La lucha una a uno

Escribo desde la atracción y para las seductoras, las jóvenes, las delicadas, las que se mojan, las que cogen cabrón, las que quieren coger todo el tiempo, las alivianadas, las inteligentes, todas las incluidas en el gran mercado de la dizque chica cool. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: me disculpo de mi inconsciencia y de mis estúpidas fantasías. Estoy mal-parafraseando a Despentes y, tal vez, pudiera llamar a este texto Teoría Kate Moss, pero tampoco soy tan estúpida. Si quisiera aferrarme a mi poder, el poder que consiste en seducir, no escribiría esto, pues es la evidencia del por qué seduciendo no me permito verme completa en el espejo de las otras (mujeres).

Desde los 14 años de edad tengo el cuerpo de una mujer. Desde entonces he sido acosada por mis compañeros y amigos. He sido su cómplice, porque no quería caerles mal, entonces les sonreía y disimulaba darme cuenta de sus gestos. Pasado el susto de saber que tenía un cuerpo como arma comencé a usarlo “a mi favor”. Quiero aclarar que no me vanaglorio de mi físico: soy una copia física de mi madre. Y, además, tengo el carácter similar a mi tía Grace. Una mujer desenvuelta, segura de sí misma y aguerrida. Con esta combinación me he presentado al mundo con muchos ovarios hasta que, después de tantos tropiezos, arrastrándome, he querido lanzarme de un precipicio. Cuando no compartes tu poder con el mundo, y lo usas para posicionarte encima del mundo, nunca el poder se queda de tu lado.

Tengo varias versiones de feminismo en mi familia. Mi abuela paterna, quien estuvo casada toda su vida con mi abuelo, fundó una asociación en Mexicali para mujeres que sufren de violencia doméstica, a la que se dedicó por más de treinta años. Hace poco di un taller de escritura y ella lo tomó, y el texto que mi abuela leyó hablaba de una mujer de la tercera edad que limpió su culpa de ser privilegiada destinando su energía hacia la causa feminista. A sus 82 años, mi abuela, quebraba la solidez de la figura que había pulido durante treinta años cuestionándose. Mi madre es otro caso de feminismo. La misma tía Grace, y así como mi tía Laura, todas han buscado la libertad a su manera.

Hace algunos años, se me ocurrió poner en tela de juicio a estas mujeres a mi alrededor. Me sentía amenazada por mi confusión, y me dediqué a tomar nota de los detalles del carácter de cada una. Me pasó, también, con mis mejores amigas, y con mi compañera de casa. Pero como la verdad está más allá de las conjeturas que suceden dentro de la cabeza, por mucho que quería justificar mis juicios con referencias filosóficas terminé resintiendo mi soberbia. Sola, aislada, frustrada, enojada y deprimida, reconocí que yo no era ni más consciente, ni una mejor versión de mujer, ni que estaba luchando con más fuerza en ser libre. No más que las mujeres que estaban a mi alrededor.

Desde hace unos cinco años he querido compartir lo que escribo y he querido publicar. Para trabajar en lo que, de todos modos, hago y voy a seguir haciendo. Lo he dicho antes: para mí escribir es vivir, vivir es trabajar, trabajar es disfrutar, pero también duele. Todo se me mezcla. Por lo que, para relacionarme dentro del mundillo literario, tuve diferentes experiencias, desde cuando todavía no escribía con soltura, e incluso no podía ni sentarme a hacerlo, porque sentía demasiada energía y la sensación me llevaba a desistir. Hasta, más adelante, al haber tenido algunos acercamientos con editores y escritores, como besando sapos para encontrar a mi valedor literario. Y otra vez mi complicidad mi saboteaba. Siempre esperé a que valoraran mi trabajo, pero mi actitud coqueta, ligera, cínica e infantil decía, claramente, que no valía la pena que se tomaran el tiempo.

De una a uno

Siento que las luchas, aunque se dan en grupo, sobre todo se pelea de una a uno. Así fue como tuve un par de relaciones amorosas con personas del gremio. ¿Es como si te cogieras al cura del pueblo? Me preguntaron. Ojalá, contesté. Porque no, lo que me pasaba es que me enamoraba del cura, y además le exigía que cambiara sus hábitos para que verdaderamente fuéramos una pareja.

La primera vez fue con Guillermo Fadanelli. La segunda con Eduardo Rabasa.

