Me he preguntado si las grandes historias de amor no son, en realidad, historias de desamor. Me pregunto si el eterno retorno no sucede, en el ser humano, como la búsqueda perpetua para llegar hacia sí mismo, a volver a sentir ese amor hacia la vida, a crear una vida con amor, a esas ganas que hierven en cada célula del cuerpo por ser parte del mundo, pulsiones hacia una entrega continua, con tanta esperanza que hasta aseguras que pudieras cambiarlo ¿No eran estos nuestros sueños de niños?

Según nosotros, una vez elegido el camino, íbamos a transformar al mundo: como actrices, como doctoras, cantantes, maestros, escritoras, arquitectos e ingenieras; gracias a nuestro trabajo iba a ser un mundo mejor.

El impulso se fue apagando, mientras crecíamos, cada célula se fue secando.

Escribo esto como una carta hacia la realidad desde la desesperación que viaja silenciosamente por mis venas, en donde solo he terminado por ser y existir en palabras que no logro expresar. Cadáveres de insectos de un mar que se evaporó hace cientos de años, esperando volverme a formar con la lluvia de las lágrimas de mi dolor.

Hace siete años perdí las ganas de amar. De vivir y de amar. Quedó una flama que se no se consume, que me molesta porque no se termina por apagar y que, entre tanta oscuridad, sigo cuidando para no tropezar. Sobrevivo. En murmuraciones se va mi voluntad, tengo miedo de mi propia voz que me devela, a cada rato, que sigo viva, pero sin querer vivir.

Hace seis años conocí a un escritor publicado, y lo conocí muy bien. En ese momento, desde mi lugar anímico y físico, sentí que él era mi salvación. Que me rescataba de la realidad que se robaba mi impulso de vida, él me recordaba que había una vida a la que podía volver, pero que nunca había sentido como mía. Un hombre sexagenario, adicto a alguna sustancia, quien luchó por ingresar al sellado culo del círculo literario. Era de admirarse. La voluntad con la que él se entregó a la literatura la sentía dentro de mí. El mito que generé de nosotros es que éramos Henry Miller y Anaïs Nin. Pero no teníamos que coger. No cogíamos. Sin embargo, yo me desvivía por la atención que me daba, por esa fuerza que me transmitía solo al conversar con él, por el viaje hacia el inconsciente que ambos emprendíamos en noches eternas de fiesta en donde me quedaba claro que había un mundo más vasto (dentro de mí). Hasta que me di cuenta que, en él, ya no quedaba ese impulso de vida, que necesitaba de estímulos externos, y de otras personas, donde absorbía lo necesario y, entonces, se fugaba a su soledad, a recordar lo que era vivir, dejándolo por sentado en sus palabras. Alguna vez, él mismo, se describió como un godín-escritor, quien entregaba sus textos mientras esperaba la hora de salir (de morir). Escritos repetitivos, aburridos, casi siempre, con una ausencia de sustancia. Como le pasa a una mayoría que desea hacer de la escritura su profesión, al alcanzarlo, llevan la carga entre los dedos y a la espalda ¿Quién puede sostener esta quimera? Su última novela fue buena, sin embargo, la mayoría de sus textos evidencian que ha perdido sus ganas de vivir o de escribir. Porque para una persona que escribe: vivir y escribir significan lo mismo.

Sigo viajando en un barco que se está hundiendo en mar abierto, no hago nada más que observar, desde la cubierta, la tierra donde nací. Un puerto que pulsa dentro de mi pecho.

Hace tres años volví a un oasis en el desierto de Mexicali, a la abandonada casa de mi madre, en donde estuve viviendo por dos años. Juré que, en dicho aislamiento, me iba a comprobar lo que tanta tranquilidad me daba, al mismo tiempo que me la arrancaba: ser o no ser una persona que escribe. Juré que, desde ahí, no iba buscar a un hombre que me develara mi propia vulnerabilidad, mi falsa fuerza, que esta vez no encontraría a alguien que me llevaría a mis propias ganas de autodestruirme, tal como me había pasado con el escritor. Pero me pasó. Di con un músico extremadamente talentoso, y extremadamente adicto a una sustancia. Cogimos una noche tres veces, y no volvimos a coger. Era la evidencia de su propia potencia. Y como yo no sabía qué hacer conmigo en ese estado fantasmal en el cual me encontraba, y como tengo una compulsión a la creación de historias fantásticas con el material que de la realidad se me presenta, imaginé que yo era la mártir que se iba a sacrificar por el músico hasta que él recuperara el camino en su carrera. Éramos Johnny and June. Hoy no sé nada de él. Nadie sabe nada de él. Algo supe de su método rehabilitación-recaída, el cual le funcionaba para mantenerse vivo, consumiéndose, pero viviendo, sedando su dolor que iba en aumento. Yo creí que él había elegido la música sobre la droga: la creación por encima de la destrucción. Pero, sin saberlo, desde el principio había elegido la sustancia, desde un inicio, sus canciones —sus éxitos—, trataban sobre su adicción. La historia que me fabriqué por un tiempo, justificando mi propia entrega hacia él y con ello mi propia autodestrucción, era que, en el fondo, sin que él lo supiera, la música era su verdadera droga.

