Las bestias sobreviven a su realidad con la brújula del instinto. Los seres humanos somos bestias, bestias pensantes que, sin embargo, creemos controlar la realidad con nuestras teorías, acciones y transformaciones, sobre todo violentas, que realizamos en y para el mundo. Porque los seres humanos, las personas en trance de ser humanos, continuamos refugiándonos en los instintos para resolver nuestra supervivencia. Pero nuestra supervivencia es frente a nuestra propia especie y frente a nosotros mismos.

Hay bestias humanas que sobreviven gracias a su capacidad de huir, quienes buscan, por instinto, el terreno de la libertad; por lo menos como pretexto, o como espejismo, para así, por lo menos, sentirse vivas.

En la novela “El bosque de la noche”, de la escritora Djuna Barnes, se esboza una teoría de esta esencia bestial dentro de una mujer a punto de ser humana. Es el relato de un triángulo amoroso entre mujeres, en donde predomina, en dicha mujer bestial, la búsqueda de su idea del amor y de la libertad, en oposición con la posesión y la permanencia.

Djuna Barnes nació en el año de 1892 en Nueva York, en 1936 apareció su libro Nightwood, el cual que, más adelante, adquiriría la etiqueta de novela de culto modernista dentro de la literatura americana, debido a que el tipo de personajes que la integran no, necesariamente, dominaban las publicaciones de aquel tiempo. En este caso puede verse, por ejemplo, un planteamiento del complejo de Edipo con la ligera diferencia de que, en lugar de que la mujer busque a un hombre que suplante la figura del padre, encuentra en la relación con una mujer a quien reemplace a la madre: “Amor de mujer por mujer, ¿qué mente pudo crear este demencial afán de angustia desenfrenada y sombría maternidad sin resolver?”, expresa el doctor Matthew, uno de los personajes que funciona como el principal emblema discursivo, el cual determina el orden en el hilo dentro de la narración. La bestia que deberíamos de ver convertida en ser humano es el personaje de Robin, una mujer escurridiza, fiada de su instinto, cuyo semblante logra disfrazar su capacidad para emprender la fuga: “Por eso ella odia al que tiene a su lado. Por eso se deja atrapar por todo, como el que está soñando. Por eso desea que la quieran y que la dejen en paz, todo al mismo tiempo. Ella mataría al mundo para llegar a sí misma, si el mundo se atravesara en su camino, y el mundo se atraviesa[1] en su camino”.

Los gestos humanos los encontramos en la complejidad de los personajes, los cuales son “anormales”, pues los hombres que aparecen —Felix, Guido, Matthew, y el hijo de Felix— son, más bien, vulnerables y sensibles, “débiles” y “fracasados”. Mientras que, las mujeres —Hedvig, Robin, Nora, y Jenny— son “fuertes”, valientes, duras, competitivas y “exitosas”. La verdadera literatura es la que muestra esquemas de personas reales y que, por lo mismo, son impredecibles. Las tonalidades grises nos llevan a ser único, lleno de contradicciones y enigmas; su capacidad de sobrevivir no es de la manera en la cual hemos visto, repetitivamente, en las románticas historias que se cuentan. No encajan el típico estereotipo social, como: hombre fuerte, exitoso, egoísta, con cientos de mujeres a su alrededor, y con una capacidad, en aumento, para insensibilizarse; o mujer tierna, bella, compasiva, entregada a la familia y a la pareja, con una capacidad para guardar silencio, con un estoicismo para enfrentar la muerte, la vejez, las enfermedades y la tragedia. Los ejemplos anteriores son solo por mencionar un par de ellos donde, de lo que la literatura se ha servido, es mostrar la sensibilización del hombre fuerte, o el envalentonamiento de la mujer tierna, ese giro de tuerca que ya no sorprende a los y las lectoras, porque siempre, en la realidad, hay más que un solo cambio.

