Debería dejar de leer ese libro rojo con negro que, casual o no tan casualmente, está en los colores de huelga. —Si sigo leyendo a Vivian voy a renunciar [a mi trabajo]. Pero renuncié a volver un tuit de esta frase.

¿Cómo es que todo incita hacia otra cosa?

Incluso el deseo más pequeño: te tomas un helado, después querrás agua, tomarás agua, buscarás un baño, después del baño, querrás esa cerveza, después de la cerveza te darán ganas de bailar, terminarás en el cine, reirás o llorarás y saldrás intentando pretender una continua realidad de pantalla, de conformarte con lo que es, mientras las voces. Las voces. Las voces.

¿Las voces?

Las voces no son otra cosa que eso que te susurra lo que no eres, lo que no es. Por lo tanto, estás en lo que eres, en lo que es, y eres exactamente eso que no está contribuyendo hacia otra cosa. Y lo sabes. Y lo ves todo el tiempo. Y lo sientes. Y no lo puedes dejar de sentir.

Por ejemplo, otra vez el helado, antes de la botella con agua, sentada en el cuadrito de concreto que está sobre Reforma, a la altura de la Diana Cazadora en la atesorada Ciudad de México, observando al hombre de uniforme neón que barre —es domingo— y levanta polvo y parece que el hombre no ve otra cosa que el suelo, y la pareja sentada enfrente levanta la tapa de cartón para sacar otro pedazo de pizza, ahí están en sus respectivos cuadros de concreto ¿La pizza con polvo? Se adereza. Al igual que mi helado. Pienso en que ese hombre merece mi helado, y pienso en su reacción: gracias, señorita. O no gracias, señorita ¿Y luego que hago con el segundo helado? ¿Me lo como a huevo por tener esta idea infantil idealista? Tragarme mi idealismo de caricatura. Y si el hombre me dice que gracias por el helado, ¿qué? ¿Ahora soy una regala helados? ¿Una payasa del gesto compartir al otro?

Aborté el ciclo del pensamiento, entré a la sala del cine. La realidad exige, exige y no deja de exigir tu contribución o tu indiferencia o tu destrucción.

Las voces me dicen que me calle mientras dentro de mí solo sigo hablando. Me dicen que todo bien, que hasta aquí se puede, que todo será, que esto también antes no estaba, que antes era otra cosa. Que ahí va la cosa. Las voces van componiendo una cumbia en tono superacional. Paso a pasito. Callo.

Silencio, la poeta decidió titular su poemario Silencio y luego lo lleno con palabras.

Las expectativas de aquello que no es, la otra cosa, la imaginación, cómo es que rápidamente llena el es… Versus ¿Quién eres? ¿Cómo vas a contribuir? ¿Qué estás haciendo al respecto? Preguntas como fantasmas, son los sueños (sí, los sueños nocturnos; no el tener un sueño, no tengo quince años, aunque, a veces, sí).

El deseo. El de se o. El de se o. El deseo es el otro. De ser otro, quizá, tal vez… etc. Son los otros y la imposibilidad de alcanzarlos. De serlos. Quedarte en desearlos.

Dos niños compartiéndose sus paletas, son muy pequeños, ella le ofrece paleta a él y él la chupa, y al revés, él extiende su manita para que la niña chupe también de la paleta de él.

Una Lisístrata que recluta a mujeres para que por medio del sexo liberen a los hombres de su instinto violento. Que se los cojan y destruyan ese impulso de destrucción, que los lleve a una aceptación de quienes son, del presente y la entrega.

Hasta que se dejan de drogar, por ejemplo. Tampoco me la creo, que los hombre duros se drogan. Al revés, siento que sienten tanto que imploran dejar de sentir. Que se cortan los cables que conectan dentro del cuerpo. Y se llenan la cabeza con las historias que ya produjeron otros hombres duros. Y así repiten en su tiempo. Verdaderos fantasmas de cuerpo y mente.

Entonces, tal vez, sí, tengo quince años.

Y me gustan más enumerar todas las historias posibles que desarrollar una. Y me gusta más imaginar todas las experiencias posibles que ser parte de una. Y me gusta más probar todas las sensaciones posibles que hundirme en una.

También tendría que dejar de leer “En el mundo occidental, ciertos artistas y atletas, hasta ahora, han sido los únicos en reconocer la naturaleza debilitante de la eyaculación masculina. En su autobiografía, Charlie Chaplin, escribió ‘como Balzac, quien creía que una noche de sexo significaba la pérdida de una página de su novela, también yo creía que eso se traducía en la pérdida de un buen día de trabajo en el estudio’. En una nota más contemporánea, hay una entrevista con el músico de jazz, Miles Davis, que apareció en una edición de 1975 de Playboy […]”. Parafraseándolo, mejor, dice Davis que no puede eyacular y luego pelear o tocar [en una presentación, en un gig]. Que si le preguntas, a su vez, a Muhammad Ali, dice Ali que si eyacula, no dura ni dos minutos peleando. El entrevistador le pregunta a Miles Davis que si pelearía en contra de Muhammad Ali en estas condiciones. Y Davis dice que por supuesto que sí lo pelearía. El caso es que el libro continúa obviando la naturaleza de la potencia sexual en las mujeres a diferencia de la de los hombres, y va definiendo las posibilidades de equilibrar una relación sexual entre ambos.

