La Nancy en ti

x x x x x x Me quedé sin aire, quieta entre los quietos x x x x x x x y entré al silencio x x x x x x

Bruno lloret
  • Un frutero con fruta

La sonrisa guardada en una manzana. Un plátano de vida, un tomate más boca que tu boca. El maldito recuerdo de estar viva. El recordatorio de finalmente no estarse quejando por estar viva. O te pudres o disfrutas —¿Quién le entra?— dicen las uvas.

¿No son solo los niños, las niñas, la niñez, la que sigue creyendo que “son los papás” quienes TE-TRAEN al mundo? El aguinaldo, Santa Clos, el voto, los mensajes dentro de las galletas de la fortuna; leerse la mano o el aura. La pestaña caída entre el aire vuelto granja de centeno.

Paréntesis, solo habrá uno de los hermanos que descubrirá la poética del padre; ninguno la atravesará. Mar sin salida. La madre es el cielo. Nada que atravesar, es puro respirar hasta que no.

Posdata, es arcaico el lenguaje con el que nos descomunicamos. Ya ni podemos borrarnos.

  • LA ALARMA DE UN AUTO, el encendido de un auto

Se enciende la alarma de un auto ante la menor provocación; una motocicleta con su motor, el camión del gas con su peso moviendo estrujando el asfalto.

Hacerse escuchar, declarar la existencia; rugiendo en quedito. La petrificación ante el aullido. Ningún auto está siendo robando y el que sí no es el que suena.

Querida silueta: pasaste en un barco a las 20:20 horas, desde la orilla te vi hasta sonreías en tu lejanía (mis ojos telescópicos que bien conoces), movimos al mismo tiempo el brazo, aquí estoy, allá estás, aquí estamos; y mi esperanza de que saltaras al mar y nadaras hasta mi orilla. Volteé al cielo, el barco quedó reducido a un insecto volador suspendido sobre las olas; las nubes se desprendieron de mi suspiro, el atardecer me roció, me roseó, me rosó con su llanto húmedo. Las estrellas. La noche que se volvió el mar y al revés. Todos mezclándonos en el universo tan vivo.

Perdón, me rehúso a escribir y escribo.

Perdón, me rehúso a vivir y vivo.

Perdón, me rehúso a sentir y no puedo parar de sentirlo

TODO.

Otro auto, ese que de tan viejo no enciende, ese que va acumulando el polvo sobre la pila, ese que habría que incendiarlo para encenderlo.

  • EL AUMENTO DE LA CALIDAD DE VIDA (REAL)

El aumento de la calidad de vida no disminuye la posibilidad de muerte, solo aclarando; amanece. El estudio consistió en someter a un grupo de personas, alrededor mil, a que abandonaran sus redes sociales para así conocer los efectos, de ello, en su calidad de vida. Repercusiones o beneficios. Una solo persona aseguró que después de una semana aumentó su noción de vida, hemos equiparado la palabra noción con calidad; la manera de comprobarlo es que, según dijo, el desayuno le sabía a comida: sabores y olores, texturas, y no el estómago revuelto y la fatalidad junto a la superficialidad de las noticias. No el vacío, no el ácido, no la nada, no la soledad. Logró ordenar su departamento, y reconocerlo. Asearlo, y no solo esa esquina en donde se ubica el escritorio con la computadora encendida (también habría que encenderla, lo dijo medio en serio). No se ahogó ni una sola vez al tomar agua. Soñó y recordó sus sueños (dice que son mejores que las estampillas luminosas que llegó a recolectar en sus redes). Conoció a un par de personas, y cree que hasta a un posible amigo. Sin querer, ha visto a lo lejos (encontrado) un montón de conocidos, pero siempre los ve cabizbajos, como deprimidos, como jorobados, como alimentándose de las migajas de lo que llevan en su propia palma de la mano. Al resto del grupo de estudio, las 999 personas, les han asignado guías de realidad (algo así les terminó llamando el neurólogo que ha dirigido el experimento), y esto porque no se mueven en el mundo tridimensional; algunos de estos novecientos noventa y nueve dicen que es demasiada opaca —la realidad— o plana, o inflada, o creen que va demasiado rápida o lenta. El grupo se contradice y discute. Alguna cachetada. Se asustan con las texturas y el aire o las nubes que nublan el cielo. Ya les serán devueltos sus dispositivos (les llaman celulares) para que puedan detectar el alrededor, las calles, y que cada aplicación (nombre usado por los usuarios) les vaya dictando lo que está pasando: el clima, la ubicación, la hora, la persona en su encuentro, las necesidades y sus sueños. Sudan, a pesar del frío, desesperados.

  • A CABALLO DESBOCADO SOLO SE LE VEN LOS DIENTES

El caballo corrió hasta la extenuación, y en el borde lo emboscaron. Caballo color caramelo, no demasiado alto, no demasiado fornido, joven, pero ya no un potro. Lo amarran con cuerdas y se alzó en las patas traseras mostrando los dientes, brillando. La belleza de la locura, viva, fluyendo. Se volvió a alzar, y de nuevo, y pretendió volar, o arrancarse el saco de su cuerpo de caballo, aventarse al precipicio arrasando con lo que haya arrasado. Los hombres se ríen, también muestran su dentadura, dientes falsos, dentistificados. Su maldad domestica al caballo a la tierra.

Las cuerdas, los mecates, las redes: el acto de domesticación. Encarcelamiento.

La muerte en vida; automatización del cumplimiento de los mandatos: ora tener miedo, ora obedecer, ora protestar, ora ser feliz.

La pieza musical que se toca desde la gran orquesta, la masificación; la huida pero hacia el grupo para SOVREBIBIR. Perdón, sobrevivir. La locura que se ancla a lo profundo y a la soledad. A LOS SUENNNOS, a lo hondo de un mismo mar nunca descubierto; y nunca más más. Incluso las rebeliones nacen muertas, pero son adornadas con el espectáculo.

  • LA MEDIA

¿Cuál es? ¿Cuál es la media? Quiénes son la mayoría, adultos, ¿los que tienen pareja o no tienen pareja? ¿Cuál es la soledad más llevadera? La que se pretende no ser soledad, o la que se fija como soledad en uno. O el sueño de los que tienen pareja y piensan que dejarán de tenerla y alcanzarán la libertad, o el sueño de los que no tenemos pareja y pensamos que alcanzaremos el amor, por lo tanto, la pareja y luego la libertad en pareja.

¿Es un caso de supervivencia? Entonces es más fácil sobrevivir entre dos, o ver por uno mismo, por una misma. O, en realidad, los suicidas ¿siguen teniendo la razón? ¿A pesar de tanta vida?

Y, luego, los hijos: condena o guía hacia la mejor de las supervivencias. Motivo, pretexto, ánimo. El hijo como paráfrasis materializada de un hacia el futuro. Pero, repito, ¿cuál es la media?

  • BASTA
  • QUE ME ESTOY QUEDANDO ARRIBA
  • DE TANTA (BUENA) POESÍA

hace tiempo que no me drogaba hasta el abismo de la belleza de las palabras.

Escribiendo con la mano en el cuerpo

Sonreía por haber encontrado el placer de escuchar y leer. Y nada más. Una actitud resignada como ofrenda y el silencio como oración hacia la realidad, consiguiendo la calma; un dormir sobre el mar.

Las palabras son transacciones. O acciones devaluadas dentro de una bolsa del lenguaje en la quiebra. Una bolsa que se rompió de tanto acumular carcasas. Palabras cadáveres.

