la galería de los gemidos inconscientes

g

“qué ganas de ir a juego / con el legrado del cielo / a las siete / de la tarde  /
—piensa Leigh Bowery / frente a una cubeta /  de pintura”
—Antonio León

 

Qué ganas de que todo acabe (o empiece) de una sola voz. Que el gusto sea una garantía, y no el gemido de un gato que te despierta a sabiendas que has vuelto a esta tierra como una guitarra desafinada gritando de horror. Y la Gioconda de espaldas fingiendo que no se tragó el guisante, ese con el cual comprobaba que era una obra maestra.

Qué ganas de olvidarse de la grandeza insaciable. O del guión de la normalidad. Mejor: ser una goma envuelta en un glaciar a punto de extinguirse, sin que nadie la haga de pedo, menos la goma.

Pero llega la góndola y te recoge y te lleva de vuelta a la puta galería, en donde expones el sinsentido de lo que es estar viva —te prometen una galaxia, y por eso terminas montada en la góndola—.

Y ya que estás dentro, no hay escape: la Gestapo funge como guardia, y cualquier gruñido lo toman guturalmente. Aunque gires y gires, no crearás ninguna geometría que te salve, ni por muy gentil que hagas sus esquinas. Para ellos eres un gusano guarro que desea la gloria y se roba al galán de la novela, ese del genital funcional, no el del más grande, pero sí un genio que te lleva a tu propia genialidad, y convierte en agua tus ganas —tus ganas desegúntúdenada—.

Finalmente, vas con los germinados en las manos para plantar tu gestión de ser humano, en donde ningún gerundio te salvará.

Te quedarás sin usar la girándula que brotó en Getsemaní, y recordarás al gorila que no tuviste, entre las garras que te sostuvieron al sobrepasarte de intraducible. Por geniecilla, según tú. Por Gargantúa. Por girasol (mientras sabes que eres sólo las semillas empaquetadas en bolsa) y ninguna flor. Por gaznate.

Porque en la maldita galería de los gemidos inconscientes, que está ubicada al sur del desierto más al norte de este país, abren sólo por las noches, todos los días, sólo las noches, de 10:00 pm a 3:00 de la mañana.

Un espacio vivo en donde caminas no por el suelo ni por la alfombra de una sala, y más bien, sobre los cuerpos de una mujer y un hombre desnudos en donde vemos cuadros de sus gemidos que no dicen mucho. Que no dicen nada. En donde los espectadores han terminado decepcionados, pero que se han conformado con observar las piezas para saber que no hay nada que hacer, y toman fotos de los gemidos, imágenes que envían por sus chats de whatsapp: “aquí yacen dos cuerpos gimiendo”. Hasta que alguno acaba diciendo un chiste, que es un chisme, y expresa que ningún texto metafórico tiene un final…

Porque en gesta ocasión toda galabra tenía ge: gla gobsesión: gen gesta gocasión goda galabra genía ge: galgo gasí ghasta que el gabecé degó y degó y dejó de tener sentido.

Para llegar al punto g se hace el camino con puro gemido, así, hasta el final.

Salmo responsorial: oración a los infieles descubridores de la f funesta de felicidad, fuck off!

F

Funesta felicidad: fuck off

Todos: Funesta felicidad: fuck off

Me siento culpable de los instantes de felicidad que puedo alcanzar. Son como un botín que me he robado: lo que no me pertenece. Como si ese momento se lo estuviese quitando a alguien más. Como si cada quien no creara el camino hacia sus propios espacios y tiempos de felicidad.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

O como si fuera ese tipo de felicidad: un soliloquio egocéntrico. Una fuente de placer cuyo chorro pega directo al sexo, y ríes, y ríes y no puedes parar de reír, pero para ti nada más. ¿Y para el resto? Eres la loca que no se detiene, engolosinada con el aire de un viento fantasma.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

Me siento culpable de tener suerte. De disfrutar a cada una de las personas que me rodean. Tengo suerte de que mi abuela sea mi abuela, que mi abuelo sea mi abuelo, mi mamá sea mi mamá, mi papá mi papá, mi hermano mi hermano, mis hermanos mis hermanos, mis tías mis tías: ¿A quién se los quité? Y peor aún, ¿cuándo habré de devolverlos?

La felicidad que parece un cartón de leche materna a punto de caducar, de una madre recién muerta.

Un instante: duele: porque lo tengo y veo exactamente cómo lo voy perdiendo.

Es la droga que pone, y el tic tac que comienza a sonar, es la droga que quita. El bajón hasta la tabula rasa.

