sinceridad, Saṃsāra, sinceridad

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“La mejor manera de terminar con una tentación es caer en ella.” — O. Wilde

 

Mierda, ya no me den más de tomar que me la creo. Nada. La efervescencia en mi cuerpo, lo quiero todo y no necesito a nadie, o sólo de lejecitos, como un holograma de compañía: shh, no hables, no me interrumpas en mis fantasías, siéntate allá… (dudo, ¿soy yo la que…?). Olvídalo, y súbele a la música, más, más y más.

Mierda, dónde estoy y cómo llegué hasta acá… No veo nada ¿Dónde estás? ¿Quién está? Duele. Mierda no soy nada. O soy mierda, pedazo de carne, ¿qué se supone que traigo puesto? ¿El cuerpo? No siento nada, o no quiero sentir, porque si siento me deshago. Todos están aquí para chingarme, ya los vi. Rápido, corro debajo de la mesa, y luego por el pasillo hasta llegar a mi cuarto, me encierro, aunque es pequeñito lo siento inmenso, me acuesto en la cama, me tapo con la sábana por completo, voy a estallar, no, voy a hacerme parte de la sábana, no, y sí me voy de boca hacia otro lugar que no veo pero siento, estoy pero no estoy, volviéndome polvo, si me tocan me rompen, si me rompen, ¡me la van a pagar! ¿Quiénes? No veo a nadie. ¿A quién le hablo? Ojalá se hubiera acabado todo en ese momento, comienzo a buscar a los culpables. Todos los otros. Mis amigos ya no son mis amigos. La fiesta no vale la pena. Dejaré de tomar, dejaré de fumar, dejaré de drogarme, y hasta dejaré de comer. No quiero nada. Todo me hace daño, todo está en mi contra. Sinceridad, Saṃsāra, dame puta sinceridad. ¿Cómo es posible que ahora odio a quien amaba? Y al revés ¿Cómo amar a quien estaba segura que me estaba lastimando? Devuélveme mi cuerpo, puta. Ese que no pesaba, quítame las piedras de las orillas, de mis pies ¡Yo no las veo! Yo era alma liberada, me transformaba en lo que sea, en colores, en nieve, en aire y viajaba en la música, puro movimiento puro, yo estaba bailando el baile de la liberación de la existencia y del dolor y alguien apagó la música, qué putas. Destello de luz no more, arcoiris en el espejo vuelto un ano negro sangrando tragándome, ¿dónde putas quedó mi cuerpo? Una sombra arrastra este saco de carne, y me muevo nomás por no deshacerme en mis pensamientos. Me va a dar un derrame cerebral de tanto pensar lo mismo, pensamientos culpa, hechos piedras que no ruedan. Como por comer, y sonrío como fotografía de muerto, suplicando por el perdón de los otros.

Sinceridad, Saṃsāra, ¿para qué putas me mientes? No me des placer si me vas a cobrar con más dolor. No me tientes, puta.

Cada vez que voy tras de mí jurando que seré mejor de la que soy, brindo a tu salud, Saṃsārita. Y pienso que esta vez voy a ganar yo, que entonces algo va a suceder como un acto de magia y saldré de la noche siendo otra. Y me iré lejos, y tú no me terminarás llevando de regreso a ninguna parte.

Y te digo: andi puta, salud. Ora estúpida, salud. Tómala idiota, salud. Chingas a tu madre naturaleza humana, salud. Vete a la verga, condición cíclica, salud. Y caí, qué te puedo decir que no sea otro lugar común y corriente. Como Alicia en pleno placer, queriendo la caída eterna, esta ilusa sensación de ser ligera, de pluma de pájaro alcanzando el suelo, y juego, volviéndome lluvia ,y no piedra dentro de un pozo. Quiero moverme, y torpe me rompo, tan pesada, me dejo de mover hasta que el día vuelve agua al espacio, se estanca y apesta. Veo hacia arriba, mientras más me hundo y me quedo en el no puedo. Llévame de regreso, Saṃsārita. Perdona si creí que lo imposible se cambiaba con mi deseo. Una amiga gira la cuerda amarrada a una cubeta, y yo piedra entro a la balsa que me salva, ella me saca y me deja al sol, y me recomienda que no haga nada.

Ya es otro día, y seguirán los días y me olvidaré de ti y de tus giros, como un puto one night stand, porque esto de circular por el mismo carril me lleva hasta a mí todos los días, ¿cómo hago otro camino? Te seré sincera, por primera vez te diré que aquí estoy porque quiero, porque aguanto, sé que hasta te volveré a decir: play it again, Saṃsāra.

el abecé de mi voz

abecedé-color
imágenes por @barretobaldas

 

“Lo único que existe son palabras inexactas para designar algo exactamente.”
—Just Deleuze it

 

¿Por qué hablamos horrores de un final que no conocemos? ¿Por qué hacer de la locura una turbación? ¿Por qué los adultos no elogiamos la belleza de volvernos viejos? ¿No estamos hasta la madre de ser esclavos de las tragedias instauradas por el miedo a las dioses dictadores de una realidad de mierda? ¿No odiamos la ignorancia hacia nosotros mismos?

Anteriormente mi imaginación me llevaba a ser la víctima de una definición de “locura” que me había adjudicado, se trataba de un discurso autodestructivo, hasta que una yo, otra (myself), parte de esa misma imaginación, años después vino a rescatarme y me dijo que no era necesario:

Porque así es como hubiese terminado siendo una loca para siempre, no porque lo sea, sino porque así nos nombran y nos hemos autonombrado, en una suave y sutil ignorancia de nosotras mismas, con tal de pertenecer a los otros (de la manera que sea).

Por miedo a entregarnos a una versión distinta —que desconocemos— a esa esencia de estar vivas.

Por no saber nuestro nombre aceptamos el que nos dan, sumisas ante el sistema que “todo lo sabe” y sin embargo: nada, pues, ¿quién puede sentir paz en medio de una realidad caótica que llaman normalidad?

Interrumpiendo a mi inconsciente que se adelanta y toma la pluma, monopolizando el micrófono del karaoke de mi alma, le dije espérame tantito que sigue la nueva yo, a la que sí se le entiende:

Hay tantas cosas por descubrir, tan poca paciencia para hacerlo. El fantasma del tiempo es uno de los principales antagonistas de la belleza y su fragilidad, por eso es que “es horrible volverse viejo”, “es horrible la muerte” y también “estar loca”, aunque nuestra locura sea la vida en bruto —¿Quién es el cuerdo, bruto? Te pregunto— ¿El zombi que ha cercenado su potencia de vida hasta hacer de sí una automatizada forma? ¿Esa que responde al control social y a las necesidades del mercado del miedo? No me convence, porque en el silencio se escucha el grito de sus ojos que dice sálvenme quien sea.

A lo que voy es desde hace años estoy en una exploración de lo que alguna vez se supone era la locura, mi locura. Primero descubrí que se trataba de un mecanismo de defensa inconscientemente desarrollado, el cual evidenciaba a un alma atormentada materializándose en el cuerpo y en la mente, porque la imaginación y el poco conocimiento de mí misma me llevaba a ello. Es cuando te la crees, pues, cuando te dicen loca y dices pues sí, y luego hasta te autonombras: soy una loca. (“Ajá, muy bien, qué hueva”, contesta mi otra yo.)