Nos acostumbramos al ruido, a la basura, a la repetición y a las copias.

[Grabación número diecinueve mil] *Coloque aquí el discurso imperante del inconsciente colectivo* Agréguele: algún toque de ironía, o un sentido profundo y visceral, o hasta un dejo de crudeza; ládrele, grítele o báilele con los deditos agregando un sinnúmero de signos. Si tiene diarrea de risa, mejor.

Discursos políticamente incorrectos, pero perfectamente adecuados para sus seguidores. Discursos políticamente revolucionarios en un clic.

Palabras para fuera que no llegan ni a un —¿cómo era… de qué estaba hablando?—. De regreso al inicio. El inicio en el olvido, esquivando el dolor. Palabras publicidad. Palabras propaganda. Palabras de plástico (reciclables, reusables, biodegradables; eso sí).

La hija bien portada del círculo en itinerario, lamiendo una paleta de dulce soberbia, dejando caer la envoltura de papel —no reciclable—, sonriendo para atraer la atención a un punto fijo. A un agujero blanco. Su silencio en altivez. “Veánme, soy tan frágil, pero resisto”.

Los dos retratos de cartón tamaño persona; el séquito que está detrás y los detiene. Pero se caen los cartones humanos y los levantan, pero se vuelven a caer y los vuelven a levantar. Hay chamba de por vida hasta la muerte.

Avanza la ignorancia.

Súbele el volumen la mordaza, que esa sea tu canción, al ritmo de un pensamiento obsesivo. Aquí se trata de NO ESCUCHAR.

Para aquellos que se dan cuenta: saludos —desde la realidad, desde la injusticia, desde la contradicción—. Mejor tirarse al suelo, haciendo de su conciencia el muertito, flotando entre la basura que apesta, pero aseguran que no huele tan mal.

Otros, en la carrera rápida para ingresar al laberinto de la confusión, lanzando confetti de emoticones a su paso. Carita volteada, carita sonriendo, carita tapándose la boca. Un meme. Un sticker. Pura neurosis buena ondita. Hay que envolvernos en lo virtual del absurdo. En lo absurdo de lo virtual. “A gusto, bieeen conchita”, como decía el surfo.

Hay que gritar que queremos pasar desapercibidos. Y de pronto, ya estamos brincando muy alto porque alguien nos está llamando por nuestro avatar… ¡Existo pero no existo, me invade la ilusión de la emoción! (Sic, la emoción de la ilusión) (Sick)

Bendita posmodernidad. Se puede dormir bien cobijados de pensamientos basura (para que el frío de la realidad no entre). Bendita virtualidad, podemos dormir con los ojos abiertos, encandilados. Y podemos morir en el aburrimiento del tráfico de tanta información QUE NOS DA LO MISMO. Podemos sufrir por la causa de ocasión. O por un drama creado en la fantasía, nunca real, siempre inconscientemente otra cosa. Ese dolor que primero muerta que mío.

(Estamos hartos de estar vivos y lloramos del aburrimiento y del cansancio).

Podemos alimentarnos de estímulos huecos, hasta saciarnos de sopor y ego. Soñar con los ojos inyectados de sangre, pero evadiendo la sangre que sí huele a hierro, o esquivando la belleza o el movimiento. Canjear nuestra desesperación por unos cuantos vistazos, elogios, corazoncitos planos.

Podemos cambiar nuestra verdad por un lenguaje de aceptación y de obtención del reconocimiento.

Basura y cáncer. Mentira y acumulación.

Irrealidad brillando hasta quemarnos el cuerpo. Hasta volvernos polvo a la velocidad de una luz (artificial). Pura metáfora en la política de la comunicación. Más política que literatura en la literatura. ¡Defenderé la literatura como una perra! [Diarrea de risa o jajajajajaja]

Ahora es necesario no hacer nada. Hablar de ello y no hacer nada. Contribuyendo al basurero: solo así obtendrás un lugar. Ser comprometido con la causa, pero un día sí y un día no. Depende el ánimo. Reciclen sus emociones. #Hoytristes. #Mañanafelices. Pero #ElViernesEsViernes. La unificación de la nada, ser uno con la nada, este es nuestro lema. Después, tiempo libre para adornar el perfil.

Ser parte y entregarse como producto de la maquila postrealidad.

Alguna vez fui yugularmente-parte, la parte por el todo: enferma y obsesiva. Isla de carne. Una fuente hirviendo en medio del desierto. Vacía como para llenar mi cuerpo con todos los cuerpos en el encuentro. Romántica, pero mordiendo con los ojos. Clavando las uñas de mis palabras. Hasta la caída, dentro de mi propio cuerpo. Me perdí y en el hallazgo: puros fantasmas. Mi cuerpo un congelador de FANTASMAS PUROS. Para liberarlos los ayudé a rasgarme con quejidos de piedra pómez, tallando fuerte las paredes piel adentro. ¿Sirvió?

Llevo mesesiglos limpiando con un cepillo de dientes de metal, en huesos de rodillas, cala, pero me gusta. Me volví adicta al dolor. Es la única medida que tengo para saber que estoy viva. ¿Las palabras? Entradas y salidas. Túneles por excavar, laberintos que dan a otros laberintos.

Desnuda, recolectándome. Como en el sueño. Desnuda reconociéndome, avergonzándome de la desnudez de mi ingenuidad. Intentando mantener la calma, normalizando la decepción.

Normalizando esta vida muerta. Esta escritura muerta. Estas relaciones muertas. Esperanza muerta. Mi único territorio es un cementerio vivo.

Escribiendo con la mano en el cuerpo, reviviendo. ¿Cuánto va a durar el creer estar viva? ¿Habría que tomarle una instantánea a la sensación? Publicarlo. Tagear a todas las partes del cuerpo para que lo retuiteen de la emoción. ¡A la mente no! Bloquea a la mente, te va a decir que hoy no, que la causa es otra, que es día #DeEstarTristes #TristezaParaMorirEnPaz #SolidaridadConLaAngustiaMedia. La mente te arranca la patria potestad de tu cuerpo. Lo inunda con su basura, miedo, ruido y apeste. Una caca grande que no se va por el desagüe. Es la piedra de Sísifo atorada en la garganta.

Es la que te manda a entretenerte, la mente… ella está al comando de la operación matar al cuerpo.

Y le haces caso, como una niña terminas decorando el perfil de la red antisocial, como si fuera el arbolito de navidad de cada día. De esos días en los que guardas la cabeza en tu cabeza, eres un metaflamingo.

¿Y la verdad cielo? Ya no volteas para arriba.

¿Y la honestidad tierra? Caminas flotando.

La soberbia ignorancia vuelve a avanzar —y no para—. Veneno de mundo que nos engolosina; enfermos diabéticos queremos más, insatisfechos, sudamos en ironía. Basura de palabras también materializada, con la cual deconstruimos la deconstrucción del mismísimo mundo, continuamos, sonreímos diciendo que resplandece. La literatura virtual se ahoga en su propio pantano de palabras huecas. #HoyDecepcionados, pero #MañanaEsViernes.

(es de getty images)

Nota: este texto fue escrito en un momento al margen, observaciones que pueden calar, pero porque también soy parte de lo describo. Todo el tiempo soy parte de todo lo que escribo. Si lo “critico” es porque lo padezco, porque me siento atrapada en ello, pero también porque no sabría cómo contribuir o estar de otra manera. Mientras tanto, voy dejando algún registro.

