Me hubiera aguantado los mecos en la boca

Me hubiera aguantado los mecos en la boca, en lugar de tragármelos, para después escupírselos en la cara. Esto fue lo que pensé mientras estaba en la sesión de un masaje sanador que me habían recomendado. En un pequeño departamento en Azcapotzalco, detrás de una cortina que era una sábana, una mujer eructa mientras con sus manos va recorriendo mi cuerpo. Es, sobre todo, mientras masajea mi cabeza en donde eructa sin detenerse. Pienso ¿Así de mal estoy? ¿O es normal? ¿O es normal estar así de mal? Y, ¿dónde habrán quedado esos calzones negros?

También, pasa por mi cabeza que, en lugar de haber gemido mientras cogía con él, debí de haber eructado. Porque no podía dejar de sentir que, aunque él me gustara tanto, su cuerpo contenía una cantidad de emociones de las que le urgía deshacerse.

Voy a inventar una terapia en donde, cada vez que te coges a la otra persona, eructas para sanarle el cuerpo, y en el orgasmo la persona termina recuperando algo de sí misma que había perdido.

Hay una historia sobre una buda que así liberaba a los hombres. La historia dice que mientras la buda caminaba en un bosque, aparentando ser una mujer común, siendo ya de noche, una emboscada de hombres la rodeó, y todos la violaron, pero antes del orgasmo, los hombres, se daban cuenta que era una buda, y se sentían culpables de estarla violando y de todos los males que habían causado a lo largo de sus vidas, entonces al llegar al orgasmo se liberaban.

*

A la mañana siguiente de haber cogido con él amanecí para ver, desde la ventana de la cocina, el camión gigantesco de la marca Yoplait despachando en el Superama, la imagen adherida a la caja anunciaba los postres, y en letras muy grandes el eslogan decía: Placer.

Está bien, prefiero tragarme sus mecos en lugar de pasar, otra vez, por un aborto, ya que si nada más estamos cogiendo por coger… por puro placer…

¿Me gustó? Sí. No. No lo sé. Es la primera vez que me siento vencida por el rival en el acto. Es lo que pienso y es una estupidez, y me quedo dudando ¿Estaba cogiendo por coger? ¿Por puro placer? ¿O nuevamente estaba cogiendo creyendo que así voy a tener un verdadero encuentro?

*

Hace unos días acudí a la marcha del 8 de marzo, celebrando el día de la mujer, apoyando el derecho al aborto. Tengo años tratando de escribir algo sobre ser mujer. He escrito algo. He escrito mucho. Pero nada me convence. Tengo años sintiendo una serie de emociones que parece que, más bien, se agarran entre ellas a putazos.

No estoy del todo convencida de un discurso que pudiera proferir de mi boca ¿Será porque es la misma boca que se tragaron los mecos? Pues por más que leo y leo y leo y leo y leo acerca del feminismo, y del heteropatriarcado (algún día podré decir esta palabra sin trabarme), acerca de la libertad y de nuestros derechos, me siento lejos de entender algo. Lo que entiendo es que el aborto es un derecho que todas debemos tener. Que no hay nadie más que deba elegir por el cuerpo de una persona que esa misma persona. Sé de las mujeres asesinadas y violadas en nuestro país, un agujero negro de nuestra realidad y cultura, y con esto me doy por vencida pensando que no sé nada, y que no sé qué más hacer.

Antes de haber llegado al punto de encuentro de la marcha, al monumento del Ángel de la Independencia en Reforma, me encontré, en la calle, con la ex de mi ex, nos saludamos, y por un instante pensé en decirle que pudiéramos irnos juntas porque ella también iba a la marcha. Por un instante me hago estas historias (¿románticas?), en donde, por ejemplo, creo que ella y yo nos podemos entender mejor, de lo que mi ex y yo nos llegamos a comprender. Pero no se lo dije; en la marcha solo la volví a ver, pero de lejos.