Conocí a Guillermo cuando tenía 29 años, después de una gran decepción amorosa y de haber escrito mi primera novela en Mexicali. Fue cuando volví al entonces DF, y estuve trabajando en un corporativo de hoteles, donde la pasé siempre ansiosa y muy deprimida. Guillermo y yo comenzamos a frecuentarnos y, más bien, yo tomé lugar en sus dinámicas sociales. Nuestra relación duró alrededor de dos años. Y era una relación, más bien, platónica; ni física ni muy real. Cuando eres una persona fantasiosa puedes fantasear en el papel o en la realidad, sin lograr, bien a bien, reconocer la diferencia. Así que me imaginé que éramos como Henry Miller y Anaïs Nin, e imaginé que Guillermo me iba a ayudar a publicar, o por lo menos, me llevaría a escribir mejor. Se lo dije: quiero ser tu discípula. Pero él, más bien, quería que fuera como Marie de Gournay, una mujer que aunque muy inteligente y que también escribía, solo pasó a la Historia como la amante de Montaigne. Guillermo es un hombre duro, egoísta, que se ufana de sus contradicciones, quien se ha aferrado a un personaje (que le sale muy bien) y con quien aprendí mucho, pero a la mala. Varias veces me dijo que me iba a presentar con una editorial u otra, pero jamás me introdujo bien con nadie. Forjó mi carácter como lo haría un padre cruel. Y le seguí el paso esperando a que algún día cumpliera con su palabra. Me iba de fiesta, tomaba alcohol en exceso y me desvelaba por tres días seguidos. Como soy muy sensible le sacaba la vuelta a la coca, pero al final de esos dos años con él ya lo estaba haciendo sin darme cuenta. Dependía de los ansiolíticos para conciliar el sueño y pensaba con recurrencia en suicidarme. No estoy diciendo que él me obligó a estar así, pero sí que había un sometimiento invisible reforzado por mi fantasía: algún día él me ayudará. Me quedé esperando. Mientras tanto, Guillermo continuaba con su vida, si no estaba yo, estaba otra mujer, o la mujer que siempre ha estado con él. Hasta que dejé la Ciudad de México y regresé a Mexicali.

Estuve dos años en Mexicali. Aislada, viviendo sola en casa de mi madre. Usé mis ahorros para dedicarme, solamente, a escribir, y como no era tanto dinero me forcé a hacerlo por meses durante ocho horas diarias. La pasé muy mal hasta terminar una mala novela. Me fui un mes a Guadalajara, a donde vivía mi madre, retrabajé mi primera novela, que tampoco era buena, y después me fui a San Cristóbal por tres semanas, a continuar en lo mismo de editar esa primera novela, hasta que logré desecharla. Estaba muy deprimida, y los impulsos de irme hacia cualquier ciudad eran mi intento por salir de dicho estado (geográfico y emocional). Porque, en realidad, no tenía dinero para viajar.

Cuando regresé a Mexicali, comencé a dar clases en la universidad, y después trabajé en la asociación de mujeres de mi abuela. Estos dos años han sido los más difíciles que he vivido. Mi obsesión hacia comprobarme a mí misma que yo podía escribir una buena novela me llevaron a no hacer nada más que eso: escribir, y sentir la locura. Tuve todo tipo de ataques. De ansiedad y de insomnio, y una tristeza que me derrotaba. Además, intentaba soportarlo sin hablar de ello, porque era mi propia lucha.

Trabajando en la asociación nos invitaron a dar una plática sobre feminismo en la universidad, y se me ocurrió escribir acerca de mi personalidad extrañamente feminista; pues esta complicidad que genero con los hombres para autosabotearme es parte de mí. Y aquí es donde digo que intento luchar una a uno porque busco a figuras machistas para seducirlas y para, según yo, quitarles un poco de su poder: conquistar es someter. Sin embargo, obviamente, siempre pierdo. El texto, como era autobiográfico, no le pareció a mi abuela, me dijo que ella deseaba que yo me casara y que nadie en Mexicali supiera de estas revelaciones, porque eran detalles demasiado íntimos sobre su nieta.

Me decepcioné, me sentí traicionada, renuncié a la asociación, y decidí viajar a la Ciudad de México a buscar a personas del mundo editorial que pudieran publicarme. Como tenía varios escritos confiaba en que esto podía resultar con algo de lo que había trabajado.

Le había mandado mi última novela, por Twitter, a Eduardo Rabasa, acordamos en conocernos una vez que yo estuviera en la Ciudad de México. Él llevaba más de medio año con mi texto, y aunque le dije que no había prisa, de pronto necesité saber si era buena. Pero pasó lo que suele pasarme, se interesó por mí y no por mi novela. Cuando nos sentamos a platicar, debido a mi inseguridad y al no saber qué hacer, le entregué dos borradores de dos diferentes novelas. Un dictaminador que trabaja para su editorial iba a leer solo una de ellas, y me decidí por una que Fadanelli había dicho que era buena, pero el dictaminador dijo que no estaba lo suficientemente trabajada para que lo fuera. Cuando supe del veredicto yo ya estaba involucrada con Eduardo, me sentía culpable de no haberme mantenido, profesionalmente, a la altura de lo que yo estaba pidiendo. Lo que continuó fue conocernos como pareja. Yo estaba finalizando la escritura de una larga crónica sobre los años que había vivido en la Ciudad de México, quería deshacerme de dicha ilusión de volver a la ciudad a vivir, y creía que escribiendo de ello me liberaría de la idea de regresar. Cuando terminé el escrito se lo mandé a Eduardo, unas semanas después él viajó a Mexicali, aunque ya lo había hecho antes para visitarme. En algún momento, durante su estancia, me habló de lo increíble y publicable que era mi texto. Pero noté, sin que me lo aclarara, que él no lo iba a publicar porque ya habíamos comenzado a relacionarnos íntimamente. Recuerdo que pensé que esto no importaba porque valía la pena lo que estaba pasando entre nosotros y que, además, él me iba a ayudar a publicar ese texto en cualquier otra editorial, porque parecía estar muy seguro de ello, incluso más que yo.