Sin tanto placer, sin tanto dolor

“Esto es un ciclo: nos disolvemos en lo primordial
Y cada noche devela una iniciación”
—Enrique Urbina
No debería forzarme a llenar la página en blanco
No debería forzarme a llenar la página en blanco
No debería forzarme a llenar la página en blanco
Ni a dejarla en blanco

Ni a llenarme el plato Ni aguantarme el hambre
¿Y aguantarme al hombre?
El hambre —concéntrate—
El hambre de un desayuno que me devora
El hambre de ser otra
El hambre de, por lo menos, buscar ese otro destino-sentido

Hacer una disertación de una sola palabra

Solo una,
¿para comenzar?
Y para terminar
y hacerla en silencio: una clara disertación en silencio de una sola palabra

Patíbulo
Patíbulo dos puntos

En domingo solo me lavo los pies
En domingo sola me lavo los pies
es mi baño pero antes barro el espacio (con los pies)

Me desacostumbré a usar un refrigerador: lonoto, lo anoto
Compro guardar, abro su puerta, reviso la temperatura, me obsesiono con el termómetro: me obsesiono con lo que parece vivo dentro de mi departamento
La promesa de la caja fría que detiene el tiempo de vida, aversiescierto
Voy a meter un jueves de la semana junto con una de las clases que no he planeado, mi útero también, aversiescierto

Me visto de verde limón
mi cara al espejo es como un recorte sobre una post-it gigante
¿una cerveza?, el portazo me levanta de mis huesos, (ya no) pienso

Pienso luego escribo
(para que no me descartes)

Soy una posibilidad entre todas
una que juega a los dedos de Mallarmé
digo a los dados, los dedos los dados
¿Cuántos tengo en esta mano?

Cuento: el dinero que no tengo, ese también voy a guardarlo en los planes que no hago
Con el cuento del nunca acabar, por ejemplo

Dije que no iba a llenar la hoja
Y la hora ya está eructando
Típico: escribo hora y era hoja, escribo dedos y era dados, escribo quiero y me corta, la hora, la hoja, los dedos
Me quitan los dados-los dedos

En este pequeño papel fluorescente del color de mi vestido cabe mi discurso sobre la palabra patíbulo (imagíneselo en silencio, pero por favor)
Del lat. patibŭlum.
1.m. Tablado o lugar en que se ejecuta la pena de muerte

¡Muerte! ¿Escucharon? Muerte merezcan los días que lleno por llenar, por puro placer o porque duele (o no) duele demasiado.

Por otra parte, no hay nadie detrás del cilindo rotoplas, revisa
Por otra parte, continúa la lluvia de plumas de pájaro
Por otra parte, mi cuerpo ya se fue por partes, pero regresa el corazón a la espera del eterno silencio.

Apología al desencanto

la oscuridad [no] solo dura una noche
el organillero [y la compra del fierro viejo] solo dura una vida

Citando [y agregándole] a Montalbetti

La velocidad con la cual ocurren los días se arrebata lo que pudo ser (escrito). La velocidad son muchos días en un día. Un conglomerado de sucesos abarcando desde el rincón todo el espacio. Los días son obesos.

Estoy esclavizada ante la noción de la que tengo que ser, de las que tengo que ser. Como son varias, he dejado de dormir para suceder en cada una de ellas. Incluso cuando “quiero” o ¿quiero? o quiero hacer algo.

Una noche sin dormir se vuelven dos. Dos noches sin dormir es volverse la noche. Ser oscuridad, silencio, estrella muerta destellando en el invento. Todo va quedando en duda; lo que antes estaba acomodado en un anaquel dentro mi cabeza, se cae. Se rompe, o hay que limpiar, tirar esto y aquello y eso también, modificar el arreglo. Moldear lo que se mantiene para que sobreviva a su conservación.

Decido poco, solo hago. Reacciono. No disfruto menos, antes tampoco disfrutaba. Se trata de una larga temporada en el invierno de lo que no soy y no puedo ser: nada me lo creo.

“Sería tan feliz si me la creyera”, me desperté cantando después de la última noche que dormí. (La canción no existe la inventó mi inconsciente o algo así).

En la nada nado sobreviviendo. Tomo aire cuando no pienso y con ese aire me muevo. Soy movimiento. Me miento, digo que quiero algo, lo que sea: un cuarto de uvas, terminar ese libro, probar la cerveza con jamaica. El deseo se esfuma nada más toca el cuerpo. Mato las cosas en mi cuerpo. Mi cuerpo se ha vuelto un cementerio de mis deseos. Etcétera.

Sola, siempre sola y no es que quiera estar con alguien, y menos en alguna otra parte (pues si la ecuación dice que no logro disfrutar ni una uva ¿Una ilusión más compleja y elaborada surtiría efecto?).

Pero mi compañía me decepciona. Me entristece y no tengo el ánimo para llorar. No voy a gastar mi energía lamentándome por la que no soy. Soy ésta por el momento. No hay de otra y he decidido seguir, a pesar del desencanto. De la absurda necesidad de vivir que, finalmente, he hecho mía. Realizando minúsculas inversiones para ser otra. [Me río sola].

Hasta la neurosis ha logrado sucumbir al sueño. Todo en mí sueña, menos yo.

Este cansancio, dice mi imaginación, se parece a la tranquilidad de saberse muriendo. La pequeña nada que es todo instalada en el cuerpo sucediendo como hierba. El silencio multiplicándola. El silencio que me guiña el ojo desde la otra mesa. El amor como prueba de que no existe. Dios. La contemplación del único recuerdo que no recuerdo pero me cuentan que he vivido. El café frío. Nadie en la cama, ni mi cuerpo ni ningún otro ¿Cuál cama? No hay cama, tengo meses durmiendo sentada, si es que duermo.

ADAN

La

ciencia

me enseñó

Que

el sol no es

el centro del universo;

El sol

me enseñó

que la ciencia tampoco.

Alberto Blanco

(También, recuerdo con frecuencia lo que un día Robin Myers puso en una red social, lo escribió así: I still love my other lives)
¿Por qué digo que no siento nada?
Quiero esconderme en esta palabra: nada
Para llegar a casa y ah ah ah ah

Balbucear lo que no dije
lo que no puedo dejar de sentir
ahí mismo, aquí mismo: ahorita, ahora
vivir mi otra vida y otra
en un instante suspirado (los suspiros ¿no son palpitaciones transformadas en aire?)

En un casi algo más ¿como guardar los platos limpios?
¿Sentarme a no hacer nada?

ah ah ah

Nada: esa palabra que excava arrancando el alrededor,
metiéndolo en el pecho

a ver siaguantas, dice la nada

Nada, pero con estas ganas de deshacerme en agua

Los mocos: palabras volviéndose a su estado animal de estanque paleolítico

¿No que nada?
¿Nada de nada?
¡Nada de qué?

nada:

y la escoba que me observa sin verme
y la ciudad más poblada de este país disimulando su presencia
y el cielo que se mete al cuarto
y yo soplando para que la ausencia me deje en paz

¿quién soy yo ahora?

¿yo?, qué risa

la palabra más diminutamente nada

¿se fijan como la o absorbe la y en succión?
un agujero negro en dos pasos: y o

a buena hora se me ocurrió llegar a casa
a buena hora se me ocurrió volverme otra
a buena hora me convertí en la nada

(la realidad me enseñó que el yo no es centro del universo,
el yo me enseñó que la realidad se construye en su ausencia,
la nada me enseñó a escuchar sin tener que ser yo)

Estos pasos son la voz

¿Digo lo que no debo de decir?
¿Escribo lo que no debí escribir?
¿Soy la que puedo ser?
 