Como cualquier ser humano he sentido una variedad de emociones, pero a diferencia de muchos, he dejado que hagan conmigo lo que quieran, pues creo que eso es estar viva. Sólo que el discurso que las definía era que no había de otra, con dicha sensibilidad y con la disposición de quererlo-sentir-todo y dejarme zangolotear por ello, mi destino era trágico y no había cómo escaparlo. Dejé que la angustia, la desesperación, la tristeza, la euforia o el odio me llevaran a desencadenar reacciones que significaban la destrucción y la realidad de mí misma. Pues creí que sí, que eso era lo que tenía que ser y así había de caminar todo el tiempo. Hasta que gracias a diversas lecturas (que entiendo pero no crean que entiendo) sentí que no necesariamente. Por fin.

El abecedé en una redefinición. He conocido que una misma palabra puede tener diversos significados, así decidí que la locura no era esa de la tragedia sino la única posibilidad de sobrevivir al sistema dictador que desea la destrucción del alma. Si alguna vez me habían etiquetado de bipolar, borderline, esquizofrénica o histérica, y leía los síntomas de dichas “enfermedades mentales”, mi imaginación sólo lograba dejarse caer hacia dichas reacciones provocando “una enfermedad aún más crónica”. Pero luego, jugando, viendo que “sobrevivía a dichas enfermedades”, fui encontrando otras definiciones para liberarme, usando las palabras a mi favor y no en mi contra. Y dije ok sí, si lo que tengo es es-qui-zo-fre-nia, pues la llamaré esquizofrenia aplicada, y me pondré a escuchar todas las voces de mi yo hasta que descubra aquella que me lleve a dirigir al resto (de mis yo’s). Y me encontró. La voz de una mujer que también soy yo, que logra limpiar el discurso de la tragedia, deshaciéndose de la locura destructora, dibujando una realidad y existencia medianamente posible. Una voz que tampoco es la del autómata que repite los axiomas estipulados por el control social: tengo que trabajar-voy a ponerme a dieta-es saludable hacer ejercicio-no hay que pensar mucho-hay que buscar la felicidad-y se compra con dinero: todas estas frases que también terminan apagando al alma (pero silenciosamente), y no logran ni verla (al alma).

También somos muchos los otros, los que nos negamos a perecer dentro de las celdas de no-hay-de-otra (más que ser parte de la masa que no se cuestiona), nos dicen enfermos y nos la creemos, hasta que te abres todavía más hacia la imaginación, y justo después de la nada, ahí cuando por fin vas saliendo del territorio de lo que no es: hay algo. Tu imaginación reivindicada.

Crear tu propio abecedario. Definir la palabra muerte, la palabra vejez, la palabra amor, la palabra miedo, la palabra locura, la palabra vida, la palabra amistad, la palabra amor (ya sé, estoy repitiendo, pero amor es la palabra que pudiera redefinirse en todo momento). Un diccionario que define(s) tu alma, que no permite al Hitler de los discursos preconcebidos decidir de lo que se habla con se trata de lo que estás experimentando.

Sí, todos los seres humanos somos iguales, sentimos las mismas pasiones, pero para sobrevivir a tales emociones y llegar a la vida-vida, no muertos en vida ni deseando la muerte, pudiéramos crear un diccionario de nuestra realidad: cuestionar, buscar, explorar, leer, andar entre las líneas de nuestra locura versus la locura de la que se habla, entre las líneas de nuestra angustia versus las expresiones sobre la angustia, entre las sombras de nuestro miedo versus el miedo del que se escribe, ¿una conclusión? ¿una síntesis? ¿una reelaboración? Llegar al puto y maldito autoconocimiento, reconociendo  y tomando de la realidad sólo lo necesario, de las teorías de los maestros del pensamiento (de los filósofos y autores que viven buscando redefinir TODA la realidad a favor de la humanidad) para nuestra liberación y nuestro conocimiento y con ello LA LIBERACIÓN Y EL CONOCIMIENTO DE TODOS.

Nota 1. La idea de crear mi propio abecedario deviene de haber “terminado” de leer Diálogos (Editorial Pre-Textos) de Gilles Deleuze y Claire Parnet, y pongo entre comillas que lo finalicé pues es un texto que no he de terminar de leer nunca. El libro me fue sugerido por Sonia, una de las mujeres más sabias que he conocido.

Nota 2. Gracias al Toro, quien fue el que tomó la fotos del abecedario con mi cuerpo; por su tiempo, caridad y habilidad. También a Jessica Sevilla porque por ella conocí la www de donde surgió la idea.

Nota 3. Creo que este texto está dedicado a una persona pero todavía no me animo a escribir su nombre.

Cecy y mi primer trabajo

Mi primer trabajo fue en una cafetería en Monterrey, tenía 19 años y era mesera mientras estudiaba la carrera de comunicación. El lugar, que-ahorita-no-recuerdo-su-nombre, era un negocio familiar donde los dueños eran una pareja de regiomontanos de unos 60 años que tenían un hijo de unos 30, que era fan del equipo de fútbol Tigres de esa ciudad.

El café se mantenía solo, su popularidad residía en lo acogedor del ambiente, el lugar estaba contiguo a la casa de esa familia, un patio lleno de plantas entre paredes de madera; no se notaba que era parte de la casa, pero lo era. Las mesas casi siempre estaban llenas lo cual dejaba poco tiempo para que las empleadas pudiéramos platicar, aún así nos las arreglábamos y entre órdenes nos relatábamos todos los detalles de nuestras jóvenes vidas amorosas. En aquel entonces yo no tomaba café y nunca supe si el café estaba rico. Las malteadas eran muy populares pero me decepcionó haber visto la sustitución de la nieve por el uso de un polvo, como en el sistema Starbucks, pero en aquel entonces no había aparecido Starbucks todavía. El café te llevaba a sentirte parte de una ciudad que había sido pequeña no hace mucho tiempo, un rincón en el cual podías refugiarte. Un par de clientes siempre pedían lo mismo, con la cabeza me hacían una señal: un café con miel de abeja para el motociclista, un té de hierbabuena y un bagel con queso crema y salmón para el viejito.

Se podía decir que yo no necesitaba trabajar, pero quería vivir otra realidad que la de sólo ser estudiante en una ciudad desconocida. Acudía a una escuela fresísima en donde nunca me sentí parte de ningún grupo de amigos o amigas aunque anduve rondando por varios. En la tele de la casa de asistencia donde vivía veíamos la serie norteamericana de Friends, y pensaba que tenía un trabajo como el del personaje de Rachel.

Lo más importante de esta experiencia fue haber conocido a Cecy, era cinco años menor que yo, nunca más la he vuelto a ver ni he sabido de ella, ni con la existencia de facebook. Era la más rápida para preparar los pedidos, y cuando recién había ingresado a trabajar ahí le caía gorda. Cecy vivía en una colonia sin pavimentación en una de las delegaciones a las orillas de la ciudad, tenía un segundo trabajo en donde limpiaba la oficina y casa de un arquitecto gay, me platicó que el arquitecto dejaba olvidadas las bachas de mariguana y tirados condones en el piso. Nos resultaba un personaje exótico al que nunca conocí en persona pero de quien presentíamos cierta soledad y mucho éxito.