Es la carga de un chingo de sueños para despertar al inicio de la montaña.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

Me siento culpable de aceptar las cosas como son, porque entonces soy una inconsciente hija de puta que no se da cuenta. Que no se involucra, que no sabe de la ignorancia del poder, de la banalidad del espectáculo, del espejismo del triunfo. Que vive en su inmundo. Que pega una calcomanía en la defensa de su carro que dice Todo está bien. Pero es lo que siento. Siento que todo es como lo hemos elegido que sea, entonces lo acepto, y me siento culpable.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

Me siento culpable de amar las diferencias, y la contradicción, de aceptarme así, simple, torpe e ingenua. Así he logrado conciliar el sueño. Y he soñado que todo tiene arreglo, que el cambio es mejor, que voy siendo lo que he trabajado.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

Siento culpa por mis puñetas mentales. Siento culpa, y desde niña la he sentido, porque no he sufrido más, al reconocer las condiciones de los otros, (también porque sé que no necesariamente hay más que pudiera soportar). Y me siento culpable por creer que no he dañado a nadie, que he aprendido a escuchar un poco, y hasta agradezco que me falta por aprender.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

No sé si la culpa viene de mis once años de escuela de monja en donde me lo recalcaron. Debía sentirme culpable: por existir. Por ser una niña, y jugar en la tierra, vistiendo de falda, y al darme maromas se me veían los calzones sin querer. Y a veces queriendo. Queriendo existir.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

O porque empecé a cuestionar a mis papás, haciéndolos culpables a ellos. Esa culpa de la ignorancia. O de la soberbia, cuando no acepto que no sé. Porque me harto y me canso de buscar dentro de mi angosta cabeza. Entonces pretendo saber. Y uso las palabras para decir que sé. Y por la boca muero de ser. Caigo. Alcanzo esa soledad que me la devela, que arde, que es fuego, que es una flama que da directo al sexo, en donde no nadie se ríe, o nerviosa me río yo pero mientras me quemo.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

Agradezco al abanico que sucede desde mi abuelo C hasta mi hermanito Max. Desde los 82 hasta los 8, hay un pasado que me recuerda y hay un futuro que me despierta, y todo es. El instante del siempre, que cambia a cada rato, esa funesta felicidad que te embriaga con lo que es, tentación de la que no hay manera de decirle fuck off.

Todos: Funesta felicidad: fuck off

Funesta felicidad: fuck off. Porque en lo que llegas, te vas, porque en lo que empiezas te estoy perdiendo, y en un instante, después de años de haber estado trabajando por algo, otra vez tengo que volver a empezar.

Todos: Funesta felicidad: fuck off!

d de desierto

D

No existe la realidad, dicen los metafísicos. ¿Y qué es la metafísica? Pregunta la realidad, mientras se transforma en otra cosa, y no le da tiempo de escuchar una respuesta.

Pudiera asegurar que estuve con un hombre hace un momento, también de haber estado enamorada hace tres días de otro, o hace un año. Pudiera asegurar que soy este instante y cualquier otro recuerdo, alguno que no tiene nada que ver conmigo, pero que me grita y me reclama que soy yo.

No me muevo, así como la Tierra gira, voy girando.

Soy el espacio y digo estoy.

Soy el tiempo y pienso que soy, pero juro que no soy.

A los historiadores no les importan mis palabras ni mis pasos, ni tampoco a la Academia, menos a los editores.

Mi familia me escucha y después dicen que sólo está lloviendo, le tienen miedo a las goteras, aunque en el silencio nunca llueve ¿Escribí silencio? Quise poner desierto. ¿Quién iba a decirlo? El desierto “como el lugar propicio a la revelación divina”, “el dominio de la abstracción”, “abierto sólo a la trascendencia”, “la sequedad ardiente es el clima por excelencia de la espiritualidad pura y ascética, de la consunción del cuerpo para la salvación del alma”. ¿Escribí un hombre? Quise poner un nombre, ¿es demasiado pronto?

Existo gracias a la negación. Gracias a que me rechazo he comenzado a aceptarme. Mi única arma son las palabras —en contra y a favor de mí— [cómo repito esta frase, (quisiera que alguien limpiara la bodega de mi lenguaje)].

Toda frase está hecha balas, de balas que se quedan suspendidas ¿Arrancarán hasta estrellarse contra la realidad? ¿Hasta volverse la realidad? ¿Matarán a alguien? No, a nadie. Luego luego se vuelven arena y caen.

Se me pegan las frases como mosquitos en el parabrisas de un carro que va por la carretera cortando el aire, que se acerca al borde y se vuelve cuerpo.

