Veinte cartas pidiendo perdón y una real y verdadera

Querido Eduardo:

Te escribo desde mi blog para realizar una disculpa pública. Tal cual como lo hice cuando escribí sobre ti, sobre nosotros, justo en el momento que sucedía el #MeTooEscritores. “Pinche Lucía ¿Otra vez? ¿Por qué sigues haciéndolo todo público?”, puedo imaginar que esta sería tu reacción. Pero pensé que, primero, si cuando hablé de ti, de nuestra relación, lo hice públicamente ¿Por qué lo haría después en secretito? Y, antes, si desde el principio, cuando me conociste, leías mi blog, y me comentabas sobre lo que escribía que era sobre lo que estaba viviendo, sabiendo perfectamente que es algo que hago, o hacía, o estoy volviendo a hacer ¿Por qué te sorprendería? Odio la censura. Al final, tú sabes, perfectamente, lo que pienso, que cuando se habla de los otros hablas más de ti mismo o de ti misma, más que del otro.

            La última vez que quise disculparme por correo contigo por pelear públicamente, por poner tu nombre y tratar de hacerte el culpable de mis fracasos o angustia, fallé porque no lo sentía. Supongo que también así te puedes sentir superior, disculpándote así nada más, pero porque sabes que eso lo más civilizado que puedes hacer. Lo más maduro, compasivo y humano. Sobretodo si sabes usar las palabras.

            En fin, ahora sí lo siento. Y, de verdad, lo siento Eduardo. Y es que tanto que quiero insistir que todo es un mismo tiempo, que no hay presente, pasado ni futuro, pues ahorita que te escribo siento el pasado y el presente. Ahora no te odio y, de hecho, te recuerdo con gusto.

            Sabrás por el tiempo que estuvimos juntos, por lo que me conociste, que he estado muy sola, aislada, que así lo he querido y que no lo disfruto del todo. Que estoy cien por ciento segura de que me busqué estar en esta situación y, de pronto, esto extraño de ti. Con todo y que eres mucho más social, aparentemente, en esto había una identificación. Pero esta no es una carta de amor, ni de melancolía ni de extrañamiento. Es pedirte perdón de la manera más sincera que ahora sí puedo, y también reconocerte eso que no podía: me ayudaste. Y mucho.

En este último año me convertí en correctora de estilo (sé que no es gran cosa), pero con ello he ganado dinero, no suficiente, obviamente, pero cuando nos conocimos yo estaba aterrada, definitivamente mucho más aislada, deprimida y muy emputada. No conociste una versión tan fácil de mí y, sin embargo, creo que la atracción, de alguna forma, también fue por esto. Por lo que estabas pasando, por lo que sentías; mi enojo, mi tristeza, mi aislamiento, te parecían coherentes. Ahora me siento más segura de mí.

            Lo otro es que todos los días desayuno lo que desayunaba en tu casa. Son pendejadas, dirás. Detalles estúpidos, digo yo. Pero me voy dando cuenta de esto que negaba. Para comenzar, volví, una vez más, a la Ciudad de México, algo que tanto quería y no tenía el valor para hacerlo, empecé a trabajar por mi cuenta, y también terminé por quitarle tanta importancia a esto del círculo literario. Nuestras ganas de que funcionara la relación, con lo tercos (¿e idealistas?) que somos los dos, y con todos nuestras aprehensiones (y traumas), nos llevó a estar constantemente en guerra. Pero me ayudaste, me apoyaste y me diste lo que pudiste. Además, siendo sincera no es como que en tu vida te la pasas siempre chingón. Te confundes, te sientes inseguro, eres vulnerable, eres contradictorio, ya te conocí, algo, o un poco, y sé que eres un ser humano. Y hoy acepto que lo que terminó por darme muchísimo coraje fue que me di cuenta, pero insistí en hacerme tonta y en jugar en que pasara lo que pasara nadie iba a salir lastimado. Sabía que tenía que abandonar la relación y hacer las cosas sola. Buscarle. Todo eso. Pero quería que tú lo resolvieras todo, insistía en ello y, además, te hacía sentir que no esperaba nada, cuando quería todo.

Y, bueno, lo que desbordó el vaso de rabia fue que explotó el movimiento del #MeToo y me uní. Desde el fondo de mi ser creo en toda expresión que pueda haber en cualquier persona, sin embargo, no creo que sea duradera toda expresión. A veces es el comienzo, o el final, o el punto intermedio. Son como aires, como vientos, a veces creando huracanes, a veces te dejan helada. A veces, vuelas. Yo también soy mujer y también me sentí muy frustrada, enojada, invisibilizada. Por ti como un fantasma de todos los hombres. Por todos los hombres. Y por la idea del ser hombre. O del “todos los hombres”. Porque yo no soy esa mujer de todas puedo y no tengo ni idea cómo empezar a serlo. Luego entendí que, desde que te das cuenta, debes enfrentar lo que estás viviendo y no aumentar el cargamento y mejorar la estrategia del ataque. No entiendo esta puta guerra de sexos. Y sí la entiendo. Porque también sentí poder cuando dije mi versión de nuestra historia sabiendo que tú no lo ibas a hacer. Y pensé en qué pasaría si siempre existe la posibilidad de decir (o hacer real) tu parte y ganar algo con ello: una sensación de libertad, por lo menos. Y eso es lo que le pasa a ustedes los hombres. No siempre. Porque también están sujetos a esos otros hombres que son más gandayas y crueles. Sobretodo, creo que la guerra es entre todos y todas, entre todas y todas, entre todos y todos, entre tanto maldito malentendido, y el miedo que tenemos a escucharnos. A darnos el tiempo de sentirnos, pero de verdad.

            Así que ahora sí me disculpo porque quise usar mi poder, pequeñito, diminuto, lo sé, pero lo hice para hacerte sentir menos y “ganar”. Gané más puntos a esta estúpida soledad. Dizque sometiéndote me sometí más a la ignorancia de lo que puedo ser. Porque sí se pierde mucha libertad en el dizque poder. Entonces entiendo que las cosas no estén de mi lado, porque pudiendo escoger las palabras para crear algo bello quise usarlas para deshacer cualquier posibilidad de algo.

Lo siento, Eduardo Emiliano.

Eres mucho más de lo que yo quise hacer de ti al no querer aceptar que (te) entiendo.

Atentamente,

Lucía María

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