Solo una voz.
Una voz como agua.
Gotas que caen de una fuga en la taza del baño.
Una voz que avanza entre las calles lluviosas.

Una voz nube.
 
El grito ausente.
La mirada que todo lo abraza.
 
¿Llorar?
Nunca ha sido suficiente.

Se confunde, de nuevo, el llanto con la lluvia.
 
No hay un solo día en el cual no me pregunte si soy la que no soy.
Con todas las ganas de ser, huyendo.
 
Sigo viva.
Este es mi semáforo.
 
Pero detengo el tráfico.
No salgo de primera.
Mi papá me exige enojado.
Avanza, Lucía María.
Soy una niña, papá. No quiero dejar de serlo.
Ya vi a los lestrigones. Y a los cíclopes. Y al colérico Poseidón.
Los vi en mis sueños a los 12 años.
Los conocí a los 32.
 
Y ahora, a mis 35, tú me pides que lo siga siendo.
Una niña.
 
Me guardo en mi silencio.
Me congelo en mi sexo.
En mi cuarto de azotea.
En el desierto ardiendo en mi pecho.
Tengo sed.
Ser de nubes.
Llueve una voz a dos voces y a cien.
Inunda mi cuarto.
Desborda mi pecho, mi baño y mi cuerpo.
 
Doy el primer paso.
 
Salgo de primera.
Estos pasos son la voz.

VIDA AL INSTANTE

VIDA AL INSTANTE.
Representación sin ensayo.
Cuerpo sin prueba.
Cabeza sin reflexión.

No conozco el papel que tengo.
Solo sé que es mío, intransferible.

De qué trata la obra,
tengo que adivinarlo sobre el propio escenario.

Mal preparada para el honor de vivir,
apenas si aguanto el ritmo de la acción impuesto.
Improviso, aunque aborrezco la improvisación.
Tropiezo a cada paso con el desconocimiento de las cosas.
Mi forma de ser huele a provincial.
Mis instintos son los de un aficionado.
El miedo escénico, como justificación, me humilla
mucho más.
Siento como crueles las circunstancias atenuantes.

Imposible retirar palabras y reflejos,
las estrellas no contadas,
el carácter, abrigo abotonado sobre la marcha:
he aquí los lamentables resultados de estas prisas.

¡Si pudiera ensayar aunque fuera solo un miércoles antes
o repetir otra vez al menos un jueves!
Pero ahí está el viernes con un guión que desconozco.
¿Es justo? —pregunto
(con la voz ronca,
porque ni siquiera me han dejado aclararme la voz
entre bastidores).

Ilusorio pensar que se trata únicamente de un examen
superficial
que tiene lugar en una sala fortuita. No.
Estoy de pie entre los decorados y veo lo sólidos que son.
Me sorprende la precisión de todo este atrezzo.
Los sistemas rotatorios funcionan ya desde hace tiempo.
Han sido encendidas incluso las más lejanas nebulosas.
Ah, no me cabe duda de que se trata del estreno.
Y haga lo que haga
se convertirá para siempre en lo que hice.

Wisława Szymborska

Una mujer bestia en trance de hacerse humana

Las bestias sobreviven a su realidad con la brújula del instinto. Los seres humanos somos bestias, bestias pensantes que, sin embargo, creemos controlar la realidad con nuestras teorías, acciones y transformaciones, sobre todo violentas, que realizamos en y para el mundo. Porque los seres humanos, las personas en trance de ser humanos, continuamos refugiándonos en los instintos para resolver nuestra supervivencia. Pero nuestra supervivencia es frente a nuestra propia especie y frente a nosotros mismos.

Hay bestias humanas que sobreviven gracias a su capacidad de huir, quienes buscan, por instinto, el terreno de la libertad; por lo menos como pretexto, o como espejismo, para así, por lo menos, sentirse vivas.

En la novela “El bosque de la noche”, de la escritora Djuna Barnes, se esboza una teoría de esta esencia bestial dentro de una mujer a punto de ser humana. Es el relato de un triángulo amoroso entre mujeres, en donde predomina, en dicha mujer bestial, la búsqueda de su idea del amor y de la libertad, en oposición con la posesión y la permanencia.

Djuna Barnes nació en el año de 1892 en Nueva York, en 1936 apareció su libro Nightwood, el cual que, más adelante, adquiriría la etiqueta de novela de culto modernista dentro de la literatura americana, debido a que el tipo de personajes que la integran no, necesariamente, dominaban las publicaciones de aquel tiempo. En este caso puede verse, por ejemplo, un planteamiento del complejo de Edipo con la ligera diferencia de que, en lugar de que la mujer busque a un hombre que suplante la figura del padre, encuentra en la relación con una mujer a quien reemplace a la madre: “Amor de mujer por mujer, ¿qué mente pudo crear este demencial afán de angustia desenfrenada y sombría maternidad sin resolver?”, expresa el doctor Matthew, uno de los personajes que funciona como el principal emblema discursivo, el cual determina el orden en el hilo dentro de la narración. La bestia que deberíamos de ver convertida en ser humano es el personaje de Robin, una mujer escurridiza, fiada de su instinto, cuyo semblante logra disfrazar su capacidad para emprender la fuga: “Por eso ella odia al que tiene a su lado. Por eso se deja atrapar por todo, como el que está soñando. Por eso desea que la quieran y que la dejen en paz, todo al mismo tiempo. Ella mataría al mundo para llegar a sí misma, si el mundo se atravesara en su camino, y el mundo se atraviesa[1] en su camino”.

Los gestos humanos los encontramos en la complejidad de los personajes, los cuales son “anormales”, pues los hombres que aparecen —Felix, Guido, Matthew, y el hijo de Felix— son, más bien, vulnerables y sensibles, “débiles” y “fracasados”. Mientras que, las mujeres —Hedvig, Robin, Nora, y Jenny— son “fuertes”, valientes, duras, competitivas y “exitosas”. La verdadera literatura es la que muestra esquemas de personas reales y que, por lo mismo, son impredecibles. Las tonalidades grises nos llevan a ser único, lleno de contradicciones y enigmas; su capacidad de sobrevivir no es de la manera en la cual hemos visto, repetitivamente, en las románticas historias que se cuentan. No encajan el típico estereotipo social, como: hombre fuerte, exitoso, egoísta, con cientos de mujeres a su alrededor, y con una capacidad, en aumento, para insensibilizarse; o mujer tierna, bella, compasiva, entregada a la familia y a la pareja, con una capacidad para guardar silencio, con un estoicismo para enfrentar la muerte, la vejez, las enfermedades y la tragedia. Los ejemplos anteriores son solo por mencionar un par de ellos donde, de lo que la literatura se ha servido, es mostrar la sensibilización del hombre fuerte, o el envalentonamiento de la mujer tierna, ese giro de tuerca que ya no sorprende a los y las lectoras, porque siempre, en la realidad, hay más que un solo cambio.

La agudeza en la construcción de Djuna Barnes es que no explica su propuesta. Sugiere, a manera de un mundo literario en coherente funcionamiento, que los personajes no están siendo impulsados por las creencias sociales sobre su sexo y, sin embargo, arraigan la misma incapacidad que cualquier persona para entregarse de lleno a la vida o hacia descubrir el amor. Así surgen los encuentros, en “El bosque de la noche”, entre personajes con características contrarias, como si pudieran compensarse para, luego, ser ellos mismos testigos de la evidente ruptura, por esta imposibilidad de emparejarse por una complicidad la cual, más bien, se erigió basada en el miedo. Y, después, también, ver a personajes con personalidades parecidas que tampoco logran un verdadero encuentro.

