1. El retiro

En la montaña de un pedazo del terreno llamado Chino Valley, en Arizona, cerca del poblado de Prescott, a dos horas de Phoenix, se encuentra un instituto budista con un templo que le fue donado al maestro Garchen Rinpoche. Todos los años, en este lugar, alrededor de noviembre, se organiza un retiro intensivo a partir de la invocación y los rezos al buda Vajrakilaya. Para fines del retiro un mantra debe repetirse sin detenimiento dentro del templo, durante todo el día, durante nueve días. Este 2019 fueron alrededor de doscientas personas las cuales se hospedaron o acamparon en el instituto, al mismo tiempo que hacían servicio y trabajo de cualquier tipo (la limpieza, cocinar, ordenar) y se turnaban los horarios, que la misma administración del templo (ayudada por los monjes budistas), habían acordado para mantener suficientes personas dentro del recinto para realizar los rezos durante todo el día, durante todos los días.

Chino Valley, Arizona

Así fui parte del retiro budista que sucedió en este instituto el año pasado: “Vajrakilaya empowrement and drubchen”, un intensivo empoderamiento a partir de la deidad Vajrakilaya. ¿Empoderamiento de qué? ¿Quién es Vajrakilaya? ¿Intensivo cómo? Si tuviera que explicarlo en términos muy generales, y con mi nulo conocimiento del budismo, diría que es un campamento de alto rendimiento, con ejercicios muy demandantes señalados por una guía muy poderosa, pero en lugar de que vayan dirigidos a los músculos del cuerpo, son ejercicios que van directo al alma, o que limpian aquello que está entre el cuerpo y el alma, o el cuerpo y el espíritu. El alma no necesita ejercitarse ni limpiarse, tampoco el espíritu, pero sí los pensamientos, esos con los que nos describimos a nosotros, con los cuales percibimos el mundo y nos expresamos sobre él, o sobre los otros seres humanos.

Vajrakilaya [tomada de la web]

Me di cuenta que el lugar dentro del templo, tu espacio para sentarte (en un zafu) sobre el piso, te lo ganabas, que entre más cerca te tocara de Garchen Rinpoche, el maestro, era mejor. La energía con la cual te presentabas, la energía que estabas trabajando, tu karma y tu carácter, el permiso que te concedían las mismas organizadoras (unas americanas y chinas bastante neuróticas, pero también muy trabajadas), te asignaban dicho espacio; porque eras tú, por medio de los otros, quien te abrías o te cerrabas el paso.

Mi lugar se mantuvo casi el mismo: tenía una vista directa hacia el frente y al maestro, pero muy atrás en el fondo, cercana a la salida donde “estorbaba” al paso de los otros; era la primera vez que el templo recibía a tantas personas para el retiro. En los últimos días, ya que se habían ido algunas personas, tuve un espacio en el cual dejé de obstruir, con una pequeña mesa para mis textos y escritos, y con dos personas muy tolerantes y compasivas a mis costados; una mujer rapada, blanca, de unos cincuenta años acomodada a mi izquierda y un hombre blanco, canoso, de unos sesenta años, a mi derecha. De ninguno supe nada, ni sus nombres, pero los sentí como mis padres budistas de dicha experiencia. En una ocasión, hacia el quinto o sexto día, en donde yo no podía detener mi llanto, en plena meditación —porque emociones fuertes te van tomando en el proceso, como la marea sube su intensidad— ambos me pasaron un pañuelo al mismo tiempo, esto me cortó el llanto y hasta me dio risa.

Fui con un grupo de compañeros de terapia, nuestro caso fue distinto, nos hospedamos en un Airbnb en Prescott, a cuarenta minutos del templo, éramos siete personas, más nuestro maestro quien se quedó en un hotel junto con su pareja. Nuestro maestro se llama Juan Mendoza, ha tenido diferentes tipos de entrenamientos como terapeuta, como chamán y como guía. Y es alguien a quien he seguido por casi dos años, ya que su premisa es no casarse con una sola disciplina espiritual; es lo que, a su vez, le ha enseñado uno de sus principales maestros (Carlos de León quien tiene un centro en Canadá)— se trata de “tomar lo mejor de cada doctrina”. Así que nuestra experiencia tuvo sus particularidades, siendo un grupo que nos conocíamos poco, ya que no sabíamos casi nada de nuestras vidas mundanas, pero sí algo de nuestro carácter y ciertas situaciones que hemos tratado en terapia, esto nos dio una dosis de intensidad, al mismo tiempo que un tipo de pertenencia.

