Apología al desencanto

la oscuridad [no] solo dura una noche
el organillero [y la compra del fierro viejo] solo dura una vida

Citando [y agregándole] a Montalbetti

La velocidad con la cual ocurren los días se arrebata lo que pudo ser (escrito). La velocidad son muchos días en un día. Un conglomerado de sucesos abarcando desde el rincón todo el espacio. Los días son obesos.

Estoy esclavizada ante la noción de la que tengo que ser, de las que tengo que ser. Como son varias, he dejado de dormir para suceder en cada una de ellas. Incluso cuando “quiero” o ¿quiero? o quiero hacer algo.

Una noche sin dormir se vuelven dos. Dos noches sin dormir es volverse la noche. Ser oscuridad, silencio, estrella muerta destellando en el invento. Todo va quedando en duda; lo que antes estaba acomodado en un anaquel dentro mi cabeza, se cae. Se rompe, o hay que limpiar, tirar esto y aquello y eso también, modificar el arreglo. Moldear lo que se mantiene para que sobreviva a su conservación.

Decido poco, solo hago. Reacciono. No disfruto menos, antes tampoco disfrutaba. Se trata de una larga temporada en el invierno de lo que no soy y no puedo ser: nada me lo creo.

“Sería tan feliz si me la creyera”, me desperté cantando después de la última noche que dormí. (La canción no existe la inventó mi inconsciente o algo así).

En la nada nado sobreviviendo. Tomo aire cuando no pienso y con ese aire me muevo. Soy movimiento. Me miento, digo que quiero algo, lo que sea: un cuarto de uvas, terminar ese libro, probar la cerveza con jamaica. El deseo se esfuma nada más toca el cuerpo. Mato las cosas en mi cuerpo. Mi cuerpo se ha vuelto un cementerio de mis deseos. Etcétera.

Sola, siempre sola y no es que quiera estar con alguien, y menos en alguna otra parte (pues si la ecuación dice que no logro disfrutar ni una uva ¿Una ilusión más compleja y elaborada surtiría efecto?).

Pero mi compañía me decepciona. Me entristece y no tengo el ánimo para llorar. No voy a gastar mi energía lamentándome por la que no soy. Soy ésta por el momento. No hay de otra y he decidido seguir, a pesar del desencanto. De la absurda necesidad de vivir que, finalmente, he hecho mía. Realizando minúsculas inversiones para ser otra. [Me río sola].

Hasta la neurosis ha logrado sucumbir al sueño. Todo en mí sueña, menos yo.

Este cansancio, dice mi imaginación, se parece a la tranquilidad de saberse muriendo. La pequeña nada que es todo instalada en el cuerpo sucediendo como hierba. El silencio multiplicándola. El silencio que me guiña el ojo desde la otra mesa. El amor como prueba de que no existe. Dios. La contemplación del único recuerdo que no recuerdo pero me cuentan que he vivido. El café frío. Nadie en la cama, ni mi cuerpo ni ningún otro ¿Cuál cama? No hay cama, tengo meses durmiendo sentada, si es que duermo.

4 comentarios sobre “Apología al desencanto

  1. El tono me recordó a Pessoa. En general leerlo fue muy desalentador. Triste. Las palabras de un alma acabada, puesta en automático. Pensar y actuar por inercia.

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