No limpio nada, porque veo un cuadro interesante, no sé de arte, pero entre tu arte y mi arte, prefiero ni hablar arte.

Trabajo en una oficina, frente a una computadora, soy una computadora mientras trabajo: respondo al comando buenos-días, al algoritmo ya-te-pasé-la-presentación. La libertad consiste en deshacerme rápidamente del deber para entonces a ver qué se me ocurre. Ser. Esto. Lo otro. Eso, también.

Estoy enamorada de lo que no es, de lo que no puedo encasillar, me apasiona creer que puedo materializar lo que nunca voy a tener. Es una forma de volverme consciente de ser parte de este lugar al que  pertenezco.

Se supone que Nietzsche sí llegó, o desde allá parece que se oye su voz, él abre la ventana desde la casa ubicada en ese otro desierto paralelo a este, nos susurra lo que no terminó, el que lo lee lo puede escuchar, no en lo que lee, pero sí en lo que no está escrito.

Muy pronto, en el nombre del filósofo alemán, se va inaugurar una asociación para curar la angustia con más angustia, para profundizar la tragedia hasta llegar al meollo del absurdo. Vamos a formar grupos de apoyo en los cuales se proporcionarán las herramientas: aprender a reír con una risa esquizofrénica, tocar una sonata con los músculos de la lengua. Así es como te vuelves árbol, una nube o una piedra. Es la nueva felicidad. Una realidad metafísica. Formas que esconden una cascada, un volcán, un desierto o todo el sistema solar.

De cierto versus desierto. Desierto versus desertar todo el tiempo para poder estar.

“Pero en lo más solitario del desierto tiene lugar la segunda transformación: en león se transforma aquí el espíritu, quiere conquistar su libertad como se conquista una presa y ser señor en su propio desierto”. Así habló Zaratustra.

c de cuerpo

c

para Sonia

me doy, desde la punta de los dedos de mi pie, los encojo porque los siento y te siento, recorro tu espalda con las yemas de esos dedos, son las manos deformes y alargadas que se enraízan a la Tierra

se me da fácil la carne, he sido vegetariana por la culpa o la idea de la culpa que no me da

en los tobillos comienzan o terminan las piernas, son la base de estos postes que intento que sean de seda, me pongo tres capas de crema corporal para impregnar a los fantasmas de las caricias pasadas

las pantorrillas son un par de bolillos de carne viva, rellenas de imprudencias, limitadas por los cascos de piedra: las rodillas: el engranaje para ensamblar un par de ballenas que nadan por las calles o recorren los cuartos vacíos de la casa de mi madre, los muslos no son ballenas asesinas, son alebrijes de ballenas con alas (que debido a la carga no pueden volar), cómplices, me llevan a avanzar kilómetros aún sabiendo que voy en busca de nada

esos muslos desembocan en la boca abierta de un dragón que no duerme, la caja de pandora con el fuego infinito, la vulva que pulsa mi malestar: el tobogán que me catapulta hacia la libertad hasta la extenuación: el motor de esta máquina deseante: un triángulo equilátero de barro (que sigue mojado, que no se seca): un trapo empapado: el corazón de una sirena que canta alojado entre los peñacos de mis caderas

detrás se alzan las nalgas, inconmensurables, carne sobre carne en pliegos, dos cerros prietos rellenos de algodón y de grasa, no acerquen el fuego que no sabemos qué es lo que pasa, no son perfectas, tienen marcas, no son de seda, van de picada con la gravedad, ya por fin del mito de ellas me voy a librar

una panza vacía de ningún engendro, mi carne no produce más carne, mi materia no se transforma, creando un pantano que huele a muerto olvidado

soñé una salamandra amarrada alrededor del ombligo, un anfibio de fuego tragándome las manos o brotándome de las manos, o brotándome de una mano mientras se tragaba la otra, la salamandra se encalló a este puerco hasta que se desvaneció con su inmovilidad

entre las costillas yace el desierto donde me crié, pequeño pero extenso, donde el viento de una mano ajena levanta una polvareda, recordándome que en esto terminará todo mi cuerpo

llevo una cruz entre las tetas, y no a la espalda, de tanto cargarla mis pechos caen como dos botas cuero cuyo vino nadie se ha de tomar, las jalan las estrujan, les muerden la boca, y detrás de esa cruz desdibujada guardo el cáliz con mis suspiros, los sueños perdidos, las ilusiones de piedra que al tragar por poco y me ahogo

que me encajen dos clavos a los extremos de mi clavícula, para amarrar las cuerdas de donde alguien vestido de dios pueda dirigirme