La familia de Cecy vivía en una situación de verdadera pobreza. La mamá los había sacado adelante trabajando en lo que fuera (lavando ropa o haciendo la limpieza de hogares), después tuvo una relación con un hombre que les quemó la casa por loco y borracho, se mudaron a una construcción en obra negra. Conocí esa casa en el cumpleaños de Cecy, era de dos pisos, pero el segundo no estaba terminado. Subimos al techo, o al “segundo piso”, a escuchar música desde una grabadora y a bailar. Destellaban con claridad las estrellas en el cielo, no había luna. Cecy era muy delgadita pero nalgona, muy morena, de labios carnosos, ojos pequeños y muy juntos, pelo negro brilloso. La recuerdo sonriendo frente a la luz de las velas del pastel que su mamá le había comprado. Tuve que quedarme a dormir porque ya era muy tarde y no había posibilidad de conseguirme un taxi. Me acosté junto a todos los hermanos y hermanas, éramos ocho durmiendo en la misma cama, a mi lado estaba Cecy y después sus seis hermanos y hermanas de todas las edades, escuchaba la respiración entre los sonidos de un cooler que aventaba aire con brisa, que según yo dejaba el ambiente más sofocado que fresco. Después de varias horas de estarlo intentando me levanté porque no podía dormir. Salí del cuarto para asomarme por las escaleras de concreto al pedazo de cielo que desde el pasillo se veía. Sin querer levanté a la mamá y a su novio taxista que dormían en un sillón frente a las escaleras. Me hice como que no los había visto, volví a la cama, me acosté y finalmente me quedé dormida.

Mi primer trabajo fue haber conocido una realidad tan distinta a la mía, y luego darme cuenta que hay personas que llegan a ser tan importantes en tu vida para después no tener noticias de ellas nunca más.

devenir o destino

El desierto crecía, pero crecía poblándose cada vez más.
– Deleuze

 

Estamos en medio, siempre en medio, entre el destino social y el devenir individual. Entre el sentido social e individual. Entre lo que murmura el inconsciente colectivo que hacemos consciente, y a lo que nos aferramos como no: ¿Quién soy? ¿Quién me niego a ser? Quien termino siendo y no puedo parar de ser.

El recomienzo parece un método para darle continuidad a la libertad. Sonrío pero ya no estoy sonriendo. Soy mientras dejo de ser. Comienzo a llorar para comprobar que hay algo que brota pero me detengo. El sufrimiento no existe. El existencialismo está a nuestro favor y no en contra. El cuestionamiento y la negación también. Incluso el capitalismo, tener para dejar de tener. Asegurar para dudar, y dudar para llegar a la certidumbre. Soy en lo que más desconozco. El misterio me envuelve y me despoja de él y me entrega una nueva yo, mucho gusto.

Sísifo no sufre, solo está siendo, en la constante transformación, en el no ser. Sube hasta la montaña y cuando tiene que volver no está derrotado, es un nuevo Sísifo; se va reconociendo.

El cuerpo no es el cuerpo, el cuerpo es la mente y la mente es el Cosmos. Si callamos los murmullos del inconsciente colectivo, llegamos hasta el silencio y la música, el arte, y la la creación del Universo que estamos formando. Nada está hecho. No hay comienzo ni fin. Mi vida no inició conmigo, y tampoco sucedió desde mis antepasados,  la vida son todas las vidas y están existiendo, encontrándose, transfigurándose; no existe la muerte, no existe el tiempo.

soy mujer pero dejo de serlo

soy hija pero dejo de serlo

soy originaria del norte pero no tengo origen

soy inestable hasta el equilibrio

soy dependiente de mi independencia

La Tierra es el Cielo. Todo lo posible y lo que surge de nuestra imaginación (lo imposible) nos arraiga: nuestros pies echan raíces sobre el suelo, y nuestra imaginación en el cielo.

estoy viviendo en el 2017 o en el 1917, y es como será en el 3017

estoy loca y cuerda

estoy en una intersección todo el tiempo, en el gran asterisco de la transición a punto de no ser yo pero siendo, siendo yo pero dejando a un lado la que soy

Las ilusiones ocupan la realidad, y la realidad revienta las ilusiones. Al nombrar la realidad se vuelve ilusión, al callarla se asienta como realidad. Mostrar para enfrentar y para romper. A veces es estallar y no solo estar. Muy bien. Listo. He comprobado que esto no existe que yo no soy yo que esto tampoco lo quiero que en esto no creo; aquí está la ligereza y la pesadez en un suspiro, en un cuerpo. En el pleno desencuentro de mí misma llegando al todo, digo esto también puedo llamarlo vida, también, y si después no es, no es. Es belleza, y es terrible y es miedo, es muerte y es azul, es soledad, es espera (sin esperanza). Es verdad, hasta que deja de serlo.

Acumulo palabras y pedazos de espejos rotos. El tiempo de los otros me fragmenta, pero busco usarlo a mi favor, también los deseos, los míos y de los otros, me pulverizan. Soy un pedazo de espejo roto, o una gota de agua cayendo.

A veces se me antoja morirme, así, como un antojo, luego se me quita. A veces me urge morir, pero también la urgencia se disipa. Entonces ya no es un antojo o un cóctel, ya no es una puerta de entrada o de salida. Es ella, la muerte, es ella, soy yo. Me acerco a la muerte-yo para conversar, para sentir, para acariciarla y sentarme de frente para discutir, hablamos de todo. Últimamente sobre el devenir, en donde dice que ella también ahí está, va abriéndose paso, porque no es la muerte total la que nos da, no así como la conocemos, no es la muerte que el inconsciente colectivo nos ha susurrado como el gran final, porque esa ni siquiera existe, o al menos es lo que la muerte-ella me ha confesado. Estamos hechos de pequeñas muertes, de decisiones que no tomamos, de lo que soltamos para aferrarnos a otro yo, y también sís, de yos que se duermen pensando en no, y despiertan en sí, Lucía deviniendo en Lucía-muerta, Lucía deviniendo en Lucía-viva. Así que mi destino son múltiples devenires, y no un destino, puede ser, le digo a la muerte-ella, de pronto tiene sentido.

cuarto

¿por qué no hiciste nada? ¿por qué lo hiciste tú?

Las siguientes son una serie de anécdotas y textos, que me hicieron llegar tres mujeres, y a quienes les agradezco la confianza, y sobre todo, el riesgo. No todas las mujeres se animan a hablar del acoso que han vivido, la mayoría no quiere recordar ¿Para qué van a revivir instantes en los cuales fueron vulnerables y lastimadas? Sí, ¿para qué? Pero entonces ¿Cómo cambiará el contexto para que sus hijas, nietas y otras mujeres puedan vivir más libres? Las que deciden transformar el presente se van a sentir incómodas, van a ser criticadas, les va a doler, tal vez más que a las demás, pero no solo estarán haciendo algo por ellas mismas y por su alrededor, sino también por las generaciones que vienen. Por eso gracias a estas mujeres, que decidieron alzar la voz para contar un poco de una realidad tan incómoda como indiferente, tan frustrante como frecuente, tan triste como real.

“Cuando tenía 18 años, formé parte de varios grupos religiosos, y me fui de misiones. En una de ellas, el sacerdote responsable de nuestro equipo de jóvenes durmió con nosotros, éramos doce en el cuarto, pero se acostó a mi lado. A media noche sentí que empezó a tocarme la espalda y el pelo. Recuerdo que me quedé inmóvil y asustada. Como no dije nada, empezó a hablarme y a decirme que no pasaba nada, quería que compartiéramos el sleeping bag. Me tapé con la bolsa de dormir hasta la cabeza aunque hacía calor, aún habiéndome tapado, el sacerdote siguió insistiendo, hasta que se cansó. Me quedé congelada y me dio coraje no haber reaccionado en ese momento, todavía me da coraje, pero cuando lo recuerdo, pienso que entré en un estado de shock en donde no sabía qué hacer. Al volver a Monterrey, les hablé a mis papás sobre el incidente, y me apoyaron para denunciarlo ante las autoridades eclesiásticas correspondientes. Me acompañó mi mamá, denunciamos, y al denunciar yo, también lo hicieron otras tres chavas (por el comportamiento de ese padre). Las autoridades de la iglesia dijeron que se encargarían, pero lo único que hicieron fue moverlo de parroquia. Solo eso. Diez años después lo vi en la Universidad en la que hice mis estudios, cuando cruzamos miradas me acuerdo que me puse pálida, me dio mucho coraje porque lo único que pude hacer fue quedarme como piedra. Soy católica y no dejaré de serlo por esto que me pasó, pero algo en mí cambió y desde entonces estoy más alerta en cualquier situación.