Nightwood retoma la pregunta universal ¿Qué es el amor? Y, más bien ¿Cómo se ama? Y la va respondiendo al expresar lo que significa la posesión, poseer al otro en el intento de poseer el amor, como si fuera un objeto, el amor o el otro ser humano, o la libertad del otro, creyendo que así se alcanza algún tipo de seguridad o de control sobre la vida misma. Además del reencuentro con la sensación de ese instinto de vida que le pertenece a la otra persona: “[…] la mujer que se presenta al espectador como un cuadro compuesto y acabado es, para la mente contemplativa, el mayor de los peligros. A veces, uno encuentra a una mujer que es bestia en trance de hacerse humana”. Robin era esta bestia que, a lo largo de la historia, íbamos a ver convertida en ser humano.

En la historia de Barnes se produce una mezcla de personalidades, caracteres que rompen con los clichés y las pulsiones esperadas, que nos acercan a la vulnerabilidad real de un ser humano que busca el amor y que cualquier posibilidad de dependencia, aunque parezca cómoda, nos remite a generar un rompimiento, porque, al final, el amor es una entrega desde un ser completo hacia otro igual.

¿Será que lo rígido del sistema, aunado al debilitamiento de la voluntad por el paso del tiempo, nos lleva a las personas hacia arraigar cualquier instinto de supervivencia, encarnando aún más nuestra neurosis como un mecanismo de defensa, por ejemplo, el de la constante huida en cualquiera de sus formas?

Y, también, ¿será que la literatura no puede ser leída como una construcción de sutilezas? Que el reconocimiento de la imposibilidad humana debe ser caracterizada como una lucha de opuestos: sexos, de razas, de estereotipos; como una guerra entre polos. Por eso es que aunque “El bosque de la noche” termina siendo reconocida y publicada por T.S. Eliot, al mismo tiempo no logra gran conmoción entre el mundo literario. Pareciera que solo nos reconocemos en esas voces que gritan, que exigen, que culpan, que pelean, que destruyen por una posibilidad de verdad. Mientras que las sutilezas no nos sirven como discursos para buscar esa condición deseablemente humana.

[1] Estas cursivas son del texto original.

Bibliografía: Barnes, Djuna (1936) El bosque de la noche. Seix Barral. Primera edición: Barcelona.

Y…

Si pudiéramos armar un bestiario con la caracterología, por ejemplo, planteada por Alexander Lowen, discípulo de Wilhelm Reich. Quien desarrolló un esquema para reconocer el proceder de los seres humanos según su tipo de cuerpo, describiendo que en el cuerpo “se ve” el carácter, y su neurosis. Entonces habría bestias humanas que se hacen las víctimas para sobrevivir, bestias humanas que atacan para sobrevivir, bestias humanas que huyen para sobrevivir, bestias humanas que interdependen de otras bestias, bestias humanas que se borran para sobrevivir o bestias humanas que manipulan para sobrevivir.

Entonces, la sensación de vivir, en las personas, queda limitada debido a que, para encajar en dicha sociedad, nos resistimos a sentir lo que sentimos. Y, sin embargo, la capacidad que una persona tiene para volverse humana es cuando decide estar entre seres humanos. Una persona que no se reconoce, o se siente, parte de la humanidad y que no intenta desenvolverse como pieza única dentro del engranaje, difícilmente podrá sentirse humana.



Continuación de ideas dispersas sobre tres novelas de César Aira

La realidad es una gran coincidencia.— C. A.

El mito que se ha creado alrededor del escritor César Aira (1949) comienza con los más de cien libros que el autor ha publicado. En su mayoría son novelas cortas a las cuales se les cataloga de “buena o mala”, en esa necesidad de clasificarlo aún con la más ambigua de las etiquetas en donde se anuncia un desconcierto generalizado ante lo que el autor está presentando con su narrativa: ejercicios de ficción de gran imaginería y arrebatada innovación, en donde la confusión pareciera residir en la pregunta “¿Para qué aparece una novelita más, casi idéntica y sumamente distinta de las otras noventa y tantas?”

Si estás dispuesto a entrarle al juego César Aira —a leer cada uno de sus libros— descubrirás el camino de uno de los fenómenos de la literatura contemporánea que está ocurriendo en esta época. Tanto así que es imposible distinguirlo, tanto así que el efecto causado en el lector suele ser el del rechazo a la lectura de sus subsecuentes novelas, un  hartazgo sembrado por no entender el experimento literario, aunque cada peldaño conste de unas escasas cien páginas.

Fue hasta la publicación del ensayo Continuación de ideas diversas en donde el escritor argentino realiza un manifiesto sobre su forma de pensar y escribir, planteando algunas reflexiones sobre las lecturas que ha hecho a lo largo de su vida en un lenguaje puntual y erudito, cuando termina por ser “acogido por los intelectuales”, en lo que podría inferirse: finalmente está hablando nuestro lenguaje, saliendo del clóset de su esnobismo y uniéndose a nosotros. Pues justo después de la circulación de este ensayo, aparecieron reseñas en las cuales —por fin— todas coinciden: “César Aira, proyecto interminable”, de Nora Catelli en El País; “(Breve) Introducción al método César Aira”, de Christopher Domínguez en su columna del Universal, o “¿Es César Aira mejor ensayista que novelista?” de Jorge Carrión, en New York Times en español.

¿Es necesario encasillar a la metamorfosis César Aira cuando continúa transformándose? Si críticos como Christopher Domínguez postulan que el escritor da el brinco de la lectura de las tiras cómicas a Borges, muchos lectores de esta generación hicimos lo mismo alcanzando las novelas de César Aira: nos fuimos desde Los Simpson (y una infinitud de fenómenos literarios y audiovisuales) a la continuidad pero de las novelas del originario de Coronel Pringles.

En mi caso cuando leí a César Aira por primera vez fue con El mármol, una novela que me desbocó la lectura desenfrenada, liberándome de otra necesidad más que la de leer la historia, renovando mi capacidad de sorprenderme. Es cierto que mi introducción al mundo de la literatura no devino de una familia de intelectuales, ni del estudio de letras clásicas, y más bien fue como la parada accidental y tardía en un puerto donde he terminado quemando las naves (para bien o para mal). Por lo que más que sentirme segura ante lo que puedan estipular los críticos literarios de lo que está haciendo César Aira, una lectora como yo se siente amenazada ante el muro de las categorizaciones. (No por nada estoy intentando ensayar una serie de ideas para un autor que no lo necesita, y quizás sí para una serie de lectores “incultos”, que estamos atestiguando la experimentación surgida de la voz airada). En las siguientes páginas describiré algunos de los rasgos de tres de sus novelas, que me renovaron el placer de la lectura a la par de sorprenderme, para materializar los delirantes efectos ocasionados por el registro de César Aira en dichas ficciones.

Al inicio de El mármol el protagonista-narrador describe sus genitales, piernas y muslos, una imagen que funciona como recordatorio de la aventura recientemente vivida dentro del supermercado chino, al cual acudió para comprar algunas cosas, y al momento de pagar, el total resultó en una cifra de centésimas de centavos. El chino que lo atendió le comunica en su “incipiente español” la falta de cambio, con lo que se sobreentiende, el protagonista debe elegir algunas de las baratijas exhibidas en caja, cada una de estas naderías funcionarán para resolver las complicaciones que se presentarán en el curso de los acontecimientos de la historia.