Veía a las mujeres en grupos, en contingentes, veía ríos de mujeres llenando la arteria principal de la capital de este país. La aorta. Me gustaba la idea de que fuera una ciudad de mujeres. Me gustaba como idea romántica, otra vez. Empecé a tomar fotos, les pedía a las mujeres permiso de tomarles esas fotos, y cuando nos veíamos a los ojos había un reconocimiento.

Me han pasado varias cosas a lo largo de este año, desde mi cuarto regreso a la Ciudad de México. Me he preguntado ¿Quién soy yo siendo mujer? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué no estoy haciendo? ¿Por qué no puedo decir exactamente lo que pienso? ¿Por qué no lo tengo ni siquiera claro para mí?

Por eso me cuesta ver a las mujeres en este movimiento, porque no sé qué estoy dejando de hacer. Me intimida la seguridad de algunas, mientras yo solo tengo dudas. Repito, entiendo que el aborto es un derecho necesario para todas las mujeres. Soy de la frontera, allá el aborto solo existe para las mujeres que pueden ir a Estados Unidos a abortar, así le hice yo. Entiendo que no hay nadie más que deba elegir por el cuerpo de una mujer que esa misma mujer. Sé de los asesinatos y de las violaciones de mujeres que ocurren en nuestro país. Pero lo único que logro es esforzarme por reconocer, milimétricamente, mi comportamiento para saber si desde ahí no estoy, yo también, saboteando el avance hacia una sociedad más igualitaria y justa. Y no, no lo sé.

*

Hace poco dejé el departamento donde solía vivir, el espacio era de una mujer a la que le rentaba un cuarto. Después de dos años de estar juntas, no seguidos, ella quiso volver a vivir sola. Siento que lo que nos dividió no tuvo que ver con que somos mujeres luchando, porque ambas compartimos, creo, los mismos ideales, y buscamos: la libertad y la independencia que te da el obtener un sustento económico, intentar disfrutar, en la medida de lo posible, lo que hacemos para ganar dinero, conocer a alguien o enamorarnos, y estar tranquilas. Pero parecía que era necesario que fuera o de su manera o de la mía. Que debía de haber una relación de poder en donde alguien dirigiera el camino, y la otra lo acatara.

Esto es lo que me pasa con las figuras feministas, siento que necesitan “seguidoras” de su persona, necesitan el protagonismo en donde no, necesariamente, están dispuestas a escuchar a todas las mujeres: ellas son las que saben, ellas son las que han sufrido, ellas son las que se saben el camino. Entonces las demás debemos seguirlas porque ya está todo dicho.

Me cacho diciéndoles, en mi cabeza, “no quiero ver otra selfie tuya”, cuando me encuentro con sus publicaciones en redes sociales. Y, luego, pienso que en las selfies lo que pasa es que se trabaja por una continua aceptación de una misma. Yo lo he hecho para verme a mí misma: ah mira esta es mi cara, ah mira esta es la emoción de este momento. Entonces, también hay una evidencia de la vulnerabilidad viviéndose con dicho impulso. Es como una confesión de dicha vulnerabilidad disfrazada de seguridad.

Lo que me queda claro es que cada expresión de lo que está sucediendo con cada una de las mujeres es necesaria, pero cuestionar cada una de las expresiones no es necesario.

*

Este año, también, me reencontré con mis amigas de la Ciudad de México que, en realidad, son todas norteñas. De Ciudad Juárez, de Mazatlán, de Mexicali. Nuestro carácter es similar, estamos en lo mismo: norteñas de provincia intentando la vida de ciudad. Nos expresamos parecido y, más o menos, con el mismo carácter nos enfrentamos a la ciudad. Somos alivianadas, contamos con una potencia de 300 caballos de fuerza, y hasta parecemos batos por momentos; pero hay una sensibilidad que siempre estamos protegiendo. Por ejemplo, una de ellas es la cabeza de su familia, le ha pagado la escuela a su hermana, las operaciones médicas a sus padres, el carro, la renta de la casa, y casi nunca habla de ello, podría ser el caso de la mujer más silenciosamente feminista que he conocido. Las cuatro hicimos trizas el rol que nos tocaba, y nos lo cuestionamos todo el tiempo, con cada cafecito, que nunca es cafecito y sí unos mezcales, cheves o vinos: ¿qué tanto quiero ser una mujer independiente y sola, o sumisa y acompañada? ¿Por qué nos vamos de un extremo a otro? ¿Dónde está el punto medio? ¿Cómo te quedas en el punto medio si es que lo encuentras en algún momento?