un par de brazos, que no uso para abrazar a nadie, y sí para alzar las brasas con las manos: la izquierda se me quema, la derecha es hábil con el taladro, le cuelga cuadros a la pared de mi ignorancia y sombrea mi locura a lápiz, hace un circo con las palabras, que desfilan como masa(cre) recién vomitada y también terminan por ser enmarcadas bajo un letrero que dice “sin título”, para explicar que no se trata de nada, siguiendo la técnica mixta de lo barroco y lo surreal

en la explanada de la espalda, se abre un campo traviesa, las sensaciones: se cruzan, se desplazan, convergen, beben, se enamoran y se dejan; torbellinos de tierra subiendo por la ruta de la columna y bajando por la médula espinal, plantando un bosque de pinos salados, una tormenta de nubes blancas, liberando a la una insaciable del marestar

en el terreno del cuello he querido plantar un jardín, levantar una casa (en alguna parte tendré que vivir), pero se me agujeran las ganas y succionan mi voz, no sé cantar, y hablo de más para disimularlo, son varias voces jugando a los encantados, son los gritos de una vieja que perdió su norte

desde el cerro de la barbilla se vislumbran un par de labios, pétalos marchitos que soplan el estertor de mi risa, que aguantan la impotencia, ¿ejerciendo resistencia?

en el surco nasolabial, se quedan las aguas que de mis ojos brotaron, se juntan con las que se escurren de la nariz formando un delta

mi nariz aparece respingada, como que me creo la muy muy, diría Amandititita, pero fue mi madre quien me la donó, y sin querer cumple con el patrón de las revistas, me es inservible cuando todo pasa y el aire nomás no entra

es cierto que por las donaciones de mi madre —estéticas y materiales— termino por no hacer nada

los ojos que me han de sacar, si cumplo con la profecía de Santa Lucía, pues soy mártir y a todos mi cuerpo les quiero entregar, pues no lo considero mío, aunque tampoco de los demás, me da lo mismo porque la Tierra que se lo ha de tragar

un cuerpo como jaula de mi alma, como el dueño acaricia a su perro sintiendo consuelo, y hasta amor

un cuerpo que a cada rato me ladra de hambre, porque quiere llamar la atención, o quiere aflojar la tensión de mis pensamientos: el circuito neuronal y nervioso donde al intentar razonar todos los focos se funden

brota de mi cabeza, cubriendo a la estupidez, la mata de pelo que quiero peinar, se me cae cabello tras cabello como cascada de mi imposibilidad, me pasa como a Britney, seguido me quiero rapar, pero no tengo los huevos para perder esta máscara de mujer

me doy, se me acaba o comienza este cuerpo, se me ha impuesto como una yegua salvaje desde la pubertad, como un puerco más que como un cuerpo, es el yugo del alma que es más que él

b de borde

b

para el babi

 

busco bailarle a la muerte

a ver si la entretengo

a ver si tengo suerte

 

del verbo haber

—Habrá que ver

 

qué barbaridad

corro barriéndome por el bistec

sin ninguna baguette para el susto

—¡Tápese bien ese busto!

 

¿se puede volver con b?

se puede volver con ver

—¿con v de vuelta?

con b de al borde

con la brillantez para brincar la border

 

¿volveré a besar a ese bato?

con b de boca de beso abultado

a bocajarro me acerco (huyendo)

y lo beso en blandito

dejándolo muy calladito

 

se puede bolver o bolber

el bulbo del brillo de ser

belleza del bolo al no ser

nace un baobab al amanecer

 

vienes y no bienes

vienes y te vienes

¡bergüenza nos debería de dar!

haciendo un acto barroco al amar

 

van brotando las buganvilias

en el florero de bacará

de un brinco tumbo la mesa

de un soplo bateo mi alma

y de rebote se me fuga la calma

 

como buey en el oleaje

termino escupiendo el bagaje

bufando el bullicio del barco

en donde mi corazón terco

vive de hacerse guaje

 

junto al bibelot!