Para comenzar (y nunca terminar) con Aira, creo que lo más importante del trabajo de un escritor es el efecto que ocasiona en el lector. En El mármol el autor realiza un dominio magistral de las asociaciones creando una historia circular, en donde antes del cierre el lector es testigo de una escena comparable a la de una película futurista, ya que la narración sugiere una teoría de cuerdas tejida para la imaginación. Hacia el final de la fábula hay un regreso al cuerpo, intuyéndose que la parafernalia sucedió, más bien, al interior del mismo autor: “Y como mi brújula en el laberinto de los hechos, desde mi entrada al mundo de los supermercados chinos, había sido realidad, también en esta ocasión transformé la intuición en una apreciación realista de lo que está pasando.” (130, LBE, 2011). En esta novela se evidencia el vaivén entre la realidad y la fantasía; Aira se revienta y arrasa con el contexto, se desborda para dirigir el regreso a la contención, nuevamente sucumbe a la ruptura y vuelve a erigirse en la claridad de las explicaciones a cada cosa que sucede: causa y efecto. Por lo que la (inventada) fórmula para dicha narración pudiera quedar algo así:

Imagen del personaje en escena — “Cuando me bajé los pantalones incliné la cabeza y miré mis piernas, los genitales, los muslos, un conjunto tridimensional, sólido, algo levantado por presión de la superficie sobre la que estaba sentado. La visión tuvo algo de sorpresa, de gratificación.” (7, LBE, 2011)

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Reflexión y manifiesto de la teoría del personaje-narrador — “Fue como volver, inesperadamente, de lo abstracto a lo concreto, de lo exótico e inexplicable a lo más íntimo y cotidiano, y darse cuenta de que por lejos que vaya el pensamiento el cuerpo y sus atributos siguen ahí, donde estuvieron siempre.” (13, LBE, 2011)

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Acción que descompone lo real llevándolo a la reflexión de lo surreal  — “Tardé un momento en entender, pero no mucho porque ya me había pasado antes, y es parte del nuevo folklore que ha florecido al impulso de las dificultades que enfrenta el comercio minorista con la cuestión del cambio: se completan las pequeñas cantidades residuales con artículos de bajo precio.” (17, LBE, 2011)

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Meta-metaliteratura (reflexiones del autor disfrazado como narrador) que funcionan como red o puentes para hilar (y reactivar el pensamiento) — “(El verbo “redondear”, por lo visto, no figuraba en el vocabulario de este chino.)” (23, LBE, 2011)

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Acción narrativAira — “Metió la mano en una lata que tenía atrás de la caja y sacó un puñado de bolitas blancas. Ahí recordé: eran los glóbulos de mármol, con lo que terminaban de completar los restos de vuelto en los supermercados chinos.” (24, LBE, 2011). “Esa, y no otra, era la asociación con el mármol que yo había hecho.” (25, LBE, 2011).

Sobresale el carácter meticuloso con el cual te adentra hacia la divagación y a la profundización de la espiral de cualquier cuestionamiento, propiciando su transformación, hasta fragmentarlo en las partículas subatómicas de una teoría totalizadora, que en este caso pudiera ser un discurso sobre lo material y lo inmaterial, el cual además es narrado con ciertas aliteraciones creando un ritmo cadencioso. La gran conclusión, o el “aprendizaje” en esta novela, es que lo surreal vuelve palpable a la misma realidad, la lógica del absurdo y del breve instante, en donde todo puede ser literatura y tomar toda forma literaria, dependiendo de quién la cuente. Lo anterior provoca en el lector un impulso que lo lleva a su propia digresión sobre el tema, a su imaginación creando la historia con los detalles, y de vuelta hacia donde el autor lo está encaminando con sus ideas. O rechazo, rechazo, rechazo, del tipo: ¿qué me está queriendo decir con una historia así? ¿Se quiere reír de mí? ¿O conmigo?

Para cada novela de Aira pudiera haber una fórmula distinta, las intensidades en su narración, como las llamaría Gilles Deleuze, están a varios niveles. La fórmula es él mismo. El oficio de César Aira dentro de la novela es un método regido por la improvisación, su fuente de luz asocia lo indisociable y le permite cualquier autonomía en los hechos. Como si tuviera la imaginación de un niño súper dotado en matemáticas del lenguaje y lógica. El escritor argentino lo ha estipulado: el protagonista-narrador no tiene idea de lo que va a pasar hasta que está sucediendo. Aira no le tiene miedo a llevar el acto de la invención hasta aventarlo (aventarse) por el borde, a permitir el descarrío que lo dispara hacia la lucidez del absurdo, o a la claridad de sus pensamientos, porque siempre está a la caza de lo nuevo: “(…) en la literatura también voy al efecto, y me son indiferentes las apreciaciones sobre la calidad de la escritura. (Aun siendo un resultado mecánico, el efecto una vez producido es un fenómeno complejo, que depende de mil calidades sutilmente interconectadas.)” (12, Ediciones UDP, 2014).

El protagonista siempre es él, él como una princesa que viste de crinolina y vive en un castillo, él como César Aira después de haber cumplido los 50 años de edad pensando en la luna, él haciendo sus compras en el supermercado chino y sin poder concretar la cantidad exacta a pagar. Su presencia de autor-narrador-protagonista te introduce en todas las dimensiones narrativas, a la misma narración, a la metanarración y a la meta-metanarración, aunque en el ensayo Continuación de ideas diversas describe: “Deploro la “metaliteratura”, siempre sentí que era una traición a lo más vital de la literatura, a su apelación a lectores no literatos…” (17, Ediciones UDP, 2014). E inmediatamente, al final de ese mismo párrafo, asegura: “Es cierto que la muy buena literatura, aun cuando juegue para su propia clientela, “literaturiza” al lector menos literario.” (Ibídem).

Lo que pasa con Aira es que cada novela está tan viva que aunque pareciera que su estilo va alcanzando alguna madurez, la que se concreta “con el paso del tiempo”, en realidad se va rejuveneciendo, ya que abiertamente busca la novedad, imposibilitando al lector hacer una verdadera comparación. El escritor le cede el control a la narración misma, orquestando las olas que van surgiendo y haciendo que fluyan a lo largo de la narración. Un as tras otro as sacado de la manga de su pluma.