La agudeza en la construcción de Djuna Barnes es que no explica su propuesta. Sugiere, a manera de un mundo literario en coherente funcionamiento, que los personajes no están siendo impulsados por las creencias sociales sobre su sexo y, sin embargo, arraigan la misma incapacidad que cualquier persona para entregarse de lleno a la vida o hacia descubrir el amor. Así surgen los encuentros, en “El bosque de la noche”, entre personajes con características contrarias, como si pudieran compensarse para, luego, ser ellos mismos testigos de la evidente ruptura, por esta imposibilidad de emparejarse por una complicidad la cual, más bien, se erigió basada en el miedo. Y, después, también, ver a personajes con personalidades parecidas que tampoco logran un verdadero encuentro.

Nightwood retoma la pregunta universal ¿Qué es el amor? Y, más bien ¿Cómo se ama? Y la va respondiendo al expresar lo que significa la posesión, poseer al otro en el intento de poseer el amor, como si fuera un objeto, el amor o el otro ser humano, o la libertad del otro, creyendo que así se alcanza algún tipo de seguridad o de control sobre la vida misma. Además del reencuentro con la sensación de ese instinto de vida que le pertenece a la otra persona: “[…] la mujer que se presenta al espectador como un cuadro compuesto y acabado es, para la mente contemplativa, el mayor de los peligros. A veces, uno encuentra a una mujer que es bestia en trance de hacerse humana”. Robin era esta bestia que, a lo largo de la historia, íbamos a ver convertida en ser humano.

En la historia de Barnes se produce una mezcla de personalidades, caracteres que rompen con los clichés y las pulsiones esperadas, que nos acercan a la vulnerabilidad real de un ser humano que busca el amor y que cualquier posibilidad de dependencia, aunque parezca cómoda, nos remite a generar un rompimiento, porque, al final, el amor es una entrega desde un ser completo hacia otro igual.

¿Será que lo rígido del sistema, aunado al debilitamiento de la voluntad por el paso del tiempo, nos lleva a las personas hacia arraigar cualquier instinto de supervivencia, encarnando aún más nuestra neurosis como un mecanismo de defensa, por ejemplo, el de la constante huida en cualquiera de sus formas?

Y, también, ¿será que la literatura no puede ser leída como una construcción de sutilezas? Que el reconocimiento de la imposibilidad humana debe ser caracterizada como una lucha de opuestos: sexos, de razas, de estereotipos; como una guerra entre polos. Por eso es que aunque “El bosque de la noche” termina siendo reconocida y publicada por T.S. Eliot, al mismo tiempo no logra gran conmoción entre el mundo literario. Pareciera que solo nos reconocemos en esas voces que gritan, que exigen, que culpan, que pelean, que destruyen por una posibilidad de verdad. Mientras que las sutilezas no nos sirven como discursos para buscar esa condición deseablemente humana.

[1] Estas cursivas son del texto original.

Bibliografía: Barnes, Djuna (1936) El bosque de la noche. Seix Barral. Primera edición: Barcelona.

Y…

Si pudiéramos armar un bestiario con la caracterología, por ejemplo, planteada por Alexander Lowen, discípulo de Wilhelm Reich. Quien desarrolló un esquema para reconocer el proceder de los seres humanos según su tipo de cuerpo, describiendo que en el cuerpo “se ve” el carácter, y su neurosis. Entonces habría bestias humanas que se hacen las víctimas para sobrevivir, bestias humanas que atacan para sobrevivir, bestias humanas que huyen para sobrevivir, bestias humanas que interdependen de otras bestias, bestias humanas que se borran para sobrevivir o bestias humanas que manipulan para sobrevivir.

Entonces, la sensación de vivir, en las personas, queda limitada debido a que, para encajar en dicha sociedad, nos resistimos a sentir lo que sentimos. Y, sin embargo, la capacidad que una persona tiene para volverse humana es cuando decide estar entre seres humanos. Una persona que no se reconoce, o se siente, parte de la humanidad y que no intenta desenvolverse como pieza única dentro del engranaje, difícilmente podrá sentirse humana.



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