¿Digo lo que no debo de decir?
¿Escribo lo que no debí escribir?
¿Soy la que puedo ser?
 
Solo una voz.
Una voz como agua.
Gotas que caen de una fuga en la taza del baño.
Una voz que avanza entre las calles lluviosas.

Una voz nube.
 
El grito ausente.
La mirada que todo lo abraza.
 
¿Llorar?
Nunca ha sido suficiente.

Se confunde, de nuevo, el llanto con la lluvia.
 
No hay un solo día en el cual no me pregunte si soy la que no soy.
Con todas las ganas de ser, huyendo.
 
Sigo viva.
Este es mi semáforo.
 
Pero detengo el tráfico.
No salgo de primera.
Mi papá me exige enojado.
Avanza, Lucía María.
Soy una niña, papá. No quiero dejar de serlo.
Ya vi a los lestrigones. Y a los cíclopes. Y al colérico Poseidón.
Los vi en mis sueños a los 12 años.
Los conocí a los 32.
 
Y ahora, a mis 35, tú me pides que lo siga siendo.
Una niña.
 
Me guardo en mi silencio.
Me congelo en mi sexo.
En mi cuarto de azotea.
En el desierto ardiendo en mi pecho.
Tengo sed.
Ser de nubes.
Llueve una voz a dos voces y a cien.
Inunda mi cuarto.
Desborda mi pecho, mi baño y mi cuerpo.
 
Doy el primer paso.
 
Salgo de primera.
Estos pasos son la voz.

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