En La Princesa Primavera, una novela anterior a El mármol, hay una mayor cautela en el artilugio de las conexiones, sin por ello ser menor, sólo distinta, en donde el simbolismo es más obvio. Aira toma el personaje de un cuento de hadas y lo ubica en una batalla utilizando símbolos como personajes, o personajes como símbolos, cuya  “ancla a la realidad” son detalles verosímiles que aguardan dichos personajes. En esta novela para que el personaje de la princesa pueda mantener los gastos del castillo, trabaja traduciendo libros de tipo best-seller, por lo que antes de comenzar con la acción del enfrentamiento, esboza una disertación sobre el acto de traducir haciendo una crítica a las novelas comerciales: (La princesa) “Tenía horror a la chapucería, aunque bien habría podido sospechar que eso no le importaba a nadie, dado el tipo de literatura barata y comercializada que pasaba por sus manos.” (12-13, ERA, 2003); “Se había hecho fama de traductora ‘de lujo’, y le importaba no desmentirla, aún con un producto de segunda.” (13, ERA, 2003); “Aquí el pensamiento que sostenía lo escrito era visible a simple vista, como que era programáticamente el pensamiento común de todo el mundo. En cierto modo era como si ya estuvieran traducidas.” (18, ERA, 2003). Después de dicha disertación, el autor rescata al público de estas historias describiendo: “A veces fantaseaba sobre la identidad y psicología de los lectores de esas novelas. En cierto sentido, eran ellos los que mostraban un amor más sincero por la lectura, ya que los que leían clásicos o buena literatura tenían en general un propósito ulterior, por ejemplo el de escribir o ser profesores o críticos o en todo caso gente culta.” (19, ERA, 2003). La princesa abandonará sus divagaciones para defender el castillo del ataque del General Invierno, quien se presenta por primera vez en la historia con un mensaje de luces que sólo la princesa puede traducir:“Te llegó la hora, putita. Estás perdida.” (33, ERA); en donde no puedes más que soltar la carcajada (si tienes el sentido del humor para ello). Porque el humor es otro de los elementos en la narrativa de Aira, que se muestra con las características de los personajes, con los diálogos entre ellos, y en las reflexiones que el narrador o los mismos personajes plantean. El final en La Princesa Primavera es una escena increíble y totalizadora, es el absurdo que se mantiene como una constante, pasando de la surrealidad a la normalidad para concluir en la belleza. Durante muchos años el escritor César Aira fue traductor, y esto lo llevó a tomar una doble conciencia en el acto de leer: “Lo que más extraño no son las facilidades del oficio sino sus dificultades, esas perplejidades puntuales que despertaban mi pensamiento por lo común adormecido.” (9, Ediciones UDP, 2014). Es también la razón por la cual dibuja perfectamente las reflexiones de la princesa en torno al oficio de traducir.

Una constatación de la complejidad que se va trenzando en cada novela de César Aira reside en que ni siquiera es posible recordar con exactitud lo que cuenta en las escasas cien páginas: la divagación de sus ideas y sus ramificaciones alteran de tal forma el curso del trayecto, que te pierdes en lo otro, en aquello que sugiere, el lector no sabe si lo que leyó se trataba de una princesa que terminó por defender el castillo en contra de un general, o si más bien era una acertada crítica hacia las novelas comerciales, porque la misma princesita funciona para ambas cuestiones.

La libertad de Aira le proporciona las licencias para combinar lo que vaya creando su mente y mostrarlo con destreza. El lector que no cede al airado juego y tiende a la resistencia, aunque haya pasado por apenas cien páginas, sucumbe al cansancio. Dejarse llevar es sentirse enfrentado y hasta timado, porque el autor te recuerda que estás siento testigo de una ficción, donde la viveza de la historia reside con la invocación de las líneas subsecuentes, posicionándote dentro de una resortera que jala para extraerte de la realidad aventándote a la imaginación, para después tomarte de la mano y devolverte. Porque es posible que sea también lo que el autor está experimentando con el acto de narrar, por lo cual terminas siendo el espectador de su mecanismo creativo en movimiento: “En la literatura sobre todo, lo bueno se identifica con lo nuevo; creo que en mis momentos más lúcidos yo no quería tanto escribir algo bueno como escribir algo nuevo, algo que nunca se hubiera escrito antes.” (60, ERA, 2012).

En Cumpleaños el autor deja atrás la internación hacia lo surreal para alcanzar una honestidad consigo mismo que plantea a modo de novela, se trata de una serie confesiones o meditaciones, ya que el tono de dichos pensamientos es de un tinte puro, informal, bromista al mismo tiempo que melancólico: “Por algún motivo, siempre viví rodeado de pedantes, sabelotodos, charlatanes, siempre dispuestos a darme lecciones; mi silencio rencoroso frente a ellos preservaba mi integridad mental, pero me obligaba a no creer nada de lo que oía.” (26, ERA, 2012).

La narración abre con una anécdota sobre el recuerdo de una conversación que el escritor tuvo con su esposa, en donde comprobó que ignoraba el que la luna estuviese iluminada por el reflejo del sol. Sea o no cierto, el pretexto funciona para cuestionar su conocimiento adquirido y las creencias reunidas a lo largo de su vida, realizando una serie de asociaciones que devienen enlazando las propiedades de: cumpleaños, ciclo, luna, existencia, cuestionamiento: “Un joven todavía tiene que empezar a vivir. Puede haber tenido todas las ideas, pero le falta revisarlas, corregirlas, invertirlas. Es para eso que necesita todos los años y las décadas que siguen.” (74, ERA, 2012).

En Cumpleaños el escritor se despoja de la máscara de la ficción para aproximarse a los pequeños “vacíos existenciales”, encontrándose con la decepción de ser él mismo, aceptando su muy particular estilo de escribir para distinguirse (porque según sus palabras no hubiese tenido ningún reconocimiento de no haberlo hecho así), hasta llegar a una de las revelaciones más solemnes, pero en una airada entonación que es la de la dificultad que le produce estar vivo: “Muchas veces me he preguntado en qué ocupa su tiempo la gente normal, cuando a mí el trabajo de seguir con vida me ocupa hasta el último minuto, y apenas si me alcanza.” (26, ERA, 2012). Una de las conclusiones que va esbozando es que no ha logrado vivir porque ha estado ocupado en lo otro, en la búsqueda del conocimiento, que terminó por ser cuestionado o insuficiente: “toda mi vida busqué el conocimiento, pero lo busqué fuera del tiempo, y el tiempo se tomó venganza sucediendo en otra parte.” (82, ERA, 2012). En Cumpleaños el personaje-narrador-mito revela su derrota, el hombre que piensa que la vida se fue con la juventud y la energía que allí residía, que termina conformándose con lo que es.

Finalmente, lo que todo escritor, poeta, filósofo o artista va descubriendo en el ejercicio de su oficio es el acuerdo que realiza con el infinito, con la capacidad de adentrarse en un tema, en un universo y en una forma de vivir, que reside en la vastedad de la imaginación para traducirlo en una realidad, del cielo o del infierno en la Tierra. Tomarse el riesgo de clavarse hasta el fondo, ahondando en lo imperceptible, para luego aspirar hacia las posibles dimensiones hacia fuera, divagando por la eternidad y el misterio del espacio.

Las narraciones de Aira contienen ecos de un modo borgeano pero llevados a la modernización y sin acudir, más que de pronto, a la historia de la literatura, y que más bien buscan interconectar esa realidad que se está mostrando, ya que cualquier detalle mencionado queda como cabo suelto para posteriormente ser vinculado. Borges lo hacía en sus cuentos, y más bien buscando la totalidad de un universo al acercarse apaciblemente al punto final. Mientras que Aira está en una operación constante de novela tras novela, mundo tras mundo, delirio tras delirio, ideas que reverberan y fecundan más ideas, esbozando una imaginería llena de verdad, donde la lucidez produce una alucinación, o al revés, una surrealidad transformándose en realidad, en donde la clasificación parece ser resultado del hartazgo producido a priori del fenómeno que está surgiendo, que limita lo que nadie puede alcanzar, ni con la lectura de lo que el escritor argentino está  anunciando, porque nadie puede mantenerle el paso ni reconocer en este momento el universo airado que se está fundando.

Bibliografía
Aira, César (2014) Continuación de ideas diversas. Ediciones Universidad Diego Portales. Chile: 1ª edición.
Aira, César (2011) El mármol. La Bestia Equilátera. Buenos Aires: 1ª edición.
Aira, César (2003) La princesa primavera. Ediciones Era. México: 1ª edición.
Aira, César (2012) Cumpleaños. Ediciones Era. México: 1ª edición.

