestras, son expresiones de libertad y de fuerza, y sobre todo, son una bandera de esperanza. ¿De esperanza o de seguir esperando? Esperando el reconocimiento de nuestra propia fuerza, porque antes de que llegue el súper hombre, hay una súper mujer que está pasando desapercibida. Que, a pesar de todo el dolor con el que carga, cree, y decide crear. Se vuelve madre, se vuelve esclava. Y no de un hombre, sino de una sociedad violenta, agresiva, y mutiladora, en donde ella debe ser la responsable de alentar la esperanza en aquello que de su cuerpo brota. La consciencia más alta surge de la que ha creado vida, y que la acepta. Mientras que en el hombre es todo destrucción, poder, y un constante miedo a perder. A perder el poder como si fuera la vida. No siempre, no todos, pero la mayoría sigue formado parte del sistema que se aprovecha, que quiebra, que explota, que hiere y que lastima. Que embarra con su poder diciendo que toda mujer es sustituible, y que te hará creer, a ti mujer, que aquella por la cual “has sido sustituida” es tu enemiga. Y aquel que no puede hacerle frente a otro hombre para defender tu existencia: estás sola. También hay mujeres que para soportar su dolor y su levedad, en hombres-mujer con poder, se convierten. La esperanza muere en el último momento, cuando se piensa que en la siguiente (¿vida u oportunidad?), se podrá transgredir el miedo y crear, amar la realidad  —¿No es acaso una verdadera figura de poder y de fuerza, aquella que, a pesar de todo el miedo que siente, del dolor y la tristeza, decide amar?—. Conocer a la otra, al otro, y continuar. Caminar, a pesar de la violación y del abandono, de la injusticia y del silenciamiento, de la indiferencia y del olvido.

“Todas aquí hemos tenido un padre. Un padre ausente, un padre falso, un padre violento, un padre poderoso, un padre muerto, un padre ciego, un padre incestuoso, un padre muerto de miedo. Todas aquí hemos tenido una madre. Una madre trabajadora, una madre amargada, una madre agresiva, una madre amorosa y hasta posesiva, una madre deprimida, una madre intentando, una madre buscando, una madre sanando, una madre resistiendo, una madre sobreviviendo. Todas hemos tenido una hermana creyéndola enemiga. Una amiga a la que, de un día a otro, desconocemos. Una hija que nos hiere, que nos quiere matar, que nos lastima. Un hermano que llora, que suplica no ser como el padre, y ruega saber cómo aprender a amar. Una pareja que se aleja porque ya no soporta su incapacidad de amar.”.

Los hombres que con las mujeres se habían reunido, aquellos dispuestos a escuchar a Zaratustrana (la mayoría ni siquiera se había detenido por curiosidad a lo que ella decía) pero quienes sí lo hicieron, la miraban incrédulos, ¿de qué habla?, pensaban, pues en el mundo en el que ellos vivían sus palabras nada tenían que ver con lo que ellos experimentaban. Zaratustrana se lo imaginaba, como todas las mujeres que todo lo imaginan; la violencia y el miedo y la agresión y la sangre. Todo es imaginario, es lo que ellos dicen. Y luego, las mujeres tampoco estaban del todo convencidas. Dudaban. Los hombres que aman a los hombres no se sintieron aludidos, es cosa de ellas, dijeron. Las mujeres que se enamoran de las mujeres, aseguraron que lo que decía era tan obvio que perdían su tiempo escuchando esas palabras que sabían sólo en palabras quedarían.

Yo salí desde mi ciudad para llegar a esta ciudad. Decidida. Busqué hasta encontrarme con mi madre en el espejo. Busqué hasta odiar a mi padre, quise matar a un hombre creyendo que era él, y después corrí, alejándome. Logré perdonar a mi padre. Y finalmente, perdonarme. Creí que la idea de la súper mujer era en el poder, ¡cuando es en el amor!, y la capacidad de transformar la realidad con esa entrega amorosa. Soy mi madre, mi hermana, mi hija, y la señora con la que me cruzo en la puerta. Soy mi nana. Soy mi abuela, mi tía, mi suegra y mi sobrina. Soy todas las mujeres, y el rechazo a ser mujer en un mundo hombres, y soy la única que puede aceptar mi existencia, demostrándola con todo mi dolor y mi desesperación. Con mis acciones, con mi observación, con mi silencio, y dándole vida a la palabras. Soy la creación de la súper mujer en su capacidad de amar, de aceptar la realidad, y transformarla. Soy parte de las mujeres con esta potencia creadora, con esta energía y sensibilidad, con todo lo que no se ve pero que se siente. Existimos. Con esta constante transformación que apenas comienza.

Somos mujeres en un mundo de hombres, y de frente nos dirán, nos dicen:

“Ése es su problema. Adelante, inténtelo, intervengan. Háganoslo saber, digan que existen, escríbanlo, bailen, desnúdense, defiéndanse, griten, luchen, sean más que un cuerpo, más que sus palabras, más que su silencio, más que su resistencia, sean más que nosotros los hombres, los que por años y desde la eternidad llevamos al mundo: porque somos el mundo. Aunque entre nosotros nos peleemos, eso es también una farsa, nuestras discusiones son para publicitar nuestro poder. Y obtener más atención. Es un acto. Pero ahora, y si lo quieren, se los entregamos, responsabilícense, créansela, a ver si lo logran…”

Esas fueron palabras de mi padre antes de morir. Yo soy hija de Zaratustra. Soy sobrina de la hermana que lo traicionó siendo también la mujer que más lo quería. Soy quien lo traspasa con su aceptación y mi capacidad de amar. Soy yo también la que alienta a que seamos súper mujeres, porque el súper hombre ya no llegará; la espera ha sido suficiente. Soy Zaratustrana. Nuestra fuerza está en nuestra aceptación y en la aceptación de TODA mujer. El nuevo hombre ahora de nosotras tendrá que aprender.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s