2. La pregunta

¿Algo cambió? He estado tentada a decir que nada y, luego, a decir que todo. Por ejemplo, al comenzar con este escrito lo hubiera hecho tomándome una cerveza o un vino, concentrándome más en el vacío del vaso, que en lo que voy registrando en la hoja blanca, pero lo hice con un té caliente, pensando en desistir aún antes de empezar, sintiendo que no importaba si esto quedaba por escrito, y que lo significativo era lo que se había inscrito en mi cuerpo; reconociendo, sobre todo, que no necesariamente iba a poder describir algo con claridad.

Mientras duró el retiro no tuve una sensación de bienestar, pues casi siempre me sentí incómoda, confundida, con el cuerpo dilatado, como si se relajaran membranas que antes nunca había sentido, pero que entorpecían el movimiento de mis pensamientos y acciones. Esos pensamientos que generan una realidad acartonada, como tener pesadas cobijas abultadas entre el cuerpo. Después, empecé a reaccionar de diversas formas. Y era como si otra mujer, una que se parece a mí, estuviera haciendo eso que hacía, mientras yo iba registrando posibilidades inmediatas y distintas de reaccionar; intentando reconocer cuál era la que beneficiaba al entorno y no solo a mí. Vi con lupa esas acciones que podía, o no, realizar y que me entregaban a la realidad —sucediendo para el bien común desde donde estaba—; y debido a una ausencia de expectativa, como querer reconocimiento o algún tipo de recompensa, me dejaba más ligera.

[Ya no sé cuáles de las fotos que tengo son mías o de mis compañeros de viaje]

La consigna de ser mejor persona, en mi cabeza, se asimilaba, en su sensación, a una condena y, al mismo tiempo y poco a poco, a la única salvación. Ahora hablo como Jesucristo en Evangelio, y parece que me burlo y, quizá, me burlo; pero porque continúa habiendo una híper-consciencia que me devela todas las reacciones internas que hay con cada expresión que realizo. Me siento obligada a estar alerta a lo que estoy haciendo y diciendo, al mismo tiempo de que existe un recordatorio de separarme de ello para solo observar, responder o no responder e intentar soltar. Y da miedo. El rechazo, la posibilidad de un aislamiento total y la muerte de mi yo por completo como lo conozco, es lo que permea. Porque es mentira cuando digo que no tengo idea de quién soy, esta frase filosófica es el lugar común de los escudos y del desentendimiento, porque, en realidad, tengo una idea fija de la que soy y es esa la que actúa, empero, ahora (después del retiro y habiendo visto otras posibilidades) sé que no actúo siempre desde el corazón y sé que eso puedo estarlo cambiando (milimétricamente) siempre, entonces ¿Qué quedará de mí? ¿A dónde perteneceré? ¿Cómo seré parte? ¿Me tendría que volver una monja budista?

Selfie con el maestro Garchen Rinpoche

Mi experiencia comenzó desde antes, en terapia individual con Juan y, también, en el primer taller de Fundamentos de espiritualidad y de conciencia que se organizó con él como maestro; en donde empecé a sentir esto, que no había escapatoria, o al revés, que se trataba de la única forma: la verdadera posibilidad de existencia. Para definir ciertos elementos que han determinado mis decisiones y formado un “carácter”: soy una mujer muy contradictoria —me permito serlo—, lo mismo puedo estar en el extremo de una emoción y, en poco tiempo, volcarme a su opuesto, y así reacciono; también, y por el otro lado, me cuesta trabajo aceptar que existo, que soy una persona que vale, como cualquier otra, y que puedo decidir sobre mi forma de vivir y actuar y estar.