También estando en la Universidad, en uno de esos viajes que haces con amigos, terminamos compartiendo la habitación dos amigas, un amigo y yo. A la mitad de la noche me despertó un sonido, el amigo se estaba masturbando junto a nosotras. No me vio, así que me hice la dormida y nunca hablamos del tema.

Cuando fui a París, en medio la plaza me metieron la mano entre las piernas y me tocaron la vagina, volteé asustada, se rieron y salieron corriendo.

Al estar escribiendo todo esto me dan ganas de llorar de coraje, de impotencia, sabiéndome incapaz de reaccionar ante estos ataques.”

–Mujer regiomontana, 33 años

El texto que sigue es una carta que le hace una mamá a su hija. Ahora que es mamá esta joven piensa que lo que menos quiere es que se repitan los sucesos por los que ella pasó y la lastimaron, en especial cuando a sus diez años la tocó un hombre sin que ella lo quisiera.

Querida bebé,

 Ahora que naciste he pensando mucho en lo que me pasó a mí mientras crecía, porque desde que llegaste he sentido una gran responsabilidad, quiero que tengas una vida mejor que la mía, que sufras menos, quiero llenarte de amor y protegerte, eres tan chiquita, estás muy viva y hermosa.

Por lo que te escribo, para que no te sorprendan las personas, que sin saber por qué, lastiman a otras personas. Espero nunca te pase, espero de verdad siempre estar ahí para evitar cualquier acercamiento que te haga sentir incómoda, pero de todos modos te voy a contar porque cuando te llega un ataque como este, de verdad que ni lo esperas y ni te lo imaginas.

Cuando yo tenía diez años, me senté a ver la televisión e invité al hombre que estaba ahí a sentarse y verla también, me quedé dormida, lo que me despertó fue sentir que me estaba tocando el cuerpo, su mano pasaba por encima de la ropa, después se fue por debajo de la ropa y de mi corpiño. En aquel entonces usaba corpiño. Me acuerdo que me quedé sin respirar, que dejé de sentir. Me quedé paralizada. Esos minutos se me hicieron eternos. Hice un movimiento y él dejó de tocarme, lo sentí asustado, pero me volví a quedar inmóvil así que su mano pasó por mi vagina y luego por mis nalgas. El hombre se dio cuenta de lo que estaba haciendo y de que yo me estaba dando cuenta, así que dejó de tocarme y por fin salió del cuarto.

Me costó trabajo volver a respirar y pensar en mi cuerpo, me dejó tan confundida. Sentí que mi inocencia se acabó ahí, que mi corazón se corrompió, que mi cuerpo se apagó, y mis manos se volvieron frías y dejaron de ser mías. Fue tan extraño, como si estuviera estado soñando, o tal vez yo quería que hubiera sido un sueño, pero fue real, no sabía ni cómo moverme. Cuando salí del cuarto le dije a mi mamá y no hizo nada. Me dijo que me fuera a dormir que después lo platicábamos. Desde ese momento dejé de sentir todo. Dejé de sentir y sigo sin poder sentir. Todo lo que yo era se fue hacia al fondo. Dejé de sentir. Sin darme cuenta comencé a deprimirme y me perdí. Después mi mamá quiso que me comportara como si nada con ese hombre, como si nunca hubiera pasado, como si yo pudiera hacer eso. Me quedé tan triste.

Pero cuando tú llegaste volví a sentir. No quiero sentir miedo ni que nada te pase. Voy hacer todo lo posible por estar alerta para cuidarte, pero quiero decirte que si en algún momento te sientes extraña, invadida, y sabes que una persona está haciendo algo en contra de lo que sientes, grita, corre, defiéndete, llámame. Si me pasó a mí, te puede pasar a ti, aunque yo haré todo lo posible porque no te suceda.

 Te quiero mucho,

Tu mamá

–Joven mexicalense de 27 años que le escribe a su bebé de dos meses

Y finalmente dos anécdotas de otra mujer.

“Yo tuve que aprender a defenderme y contestar los albures de los albañiles, me costó muchos tropiezos y burlas, porque tenía 23 años y andaba en el camión de redilas con trabajadores de la construcción.

Después cuando estuve embarazada de Abril (mi primera hija), tuve que acudir al IMSS porque me lo pidieron en el trabajo, me acuerdo que desde que llegué el médico me observó de pies a cabeza, y me dijo que si iba como todas las “fresitas reinis” a llenar el requisito, le contesté que “si fuera fresa-reini no tendría que estar trabajando”. Después me ordenó “trépate a la mesa”. Le pregunté que si tenía un banquito o un escalón porque no podía subirme en mi estado”, él me respondió “¿cuál estado? ¿Baja California?”. Me acercó una silla y me dijo “ahora sí, trépate”. Ya estando en la mesa, me dijo que le enseñara la panza para que me la midiera. Me descubrí, sentí que me vio raro, y después me la comenzó a aplastar horrible. Lloré, le quité la mano y le dije “me está lastimando”, quitó su mano de rebote y cayó en mi pubis alcanzándome a tocar. Me bajé de la mesa de un brinco, indignada, llorando, entre muda y encabronada. Me preguntó que si a dónde iba, que no habíamos terminado, que qué delicadita. No me salía la voz. Como cuando en tus sueños no te responden las piernas o no te sale la voz. Le dije que yo ya había terminado. Me fui pero antes vi su nombre en el escritorio. Recuerdo que fui directo a casa de mis papás a desahogarme. Me había dejado moretones en la panza. Redacté una carta describiendo lo ocurrido y la presenté en la delegación. No obtuve respuesta. Fui a preguntar por el seguimiento y hasta dos meses después me respondió el delegado de entonces (2001), diciéndome que habían leído mi queja y visto mis fotografías, pero que no podían hacer nada más que ofrecerme una disculpa, y que entendían que por mi estado quizás me sentía más perturbada y sensible. No pasó nada, no hicieron nada, pero logré decirles lo que había pasado.”