A veces soy una mujer sumisa, si tuviera que llamarle a ese tipo de entrega de alguna forma, y lo disfruto. Porque creo que puedo encargarme de un bato que no tiene ni puta idea del desmadre que tiene. Me gusta creer que le voy a resolver la vida. Que yo puedo. Que soy yo la que va a poner orden y que me lo va a agradecer, que así yo seré especial para él. Lo cual, obviamente, me termina frustrando, puedo hasta sentir rencor por ello, explotando en un: hijo de tu puta madre ¿por qué chingados no te das cuenta de lo que te estoy dando?

Luego, está esta otra parte en donde, para no terminar en el escenario anterior, lo que hago es continuar (muy) sola, y a la chingada. Pero en esta soledad lo que sí me pasa es que caigo en una continua elaboración de fantasía tras fantasía de que alguien, verdaderamente, va a querer estar conmigo, verdaderamente, repito, pero porque entendemos que estamos mejor acompañados que solos, y porque logramos compartir dentro de todo este caos.

Entonces voy de un extremo a otro. Lanzándome a la realidad, para después regresar corriendo, en chinga, a mi puta soledad. A esa soledad que, por lo menos, me deja dormir en las noches. Porque, de pronto, mi entrega es tan total que paso una noche entera de insomnio intentando descifrar qué es lo que siento, porque me pasa que siento tanto que no puedo dejar de pensar.

*

—¿A qué saben los mecos?

—No tienen sabor.

—Saben como saladitos… a sal, pues, pero con esa consistencia más espesa.

—¿Es cierto que son buenos para la piel?

—Yo leí que era un mito, lo busqué y dice que pueden causar diarrea, que te caen pesaditos al estómago, pero que es puro pedo que son buenos para algo…

—A mí sí me cae mamársela al bato y que se venga en mi boca, hasta se lo pido.

—A mí también, pero los escupo, no me los trago.

—Me la pude haber ahorrado.

—¿Qué?

—¿Los mecos?

—No es para tanto…

—No, las pinches fantasías que me hago después, porque es como si me hiciera una fantasía por cada meco que me tragué…

—Ah… es que también eres muy romántica.

—¿Por qué somos así las mujeres?

—No todas.

—No sabemos…

*

Al día siguiente del encuentro traje los mismos calzones negros durante todo el día, cuando me metí a bañar, perdí los putos calzones. Los busqué en el cuarto, en el baño, pensando en que quizá me había regresado al departamento sin calzones, pero recordaba que no, que los llevaba puestos.

*

Cuando terminó el masaje, sintiendo el cuerpo liviano y pesado a la vez, vi los calzones negros tirados en el suelo. Traía otros calzones puestos, unos azules. Y veía los calzones que había perdido en el suelo del departamento de Azcapotzalco. De alguna forma, la maldita sobada me los había regresado, se habían quedado entre los pantalones, y cuando me vestí ni cuenta me di que ahí estaban guardados. Regresaba mi fuerza, las dudas, los recuerdos, y las pinches fantasías de mierda, o de mecos.

Claro, todo te lo puedes ahorrar: ser un pez en una pecera, sin lanzarte ni una sola vez a ese mar, porque eso seguramente significaría tragarte un poco de agua salada, o mucha, dependiendo de la cantidad de intentos.


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