el florero va junto al bibelot

(hablo por hablar)

no soy la mujer de Lot

no quiero una casa de sal

no y ni por curiosidad

 

las palabras son un abracadabra

cuando lo brutal se desborda

sabes? nunca he usado un baby doll

(ya ves, le suelto la rienda a la babosada)

y así el río se bifurcó

 

va un belcebú nadando

yo suplico por no ahogarlo

con mi berreo en bastión

es el llanto de un borrego borracho

colmado de bálsamo de puras balas

del agua de fuego bebida

de la bandeja de la ilusión

incontenida

 

llenos de brisa traes los lentes

con la palabra embrujada

evaporas la noche cerrada

cortando en el bosque bambúes

 

hoy es la boda de la estupidez

la babosa merece una oda

que celebra bramando la vida

y la livertad que no es

 

bienvenido a la buenaventura

de la brecha de la existencia

de la obstinación a la coherencia

la sabiduría susurra

que la belleza de la bestia

coexiste en la buhardilla

 

bienvenido a la banalidad

el belcebú brincó del río

salió hacia Budapest

y allá bailará,

eso fue lo que soñaba

mientras dejé la almohada babeada

del sueño vendido

a un barco ebrio hundido

junto a la barcaza a punto de quemar

en el obstáculo de no volver a amar

 

(ya pare de mamar)

 

se puede cambiar no volver

se puede cantar “sí volveré

te lo juro por Dios que me mira”

tejer un paisaje en el borde

bordado a dos manos de lira

y en lugar de la rabia bendita

alargar la Palabra erudita

A de aire

A

¿El tiempo? Hay instantes que continúan y se vuelven eternidades, los relojes, los calendarios, las agendas, los celulares —los números— parecen más bien suspenderlo, acortarlo, alargarlo; el tiempo es como el aire, el aire es como el tiempo.

A veces entre las ramas de los árboles es posible ver un globo que ascendió hasta ahí y quedó atrapado, hay globos que logran zafarse, cuando el paso de un viento los libera, hay globos que se quedan estancados hasta desinflarse.

Dentro de las palabras que inician con A pensé en: amor, obviamente, angustia, como una segunda obviedad, ardor, porque a veces el amor arde, alado como los globos que no se atrancan en ningún tronco, aire, como ese elemento indispensable para vivir, y agenciamiento, uno de los conceptos que se me quedó a raíz de la lectura de Diálogos de Gilles Deleuze y Claire Parnet, de donde también vino la idea de crear un abecedario propio, comenzando por la A, a de aire.

Agenciamiento, según el filósofo francés, es “la unidad mínima”, “es la que produce los enunciados”, “Agenciar es eso: estar en el medio, en la línea de encuentro de un mundo interior con un mundo exterior”, me quedé pensando si ¿Funcionará el aire como un agenciamiento?

Aire como el que cambia el tiempo, volviendo primavera al invierno, el que lleva a las nubes a viajar, y trae el agua de la lluvia, el que se necesita para cantar, reír, hablar y respirar, “la ignición de la que derivan todas las formas de la vida”, según el Diccionario de símbolos (Siruela, 2016). No porque sea una realidad, o sí, depende de la imaginación creada en torno a dicho “agenciamiento”.

Aire como el aliento de Dios que sopla y suelta el globo de las ramas, que lo libera para que éste vuele hasta donde su ligereza lo siga llevando.

Del #yotambién al yo también puedo ser una bestia

medimastur-jardín

Hace unos meses #yotambién escribí algunas de mis experiencias de cuando he sido acosada sexualmente, tan pronto terminé el texto me quedé rumiando el contratexto. Porque eso pasa, escribes una cosa y te topas con otra. Pensé en que así como he sido acosada, he usado el sexo, o el hacerle creer al otro que vamos a coger para “obtener algo a cambio”.

La frase “Tres veces he visto a hombres que se están masturbando en la vía pública”, quedó resaltada dentro del diseño de la narración que había hecho en mi versión de #yotambién, ahora me parece revelador que de aquello que describí hubieran elegido esta cita para destacarla. Meses después de haber reflexionado, intentando varios y fallidos contratextos, reconozco que la masturbación ha sido una herramienta que utilizo, una práctica que me lleva a la exploración y a la catarsis, menguando parte de la sensación de angustia que a veces me resulta incontenible. Hay temporadas que me masturbo diario, sobretodo desde que llevo años sin pareja. No lo he hecho en las calles, pero alguna vez lo hice en el jardín de la casa de mi mamá.

Tal como lo escribió Claire Dederer en su artículo of Monstrous Men, al decir que señalar las “faltas de los otros” era más bien para distraerlos de las nuestras, me di cuenta que yo apuntaba hacia aquellos hombres que se masturbaban en la vía pública por mi similitud con ellos más que por mi extrañeza, por el terror que me daba verme en ese espejo, porque en ese momento en el cual lo escribí quería negar esa parte animal-sexual que también puede florecer en mí, y si me lo permito, llegar hasta la perversión.