—Mujer mexicalense, 40 años

¿Por qué no hiciste nada? Es la pregunta que todo mundo le hace a las mujeres que hemos pasado por una situación así. Nosotras también nos quedamos pensando en eso, cuando todo el incidente ha pasado, y cada vez que lo recordamos y lo volvemos a recordar, pensamos pero ¿Por qué no hice nada? A la única respuesta a la que llego es que NUNCA PENSAMOS QUE ALGO NOS IBA A PASAR, y segundo, ¿Qué fue lo que pasó? Para cuando te estás dando cuenta que estás siendo acosada, ya está terminando todo, y tú solo estás conectando los hechos. Y, finalmente, nuestra cultura nos ha dicho que eso pasa y ya. “Pues porque así fue, porque así son los hombres, porque así es y ni modo, no podemos hacer nada, mejor olvidarlo aunque no se nos olvide nunca, negar que pasó aunque nos lo recuerde cualquier otro acoso, si sigue pasando ni modo, a cualquiera le pasa, no va a dejar de pasar. Que flojera que sepan que yo pasé por eso, no quiero que me tengan lástima, no quiero aceptar que he sido humillada, van a pensar que estoy inventando, que estoy exagerando cuando digo que me han tocado cuando no quise que me tocaran, que se me han masturbado enfrente de mí cuando no tenían por qué hacerlo, que han pensado en violarme, me lo hacen sentir a cada rato, me quieren usar para deshacerse de su instinto sexual, con tal de desahogarse o sentirse más fuertes… o yo qué sé”, NINGUNA LO SABEMOS ¿Por qué lo hacen ustedes, hombres? Antes de preguntarnos por qué no hacemos nada, habría que preguntarles a los hombres ¿Por qué acosan a una mujer? El acoso sexual tiene que ver con los instintos más primitivos, con la búsqueda de satisfacción por medio de un poder que se ejerce a la fuerza y sin miedo a hacerlo. ¿Y si le pasa a sus hijas, a sus hermanas, a su esposa, a su novia, o a su mamá? ¿No importa? ¿También ellas se lo han inventado?

Si no fuera por las mujeres que hablan, esta realidad se mantendría invisible. En un tema como este, considerado un tabú social, primero se debe expresar que esto sucede, para entonces crear consciencia, para entonces tomar acciones y medidas al respecto, para entonces crear un cambio, un cambio constante que mantenga conscientes a hombres y mujeres, que le dan fuerza a las mujeres para defenderse y HACER ALGO, para sentirse seguras en un mundo de hombres, con reglas de hombres, con beneficios para los hombres, con explicaciones de hombres, con cultura de hombres, con las necesidades de hombres, con satisfacciones de hombres; con miedo, poder, deseos e instintos que puede ser libres para los hombres pero no para las mujeres. Antes de preguntar por qué no hicimos nada, habría que preguntarle al hombre y por qué lo hiciste tú.

el (maldito) poder del acoso sexual

“De día, mi pensamiento se fatiga en meditaciones extrañas, mientras mis ojos vagan al azar por el espacio, y de noche no puedo conciliar el sueño. ¿En qué momento debo entonces dormir?”
Lautréamont

 

Fue hace un año y medio cuando todavía me encontraba en la Ciudad de México trabajando y viviendo, todavía se llamaba DF. A las tres de la mañana me lancé al Sanatorio Durango en la colonia Roma, llevaba dos días con insomnio. Llevaba meses mal, dormía un día sí, otro no. Creo que nunca había estado tan mal. Pensaba obsesiva y cíclicamente en todo hasta vaciarme de sentido. También pensaba mucho en el suicidio. Todo sucedía de manera pasivamente agresiva, porque pasaba en mi cabeza y no en la realidad.

En aquel entonces estaba intentando hacer todo lo que quería hacer. Trabajaba, iba al gimnasio, me cocinaba, leía y estaba escribiendo un texto que me hacía sentir mucho, de más. El texto se trataba de una descripción de las sensaciones provocadas por el deseo sexual que te llevan al desasosiego, con un tono tipo Cantos de Maldoror. Con la exploración brotaban escenarios y emociones que me dejaban vacía y mareada, pero no quise parar hasta terminarlo. En la agencia en la que estaba trabajando me sentía muy confundida con mis tareas, además, no podía ser yo con mi jefe, disimulaba ser otra persona. Me sentía muy autopresionada. Quería seguir viviendo en la Ciudad de México porque eso había estado intentando desde hace seis años, pero el sueldo, la soledad y la falta de disciplina me llevaban a zigzaguear entre las decisión de “vivir al máximo” o en el encierro. Hasta ahora tengo un poco claro que eso estaba pasando.

Así que adentrándome a lo que parecía una segunda noche consecutiva de insomnio, cuando el reloj marcaba las tres de la mañana, después de haber efectuado los artilugios para conciliar el sueño: irme al sillón de la sala, quitarle la batería al reloj, poner un audio con música de relajación, meditar y volverme a acostar, enviar mensajes a una amiga y otra, hablarme a mi mamá (no obtuve respuesta de nadie), finalmente pedí un uber y llegué al Sanatorio Durango, que era el hospital al que había recurrido meses antes para que me dieran unas puntadas en la rodilla porque una bici se estrelló con la mía cuando volvía del Centro.

Pasa que cuando estás en ese estado, entre nervioso por la hipersensibilidad y muerto por la falta de energía, ves la realidad distorsionada, fluctúas de un extremo emocional a otro aunque estés parada en un mismo punto sin hacer nada y tienes el semblante gris. Creía que quien estuviera enfrente de mí se daría cuenta, pero después reconocí que nadie estaba sintiendo nada de lo que yo sentía. Así que solo contestaba con monosílabos a la mujer que tomaba mis datos para que pudiera pasar con el doctor. Cuando el médico salió a preguntarme qué me pasaba, le dije que era mi segunda noche seguida de insomnio, que me sentía muy mal, que mi cabeza no paraba, que tenía ganas de morirme con tal de dormir. No estaba exagerando. No me acuerdo qué me dijo pero volvió a su consultorio. La señorita que escribía mi nombre, mi edad, y toda esa información, era una mujer similar a cualquier objeto sobre su escritorio, indiferente, tenía sobrepeso, una botella de coca cola a medio tomar y pensé que posiblemente también dormía poco.

Cuando entré al consultorio, el doctor me pasó al cuarto donde estaba la camilla para revisarme, ambos espacios se conectaban por una puerta que mantuvo abierta. Me checó las pupilas, la presión, me hizo algunas preguntas, después me explicó que me daría algo para que durmiera, le dije que lo que quería era una pastilla o una receta para que pudiera comprarlas, me dijo que la receta me la daría después pero por como me veía necesitaba inyectarme. “¿Inyectarme?”. Me explicó que era lo mejor por como me veía. Se fue hacia el cuarto contiguo donde estaba el escritorio y una computadora, le habló por teléfono a la enfermera para pedirle la inyección (mientras escribo esta parte mi estómago es un pozole podrido hirviendo). Me quedé acostada, viendo hacia la luz blanca, con el cuerpo inmóvil y en completo silencio. Pero no dejaba de pensar. Después empecé a escuchar un sonido, era el único sonido del lugar, intenté imaginar qué era, era como si alguien estuviera tallando algo, el sonido tomó toda mi atención, sacándome de mis pensamientos. Pasaron unos minutos, me levanté rápido pero hice ruido con el movimiento, me acerqué a la puerta y caché al doctor acomodándose algo entre las piernas, debajo del escritorio. Se tardó en acomodarse y después subió las manos, me acerqué más, buscó el mouse con la mano derecha y dio varios clics. Se estaba masturbando, podría asegurarlo. Volví en mí y le dije que no quería la inyección. No pude enfrentarlo ni decirle que me había dado cuenta de lo que estaba haciendo. Mi mente me insistía que yo no había visto nada entonces no podía decírselo. Pero la inyección, pensaba otra parte de mí. ¿Por qué me está queriendo dar una inyección? Le dije que no me gustaban las agujas (era mentira, pero, ¿por qué lo estaba protegiendo?). Cuando la enfermera entró, el doctor le canceló la inyección y ella salió del cuarto. Le pedí mi receta y aguanté el resto del protocolo sin decir nada: pasé otra vez con la señora cero empatía, fui hacia la caja a pagar, y solo ahí, en una lista en donde debía firmar mi nombre a un costado del nombre del doctor, escribí “es un enfermo”. En ese momento no pude decirle nada a nadie. Sentí que todas las enfermeras y el personal de ese hospital sabían lo que él hacía, que era un ritual al que estaba acostumbrados y que lo ayudaban a prepararlo. Pagué la maldita consulta, esperé como unos 15 eternos minutos para que me entregaran mi identificación y salí del hospital. Pasé a la farmacia, mi mamá me llamó pero no le dije nada, le colgué porque estaba con el farmacéutico (o eso fue lo me dije a mí solita), cuando vi la receta me di cuenta que me había prescrito valeriana. ¿Valeriana? Para eso no se necesita receta. Primero el doctor había querido inyectarme una solución para dormirme y después terminó por recetarme valeriana. No tenía sentido. Esa noche no dormí. Al día siguiente tenía junta en Santa Fe y cuando mi jefe me preguntó que si qué me había pasado, pues mis ojos estaban notablemente hinchados, le dije que nada.