El primer día

Lo que sí puedo asegurar es que mi cuerpo había estado implorando volver a su naturaleza (en palabras de Juan), y lo puedo definir por el aumento de bienestar general en mi vida. Este bienestar no iba sucediendo como una recompensa inmediata después de cada cambio que intentaba, al contrario, estuve meses en un continuo de resistencia, confusión y limbo, y hasta después lo reconocí al hacer un balance general. Tengo más energía, mis decisiones, más bien, me dejan tranquila, al mismo tiempo que las dejo pasar, no me quedo (ya casi no) en eso que hago vanagloriándome o culpándome. A la par, y esto es lo que más me ha costado, pero aún así lo siento una posibilidad real, hay una mayor ligereza: en el cuerpo, en la mente, en mi desenvolvimiento. Recuerdo que solía sentirme mal con frecuencia, en una semana eran tres o cuatro los días que me embargaba una tristeza o rabia o desesperación, donde no podía dormir, y “tampoco podía detenerme” en lo que estaba haciendo, y en donde siempre quedaba confundida. Llorar era consecuencia de mis acciones; todo estaba determinado por la idea de que yo no valía y que, al intentar “hacerme valer” (existir), mis acciones lastimaban a otros, o destruían y cancelaban el alrededor.

Ahora sé que la sensación de ligereza viene de vivir en una constante entrega, sin esperar nada a cambio, por ello se me ha dificultado; por el apego (un concepto muy recurrente entre los budistas). Hacerle entender esto a mi cabeza, que estoy aquí para que mi vida se convierta en un flujo constante de entrega hacia la vida y para los demás, es más complejo por diferentes cuestiones que intuyo, más no puedo asegurar.

Socialmente existe esta creencia general de que hay que recibir siempre algo a cambio de todo lo que hacemos y damos. Incluso, se asegura que las personas buscan sobrevivir o vivir pasando por encima de otras personas. Esta segunda premisa es no tenerle fe a nadie y tampoco a ti misma, pues si estás esperando a que la otra persona “te chingue”, la falta de fe es en ti, creyendo que tú harías eso que estás esperando que suceda. Seré leída como una ingenua entusiasta que, además, usa la palabra fe (me doy cuenta), una loca que se volcó hacia algún tipo de religión, o de prácticas, porque no podía con su locura; mi manera de reaccionar necesitaba de una serie de doctrinas para mantenerme en mis cabales. Desde ahí diré que sí, que me leerán así; por otro lado, confieso que nunca había vivido mi “locura” con tanta naturalidad, que me he reprimido poco (o lo mismo que antes) pero que, ahora, es rara la culpa que me retiene con respecto a mis decisiones, acciones y opiniones, y que por esto comparto la experiencia. Como una sorpresa. Es difícil registrar lo que he vivido, ya que sucedió a partir de una lucha constante por llegar hacia algún equilibrio, entonces decirlo sin que parezca una profeta de ello, vanagloriándome o culpándome, cayendo, tal cual, en lo que dije antes que ya no me pasaba, es complicado. Sé usar las palabras pero, por lo mismo, me he tardado en aterrizar lo que he vivido durante casi dos años habiendo alcanzando algún tipo de clímax durante el retiro.

3. Monja no

Los primeros tres días en la montaña me parece que fui la que más se quedó dentro del templo. Buscaba entregarme totalmente a lo que, además, me había costado en todos los aspectos (me había gastado una buena parte del dinero que no tengo). Recuerdo que tuve esta conversación con Juan, en el comedor del instituto, al darme cuenta que era más fácil permanecer en el templo (para siempre), que volver a lo que conocía como mi vida. Que, de hecho, los mismos budistas en su descripción de las 37 prácticas en el camino de Bodhisattva era lo que decían: que te desligaras de tu familia debido a las emociones de apego, que te alejaras de aquellos círculos que te generaban emociones confusas o incómodas, que meditaras día y noche, que te alejaras del placer (porque es como tomar agua salada y solo te dará más sed), que siempre hablaras bien de las personas aunque éstas hablaran mal de ti. Esto no se puede hacer al menos que te aísles, le aseguraba a Juan. Me explicó que sí, que la reclusión era el camino más directo y sencillo hacia la liberación de las emociones perturbadoras, pero que había que ver tu lugar en el mundo, lo que te ha tocado vivir, y que, aunque es lo más difícil que puede haber, también es lo más valioso que puedes hacer: actuar con el corazón desde donde estás, e intentar realizar todas estas prácticas pero desde tu lugar por convicción, y no por miedo. Al cuarto día, más o menos, comencé a ser más natural.