Regresé a vivir a la Ciudad de México envalentonada por lo que había escrito y animada por mi relación con él. Mi ingenuidad, otra vez, me hizo pensar en nosotros como una pareja literaria, esta vez se me metió a la cabeza: Joan Didion y John Dunne. Después, todo cambió. O, por fin, me encontré con la realidad. De alguna manera, Eduardo, también, estaba viendo por su supervivencia, y no quería que su vida cambiara en nada, él podía estar perfectamente con una mujer u otra acompañándolo, pero no con una tan obsesiva como yo. Porque, después de haber pasado por el aislamiento al que solita me había impuesto en esos dos años, mi disciplina estaba encaminada solo a escribir y no podía disfrutar hacer nada más.

Eduardo me ayudó a mover algunos ensayos que escribí, publicó un poema en su revista (que hablaba de él), y le pasó la crónica que yo había escrito a un par de editoriales. En algún momento, me pidió el texto feminista que yo había completado para la universidad en Mexicali, y me dijo que podía ser considerado para el libro que estaban haciendo en su editorial. Me presioné dos días trabajando lo más que pude para presentárselo mejor escrito aunque, en el fondo, sabía que no iba a suceder nada con ese texto. Y así fue. Al final, dijo que a la editora responsable no le parecía que yo publicara siendo su novia: ¿Ni aunque les pareciera un buen texto? Ni aunque les pareciera un buen texto. ¿Ni aunque alguna vez hubiese publicado a uno de sus amigos? Ni aunque alguna vez hubiese publicado a uno de sus amigos. ¿Me diría de frente que no? No, no me diría de frente que no. No falta decir que desde que ya no estoy con él no puedo mover mis textos como cuando aparecía su nombre, pero ya qué.

Comencé a usar mi blog para externar toda esta frustración que estaba sintiendo, y logré que Eduardo se sintiera mal. Lo terminé alejando, obviamente. En algún momento, lo enfrenté diciéndole todo lo que sentía. Lloró con desesperación. Creo que lloró al darse cuenta de su inconsciencia, porque no era como que planeaba las maneras en las que me respondía, solo reaccionaba. No es una mala persona, es un hombre inconsciente, inconsciente del poder que tiene, tal vez no es tanto, pero tiene poder. Alguna vez, el mismo Eduardo me dijo que le hubiese encantado que nos hubiéramos conocido desde un lugar distinto. A mí también me hubiese encantado.

Ahora que escribo esto pienso si no estoy usando, nuevamente, mi poder en su contra. Porque intento ser lo más honesta posible, hablando de mis sentimientos, de mi inseguridad, de mi dolor, de mi complicidad y de las circunstancias que he vivido, pero porque puedo hacerlo. En cambio, sé que Eduardo tiene miedo de ello, de ponerse a hurgar en sí mismo, de entrarle a lo que siente y de, además, escribirlo y hacerlo público. Porque en el mundo de los hombres esto, normalmente, no se hace. Porque es una traición para el resto de la estirpe. O si se hace tiene que haber una historia de súper hombre, del gran macho, pero escurridizo, resistente e insensible, pero que sufre, como sucede en el caso de Fadanelli. Porque tienen miedo a sentir lo que verdaderamente sienten y luego revelárselo al mundo, porque ¿Qué pasaría si, de pronto, la realidad que conocen y donde tienen una posición de poder cambiara por completo?

2 comentarios sobre “La lucha una a uno

  1. Me acuerdo de ti en esas fiestas interminables, odiosas, desmedidas, que nunca han llevado -ni lo harán- a ningún lugar. Muchas veces pensaba, cuando te veía con Guillermo, que qué demonios pensabas, o qué clase de plan elaborabas en tu interior, ¿tenías pensada una ruta de escape a esa batalla que librabas contra un ego tan mayúsculo? Leerte hoy me hizo sonreír, me hizo sentir que con textos como este y mujeres como tú, los mitos se desmoronan y los paradigmas de “nuestra identidad e ideosincracia” también. Forza Lucía

    1. No pensé que me fueras a leer y que me fueras a escribir. Esas fiestas interminables también se construían, se construyen, como un mito en el cual siempre, creo, todos esperábamos algo más (¿una última salida?). Como la utopía de la felicidad (o como La euforia, o celebración de vida; quién sabe). Agradezco mucho tu lectura y tus palabras, Renato.

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