El sexo es poder, las sutilezas de la seducción o la crueldad de la violencia pueden ser o no parte de ello, pero es poder. He usado mi coquetería para (tratar de) seducir a hombres y mujeres, para acercarme y “caerles bien”, para que me confiesen sus intimidades, conocer sus cuerpos y defectos, para pedirles algo a cambio (o no), para ser escuchada, para que me dejen en paz o para llamar su atención, para que “nunca se olviden de mí”. Una sarta de fantasías que creó mi ego y mi miedo a estar sola, casi siempre de manera inconsciente (pero después dándome cuenta), porque nunca sé bien por dónde estoy caminando, y esta también es una puñeta mental, pues finalmente, ¿quién está lleno de certezas?

Lo que sí es que he intentado cogerme a las personas que me gustan, que me intimidan y hasta a las que me molestan. La mayoría han sido hombres, creyendo que así los dejo bajo mi poder, y les “gano”. No me los he cogido a todos, con algunos sólo he coqueteado haciéndoles creer que quizás-tal-vez-algún-día me los voy a coger. Calentándoles las bolas. Diferentes circunstancias en mi vida y mi reflexión en torno a ellas habían posicionado al hombre como el enemigo, entonces me sentía muy chingona de cogérmelos. La estrategia funcionó hasta que dejó de funcionar. Porque de pronto tenía expectativas de que el encuentro no fuera por un instante sino que se prolongara, pero seguía tan al pie de la letra de mi mecanismo que me forzaba a volver a mi soledad, y no me permitía seguir conociendo a la persona de otra forma. Ni de presentarme frente a nadie más que detrás de esta máscara de seducción que ya me asqueaba. Finalmente la reclusión me ha llevado a suspender estas tácticas, y a rescatar la masturbación (o meditación) para saciar la ansiedad.

Tanto el #yotambién como la contraprotesta que pide que no caigamos en un retroceso en materia de liberación sexual nos hacen dudar. Por lo menos a mí. ¿Qué tanto nos conocemos? ¿Cómo actúa la comunidad en respuesta hacia la exposición de lo más íntimo de ciertos personajes y genios? El deseo y su camino hacia la perversión. Yo también fui acosada, una realidad que se expresó hasta al cansancio por las miles de mujeres que confesamos que se trataba de una cotidianidad. Pero yo también he sido una “bestia” que en no pocas ocasiones ha dejado surgir impulsos pudiendo fragmentar el alrededor. No soy Woody Allen, esto significa que mi repercusión está en proporción a mi milimétrico lugar en el mundo. Lo que a la mayoría pareció molestarle es que el genio sucumbió a su propio drama, volviéndose el antihéroe de una tragedia, en lugar de mantenerse al margen como el estoico autor de sus fantasías que pueden ser muy perversas, pero que mientras sólo sucedan en la ficción son aplaudidas, sin embargo cuando construye con ellas su realidad resulta en el enemigo de la sociedad.

Los seres humanos somos humanos por estas contradicciones dejándonos frente a la famosa pregunta de Nietzsche ¿Qué dosis de verdad puede soportar el hombre (y la mujer)? Me quedo pensando en que a raíz del desencadenamiento de todas las versiones de depravación que han sido presentadas ¿Qué proponemos como comunidad para encaminar y disipar estas fuerzas “bestiales”? Crear juicios y castigar a quien ha sucumbido al libertinaje es un mecanismo de una sociedad moralista que quiere “cercenar los instintos”, en lugar de trabajar por su evolución. Se me viene la tradición de cortarle el clítoris a una mujer de una tribu africana, para que no vuelva a desear a otro hombre más que a su esposo. ¿No es lo mismo? No, pero no creo que estemos encontrando una posibilidad a la altura de nuestro momento en la historia.

Sé que en lugar de masturbarme también puedo meditar llegando al mismo objetivo de reinstalar una sensación de equilibrio que logre disipar la desesperación. Quizás es sólo válido para mí, y aunque conozco esta otra herramienta, muchas veces y todavía termino por sucumbir al placer del orgasmo auto-inducido, que claro, no tiene por qué suceder en el jardín.