NOTA I: Este ensayo se publicó en la última revista Tierra Adentro, en su versión impresa. Sin embargo, dicha edición, la 232, que correspondió a Enero-Febrero 2019, no tuvo una versión en línea; por esta razón hago la publicación del texto en este (mi humilde) portal. Para quienes estén interesadas e interesados en leer a César Aira, y porque realmente lo disfruté mucho en las novelas que cito.

NOTA II: También, quiero aprovechar y agradecer al Seba (Sebastián Gómez-Matus), ávido lector, y poeta, que me introdujo a César Aira.

NOTA III: Y, finalmente, compartir que el ensayo nació a raíz de un “reto” al que me alentó Heriberto Yépez, quien, a manera de broma o medio en serio, daba a entender que César Aira no era para tanto, mientras yo le aseguraba que sí, entonces me invitaba a escribir algo “en forma” al respecto. Y así fue como nació el impulso por escribir sobre él (sobre algunas de las novelas de Aira, más bien).

Veinte cartas pidiendo perdón y una real y verdadera

Querido Eduardo:

Te escribo desde mi blog para realizar una disculpa pública. Tal cual como lo hice cuando escribí sobre ti, sobre nosotros, justo en el momento que sucedía el #MeTooEscritores. “Pinche Lucía ¿Otra vez? ¿Por qué sigues haciéndolo todo público?”, puedo imaginar que esta sería tu reacción. Pero pensé que, primero, si cuando hablé de ti, de nuestra relación, lo hice públicamente ¿Por qué lo haría después en secretito? Y, antes, si desde el principio, cuando me conociste, leías mi blog, y me comentabas sobre lo que escribía que era sobre lo que estaba viviendo, sabiendo perfectamente que es algo que hago, o hacía, o estoy volviendo a hacer ¿Por qué te sorprendería? Odio la censura. Al final, tú sabes, perfectamente, lo que pienso, que cuando se habla de los otros hablas más de ti mismo o de ti misma, más que del otro.

            La última vez que quise disculparme por correo contigo por pelear públicamente, por poner tu nombre y tratar de hacerte el culpable de mis fracasos o angustia, fallé porque no lo sentía. Supongo que también así te puedes sentir superior, disculpándote así nada más, pero porque sabes que eso lo más civilizado que puedes hacer. Lo más maduro, compasivo y humano. Sobretodo si sabes usar las palabras.

            En fin, ahora sí lo siento. Y, de verdad, lo siento Eduardo. Y es que tanto que quiero insistir que todo es un mismo tiempo, que no hay presente, pasado ni futuro, pues ahorita que te escribo siento el pasado y el presente. Ahora no te odio y, de hecho, te recuerdo con gusto.

            Sabrás por el tiempo que estuvimos juntos, por lo que me conociste, que he estado muy sola, aislada, que así lo he querido y que no lo disfruto del todo. Que estoy cien por ciento segura de que me busqué estar en esta situación y, de pronto, esto extraño de ti. Con todo y que eres mucho más social, aparentemente, en esto había una identificación. Pero esta no es una carta de amor, ni de melancolía ni de extrañamiento. Es pedirte perdón de la manera más sincera que ahora sí puedo, y también reconocerte eso que no podía: me ayudaste. Y mucho.

En este último año me convertí en correctora de estilo (sé que no es gran cosa), pero con ello he ganado dinero, no suficiente, obviamente, pero cuando nos conocimos yo estaba aterrada, definitivamente mucho más aislada, deprimida y muy emputada. No conociste una versión tan fácil de mí y, sin embargo, creo que la atracción, de alguna forma, también fue por esto. Por lo que estabas pasando, por lo que sentías; mi enojo, mi tristeza, mi aislamiento, te parecían coherentes. Ahora me siento más segura de mí.

            Lo otro es que todos los días desayuno lo que desayunaba en tu casa. Son pendejadas, dirás. Detalles estúpidos, digo yo. Pero me voy dando cuenta de esto que negaba. Para comenzar, volví, una vez más, a la Ciudad de México, algo que tanto quería y no tenía el valor para hacerlo, empecé a trabajar por mi cuenta, y también terminé por quitarle tanta importancia a esto del círculo literario. Nuestras ganas de que funcionara la relación, con lo tercos (¿e idealistas?) que somos los dos, y con todos nuestras aprehensiones (y traumas), nos llevó a estar constantemente en guerra. Pero me ayudaste, me apoyaste y me diste lo que pudiste. Además, siendo sincera no es como que en tu vida te la pasas siempre chingón. Te confundes, te sientes inseguro, eres vulnerable, eres contradictorio, ya te conocí, algo, o un poco, y sé que eres un ser humano. Y hoy acepto que lo que terminó por darme muchísimo coraje fue que me di cuenta, pero insistí en hacerme tonta y en jugar en que pasara lo que pasara nadie iba a salir lastimado. Sabía que tenía que abandonar la relación y hacer las cosas sola. Buscarle. Todo eso. Pero quería que tú lo resolvieras todo, insistía en ello y, además, te hacía sentir que no esperaba nada, cuando quería todo.

Y, bueno, lo que desbordó el vaso de rabia fue que explotó el movimiento del #MeToo y me uní. Desde el fondo de mi ser creo en toda expresión que pueda haber en cualquier persona, sin embargo, no creo que sea duradera toda expresión. A veces es el comienzo, o el final, o el punto intermedio. Son como aires, como vientos, a veces creando huracanes, a veces te dejan helada. A veces, vuelas. Yo también soy mujer y también me sentí muy frustrada, enojada, invisibilizada. Por ti como un fantasma de todos los hombres. Por todos los hombres. Y por la idea del ser hombre. O del “todos los hombres”. Porque yo no soy esa mujer de todas puedo y no tengo ni idea cómo empezar a serlo. Luego entendí que, desde que te das cuenta, debes enfrentar lo que estás viviendo y no aumentar el cargamento y mejorar la estrategia del ataque. No entiendo esta puta guerra de sexos. Y sí la entiendo. Porque también sentí poder cuando dije mi versión de nuestra historia sabiendo que tú no lo ibas a hacer. Y pensé en qué pasaría si siempre existe la posibilidad de decir (o hacer real) tu parte y ganar algo con ello: una sensación de libertad, por lo menos. Y eso es lo que le pasa a ustedes los hombres. No siempre. Porque también están sujetos a esos otros hombres que son más gandayas y crueles. Sobretodo, creo que la guerra es entre todos y todas, entre todas y todas, entre todos y todos, entre tanto maldito malentendido, y el miedo que tenemos a escucharnos. A darnos el tiempo de sentirnos, pero de verdad.

            Así que ahora sí me disculpo porque quise usar mi poder, pequeñito, diminuto, lo sé, pero lo hice para hacerte sentir menos y “ganar”. Gané más puntos a esta estúpida soledad. Dizque sometiéndote me sometí más a la ignorancia de lo que puedo ser. Porque sí se pierde mucha libertad en el dizque poder. Entonces entiendo que las cosas no estén de mi lado, porque pudiendo escoger las palabras para crear algo bello quise usarlas para deshacer cualquier posibilidad de algo.

Lo siento, Eduardo Emiliano.

Eres mucho más de lo que yo quise hacer de ti al no querer aceptar que (te) entiendo.

Atentamente,

Lucía María