(Ahora recuerdo los episodios como fotografías o secuencias. En alguna estoy acostada en un jardín en donde los budistas tienen escrito en lápidas de piedra las 37 prácticas, y más que un cuerpo descansando, parece que estoy muerta entre las lápidas.

Otra secuencia que se me viene a la mente es estar caminando alrededor de la Stupa, una edificación particular que eleva los rezos, y a la cual las personas acuden a continuar con la repetición de algún mantra pero estando en movimiento; normalmente camino con cierta rapidez pero, en ese momento, mis pasos fueron lentos, como de agua templada).

Los días siempre tuvieron un clima distinto: estuvo soleado, hizo un frío seco, hubo viento, bruma, estuvo nublado, llovió, nevó, volvió a estar soleado, apareció un arcoíris. Así, también, iban cambiando las sensaciones en el cuerpo, las emociones y las reacciones ante lo que se iba presentando, mi idea de la relaciones que tengo con los otros.

Las personas no estamos acostumbradas a atender las sensaciones y emociones de nuestro cuerpo, esto es algo que aprendí, más bien, en el taller de Fundamentos, que queremos controlar y castigar al cuerpo por “desviarse en la reacción que no está teniendo”, porque creemos que responderá como nuestra cabeza lo dicta. Incluso en sus reacciones más básicas, como en el cansancio, como cuando tiene sueño y quiere dormir; o al revés, cuando se levanta demasiado temprano, o cuando aún no quiere cerrar los ojos. Comer, ir al baño, dolores en el pecho, en la cabeza, en las articulaciones, en la espalda; no advertimos las señales, y es hasta que “nos molesta” que lo “corregimos”; tomamos pastillas para que se detenga en eso que no queremos sentir, fumamos para cortarle la respiración o, simplemente, dejamos de respirar o lo hacemos precipitadamente, lo llenamos de alcohol o de alimentos para abotagarlo y enterrarlo y no escuchar lo que nos comunica, menos aún cuando nos está gritando; lo hacemos culpable de nuestro dolor y lo cancelamos, en lugar de detenernos a sentir ese dolor (que nosotros mismos le hemos ocasionado) y aliviarlo, liberarlo.

4. Resonancia y espejos

Todo lo que estoy escribiendo aquí es el resultado de meses de trabajo con Juan, lo estoy parafraseando y dilucidando desde mi propia experiencia, pero el discurso base viene de él y, al mismo tiempo, sus palabras vienen de otros maestros, y así sucesivamente. El retiro fue el pico de dos años de enseñanzas. Durante este tiempo, también, leí varios libros sobre el carácter, el comportamiento y la energía; a Alexander Lowen, a Castaneda, Freud, al mismo Carlos de León, a la de los Chakras, El TAO de la salud y el sexo y la longevidad; antes había leído a la de Manos que curan y, también me eché todo el Curso de milagros. Con esto mi percepción ha estado muy atenta a la resonancia, a la energía, a la atracción y a reconocer el efecto espejo. Tiendo a hacer asociaciones, no muy pensadas, más bien intuitivas, y sin tanta información a la mano, de las personas que se acompañan, de la atracción que se ejerce entre los individuos y por los lugares. Y, con ello, el desenvolvimiento de las relaciones, y de mis relaciones.

Dentro del grupo que viajamos pude reconocer lo siguiente con cada persona con la que compartí cada momento. Por ejemplo, realicé el viaje desde México con Natalia, que es una mujer muy distinta a mí, sobre todo, en complexión, y nos hemos convertido en amigas por una especie de complemento que somos la una para la otra. Siendo que ella fue con la que más compartí también fue con la que más tuve confrontaciones (conmigo misma, pues no se las dije). Recuerdo que hubo gestos que ella hacía que me molestaban, en uno recordé a mi madre; un gesto en donde se toca el cuerpo al caminar, como de una sensualidad despreocupada. Luego, una noche, en la cual todos estábamos platicando sobre nuestras experiencias con drogas, me fastidiaba que Natalia hablara, no quería que tuviera la atención, ni que hiciera reír a los demás. Después, me molestó ver el desayuno que ella se preparaba solo para ella, mientras que cuando yo cocinaba era “para todos”, a tal grado que un día dejé de desayunar; porque lo que realmente me incomodaba era que (yo) tuviera que cocinar para todos, algo que me había impuesto sola y no podía cumplirlo honestamente. Finalmente, más que me incomodara Natalia, era mi propia reacción hacia ella la que me inquietaba ¿Por qué me irritaba su desenvolvimiento? Porque así era como yo quería actuar en ciertos momentos, con la naturalidad que ella lo hacía.