Guardé la receta porque venía el nombre del doctor, hasta me había anotado su celular. A los días de haber pasado por el incidente le dije al Zorro, un amigo de Tijuana, que me ayudara, quería planear una “cita” para ver si lograba grabar algo para que le quitaran la cédula al doctor, necesitaba pruebas, pero seguía muy mal y no tuve la fuerza para hacerlo. A las semanas dejé la Ciudad de México, tiré la receta y logré “olvidarme” del suceso hasta que leí la historia de Violeta.

Es muy difícil escribir este tipo de anécdotas, primero porque no quieres aceptar que te pasó, segundo porque no quieres aceptar que hay personas, como el doctor, que se supone que te van a ayudar y son quienes se aprovechan de la vulnerabilidad, y luego porque no quieres que los demás se enteren, porque te van a hacer dudar sobre si tú fuiste la exagerada, porque no quieres decir nada cuando “no te pasó nada”. Como si solo en caso de violación pudieras comprobar que sí te sucedió algo y entonces tuvieras el derecho de hablar sobre ello. También te culpas, porque piensas soy yo la que me estoy haciendo esto, me lo merezco. En mi caso me culpaba por querer hacer todo lo que estaba haciendo sin poder con ello.

Pero aquí estoy escribiéndolo, con el afán de decirle a la persona que se haya sentido en riesgo, que el poder acoso sexual es muy fuerte, sobre todo cuando quien lo ejerce está en su territorio y reconoce que hay una persona vulnerable que fácilmente puede caer bajo su dominio, quien probablemente no tendrá las fuerzas para dar marcha atrás.

Saber de las situaciones de otras mujeres, de todas las personas que lo han sufrido, te ayuda a aceptar las señales para evitarlo, y las señales son más bien lo que sientes cuando, sin darte cuenta, te estás adentrando a la boca del lobo.

¿a quién quieres engañar?

 Para ti, a quien nunca más quiero engañar.
-Serie El engaño

 

 

¿A quién quiero engañar? A mí, a nadie más que a mí. Las palabras deberían liberarlo todo. Cuando digo me desahogué, es porque he dicho todo lo que tenía que decir. ¿A quién quiero engañar? A mí, por supuesto que a mí. Comencé a escribir desde que tenía doce o trece años, recuerdo que fue cuando mi mamá me regaló un cuaderno, el primero que no tenía una portada de Libreta Universitaria o Scribe, no tenía márgenes, ni era de cuadros grandes o rayas, no me hacía pensar en las tareas de mate ni en los apuntes de ninguna materia. Las hojas eran suaves y gruesas, y yo podía hacer lo que quisiera con él. Lo pude haber usado para dibujar, y a veces lo hacía, pero lo usé para escribir, para escribirme, comencé un diario hasta terminar de ocupar todas sus hojas. Los siguientes que vinieron, porque mi mamá se dio cuenta que mi intensidad se volvió tinta, también me los regaló ella, todavía guardo dos grandototes que me compró en Marshalls (la tienda gringa para chacharear en dólares), esos cuadernos venían envueltos en un plástico, sus portadas eran gruesas y llevaban un diseño que aludía a la cultura francesa. También esos dos me los acabé rápido pues podía escribirlo todo, a veces con culpa porque sido educada en escuela de monjas, así que no debía sentir emociones que me llegaban, pero las sentía y las registraba porque creía que era lo que tenía que hacer para liberarlas. Describía las peleas de mis papás, hablaba de mis amigas, de todos los niños que me gustaban, de mis sueños, también cuando odiaba a mi mamá, las peleas con mi hermano, todo lo que no entendía, mis ataques compulsivos, mi frustración por no haberme arriesgado a dedicar al baile. ¿A quién quería engañar? A mí, solo a mí.

En mi casa mi papá había sido lector. Tenía varias ediciones del Quijote, estaba un poco obsesionado con su figura, tenía también algunos libros de Carl Sagan, casi todos los de Stephen King, algunos de Ibargüengoitia, una amplia colección de Rius, y muchos otros, a los que nunca me acerqué porque vivimos juntos hasta que cumplí los dieciséis años. Lo que sí leía y repasaba eran sus revistas National Geographic, que él coleccionaba y que ingenuamente recorté para hacer algunos collages, también la Time y la Playboy. Yo no crecí siendo lectora. Llegué a leer algunos libros, pero casi por accidente, varios de Julio Verne, por ejemplo. Recuerdo que mi mamá me obligó a terminar El diario de Ana Frank, y no me gustaba. Mientras lo leía pensaba ¿por qué tengo que saber de la vida de esta niña que habla con palabras como “sostén”? Seguramente era una traducción muy española, y con ello no me daba cuenta de la historia que se estaba narrando. Hasta ahorita que intento poner en palabras lo que fue para mí el primer encuentro con las palabras han surgido todos los recuerdos anteriores. Seguido me pasa, vengo a escribir una cosa, o tengo el escrito a mi lado en un cuaderno, y en lugar de traspasarlo o de escribir sobre la idea con la que venía, termino escribiendo algo más.

Hace unos años terminé mi primera novela, cuando la escribí no sabía qué era lo que estaba haciendo, parecía que continuaba con los diarios de niña pero usando algunos artilugios que había aprendido al volverme lectora, porque me convertí en lectora, en los últimos seis años he intentado leer y no dejar de leer, me dan ganas de leerlo todo, pero todavía me cuesta trabajo. Porque se trata de una sustancia que me desborda y siento una terrible necesidad de hacer algo con lo que leo. De vivir, de gritar, de escribir, de coger, de todo. Pero no voy a engañar a nadie, siendo niña, adolescente y joven no buscaba en los libros, cuando llegué a leer “El amor en tiempos del cólera” o “Pedro Páramo”, me volaron la cabeza, pero pasaba un tiempo antes de que volviera a leer algo más. En la Universidad tuve un mayor acercamiento porque aunque me había decidido por estudiar comunicación tomé varias materias de literatura. Recuerdo que leí “El reino de este mundo”, de Carpentier y me trastornó, me hizo sentir mucho aunque no había entendido nada. Después escuché el análisis de la maestra Julieta Leo, y me dio cierta tranquilidad. Pero no sabía leer, hasta en el mismo examen que nos había hecho la maestra me dio por desarrollar un fragmento “de lo que pudo haber escrito Carpentier”, en lugar de anotar los elementos que nos pedía.

Nunca dejé de escribir, pero como no sabía leer buscaba más en la realidad, en las historias que se me presentaban mientras vivía, y en las que yo también me volvía, la mayor parte del tiempo, un personaje. Cuando conocí a varios escritores, y a muchas personas en la Ciudad de México que habían leído y crecido leyendo, me sentí amenazada, me daba miedo que descubrieran que mi realidad había sido distinta, sentía que me iban a decir que yo no podía seguir leyendo, que ni me atreviera a escribir, y que ya no era una persona digna con quien conversar. Era el rechazo de mí hacia mí. La Lucía que se había convertido en lectora rechazaba a la niña-adolescente-joven que nunca lo había sido.

