Hacerle justicia a la desesperación

Me subo a un Volkswagen Vento negro, son las 2:43 de la mañana, Manuel es el nombre del conductor. Es Uber, estoy segura, pero me pasa (siempre) por la cabeza que pudiera pasarme algo. Tal vez porque es hombre, o por la hora, porque he salido de casa de una amiga que vive en la colonia Doctores y porque me he tomado unas cervezas.

Para relajar mi tensión le pregunto a Manuel por las muletas que lleva recargadas en su asiento:

—¿Tuviste un accidente?

—Sí, ¿tú crees?

—¿Qué pasó?

—Choqué en una moto.

—¿Fue un esguince?

—Me la amputaron ¿Tú crees?

Se hace un silencio, dentro de mí, se hace un silencio. Después pienso que puede estar mintiendo, luego le creo y, para no hacerlo sentir mi tensión, continúo:

—¿Hace mucho?

—Tres años.

No sé si él me salvó, o yo me agarré con las uñitas de cualquier otro tema. Pero hablamos sobre la tranquilidad de la noche, sobre el clima, y las jacarandas. Cambiamos la conversación. Cuando llegamos a la calle de mi depa, imaginé que me bajaba y abría la puerta de su lado, para comprobar que tenía amputada la pierna. Pero no, solo me despedí, le di las gracias y caminé hasta entrar al edificio.

Esta desconfianza es muy incómoda. Me dicen que no debo confiar en nadie, y hasta cierto punto lo creo, pero luego pienso en que eso es lo que puede cambiar este momento. Que en lugar de señalar al otro, es mejor confiar. Confiar en los otros.

*

—No era necesario que escribieras su nombre.

—No, no era.

—¿Para qué lo hiciste?

—Quería comprobar que su dolor era menor al mío, que su desesperanza apenas y pinta.

Nada es necesario. Menos los nombres.

*

Soñé que le decía a mi madre, jugando, que tal vez no nos íbamos a volver a ver. Mi madre me contestaba, en un tono serio, sabiendo que con mi tono la estaba retando: entonces no nos volvamos a ver nunca. Yo lloraba desesperadamente, como imagino que lloran los animales cuando son desollados de su piel. Le decía que estaba jugando, que no era en serio, que las palabras me usan y no al revés. Dudaba de que mi mamá fuera a perdonarme la broma. En el mismo sueño, mi padre me decía que lo que estaba haciendo no era suficiente.

Desperté en domingo.

*

Hay que renunciar al nombre. Hay que tener otros nombres: Aurora, Inés, Josefina. Si me llamara Aurora trataría de ser silenciosa y sonriente. Si me llamara Inés trataría de ser precisa. Si me llamara Josefina trabajaría solo por el equilibrio. Pero me llamo Lucía, lo cual puede significar luz, o puede decir un querer lucirse, entonces sale la sombra.

*

¿Qué tan cierto es que las palabras me usan? ¿Cómo fue que hice lo que aseguraba que no era justo hacer? Dije que jamás escribiría sobre alguien sin hacerle justicia. Pero terminé buscando hacerle justicia a mi desesperación y el resultado, como sucede en estos casos, fue un aislamiento mayor.

*

A este mundo llegas con una sensación. De este mundo te vas con otra.

*

Estás con esa frase con la que has estado bailando y dices la voy a mostrar: la vida es bella, es justa y todo lo agradezco. Es uno de esos días que lo sientes. Entras al espacio público virtual y, antes de continuar con lo que ibas sintiendo, lees: AMLO se está volviendo loco. Chumel Torres ha perdido su creatividad. La violaron. La insultaron. La humillaron. El diputado asegura que fuimos conquistados por la peor raza.

Lo que iba a ser: la vida es bella, es justa, todo lo que he vivido lo agradezco, ya no es.

Te unes: la bella pérdida de la creatividad de Chumel Torres para ver si así le baja de huevos; agradecer la estupidez de los gobernantes para acusarlos; la locura de AMLO que es tan justa ¿O no fue el mismo hombre que ansió ese poder durante veinte años?

*

No pude tocar el pene de plástico. No lo vi bien. Creo que era negro. Estábamos a oscuras. Ella dijo que era un juguete nuevo. Le confesé que era virgen de strap on’s. No pude decirle que no a una mujer que quería cogerme con un pene de plástico. Tampoco me pudo coger con él.

*

En mis momentos suicidas imagino que, para materializar lo que siento, me lanzo a una jaula de leones para que me devoren hasta despedazarme mientras sigo viva. Aunque estoy más que nunca segura que no habré de suicidarme, también pienso que si alguno de mis actos inconscientes o contradictorios me llevan a la humillación quizá termine levantando la mano sobre mí misma. El tiempo me conocer mejor que yo.

*

Estuve pensando que era el día de su cumpleaños, todo el día lo pensé y no me atreví a felicitarlo, ni en mi cabeza. Lo había traicionado por mí, y lo tuve que disolver de mis pensamientos en aras de soportar la confusión y el aislamiento.

*

Remo la misma ciudad, pero en los fines de semana se me seca. Tengo que inventarme una vida humana, no de máquina que pretendo y aprieto los dientes. Intento. En el recuerdo creo haberlo logrado.

Siento el estado de un río que recorro, y a veces es lago, y otras es mar. Desayuno siempre lo mismo, voy por las mismas calles, leo los mismos libros, trabajo los mismos textos. (Hasta que me termine la fruta que compré, hasta que finalice un libro o un texto). Mi tristeza, mi ánimo, mi coraje, mi desesperación o mi desidia vuelven diferente cada momento, y me la creo. Creo que estoy comiendo un mango distinto, recorriendo otra calle, leyendo un libro nuevo, trabajando en algo más. Avanzando. O retrocediendo.

*

¿Realmente es necesario un pene? ¿Por qué las mujeres que nunca han buscado a un hombre quieren, en algún momento, usar, tener o sentir un pene? ¿Somos mujeres jugando a ser hombres? ¿Pene incluido?

“La mujer, según definición de los clásicos, es un varón mutilado. […] no ha habido mujer que haya desperdiciado la oportunidad de contemplar su imagen reflejada en cuantos espejos le depara su suerte. Y cuando el cristal de las aguas se enturbia y los ojos del hombre enamorado se cierran y las letanías de los poetas se agotan y la lira enmudece, aún queda un recurso: construir la imagen propia, autorretratarse, redactar el alegato de la defensa, exhibir la prueba de descargo, hacer un testamento a la posteridad (para darle lo que se tuvo pero ante todo para hacer constar aquello de lo que se careció), evocar su vida.”

*

Pido que, al morir, mi cuerpo sea donado a un zoológico para que los leones se lo devoren, pero que antes le saquen los órganos, si es que todavía sirven.

No es drama, es la imagen ¿O será, otra vez, el nombre?

*

—¿Tú crees que estuvo bien haber escrito lo que escribiste?

Me tragué mis escritos y los disolví con el estómago vacío. Vomité mis palabras. No, no sé si estuvo bien.

*

¿Dónde está la tienda de certezas? Llevo años buscando su ubicación en el mapa de mi cuerpo. Mis pensamientos son precipicio.

*

No se puede lastimar a otra persona sin lastimarte. No lo digo yo, lo dice Gandhi.

*

El ego es como un globo que cuando lo inflas de más se te explota en la cara y duele.

¿En qué momento creí que mi desesperación era más importante que la desesperación de una persona a la que conocí?

¿De qué lado estoy?

¿Por qué tengo que escoger?

¿Cómo se le hace justicia a la desesperación? Supongo que, si es momentánea, supongo que se trata de seguir viviendo.

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