Una noche, como el Airbnb tenía jacuzzi, decidimos meternos en calzones y top, porque no llevábamos traje de baño, y tomamos vino; aunque no todo el grupo se metió. Pero Andrea traía puesta una tanga, y yo no podía dejar de verle el cuerpo cuando medio se salía del agua, y no sabía si ella me atraía, o envidiaba su cuerpo; pero sentía mi propio cuerpo abotargado y descuidado. También, al ver a Andrea a lo lejos en el templo, observaba su gesto, la veía manteniendo los ojos cerrados mientras meditaba con una ligera sonrisa, y pensaba que, o yo me había amargado y no podía sostener lo que notaba que en ella aparecía con normalidad, o simplemente era que yo era varios años mayor y había vivido más y era más realista.

Se me hacía fácil evadir a Judith, una mujer demasiado expresiva, que parece que usa su expresión para ocultar sus verdaderas emociones. Y, sin embargo, un momento en el que me sentí muy feliz (uno de los pocos) y que fue el día que comenzó a nevar, lo compartí con Judith, pues nos encontramos y nos tomamos fotos y nos reímos. Por otro lado, reconocía las ganas de Judith de controlar y manipular al grupo, pero no es que fuera verdaderamente manipuladora, simplemente, a ella, no le importaba pedir y pedir. A mí no me molestaba que lo hiciera hasta que comenzó a definir que yo fuera la que contratara el Uber para hacer unos viajes, mientras que yo no sabía si, al final, sería justa la manera en la cual repartiríamos los gastos (hubo un Uber que costó casi 300 dólares), pero yo decía que sí sabiendo que después iba a averiguar el resultado. (Al final las cuentas siempre fueron justas, incluso algunos en el grupo invitaron ciertas cenas).

Estaciones, emociones.

Entonces, claro, en las relaciones con los otros siempre hay momentos decisivos de lo que puedas dar o de aceptación de aquello que te dan.

Ana se refugió en Judith, como buscando a una madre, como evidenciando que su carácter es más maduro, aunque tuviera una edad más cercana al resto del grupo que a la de Judith. Y a mí me gustaba eso, sentir el alejamiento de las personas para que cada quien resolviera lo necesario sin yo ser testigo o herramienta. Con Ana me reconocía en su tristeza, muy seguido la vi llorar, y lloré muy seguido.

El último día estuve llorando casi las seis horas dentro el templo. Creo que tenía que ver con el apego (exactamente lo que no debía de sentir) hacia lo que no creía que me iba a acostumbrar, que era estar en el templo; meditar, rezar, observar. Además, significaba la materialización de la responsabilidad que sentía al continuar con todo lo que se me había mostrado pero en la vida real. Este mismo día, como para consolarme, o yo que sé, intenté acercarme al maestro para que me bendijera un mala (rosario budista), y al no conseguirlo porque decidí no interrumpir su meditación, me di cuenta que esa es la forma con la cual me relaciono con el amor incondicional (porque Garchen Rinpoche es puro amor). Pero me fue claro, siento que no me merezco ser amada y, luego, para qué, entonces, trato de amar; me doy por vencida antes de intentarlo.