Ahora me pasa que mi conciencia me dicta todo el tiempo lo que es la realidad, se adelanta y supone, se adelanta y decide, se adelanta y encasilla. Y pienso, qué buena onda que lo sé todo, pero ¿A quién quiero engañar? Otra vez, a mí, a ninguna otra persona más que a mí. Las palabras son mi herramienta para manipular aquello que me desborda o me frustra, lo que me causa tristeza o ansiedad, lo que se siente bien pero que quiero que se sienta mejor. Pero no me interesa el control, aunque pueda sedarme de la realidad. Quiero llegar a la verdad. Algo me dice que está por ahí entre todo lo que digo y entre todo lo que escribo, entre todo lo que leo, siento y vivo. Algo me dice que es la suspensión de la escritura, y de la lectura, está más allá de las palabras, que la verdad se aloja en el silencio y que de pronto se presenta y se despliega con una elegancia efímera pero infinita.

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entre la aceptación y la negación: la decepción

Toda aceptación y toda negación trae consigo una dosis de decepción. Si lo aceptas lo limitas. Es lo que es. Lo encajonas. Lo encajuelas. Te decepcionas porque ya no logró ser más, ahí se quedó (por lo pronto). Y si lo niegas le das la libertad para que sea todo aquello que puede ser. Lo cual termina en nada, una nada que te llena las manos y la voz. Con la negación te niegas. No alcanzas el entendimiento, sientes miedo, prefieres alejarte de eso que te exige. De nuevo caes en una sensación de decepción pero porque a lo que le sacas la vuelta no es solo algo que no puedes definir sino a ti mismx.

Volví a Mexicali intentando recuperarme, llevaba meses perdida y no me daba cuenta. Parecía que en la Ciudad de México trataba de ser alguien, y con ser alguien me refiero solo a sobrevivir. Se necesita decir esta soy, esto hago y de esto vivo. En mi caso me pasaba que ese alguien que era se transformaba rápidamente en lo que se le cruzaba en mi camino, habiendo una constante negación de la esencia, de esa que he sido siempre. Me entregaba a todo para ver si todo me devolvía una identidad. No sé, no soy, no hay límite, me desbordo en lo que no es ni soy pero puede ser.

Trabajando en la última agencia de redes sociales del DF, me encontré con un hombre que me atraía —nunca lo acepté, ni a mí misma— y cuando ese hombre supo que yo tenía un blog y me lo hizo saber, lo cerré. Me avergonzaba ser la que era, y lo que escribía era la prueba. Qué miedo. Primero negarme que aceptar lo que soy.

El regreso a Mexicali significó volver a los espejos familiares. Vi a mi abuela, a mi papá, a mis tías, tíos, a mi mamá, a mi hermano, a mi abuelo. Todos me eran ajenos. Pensaba que ellos no eran ellos, no podían ser ellos, eso que era su vida no era su vida. Por meses no los pude escuchar ni ver, pero tampoco podía dormir. Me acostaba sintiendo que alguien estaba en la casa, me levantaba para encontrar al intruso; asustada creía que alguien me perseguía (era yo misma pidiendo mi propia aceptación). Hasta que recurría a mi familia, a las únicas personas que tenían el mapa para volver a mí. Buscaba a mi familia para mantenerme lejos de mí y fue con ellos con los que me terminé encontrando.

Cada asesinato en México me recuerdan las ganas de morir. Cada quien tiene su relación con la muerte. Algunos la buscan, otros le huyen. Cada asesinato me recuerda el instante en el que el vacío te penetra por los ojos y vas directo hacia el infinito, pero no viajas en velero o en un avión, estás amarrado con cadenas a la cajuela de un carro que te arrastra entre las piedras a la velocidad negra de la oscuridad del vacío, llevándote hacia donde tu cuerpo se convierte en pavimento. Si de por sí vivir es un acto suicida. Vivir mientras sientes el instinto asesino de aquellos seres humanos que no saben cómo lidiar consigo mismos y entonces matan, mata un poco de ti. Su vida consiste en una continua cancelación de la vida del otro. En México se mata a la verdad negándola. Así el país se va llenando de una profunda decepción, que ojalá pudiéramos verla. ¡Como la humedad! Se mete por los poros llegando hasta la médula espinal del alma. Cuando estamos por partir al viaje hacia los sueños, nos vamos volviendo uno solo, y sentimos ese infierno que somos, ese cielo que no podemos ser. Los asesinatos se han vuelto el lenguaje de la supervivencia de su propio miedo de ser. Si vivir es un acto suicida, vivir buscando la verdad, es estar todo el tiempo al borde del precipicio.

Suspendida en el puente que une la negación con la aceptación se me ocurre que solo aceptando se puede transformar lo que es. Que negando no se convierte nada. Ni yo misma, ni mis palabras, ni lo que siento, ni lo que pasa. Si estamos en el eterno retorno de nuestro yo, de nuestro país y nuestra relación con el mundo, aceptar lo que es: el yo, el país, el mundo, nos permite transformarlo. Y si nos vuelve a asaltar la duda volver a intentarlo y si nos vuelve, volver a intentar y si y si y si… ¿y si no? No quedará la duda de que lo intentamos. ¿No es ese nuestro verdadero trabajo?

Alguna vez un amigo, el Soul, me dijo que puede ser que no estemos en un círculo que recorremos una y otra vez, que no es un mismo ciclo sino una espiral en la que vamos, que con cada circunferencia hacia fuera vamos formando parte del todo, y tardamos más en dar la vuelta para llegar hacia las mismas sensaciones y los mismos comportamientos. O hacia dentro, pensé. Acercándonos a la posibilidad de llegar hacia el centro, hacia lo que verdaderamente somos, para después ser parte de lo que nos rodea jalándolo hacia nosotros. Todo el Universo entero hacia dentro.

Entre la aceptación y la negación lo único que desgarra el puente es la traición. Cuando sabes que has aceptado una y otra vez lo que eres, lo que está pasando, lo que debes hacer, lo que ya no puedes permitir que siga sucediendo y de todos modos te lo niegas: te traicionas, traicionas lo que ya has aceptado, con esto no solo te decepcionas sino que te destruyes, destrozando aquello que por fin habías creado.

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una mujer fue hallada muerta

Eso decían varios de los titulares sobre el asesinato de Lesvy. Reconozco que cuando sé de los sucesos violentos que hay en mi país siento muchas cosas, no sé cómo definirlas, qué hacer con ellas, ni si quiera sé bien qué es lo que siento. Entre impotencia y desesperación, entre desamparo y coraje. También estoy harta de culpar al estado, siento que llevamos años diciendo fue el Estado, fue Peña Nieto, fue tal gobernador o presidente, fueron los elementos de la policía, o la procuraduría de Justicia que no procura justicia. Es el poder, es el miedo, es el miedo a perder el poder. Al final me siento culpable por ingenua, por creer las autoridades van a responder. No puedo decir que tenemos que dejar de exigir que se cumpla la ley, de pedir explicaciones, de recordar que esto ya ha pasado y sigue pasando. Sin embargo, como mujer mexicana, me puse en el lugar de Lesvy imaginando, ¿cómo se termina en una situación así? No me queda duda que todas somos posibles víctimas. Así que intentando pensar en todos esos momentos en donde te acercas hasta que entrando por el hocico del lobo me decidí a recordar uno en específico, el cual en su momento quise descartar cuando me di cuenta que había alcanzado a salir ‘a tiempo’.

