He llegado a casa de la abuela.

Desde hace seis años la casa es solo de la abuela, aunque en su exterior, a un costado del marco de la puerta, hay un letrero en talavera que reza “La casa de los abuelos”.

Es la una de la tarde y es a la hora a la que se sirve la comida, hoy tocan tostadas, y aunque normalmente me siento a comer pasadas las dos, tengo un hambre atroz y no solo me comeré un par de tostadas, un plato de sopa de fideo, y uno de ensalada, sino que pelearé (silenciosamente) con mi tía por un gran pedazo de aguacate, le pondré limón, sal, Lemon Pepper y hasta sacaré la salsa Tabasco y con eso haré mi tercera tostada. Mi abuela me observará de reojo e ignorará decir algo sobre la tercera tostada, por lo menos con palabras, ella es muy elegante en sus gestos siempre, y a la hora de comer se notan más, y no la imagino haciendo lo que estoy haciendo. Aunque, alguna vez, también, caché a mi abuela succionando unas alitas de pollo, y me sorprendió, pues la vi comer como comemos la gente cuando tenemos mucha hambre, o quienes, desde hace tiempo, no estamos acostumbradas a cocinar un verdadero platillo, porque vivimos solas, o por lo que sea, y es por eso que en casa de mi abuela el hambre que siento se vuelve más visceral, o eso creo. Extraño los chocolates que mi abuelo dejaba en el congelador, aunque nunca me han gustado los chocolates congelados, pero era importante ver la selección que ahí guardaba y que cada semana iba cambiando. La abuela simplemente tiene un gran bote de almendras cubiertas de chocolate dentro de una alacena, de esos botes que venden en Costco y que son muy emocionantes cuando los descubres a la primera, o a la segunda, pero no a la tercera.

La abuela me verá con esa mirada de cariño con la que me ve desde que recuerdo haberla visto a los ojos, aunque yo esté en depresión y no quiera hablar de nada, y simplemente me quede como una silla más de esa mesa que está en la cocina, bajo esa luz blanca que siempre he odiado (y de la cual nunca he vociferado al respecto; pero en la depresión me va tan bien estar bajo esa luz blanca, somos la una para la otra).

El caso es que saldré de la depresión y algún día escribiré sobre el recuerdo, sobre estas tostadas y la luz blanca y la mirada de mi abuela. Me sorprenderá, en el recuerdo, que yo hacía parecer como si fueran cualquier cosa las comidas de mi abuela, después me daré cuenta que consistieron, por lo menos por esos años, en mi dosis de hogar, de calor de alma, por toda la semana, porque regresaré a la casa de mi madre en donde mi madre ya no vive porque ella se habrá mudado hacia otra ciudad, y a otra casa, y me quedaré esperando algo, sola, aunque piense que no estoy esperando nada y que no me siento sola. Me cocinaré tan terriblemente que hasta a mi depresión se le quitará el hambre y solo mi cuerpo engullirá lo que sea que tenga enfrente.

Pero mi abuela me observa como si fuese una guerrera, y una niña, y eso me dejará más callada. Para todo esto, desde que habré llegado a casa de la abuela, mi tía no dejará de hablar sobre todo piense que es importante, lo cual me servirá de material para otras pláticas, pues realmente no me interesa nada y cuando las personas me preguntan algo, no tengo nada qué contestar, pero mi tía hablará del presidente, del mexicano y del estadunidense, del movimiento feminista, del dólar, de la nueva serie de Sor Juana, del poemario de Szymborska. Y aunque será un monólogo, mi abuela y yo la escucharemos tan atentamente que parecerá que no está hablando sola, porque no está hablando sola, la verdad es que está hablando sola.

Por un momento, mi abuela y yo, nos quedaremos en la mesa sin la presencia de mi tía, mientras la Güera recoja los platos y se ponga a lavar en el lavaplatos a nuestro costado, y escucharemos el agua y entenderé que mi abuela está igual de deprimida que yo, y que a ella también le va bien estar bajo esa luz blanca de su cocina, pero no lo podré decir porque ni lo entenderé en ese momento, entonces terminaré preguntándole por su salud, por lo que todo el mundo le pregunta, por lo que yo también siempre le pregunto y me dirá que fue con una nueva doctora, que está probando una nueva medicina, que se siente bien o mal, y notaré que aunque diga que está bien o mal ella quiere sentirse mejor. Y pensaré que me hacen faltan siglos para llegar a la vejez, como lo dice ella, y que nunca le hago caso cuando lo dice ella; pero, sobre todo, pensaré que quisiera estar vieja, como lo piensa una estúpida joven soberbia. Porque no soporto mi depresión, porque aunque no puedo salirme de mi cuerpo y hacer viajes astrales como los describen, lo que puedo es salirme de mi percepción y verme desde fuera y encabronarme por no saber qué hacer para salir de ese estado, de ser una silla, una mesa, cualquier otra cosa, antes que una persona.

Me dormiré una siesta en la cama de la abuela, mientras ella vea tele, justo a la hora en la cual comienza el Jeopardy, y hacia el final del programa, como relojito (como dicen los adultos un poco más adultos) mi abuela se quedará dormida en su sillón reclinable, ese tan cómodo en el que nunca me terminaré sentando porque fuera como sentarme sobre mi abuela. Tendré sueños lúcidos y babearé aunque sea una siesta corta. Me levantaré a buscar las almendras con chocolate, me comeré más de un puñado, y tal vez revisaré el congelador para ver si no hay chocolates, sabiendo que no hay ningún otro chocolate. Jamás se me ocurrirá meter una ziploc llena de almendras con chocolates, jugando a ser el fantasma del abuelo. No me atreveré jamás a irme a vivir con la abuela, aunque es algo que habré fantaseado desde que era una niña. La abuela tampoco me lo dirá directamente, será otra tía la que lo sugiera, pero le diré que no y quizá será ella la que le pase el mensaje a mi abuela.

Fueron un par de tostadas, hechas en mi propio departamento, sola, casi tres años después, y aunque nunca me cocino, y ya pasaron esos tres años y mi abuela murió hace algunos meses, esas dos tostadas me llevaron a casa de abuela, donde me siguió molestando esa luz blanca, y la buscaré en mi propia casa, en el techo, en la salsa, en mis manos, no a la luz blanca, sino esa mirada de mi abuela que en plena depresión era un barco.

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