Ernesto fue una persona con la que me identifiqué inmediatamente, se la pasaba haciendo chistes, que daban mucha risa. Me daba cuenta que yo hago eso, buscar la broma para no tomar en serio lo que sea que estoy sintiendo o viviendo. Al final dijo que el retiro, para él, había sido “probar nuevas cosas”, y lo sentí torpe, por haber equiparado la experiencia a una primera clase de cocina o algo por el estilo. Pero luego me daba cuenta que lo que él estaba sintiendo también lo sobrepasaba, sus silencios estaban muy cargados y se veían en su gesto. La misma noche del jacuzzi, Ernesto se quedó afuera de su cuarto cuando todo mundo ya se había ido a acostar (yo dormía en el sillón de la sala, el resto en los cuartos), en algún momento se acercó y se sentó en el sillón donde yo ya estaba acostada, se acurrucó conmigo y me empezó a tocar debajo de la ropa. Mi respuesta fue sí, mientras dudaba en si yo quería o no tocarlo y que me tocara (¿en pleno retiro budista?), después nos dimos un casi beso, hasta que comencé a opinar sobre su pareja (yo no sabía nada de él, solo sabía que recién había terminado una relación), en ese momento se detuvo y se levantó y me pidió que no lo terapiara, y se fue a dormir. Por una parte, creo, logré que se detuviera en algo en lo que yo no estaba segura de querer hacer. Al día siguiente, en el templo, me enojaba que Ernesto hubiese llegado conmigo de esa forma, pensaba que mi estúpido carácter de querer agradar a las personas me ha llevado a que, incluso, me relacione íntimamente con personas con las cuales no lo hiciera, pero lo hago solo para ser aceptada. Y que hay algo de vanidad y superioridad en querer ser un objeto de deseo, algo que, sin duda —después lo entendería— te deja más vacía que completa.

En la Stupa y no, no estoy posando; no me di cuenta de cuando tomaron la foto.

Gabriel es una persona que me hace sentir segura, por medio de su presencia y su aprobación. Al mismo tiempo, cuando me equivocaba y estaba su participación involucrada me desconcertaba. Por ejemplo, la primera vez que él manejó (la van que habíamos rentado) desde Prescott hasta el templo yo tomé el lugar del copiloto, también era la primera vez que yo me acomodaba ahí; y como no sabía leer el mapa para dirigirlo, durante los primeros diez minutos solo estuve diciendo: no sé, no sé, no sé. Mientras que él se desesperaba, pero no decía nada, y veía que sujetaba más fuerte el volante; llenando el silencio con desaprobación. Pero, después, de pronto, al ser Gabriel uno de los menos expresivos del grupo, lo veía reaccionando, platicando y compartiendo muy animado sus sensaciones, y era como si lo conociera por primera vez.

Valentina estuvo pocos días, pero la recuerdo llorando, con cierta intensidad, desde su lugar en el templo y, creo que, con ella reconozco esta parte sumisa que tengo, de hacerme menos para no molestar a los demás (porque cualquier expresión que pueda hacer será una molestia para los otros). Y ese sufrimiento sucede a partir, según yo, de unas ganas de merecer estar y ser.

Finalmente, sentía que todo el trabajo lo estaba haciendo para que Elías lo viera —y me lo reconociera—, luego me molestaba la atención que le prestaba a mis cuestionamientos. Y a ratos me reconocía en su soberbia, en este continuo querer dar una respuesta a todo, y luego me vi en su curiosidad y ganas de conocimiento. Algo que me sorprendió fue una humildad que no le había visto antes y que, quizá, en mí tampoco es evidente.

5. El regreso

Al volver a Phoenix para viajar a la Ciudad de México me enteré que mi abuela había muerto esa misma tarde; como Mexicali, mi ciudad de origen, está más cerca de Phoenix que de la Ciudad de México, decidí perder el vuelo y tomar un camión hacia la frontera. La vida (la muerte) me acosaba al minuto uno de mi regreso.

A la mañana siguiente, habiendo dormido poco y antes de salir desde Phoenix hacia Calexico, fui a desayunar al restorán del hotel, llevaba mi cuaderno, y en esa sentada le escribí un poema a mi abuela. Me asombró porque juré que mis ganas de escribir —debido al retiro— se habían apagado. Pedí el Uber y con la conductora, una joven americana hija de mexicanos, platiqué durante el trayecto sobre la muerte de su esposo debido al cáncer, sobre que iba a mi pueblo natal al funeral de mi abuela, sobre su idea de montar un salón de belleza (iba muy arreglada y era temprano por la mañana), sobre que las mujeres tenemos que salir adelante solas. Mi abuela fue una figura feminista importante en mi ciudad natal, pero esto no se lo dije, aunque pensé que mi abuela me estaba hablando a través de ella. Fui al sepelio, acompañé a mi familia, regresé en la madrugada a la CDMX solo para dar la última clase del semestre en la universidad, empacar y viajar hacia Guadalajara, para reunirme con la editorial donde trabajo, para el comienzo de la Feria del Libro —hacia el más samsárico de los retiros que puede haber en el círculo donde me muevo—.