Cuando, finalmente, terminé escribiendo como escribo. Con esta voz. Fue al elaborar una larga crónica autobiográfica en la cual relato mi llegada a la Ciudad de México ocho años atrás, en los cuales tuve una trayectoria pendular, no podía sostener mi fragilidad ni mi simulado valor. Es lo más honesto que he escrito. Son más de 160 páginas (que van en aumento). Palabra tras palabra que se enfila hacia derivar el por qué no he logrado anclarme en ningún puerto. La escribí durante cuatro meses con un impulso desesperado, tal vez como lo hizo Kerouac con On the road, pero, en mi caso, con cierta lucidez y un exceso de sobriedad. Después de haber escrito tres novelas fallidas, diarios, poemas, algunos relatos, me aboqué en este texto. Fue hacia el final de estos dos últimos años en los que había estado en Mexicali, pensando en que mi única forma de saber si quería volver a la Ciudad de México iba a ser reconociendo lo que había pasado en esos seis años. Pensé que así extirparía mi necedad de continuar en este absurdo eterno retorno.

El puerto es definirme. Decirlo. Salir del clóset: escribo. Soy una escritora. Porque guardo silencio ante las experiencias que me van agujerando, me trago mi realidad para vivir en una fantasía, deseando (en pensamientos) que las cosas sean algo más, mientras mis circunstancias son una constante que me orillan a la desesperación, y que me llevan directo a la huida. Quiero ser distinta o que la realidad cambie. Como si una u otra fuéramos una maldición o una enfermedad. Duele porque no me acepto: le apuesto mi vida completa a las palabras para quedarme en silencio, esperando a que por medio de la fe, de la fe al dolor, la realidad, en su compasión, se transforme.

La última relación que tuve fue con un editor, el mismo que elogió mi crónica, el mismo que viajó cinco veces para encontrarme en el oasis desértico, el que no dejó lugar a dudas de que lo que yo había escrito era algo singular. Sin embargo, su editorial no la podía publicar porque sus socios no iban a estar de acuerdo, porque no iban a publicar a una mujer con la que él había empezado una relación, porque ¿Cómo va a publicar a una mujer como yo: que no se valora?

La etapa de los tres tristes tigres, así le llamo a esta época en la cual estuve con el escritor, el músico y el editor. Intentando hacer de cada uno, en su momento, a un león. Entregándoles toda mi fuerza para que lo fueran, mientras se tragaron todo el trigo de mi trigal.

Los últimos escritos que publiqué en este blog fueron expresiones de mi imposibilidad de decirle al editor lo que sentía. Esa desesperación de no poder alcanzar la seguridad y libertad que tanto me había prometido yo misma. Esa desesperación que creció cuando lo escuchaba halagarme con sus palabras, para que luego continuara con su vida y su realidad indiferente a lo que yo le pedía. Él sabía de mi entrega a la escritura. Terminé cerrando este blog.

Aunque no todo fue así. Me apoyó empujando algunas colaboraciones que hice para un par de revistas. Le envió mi crónica a una editora de una editorial independiente. Pero, más bien, cuando reconoció mi vulnerabilidad, y cuando yo comencé a comprobar la suya, ambos emprendimos una guerra de resistencia, evitando entregarle al otro la única fuerza que nos quedaba. (Olvidé decir que cogíamos hasta la extenuación, como peleándonos, como demostrándonos uno al otro nuestra fuerza. Quedábamos drenados, más que compartir nuestra energía o potencia). Una vez más, yo me estaba desmorando con esa vida fantasmal que llevaba, él me dio algunas moronas, se alejó, y a los cuatro meses encontró a mi sustituta: another one bites the dust.

He pensando que, algunas mujeres, tenemos que acudir a ese rompimiento con el otro para entonces volver hacia nosotras mismas. Sin embargo, casi siempre, quedas tan deshecha, que solo con las palabras vas recuperando las piezas de tu cuerpo, de tu mente, de esa entrega. Y las acciones se vuelven en el imposible de alcanzar.

El editor hizo una crítica a la campaña de concientización feminista de la marca Gillette. El editor quiere ser creador, pero no tiene los huevos para buscar dentro de sí mismo, y con un par de sensaciones que ha tenido su cerebro rehúye del dolor que ahí está (e incluso, creciendo). Culón y culero. El editor lanzó una propuesta editorial al estilo Gillette, en donde se invitó a una serie de escritoras a participar con sus historias de mujer, las palabras de estos textos son genuinas, el trabajo a cargo de la editora también. Pero la idea y el impulso fue un acierto comercial al estilo Gillette, y fue de él.