Hay prácticas que no se están explorando en las escuelas, recuerdo que en mis clases de Desarrollo Humano se hacía todo lo posible porque no profundizáramos en la sexualidad. Hay una insistencia de hacer de la educación algo que sólo sirva a las necesidades del mercado y a una idea moralista del bien común, en lugar de buscar el VERDADERO desarrollo humano. Cuando somos adultos también quedamos a la deriva de quienes manipulan los instintos. Pero existe la posibilidad de plantar la semilla del desengaño cuando impulsas a un niño o a una niña a conocerse y a detectar también su intuición. Continuamos creyendo que los niños son ingenuos porque no se comunican como los adultos, aunque sabemos que se dan cuenta de todo. Aquí es donde yo propondría el regreso a la premisa “conócete a ti mismo” desde niña-adolescente-joven-adulto, y nunca dejes de conocerte. Llevar a la sociedad al reconocimiento de los instintos y al desarrollo de la intuición, porque tendrá que suceder tarde o temprano, pero en una realidad que terminará en tu contra porque rápidamente la comunidad recurre al juicio y al castigo. A que la niñez no quede aislada en un burbuja de fantasía, a que los niños y las niñas vayan presintiendo desde antes las contradicciones que de todos modos terminarán asediándolos.

el abecé de mi voz

abecedé-color
imágenes por @barretobaldas

 

“Lo único que existe son palabras inexactas para designar algo exactamente.”
—Just Deleuze it

 

¿Por qué hablamos horrores de un final que no conocemos? ¿Por qué hacer de la locura una turbación? ¿Por qué los adultos no elogiamos la belleza de volvernos viejos? ¿No estamos hasta la madre de ser esclavos de las tragedias instauradas por el miedo a las dioses dictadores de una realidad de mierda? ¿No odiamos la ignorancia hacia nosotros mismos?

Anteriormente mi imaginación me llevaba a ser la víctima de una definición de “locura” que me había adjudicado, se trataba de un discurso autodestructivo, hasta que una yo, otra (myself), parte de esa misma imaginación, años después vino a rescatarme y me dijo que no era necesario:

Porque así es como hubiese terminado siendo una loca para siempre, no porque lo sea, sino porque así nos nombran y nos hemos autonombrado, en una suave y sutil ignorancia de nosotras mismas, con tal de pertenecer a los otros (de la manera que sea).

Por miedo a entregarnos a una versión distinta —que desconocemos— a esa esencia de estar vivas.

Por no saber nuestro nombre aceptamos el que nos dan, sumisas ante el sistema que “todo lo sabe” y sin embargo: nada, pues, ¿quién puede sentir paz en medio de una realidad caótica que llaman normalidad?

Interrumpiendo a mi inconsciente que se adelanta y toma la pluma, monopolizando el micrófono del karaoke de mi alma, le dije espérame tantito que sigue la nueva yo, a la que sí se le entiende:

Hay tantas cosas por descubrir, tan poca paciencia para hacerlo. El fantasma del tiempo es uno de los principales antagonistas de la belleza y su fragilidad, por eso es que “es horrible volverse viejo”, “es horrible la muerte” y también “estar loca”, aunque nuestra locura sea la vida en bruto —¿Quién es el cuerdo, bruto? Te pregunto— ¿El zombi que ha cercenado su potencia de vida hasta hacer de sí una automatizada forma? ¿Esa que responde al control social y a las necesidades del mercado del miedo? No me convence, porque en el silencio se escucha el grito de sus ojos que dice sálvenme quien sea.

A lo que voy es desde hace años estoy en una exploración de lo que alguna vez se supone era la locura, mi locura. Primero descubrí que se trataba de un mecanismo de defensa inconscientemente desarrollado, el cual evidenciaba a un alma atormentada materializándose en el cuerpo y en la mente, porque la imaginación y el poco conocimiento de mí misma me llevaba a ello. Es cuando te la crees, pues, cuando te dicen loca y dices pues sí, y luego hasta te autonombras: soy una loca. (“Ajá, muy bien, qué hueva”, contesta mi otra yo.)

Como cualquier ser humano he sentido una variedad de emociones, pero a diferencia de muchos, he dejado que hagan conmigo lo que quieran, pues creo que eso es estar viva. Sólo que el discurso que las definía era que no había de otra, con dicha sensibilidad y con la disposición de quererlo-sentir-todo y dejarme zangolotear por ello, mi destino era trágico y no había cómo escaparlo. Dejé que la angustia, la desesperación, la tristeza, la euforia o el odio me llevaran a desencadenar reacciones que significaban la destrucción y la realidad de mí misma. Pues creí que sí, que eso era lo que tenía que ser y así había de caminar todo el tiempo. Hasta que gracias a diversas lecturas (que entiendo pero no crean que entiendo) sentí que no necesariamente. Por fin.