Pudiera decir que la templanza y la claridad se acabó en ese viaje a Guadalajara, porque aunque había dejado de tomar, volví a tomar y hasta fumé marihuana, porque no había estado con nadie (sexualmente) en seis meses y estuve con alguien una noche (monja no, eso seguro). Porque me veía intentando encajar en el mundito literario y editorial, al mismo tiempo que lo peleaba y rechazaba hacia mis adentros, porque sobreviví y viví, creo, exactamente lo que quise vivir. Entonces no se había acabado nada. Estaba solo empezando. El banderazo ya se había dado, y era como el primer tramo del camino.

El comienzo es como una semilla, una semilla que plantas, que debes regar, y poner al sol, y después a la sombra, donde siempre debes de estar al pendiente. Es un comienzo en donde esperas (suplicas y rezas) que de la semilla aparezca una pequeña hierba que puedas convertir en planta, árbol, flor y fruto, aunque ese fruto caerá, la planta permanecerá, pero no sin tu atención, sin tu cuidado, sin tu trabajo y sin tu entrega. Es una semilla que siembras al centro del pecho, en el corazón; donde esperas, suplicas, rezas porque tu trabajo se vuelva esa hierba convertirla en planta que crezca en la entrega viva hacia los demás y hacia el mundo.

Al regresar de Guadalajara, de la Feria del Libro, terminamos de negociar, con el autor y sus agentes, la publicación de un libro que, por primera vez, le presentaba a la editorial y el cual fue aceptado. Además, mi jefe me hizo la propuesta formal para la publicación de mi propio libro (algo que me tardé en trabajar, en entregar y que había estado esperando, pero que, nuevamente, me costaba trabajo aceptar que estaba sucediendo). Tuvimos una especie de celebración, más bien, charla y comida y cierre, contentos con lo logrado en los últimos meses del año. A los días viajé a Mexicali para pasar navidad con mi familia, en realidad, con la familia de mi hermano. Comí mucho, me la pasé conviviendo con mi sobrino; platiqué con mi papá, compartí con mis hermanos y tías y tíos, y primos, y no hice mucho más. Leí poco, repartí un par de libros de la editorial a un par de lectores y escritores que viven en Mexicali, y me obsesioné con hacer ejercicio; me metí al gimnasio durante doce días, yendo al spinning diario, para amortiguar tanto comer y tomar, algo que me dejó el cuerpo, más bien, adolorido e hinchado.

Pero por mucho que platicara sobre mi experiencia en el retiro, y discurriera sobre la conciencia, el apego, el deseo, o el amor incondicional, siempre quedaba en mí una sensación de haber tartamudeado, o de no haber dicho nada, una especie de zozobra. Sé que todavía no tengo nada, en cuanto a que no es lo mismo darte cuenta de lo que debes hacer a estarlo haciendo todo el tiempo.

Llevo cinco días de vuelta en la Ciudad de México, decidí pasar el año nuevo, como en otros años, sola y sin hacer nada. Me dormí temprano, comí uvas, brindé con agua de jamaica. Apagué el celular por esos cinco días, decidí hacer un ayuno, leer, meditar, ver películas, y hasta terminé coloreando.

Las posibilidades son infinitas, los caminos se bifurcan, se enlazan o la marea te lanza para cualquier rumbo. O te quedas inmóvil, como me ha pasado. Por mucho que me prepare, la realidad y mis pensamientos me irán dictando el paso; por mucho que planeé una forma de presentarme ante los sucesos, se trata, sobre todo, de estar alerta para luego desprenderte e ir improvisando.

Lucía María

5 de enero, 2020

Adiós

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