Dejé de escribir en este blog para no molestarlo, para obtener un poco de su caridad y la del medio literario que a él lo rodea. La última vez que lo vi, después de pronunciar la pregunta dirigida a mí: ¿cómo estás?, se dio la media vuelta y caminó, como escabulléndose con el pene (doblado hacia atrás y) entre las patas, refugiándose entre el tumulto de las personas, sus amigos y familiares, que conocen de cerca su fragilidad y su historia. No lo culpo. Él no me debe nada, yo le estaba pidiendo una honestidad que no tiene ni consigo mismo. Que en el polvo con la señorita con la cual me ha sustituido se le logre olvidar: yo, mi carga y mis palabras. La fantasía que con él forjé, estúpidamente, y hasta le llegué a confesar fue que seríamos como Joan Didion y John Dunne. Hasta la crónica que yo había escrito había sido propulsada por un texto de esta escritora americana. Pero, si me hubiese quedado ahí, seguramente, hubiéramos terminado, más bien, como algo tipo Courtney Love y Kurt Cobain. Donde, también, él tiene esta compulsión por buscar la fiesta, el alcohol, las drogas, etc.

No pienso que las drogas y el alcohol sean equivalentes a destrucción, pero si diría: dime para qué te drogas y te diré quién eres. Si estás buscando una huida, si estás huyendo de enfrentar una realidad que te duele (que, por cierto, a todos nos duele), ese terminará por ser la continua salida de emergencia.

En el caso de los tres tristes tigres parece ser que, los tres, tuvieron un padre castrador, hasta ahora veo que a los tres les estaba pidiendo un valor (de valentía) que no les había sido inculcado. Y los tres aprendieron a huir de alguna forma. No lo vi antes. FUE MI CULPA. Ningún triste tigre tiene la obligación de cambiar, menos si no ha tenido la fuerza de un león para valerse por sí mismo, para enfrentar la realidad: hijo de tigre, pintinto.

Jamás he pedido una beca para escribir, aunque sea lo único que hago, pero como había tenido el apoyo de mi familia, me sentía culpable de usar un incentivo que alguien pudiera necesitar con mayor urgencia. Jamás he valorado mi escritura. Hace tiempo que mi familia dejó de apoyarme económicamente. Sin embargo, sigo creyendo que no soy merecedora de una beca para escribir. Por eso escribo esto, como una salida del clóset del autosabotaje, para enfrentarme a mi propia inseguridad, para aceptarme escribiendo, estando sola, apoyada por mis amigas que conocen mi vulnerabilidad, mi falsa fuerza, para así continuar.

Le agradezco al editor su paso por mi vida, el que me haya recordado mi fragilidad, mi ingenuidad y mi angustia y, sobre todo, mi necesidad por ya valerme por mí sola. Escribo esto, hoy, como un acto de expresión del amor que intento cultivar por la vida misma. Sin necesidad de que alguien o algo más me convenza. Del valor que me exijo con urgencia, hasta abrirme una vereda entre la maleza de la selva para salir de donde habitan los tres tristes tigres, y volver al camino que me permite amar. Como un primer intento de amar. Ya no me quiero regalar. No tengo nada más que a mí misma. Todavía en palabras, como mujer en busca del amor, como mujer que evitando otra guerra contra el hombre que no es capaz de amar, dejando de violentar al otro con insinuaciones, sobre todo, buscando ser franca conmigo misma.

Se supone que si un organismo logra dar un paso más allá de hasta donde, su especie, había llegado, entonces, libera a sus descendientes y hasta a sus antepasados de ese límite en donde estaban encerrados. Jamás pudiera decirle a una mujer cómo vivir su vida o su historia en esta realidad, pero tengo la esperanza de que si logro desencadenarme de mi propia angustia y de mi desesperación, y lo pongo en palabras, habrá otras que irán en busca de su propia verdad.

Aquí están escritas con sangre las primera líneas que develan mi incapacidad de amar, y de amarme, que sirva como un manifiesto de la búsqueda del amor, de regreso a esa capacidad de entrega con la que llegué a este mundo, de liberación de culpa, de necesidad de libertad. Nunca me había sentido tan viva y, al mismo tiempo, tan dispuesta a morir por seguir viviendo.

Libertad. En el diccionario de María Moliner.

5 comentarios en “Crónica de un camino de desamor escrita con sangre

  1. Me gustó mucho tu Crónica, y más que regreses a tu espacio. Quizás en lo único que disiento, es que te creas incapaz de amar, yo diría que al contrario; y conforme elimines expectativas, mayor será tu capacidad.

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