El abecedé en una redefinición. He conocido que una misma palabra puede tener diversos significados, así decidí que la locura no era esa de la tragedia sino la única posibilidad de sobrevivir al sistema dictador que desea la destrucción del alma. Si alguna vez me habían etiquetado de bipolar, borderline, esquizofrénica o histérica, y leía los síntomas de dichas “enfermedades mentales”, mi imaginación sólo lograba dejarse caer hacia dichas reacciones provocando “una enfermedad aún más crónica”. Pero luego, jugando, viendo que “sobrevivía a dichas enfermedades”, fui encontrando otras definiciones para liberarme, usando las palabras a mi favor y no en mi contra. Y dije ok sí, si lo que tengo es es-qui-zo-fre-nia, pues la llamaré esquizofrenia aplicada, y me pondré a escuchar todas las voces de mi yo hasta que descubra aquella que me lleve a dirigir al resto (de mis yo’s). Y me encontró. La voz de una mujer que también soy yo, que logra limpiar el discurso de la tragedia, deshaciéndose de la locura destructora, dibujando una realidad y existencia medianamente posible. Una voz que tampoco es la del autómata que repite los axiomas estipulados por el control social: tengo que trabajar-voy a ponerme a dieta-es saludable hacer ejercicio-no hay que pensar mucho-hay que buscar la felicidad-y se compra con dinero: todas estas frases que también terminan apagando al alma (pero silenciosamente), y no logran ni verla (al alma).

También somos muchos los otros, los que nos negamos a perecer dentro de las celdas de no-hay-de-otra (más que ser parte de la masa que no se cuestiona), nos dicen enfermos y nos la creemos, hasta que te abres todavía más hacia la imaginación, y justo después de la nada, ahí cuando por fin vas saliendo del territorio de lo que no es: hay algo. Tu imaginación reivindicada.

Crear tu propio abecedario. Definir la palabra muerte, la palabra vejez, la palabra amor, la palabra miedo, la palabra locura, la palabra vida, la palabra amistad, la palabra amor (ya sé, estoy repitiendo, pero amor es la palabra que pudiera redefinirse en todo momento). Un diccionario que define(s) tu alma, que no permite al Hitler de los discursos preconcebidos decidir de lo que se habla con se trata de lo que estás experimentando.

Sí, todos los seres humanos somos iguales, sentimos las mismas pasiones, pero para sobrevivir a tales emociones y llegar a la vida-vida, no muertos en vida ni deseando la muerte, pudiéramos crear un diccionario de nuestra realidad: cuestionar, buscar, explorar, leer, andar entre las líneas de nuestra locura versus la locura de la que se habla, entre las líneas de nuestra angustia versus las expresiones sobre la angustia, entre las sombras de nuestro miedo versus el miedo del que se escribe, ¿una conclusión? ¿una síntesis? ¿una reelaboración? Llegar al puto y maldito autoconocimiento, reconociendo  y tomando de la realidad sólo lo necesario, de las teorías de los maestros del pensamiento (de los filósofos y autores que viven buscando redefinir TODA la realidad a favor de la humanidad) para nuestra liberación y nuestro conocimiento y con ello LA LIBERACIÓN Y EL CONOCIMIENTO DE TODOS.

Nota 1. La idea de crear mi propio abecedario deviene de haber “terminado” de leer Diálogos (Editorial Pre-Textos) de Gilles Deleuze y Claire Parnet, y pongo entre comillas que lo finalicé pues es un texto que no he de terminar de leer nunca. El libro me fue sugerido por Sonia, una de las mujeres más sabias que he conocido.

Nota 2. Gracias al Toro, quien fue el que tomó la fotos del abecedario con mi cuerpo; por su tiempo, caridad y habilidad. También a Jessica Sevilla porque por ella conocí la www de donde surgió la idea.

Nota 3. Creo que este texto está dedicado a una persona pero todavía no me animo a escribir su nombre.

madre!

pues a quién más

madre!

 

cómo te jodo!

de verdad

te encajo el codo en el ojo

te quiero ciega

antes de ver en ti mi continua tristeza

“¿otra vez?”, preguntas decepcionada

te encajo mi odio en el otro ojo

hasta que te quejas

 

me dices y me repites que no necesito nada

porque tú me das todo (pero así no busco)

y ya no me quieres dar (y tampoco busco)

te he dejado más vieja

con más canas

pero te ayudo a teñirlas con una cajita de Miss Clairol

te vas haciendo más bella

trasciendes mi saliva amarga

sonríes bajo la sombra de tus propios recuerdos

de cuando fuiste una niña abandonada

grazno como cuervo

grazno y me ahogo con el vómito de mis anti-palabras

te corto tus alas con las navajas

que bajo las mías escondo

jodiendo,

siempre jodiendo:

encajándote mis palabras

que seas tú la que aguante las voces

esas que en mi cabeza se quieren matar

madre, no me puedo soportar

ni soporto el silencio

madre lo siento