Más allá de que todo lo anterior me parezca interesante, lo mismo que me pasa con Vivian Abenshushan en Permanente obra negra, igual que me pasa con casi todo maldito libro al que llego por curiosidad es que ¿Ahora qué hago con esta información? ¿Comienzo a predicarle a un hombre con el que posiblemente me voy a acostar que estaría bueno que aceptara su condición sexual inferior para desde ahí pudiéramos tener una relación sexual en donde si llegamos al orgasmo no termine nadie perdiendo? ¿O voy al trabajo y le digo a Cris, la señora de la limpieza, que de ahora en adelante vamos a hacerle un plan de crecimiento que incluya no nada más un pago pero que tal vez aprenda inglés o incluso algo de lo que hacemos en la editorial, o que nos diga qué le gustaría aprender? Y así, un sinnúmero de necesidades que aparecen a raíz de algo que antes era nada más continuar y ya, sin sentir el tener que hacer algo más. Ahora toda la información es un cable que se suelta dentro del cuerpo, causando una explosión, y se siente y se siente y se siente el: no estás haciendo nada al respecto.

He visto a las mejores mentes de mi generación utilizar esta pinche frase hasta la extenuación.

Estoy hasta la madre de escribir sin escribir, como lo hago ahora, como sé que lo hago casi todo el tiempo: comienzo a sospechar de estas feministas (algunas) ¿que disfrutan este momento? Caminan por la alfombra roja de la realidad vestidas en sus mejores palabras, pronunciando discursos políticamente incorrectos pero bien maquillados y sonrientes. La causa es ya un espectáculo, un número de stand up, es la comidilla de todas las redes. Es el lugar común en donde se han acomodado. Como si la lucha estuviese por terminar. Es cierto que algunas hemos llegado tarde, y no, no necesariamente. O, tal vez, solo en nuestra vida real [y, apenas, vamos empezando]. Pero, por ejemplo, échate una abuela matriarca feminista, un tanto castradora, para ver si no repiensas qué significa pronunciarte, cómo lo haces, a quién dañas y a quién beneficias, o cuál es tu lugar en todo movimiento que está, o debería de estar, en continua transformación. Como tú, como yo, como todas las personas ¿no deberíamos aceptar estar en continua transformación? ¿O van a comenzar su marca al respecto? ¿Suvenires? ¿Tazas y llaveros con su carita exigiendo justicia?

La escena es la siguiente: impartiendo un taller de creación literaria, en Mexicali, una de las únicas personas que fue parte de ese público fue mi abuela, hace algunos años y antes de que ella muriera. La premisa para el ejercicio dentro del taller era utilizar algo de tu vida personal que lo hubieras visto desde una perspectiva y que con el paso del tiempo hubiera cambiado. Llevando al personaje a cambiar en la narración. La historia de mi abuela, de este icono feminista en la ciudad fronteriza donde crecí, fue la siguiente:

Veo a una mujer de la tercera edad, de clase media alta, demasiado cómoda, usa perlas y un ajuar color rosa pastel, se presenta en los eventos con el gobernador, es fotografiada, defiende la causa de las mujeres que han sido violentadas, ha apoyado a cientos de ellas, la causa cumple treinta y tres años, pero ella presiente, esta mujer, que es algo que le fue fácil hacer. Nunca se le desacomodó ni un cabello en treinta y tres años.

Mi abuela me lo dijo de muchas formas aunque sin decírmelo: no te la tragues toda, no así como viene (la realidad, las palabras, ‘las causas justas’), aunque sepan tan bien, aunque te adornen perfectamente; cuestiona y haz-la-tuya. Toda causa, toda realidad. ¿O son solo mis palabras en un momento de este sentir? Seguro son. Ahora ya no tengo de otra, en mis sueños [nocturnos] mi abuela nunca me contesta.

Nada puede ser. Ni una idea, no por mucho tiempo, y esa es la única naturaleza que no acepto, pero intento, más bien, resignada. Dejar escapar eso que se define; sobre todo, al espejo.

Los niños de las paletas crecen, años después, acostados en una cama, después de coger, él le dice a ella que siente como su vulva, más bien, aprieta hasta ahogar su pene. Ella lo observa, lo quiere querer, no tiene un instructivo de cómo, se calla y se levanta y sonríe y se viste y se va. Y espera, con esa esperanza fingida, no tener que explicar nada con palabras. Ni siquiera a sí misma ¿Qué más se va a inventar con lo que es?

Silencio, así me encantaría titular esta forma de no escribir. Silencio para después atiborrar la hoja (realidad) con negro (ruido), con balas, con ausencia de silencio, con palabras.

“El silencio de un árbol puede suceder debido a una enfermedad seria o, tal vez, de su falta de conexión bacteriana, lo que lo dejaría, al árbol, completamente fuera de las últimas noticias. El árbol ya no registra el desastre que se aproxima, y las puertas se quedan abiertas para el buffet de los insectos y las orugas. Los árboles solitarios son igualmente susceptibles—pueden parecer saludables, pero no tienen idea de lo que está pasando alrededor.”

no hay foto, hay olor; y del dolor no sabemos tanto

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