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‘derecho a decidir’

En este país cualquier mujer puede ser hallada muerta, sobre todo cuando piensas que no te va a pasar, cuando la violencia es parte de la realidad que duele aceptarse como realidad, cuando vives en un país en donde se mata, se olvida, se vuelve a matar, se vuelve a olvidar, cuando el miedo es el que ejerce el poder y alimenta la impunidad.

#SiMeMatan fue un gesto que evidenció que en este país no existe la libertad para las mujeres, que existir significa darse por muerta.

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el mercado de las ilusiones

 

‘Que a través de otras pasiones el hombre pueda relativizar el mundo consumista, que la adquisición de bienes y de marcas no aparezca como el alfa y el omega de la vida’.
—Lipovetsky

 

Pásele, pásele. Esta usted en el Mercado Universal de las Ilusiones en donde puede emocionarse con todo. Todo, todo y mucho más. Grandes, pequeñas, tangibles ilusiones; también tenemos efímeras, alcanzables y dizque imposibles. Tan falsamente verdaderas. Honestamente invisibles. Lo único que tiene que hacer es dar de alta su perfil, platicarnos de dónde viene, hasta dónde cree que puede llegar y listo ¡Ya quedó la expectativa! Póngase creativx, alucine un poco, imagínese genio, única y especial, el gran conquistador y conquistadora del mundo desde ahorita: el límite es la surrealidad.

Pásele, pásele. Por aquí  puede adquirir la idea de volverse emprendedor o empresaria, con una microempresa, o ¿qué le parece una startup? En un clic se la montamos. Con el producto o servicio que lo llevará a la imagen desea proyectar. Como la persona suspicaz que explotó la oportunidad del momento, o aquella que hace negocio con creatividad y conciencia, llegando a obtener seguidores de calidad.

Pásele, pásele. Tenemos a la venta nuevas relaciones en pareja, pasajeras, o supuestamente eternas, complicadas, aburridas, o alguna por curiosidad. Aquí merito tenemos la idea del divorcio o de la separación, que viene en un paquete junto con la sensación del regreso a la soltería, el sentimiento de libertad para después abrirse a toda posibilidad de nueva conquista. Incluye, si usted desea, la fantasía de formar una familia, de llegar a ser mamá o papá, de vivir el verdadero compromiso, o si lo prefiere, de volverse solo el objeto de atención de alguien más.

Pásele, pásele ¿Quiere aspirar a ser un intelectual? Se lo volvemos realidad. Empiece a soñar con una maestría en el extranjero, o en una de esas prestigiosas Universidades a las que nadie puede llegar. ¡Suéñele alto, alcance a sobrevolar sobre los demás! ¿A caso no está harto de trabajar sintiéndose una rata más del gran laboratorio social? Esta misma ilusión puede alimentar la idea de alcanzar un mejor trabajo, un aumento en el sueldo, ser investigador o tener un puesto gerencial donde está. Se creerá más preparado y además lo proyectará.

Pásele, pásele ¿Qué anda buscando, damita? Aquí yo le explico cómo está todo el acomodo de este mercado. En esa sección de enfrente está lo material, que al obtenerlo rápido le genera la sensación de querer algo más. Si se compra una bolsa de marca, un carro o un kilo de mangos, da igual. De este otro lado está lo erudito cultural y por allá tiene la a según belleza, pero es vanidad, está todo eso que se puede hacer con el cuerpo con y sin esfuerzo. Verse como una súper estrella, un modelo o una dama de la realeza; no se preocupe, entre más imposible lo crea, la ilusión más choncha le va a quedar, eso sí, le va a costar más…

Pásele, pásele. Si se sigue derecho por ese pasillo hasta el fondo, va encontrar lo místico espiritual: toda una ideología que dice que usted su alma puede sanar, que ser humano significa ser amor, que todo está dentro y que hay que reconectar. Hasta todo un nuevo sistema de creencias, o si lo prefieres te actualizan la versión del que ya usted tiene. Incluye experiencias que relacionan con comunidades enteras que se abrazan en su dolor, llorando de verdad, siendo toda esa luz, como ellos lo han de llamar.

Pásele, pásele ¿Qué le damos joven, qué le vamos a dar? ¡Cómo fue que dijo! Shhh, véngase para acá, no ande gritando, si usted busca… (murmurando) El mercado negro de la ilusión del poder… yo le digo por dónde está, pero no ande así nomás preguntando que luego un susto le van a sacar. Saliendo de esta carpa va a ver al fondo un telón negro, lo levanta poquito, y se mete sin miedo, avanza con seguridad porque luego como que no le creen y nomás le van a quitar lo que ni tiene. Ahí encuentra de todo, quesque el dinero fácil, las relaciones extraoficiales, el nepotismo a la sorda, las redes de redes que esconden asesinatos, lavado de dinero y hasta puestos políticos en un instante, o los hilos dentro de cualquier gremio en cualquier institución social. Eso sí, hay que tener con qué comprar porque luego se nota quien anda nomás por morbo o por probar. Ah, y si no va a adquirir nada cuide sus pertenencias, no le vayan a quitar un pedazo de integridad y para recuperarla pues ya no va a poder nunca más. Buena suerte, joven. Ojalá y no pierda todo lo que es.

Pásele, pásele, también le concedemos la ilusión de volver al pasado a remediar alguna culpa, o a rejuntarse con quien nunca se debió haber separado, a sentir que dijo adiós del que nunca se despidió; la ilusión de que pasó lo que tenía que pasar, de que todo pasa por algo, de que nada es en vano, que hay un Dios que todo lo ve y que hará que paguen los que tengan que pagar.

Si no tiene una idea de lo que puede ilusionarlo aquí tiene un folleto universal sobre la vida de los otros, puede configurarlo para que sea según lo suyo, o muy similar, y entonces las ilusiones se vuelvan imaginariamente alcanzables. Verá cómo la gente cambia después de un viaje, de una maestría o de un ascenso; de una pareja; una dieta o una operación estética, verá que todo se mueve con la ilusión de vivir cada vez mejor y más. También están los precios, pues usted paga con la profundidad de una decepción después de que la ilusión ha de pasar. Con angustia, depresión o una buena dosis de estrés y ansiedad. En el mercado negro del poder solo aceptan billetes grandes de miedo e paranoia inconmensurable. Todo el mercado está abierto durante toda la eternidad. Puede pedir un crédito pues entre más se le invierte más hay por explorar.

Pásele, pásele. Yo también ya puse mi puesto, ando vendiendo la ilusión de que todas las ideas, los objetos y los caminos son solo ilusiones y nada más. Pero no vendo retiros para vivir al margen, o en la inacción o la holgazanería, sino ofrezco un poco de descanso de la noción de que no tenemos nada, de que no somos todo ni el centro de algún perdido Universo. Tengo en venta la contemplación o las sensaciones al bruto adquiridas al caminar, y al dejar de pensar, el método de pago es una conversación de frente, viéndonos a los ojos, sin las ganas de obtener nada más.

Ah, me preguntaba usted por el amor pero es que andamos bien cortos de esa Ilusión, además todo mundo quiere pagar con monedas de soledad, melancolía o imposibilidad. Así que ahorita no tenemos amor, quizás en el pasillo de lo místico espiritual pueda usted encontrar algo de paz para reemplazar en lo que nos surten un poco de semillas para plantar.

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